Es la primera novela de Pamuk, de 1982. Lo que se viene a llamar un vasto fresco narrativo que sigue el devenir de Turquía, y las zozobras y las dudas de ser turco, a través de tres generaciones de una misma familia. Una novela que tiene mucho de decimonónica por su forma narrativa, pero que deja ver las virtudes del Pamuk que amo. A través de tres momentos de la historia turca, y mientras sólo la matriarca familiar se mantiene como presencia casi inmortal (algo que después veremos en "La casa del silencio", con esa matrona avejentada pero sagaz y exigente que gravita sobre la vida de sus nietos), se comienza en 1905, cuando todavía existe el agónico Imperio Otomano, salta a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, con la agonía y muerte de Ataturk, y finaliza en 1970, en vísperas de un golpe militar (como también sucede en "La casa del silencio". Por medio, el spleen de algunos, la ambición de otros, el juego con el destino de otro memorable personaje que se plantea continuamente suicidarse a los treinta años y que conoceremos incluso en su ancianidad apacible y, siempre, la fascinación por Estambul. Quien ya ame a Pamuk, amará este libro. Quien no lo conozca, necesitará ser animado para avanzar en el conocimiento y exploración de su universo narrativo.
miércoles, 27 de enero de 2016
martes, 29 de diciembre de 2015
Guinea y España: 40 años de olvido [artículo inédito]
[En octubre de 2008, cuando se cumplían cuatro décadas exactas de los hechos que se relatan en este texto, escribí este artículo para diario Sur que quedó inédito por ajustes de contenidos del suplemento que entonces coordinaba. En él aparece mi familia política. A la que pertenecen las fotos que lo ilustran, tomadas por mi suegro, Ángel Alcobendas, que protagoniza una curiosa escena con el presidente Macías en la primera escena del artículo, que saco hoy a colación tras el estreno de "Palmeras en la nieve" que también los refleja elípticamente y como homenaje a mi familia barceloneso-madrileña que también fue, entonces, guineana: Maribel, Tere, Ángel y Joan]
El presidente de Guinea Ecuatorial está
sentado en un sofá. Frente a él hay un televisor apagado. Detrás de él, sus
escoltas miran el aparato, hacen sonar los seguros de las armas, amartillan las
pistolas, resoplan. Detrás del televisor, el técnico de Televisión Española,
Ángel Alcobendas, llamado en lugar del compañero que habitualmente se ocupaba
de estos imprevistos y ausente en ese momento de la ciudad, revisa los
entresijos del aparato. Poco antes, para acceder al palacio, le han revisado
minuciosamente la caja de herramientas y hasta comprobado el tacón de los
zapatos. Cada pocos minutos, mientras siguen sonando los cerrojos del
armamento, el presidente pregunta si va bien la reparación. Todo parece estar
en orden, excelencia, espere un momento, por favor. Chasquidos metálicos, calor
y humedad en la ciudad que aún se llama Santa Isabel. Y una clavija que aparece
mal encajada. Alcobendas la aprieta y queda resuelta la avería. El presidente
Macías se relaja. Los escoltas bajan, felices, las armas. Pero en la pantalla
sólo aparece la carta de ajuste. Para que continúe la emisión, el técnico
tendrá que llamar al centro emisor de TVE en la isla de Fernando Poo, en el
pico Santa Isabel a 3.100 metros de altura, para que siga la emisión que el
presidente había mandado detener. Si Fernando Macías, presidente de la recién
nacida República de Guinea Ecuatorial, no puede ver la tele por tener suelta
una clavija, ningún guineano tiene derecho a ver lo que su guía y jefe no puede.
Así son las cosas. Está muy reciente el 12 de octubre de 1968, fecha en la que
se firmó el acta de independencia de la jovencísima nación. Antes de que
termine el mes de marzo de 1969, la inmensa mayoría de españoles habrá
abandonado el país por las amenazas y la violencia desatadas por Macías. La
familia Alcobendas partirá hacia España en el último avión que dejará la isla.
12 de octubre de 1968:
Independence Day
Los siglos españoles
El 12 de octubre de 1968, hace 40 años,
el Ministro de Información y Turismo de España, Manuel Fraga, firmaba en el
Salón del Trono del Palacio Presidencial de Santa Isabel, en la isla Fernando
Poo, la entrega de poderes al presidente Fernando Macías Nguema por la cual
España, tras un proceso iniciado en la ONU, aprobaba la independencia de las
antiguas provincias de Fernando Poo y Río Muni agrupadas como República de
Guinea Ecuatorial. En 1973, cuando el culto a la personalidad de Macías,
convertido en dictador, llegue a su apogeo, la isla de Fernando Poo pasará a
llamarse Macías Nguema Biyogo. Y la ciudad de Santa Isabel, Malabo. Cuando
termine sangrientamente en 1979 el régimen de Macías a manos de su sobrino
golpista Teodoro Obiang Nguema, la ciudad se quedará con su nombre africano,
mientras la isla recibirá como nombre Bioko.
Descubierta la isla en el siglo XV por
navegantes portugueses, no será hasta 1777 que no pase, con una porción de
suelo continental, a manos de España, que las permutó con los portugueses a
cambio de la disputada ciudad de Colonia del Sacramento (Uruguay). Esta
inesperada incorporación de territorios en África Central a la corona española
hará que las nuevas posesiones formaran parte del Virreinato del Río de la
Plata hasta su disolución. La primera mitad del siglo XIX contemplaría intentos
ingleses por adueñarse de la soberanía de Guinea, mientras que es en la segunda
mitad de la centuria cuando España emprende su labor colonizadora. El problema
que no arreglarían la conversión en provincias de los territorios en 1959 ni la
aprobación de un régimen de autonomía aprobado en referéndum por los guineanos
en 1963 como paso previo a la independencia obtenida en 1968, es la enorme
diferencia entre la isla y el continente.
Memorias de África:
Mi mujer y mi cuñado juegan
en la piscina del Casino Español,
Santa Isabel
Hermanos y enemigos
Los
antropólogos y el testimonio de los extranjeros afincados en Guinea coinciden
en afirmar la radical diferencia entre las dos tribus mayoritarias del país:
los bubis de Fernando Poo/Bioko y los Fang de Río Muni (Mbini en la
actualidad). Los bubis son monoteístas, conformistas, mansos y sedentarios. Los
fangs son politeístas, intransigentes, batalladores y trashumantes. Tampoco sus
idiomas tienen ningún parecido. Macías era fang. Obiang también lo es. Ya
durante el periodo de la autonomía, cuando en Madrid se reunieron en dos fases
de la Conferencia Constitucional destinada a fijar los términos de la indepencia,
con intervención de los representantes de los partidos guineanos y de la
administración española, en el periodo 1967-1968, uno de los comisionados de
Santa Isabel, y por lo tanto bubi, Edmundo Bosio, que más tarde en una
intervención en la ONU llegó casi a convencer de la necesidad de crear dos
naciones diferenciadas, llegará a decir “No nos dejéis en manos de nuestros
hermanos de color los pamúes [otro nombre por el que son conocidos los fang],
que no respetarán nuestros derechos y nos tratarán como esclavos. Si lo hacéis
os declaro responsables ante la Historia, ante vuestra conciencia y ante Dios,
del genocidio que se cometa con Fernando Poo”. Cuando la presencia española
desaparezca, Macías se encargará de cumplir el temor manifestado por Bosio, que
también será asesinado.
12
de octubre, 1968
Fraga en su discurso del 12 de octubre afirmó en lo
que puede resumir su discurso: “Afortunadamente no estáis solos. En ese camino
vuestro, en esa senda o en esa vía jubilosa y ancha, podréis contar siempre con
compañía adicta y experta.” Justo antes de los discursos, desde la tribuna
contempló el primer izado de la bandera verde, blanca y roja, con un triángulo
azul, de la nueva nación mientras la Guardia Territorial interpreta el himno
nacional, el ingenuo “Caminemos pisando la senda de nuestra inmensa felicidad”.
El acto lo preside, en el centro, Macías. A la izquierda está Fraga. Y a la
derecha, pero un tanto en segundo plano, Edmundo Bosio que es el vicepresidente
de la nación en un esfuerzo de Macías por ofrecer una imagen de unidad
nacional. El reloj de la catedral neogótica en esa Plaza de España (rápidamente
cambiará su nombre por el de Plaza de la Independencia) da una larga campanada.
Son las diez y cuarto. A continuación, en el palacio, se firmará el acta de
independencia y habrá discursos. A las 12 llegará el momento en que el dominio
español desaparece y Guinea pasa a ser dueña de sí misma. Después, “Te Deum” de
acción de gracias en la catedral. Un día feliz e histórico. Perno no perfecto.
En Santa Isabel, justo al llegar el mediodía una decena de activistas ya
preparados, asaltan y derriban con cuerdas la estatua, obra de Benlliure, del
que fuera gobernador de los territorios en los años 20, Ángel Barrera. En Bata,
capital de Río Muni, la guardia civil e infantes de marina deben contener a la
multitud que la noche antes había quemado dos iglesias y amenazado a los
españoles. El horizonte no es halagüeño.
El
comienzo del miedo
España
ha incluido entre los protocolos firmados con Guinea un acuerdo semisecreto por
el que durante dos años habrá presencia militar (Guardia Civil, Armada y
Ejército del Aire) para defender los intereses españoles y proteger de amenazas
externas a la indefensa república. También quedan los estudios, equipo técnico y
emisora de TVE como embrión de la futura televisión guineana Pero Macías
desconfía. De hecho, su triunfo en las elecciones a dos vueltas celebradas en
septiembre, el favorito de España era el presidente del régimen autónomo,
Bonifacio Ondó, que morirá oscur y trágicamente en 1969. La economía guineana
no levanta el vuelo. Alrededor de Macías hay algunos españoles, bien conocidos
todavía hoy, aconsejándoles. Uno de ellos es el abogado Antonio
García-Trevijano. Otro es Francisco Paesa.
Las tensiones crecen. En diciembre comienza a
expulsar españoles por causas discutibles. Exige que el gobierno español aporte
capital para mantener el nuevo Estado. Y TVE tampoco se pliega totalmente a las
exigencias de Macías. En febrero de 1969 exigirá que dejen de emitirse
programas de tono anticomunista (la URSS acaba de reconocer a Guinea y Macías
adula a los soviéticos sin dejar de alabar a Hitler), así como que se censuren
los comentarios o imágenes racistas en las películas y series norteamericanas.
El 12 de febrero, hará que se registre el centro emisor en busca de una
presunta emisora que guiaría a los aviones que ayudaban a los rebeldes de la
guerra de Biafra en la vecina Nigeria.
El
día siguiente, Macías da un paso casi definitivo. Enfadado al ver banderas
españolas en el cuartel de la Guardia Civil, en el consulado y la embajada de
España y en la residencia del cónsul, exige que sólo una bandera permanezca.
España puede decidir cuál de ellas. Pero no se pliega a las amenazas. El día
22, la Guardia Nacional guineana arría la bandera de la residencia del cónsul y
se la devuelve a éste, que el día siguiente es expulsado del país. El miedo
comienza.
Violencia
y éxodo
Hasta
el momento de la independencia, la causa guineana sólo dejó dos mártires:
Acacio Mañé en 1959 y Enrique Nvó en 1963. Y con todo, estas dos muertes, aún
rodeadas de misterio, tampoco pueden atribuirse a los españoles con total
seguridad. Pero, desesperado y envalentonado, Macías acusa de asesina a España
con discursos inflamados y radicales. Inmediatamente, la rama juvenil del que
en breve será el partido único de Guinea desata la violencia. Los bubis y muy
especialmente los que han trabajado o trabajan al servicio de los españoles son
vejados y apaleados en las calles. Muchos mueren. Los españoles se encierran es
sus casas, agrupándose las familias en las más robustas y pertrechadas de
armas. La sangre ya no es una amenaza. El día 26 es expulsado el embajador de
España. Pero éste dispone que las fuerzas españolas ocupen esa noche los
centros neurálgicos y se pidan refuerzos a Canarias. Pero esta operación s
abortada desde Madrid. España no luchará. En la madrugada, se repliegan las
tropas sin combatir y se dan la vuelta los paracaidistas que acababan de partir
desde Las Palmas.
Embravecido,
Macías decreta el estado de excepción, da por rotas las relaciones con España,
ordena la expulsión de la Guardia Civil, fija el toque de queda. La embajada
española, ante el acoso en las calles, ordena la evacuación el día 27. Y ese día registrará la primera víctima
española: en Río Muni, una barcaza con 33 refugiados es tiroteada. De un
disparo en la cabeza muere Juan José Bima Martí, un capataz forestal de 25 años
que huía con su esposa. Sólo llevaban casados mes y medio. Mientras, por la
radio Macías daba su consigna: “matad al blanco, violad a las mujeres, tenéis
derecho al botín, pena de muerte para quien ayude al blanco. Estamos en lucha
contra el imperialismo español”. Los barcos que abandonan Río Muni reciben la
instrucción del embajador de no detenerse en Fernando Poo. No había lugar
seguro.
El
golpe y la última bandera
Se presagia lo peor. Y
lo peor ya ha comenzado. Y se confirma el 5 de marzo, mientras los españoles
huyen en barcos y aviones. Ese día, el ministro de Asuntos Exteriores de
Guinea, Anastasio Ndongo, intenta un golpe de estado contra Macías. En una
confusa escena, cuando parece que el golpe ha triunfado, el propio Macías lucha
cuerpo a cuerpo con Ndongo que termina arrojado por la ventana del palacio
presidencial de la ciudad de Bata. Una vez en el suelo, Ndongo, herido, es
linchado. Morirá pocos días después. La venganza contra sus oponentes
políticos, implicados o no en el golpe, no tendrá límites. Y los españoles son
acusados de estar detrás del mismo. El ministro de Exteriores, Castiella, lo
niega. Pero el presidente Carrero Blanco parece ocultar la verdad.
La Guardia Civil se
atrinchera en los cuarteles, que son fortificados y defendidos por
ametralladoras, y a los que son invitadas a concentrarse las familias
españolas, repartiendo armas a los civiles. Tal es el peligro, que la colonia
norteamericana al completo abandona el país. Frente al puerto de Santa Isabel,
el acorazado Pizarro apunta con sus cañones el palacio de Macías. Hay incluso
un plan para reocupar militarmente la isla para facilitar la evacuación
española. En estos momentos, sólo quedan allí 300 españoles, que reciben
amenazas, gritos, exhibición de armas, por parte de los fangs. Semanas antes,
eran más de 7.000. Un grupo de las Compañías de Operaciones Especiales (COES)
llega para construir un muelle provisional cerca del cuartel de la Guardia
Civil de Santa Isabel, por donde se hace la evacuación de los últimos civiles.
El último gesto de orgullo tendrá lugar el 29 de marzo, cuando la Guardia Civil
arría la bandera en la isla y antes de embarcar la pasea por las calles de
Santa Isabel desfilando con vehículos, bagajes y armas apuntadas hacia la
multitud adversa que vociferaba. El 19 de abril llegarán a Las Palmas los
Aragón y Castilla con los últimos españoles junto con la última bandera
española que ondeó en Guinea. Comenzaban 40 años de olvido mutuo que todavía
duran.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Lecturas: La casa del silencio (Orhan Pamuk)
Tras el entusiasmo de "El Museo de la Inocencia" llega la moderación, no exenta de admiración, de la lectura de esta novela, anterior, de Pamuk. De 1983. Aunque una clave, un indicio más bien, se encuentra en su siguiente novela, "El castillo blanco", de 1985. En ella encontramos una dedicatoria, a Nilgün Darvinoglu, a la que el autor llama hermana. En el prólogo de esa segunda novela, en primera persona se expresa Faruk, uno de los protagonistas y narradores de "La casa del silencio". En la novela que comentamos ahora, Nilgün es no narradora sino la persona sobre la que confluyen las narraciones de la novela. En términos rebuscado, la dramatis persona, la persona del drama, pues el hecho dramático que se narra se encarna, insospechadamente, en ella.
Cinco narradores, a los que cuesta diferenciar hasta que los párrafos avanzan, se van turnando en esta segunda novela de Pamuk (la primera, la voluminosa Cevdet Bey e hijos, está en proceso de lectura ahora, en noviembre-diciembre de 2015), relatando lo sucedido en julio de 1980 en una Turquía devastada por la violencia política en la que se aniquilan comunistas y nacionalistas de derecha. Se sigue, alternándose, la narración que hacen cinco personajes: el enano Recep, la anciana Buyukhanim, sus nietos Faruk, Metin y su primo Hasan. La ciudad en la que viven, en la que está la decrépita casa del silencio que comparten el enano, la abuela y sus nietos es Cennethisar, una ciudad balneario cerca de Estambul. Es fácil asimilar la casa del silencio a la propia Turquía. Quien quiera hacer esa identificación no yerrará en demasía. El propio Pamuk ha declarado que los jóvenes personajes expresan diversos aspectos de su propia vivencia de juventud. Es también un análisis del deseo, de la necesidad de autoafirmación, de los mecanismos de la violencia. Todo a la vez.
Narrada con maestría, la alternancia de voces, con sus monólogos interiores, lleva a la deriva al lector hasta que éste va identificando a quién pertenece la voz y cuál es el papel de cada personaje en este juego de voces, de hilos que se entrecruzan para mostrarnos un paisaje que es cruel y sangriento. Un Pamuk maduro ya en su segunda novela. Y que me sigue confirmando, libro a libro, que ningún otro autor vivo me despierta mayor admiración. Y del que al menos otros seis títulos tendrán, Dios mediante, su reflejo en este blog.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Lecturas: Pigmeo (Chuck Palahniuk)
El tropecientos Palahniuk que leo. El primero que me parece una soberana mierda. Una pena. Porque no es un autor brillantísimo, pero sí sabe cómo urdir una novela que funcione. Y ésta ni funciona ni está bien urdida. Con su lenguaje (lo mismo en inglés sí es un libro que merezca la pena) forzado, árido, con su narrador que es un terrorista adolescente urdiendo una masacre devastadora en Estados Unidos, es un libro que cuesta leer, con el tiparraco expresándose en primera persona de tal guisa (me voy a un ejemplo del capítulo 34 (de los 36 que tiene esta ficción insuficiente):
"Al contrario que en la ocasión pasada, el día infame en que fue separado de su progenitora femenina para el test vocacional, los pies del agente-yo se retiran ahora de la aeronave para esprintar huyendo de regreso hasta la madre-huésped. Este agente acepta el abrazo que la madre le ofrece. Presiona sus labios contra la mejilla facial de la madre-pollo y prueba su agua ocular con sabor a cloruro de sodio. Frunce los labios para realizar el gesto que denota afecto".
Una fábula prometedora, extraña, bizarra (como en todo Palahniuk) que aquí se resuelve torpe y previsiblemente, lo que aquí sólo se justificaría por la voluntad guiñolesca de tantos episodios. Un libro que iría a alimentar el contenedor de papel si no lo tuviera destinado a soportar el olvido junto a otros 11 títulos del mismo autor que un año de éstos sí merecerán una relectura, una nueva vida. ëste, en este día de difuntos, polvo será, mas polvo olvidado.
jueves, 8 de octubre de 2015
Lecturas: El Museo de la Inocencia (Orhan Pamuk)
Ya he contado en este blog cómo conocí a Pamuk. A su obra. En su país, a través de una buena conversación con quien bien conocía la obra y puede que al autor. Tras "Nieve", que no fue deslumbrante pero casi, tras perder en algún rincón de mi confusa biblioteca "Estambul", ha llegado el turno de "El Museo de la Inocencia". Que no ha sido un deslumbramiento, sino un cielo que se rasga camino del Bósforo, la mano de Dios que asoma entre nubes, que se clava en uno de mis ojos y me dice, tronante, "gilipollas, ¿cómo has estado tanto tiempo sin leer a Pamuk?". Porque no había llegado a rebasar la página 100 cuando tuve que suspirar y reconocer en voz alta que era el autor más brillante que había leído en mi vida. Más que Roth, que Vonnegut, que Auster. Que Borges. Que mi "abuelo" Sábato. Que los dioses bendigan Turquía por dar a Pamuk, que Odín no fulmine esta vez a la Academia sueca por haber dado el Nobel a quien se lo merece más que tantos.
Nos encontramos ante una obra maestra, un libro que te puede acompañar toda la vida, un relato amoroso lleno de dulzura y de lágrimas, de cuchicuchis y amargura, de pena, mucha pena, y de alegría. La vida, que la llaman los taxidermistas. Es la historia de Kemal Basmacı (en turco, hay íes con o sin punto, el apellido definitivo lo sabremos al final, mientras tanto será Kemal Bey), un joven empresario y heredero en el Estambul de 1975, que estando a punto de prometerse con su novia emprende un vertiginoso romance, pleno de carnalidad, con una prima suya de 18 años. Pronto, la prima, Füsüm Hanim, desaparece. Pronto, Kemal descubre la ausencia, la nostalgia, el extrañamiento. Aunque se reencuentren, él seguirá recopilando todo objeto, por humilde que sea, que la haga sentirse a su lado, que le haga consolarse de la distancia aunque esa distancia sea la mínima, en un sofá mirando ávidamente la tele en noches de familia. El final de la novela será trágico, de una tristeza inapelable pero lleno de ternura, de serenidad en la derrota y en el amor constante más allá de la muerte.
Porque es una novela de amor, de la pasión analizada y sentida y vivida. Una historia de obsesión y afectos. Una delicia compleja y maravillosamente contada. Son 83 capítulos magistrales. En el 60, el narrador formula: ¿Acaso no es el objetivo de la novela y el museo narrar con toda sinceridad nuestros recuerdos para convertir nuestra felicidad en la de otros? Esa pregunta que es afirmación equipara museo y novela. Porque esta novela es un museo, y hay en Estambul un museo que es esta novela. Ya desde el primer capítulo, el narrador en primera persona va señalando que tal objeto recién nombrado se expone en el museo. Pero no se trata de una metáfora: los objetos que Kemal recopila e incluso hurta se pueden visitar en un raro y reciente museo en Estambul. Vale la pena echarle un ojo a ese museo que Pamuk fue planificando a la vez que escribía la novela (aquí, la web) (y aquí, un recorrido virtual) En el último capítulo, Kemal cuenta que encarga a Orhan Pamuk escribir un libro que sirva como guía y explicación del museo, que dé sentido, incluyéndolos en un relato, a la multitud de objetos de ese museo. Pamuk acepta y anuncia que lo hará en primera persona, como si fuera el propio Kemal quien relata, ya metidos en la primera década del siglo XXI, su historia de amor. Que no es una gran historia (de hecho, pocos sucesos hay en la novela, que podría resumirse en pocas líneas) pero sí es una historia que emociona y se asume y se comparte y que se disfruta y también duele. No soy propenso al ditirambo, pero las 645 páginas de mi edición saben a poco. Quiero más, más Pamuk (en tres días salgo a un viaje lejos; "La casa del silencio" de Pamuk será mi lectura).
Además, en las últimas páginas se reproduce una esquemática entrada del Museo. Llevando el libro a la sede física del Museo de la Inocencia en Estambul (el Masumiyet Müzesi) te sellan la entrada de tu ejemplar y te dan acceso gratuito. Simplemente esa sensación fetichista de tener tu Museo de la Inocencia sellado puede llevarte a viajar a Estambul. Que todo, Dios mediante, se hará (o se intentará). No quiero entrar en análisis literarios de los que ya soy incapaz. Me basta con sentir todo lo que he sentido leyendo este libro bellísimo. E intentar compartirlo. Si no lees esta novela es muchísimo lo que pierdes. Como el amor más auténtico, el amor más perdido. Y encontrado y reencontrado y contado. Bendito, bendito, bendito Pamuk.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Antes del diluvio
27 de septiembre, 2015. Domingo de paz en Málaga, de calor y humedad. De elecciones autonómicas en Cataluña. En casa, desde temprano, TV3 (entiendo catalán, mi esposa lo domina). Los programas rutinarios se convierten en verborrea rutinaria que recoge exclusivamente la opinión de los secesionistas. De los que quieren destruir mi patria y también la suya. De pronto, hay sensación de déjà vu, de la cantilena monótona de mis días de infancia, de cuando el asesinato de Carrero Blanco o la agonía de Franco, de las consignas unánimes y sencillas. Hay desazón en casa, vértigo. Veo a un chico que agita una bandera española (la bandera de todos, la constitucional) mientras vota Artur Mas y lo sacan entre zarandeos. Recuerdo el referéndum ilegal del 9 de noviembre de 2014, con gente votando arropada en la bandera secesionista, y todo eran sonrisas y compadreo. Hace unos días, la misma bandera de España (la bandera de todos, la constitucional) era retirada por una mano extranjera (nadie me podrá acusar de anti-argentino ya que la mitad de mi familia, junto a la mitad de mi cultura y de mi corazón pertenecen a ese país) del balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Todo, decía, desasosegante y estúpido. Todo obviamente gilipollas.
Mi querida Cataluña (no diré mi amada Cataluña por mucho que sea barcelonesa y catalana mi, ella sí, amada esposa) fue en su momento, más allá del reparto de agravios del imaginario popular según el cual son tacaños los catalanes, vagos los andaluces, chulos los madrileños, brutos los vascos, tozudos los aragoneses, decía, fue el lugar de la tolerancia, de un modo de ser europeos que queríamos para los demás, de ser modernos y cosmopolitas y abiertos al mundo. Y hoy, esa Cataluña que algunos ruidosamente quieren nación se convierte en aldea, en lugarejo en el que sólo hay lugar para quien renuncie al idioma y a la bandera (la bandera de todos, la constitucional) de Cervantes y de Gil de Biedma o Juan Marsé, donde sólo hay lugar para los que doblen la cerviz ante la causa sagrada de la libertad de un pueblo que ya es libre, donde sólo hay lugar para los adoctrinados, para los que que se tragan todo lo que les dice la televisión norcoreana que siempre fue TV3. Cansado y asqueado estoy de la verborrea de parvulario de los secesionistas. Como, por poner un ejemplo simple, la que maneja, llena de ruido, furia e insultos, el atroz divulgador Sebastià d'Arbò (aquí, el facebook del especimen) del que ya me ocupé con amable crueldad en este blog (véase aquí). La Cataluña que me gustó, en la que vive mi familia política dividida entre cultores de la intoxicación y la mansedumbre y los que en silencio y con paciencia no olvidan cuál es el nombre de nuestra patria común e indivisible, en la que viven amigos queridos con los que apenas hablo por miedo a que estemos en posturas opuestas e irreconciliables, está desapareciendo. Ojalá esta noche, con los resultados, y en los días sucesivos, se termine la pesadilla y al despertar comprobemos que el dinosaurio ya no está ahí (sino en Andorra camino de Suiza camino de Canadá).
lunes, 21 de septiembre de 2015
Lecturas: El barbero de Picasso. Historia de una amistad (Monika Czernin y Melissa Müller)
Podría, objetivamente, parecer tan interesante como un libro que se llamara "El podólogo de Picasso", "El cartero de Neruda" (hay una novela de Skármeta, hay una película babosa), "La criada de Borges" (hay un libro sobre mucama) o "El cerrajero de Sábato" (lo hay, y es mi amigo tan querido y añorado Mario Ceraso). Pero cuando el barbero de Picasso fue un hombre honestísimo, prudente, fiel y entrañable la cosa cambia. Este librito breve sirve para contar la amistad, intensa y suave a la vez, entre los dos hombres, con algunos parrafitos en cursiva aquí y allá que dan voz al barbero, Eugenio Arias, entrelazados por un relato que va contando la vida de los dos amigos, sus confluencias, y el relato general de la vida del malagueño.
Jacqueline Roque, Pablo Picasso, Eugenio Arias
(foto de Lucien Clergue)
Como libro sobre Picasso es simple, con alguna aseveración temeraria y a veces errada. Buscando entresacar algún fragmento valioso, encontré éste:
Arias no se perdía casi ninguna exposición de Picasso en Francia por muy lejos que le llevara el viaje. Y entendía el arte de Picasso precisamente de la manera que el propio artista imaginaba. "No hay nada que explicar. ¿Qué diablos tiene que ver el arte con el hecho de comprender? El arte debe liberar sentimientos en el corazón del espectador", se indignó una vez el artista ante su amante Geneviève Laporte al pedirle ésta una explicación de su trabajo. Una obra de arte no debiera dejar a nadie indiferente, debiera hacerle reaccionar, fortalecerle y volverle creativo, aunque sólo sea en su fantasía. El propio maestro -un gran privilegio- enseñó a su amigo íntimo Arias cómo se eliminan los obstáculos del camino a fin de poder entender con el corazón.
Como libro sobre Arias es un tesoro. Yo lo conocí, allá por 1991. Asistió a una inauguración de la Casa Natal en la que se daba protagonismo a algunas de las modestas pero emocionantes piezas que Picasso lo regalara. Le recuerdo como un anciano pleno de sentimientos que ante todo quería honrar a su amigo y vanagloriarse poco, y que nombraba con voz solemne a España. Ya ahí se notaba que era un hombre cabal. Este libro lo demuestra con creces. Sirva para dar singularidad, cuerpo y espíritu a quien no deseó sino el anonimato y la honestidad que lleva a tener en paz la conciencia.
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