domingo, 5 de marzo de 2023

Lecturas: The Tommynockers (Stephen King)

 Ojalá no me equivoque: ésta es la novela peor de Stephen King. Y sin embargo está llena de virtudes, está excelentemente escrita. Pero es una estupidez de libro, algo que los admiradores de King hubiéramos preferido que no escribiera. Aquí está el mejor King, el que ves capaz de inventarse un pueblo de Maine, Haven, que nos mete en la vida detallada de sus vecinos, haciéndonos empatizar con ellos. Algo muy King. Pero es justamente esa habilidad, esa virtud, es la que termina volviéndose contra la propia novela. Sigues a un personaje (a muchos), metiéndote toda la información, reteniéndola ante la creencia de que es importante, para de pronto decirte, en un pispás, que es un marciano hijo de puta y muere. Así es el último tercio del libro, que se te desinfla entre las manos dramáticamente, diciéndote que es un suicidio narrativo, que King no puede levantar un maravilloso y detallado castillo de arena para pisotearlo tan apresurada, insensata e injustificadamente como hace. Ya no valen las comparaciones con La invasión de los ladrones de cuerpos. No, no es Haven habitada por paisanos que han surgido de aquellas vainas. No: es la estupidez sin más, la incapacidad de King (en plena época de adicciones, es verdad: pero también entonces escribió Misery, y tras este desastre compuso la muy deleitable La mitad oscura). Alguien con tanta experiencia no puede permitirse errores como este, que dejan a obras fallidas como El ciclo del hombre lobo y Los ojos del dragón como meras obras menores, no como retrocesos en una trayectoria brillantísima. Esperemos que no se repita. 



martes, 28 de febrero de 2023

Lecturas: Misery (Stephen King)

 Nada sobrenatural. Todo posible, plausible. Y sin embargo, terrible, una pesadilla difícil de soportar. Una obra maestra de King que juega admirablemente con los géneros. Bien conocida por el éxito de la película homónima (Rob Reiner, 1990), ya cuando se publicó en español en 1988, fue objeto de alabanzas en medios tan poco inclinados a glosar novelas de género como Crisis, una revista cultural y política de izquierdas de Buenos Aires en la que leí una vibrante reseña junto a un adelanto del texto: allí se hacía un análisis político (la explotación, la alienación, las relaciones de poder) y a la vez literario que me dejaron durante décadas con este libro en mi lista de lecturas futuras.



Que trata sobre un autor de novela romántica más o menos victoriana (difícil es no evocar a Poldark) que es retenido por una fan enloquecida es algo que en su simple enunciado resume la novela entera. Lo que demuestra la pericia de King, su maestría indudable, es la capacidad para desgranar el estupor de Paul Sheldon, el escritor, su paulatino descubrimiento de la locura de Annie Wilkes, su salvadora y cuidadora, la refinada crueldad de ésta para hacer que Paul acceda a sus caprichos, el combate de Paul contra su miedo a actuar para escapar, su determinación final por hacerlo, y la inclusión de fragmentos de la novela a cuya escritura accede el escritor prisionero con tal de recuperar su vida, con tal de sobrevivir. Todo ello, manejado con la maestría habitual (leyendo estas páginas se olvida uno de anteriores pifias), hace que este libro te atrape como está atrapado Sheldon en casa de Annie. Dos personajes apenas (los policías que aparecen para investigar tienen sólo una presencia breve), sirven para mantener un prodigio de tensión, una novela casi perfecta o perfecta sin más.

sábado, 25 de febrero de 2023

Lecturas: La torre oscura II. La llegada de los tres (Stephen King)

 El excesivo entusiasmo por la elemental frase con que daba comienzo la saga de La torre oscura y mis reservas de lector hacia el género de la Fantasía que ha dado a la abrumadora bibliografía de King algunas de sus peores páginas, junto a la indefinición del primer volumen de la serie, me hacía acercarme con precaución a esta segunda entrega. Que ha resultado ser una excelente novela, tal vez porque King ha querido ser más fiel a Richard Bachman, su seudónimo para un puñado de novelas llenas de realismo y tensión, violentas y descarnadas, incluso políticas, que a Peter Straub, su amigo y a veces coautor adscrito a ese género que no es Terror y que suele abundar en encantamientos, maldiciones, hechicerías y demás faramalla.


 

Esta vez King se las apaña para hacer compatible el mundo extraño y natal de Roland Deschain, con sus langostas parlanchinas y mutiladoras, en ese paisaje de playa infinita que debe conducirle a la Torre, con el Nueva York que seguía siendo la fear city en la que se mueven mafiosos sin escrúpulos o asesinos que matan por mero placer. En la ciudad, Roland deberá encontrar al equivalente de las cartas del Prisionero, la Dama de las Sombras y de la Muerte que le había presentado el Hombre de Negro. Y que se manifestarán, en Nueva York, tras las figuras de un yonqui y camello de heroína, una activista negra, millonaria, esquizofrénica y en silla de ruedas, y un psicópata asesino. El yonqui, Eddie Dean, vive en 1987, en una Nueva York especialmente devastada por las drogas y por los grupos de narcotraficantes. Odetta Holmes/Detta Walker (su versión disociada), en 1964, cuando aún vivía Martin Luther King, y Jack Mort, el asesino, en 1977. Será misión de Roland convencerlos de la existencia de otra realidad y de persuadirlos para que le ayuden en su búsqueda. La maestría con que King maneja los hilos simplemente atravesando puertas que encuentra en su camino, fantasmagóricamente ancladas en la playa, la interacción con los personajes y sus antagonistas, convierten esta novela en un prodigio, indigno de quien cometió el libro anterior. Para quienes creyeran que King había llegado a su decadencia, esta obra es una jubilosa refutación.  

lunes, 6 de febrero de 2023

Lecturas: Los enamoramientos (Javier Marías)

 Da repelús, a estas alturas del año y del siglo, leer en la contraportada que Javier Marías murió en 2022 y que fue autor pero ya no lo es, con todo lo que eso quiere decir, sin decirlo, que se acabó, que ya sólo queda volver a un número ya fijo de libros de Marías, y que ya no se podrá ir, como hice antaño, a las librerías a comprar su nueva novela en primera edición para guardarlas como Berta Isla y Tomás Nevinson, convertida en lápida. Porque duele saber que no será premio Nobel como con tanta devoción uno creyó que sería, y porque ya no volverá a haber un autor que te convenza a través de un torrente verbal que no se dirige hacia delante sino hacia dentro, más hacia lo que pasó y porqué pasó y eso y no otra cosa, que una sucesión de acciones que lleve a un desvelamiento. Porque Marías fue un moralista escéptico, desapasionado, un orfebre dueño del misterio de la lentitud para darnos, acá y allá, señales de una historia que es sólo el pretexto para escribir y examinar la conciencia.


Esto es Los enamoramientos que en su momento mucho se comentó porque era una mujer por primera vez la narradora, como si fuera eso importante. Tal vez más significativo sea que esté dedicada a quien fuera esposa del autor, y como la propia protagonista trabajadora de la industria editorial y que en estas páginas se enamora de alguien de nombre Javier. Y esa relación amorosa, ese enamoramiento que es más bien lo que en lunfardo se llama metejón, es la que se analiza mezclándola con la historia que propicia ese acercamiento entre los amantes, que no es sino una muerte de quien fue amigo del amador y objeto de empática observación por la amante. La naturaleza de esa muerte violenta, inducida o procurada, con referencias a una novelita de Balzac, El coronel Chabert, a Los tres mosqueteros  de Dumas y a Macbeth de Shakespeare, y con un cameo lleno de sandunga de Francisco Rico, es lo que hace gravitar la mayor parte de esta novela. En la que la intriga es lo de menos, y es lo de más, la hipnótica naturaleza de esta escritura solemne y que no juega, que no entretiene y sí enseña a conocer la voluble consistencia de nuestras almas, de todas las almas y los corazones tan blancos.

viernes, 27 de enero de 2023

Lecturas: Los ojos del dragón (Stephen King)

 Cómo escribir sin ganas. Tanto yo como King. Cómo escribir él porque considera necesario un giro, total por unas pocas semanas escribiendo una birria de novela nada se pierde. Y he ahí, en plena época de su desfase vital con drogas y hasta colutorio (hay que estar muy desesperado para colocarse con ello), que tras haber colaborasdo con Peter Straub en la irregular El talismán, decide intentar reciclarse como autor del pseudogénero de Espada y brujería. El resultado es este fiasco, este desaguisado. Este subproducto. El segundo patinazo en su carrera tras aquel Ciclo del hombre lobo. Esta vez no hay excusa que valga, por mucho que el voluntarioso y a veces heroico Tony Jiménez intente poner paños calientes en el primer tomo de su guía de lectura de las obras de King. Aquí todo es bobo, todo es previsible, y no tiene ningún interés y con una calidad literaria mediana tirando a baja. Que el villano se llame como el de Apocalipsis y el rey se llame como el protagonista de la serie de La torre oscura son trucos baratos para tapar la falta de ideas. Cuando se lee esta fabulita sobre el bien y el mal con tintes de cuento infantil (ese mundo de príncipes y hechiceros, esa moralina obvia), se llega a la conclusión de que el autor está acabado y que en adelante lo va a leer su abuela hija a la que dedica el libro (junto a Straub). Pero, ay, eureka, aleluya, hosanna, después escribirá una maravilla como el segundo tomo de La torre oscura y Misery. Para volver a hundirse con Los tommynockers y redimirse (en parte) con La mitad oscura. Así que sigamos confiando en King, que como escribano puede echar tres o cuatro borrones en su amazónica y abrumadora producción. 



viernes, 20 de enero de 2023

Lecturas: La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso (Santiago Roncagliolo)

 Es un buen libro. Es un mal autor. 

Con esas seis palabras debiera bastar. Pero el lector querrá saber más. La contraportada se atreve a comparar insensatamente este libro con A sangre fría de Truman Capote. Total, porque Roncagliolo mete aquí y allá sus vivencias entre las páginas. Entre ellas el dato, decisivo, y ya se verá por dónde sale el tiro, de que todo parte de un ofrecimiento al diario El País de escribir una serie de reportajes sobre Sendero Luminoso. De ellos sólo se llegó a publicar uno, cuyo alcance Roncagliolo magnifica en estas páginas. Pues bien, cuenta que se marcha alguna que otra vez a Perú para documentarse, en lo que él mismo no oculta que son estancias rápidas, insuficientes. Pero sí que logra lo que promete el subtítulo del libro, refiriéndose el título a cómo los suyos llamaban a Guzmán, siendo las espadas previas Lenin, Stalin y Mao. Hace un recorrido objetivo y bien narrado por la vida y acción de Guzmán (obviando su etapa de formación en China, lo que es un punto negativo para una biografía que arranca con la niñez pero que obvia esta etapa). Hasta ahí, lo dicho: un buen libro.


Es un mal autor por saltarse parte de la investigación (¿ir a China, intentar acceso a archivos chinos, buscar testigos de esa etapa? Qué pereza) y por algo grave: por saltarse la ética a la hora de (aquí asoma El País) formular ciertas afirmaciones. Creyendo que los lectores peruanos lo van a aceptar tal cual, o que los lectores españoles no tenemos memoria y además somos tontos. Lo hace al afirmar Tres cuartos de siglo después de la guerra, cuando ya nadie podía ir preso, el juez Baltasar Garzón ordenó simplemente buscar los cadáveres de los desaparecidos. Aun así, el Poder Judicial expulsó al juez. Tal cual. Basta con ir a una fuente tan sucinta como la Wikipedia para recordar por qué el juez prevaricador Garzón fue expulsado de la carrera judicial: El 22 de febrero de 2012 fue expulsado de la carrera judicial9​ tras haber sido condenado por el Tribunal Supremo a once años de inhabilitación por un delito de prevaricación cometido durante la instrucción del caso Gürtel. Por eso, Roncagliolo se manifiesta como un sectario más. Además, si se tiene la paciencia de leer la útil cronología final del libro se comprobará que menciona con profusión los excesos y matanzas cometidas por las fuerzas de seguridad peruanas. Hasta el punto de que éstas son un 60% (o más) frente a un 40% (o menos) cometidas por Sendero Luminoso. Pero sigue siendo un buen libro. No su autor.


Lecturas: It (Eso) (Stephen King)

 Alfa y omega, lo mejor y lo peor. En esta tarea, un poco loca, de reseñar todo lo que en español ha publicado Stephen King puedes encontrarte que la que por muchos es su mejor novela (concedo que es una novela sobresaliente) se vea seguida de la que ojalá sea la peor (Los ojos del dragón). Después de este batacazo, es posible que haya recaídas similares en su producción. Ya veremos.

En todo caso, en Eso (usaré el título español) hay no un disfrute del miedo, ese malestar tan agradable, sino de la escritura portentosa. Porque aquí, en esta geografía tan detallada de la terrible y apacible y lóbrega e inventada Derry, nos encontramos con el reencuentro, en la edad adulta, de quienes siendo adolescentes, apenas niños, vencieron a una criatura aterradora y que sabedores del regreso de la misma y a la repetición de la desaparición de otros niños, buscan cumplir la promesa formulada tras aquella primera victoria: regresar para plantar cara al mal (el Mal) si éste reapareciera. Seis chicos y una chica que al crecer tendrán que hacer frente a sus miedos de entonces y recomponer sus relaciones. Uno de ellos, Bill Denbrough es, como es habitual en las ficciones de King, escritor.



Más allá de la trama que arranca en 1957 con la muerte de un niño mientras persigue un barquito de papel, y su culminación, pirotécnica y a lo grande, en 1985 y 1500 páginas después, y aparte del miedo que el evasivo payaso Pennywise, de quien se dice a lo sumo que su nombre es Bob Gray para quedar convertido no en un humano ni un una proyección de los miedos de esa cuadrilla de amigos, sino en el mal en estado puro, el placer de leer este libro, ensalzado como pocos, se encuentra en el hábil manejo del contrapunto, de lanzar la narración hacia atrás y hacia delante, dando el protagonismo en cada capítulo a uno u otro de los personajes, con el uso de lo que podría llamarse el hachazo King, que no es sino eliminar físicamente a personajes cuando el lector no lo espera, trazando además una cartografía de Derry, con sus arroyos urbanos, sus puentes, su mugre, su selva suburbana, sus colectores y conducciones de agua, que hacen creer al lector que es un escenario real, o a lo sumo un trasunto de Bangor, donde vive King, o de cualquier ciudad mediana de Maine. 

Pero no, aquí tenemos un novelista madurísimo que se enfrenta a la obra decisiva de su carrera, aunque dispuesto a caer en los abismos creativos de la paparrucha del dragón o la pifia delirante de Los Tommynockers. Y aunque tengamos rituales lovecraftianos, como el del chüd, que es además innecesario, y por mucho que Bill, Ben, Beverly (qué hermosa, qué magnética resulta en esta novela), Mike Richie, Eddie y Stan se empeñen en luchar dos veces contra ese payaso siniestro que asoma en los sumideros, por mucho que vivan su combate final en galerías subterráneas tan del género, o por mucho que compartan una escena de sexo juvenil que hoy no pasaría por el visado de las autoridades, decía, por mucho que se revista esta historia de elementos de genuino terror y fantasía, lo que aquí tenemos no es sino una gran novela, en la que el género del terror no viene a ser sino un disfraz, una excusa.