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jueves, 30 de noviembre de 2023

Lecturas: Metropol (Eugen Ruge)

 Las inevitables entrevistas de promoción del libro al publicarse, alguna reseña, me pusieron en la pista de este relato, una novela de no ficción que es casi (un casi muy pequeño) una obra maestra. Comenzando en primera persona, Ruge cuenta cómo accede a los archivos soviéticos, los del Komintern para cuyo organismo de Inteligencia trabajaba, la OMS (Departamento de Enlaces Internacionales pero en sus siglas rusas), su abuela. Una abuela, alemana, que no había contado demasiado sobre su experiencia, fugitiva de los nazis, en el Moscú de las grandes purgas. Del Gran Terror. Cosas de comunistas. Tan asquerosas como las de los nazis. 



Como sea, tras ese prólogo en el que va dando voz a sólo tres personajes -Charlotte (la abuela del autor), Vasili Vasílievich (presidente del Colegio Militar del Tribunal Supremo de la URSS), Hilde, exmujer del segundo marido de Charlotte y secretaria del jefe del Komintern-, seguimos a la pareja feliz e imperfecta formada por Charlotte y Wilhelm, que compartían ocupaciones e ideologías, que ve tambalearse su tranquilidad de unas vacaciones de verano en Crimea, al leer el nombre de un conocido, más bien amigo, entre los juzgados, condenados y ejecutados en el juicio contra el centro zinovievista-trotskista, Alexander Emel. Bastará ese dato, leído en un periódico, para que la vida cambie, y llegue el miedo y la pareja se apresure a confesar ese conocimiento, minimizándolo, ante el riesgo de ser arrastrados hacia la culpa a pesar de saberse sumisos secuaces de Stalin. Es en ese clima que la pareja cesada en sus ocupaciones es hospedada en el deslumbrante hotel Metropol del título, convertido en Purgatorio, en almacén de futuras víctimas, donde van desapareciendo comensales en el comedor, donde van apareciendo, tras pasos en la madrugada, habitaciones selladas. La inclusión, acá y allá, de documentos reales, reproducidos fotográficamente acompañados de su transcripción, no sirve para dar sensación de realidad, sino que aumenta la extrañeza, remarcada por el excelente dominio que Eugen Ruge tiene de los resortes literarios. Pocos libros tan intensos como este, al que sólo le sobraría un epílogo en el que se cuenta qué se sabe de este o aquel personaje, y Ruge reconoce qué tuvo que inventarse o qué no. Este epílogo equivale, ay, a explicar trucos de magia. De ahí que no sea la obra maestra que sería sin ese añadido.



domingo, 7 de enero de 2018

Lecturas: Stalin y los verdugos (Donald Rayfield)

Nada nuevo para quien ya conozca las desdichas de aquel tiempo, los crímenes en nombre del pueblo. Pero aquí está todo aquello, sistematizado, explicado, como quien pone los ataúdes, los millones de féretros, perfectamente alineados. Veremos sucederse los arquitectos del miedo, los dueños de la muerte, unop a uno, y así, con el asesino inverosímil y sonriente que siempre fue Stalin, asistiremos a la sucesión de Dherzinsky, Menzhinsky, Yagoda, Yezhov y Beria. Sangre y más sangre, horror y más horror, hambre y explotación. La famélica legión convertida en legión de asesinos, en vivero de carne para pulverizar. Para quienes aborrecemos del comunismo, aquí hay razones para huir de esa alucinación infantil que, confieso, también me aquejó en la mocedad. 


Ahora, con  la distancia, parece que no fue tanto. Al fin y al cabo, tan lejos Rusia (o tan lejos la martirizada China de Mao), al fin y al cabo para demonio ya tenemos a Hitler, que además fue derrotado. Leamos (nos referimos a la política estalinista de comienzos de los años 30, su intento de colectivización forzosa del campo): El holocausto de los campesinos soviéticos sólo encuentra parangón con el asesinato de los judíos por orden de Hitler. Pero para los supervivientes de la campaña de Stalin no hubo ningún Israel ni ningún otro lugar al que huir. Nadie protestó ante lo que estaba ocurriendo. Los campesinos supervivientes, por lo demás, permanecieron esclavizados durante dos generaciones [...] El raquitismo, el escorbuto y la disentería mataron a muchos niños; muchas zonas perdieron a más de la mitad de la población infantil menor de un año.



618 páginas bien fundamentadas, en las que se consignan aquellos hechos que algunos dan como si no hubieran sucedido. La famosa superioridad moral de la izquierda (de cierta izquierda en la que cree gente que estuvo muy cerca de mí). El horror, el horror. Y la ignorancia.


viernes, 5 de enero de 2018

Lecturas: La corte del zar rojo (Simon Sebag Montefiore)

Del autor británico ya quedó aquí reseñado su mamotreto sobre la dinastía Románov, que comparte con este vistazo sobre la vida cotidiana de Stalin un similar grosor  (son ahora 854 páginas) y una misma virtud y defecto: entrar en lo muy menudo, gracias a un apabullante dominio de la documentación, pero dejando fuera el contexto histórico y político de cada instante. Pero como ese defecto es la virtud de tantas biografías de Stalin (recuerdo la de Walter Laqueur o la indigesta de Jean-Jacques Marie), sea bienvenida esta visión del tirano soviético observado casi con microscopio. 


Aquí Montefiore recurre a entrevistas con quienes lo conocieron y con sus descendientes, a memorias muchas veces inéditas e incluso a papelitos con comentarios maléolos o insustanciales que los jerarcas se cruzaban, al modo escolar, durante fatigosas reuniones. Aquí está Stalin con sus caprichos, sus miedos (inolvidables las escenas que le muestran abatido, asustadísimo, abatido, en los primeros días tras la invasión nazi de junio de 1941), su humor socarrón y a veces negro, su amor posesivo por su hija Svetlana, el desapego por sus hijos varones (uno redimido por su muerte heroica tras haber sido apresado por los nazis y convertido el otro en un borracho altanero), la indiferencia ante el dolor ajeno (los millones muertos en las hambrunas de Ucrania, las víctimas del Gran Terror, los asesinados por la innoble cheka). Todo ello se narra aquí al detalle, desde la perspectiva del monstruo, sin que el historiador se dedique a juzgarlo. Y junto a Stalin, con su impasibilidad asesina, sus horarios disparatados y sus cenas copiosas y largas regadas con inagotable alcohol, los imprescindibles secundarios, el burócrata Molotov ("culo de hierro" como apodo por su capacidad de trabajo de oficina), el fatuo Voroshilov (que compartió con el líder el grado máximo de culto a la personalidad), el irresistible Kirov (su asesinato dará paso al Gran Terror: hay quien atribuye su muerte al propio Stalin, pero Montefiore, con razón, no le da mayor credibilidad a esas teorías, Nikita Kruschev intentando sobrevivir al drama con (son sus palabras) los brazos llenos de sangre hasta los codos, el infame Beria y muchos otros.


Todo ello narrado desde el suicidio de la segunda esposa de Stalin, Nadia Alliluyeva, en 1932 hasta la muerte del tirano en 1953. Sin condenas morales (otra virtud de Montefiore), con detalles. Transcribo, como ejemplo del libro, sus últimas líneas, que sirven para valorarlo. Es el momento en que Valechka, la concubina de Stalin desde su viudedad, se despide del cadáver en la dacha en que el Vozhd (título que equivale al nuestro, igualmente terrible, de Caudillo) murió. Después de los criados empezaron a apagar las luces y ponerlo todo en orden,

Entonces la compañera más cercana de Stalin, consuelo de la cruel soledad de aquel monstruo sin parangón, Valechka, que por aquel entonces tenía treinta y ocho años y llevaba trabajando para el Vozhd desde los veinte, se abrió paso entre las llorosas criadas, "se hincó pesadamente de rodillas" y abalanzándose sobre el cadáver de Stalin, dio rienda suelta a su dolor del modo más desinhibido, como hace la ente sencilla. Aquella mujer, alegre pero absolutamente discreta, que tantas cosas había visto, siguió convencida hasta el fin de sus días de que "nunca pisó la tierra un hombremejor". Apoyando la cabeza directamente sobre el pecho del difunto, Valechka, con las lágrimas corriendo por las mejillas de "su rostro redondo", "lloró, gimiendo con toda la fuerza de su voz, como hacen las mujeres de las aldeas. Estuvo así durante un largo tiempo, sin que nadie se atreviera a impedírselo¨.


jueves, 17 de abril de 2014

Lecturas: Lo que no puedo olvidar (Anna Lárina)

Antonio Muñoz Molina prologa el grueso volumen. Comienza nombrando, con justicia, la cara bellísima de la autora, mirando distante en las fotografías de los años treinta, y nos muestra después a una anciana que se empecina en rescatar la memoria de su esposo y recuperar el tiempo que no vivió junto al hijo del que le separó la Historia (sí, procede en este caso la mayúscula tiránica). En este libro, Anna Lárina habla del tiempo feliz y su después. Cuando era joven y se enamoró de un bolchevique en ascenso, al que Lenin llamó "el favorito del Partido" y otros, fervorosamente, "el hijo de oro de la Revolución". El marido, pronto ausente, era Nikolai Ivánovich Bujarin, que sería pronto convertido, pese a ser redactor del Pravda durante doce años, o tal vez por ello, en el ideólogo de la oposición de derechas. 

Anna Lárina: inocencia ininterrumpida


Lárina cuenta desde dentro la vida en el Krémlin (allí la pareja llegó a intercambiar con Stalin su apartamento tras el suicidio, entre aquellas paredes, de la esposa del dictador), con la ligereza de quien es feliz y joven y aunque su padre fue un teórico del socialismo, y la élite comunista eran visitantes asiduos de su marido y de su progenitor, juega al amor y a la temprana maternidad. Pero esa inocencia, que trasmite con facilidad, durará poco. Caído, juzgado y fusilado su marido (medio siglo pasará hasta su rehabilitación), Lárina pasará por la experiencia de la deportación y el Gulag, incluyendo la crueldad de ser separada de su hijo (once meses tenía el niño cuando la catástrofe) durante 18 años. Lo extraordinario, en estas memorias clave para entender la era soviética, es que Lárina no carga las tintas al narrar sus padecimientos, no grita desesperada, sino que con serenidad expone los hechos escuetos y traza el perfil de su marido que contempló con entereza cómo sus laureles le eran arrebatados y con ellos el honor y la vida misma. Lárina fue la encargada de memorizar la carta que Bujarin le dictó para difundirla cuando el tiempo fuera propicio (y fue nuevamente medio siglo el que tuvo que transcurrir). Es la ejemplar "Carta a los futuros dirigentes del Partido". Por su interés, junto a la viva recomendación de leer estas memorias de Anna Lárina, paso a reproducirla en su integridad:

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas  desvergonzadamente y con seguridad.

Dzerjinsky desapareció. Se extinguieron progresivamente las admirables tradiciones de la Checa, cuando el ideal revolucionario dirigía todos sus actos, justificaba la crueldad contra los enemigos, para preservar al Estado de los contrarrevolucionarios. Por tal razón, los órganos de la Checa merecieron honores y confianza, autoridad y respeto especiales. En el momento actual, los órganos de la NKVD, en su mayoría, representan una organización degenerada de funcionarios  enriquecidos, corrompidos y carentes de ideales que, aprovechando la antigua autoridad de la Checa, y para complacer la desconfianza enfermiza de Stalin -por no decir más-, a la búsqueda  de condecoraciones y privilegios, realizan  su trabajo sucio. Sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, se suprimen a sí mismos, porque, cuando se trata de asuntos indecentes, la historia no soporta testigos.

Esos órganos "milagrosos" pueden aplastar a cualquier miembro del Comité Central o del Partido, fabricar traidores, terroristas, espías. Sí Stalin llegara a dudar de él mismo, se le tranquilizaría al instante.

Nubes amenazantes se ciernen sobre el Partido. Mi sola cabeza inocente implicará millares de otras cabezas también inocentes. Se necesita crear una "Organización bujarinísta" que, en realidad, ni siquiera existió en el último tiempo, porque, desde hace siete años, no tengo ni sombra de divergencia con el Partido, ni aun durante el periodo de la Oposición de derecha. Yo ignoraba todo de las organizaciones secretas de Riutin y de Ouglanov.  Yo exponía mis opiniones abiertamente con Rikov y Tomski.

Antes de la tormenta, 1927.
De izquierda a derecha: Rykov (ejecutado en 1938),
Bujarin (ejecutado en 1938), Kalinin (muerto de cáncer en 1946),
Uglanov (ejecutado en 1937), Stalin y Tomsky (suicidado en 1936)

Soy miembro del Partido desde la edad de dieciocho años y el objetivo de mi vida fue siempre luchar por los intereses de la clase obrera, por la victoria del socialismo. En estos tiempos, un periódico que lleva el nombre sagrado de Pravda, publica mentiras desvergonzadas, según las cuales Nicolás Bujarin intentaba destruir las conquistas de Octubre y restaurar el capitalismo. Se trata de una impudicia inaudita, una falsificación que, por su obvia insolencia y su carácter irresponsable, equivaldría a afirmar que Nicolás Romanov consagró toda su vida a la lucha contra el capitalismo y la monarquía y por la realización de la revolución proletaria.

Si llegué a equivocarme, más de una vez, en el curso de la lucha por la construcción  del socialismo, que las generaciones venideras no me juzguen con más severidad que Vladimir Ilich Lenin.

Nosotros nos dirigimos por primera vez hacia un objetivo común, siguiendo una vía que se apartaba de los  caminos  trillados. Se trataba de otra época y los hábitos eran por completo distintos. La Pravda contenía una “Sección de Discusiones". Todos discutían buscando nuevas vías, reñían, se reconciliaban y proseguían su camino juntos.

Me dirijo a vosotros, generación futura de dirigentes del Partido, cuya misión histórica implicará la obligación de desembrollar la madeja monstruosa de crímenes que, durante estos terribles momentos, se acumulan cada vez y amplifican como  el fuego hasta asfixiar al Partido.

¡Me dirijo a todos los miembros del Partido!

Esta hora, que acaso sea la última de mi vida, me convence de que, tarde o temprano, el filtro de la historia lavará implacablemente mi cabeza de todas las villanías.

Nunca fui un traidor. No hubiera dudado en sacrificar mi vida por la de Lenin. Yo estimaba bien a Kirov y no maquiné nada contra Stalin. Yo pido a la nueva, joven y honesta generación de dirigentes del Partido  que me justifique ante el Pleno del Comité Central y que me rehabilite en el seno del Partido. Sabed, camaradas, que en el estandarte que portaréis durante vuestra marcha triunfal hacia el comunismo habrá una pequeña gota de mi sangre. 

                                                      Verdugo y víctima

lunes, 10 de octubre de 2011

Hombres y engranajes

Este título de un ensayo plenamente vigente de Ernesto Sabato, que habla de cómo nos convertimos en piececitas de una cosa monstruosa, tal y como en una escena de “Tiempos modernos” nos mostraba el insolente Charles Chaplin, viene a cuento de la sinfonía de Sergei Prokofiev que ocupa la mitad del programa que la Orquesta Filarmónica de Málaga, bajo la batuta de Jacques Lacombe, llevará a las tablas del Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 7 y 8 de octubre. Entonces, bajo el título genérico de “Introspección/Exhibición” se interpretará “Introspección I”, en su estreno absoluto, de Demián Luna, el Concierto para piano y orquesta en sol mayor, de Maurice Ravel, con Ingmar Schwindt al piano, y la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor. Si es cierto que para las obras de Luna y Ravel cabe usar el término de introspección y el de exhibición para Prokofiev, también lo es que, usando el binomio sabatiano, podemos identificar los engranajes con Prokofiev y, en cambio, el hombre con las piezas de Ravel y Luna.
La edad de la inocencia, o sea

Ya la temporada pasada estuvo presente en la programación de la OFM el compositor ruso con la música incidental para la película de Eisenstein “Iván el Terrible”, una creación que lo puso en el disparadero. Para terminar de dar el paso hacia la destrucción, hacia el abismo nuestro de cada día, sólo necesitó esta sinfonía quinta a pesar de que fuera un éxito absoluto. Expliquémonos: compuesta durante lo que los soviéticos llamaban, con no poca razón, “La Gran Guerra Patriótica” y nosotros conocemos más amplia y desapasionadamente como Segunda Guerra Mundial, su estreno tuvo lugar el 13 de enero de 1945, cuando el Ejército Ruso había pasado a la ofensiva final sobre lo que habían sido los dominios de los nazis. Aunque Prokofiev había dedicado esta sinfonía “a la grandeza del espíritu humano”. No lejana en su intención a la Quinta Sinfonía de Shostakovich, dedicada a Leningrado y estrenada bajo las bombas, la de Prokofiev se vio acompañada, antes de que empezara a sonar la orquesta, por un rítmico cañoneo que retumbaba no demasiado lejos y que celebraba que los soviéticos habían cruzado el Vístula en su avance sobre Polonia.

                             Bajo la alegría pueril, algo ominoso late

 En su último movimiento, “Allegro giocoso”, se encuentra lo que Alex Ross llama un “runrún de engranajes. Es posible que este pasaje se concibiera como un reflejo de la imagen que tenía Stalin de los ciudadanos soviéticos como dientes de una gran máquina, pero acaba dando lugar a una conclusión extrañamente gélida para la narración de una aparente victoria”. Esta sinfonía, convertida en la más grande, la más beethoveniana de su autor, en la más popular y perecedera, tuvo en su estreno la presencia del pianista soviético Sviatoslav Richter (permitan una acotación genealógica, anecdótica y prescindible: estaba emparentado con la que fue la esposa de Sabato, Matilde Kuminsky-Richter), que recordaba el momento de la apoteosis final, y terminal, del compositor: “Cuando Prokofiev se puso en pie parecía como si la luz cayera sobre él desde lo alto. Allí estaba, como un monumento sobre un pedestal”. Él, que aceptó regresar a la Unión Soviética para convertirse en poco menos que el compositor oficial del régimen, sufriría una rápida y terrible decadencia. Antes de que ese mes de enero, que viera su triunfo definitivo, un ataque de hipertensión lo derribará, causándole una conmoción cerebral de la que no se recuperará del todo. El 10 de enero de 1948, el Politburó le acusará, justificando esa repulsa de forma especial en esta quinta sinfonía, de “desviaciones formalistas y tendencias musicales antidemocráticas extrañas al pueblo soviético y a sus gustos artísticos”. Diez días después, su esposa será detenida y deportada a un campo de trabajo, al Gulag, acusada de espionaje por el simple hecho de enviar dinero a su madre, residente en España. La muerte definitiva de Prokofiev coincidió, separada por unas horas, de la de Stalin. Ante la importancia de la inmovilidad del gran y supremo engranaje, poca atención recibió la de ese hombre destrozado y solo entre los dientes de acero.

Artículo publicado en diario Sur el 1 de octubre de 2011

jueves, 17 de marzo de 2011

GULAG: Memoria de los campos

Nota previa: recupero aquí un artículo, con alguna leve corrección como la actualización de las fechas de Solzhenitsyn, que apareció en diario Sur (7 de octubre de 2005), en el que, para empezar me declaraba anticomunista, y a continuación, "hombre de izquierda moderada". A día de hoy, me ratifico en lo primero y desmiento lo primero de lo segundo. Soy moderado, pero no de izquierda. No puedo participar de esa (para mí) abominación. Tampoco soy del todo derechista (las abominaciones de la derecha me son tan rechazables como las practicadas desde el extremo opuesto). Este artículo, en el que reconozco que no soy del todo objetivo, supuso un posicionamiento que me hace/hizo/hará ser ingrato a muchos. Me acojo a la afirmación del "reaccionario" Aristóteles: "Soy amigo de Sócrates, pero soy más amigo de la verdad".


  
"Y yo dirijo a nuestro Gobierno esta súplica:
dóblese, triplíquese la guardia en su tumba."
Yevgueni Evtushenko: Los herederos de Stalin.


Que nadie se llame a engaño ni se rasgue las vestiduras (hay quien es amigo de esos destrozos): quien esto firma se declara anticomunista. Que es lo mismo que ser antifascista. Y aunque sea hombre de izquierda moderada, reconoce cuánta bobería, cuánto dogma, cuánta arrogancia ágrafa hay en la izquierda. Que suele olvidar que nadie ha matado más comunistas que los propios comunistas. Y hay una ceguera en ellos, y en otros, que consiste en distinguir entre totalitarismos, por no llamarlos abiertamente dictaduras, buenos y malos. Los malos son, por supuesto, los de derechas. Las dictaduras de izquierda las excusan por la nobleza inicial de los ideales, por su amor al pueblo, etcétera. Bobadas. Maneras de autoengañarse. Castro es un dictador asesino. También Pinochet. Del mismo modo que Franco, que Mao, que Mussolini, que Pol Pot, que Hitler, que Stalin.
  
Y es que Stalin es el mayor asesino en serie del siglo XX. Justamente eso. Bien lo sabe Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008) y bien lo supo Andréi Sajarov (1921-1989), galardonados hace justamente 35 y 30 años con el Premio Nobel de Literatura y de la Paz, respectivamente. Ambos supieron lo que fue la persecución, la saña asesina, el odio a la divergencia. Ambos fueron víctimas del comunismo, esa otra modalidad del atroz fascismo; ambos fueron tachados por la inteligencia de izquierdas como fascistas, pequeño burgueses, de vendidos a los intereses del también inhumano capitalismo. La estupidez tiene como norma la obcecación. La verdadera inteligencia consiste en saber que no hay que exterminar la libertad para acercarse a la igualdad, como hizo el comunismo. Y tampoco pulverizar las oportunidades de igualdad en aras de asegurar la libertad, como hace el capitalismo salvaje. Antes de ser vituperado, conste que, de adolescente, me consideré comunista. Hasta que se me cayó encima un muro. El de Berlín.
  
Primera página del artículo en su publicación original

Los ideales de la revolución de 1917 fueron nobles. La de febrero de aquel año, que derrocó la monarquía zarista. La de octubre fue un golpe de estado (artero como todos) de la facción bolchevique, que abrió paso a una guerra civil y a una dictadura. Lenin, por tanto, no fue un santo. Sí un interesante teórico. Tras la leve apertura del régimen que supuso la 'Nueva Política Económica' en los años veinte del siglo pasado y que inauguró un momento esperanzador para todos los izquierdistas del mundo, llegó la abyección.
   
Cuando murió el dictador Lenin y fue sustituido por Iosif Visarionovich Dzhugasvilli, Stalin (en ruso, 'acero', y no es gratuito este apodo de clandestinidad con sus connotaciones de dureza y frialdad). Y Stalin, alabado por Alberti, por Picasso, por Paul Éluard, por tantos creadores bienintencionados, fue un criminal sin excusas. La propaganda soviética y, sobre todo, el prestigio ganado por la URSS tras llevar, y padecer, parte importantísima del triunfo sobre Hitler, se ocupó de tildar de fascistas a quienes cuestionaran al líder y su política. Así pues, no me extrañará que los nuevos estalinistas de siempre me tilden de lo mismo. Allá ellos. La ignorancia y el fanatismo, ya lo digo, tienen esas cosas.


Pero este artículo no es un panfleto (aunque lo parezca), ni un libelo (que no lo es de ningún modo). Es un réquiem. Por los olvidados, por los perseguidos, por los muertos del sistema del Gulag. Réquiem es, además, el título del más conocido poemario (1963) de Ana Ajmátova (1889-1966), una de las más intensas voces del siglo XX, cuyo marido fue fusilado en 1934 y su hijo fue encarcelado durante siete meses mientras Ana hacía cola, día tras día, ante la cárcel de Leningrado para tener noticias de él. El primer poema del libro comienza diciendo:
  
"Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo 'mazmorras de la trena'
y una melancolía que es la muerte."
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
  
La escritora, y miembro del PCUS, Evgenia Ginzburg (1904-1977) fue otra víctima de los campos de muerte estalinistas. Pasó dieciocho años internada en diversos campos, principalmente en el de Kolima, el más duro de ellos. Tuvo suerte y coraje y sobrevivió. Otros 20 millones de personas (son cifras del historiador británico Robert Conquest, aunque Walter Laqueur llega a citar, entre los diversos cálculos sobre las víctimas del Gulag y las purgas, incluso 40 millones de personas) no tuvieron otro destino que la muerte en el cautiverio o ante el revólver apuntado en la sien. Sus memorias de perseguida, El vértigo (1967), son un testimonio escalofriante de la degradación humana y un canto al espíritu de supervivencia.

La Dirección General de los Campos, cuyo acrónimo en ruso es Gulag, fue creada en 1919 (es decir, bajo el mandato de Lenin) y fue en los años 30 cuando llegó a su plenitud. Junto a delincuentes, reunió a millones de disidentes, o de sospechosos de serlo, para emplearlos en labores que contribuirían a dotar a la URSS de su poderío económico e industrial. También de judíos, ya que tal condición era compartida por Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, auténtico Anticristo del padrecito Stalin. Es más, según revela Jean Ellenstein en El fenómeno estaliniano, por la mente del dictador cruzó la idea de exterminar, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, a todos los judíos soviéticos.
  
Interior de un barracon en el Gulag, 1936-37

Estos campos de trabajo en poco se diferenciaban de los de exterminio nazis. Solamente en los procedimientos de aniquilación. También es ilustrador el más reciente título de Donald Rayfield, Stalin y los verdugos, para comprender los mecanismos y el alcance de la locura asesina del georgiano contra su propio pueblo. Ni siquiera Hitler asesinó a tantos soviéticos como el camarada Stalin. En vez de cámaras de gas, hubo extenuación, hambre, torturas.


Como los nazis, los estalinistas buscaban acabar con toda sensación de individualidad, convirtiendo a sus presos en meras cifras, en máquinas sin alma ni esperanza. Los nombres de Kolima, de Vorkutá, de Slovki, de Iskitim, de Karaganda, de Recks, son equivalentes a los de Auschwitz, Dacha o Mauthausen. Así de simple.

Los intelectuales son sólo los casos más conocidos de entre las millonarias (en número, nunca en posesiones: los kulaks, o campesinos acaudalados, fueron exterminados antes, y los aristócratas y burgueses supervivientes tuvieron que ir al exilio, que la izquierda llamó, cínicamente, 'emigración') del Gulag. Solzhenitsyn fue uno más, encerrado entre 1945 y 1953 en diversas cárceles y el campo de Ekibastuz por haber llamado en una carta a Stalin "el hombre del bigote". Y el que mayor alcance tuvo en su denuncia del régimen.
  
El prisionero Alexandr Solzhenitsyn, 1953

Su libro capital, Archipiélago Gulag 1918-1956 (1973), contribuyó a sacudir las conciencias de Occidente. Como dice Raúl del Pozo, "pocas veces un libro ha causado tanto dolor. Y es más, Alexandr Solzhenitsyn ha hecho más anticomunistas que toda la CIA. Su libro cambió la vida a mucha gente, al estilo que llevaron a Santa Teresa o a San Ignacio por el camino de Dios. La fábula tiene una honda raíz religiosa y la escritura es terrible y hermosa".

Pavel Florensky, muerto en el Gulag,
junto al teólogo Sergei Bulgakov, muerto en el exilio.
Cuadro de Mijail Nesterov, 1917

 El poeta Danil Andréiev, hijo de Leonid Andréiev, pasó diez años en la prisión de Vladimirski; el inmenso narrador Isaac Babel, autor del clásico Caballería Roja (1926), fue ejecutado en 1939; el maestro entre maestros Mihail Bulgákov murió amargado y amenazado de ser enviado a los campos en 1940; el teólogo y científico Pavel Florenski fue fusilado en 1937 en el campo de las islas Solovietski, el ensayista Iván Katáiev murió durante la purga de 1939, el novelista y poeta Serguéi Klichkov fue detenido en 1937 y murió posiblemente en 1940, el poeta Nikolái Kliúiev fue desterrado en 1934 a Siberia, fue detenido nuevamente en 1936 y fusilado un año después. El periodista Mijail Koltsov fue víctima de las purgas en 1940, Vladimir Maiakovski se suicidó en 1930, cansado del enrarecimiento del clima político y cultural, crecientemente opresivo; el director de escena Vsiédolov Meyerhold fue fusilado en 1940, el poeta Vladímir Narbut desapareció en las purgas hacia 1944, el narrador Boris Pilniak, autor de El año desnudo (1921), fue fusilado en 1937; el ensayista Valerian Pravjudin pereció en las purgas hacia 1939, igual que, en 1937, el poeta Iván Pribludinila; la poetisa Marina Tsvetáieva se suicidó en 1941, tras la desaparición de su marido en las purgas; el escritor Artiom Vesioli fue detenido en 1937 y fusilado en 1939, el escritor y traductor Olieg Volkov estuvo internado en el Gulag casi 30 años, así como ocho años estuvo prisionero el poeta Nikolái Zabolotski.

Esta nutrida nómina es sólo una selección somera. El Gulag existió. La mentalidad de los que lo promovieron todavía existe. Honor a las víctimas y a su memoria. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.