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jueves, 19 de julio de 2012

PEDRO ESCALONA: ESENCIA Y ELEGÍA

[Crítica, inédita, de una exposición de Pedro Escalona en la Galería Haurie, de Sevilla. Primavera de 2007] 


Exposición: Pedro Escalona
Galería Haurie (c/ Guzmán el Bueno, nº9,  Sevilla)
Hasta el 4 de junio de 2007

Hay una pintura a la que se llama hiperrealista y que pretende captar los objetos tal como son y en su mínimo detalle. Este arte tuvo su gran difusión con la exposición de Antonio López en el Reina Sofía, allá por los años 90, y con la popularización del estilo llegaron pronto los imitadores, los que se ponían en la solapa la etiqueta hiperrealista y se limitaban a hacer lo de siempre: realismo corriente y moliente pero esforzándose un poco más en las minucias, haciendo nítidas las formas, bien delimitadas. Algo que parece fotografía hecha con la cámara de los domingos. Colorines, composición aceptable y siempre la presencia de unos azulejos más o menos andaluces o moriscos y, cómo no, la jarra con agua y el reflejo de la luz atravesándola y proyectándose sobre la base.


Afortunadamente, Pedro Escalona no es hiperrealista. Con ellos tiene en común la exigencia de la técnica, con la diferencia de que ese rango compartido de Escalona no es simplemente estético, sino incluso ético. A la vista de esta exposición se confirma lo que ya se sospechaba de Escalona: es un retratista de esencias, no sólo de apariencias. En los palomares, en las repisas de polvorienta y sumisa loza, Escalona huye de la fidelidad a las apariencias. Al igual que Velázquez conseguía atrapar la luz, Pedro atrapa el aire, el vacío, la atmósfera, y este elemento incorpóreo cobra tanta importancia como los objetos representados. Pudiendo dibujar con nitidez, Escalona apuesta por el desdibujo, por la evaporación vibrátil de los contornos, captados siempre con una delicadeza que pertenecen más al reino de lo poético que al de lo plástico. Y es justamente aquí en lo que radica la separación de Escalona respecto a los demás duplicadores de la realidad.

Hay un tono elegiaco pero nunca nostálgico en Pedro Escalona, un memento mori que pone sobre el tablero la fugacidad de la materia, la fragilidad de los objetos mientras perduran. Por ello, los recipientes que muestra no son de ahora sino piezas arqueológicas que se nos muestran con un gesto casi irónico, de victoria sobre nosotros que los observamos ahora cuando otros pudieron mirar otros. Estas indicaciones no pueden constituir, sin embargo, una guía para la contemplación de estas pinturas de Escalona, pues su ámbito no es el de la desdichada e innecesaria repetición de la existencia. Cada uno de estos cuadros es una campanada. Y no pregunten por quién doblan las campanas...

jueves, 5 de abril de 2012

Palabras para Paco Hernández


Es jueves santo. No, Jueves Santo. Un hombre, que fue todos los hombres, muere. Pero la imagen sofisticada, elegante, la comparación retórica y espiritual que quisiera haber encontrado para comenzar este texto queda truncada. Hubiera querido identificar esa muerte con la de otro hombre que creyó en Cristo y que, simetrías lúgubres, ha muerto hoy, este jueves, Jueves Santos, hace unas horas. Es Francisco Hernández Díaz. Francisco Hernández, pintor. Paco Hernández. Nuestro Paco.
 
 
 
Este hombretón de voz grave y cascada ha fallecido en su localidad adoptiva de Vélez-Málaga tras uno de sus tantos ingresos hospitalarios en el que ha sido una afección pulmonar la que nos ha dejado vacíos a quienes lo quisimos, sin nada mejor que hacer que escribir para espantar la tristeza espantosa. Lo conocí hace más de veinte años, por razones laborales. Yo era coordinador de una beca para artistas y él era miembro del jurado deliberador. Ahí supo mi nombre y supo que era poco más que alguien que leía y comentaba, en voz alta, palabras de otros. Más tarde, publiqué en Sur algún que otro artículo sobre ese pintor magistral. Poco después llegó un gran dibujo, a tinta, y las cartas. Me admiraba, pero menos de lo que yo lo admiré. Nos cruzábamos cartas en las que él nombraba con apasionamiento a Teresa de Jesús y a Cervantes, y yo le contestaba con otras que citaban a Van Gogh o a Picasso. Paco, que tantas veces se reinventó tras ereflexión honda y valiente, y aunque últimamente había hecho una apuesta por una modernidad extraña y especialmente arriesgada, no era un artista para este tiempo, para este lugar. Me lo imagino más bien viviendo en el Toledo del siglo XVI, saliendo de misa para ir a su estudio, donde una incandescencia de Palestrina se podría leer en sus labios mientras pinta, esforzado, el pie doloroso de un crucificado. Porque Paco, y cuesta tantísimo nombrarlo cuando está peerplejamente recién muerto, pudo ser El Greco, o algún místico de ese tiempo que no es el de ahora pero que, querido Paco, Maestro, es el nuestro, ¿verdad que sí?
 
Duele su muerte. Su ausencia. Quisiera haber entonado una elegía digna de él y superior a mis capacidades. Pero ésto es lo que sale. En esta tarde gris de Jueves Santo. De un Jueves de Ceniza. Miro en mi archivo, busco otras palabras para él, alguna que leyó. Encuentro un recorte de Sur, del 20 de abril de 2007. Una crítica a una antológica suya. Lo copio. Insuficiente homenaje. Pero aquí está.
 
FRANCISCO HERNÁNDEZ, PINTOR ABSOLUTO
 
Hay exposiciones que se contemplan con cierto ansancio, en las que las obras, y más cuando pertenecen a un mismo artista, se observan con una sensación incómoda de que cada pieza es una variación de la anterior, dedicándose el autor a reiterar unas ciertas marcas de estilo con variaciones leves. Son esas exposiciones de las que el espectador sale con la imagen de un único cuadro que viene a ser el compendio de todos. Afortunadamente, el caso de esta muestra, 'Francisco Hernández 1945-2007' es otro.

Porque aquí se da la oportunidad para disfrutar de un altísimo artista que ojalá encuentre aquí la oportunidad para convertirse en un clásico de la pintura malagueña que el público sitúe a la altura de, por poner un ejemplo de pintor bien apreciado por el pueblo, Félix Revello de Toro, cuya antológica en este mismo lugar se convirtió en un clamoroso éxito de público.

Pero no significa esto que la obra de Revello y la de Hernández se parezcan. De hecho, no tienen ninguna afinidad. Simplemente, sirvan estas afirmaciones como aviso a los malagueños para que acudan tumultuosamente a las salas del Museo del Patrimonio Municipal porque la obra de Hernández posee una fuerza, una calidad y un interés como para situarse entre los favoritos intemporales de los visitantes. Oportunidades como ésta, pueden creerlo, no se dan a menudo.

Aunque conocido de sobra por los aficionados, y no solamente los de Málaga, Hernández es un artista absoluto, de los que crean creyendo en lo que hacen y solamente en lo que hacen, ajenos al tiempo o los caprichos del gusto. Es, por lo tanto, un creador titánico, un Maestro con mayúscula en este tiempo de osadías insípidas. No se puede glosar en una crítica la trayectoria de un autor que lleva nada menos que 62 años asombrando. Su pluralidad de temas y hasta de estilos sobrepasan con mucho lo que pueda explicarse en lo que no llega a ser más que un reflejo escrito de una experiencia visual. Baste con indicar que la contundencia angustiosa de la representación de Adán y Eva expuesta en la planta baja de las salas encontrará al final del recorrido la joya de un vía crucis dibujado con la sabiduría y la exactitud de un artista maduro y pleno pero con el dato de que el autor tenía entonces, 1945, trece años. Perplejidad produce Hernández, perplejidad su capacidad de multiplicarse en temas y estilos que van desde la congoja de vivir tal como la expresaba Francis Bacon hasta el Barroco de la Semana Santa de nuestra tierra o la Mitología que se asoma a 'La caída de Ícaro' con un prodigio de escorzos dignos del Renacimiento.

Todo ello urge y propicia la visita a esta muestra, montada con un acierto pleno y comisariada por Enrique Castaños Alés y que, avisado queda el visitante, quedará convertida en una experiencia que se tardará mucho, mucho, en olvidar. Si es que esto es posible.

Hace dos años, Paco, en un Viernes Santo, 
habla de la pasión de Cristo

miércoles, 28 de marzo de 2012

La transfiguracíón de Jorge Rando

Jorge Rando: Maternidades, 1997-2006
Sala de Exposiciones Unicaja (Italcable), c/ Calvo s/n
Hasta el 21 de julio de 2007

    La madre, el hijo. El abrazo, la protección. La dulzura. Maternidad. El desamparo. Raro caso el de esta exposición, tan recomendable, de Jorge Rando. El artista, rico en energía y en valor, no ha querido ofrecer una colección de estampas amables en este muestrario de escenas maternales. Tampoco ha querido lanzar una tormenta de rayos negros, de dolor amargo, sobre los ojos de los visitantes. Tampoco se trata de eso. En todo caso, es de ese tipo de pintura, de ese tipo de artistas, que admite tantas lecturas como miradas. En todo caso, algo claro hay en estas pinturas de formato medio que se expanden de pura energía: una honestidad raras veces vista, una voluntad irrenunciable de pintar sin que ese hecho se convierta en fuente de tormentos ni de éxtasis, sino en una tarea interminable, una condena de Sísifo, un destino lleno de tubos de óleo, de ojos ansiosos por ver más allá. Siempre más allá. Rando es un artista extraño por lo titánico, alguien que en términos musicales estaría más cerca de Beethoven que de los minués de salón. Un pintor que no precisa disfrazar de símbolos sus telas. No hay aquí composiciones forzadas en su elaboración, sino los elementos mínimos, fugaces, pasajeros, de los cuerpos, apresados en un momento inestable en el que la carne se atreve a destellar antes de arder. Transfiguración, sí. Antes de que todo se borre, y sea ausencia u oscuridad, esas madres e hijos se vuelven, amenazados pero no amenazantes, hacia el espectador, nos dirigen una mirada última de asombro o pesadumbre, o simplemente, en las escenas de grupos, nos dan la espalda y se alejan lentamente en una tarde que todos hemos vivido.


Jorge Rando: Maternidad, 2001

     Jorge Rando es malagueño, pero su pintura no es conocida como se debiera en esta ciudad suya. Tal vez esa empecinada voluntad en no quedarse en las apariencias, en su insumisión a las normas de lo decorativo, de lo ameno sin más, hayan supuesto bazas en contra. Pero acérquense a esa nave industrial que es a la vez un barco invertido y una capilla severa que es la sala Italcable. Atrévanse a asomarse a los espejos de Jorge Rando. Una belleza terrible, de fuego y sombra, nos aguarda en sus cuadros de violenta dulzura que duele.  

Ártículo publicado en diario Sur el 29 de junio de 2007