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domingo, 5 de abril de 2026

Lecturas Diario secreto de José Antonio (José Antonio Martín Otín)


Este libro nace de algo cuyo origen no se nos desvela. Una agenda de bolsillo, del tamaño de un paquete de tabaco, en la que José Antonio Primo de Rivera fue consignando sus quehaceres y cuitas, con un estilo literario cuidadísimo como era costumbre en él, entre el 1 y el 29 de marzo de 1936, con diversas páginas arrancadas. Sabemos que esa agenda, fue un regalo del Colegio de Abogados de Madrid, pero no cómo llegó a manos de Martín Otín. Ahí recoge su detención, sus días en prisión en la Cárcel Modelo de Madrid de la que saldría hacia la de Alicante y el martirio. En esas pocas páginas, que se reproducen facsimilarmente (fascimilarmente si queremos ser ingeniosos), José Antonio Primo de Rivera permite que conozcamos que no estaba al corriente de la conspiración contra la sangrienta República y que cuando se le tentó a sumarse a un levantamiento se negó en redondo.  




El libro, con unas minuciosas notas al final del volumen y redactado con donaire, e ilustrado con rigor documental, aporta una perspectiva inédita sobre su pensamiento y su visión de España. Estos textos, escritos durante sus últimos meses de vida, muestran a un hombre distinto del retrato construido durante décadas. Lo más destacable, con todo, no es solo el hallazgo documental -que ya es mucho- sino la manera en que el autor trabaja esas páginas de la agenda de letra minúscula. No hace falta ser historiador ni tener una posición ideológica determinada para seguirlo con interés. No hay admiración pazguata hacia José Antonio. Tampoco una condena. En esta España tarambana y enloquecida, Primo de Rivera parece un pensador moderado. No es el furioso y alicorto Abascal, para entendernos.  


Diario secreto de José Antonio cuestiona muchas ideas preconcebidas, invitando al lector a replantearse lo que creía saber.  Y eso, en tiempos en los que la historia reciente de España sigue siendo campo de batalla cultural, tiene un valor añadido considerable. Lleno de minucias, como que la última reunión la tuvo Primo de Rivera con Marciano Durruti, hermano falangista del líder anarquista, o sus amoríos en paralelo con dos mujeres, o la aportación del anarquismo a Falange con la figura ya señalada de Durruti y otros anarcofalangistas, este volumen es un ejemplo de lo que debería ser la divulgación histórica: documentación sólida, escritura viva y respeto por la inteligencia del lector. Un acercamiento íntimo a una de las figuras clave de la política española del siglo XX que, por fin, y tras tanta adulteración interesada, deja que sea el propio protagonista quien tome la palabra. Muy recomendable.

jueves, 31 de marzo de 2022

Lecturas: Falange y literatura (José Carlos Mainer)

 Frente a la torpeza furiosa e inquisitorial de Julio Rodríguez Puértolas, con su Literatura fascista española, escrita casi con un fusil en mano (no de soldado, sino de chequista), este libro de Mainer es pura mesura y método filológico puro (Rodríguez Puértolas no intentaba hacer historia literaria, sino política y partidista). Mainer no ataca, no condena. Mira a los autores que en su tiempo fueron miembros de Falange, recopila sus escritos, los selecciona, y nos brinda una brillante antología temática con excelentes introducciones a cada uno de esos ejes, y también traza un panorama general de la cuestión para comenzar el volumen.



A través de las ocho secciones de la antología (Los precursores, Memorias generacionales, La guerra y los héroes, Crisis, Nuevos caminos para el arte, La nostalgia de la Historia, La nostalgia burguesa y Los caminos del humor y la fantasía), desfilan (al paso alegre de la paz) autores olvidados y otros que merecían permanecer y son hoy acaso lectura de buscadores de rarezas, o puede que de nostálgicos. Hablo de Agustín de Foxá, del enervante Ernesto Giménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas, Rafael García Serrano, Gonzalo Torrente Ballester (quizás el que mejor sobrevivió a su época), Julián Ayesta y, siempre, siempre, siempre, Dionisio Ridruejo, a quien su disidencia ha salvado del infierno. Quien quiera encontrar una prosa perfecta y afilada, vaya a las páginas del Eugenio de García Serrano, quien busque poemas hondos y casi eternos, ahí tiene a Ridruejo o la ligereza lírica, rica en recursos y riquísima en sugerencias, de Foxá, de quien su poema El coche de caballos es una obra maestra de sensaciones y nostalgia. 


Juzguen, y sobre todo, disfruten:


El coche de caballos
(Nostalgia de los siete años)

Un coche de caballos, lento, hacia el horizonte;
landó viejo y violeta, de caballos canela,
y en él, mi niñez triste, mirando las acacias
y los escaparates de antiguas primaveras.

Brisa en sus ventanillas y entierros bajo lluvia;
en mis manos de niño, alguna vez, las riendas,
dando a las frentes toscas de los pobres caballos
las nociones, difíciles, de derecha a izquierda.

Yo os evoco, paseos de la Casa de Campo.
Penumbras de eucaliptus, y el auto de la Reina,
del radiador dorado, cruzando silencioso;
los neumáticos blancos, dorados de hojas secas.

Y el Rey siempre de luto; lacayos; las infantas,
en fondos de Velázquez, con un mirar de inglesas;
y aquella concha rosa, con venas de arco iris,
donde bebía el agua después de la merienda.

En la Casa de Vacas, cubos llenos de espuma.
Al fondo, la casilla blanca de la guardesa,
con patos y cabras, y un vendaval de expresos,
verdes de madrugada, en sus enredaderas.

Mis hermanos ponían soldaditos de plomo
en las vías heladas, alfileres, monedas,
y el tren los laminaba, corriendo hacia unas olas
que en mi niñez de Duero imaginaba quietas.

Lagartija en el yeso de las tapias y cardos.
En el Tiro sonaban lejanas escopetas
de Marqueses, y a veces un pichón moribundo,
macizo por los plomos, volaba con tristeza.

Desde el coche veía, peonando, a los faisanes,
con la sangre enjoyada por cacerías regias,
y, allá, en las «Garavitas», entre tomillos tenues
el sol de los insectos rosaba el agua fresca.

Mi padre me contaba la historia de Don Álvaro
o el drama de Cyrano, cuando íbamos de vuelta
hacia un Madrid, caliente de acacias y faroles,
cuesta de San Vicente; jardín con centinelas.

En la plaza de Oriente, fuego en los miradores,
niños en cochecitos de burros con banderas,
y el golfo que encendía al coche los faroles
y al fondo el Real, guardando sus palcos en la niebla.

¡Oh coche de caballos de mis primeros años!
cuando aún no conocía ni el mar ni la belleza,
que cruzas mi nostalgia, trotando eternamente
con un olor de parque dormido entre las ruedas.

¿Dónde estarán tus hierros? ¿En qué plaza de toros
o en qué noria murieron tus caballos canela?
¿Y dónde está aquel niño de comunión y de oro
que hoy, en mi sangre de hombre, como un fantasma juega?

Agustín de Foxá





viernes, 30 de abril de 2021

Lecturas: Las últimas horas de José Antonio (José María Zavala)

 Ya en estas páginas he comentado otros títulos del meritorio investigador José María Zavala. éste no es el mejor, por mucho que en la cubierta se añada como subtítulo que es El libro definitivo sobre la muerte del fundador de Falange Española y en otro lugar se incluya el elogio de Stanley G. Payne: El estudio más completo sobre el proceso y la ejecución de José Antonio. Los documentos inéditos descubiertos por Zavala constituyen una aportación fundamental e indispensable para conocer las últimas horas de vida del líder de Falange. Pues vale. Pero no es así: el relato más esclarecedor lo hizo Zavala en La pasión de José Antonio (2011) y en esa minuciosa descripción de crímenes que tituló Los expedientes secretos de la Guerra Civil (2016). Aquí, la aportación fundamental consiste en transcribir documentos referidos a los verdugos y responsables del tribunal. Pero de lo que es Alicante, paredón y después, no aporta nada nuevo, prefiriendo perderse no por las últimas horas del fundador de Falange, sino por la biografía de los personajuchos que lo llevaron a la muerte. Y una torpe disgresión (no porque no sea cierta, sino porque este libro no era el lugar) acerca de la salida del Oro de Moscú para llegar a la conclusión, cuestionable, de que la muerte de José Antonio era parte de un chantaje de Stalin a cambio de su silencio de cómo había llegado, sin garantía alguna de devolución, de la riqueza de España. Con la anuencia siempre de Largo Caballero, aquel canalla que quiere absolver y hasta vindicar la izquierda actual.

Si alguna imagen nueva se lleva el lector es la de un testimonio aterrador de un testigo que muestra a Primo de Rivera herido en las piernas tras las ráfagas, caído entre la sangre propia y de sus cuatro compañeros de paredón, en silencio y sin quejarse pero consciente, mientras con los ojos sigue los movimientos de quien con una pistola busca su nuca para aplicarle el tiro de gracia.

Quien busque realmente lo que el título de esta entrega de Zavala, lo deberá buscar en los otros títulos. En éste sólo podrá completar, con interesantes documentos inéditos, lo que sucedió en aquel casi amanecer de noviembre.





viernes, 31 de enero de 2020

Lecturas: Eugenio o Proclamación de la Primavera (Rafael García Serrano)


                    Si algo hace atractiva la Falange Española, más allá de la figura trágica de José Antonio y una visión de España que vivía entonces, como ahora, en un momento crucial e inestable (cito a Primo de Rivera: Nuestra España, que se calificó por ser un “estilo” según Menéndez y Pelayo, es hoy la cosa menos estilizada del mundo. Nosotros queremos una España alegre y faldicorta. El mundo, y España forma parte del mundo, asiste a los minutos culminantes del final de una edad), más allá de comparaciones groseras y guerracivilistas hechas con trabuco y cócteles molotov desde un campo de batalla que se avizora posible, queda como su mejor legado la calidad deslumbrante de los prosistas de la Falange. Este libro de Rafael García Serrano, reeditado por Almuzara en una colección ejemplar de testimonios de las dos y hasta tres Españas, es un ejemplo deslumbrante de ese estilo frío pero efusivo, calmo y vibrante, cincelado como un relieve romano, como un camafeo helenístico, orfebrería verbal.

                Concebido más como un poema en prosa en nueve capítulos que vienen a ser nueve cantos, seguimos a un falangista, Eugenio, contemplado por su camarada de estudios y militancia que es el propio autor. Eugenio es un exaltado, alguien que un dos de mayo de 1935 se lía a bofetadas con alguien que sale de la embajada francesa, harto del espíritu vulgar de las conmemoraciones, de la calma burguesa desprovista de grandeza y de heroísmo (El miedo, camaradas, es un prejuicio pequeño burgués), y lo seguiremos enamorándose en su comarca norteña, confesando haber matado a un comunista y finalmente vertiendo su sangre en un enfrentamiento con los adversarios, justo un año después y situándose, por tanto, antes del disparate de julio de 1936.

                Así cae el protagonista:

                En la Facultad nació el rumor de golpe y nadie sabía el belén triste de aquellas palabras. Fue rápido el rumor; y la angustia. Era dos de mayo en todos los calendarios y primer día de sol en las más altas azoteas. Eugenio había caído en el borde de la mañana, al recorrer su habitual camino universitario. Dos pistolas comunistas hirieron su ímpetu madrugador. Y en la huída gastaron pólvora en salvas con el nuevo aire. Tal gallardía de caído tuvo Eugenio, el bien engendrado. Al principio, nadie lo quiso creer: yo, sí. Y estoy seguro de que si Eugenio repasó su vida, con los ojos fijos en la corriente sangre, recordó con entrañable resignación su mañana de ungido. Exactamente un año.

                Y así lo asume el narrador, y así concluye el libro:

                Ahora voy solo hacia casa. Las gentes viven igual que hace dos días. Pero antes de ayer Eugenio respiraba libertad y fervor de abrazarnos. Y esta asquerosa multitud no se entera de que veinte años heroicos se pudren bajo la tierra. Luchando por la felicidad del universo. Luchando por este hombre y esta mujer que pasan a mi lado. Me siento con fuerza para dar fuego a Madrid por sus cuatro esquinas camperas. Esta canalla que se divierte mientras los demás nos batimos. En el pecho me nace la angustia, como un amor. Y siento ganas de gritar en cualquier encrucijada, seguro de hallar respuesta seca, las divinas palabras que acabo de heredar, porque no soy yo quien habla. Es Eugenio, siempre conmigo. Para siempre a mi lado. Me dice suave y las silabas adquieren un prestigio violento. Más que charla, sermón de la buena nueva. Cuando vuelvo a quedarme solo, renazco a la ciudad completamente tranquilo. Y me parece soñar romanos saludos como militantes donaires de la calle. En un periódico veo la noticia que me alegra: diez bestias enemigas muertas en represalias. Estoy seguro de que sabré manejar el fusil y buscar diana precisa cuando sea necesario. En las entrañas mías -soy camarada de Eugenio- presiento lo que vendrá. Porque, muerto Eugenio, soy yo, también, profeta. Por cada baja, más hombres a los puestos del aire.

                 -¡Camaradas: acaba de proclamarse la Primavera!

                Escojo disparos en cada ser que cruza mi camino. Y al tiempo, el rumor de la noche me exalta el amor porque cayó Eugenio.

                 -¡Camaradas: ésta es la proclamación la Primavera!

                Contengo las dos últimas lágrimas de mi vida. Al levantar mi brazo ante un grupo falangista suenan unos disparos hacia la iglesia de San Luis. Sobre el escudo se alza la noche: en primaveral consigna.

                La retórica falangista alcanza en este libro una gran altura literaria. El mensaje moral, el gozo en el exterminio, es algo que no se puede asumir. Pero sí su defensa de esta patria nuestra, tan vituperada como áspera.

lunes, 9 de abril de 2018

Lecturas: José Antonio. Realidad y mito (Joan Maria Thomás)


Son éstos, tiempos en que se usa el término fascista con una facilidad escandalosa. Así, fascistas de izquierdas no dudan en llamar fascistas a quienes no lo son. Basta con no comulgar con las ideas del contrario (yo acabo de hacerlo, a sabiendas) para ser ubicado en las filas falangistas, mussolinianas o incluso nazis. Yo, que he tenido un abuelo falangista (custodio su carnet de 1937) y he pasado por las filas tardías de la Organización Juvenil Española, heredera de aquel Frente de Juventudes por el que pasó forzosamente mi padre, he sido llamado, con ligereza, fascista. No voy a defenderme. Ni tampoco a atacar. Aunque podría hacer ambas cosas.

Diré que este libro sirve para conocer mejor, mucho mejor, al fascismo español y a su líder y máxima leyenda. De él iré desgranando los datos que más me han llamado la atención. Con este título alcanzo la media docena de monografías leídas sobre el asunto. Si fuera, queridos fascistas de izquierda, un fascista a la manera joseantoniana, hubieran sido muchos más. Al lío.


El tuteo pretendía dar muestra en el seno de la organización de la voluntad de crear una nueva sociedad política, a la vez antidemocrática, antiizquierdista y antiseparatista, pero también anticonservadora. Ojo, el autor ha dicho anticonservadora. Algo que efectivamente fue la Falange, animada de un carácter revolucionario con el que acabó quien fue su enemigo, Francisco Franco.

La Falange, en cambio, era partidaria de la separación de la Iglesia y el Estado. Más de lo mismo, de su carácter anticonservador. A lo que se suma que tampoco se declarase monáquica, siéndole indiferente la forma de Estado.

Los rasgos del carácter de José Antonio: Seriedad, orgullo, exigencia propia, rigor, cólera, agresividad, ironía, sarcasmo, alegría, despreocupación, simpatía; aunque también timidez. José Antonio Primo de Rivera era todo eso. Un carácter fuerte, sin duda. Y atractivo, seductor y carismático para al menos parte de los que le conocieron.

A los que, desde mi aborrecida izquierda radical (en su tiempo me declaré anticomunista, que equivale a defender la democracia como objeto central de mis ideas políticas, y en ello sigo) llaman, en un rasgo de ingenio pueril falangitos a los votantes de Ciudadanos, les gustará encontrar en este tercer punto inicial de la Falange elementos que recuerden a intervenciones de Albert Rivera: Si las luchas y la decadencia nos vienen de que se ha perdido la idea permanente de España, el remedio estará en restaurar esa idea. Hay que volver a concebir a España como realidad existente por sí misma; superior a las diferencias entre los pueblos; y a las pugnas entre los partidos; y a la lucha de clases. Quien no pierda de vista esa afirmación de la realidad superior de España verá claros todos los problemas políticos. Más cercana a la doctrina de la izquierda suena esta aseveración programática falangista, de noviembre de 1934: Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación. A la que sigue un repudio justamente del marxismo: Nuestro sentido espiritual y nacional repudia también el marxismo. Orientaremos el ímpetu de las clases laboriosas, hoy descarriadas por el marxismo, en el sentido de exigir su participación directa en la gran tarea del Estado nacional.


En esa actitud de enfrentarse a izquierdas y derechas desde una nueva vía (que, insisto, no era democrática), Falange criticaba abiertamente a ambas posturas ideológicas. Así, en un discurso Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935:
Los partidos de izquierda ven al hombre, pero lo ven desarraigado. Lo constante de las izquierdas es interesante por la suerte del individuo contra toda la arquitectura histórica, contra toda arquitectura política, como si fueran términos contrapuestos.
El izquierdismo, es por eso, disolvente; es, por eso, corrosivo; es irónico, y estando dotado de una brillante colección de capacidades, es, sin embargo, muy apto para la destrucción y casi nunca apto para construir. El derechismo, los partidos de derecha, enfilan precisamente el problema desde otro costado. Se empeñan en mirar también con un solo ojo, en vez de mirar claramente, de frente y con los dos.
El derechismo quiere conservar la Patria, quiere conservar la unidad, quiere conservar la autoridad ; pero se desentiende de esta angustia del hombre, del individuo, del semejante que no tiene que comer. Esta es, rigurosamente, la verdad, y los dos encubren su insuficiencia bajo palabrerío: unos, invocan a la Patria sin sentirla ni servirla del todo; los otros, atenúan su desdén, su indiferencia por el problema profundo de cada hombre, con fórmulas, que, en realidad, no son mas que mera envoltura verbal, que no significa nada.



El punto nueve de entre los iniciales de Falange, se centra en la violencia, siendo inaceptable por mucho que invoquen más adelante el amor o la fraternidad: La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique;La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque. Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión. Mienten quienes anuncian, por ejemplo, a los obreros, una tiranía fascista; todo lo que es haz, o falange, es unión, cooperación animosa y fraterna, amor. Falange Española, encendida por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia. Esta defensa de la violencia se traducirá en escenas como aquella en que el propio José Antonio acabó sacando una pistola mientras Ruiz [de Alda] repartía estacazos a los izquierdistas. Se da la circunstancia de que el primer caído en la lucha sin cuartel entre falangistas e izquierdista fuera alguien que no era ni siquiera falangista sino un curioso interesado por el nuevo movimiento: El suceso más lamentable fue la muerte de un estudiante mallorquín, Francisco de Paula Sampol; el joven pasaba por la calle de Alcalá y acababa de adquirir un ejemplar, sin ser siquiera falangista, cuando fue abatido a tiros por jóvenes socialistas. La Falange lo reivindicaría como su primer “caído”. Antes del estallido de la Guerra Civil, los caídos de Falange ascendería a 65 bajas, siendo las de sus rivales 64 (sobre todo socialistas y comunistas). El mito de la Falange asesina y la izquierda inmaculada queda, al menos, en entredicho.

Thomás narra también un encuentro entre Unamuno y José Antonio en Salamanca. De esa charla, es destacable lo que el escritor vasco dijo: Esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después, lo demás, la sociedad, el Estado. El propio Unamuno, que a renglón seguido había acompañado a su visitante a un mitin falangista, dirá de él, poco después y en la prensa: Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y, ni mucho menos, un dictador.


Felipe Ximénez Sandoval, amigo y biógrafo de José Antonio, recogió una conversación en la que Primo, sorprendentemente, proponía una bandera y una capital para la nueva España falangista e imperial que a todos sorprenderá: “El Imperio español de la Falange [tendrá] una sola bandera, un solo idioma y una sola capital –dijo Primo de Rivera−. Su bandera habrá de ser la catalana –la más antigua y la de más gloriosa tradición militar y poética de la Península−. Su idioma será el castellano, el de más prodigiosa fuerza expansiva y universalidad –el que sirve para hablar con Dios, según decía Carlos V−. Y su capital, Lisboa, por donde entra el Tajo, y desde donde puede mirarse cara a cara la inmensa Hispanidad de nuestra sangre americana”.


En el juicio que le condenó a muerte, y en el que distorsionó algunos hechos buscando salvar su vida, se declaró no nacionalista: Nosotros no somos nacionalistas;. no creemos que una Nación, por el hecho de ser territorio y de que unos hombres y unas mujeres nazcan en él ya es la cosa más importante del mundo. Creemos que es una Nación importante, en cuanto encarna una Historia Universal. Por eso entendemos en el destino que Italia y Alemania expresan, valores universales, como lo representa Rusia, y éstas son Naciones. Las Naciones que ya han dejado de potenciar un valor histórico en lo universal, no nos interesan nada. No creemos que lo sean por el hecho de que ya están y se hallan enclavadas en una superficie de tierra.


Próxima la Guerra Civil, Falange contribuyó, a través de la violencia, al deterioro de la situación en previsión de una revolución comunista que quería evitar facilitando un golpe de estado que la frenase. Desde la cárcel de Madrid, en la primavera trágica de 1936, trabajaría para facilitar esa salida militar. A la vez, temía que desde su libertad y su frontal oposición a la República, José Calvo Sotelo terminara quitándole el protagonismo deseado. Tal era su ansiedad, que en los planes golpistas que manejaba incluía que el ejército no entregara el poder a ningún civil al menos hasta que tres días hubieran pasado del triunfo golpista, un plazo que él necesitaba para conseguir su libertad y llegar desde Alicante a Madrid. Quien habría de entregarle ese poder era, según sus cálculos, el general Sanjurjo. 

Una vez comenzada la guerra, José Antonio estableció un plan de paz en el que buscaba desarmar a las milicias de todo tipo e involucrar en la restauración de la ley a todos los sectores, con exclusiones: . Por razón histórica: los nostálgicos de formas caducadas y los reaccionarios en lo económico social. 2. Por razón moral: los que se han habituado a un clima ético propicio como el del "estraperlo". Y con exigencias: 1. Levantar la vida material de los españoles sobre bases humanas. 2. Devolver a los españoles la fe colectiva en la unidad de destino y una resuelta voluntad de resurgimiento.

Este plan debía tener una Salida única: La deposición de las hostilidades y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional sin persecuciones, sin ánimo de represalia, que haga de España un país [el subrayado es de Primo de Rivera] tranquilo, libre y atareado.


En el juicio, tras haber expuesto su plan de paz, añadió: Yo sé que, si gana este movimiento, y resulta que no es más que reacción, entonces retiraré a mis falangistas y volveré a estar aquí, o en otro cárcel, dentro de pocos meses [...] Si esto es así, están equivocados. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España en un abismo. Tendrán que cargar conmigo. Usted sabe que yo siempre he luchado contra ellos. Me llamaban "hereje" y "bolchevique".



Según su hermano Miguel (con quien compartió cautiverio y fue condenado a cadena perpetua; otro hermano, Fernando, fue asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid), José Antonio le expresó su opinión sobre la Guerra Civil de este tenor: 
Todas las guerras son, en principio, una barbarie, y una guerra civil, además de una barbarie, es una ordinariez. Porque el pueblo que tiene que lanzarse a ella pone de manifiesto que ha malogrado una de las gracias más grandes recibidas por la humanidad del Todopoderoso: la inteligencia y un lenguaje común para entenderse. 

domingo, 21 de junio de 2015

Lecturas: Historia de la literatura fascista española (Julio Rodríguez Puértolas)


Se puede tener razón, en la vida y en los libros, pero se puede perderla por aquello de los modos, de las intenciones. Es lo que le pasa a Rodríguez Puértolas con este libro titánico. La primera edición, de 1985, consistía en esta Historia más una antología de textos. La que reseño es la de 2007, desprovista, ay, de la antología. La forma de exponer, más que militante en los diversos prólogos, de Rodríguez Puértolas echa, mucho, para atrás. La insistencia despreciativa en llamar Primo a Primo de Rivera (apellido compuesto, como lo era su segundo, Sáenz de Heredia), el afán destructivo, diríase que de venganza, la facilidad para llamar fascista con extrema ligereza, todo ello hace que el enorme esfuerzo de documentación que hay tras este libro se diluya y quede como un panfleto hinchado y orgulloso. Cuando renuncia a escribir con martillo (y con hoz), llega a hacer análisis de autores bastante notables, como el de la obra narrativa de Torrente Ballester pasada la guerra. Intenta ser convincente cuando intenta hacer lo mismo con   Camilo José Cela, pero le puede el dogmatismo, y se ceba, con innecesaria energía, con Jiménez Losantos, con Sánchez Dragó, con Martínez Cachero (a quien dedica siete páginas, algo desproporcionado). Y por intentar ajustar cuentas, lo intenta, con notable cobardía, con Francisco Umbral. Raro es el momento en que reconoce talento, calidad o simplemente estilo en cualquier autor de los que reseña. Ni siquiera en González-Ruano o en Foxá.

1935: José Antonio Primo de Rivera, tercero por la izquierda. A su izquierda Eugenio Montes y Rafael Sánchez Mazas.

Sirve, eso sí, este libro para poner de manifiesto hasta qué punto era antisemita el fascismo español, con alarmantes ejemplos que yo desconocía hasta ahora. Sirve también para sacar a colación libros tan curiosos como la muy ditirámbica "Ofrenda Lírica a José Luis de Arrese en el año IV de su mandato". Eso sí, quien quiera conocer mejor la literatura falangista puede recurrir al muy aconsejable "La corte literaria de José Antonio" de Mónica y Pablo Carbajosa. Por mucho que se aborrezca del fascismo, la lectura de este estudio agrio, combativo y exasperante lleva a la tentacion, por la propia lógica del autor, de imaginar algo que con igual voluntad de incordiar, se llamaría "Historia de la literatura comunista [o, incluso, roja] española"en la que se incluyeran todos los que hayan escrito algo que no pueda ser tildado de fascista o de meramente conservador. 

Propina musical: Ya hemos pasao (por Celia Gámez)


( Era en aquel Madrid de hace dos años 
donde mandaban Prieto y don Lenin 
Eran en aquel Madrid de la cochambre, de Largo Caballero y de Negrin. 
Era en aquel Madrid de milicianos, de hoces y de martillos y soviet. 
Era en aquel Madrid de puño en alto, donde gritaban ¡No pasarán!).


¡No pasarán! 
decian los marxistas. 
¡No pasarán! 
gritaban por las calles. 
¡No pasarán!, 
se oia a todas por plazas y plazuelas con voces miserables. 
Ya hemos pasao!!
y estamos en las cavas 
Ya hemos pasao !!
con alma y corazón 
Ya hemos pasao!!
y estamos esperando pa ver caer la porra de la gobernación. 
Este Madrid es hoy de Yugo y flechas, es sonriente, alegre y juvenil. 
Este Madrid es hoy brazos en alto, y sigos de facheza, cual nuevo Abríl. 
Este Madrid es hoy de la Falange, siempre garboso y lleno de cuplés. 
A este Madrid que cree en la paloma,(...) 
Ya hemos pasao !!, 
decimos los facciosos, 
ya hemos pasao !! 
gritamos los rebeldes 
ya hemos pasao!!, 
y estamos en el prado mirando frente a frente a la señá Cibeles. 
No pasarán, 
la burla cruel y el reto 
No pasarán, 
pasquines en las paredes 
No pasarán, 
gritaban por el micro, chillaban en la prensa y en todos los papeles. 
¡ No pasarán !

jajajaja!!

¡¡ YA HEMOS PASAO !!



miércoles, 16 de abril de 2014

Lecturas: Me hallará la muerte (Juan Manuel de Prada)

Antes de entrar en harina, una vieja historia familiar, brumosa e improbable. Pero cierta. El hermano de una tía-abuela mía, comunista él, se alistó en la División Azul buscando pasarse al presunto enemigo y así comenzar una vida nueva entre los camaradas del Este. Tras un combate especialmente duro, se perdió todo contacto con él, y en breve la familia recibió una notificación dándolo por muerto aunque de su suerte nada se supo. A lo más, medio siglo después, y por pesquisa de un especialista en aquella aventura militar, tuvimos el dato de que, al menos, fue atendido por congelación en un hospital del frente. Hasta ahí ese misterio de un soldado almeriense y desconocido.


La novela de Juan Manuel de Prada juega a eso, a falsas identidades alrededor de la División Española de Voluntarios. Convirtiendo en una amarga novela negra lo que podría haberse convertido, y felizmente se evita, en una novela histórica. Tenemos aquí la historia de un mangante de posguerra al que un mal golpe en un mal día le lleva a huir enrolándose en la cruzada contra los comunistas. De Rusia volverá, con identidad cambiada, a bordo del Semíramis, para comenzar una vida nueva, acomodada, bajo un nombre distinto, con una familia diferente, con un amor nuevo y difícil, con la obsesión de otra mujer de peores tiempos. Para mantener, después de la durísima experiencia del cautiverio, el nuevo estatus, para evitar el regreso al albañal del que salió para convertirse en héroe de guerra, tendrá que matar. 

Funciona excelentemente el libro, con sus jerarcas y señoritos de bigotito fino, con sus "falangistillas" convertidos en lacayos del régimen y que olvidan el fervor puro del ideal joseantoniano. Ese idealismo azul, de camisa vieja, lo encarna el veterano Francisco Cifuentes, que encarna el desencanto ante un régimen que no era el soñado por los falangistas de primera hora. El falangista (recuérdese que el título del libro no es sino un fragmento del "Cara al sol": "Me hallará la muerte si me lleva / y no te vuelvo a ver") Gabriel Mendoza, amigo del primero y cuya identidad usurpará el protagonista, representa hasta extremos heroicos el falangismo más caballeresco, habiendo momentos en que parece que más que a Mendoza oímos a Roberto Alcázar viéndoselas, estupendo e insensato de puro sublime, ante los lacayos del Krémlin. La abnegación de Mendoza, poco verosímil, es tal vez el único punto flaco, junto a la villanía maléfica de la "femme fatale" que seduce y doblega a nuestro impostor en Rusia, además de ciertos excesos en la conducta beoda de Ava Gardner, de esta novela brillante e intensa.   




sábado, 12 de noviembre de 2011

Primo de Rivera y Durruti, dos muertes españolas

Hace 75 años coincidían en la misma fecha las muertes violentas de dos figuras claves de nuestra historia contemporánea

Imagen final de José Antonio y Durruti

         Hace 75 años, el 20 de noviembre de 1936, dos muertes coincidieron para cambiar la historia de España. Cada una cambió el signo, y el sino, de nuestro país. Desde dos ideologías opuestas, enfrentadas a muerte pero bajo unos mismos colores: el rojo y el negro. Anarquistas y falangistas perdieron ese día a sus máximos dirigentes, víctimas ambos de la Guerra Civil. Buenaventura Durruti, José Antonio Primo de Rivera. Hermanados en la sangre bruscamente vertida, sus nombres, sus muertes,  simbolizan y compendian las de tantos españoles.
Recordamos. Recordamos todos los muertos
         Los hechos sencillos son los de un dirigente político al que el estallido de la guerra encuentra detenido en Madrid y que, trasladado a Alicante, es juzgado, condenado a muerte y ejecutado. Los hechos sencillos son los de un dirigente militar y político que acude en socorro de Madrid sitiada, y que en zona de combate recibe un disparo en el pecho y muerre al día siguiente. Ambas muertes tienen sus enigmas y sus pormenores. Éste es el momento para reconstruir ambas muertes. Dos muertes españolas.

De Madrid a Alicante

         De José Antonio podemos contar que, tras fracasar Falange Española en las elecciones del 12 de febrero de 1936 que dieron el triunfo al Frente Popular, fue detenido el 14 de marzo por posesión ilegal de armas. A la vez, mientras se iba fraguando el golpe de Estado organizado por Mola desde Pamplona, al que Falange había comprometido su apoyo, los miembros más radicalizados de los diversos partidos de la derecha, especialmente la CEDA, se adhieren a Falange y aumentan la acción violenta contra la izquierda, en una espiral de violencia, con ataques constantes de las milicias de ambos bandos, que llevan a España a un ambiente irrespirable que presagia lo que ocurrirá el 18 de julio. Pero ésa es otra historia. Para alejar a José Antonio de Madrid, donde recibía constantes visitas, mantenía correspondencia con sus correligionarios e incluso impartía órdenes y daba instrucciones, es conducido, el 6 de junio, a Alicante. Allí sus posibilidades se reducen enormemente. Allí también estará encerrado, tras ser detenido en Madrid el 1 de mayo, su hermano Miguel y, más tarde y acusada de confabulación con los prisioneros, su esposa Margarita Larios y Fernández de Villavicencio (algecireña y miembro de la familia Larios de Málaga). Otro hermano, Fernando, será asesinado en Madrid el 23 de agosto en una de las sacas hechas en la cárcel Modelo, un dato que no llegará a conocer José Antonio.

Alicante. Primera exhumación (4 de abril de 1939) de José Antonio
según el NO-DO. Más tarde será exhumado en El Escorial

         Una vez comenzada la guerra, se extrema el cuidado en torno a los Primo de Rivera en Alicante, cuando se encuentra en sus celdas dos pistolas y cien cartuchos. E incluso, ya en agosto, un mapa que indicaba la situación militar en las Baleares. A partir del 16 de agosto, ambos quedarán incomunicados. Del estado de ánimo de José Antonio, de su visión de la guerra, puede encontrar el interesado un ilustrativo testimonio en el texto de la entrevista que en la prisión le realizó el periodista norteamericano Jay Allen y que reproduce Ian Gibson en su equilibrado, y necesario, estudio “En busca de José Antonio” (ed. Aguilar, 2008). El texto se publicará el 24 de octubre de 1936 en el “News Chronicle”, pero las declaraciones son de comienzos de mes. Lo que allí contesta el líder falangista, ante un Comité de Vigilancia, hará aún más difícil la clemencia. Mientras tanto, Falange, con una ayuda tibia de Franco y un interés considerable por parte de agentes nazis, prepara una serie de acciones, a través de acciones de comando o de negociaciones, que pudieran liberar al detenido. Un libro de Manuel Barrios, “Objetivo: Matar a José Antonio” (ed. Nowtilus, 2005), proporciona datos y lanza aventuradas hipótesis que cuestionan las verdaderas intenciones y peculiaridades de aquellos planes. El más serio de ellos,  para no incurrir en pormenores, lo resumiremos en que en septiembre de 1936 el carguero alemán “Iltis” recogía en Chipiona un grupo de once falangistas, entre los que se encuentra el jefe de milicias del partido, Agustín Aznar, y el cónsul honorario de Alemania en Alicante, destino de la expedición, con un millón de pesetas para sobornar en la ciudad de cautiverio a diversos republicanos. Hay contactos, ofertas de hasta seis millones y promesas de fuga del sobornado junto con su familia a zona nacional. El encontronazo de un guardia de asalto con Aznar, que deberá escapar disfrazado de marinero alemán, frustra la operación y pone en fuga al comando. Poco después se ideará el soborno del gobernador civil de Alicante y hasta una acción de comando en la que debía participar el boxeador Paulino Uzcudun, ex campeón de Europa. La impaciencia y la torpeza fueron las claves de estos fracasos sucesivos.

        Ante el destino

  Imposible el rescate, la muerte, tras la condena dictada el día 17 de noviembre se hace inminente. La defensa de José Antonio, realizada por él mismo, abogado de profesión, de nada ha servido. Al menos, su hermano y su cuñada, también defendidos por él, han tenido mejor suerte. Miguel es condenado a cadena perpetua, que se interrumpirá al ser canjeado por un hijo del general Miaja. Margarita sacará una condena a seis años por “provocación a la rebelión”. El delito de los dos hermanos fue el de rebelión militar. Las últimas horas las pasará escribiendo cartas de despedida además de su testamento (“Condenado ayer a muerte, pido a Dios que, si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la dolorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia...”). Se verifica el fusilamiento en el patio de la prisión a las siete menos veinte de la mañana de ese 20 de noviembre de 1936. Las últimas palabras verificadas de José Antonio, más allá de la propaganda y la hagiografía, fueron dirigidas al director del presidio momentos antes de la descarga: “Director, si algo malo he hecho, o le he molestado, perdóneme”. Otras cinco ejecuciones acompañaron ese amanecer la de Primo de Rivera. Su cuerpo tendrá como primer destino una fosa común, en la que será enterrado boca abajo y a un costado de la zanja en previsión de un futuro desenterramiento e identificación.

Traslado a Madrid, a hombros de la Falange
         
          De Aragón a Madrid

En aquella aurora de sangre estaba ya fijada la muerte del otro mártir, del otro villano, del otro héroe (se ofrece al lector la posibilidad de salvar o condenar a uno u otro  protagonista de ese día terrible). Herido la víspera, Buenaventura Durruti agonizaba. Tras resistirse a acudir a Madrid con sus tropas abandonando el frente de Aragón, había llegado con 3000 hombres el 14 de noviembre. El día 17 un ataque franquista provoca la desbandada de los suyos, lo que le lleva a organizar un asalto al Hospital Clínico, en la Ciudad Universitaria, lugar de los más encarnizados combates y recién ocupado por los rebeldes. Amanece con frío, lluvia y viento el 19 de noviembre. El combate volverá a ser a muerte. Hay cansancio, falta de sueño, desesperación. Rabia. A las 13 horas, avisado del empeoramiento de la situación en el Clínico,  va en coche hacia el lugar para dirigir el combate, para evitar un nuevo derrumbamiento. En un Packard conducido por Julio Graves viajan Durruti junto con el sargento de artillería José Manzana, su secretario y asesor militar, que lleva colgado del hombro un naranjero, pendiendo de su cuello un pañuelo en el que a ratos apoyaba su mano derecha, herida desde hace unas semanas. Durruti lleva bajo su chaqueta de cuero un revólver Colt 45. Les antecede, atravesando calles batidas por el fuego, otro coche que ocupan el chofer Lorente, el carpintero Miguel Doga y el oficial Antonio Bonilla. Este último es quien proporciona el testimonio clave de aquel hecho confuso.

Un disparo en la tarde

Cuenta Bonilla que en un momento dado, al detenerse el Packard en una calle que posiblemente era la de Julián Romea, “Durruti bajó para decirles algo a unos milicianos que estaban allí tomando el sol, tras una tapia. Aquella zona no estaba batida por el fuego”. Parece que Durruti los amonesta. “Nosotros estábamos en el otro coche, unos metros delante, y estuvimos parados unos tres o cuatro minutos. Cuando Durruti estaba entrando en el coche, iniciamos la marcha y, al mirar atrás, para ver si nos seguían, vimos que el Packard estaba dando la vuelta y se marchó a toda velocidad. Bajé del coche y les pregunté a los muchachos qué había pasado. Me dijeron que había un herido. Les pregunté si sabían quién era el hombre que les había hablado, y me dijeron que no. Le dije a Lorente que regresáramos inmediatamente. Eran las dos y media de la tarde”.
El féretro de Durruti en las calles de Barcelona

El chófer. Julio Graves, tras dejar a Durruti herido en el hospital habilitado en el hotel Ritz, en el que morirá al día siguiente, cuenta, conmocionado, a un periodista su versión, según la cual la calle estaba azotada por los disparos de ambos bandos. Allí, Durruti abronca al grupo de ociosos en desbandada: “Una vez que los muchachos obedecieron a Durruti, éste se vino hacia el coche. La lluvia de balas arreciaba cada vez más. Desde la gigantesca mole colorada del hospital Clínico los moros y la Guardia Civil disparaban con mayor ahínco. Al llegar a la portezuela del vehículo, Durruti se desplomó. Su pecho se hallaba traspasado”. Las opciones para explicar el disparo lo atribuyen a los nacionales, a los milicianos abroncados, a los comunistas, al arma de Manzana y al propio Durruti con su revólver. Por otra parte, las armas de las que pudo salir el proyectil posiblemente fueron o bien el subfusil alemán ERMA, modelo 1935, fabricado en La Coruña, el más sencillo de todos sus contemporáneos pero también el más peligroso al carecer de seguro, o bien el Naranjero español, una copia del alemán Schmeisser MP-28, usado profusamente por los dos bandos, y que toma su peculiar nombre del hecho de ser fabricado en Valencia para su uso por el ejército republicano. 

Graves y Manzana meten al herido en el coche y lo llevan al Ritz, donde en los quirófanos del sótano intentan salvar su vida hasta que a las cinco de la tarde lo llevan a una habitación del primer piso. La bala ha entrado por el costado izquierdo, a la altura del corazón, saliendo el proyectil por la espalda. Asustados por la gravedad de la herida y por la importancia del paciente, el equipo médico catalán optó por buscar al mejor cirujano disponible en Madrid, el doctor Manuel Bastos, que en sus memorias contará que “los que le rodeaban no se recataron en darme a entender que habían sido sus propios secuaces los causantes de la herida. Ésta atravesaba horizontalmente la parte alta del abdomen y lesionaba importantes vísceras. Era, pues, mortal de necesidad, y nada podía hacer por el paciente, que estaba ya en su último aliento. Aun pude oírle las que probablemente fueron sus palabras posteras. Fueron estas: “Ya se alejan”, aludiendo al ruido más apagado de las explosiones, que hacía creer en una retirada de los aviones atacantes”. Nada hay que se pueda hacer. Tan sólo darle morfina para que sea tranquila e indolora la muerte. Amanece cuando ésta llega. En una habitación del Ritz que, según las fuentes, pudo ser la número 15 o la 233.
La versión (y el homenaje) de los camaradas

Al entierro del líder anarquista, en Barcelona, acudió medio millón de personas. Según Antony Beevor, “su reputación era tan grande, y no sólo entre los anarquistas, que tras su muerte muchos quisieron apropiarse de su figura. La Falange dijo que tanto él como sus dos hermanos eran simpatizantes falangistas de corazón, en tanto que los comunistas manifestaban su certeza de que Durruti estaba a punto de ingresar en el partido”.
Tumba de José Antonio,
Basílica del Valle de los Caídos, Madrid

Tumba de Durruti,
cementerio de Montjuich, Barcelona

Igualados en la muerte y en el calendario, tal vez Durruti podría haber incluido en su testamento lo que hizo constar José Antonio en el suyo: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.”
       


Artículo publicado en diario Sur el 12 de noviembre de 2011