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sábado, 3 de diciembre de 2011

De encaje y seda

Una zarzuela situada en la encrucijada entre dos épocas,  “Luisa Fernanda”, trae al Teatro Cervantes una de las más tardías cumbres del género lírico español
Luis Algorri, uno de los más atinados, y eficaces, cronistas culturales de España (obviemos el sonrojo de llamarla “este país”), y que tiene en la música su principal caballo de batalla, dejó escrito, en el libreto interior de un disco, que “Moreno Torroba hubiera pasado a la historia aunque no hubiese escrito más que esta zarzuela simplemente perfecta, “Luisa Fernanda”. Que entre la numerosa producción de Moreno Torroba ninguna otra zarzuela tenga un renombre similar (trece fueron llevadas al disco, al menos otras seis quedaron fuera de ese privilegio), y que además se atreviera en dos ocasiones con la ópera (una datada en 1925, “La virgen de Mayo”, vapuleada por la crítica, y otra estrenada, en 1980, dos años antes de la muerte del compositor, merced al cariño grande que le tuvo Plácido Domingo), significa que una obra maestra es suficiente, que sólo ella, como decía Algorri, justifica una carrera tan extensa. Y, casi casi, con el permiso nada más que de don Pablo Sorozábal, supone el dignísimo cierre de nuestra ópera nacional, ese enigma encantador y ruidoso, pero también delicadísimo y no pocas veces sublime, al que venimos en llamar zarzuela. Y es que “Luisa Fernanda”, uno de los mejores cantos del cisne español, fue estrenada nada menos que en 1932, entre dos épocas sin pertenecer del todo a ninguna de ellas.
De este apacible rincón de Madrid

Pero aclaremos antes el qué, el cuándo, el dónde de aquí. “Luisa Fernanda”, comedia lírica en tres actos con música de Federico Moreno Torroba y libreto de Federico Romero y  Guillermo Fernández Shaw a cargo de la malagueña e incansable compañía Teatro Lírico Andaluz dentro de su IV Ciclo Malagueño, con Susana Galindo, Sonia García, Miguel Guardiola, Rosa Ruiz, Alberto Cerrada, Pablo Prados, Luis Pacetti, Lourdes Martín, Antonio Torres y Carlos Alberto. El coro y orquesta son los del Teatro Lírico Andaluz, la dirección escénica es de Pablo Prados, y de Arturo Díez Boscovich la musical. La fecha es este domingo 4 de diciembre con dos funciones.
A la sombra de una sombrilla...


Habanera del Saboyano a partir del minuto 4:38

Ambientada a medias en Madrid y en Extremadura, cuenta los amores contrariados entre Luisa Fernanda, hija de un antiguo escribiente de Palacio y notoriamente monárquico, y Javier, un militar que se verá, por enredos y conveniencias, metido en la disputa que en ese 1868, en vísperas de la Revolución Gloriosa, separa a monárquicos isabelinos y a liberales que buscan acabar con la Corona. Vidal, un terrateniente extremeño, hace de tercero en discordia mientras alrededor hay marquesas, gente del pueblo y revolucionarios. Como una apoteosis final del casticismo madrileño, pero con discretos apuntes folclóricos madrileños (allí, en una dehesa, transcurre el acto final que comienza con Javier dado por muerto en la crucial batalla de Alcolea), tiene numerosos momentos felices esta zarzuela definitiva. De ellos tal vez el más conocido sea la mazurca que comienza con «A San Antonio, como es un santo casamentero» pero que cualquiera recordará cuando suena aquello de “A la sombra de una sombrilla / de encaje y seda / con voz muy queda /canta el amor”, o en el primer acto la habanera del saboyano (“Marchaba a ser soldado...”), que es de las que te pellizcan el pecho en su arranque, a la que sigue, con igual efecto, la romanza de Javier “De este apacible rincón de Madrid” y que es impagable en las versiones discográficas de Domingo y Kraus. Un tesoro de esencias viejas en tiempos españoles de cambio, ya sea en la los orígenes de la Primera República en que se ambienta “Luisa Fernanda”, la Segunda en que escribió y estrenó con gran éxito o este tiempo raro en que nos sigue seduciendo con sus encajes y sus sedas.

Artículo publicado en diario Sur el 3 de diciembre de 2011

lunes, 10 de octubre de 2011

La rusa con botas

La zarzuela-opereta Katiuska, ambientada en la guerra civil rusa, lleva al Teatro Cervantes una obra maestra de juventud de Pablo Sorozábal
Llamamos rebeca a las chaquetillas de lana más o menos holgadas, y sin cuello, porque en una película de Hitchcock que así se llamaba las lucía Joan Fontaine. Llamamos katiuskas a las botas de goma que llegan casia la rodilla desde que Greta Garbo las lucía (garbosamente, y a juego con una gabardina) en la comedia “Ninotchka” y la gente, por aquello de que iba de rusos blancos y rusos rojos hizo la gracia de ponerle nombre de acuerdo con un éxito musical reciente: la zarzuela (puede que opereta) Katiuska, de Pablo Sorozábal. Ambos anécdotas de la cultura popular española, que mezclaba indumentaria, cine y música delata no sólo la popularidad de la oscura fábula cinematográfica (fácil es recordar aquello de “Anoche soñé que volvía a Manderley”) sino la capacidad de influir sobre los gustos populares de Sorozábal. Esa opereta (puede que zarzuela) llega al Teatro Municipal Miguel de Cervantes nada menos que el 12 de octubre, día de la Hispanidad pero también de la raza (léase y escríbase ahora con erre chica), en una producción de la meritoria compañía (por malagueña pero también por ser justos) del Teatro  Lírico Andaluz.

Mencionemos el necesario elenco para esta opereta (hay quien la llama zarzuela) en dos actos de Pablo Sorozábal con libreto de Emilio González del Castillo y Manuel Martí Alonso: Lourdes Martín, Ruth Terán, Antonio Torres, Luis Pacetti, Victoria Orti, Susana Galindo, Vicky Bravo, Pablo Prados, Miguel Guardiola, Francisco Labraka, José Truchado, Patricio Sánchez y Alberto Cerrada. La coreografía es de Aída Sánchez; la dirección escénica es de Pablo Prados, y de Arturo Díez Boscovich la musical. El coro y orquesta son los del propio Teatro Lírico Andaluz.  
No es Sorozábal un compositor raro en nuestra ciudad, pues el año pasado ya se representaron en el Cervantes “Los gavilanes” y “La tabernera del puerto”, y en la memoria sentimental de quien escribe hay, allí mismo y en los noventa, una arrebatadora puesta en escena de “La del manojo de rosas” con un Carlos Álvarez jovencito y ya magistral. Curiosa opereta ¿o era zarzuela? ésta. Escrita en 1930 (la primera composición para la escena de su autor), fue estrenada en el Teatro Victoria, de Barcelona, el 28 de enero de 1931 (la República enseñaba las orejas en el horizonte), siendo grabada en un disco que al día siguiente del estreno ya se anunciaba en los periódicos. La apuesta discográfica por una obra primeriza y exótica (titulada como “Katiuska, la mujer rusa” y ambientada en la guerra civil rusa, entre zaristas y bolcheviques) se debe a que en ella participaba el que la víspera del estreno la cartelera de Barcelona llamaba “el divo de divos” Marcos Redondo. Entre los atractivos de la zarzuela (así se la llama en la prensa en ese momento) se cuenta, con un lenguaje casi taurino, con “4 decoraciones nuevas 4, de los reputados escenógrafos Valera, Zabala y Campsaunas, 120 trajes de la Casa Peris Hnos, Muebles casa Piqué. 40 profesores de orquesta, 40. La obra será dirigida por su autor el maestro Pablo Sorozábal”. El éxito fue el esperado. Arrollador.
Los rojos no usaban sombrero (sí gorros de piel)

La ligereza de la música, llena de piezas tarareables, junto a la extrañeza de la ambientación, que se reparte entre la Rusia convulsa y el París de la nostalgia y los exiliados, hizo que le cayera inevitablemente la denominación de opereta. Federico Sopeña supo ver el acierto de esta zarzuela (u opereta): “El gran músico de teatro que es Sorozábal se ve aquí, en esta obra de juventud, pues a través de la romanza nos da personajes que no son títeres, sino personajes de carne y hueso. Hay en esas romanzas, que pronto se hicieron popularísimas, una gradación hábil e instintiva a la vez: la voz grave de barítono expresando una emoción no ruda, pero si resueltamente varonil, fácil a la violencia y la voz de Katiuska que, deseando como escaparse hacia la pajarería de las tiples ligeras, se centra en un lirismo ingenuo y hondo al mismo tiempo, mientras que el tenor, por el mundo caído que representa, se lo coloca en un cierto tono gris logradísimo musicalmente”.
Artículo publicado en diario Sur el 8 de octubre de 2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Vamos, hijos de la patria

      Quienes narraron la proclamación de la desdichada Segunda República en España contaban la extrañeza de ver en las calles a las multitudes festivas cantando el que era el himno revolucionario más querido, “La Marsellesa” con la misma letra que damos a nuestra Marcha Real: a puro tarareo. Es una melodía que viene a la mente asociada a momentos épicos, a masas en movimiento, a instantes en que se planta cara a la opresión con una canción como arma. Recuerden la escena en “Casablanca” cuando un grupo de nazis entonan uno de sus himnos bárbaros propiciando que Victor Laszlo, el marido heroico de Ingrid Bergman, se encarame al estrado de la orquesta, entre los humos perennes del Rick’s Café Americain, para hacer que como réplica haga sonar “La Marsellesa” que será secundada por la náufraga clientela, que arde en fervor y en esperanza y en lágrimas. Esa capacidad empática del himno francés (recuerdo otra escena entre nieblas, el desfile de celebración de la liberación de París, el general De Gaulle convertido en gigante y en inmortal y la muchedumbre que canta ese canto de guerra y de victoria), aparte de esos momentos de esperanza y de alegría, de rabia y porvenir, ya había dado entre nosotros un fruto singular, la zarzuela “La Marsellesa” que comparece en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes el 3 y el 5 de junio. Con la Orquesta Filarmónica de Málaga dirigida por Lorenzo Ramos. En coproducción del Teatro Cervantes de Málaga, la Ópera Cómica de Madrid y el Coro de Ópera de Málaga, tendrá como solistas a María Rodríguez, Ruth Rosique, María Lourdes Benítez, Alejandro Roy, Juan Manuel Corado y  Francisco Sánchez.


Estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el 1 de febrero de 1876, esta zarzuela en tres actos de Manuel Fernández Caballero con libreto de Miguel Ramos Carrión llegó al propio Cervantes en el mismo año de su resonante estreno madrileño. Aunque en ese momento primero se tituló “El canto de la patria”, esta zarzuela tiene tras de sí una curiosa historia. La temporada 1875-76 del Teatro de la Zarzuela iba de capa caída, con estrenos cada dos semanas que sólo provocaban indiferencia. Valgan algunos de los títulos para comprobar los estragos del olvido: “El hidalguillo de Ronda”, “Compuesto y sin novia”, “¿Con quién caso a mi mujer?”. La inestabilidad política de aquel inicio de la Restauración, la indiferencia y  las nevadas fueron dejando vacías las butacas. Sólo del estreno de “La Marsellesa”, aplazado desde meses por la lentitud del compositor, podía salvar al Teatro del cierre definitivo. La carga revolucionaria que el libreto podía tener hizo que el ministro de Gobernación, el rondeño Francisco Romero Roblado, hizo que se le leyera en su integridad para tranquilidad del gabinete de Cánovas. La noche del estreno, en el cierre del primer acto, los sones del himno compuesto por Rouget de L’Isle, acerca del cual trata la zarzuela, despertaron el entusiasmo del público mientras caía el telón sobre un desfile de voluntarios. El acto segundo, con un dúo entre los personajes de Rouget y Flora, en el que mezclaban sus melodías  “La Marsellesa” y otro himno revolucionario, el “Ça irà” repitió la magia del acto inaugural. El tercero, más flojo, ofrecía un final dramático con dos personajes camino del cadalso y con “La Marsellesa” presentada ahora como una melodía aterradora. La admonición de Madame Roland camino de la guillotina, “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre” está más cerca del espíritu de este drama musical que la bienintencionada declaración que introduce Jean Renoir en su película de propaganda “La Marsellesa”(1938): “La Nación es la reunión de todos los franceses, es usted, soy yo, la gente de la calle, es ese pescador. Los ciudadanos son las personas que la integran”. Una nación de hijos de la patria que marcha hacia la libertad o hacia la muerte.


Rick's Cafe Americain

Publicado en diario Sur el 28 de mayo de 2011

domingo, 20 de febrero de 2011

LA DE LOS CLAVELES DOBLES

Curioso destino el de nuestros compositores de zarzuelas tantas generaciones después. Elijamos el trío de ases del género. Qué nos dicen hoy.  Barbieri suena obviamente a italiano, Chueca es un barrio y casi un lugar común, Chapí fue uno de los fundadores de la Sociedad de Autores, algo que se llamará más tarde Sociedad General de Autores de España. La SGAE, de turbia fama pero que en su origen tiene también, junto a nuestro compositor, a gente bien humorada y voluntariosa como los hermanos Álvarez Quintero y a Carlos Arniches. De los tres, sólo uno no es madrileño, por más que en el parque del Retiro tenga su monumento. Es el alicantino (de Villena, por ser precisos) Ruperto Chapí. De él se ofrece, hoy y en el Teatro Alameda, su más conocida y perdurable zarzuela, “La revoltosa”. Con producción de la jienense y ambiciosa (recientemente estrenó con éxito su propia versión de “Rigoletto” de Verdi) Compañía Lírica Andaluza.

Nos encontramos ante el más claro y gozoso ejemplo del género chico. El compositor francés Saint-Säens, que estuvo presente en el estreno de “La Revoltosa” el 25 de noviembre de 1897, declaró tan alborozado como contrariado no sólo que le hubiera gustado firmar esta partitura, sino que “cómo es posible que llamen género chico a esto en España”, ignorando que la calificación se debe a que es una obra en un acto único (así, lo son “La Gran Vía” o “La verbena de la paloma”, pero no “La dolorosa” o “La rosa del azafrán”). Siendo técnicamente un sainete lírico en un acto y tres cuadros, en verso, con texto de José López Silva y Carlos Fernández-Shaw, la concisión de la obra obliga a que su desarrollo sea tan sencillo como encantador. En el preludio, con un arranque enérgico que nos confirma que estamos ante un clásico español que anida en el fondo de nuestra memoria musical, concebido a la manera de las oberturas de las óperas italianas, se engarzan los principales temas que más adelante oiremos, destacando la melodía del dúo cumbre que casi al final encontraremos y que no es otro que el de “Ay, Felipe de mi alma”, “Ay, Mari-Pepa de  mi vida”. Aquí, la revoltosa, la que lleva de cabeza a unos cuantos, es la joven Mari-Pepa, que tiene alborotada a la corrala en la que se prepara una verbena y suceden las seguidillas que entona al comienzo Atenodoro y que dejará cuando asome a tender la ropa la bella vecina, capaz de frenar con descaro e ingenio todo requiebro que se le dirija. Es ahí cuando se suceden diálogos equívocos y ligeros como cuando un vecino le dirige un “Por ti no duermo”, “por ti no como”, añade otro, a lo que suma un tercero “por ti no…” para ser replicado por un elocuente “¡calla, qué atrocidad!”. Un intermedio orquestal brioso y efectivo dará a una guajira (“Cuando clava mi moreno / sus ojazos en los míos”) y de ahí al instante cumbre, aquél en que se enfrenten las voluntades aparentemente distantes de Mari-Pepa y Felipe que terminan confesándose su amor en el dúo de todos conocido, al que se engarza el arranque de Felipe que llama a la revoltosa “La de los claveles dobles, / la del manojo de rosas, / la de la falda de céfiro / y el pañuelo de crespón”. Y ahí, los libretistas aportan el título de la que será la última gran zarzuela del siglo XX, “La del manojo de rosas” que Pablo Sorozábal estrenará en 1934.

Alcanzada la armonía entre el esforzado currela y la chulapona, queda un último obstáculo resuelto con sumo ingenio musical. Es la escena en la que unos rondadores, citados con engaño por sus esposas que para castigar a Mari-Pepa, coinciden en escena, intentando ahuyentarse entre ellos mientras un pizzicato juguetón remarca la comicidad de la escena que se resuelve entre bofetadas para quedar intacta la honestidad cuestionada de la enamorada Mari-Pepa (“No tengas cuidao, Felipe, / que la mujer que es honrada, / lo que es si quiere guardarse / en todas partes se guarda”) y su triunfante Felipe. Vencedor el afecto, comienza al fin la verbena.

Publicado en diario Sur, 19 de febrero de 2011