martes, 28 de febrero de 2023

Lecturas: Misery (Stephen King)

 Nada sobrenatural. Todo posible, plausible. Y sin embargo, terrible, una pesadilla difícil de soportar. Una obra maestra de King que juega admirablemente con los géneros. Bien conocida por el éxito de la película homónima (Rob Reiner, 1990), ya cuando se publicó en español en 1988, fue objeto de alabanzas en medios tan poco inclinados a glosar novelas de género como Crisis, una revista cultural y política de izquierdas de Buenos Aires en la que leí una vibrante reseña junto a un adelanto del texto: allí se hacía un análisis político (la explotación, la alienación, las relaciones de poder) y a la vez literario que me dejaron durante décadas con este libro en mi lista de lecturas futuras.



Que trata sobre un autor de novela romántica más o menos victoriana (difícil es no evocar a Poldark) que es retenido por una fan enloquecida es algo que en su simple enunciado resume la novela entera. Lo que demuestra la pericia de King, su maestría indudable, es la capacidad para desgranar el estupor de Paul Sheldon, el escritor, su paulatino descubrimiento de la locura de Annie Wilkes, su salvadora y cuidadora, la refinada crueldad de ésta para hacer que Paul acceda a sus caprichos, el combate de Paul contra su miedo a actuar para escapar, su determinación final por hacerlo, y la inclusión de fragmentos de la novela a cuya escritura accede el escritor prisionero con tal de recuperar su vida, con tal de sobrevivir. Todo ello, manejado con la maestría habitual (leyendo estas páginas se olvida uno de anteriores pifias), hace que este libro te atrape como está atrapado Sheldon en casa de Annie. Dos personajes apenas (los policías que aparecen para investigar tienen sólo una presencia breve), sirven para mantener un prodigio de tensión, una novela casi perfecta o perfecta sin más.

sábado, 25 de febrero de 2023

Lecturas: La torre oscura II. La llegada de los tres (Stephen King)

 El excesivo entusiasmo por la elemental frase con que daba comienzo la saga de La torre oscura y mis reservas de lector hacia el género de la Fantasía que ha dado a la abrumadora bibliografía de King algunas de sus peores páginas, junto a la indefinición del primer volumen de la serie, me hacía acercarme con precaución a esta segunda entrega. Que ha resultado ser una excelente novela, tal vez porque King ha querido ser más fiel a Richard Bachman, su seudónimo para un puñado de novelas llenas de realismo y tensión, violentas y descarnadas, incluso políticas, que a Peter Straub, su amigo y a veces coautor adscrito a ese género que no es Terror y que suele abundar en encantamientos, maldiciones, hechicerías y demás faramalla.


 

Esta vez King se las apaña para hacer compatible el mundo extraño y natal de Roland Deschain, con sus langostas parlanchinas y mutiladoras, en ese paisaje de playa infinita que debe conducirle a la Torre, con el Nueva York que seguía siendo la fear city en la que se mueven mafiosos sin escrúpulos o asesinos que matan por mero placer. En la ciudad, Roland deberá encontrar al equivalente de las cartas del Prisionero, la Dama de las Sombras y de la Muerte que le había presentado el Hombre de Negro. Y que se manifestarán, en Nueva York, tras las figuras de un yonqui y camello de heroína, una activista negra, millonaria, esquizofrénica y en silla de ruedas, y un psicópata asesino. El yonqui, Eddie Dean, vive en 1987, en una Nueva York especialmente devastada por las drogas y por los grupos de narcotraficantes. Odetta Holmes/Detta Walker (su versión disociada), en 1964, cuando aún vivía Martin Luther King, y Jack Mort, el asesino, en 1977. Será misión de Roland convencerlos de la existencia de otra realidad y de persuadirlos para que le ayuden en su búsqueda. La maestría con que King maneja los hilos simplemente atravesando puertas que encuentra en su camino, fantasmagóricamente ancladas en la playa, la interacción con los personajes y sus antagonistas, convierten esta novela en un prodigio, indigno de quien cometió el libro anterior. Para quienes creyeran que King había llegado a su decadencia, esta obra es una jubilosa refutación.  

lunes, 6 de febrero de 2023

Lecturas: Los enamoramientos (Javier Marías)

 Da repelús, a estas alturas del año y del siglo, leer en la contraportada que Javier Marías murió en 2022 y que fue autor pero ya no lo es, con todo lo que eso quiere decir, sin decirlo, que se acabó, que ya sólo queda volver a un número ya fijo de libros de Marías, y que ya no se podrá ir, como hice antaño, a las librerías a comprar su nueva novela en primera edición para guardarlas como Berta Isla y Tomás Nevinson, convertida en lápida. Porque duele saber que no será premio Nobel como con tanta devoción uno creyó que sería, y porque ya no volverá a haber un autor que te convenza a través de un torrente verbal que no se dirige hacia delante sino hacia dentro, más hacia lo que pasó y porqué pasó y eso y no otra cosa, que una sucesión de acciones que lleve a un desvelamiento. Porque Marías fue un moralista escéptico, desapasionado, un orfebre dueño del misterio de la lentitud para darnos, acá y allá, señales de una historia que es sólo el pretexto para escribir y examinar la conciencia.


Esto es Los enamoramientos que en su momento mucho se comentó porque era una mujer por primera vez la narradora, como si fuera eso importante. Tal vez más significativo sea que esté dedicada a quien fuera esposa del autor, y como la propia protagonista trabajadora de la industria editorial y que en estas páginas se enamora de alguien de nombre Javier. Y esa relación amorosa, ese enamoramiento que es más bien lo que en lunfardo se llama metejón, es la que se analiza mezclándola con la historia que propicia ese acercamiento entre los amantes, que no es sino una muerte de quien fue amigo del amador y objeto de empática observación por la amante. La naturaleza de esa muerte violenta, inducida o procurada, con referencias a una novelita de Balzac, El coronel Chabert, a Los tres mosqueteros  de Dumas y a Macbeth de Shakespeare, y con un cameo lleno de sandunga de Francisco Rico, es lo que hace gravitar la mayor parte de esta novela. En la que la intriga es lo de menos, y es lo de más, la hipnótica naturaleza de esta escritura solemne y que no juega, que no entretiene y sí enseña a conocer la voluble consistencia de nuestras almas, de todas las almas y los corazones tan blancos.