domingo, 31 de mayo de 2026

Lecturas: Cell (Stephen King)

Hay días en que uno agradece que el apocalipsis tenga su puntito de sentido del humor. No uno estruendoso, de carcajada fácil, sino ese humor negro y seco que hace que te rías y a continuación mires el teléfono con una inquietud nueva y un poco ridícula. Cell es eso: una novela apocalíptica que te hace mirar el teléfono como si fuera una vaina de las de la invasión de los ladrones de cuerpos, un caballo de Troya con rayitas de cobertura.

La premisa es de las buenas, de las que uno desearía haber tenido. Un pulso -así lo llaman en la novela- llega a través de las redes de telefonía móvil y convierte en bestias mordedoras y voraces a todo el que en ese momento tiene el aparato pegado a la oreja. En segundos, medio planeta se transforma en algo parecido a zombis pero más inquietante: no buscan cerebros como los de George A. Romero, no son los muertos vivientes de toda la vida. Son los vivos vaciados, los que tenían algo dentro y ya no lo tienen. Y lo que tenían dentro era, entre otras cosas, todo lo que los hacía humanos: memoria, afecto, miedo, lenguaje. El resto se organiza solo, en bandadas, con una lógica propia que va emergiendo y que es más aterradora cuanto más ordenada resulta.

King escribió esto en 2006 y uno puede pensar, con la ventaja del tiempo, que el hombre sabía más de lo que decía. No es que fuera profeta. Es que era observador. Ya entonces el teléfono móvil era esa prótesis del alma de la que nadie podía prescindir y a la que todo el mundo estaba entregado con una alegría  ciega y despreocupada. King tomó esa dependencia, la empujó un poco, y escribió el fin del mundo. 

El protagonista, Clayton Riddell, es un dibujante de cómics que acaba de vender su primera obra y que está en Boston cuando el Pulso transforma la ciudad en un matadero. Desde ahí emprende el camino hacia Maine buscando a su hijo. El viaje es lo de siempre en este género: el grupo de supervivientes que se forma, los que mueren por el camino, los que aprenden cosas sobre sí mismos que no querían saber. King no inventa aquí la rueda. Pero conduce bien. Pocos escritores de género saben como él hacer que uno pase las páginas con esa mezcla de angustia y satisfacción que es, en el fondo, para qué existe la literatura de terror.

Lo mejor del libro son los telefónicos, que así los llama, y su evolución. Empiezan siendo caos puro y van convirtiéndose en algo peor: en orden. En colectivo. En mente de enjambre. Fácil pensar en las masas de las dictaduras. Y ese proceso, descrito con precisión y sin artificios, produce más escalofríos que cualquier monstruo con colmillos que King podría proponernos. Lo que da miedo aquí no es la muerte. Es la uniformidad. Es lo que queda cuando se borra todo lo individual.

Tiene sus defectos, claro. El final es de esos finales de King que uno querría negociar: ambiguo donde debería ser valiente, abierto donde uno agradecería que cerrara. Hay una escena en un estadio que es magnífica y que luego no se termina de aprovechar del todo. Y el personaje del señor Ricardi, que apunta tan bien, se difumina antes de tiempo. Pero estas son las quejas de un lector que estaba disfrutando y al que le sabe a poco. Lo cual, a estas alturas de la saga King, no es queja sino casi elogio.

Después de siete volúmenes de pistoleros existenciales y alforjas llenas de toneladas de páginas inútiles, Cell es un vaso de agua fría. Directa, sin ceremonias, con la brutalidad eficiente de quien sabe que tiene que contar algo y se limita a contarlo. El King que aprendió el oficio leyendo a Richard Matheson y nunca lo olvidó del todo, aunque a veces lo disimule detrás de mitologías propias de adolescente con demasiado tiempo libre.

Bienvenido de vuelta, señor King. Por favor, siga progresando adecuadamente.



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