sábado, 28 de abril de 2012

Mi mano entre tus dientes

La Fura del Baus lleva al Cervantes un banquete caníbal con versos de Shakespeare

“Ven, hermano, toma una cabeza; / y en esta mano llevaré yo la otra. / Y, Lavinia, tú te ocuparás / de llevar tú mi mano, dulce niña, entre tus dientes”. Así dice Tito Andrónico, un general romano en guerra contra los godos, a su hermano, Marco, y a su propia hija, Lavinia, conminándolos a portar las cabezas cortadas de sus hijos Quinto y Marcio, y la mano que le acaban de cortar para intentar rescatar a los degollados. Esta escena terrible, en una Roma bárbara y decadente (“Lucio, insensato, ¿no adviertes que Roma no es sino una madriguera de tigres?”) está en el tercer acto de “Tito Andrónico”, el más terrorífico drama de Shakespeare que, exceso y ferocidad, es adaptado por “La Fura dels Baus” en el espectáculo “Degustación de Titus Andronicus” que llenará de espanto el Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 4 y 5 de febrero dentro del XXVIII Festival de Teatro de Málaga. En esta tragedia caníbal, si bien destaca la escenenografía de los catalanes de “La Fura dels Baus”, la gastronomía corresponde a Andoni Luis, del restaurante Mugaritz, uno de los mejores del mundo. Porque entre tanto espanto, se come. A través de un sorteo al que se accede a través de internet, se accede a la posibilidad de compartir escenario con otros comensales que degustan viandas que pretenden ser, aparentemente, inadmisibles. Que pretenden ser los cuerpos de Demetrio y Quirón, godos sacrificados tras haber violado a Lavinia, hija de Tito, tras haberle cortado la lengua y las manos.

           Todo es aquí chocante, terrible, inaceptable en esta tragedia a decir de alguien tan autorizado como Samuel Jonson: “La barbarie de los espectáculos y la matanza general que se exhiben aquí apenas pueden considerarse tolerables para cualquier público”. El público de la época de Shakespeare era amante de la truculencia, por lo que tuvo éxito esta historia que hoy nos parece descabellada y delirante, sólo plausible como parodia de los dramas de venganza de la época isabelina. Un amante de Shakespeare como Harold Bloom llega a decir que el bardo “no hubiera perpetrado esa atrocidad poética, ni siquiera como catarsis”. La venganza es el motor de esta historia, en la que Tito ha perdido veintiún hijos en combate contra los godos. Que él decida pagar esa deuda con el sacrificio en la pira del príncipe godo Alarbus es lo que desencadenará la sucesión de atrocidades. La malvada y airada madre de Alarbus, Tamora, abre las compuertas de la masacre en la que nadie estará a salvo. Una reina goda que se disfraza de Venganza, revistiendo a sus hijos de Estupro y Asesinato.
Trailer de la adaptación de Julie Taymor.
Bon profit!


           Se trata de una galería de malvados, de verdugos y de víctimas, de actos de crueldad inaudita, como la violación en masa de Lavinia usando como lecho el cadáver de su marido. Incluso se usarán las dagas para matar, a lo largo de treinta versos, una mosca. Todo es aquí bestial y sádico. Oigamos a Tito disponiéndose a sacrificar a los que después serán devorados. Cinco versos nos bastarán para agotar nuestra capacidad de aguante: “Escuchad, desdichados, cómo pienso martirizaros. / Esta única mano me queda aún para cortaros la garganta, / mientras Lavinia entre sus muñones sostiene / la palangana que recibe vuestra sangre culpable”. ¿No basta? Pues vayamos un poco más adelante: “escuchad, villanos, haré polvo vuestros huesos, / y con vuestra sangre y ellos haré una pasta, / y con la pasta un catafalco levantaré, / y haré dos empanadas con vuestras vergonzosas cabezas, / y pediré a esa presumida, vuestra pecadora madre, / que al igual que la tierra se trague sus propias criaturas. / Ésa es la fiesta a la que la he invitado, / y éste el banquete con el que habrá de saciarse”.

Artículo publicado en diario Sur el 29 de enero de 2011

viernes, 13 de abril de 2012

Harry Potter, entre la Gloria y el Purgatorio

93.700.000, 48.200.000 y 24.500.000. Estas cifras son las que da el buscador de Internet más reputado y completo, Google, como cifras de resultado tras pedirle que busque referencias a Harry Potter, Shakespeare y Cervantes. Quitando los matices de que ese Harry Potter localizado puede ser también cualquier persona así llamada, y que el Cervantes y el Shakespeare localizados pueden no llamarse Miguel o William, lo obvio es la aplastante superioridad, en la red, del personaje de J. K. Rowling frente a los dos mayores autores de los idiomas inglés y español. Nos encontramos, pues, frente a un fenómeno que ha superado, en mucho, la fama  popular de los grandes clásicos. Algo que nos hace cuestionarnos qué diferencias hay entre los gustos académicos y los del gran público. Si puede medirse la serie de novelas de Harry Potter con los títulos clásicos de la literatura universal. A la vista de las ventas de las seis novelas publicadas y a la espera de la última de ellas, más de 325 millones de ejemplares traducidos a 65 idiomas, un vértigo sobreviene, una sospecha de que nos estamos manejando en terrenos más de la mercadotecnia que de la literatura. Tal vez la respuesta más adecuada esté a medio camino entre la de los detractores más tajantes y la de los entusiastas incondicionales. Que desde 1997, año de la aparición de “Harry Potter y la Piedra Filosofal”, y en sólo diez años, se haya creado una generación de lectores impacientes es algo que se debe agradecer a J. K. Rowling y su personaje. Que esos niños y adolescentes después no sean capaces de realimentar su capacidad de lectura, hacerla evolucionar hacia otros autores, hacia otro gusto, será algo por lo que habrá  que pedir cuentas a los educadores y a los padres (que también deben ser los principales educadores). Que un buen puñado de jóvenes lectores (de hecho, miles en presencia y millones en espíritu) se agolpen a las puertas de las librerías en la noche del 20 al 21 de julio para acceder al volumen que contará el destino final de Potter y aguarden la última campanada para lanzarse sobre esas páginas es algo que sólo puede ser saludado de manera positiva.
Aquí, unos pardillos

       Que la serie padezca de repetición de las recetas narrativas, de que el marketing sirva para cubrir los defectos y magnificar el producto, que su trama lleve a los lectores a un mundo de fantasía ajeno al mundo real, mucho más terrible que  el que Rowling presenta, es lo de menos. Si se intenta resumir de la forma más breve la trama genérica de las seis novelas ya aparecidas, se llegará a la conclusión de que forman lo que se conoce como novela de formación, e incluso una novela iniciática. ¿De qué va, entonces, la serie de Harry Potter? Muy sencillo: El hechicero Lord Voldemort asesina a los padres de Harry, que es adoptado por sus tíos que lo crían sin afecto alguno; al cumplir 11 años, Harry descubre que tiene poderes mágicos, y entra en una escuela de magia y hechicería, donde comienza a tener amigos y sentirse feliz mientras aprende diversas técnicas mágicas. También aprende, mientras intenta librarse de las asechanzas del malvado Voltemort, que la vida eterna depende de la posesión de una piedra mágica. 

No es difícil descubrir tras estos apuntes elementales que tras esa trama base se ocultan el mito de Edipo, la narrativa de Dickens con sus huérfanos desvalidos pero valientes y la literatura artúrica con la búsqueda del Santo Grial. La decisión de Rowling de hacer de la magia el elemento fundamental de la vida de Potter llevó a la Iglesia Católica a señalar la nocividad de esta lectura. El propio Joseph Ratzinger, antes de llegar a calzar las sandalias del pescador, dio su beneplácito, en 2003, a las opiniones de la socióloga alemana Gabriele Kuby que en un polémico ensayo acusa a las novelas del niño mago de corromper el alma de los jóvenes lectores, dañando la relación con la divinidad a la vez que es ensalzado el mundo maléfico mientras que es desdeñado el de aquí abajo. Con todo, es la autoridad de Benedicto XVI la que esgrimió recientemente un pirata informático para adelantar el final de la última novela de la saga, desvelando la muerte de uno de los personajes principales. La propagación de ideas neopaganas, alertada por Ratzinger, fue la razón aducida por el aguafiestas literario. 
       Harold Bloom, uno de los más conocidos críticos literarios, formulador del tan debatido “Canon occidental”, juzgó también a Rowling y a su criatura a través del artículo “¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí” en el que trataba sobre la primera novela de la serie. Su opinión, como delata el título, no fue positiva. Sólo razones de mercado, de respuesta a una necesidad, a una demanda de consumo, pueden explicar el fenómeno. Tachando de espantosa la escritura de Rowling, Bloom llega a la conclusión de que los lectores de esta autora simplemente están preparándose para leer en el futuro a Stephen King. Y eso sí que sería nefasto, según Bloom.
Anteriormente, otros libros destinados al público joven intentaron ganarse el favor del mercado. Desde la serie de “Las crónicas de Narnia” de C. S. Lewis (escritas desde una notabilísima óptica cristiana), las andanzas del anarquista Guillermo Brown o las estimulantes pero ñoñas aventuras de los Cinco y de sus clónicos pobres, los Hollister, ninguna ha conseguido el fervor masivo, millonario, universal, de los títulos acerca de Potter. A lo más, los que forman el ciclo de “El señor de los anillos”, de J. R. R. Tolkien, que son aceptados por los detractores católicos de Rowling por cuanto la victoria de Frodo se debe a que asume virtudes cristianas, mientras que el niño Harry sobrevive gracias al uso de saberes esotéricos, lo que vale para que su hipotético credo sea tachado de gnóstico.
Sea como sea, más allá de obediencias o gustos, de justificaciones del escapismo, de anatemas y comercio, nadie podrá evitar que dentro de diez, quince, veinte años, alguien que fue lector de la serie de Harry Potter cierre, tras haberlo disfrutado, un libro de Stephen King, de Charles Dickens, de Harold Bloom o de Joseph Ratzinger.


Artículo publicado en diario Sur el 13 de julio de 2007, con ocasión de la publicación de la que fue última entrega de lla serie de Harry Potter de J. K. Rowling

jueves, 5 de abril de 2012

Palabras para Paco Hernández


Es jueves santo. No, Jueves Santo. Un hombre, que fue todos los hombres, muere. Pero la imagen sofisticada, elegante, la comparación retórica y espiritual que quisiera haber encontrado para comenzar este texto queda truncada. Hubiera querido identificar esa muerte con la de otro hombre que creyó en Cristo y que, simetrías lúgubres, ha muerto hoy, este jueves, Jueves Santos, hace unas horas. Es Francisco Hernández Díaz. Francisco Hernández, pintor. Paco Hernández. Nuestro Paco.
 
 
 
Este hombretón de voz grave y cascada ha fallecido en su localidad adoptiva de Vélez-Málaga tras uno de sus tantos ingresos hospitalarios en el que ha sido una afección pulmonar la que nos ha dejado vacíos a quienes lo quisimos, sin nada mejor que hacer que escribir para espantar la tristeza espantosa. Lo conocí hace más de veinte años, por razones laborales. Yo era coordinador de una beca para artistas y él era miembro del jurado deliberador. Ahí supo mi nombre y supo que era poco más que alguien que leía y comentaba, en voz alta, palabras de otros. Más tarde, publiqué en Sur algún que otro artículo sobre ese pintor magistral. Poco después llegó un gran dibujo, a tinta, y las cartas. Me admiraba, pero menos de lo que yo lo admiré. Nos cruzábamos cartas en las que él nombraba con apasionamiento a Teresa de Jesús y a Cervantes, y yo le contestaba con otras que citaban a Van Gogh o a Picasso. Paco, que tantas veces se reinventó tras ereflexión honda y valiente, y aunque últimamente había hecho una apuesta por una modernidad extraña y especialmente arriesgada, no era un artista para este tiempo, para este lugar. Me lo imagino más bien viviendo en el Toledo del siglo XVI, saliendo de misa para ir a su estudio, donde una incandescencia de Palestrina se podría leer en sus labios mientras pinta, esforzado, el pie doloroso de un crucificado. Porque Paco, y cuesta tantísimo nombrarlo cuando está peerplejamente recién muerto, pudo ser El Greco, o algún místico de ese tiempo que no es el de ahora pero que, querido Paco, Maestro, es el nuestro, ¿verdad que sí?
 
Duele su muerte. Su ausencia. Quisiera haber entonado una elegía digna de él y superior a mis capacidades. Pero ésto es lo que sale. En esta tarde gris de Jueves Santo. De un Jueves de Ceniza. Miro en mi archivo, busco otras palabras para él, alguna que leyó. Encuentro un recorte de Sur, del 20 de abril de 2007. Una crítica a una antológica suya. Lo copio. Insuficiente homenaje. Pero aquí está.
 
FRANCISCO HERNÁNDEZ, PINTOR ABSOLUTO
 
Hay exposiciones que se contemplan con cierto ansancio, en las que las obras, y más cuando pertenecen a un mismo artista, se observan con una sensación incómoda de que cada pieza es una variación de la anterior, dedicándose el autor a reiterar unas ciertas marcas de estilo con variaciones leves. Son esas exposiciones de las que el espectador sale con la imagen de un único cuadro que viene a ser el compendio de todos. Afortunadamente, el caso de esta muestra, 'Francisco Hernández 1945-2007' es otro.

Porque aquí se da la oportunidad para disfrutar de un altísimo artista que ojalá encuentre aquí la oportunidad para convertirse en un clásico de la pintura malagueña que el público sitúe a la altura de, por poner un ejemplo de pintor bien apreciado por el pueblo, Félix Revello de Toro, cuya antológica en este mismo lugar se convirtió en un clamoroso éxito de público.

Pero no significa esto que la obra de Revello y la de Hernández se parezcan. De hecho, no tienen ninguna afinidad. Simplemente, sirvan estas afirmaciones como aviso a los malagueños para que acudan tumultuosamente a las salas del Museo del Patrimonio Municipal porque la obra de Hernández posee una fuerza, una calidad y un interés como para situarse entre los favoritos intemporales de los visitantes. Oportunidades como ésta, pueden creerlo, no se dan a menudo.

Aunque conocido de sobra por los aficionados, y no solamente los de Málaga, Hernández es un artista absoluto, de los que crean creyendo en lo que hacen y solamente en lo que hacen, ajenos al tiempo o los caprichos del gusto. Es, por lo tanto, un creador titánico, un Maestro con mayúscula en este tiempo de osadías insípidas. No se puede glosar en una crítica la trayectoria de un autor que lleva nada menos que 62 años asombrando. Su pluralidad de temas y hasta de estilos sobrepasan con mucho lo que pueda explicarse en lo que no llega a ser más que un reflejo escrito de una experiencia visual. Baste con indicar que la contundencia angustiosa de la representación de Adán y Eva expuesta en la planta baja de las salas encontrará al final del recorrido la joya de un vía crucis dibujado con la sabiduría y la exactitud de un artista maduro y pleno pero con el dato de que el autor tenía entonces, 1945, trece años. Perplejidad produce Hernández, perplejidad su capacidad de multiplicarse en temas y estilos que van desde la congoja de vivir tal como la expresaba Francis Bacon hasta el Barroco de la Semana Santa de nuestra tierra o la Mitología que se asoma a 'La caída de Ícaro' con un prodigio de escorzos dignos del Renacimiento.

Todo ello urge y propicia la visita a esta muestra, montada con un acierto pleno y comisariada por Enrique Castaños Alés y que, avisado queda el visitante, quedará convertida en una experiencia que se tardará mucho, mucho, en olvidar. Si es que esto es posible.

Hace dos años, Paco, en un Viernes Santo, 
habla de la pasión de Cristo

jueves, 29 de marzo de 2012

Seis contra una

[En 2007, a punto de cerrarse la lista de las nueve siete Maravillas del Mundo, propuse a los colaboradores de "Vivir la Cultura" su propia y personal lista. Recupero aquí la mía, tal como se publicó en Sur el 6 de julio de 2007]
Las putas puertas del puto infierno. Am Israel, jai!

Dado que la maravilla, según los diccionarios, no es sólo lo que se admira sino lo que asombra, conviene incluir en esta lista personal un aviso para la memoria, una causa de asombro y señal para las generaciones futuras, un recordatorio de lo peor de lo que es capaz de llegar el género humano.  Así, entre tanto motivo de asombro, conviene añadir el campo de exterminio de Auschwitz, para que su presencia nos persuada de volver a alcanzar ese horror sin límite.
Por otra parte, aprendida la lección del valor supremo del respeto a la vida, a las vidas, se añaden a esta nómina:
-         “Laudate Dominum”, pieza dentro del conjunto titulado “Vesperae solemnes de confessore”, de Wolfgang A. Mozart. Hay una armonía en esta breve composición de poco más de 4 minutos, para orquesta, soprano y coro, que es en sí misma una puerta de comunicación con la belleza más trascendente y pura.
Con Cecilia Bartoli. Maravilla sobre maravilla

-         “Léolo”, película canadiense de 1992, dirigida por Jean-Claude Lauzon en el que los sueños, las artes, el fulgor fugaz de los sentidos, pueden ser los últimos resortes del protagonista para huir de la locura, de la miseria cotidiana. El final no es feliz, pero no importa el final.
La obra maestra, íntegra.
107 minutos de amargas congoja y ternura

-         “Ulises”, poema del británico, y victoriano, Lord Tennyson. En su vejez, Ulises  reflexiona su vida:  De nada sirve que viva como un rey inútil / junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, / el consorte de una anciana [...]”. Y decide lanzarse de nuevo a la incertidumbre, al esfuerzo heroico junto a sus antiguos compañeros: A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar / de que no tenemos ahora el vigor que antaño / movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: / un espíritu ecuánime de corazones heroicos, / debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida / a combatir, buscar, encontrar y no ceder.
-         La catedral de Saint Paul en Londres. La tumba de su arquitecto, Wren, en el interior del templo, indica en su epitafio que si el visitante busca un monumento basta con que mire a su alrededor. No miente ni defrauda. Pocos templos son tan perfectos como éste.

-         “Ofelia” (1851-52), pintura de John Everett Millais. Drama y romanticismo, tensión y misticismo, tragedia y poesía, materia y espíritu. Todo ello a partes iguales y con excepcional técnica prerrafaelista.

-     Casco histórico de Colonia del Sacramento (Uruguay). Patrimonio de la Humanidad desde 1995, es el lugar soñado para descansar entre calles empedradas, muros viejos tras los que asoman glicinas y un río con vocación de mar que impone una cobertura tenue y amistosa para garantizar la paz de quien a tal paisaje se acoja. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

La transfiguracíón de Jorge Rando

Jorge Rando: Maternidades, 1997-2006
Sala de Exposiciones Unicaja (Italcable), c/ Calvo s/n
Hasta el 21 de julio de 2007

    La madre, el hijo. El abrazo, la protección. La dulzura. Maternidad. El desamparo. Raro caso el de esta exposición, tan recomendable, de Jorge Rando. El artista, rico en energía y en valor, no ha querido ofrecer una colección de estampas amables en este muestrario de escenas maternales. Tampoco ha querido lanzar una tormenta de rayos negros, de dolor amargo, sobre los ojos de los visitantes. Tampoco se trata de eso. En todo caso, es de ese tipo de pintura, de ese tipo de artistas, que admite tantas lecturas como miradas. En todo caso, algo claro hay en estas pinturas de formato medio que se expanden de pura energía: una honestidad raras veces vista, una voluntad irrenunciable de pintar sin que ese hecho se convierta en fuente de tormentos ni de éxtasis, sino en una tarea interminable, una condena de Sísifo, un destino lleno de tubos de óleo, de ojos ansiosos por ver más allá. Siempre más allá. Rando es un artista extraño por lo titánico, alguien que en términos musicales estaría más cerca de Beethoven que de los minués de salón. Un pintor que no precisa disfrazar de símbolos sus telas. No hay aquí composiciones forzadas en su elaboración, sino los elementos mínimos, fugaces, pasajeros, de los cuerpos, apresados en un momento inestable en el que la carne se atreve a destellar antes de arder. Transfiguración, sí. Antes de que todo se borre, y sea ausencia u oscuridad, esas madres e hijos se vuelven, amenazados pero no amenazantes, hacia el espectador, nos dirigen una mirada última de asombro o pesadumbre, o simplemente, en las escenas de grupos, nos dan la espalda y se alejan lentamente en una tarde que todos hemos vivido.


Jorge Rando: Maternidad, 2001

     Jorge Rando es malagueño, pero su pintura no es conocida como se debiera en esta ciudad suya. Tal vez esa empecinada voluntad en no quedarse en las apariencias, en su insumisión a las normas de lo decorativo, de lo ameno sin más, hayan supuesto bazas en contra. Pero acérquense a esa nave industrial que es a la vez un barco invertido y una capilla severa que es la sala Italcable. Atrévanse a asomarse a los espejos de Jorge Rando. Una belleza terrible, de fuego y sombra, nos aguarda en sus cuadros de violenta dulzura que duele.  

Ártículo publicado en diario Sur el 29 de junio de 2007

lunes, 26 de marzo de 2012

Signo de los tiempos

[Artículo sobre Épica publicado en diario Sur el 15 de junio de 2007 con motivo del VIII Centenario de la redacción del Poema de Mío Cid]

El Cid es ahora un torero. Al menos, sigue manejando la espada. Pero si vamos al que sentó las bases de nuestra literatura , tal vez por la distancia que de él nos separa, por el castellano primitivo en que está escrito o por el abuso de su figura en la cultura española, en la que comparece lo mismo en la letra del republicano Himno de Riego o campa por sus respetos en la retórica del franquismo, es un personaje y una obra literaria que concitan pocas simpatías en el lector de ahora, siglo XXI de computadoras y cambalache, botellón y tele.

Estatua del Cid en Buenos Aires

Ahora, la épica ha quedado relegada, para el común de los mortales, a las crónicas deportivas (y a veces ni eso, con un Málaga que da poco para proezas y mucho para llorosas elegías) o las hambrunas de un puñado de famosos abandonados en una isla. A lo más, si miramos a nuestro alrededor buscando equivalencias de nuestro pionero cantar de gesta nos encontraremos con un subgénero literario que se llama fantasía épica, conocido también como “espada y brujería”, que se dirige a los adolescentes y que se fundamenta en la trilogía de J. R. R. Tolkien resucitada y masificada gracias al cine: “El Señor de los Anillos”. Aunque Tolkien, profesor en la Universidad Oxford, era un fino conocedor de la épica europea, sus continuadores se basan en la fabulación del profesor y no en sus fuentes, entre las que se cuenta Beowulf, poema épico inglés del siglo VIII al que dedicó una conferencia en 1936.


Idem en Burgos

Es el signo de los tiempos. El realismo, cuando no el costumbrismo, han aniquilado la Épica, confinada a las películas de acción o las tardes de domingo en los estadios. No nos mueven los grandes principios, el ímpetu heroico de Aquiles el de la cólera funesta o el tesón del piadoso Eneas. Y es de temer que el resonar pesado del cuerno Olifante sólo despierte en Francia a los votantes de Le Pen, que siguen practicando el culto de Juana de Arco como encarnación de sus virtudes patrias. Tal vez sea eso, la apropiación de los héroes por parte de los fascismos del siglo XX, con los Nibelungos esta vez con camisa parda, y las huestes del Cid con ropajes azules, lo que haya apartado del gusto general esa recia veta de la cultura que es la épica en todas sus manifestaciones. Aunque dentro de esa corriente se encuentren frutos tan deliciosos como la llamada “materia de Bretaña” o literatura artúrica, readaptada y puesta al día también por los autores de “fantasía épica”, las descacharrantes novelas de caballería (un par de ellas siguen leyéndose incluso con cierto fervor popular en Valencia y Cataluña: “Tirant lo Blanc” y “Curial e Güelfa”) o los poemas épicos cultos que intentaban reactualizar los valores de la épica de griegos y romanos y que tomaron formas deslumbrantes como La Divina Comedia de Dante, el Orlando Furioso de Ariosto, La Araucana de Alonso de Ercilla, la Jerusalén Liberada de Torquato Tasso o El Paraíso Perdido de John Milton.


El otro Cid

Todos estos hitos literarios tienen en común la narración de los hechos de personajes dotados de capacidades y valores, e incluso naturaleza, diferentes de los demás. Sus hazañas son el tema de todos estos poemas como lo es el caso de Rodrigo Díaz de Vivar. Este retrato de personajes ejemplares por su valor y perseverancia es, a la vez, el género fundador de toda literatura, como lo atestiguan el Poema de Gilgamesh, que puede remontarse incluso al año 2750 a. d. C., muchos de los libros de la Biblia o las obras monumentales de la India: el Mahabharata y el Ramayana. Tan importante tradición, milenaria, sin embargo, no se ha roto como tal hasta muy recientemente. Basta con leer el Martín Fierro del argentino José Hernández para tener la sensación de encontrarnos con otro Cid, gaucho, sentencioso y renegado, que sirva de modelo y espejo para los argentinos. Tal vez sea la eclosión de la cultura de masas, la aparición del cine y la televisión, para que otros héroes hayan llegado hasta nosotros. Puede que Spiderman, Superman o los personajes de la Guerra de las Galaxias sean los que expresan el viejo espíritu épico. Todo, para que ocho siglos después, se hable de espadas falsas y el Cid prefiera despojarse de la cota de malla y se vista de luces.

viernes, 23 de marzo de 2012

Catódico y sentimental

Dabadabadabadá (sí, sirve como mantra)

       Mis recuerdos son de un comedor en Málaga donde había un televisor, gritos unánimes de madres por los balcones las mañanas de los sábados proclamando, como amantes muecines, “¡el programa infantil”, y la riada infantil que subía hacia los salones estrechos, los ojos como platos ante Torrebruno y sus chaquetas rojas, ante las zalamerías sado-maso de Paula Gardoqui, lo que quisieran echarnos entonces y que cada tarde tras la escuela era “La casa del reloj”, Pedro Meller nombrando a Marta, Popi y Manzanillo e invitando a mirar por la ventana ovalada.
La Casa del Reloj

Eso era antes de que llegara “Un globo, dos globos, tres globos”  que era una modernez, igual que los Teleñecos, que terminaban por cansar, y eso era lo bueno o lo malo de la democracia, que con Franco muerto, y visto en la tele el rancio funeral y el desfile bonito de caballos ante el recién rey un rato después, pues ya no había la cosa aquella de los rombos, tapados con un papelito en una esquina, por si colaba la trampa, y como en la antigua Grecia de cuando Homero la chavalería se convertía en poetas improvisados, en primorosos narradores épicos, que con la cosa de la cadena única, antes del UHF, no había otro tema de conversación que la peli dejada sin ver por padres rigurosos, y había alguien que entonces decía “canta, diosa, del pelópida  Aquiles la cólera funesta, y de cómo al comienzo un coche blanco y de los grandes se para delante de una casa americana con jardín y buzón de esos raros, y se baja una mujer con botas altas, sombrero y unas gafas negras, y su pelo es claro y largo, y llama a la puerta y un hombre le abre mientras ella saca del bolso una pistola con un silenciador, y...”. Así, en esos tiempos de barrio y mataduras en las rodillas, pudieron nacer tantos escritores, por el placer de contar y adornar, de darse a valer porque se conocía una historia que los demás ignoraban. Pero el tiempo, ah, el tiempo, la pelusilla del bozo bajo la nariz, Victoria Vera con sus pechos en blanco y negro ocultos por las barbas de Fernando Guillén, “Judith” de Jean Giraudoux, dato erudito de erotómano adolescente, los programas de nochevieja con platós que parecían el interior de las bolas que se agitan y cae una lluvia de purpurina, Valerio Lazarov que estás en los cielos, cuánto escote sicodélico, cuánta piel para los sueños, la voz de mi madre diciendo “esto en color tiene que ser precioso” y cuando el Mundial de Argentina pudo comprobar que sí, que estaba muy bien “El hombre y la tierra” con el águila culebrera de color águila culebrera. Y las noches de otra vida, con Iñigo los martes desde el Florida Park, Lola Flores buscando el zarcillo caído entre claveles, y Uri Geller que no me arregló ningún reloj porque yo no tenía reloj, ni pude retorcer ninguna cuchara, pero de pronto Alfonso del Real se ponía a lucir un pelucón de colores, “Sumarísimo”, con el ballet de Don Lurio, que no era el Ballet Zoom ni tenía a Giorgio Aresu ni a Bob Nico. 


Don Lurio y el Ballet Zoom

 Y José Luis Fradejas con traje con chaleco, toma elegancia, presentaba los sábados “La juventud baila” dentro de “Aplauso” y, sí, ríanse, una tarde recorrí todos los quioscos de Huelin buscando la revista Aplauso. Porque, en el fondo, somos lo que recordamos, lo que hemos visto, la España de los Botejara, Herta Frankel y la perrita Marilyn, el retaco de Mariano Medina, el gangoseo de Alfonso Sánchez, la audiencia ha decidido que debe abandonar la casa María José Galera, no lloréis que me voy a casar con ella, ¿pero quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?, gritos como ¡Todo el mundo al suelo!, ¡Arriba la Esteban!, restos remotos de memoria que nos llevan al tiempo en que todos los patos se llamaban Saturnino y los niños eran amigos de canguros, osos o delfines.

Artículo inédito, escrito en 2007
con motivo del cincuentenario de la televisión en España