jueves, 27 de septiembre de 2012

Shalit, entre las estrellas, en el país de los españoles

No es la primera vez que en este blog lo nombro. Gilad Shalit. Víctima de la barbarie, chivo expiatorio que sirvió para castigar en él a toda una nación, todo un pueblo, toda una fe. Que es mi fe, que es también mi pueblo, que es la nación en la que creo además de en España. Puestos a definir identidades, a reconocer interioridades, a tomar partido, insistiré en que soy sionista. (“incivilizados sionistas”, decía ayer en Naciones Unidas el tirano de Teherán...) Lo que viene al caso es que Shalit vendrá a Barcelona (es decir, a España: bueno es remarcar lo obvio cuando la obviedad escuece) para ver un partido de fútbol en calidad de admirador del equipo español (cuánto placer en usar este adjetivo) que tiene por nombre Club de Fútbol Barcelona y de cronista deportivo de un diario israelí. Desde que recobró la libertad, desde que recuperó la vida, Shalit ha recorrido diversos países para contar diversos hechos deportivos. Bien por él.


        Aquí verá millonarios de blanco y millonarios de azulgrana disputándose el balón buscando evitar la vergüenza de ser derrotados. Verá perplejo el tremolar de las banderas esteladas, con el temblor del recuerdo de viejas estrellas amarillas, con el gozo de otra estrella, de seis puntas, sobre la bandera israelí. Le dirán “son independentistas”, y le referirán una mentira (“...que luchan por su libertad como nación como Israel lo hizo”) o los hechos descarnados y sonrojantes. Da igual lo que le digan, la verdad. En todo caso, su impresión de España, desgarrándose, o en vías o peligro de desgarrarse, no será grata. Pero no es el tema de este comentario el espectáculo político de la jauría jugando a ser parte de la Historia Universal (de la Infamia).

El objeto de esta perorata es que hay quien protesta porque ese joven excautivo irá a un partido de fútbol. Activistas pro-palestinos de aquí y de ahora. El objeto es que la emisora de Hamas hará boicot al Barcelona por permitir que el excautivo pise su estadio y disfrute y se asombre y lo cuente. ¿No fueron suficientes los 1941 días que estuvo encerrado, privado de dignidad y de esperanza? Homo hominis lupus. El hombre es un lobo para el hombre. Todavía. Aunque algunos prefieren ver a ese hombre, por ser soldado, por ser israelí, por ser judío, por ser libre, desprovisto del menor derecho. Desprovisto, en definitiva, de vida. ¿Acaso no fueron suficientes esos 1941 días de oscuridad, repito? Que cada cual recapacite, que cada cual se ponga en la piel de ahora, cansada y quebradiza, de Gilad Shalit, señalado por esos dedos sucios y temblorosos de odio y que dé el nombre que merezcan, acá y allá, esos hijos de puta.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Visca el rei (d'Espanya)

La mujer a la que amo es catalana. Una forma como cualquier otra de evitar la perfección. No, demasiado personal, demasiado despectivo. Contrólate, Mario. A ver. España es una nación. Que fue una, que fue grande, que quiso, y raras veces consiguió, ser libre. Cataluña, la vieja Marca Hispánica, se pretende nación portándose como una aldea, como poblado levantisco de  tenderos de balanzas trucadas. Mejor, pero se sigue notando el cabreo. A ver, confieso que fui, cosas de la edad y de las influencias de modelos cercanos, anarquista de jovencito, comunista de boquilla y de salón en la adolescencia idiota, republicano hasta hace no poco. Incluso ateo. Pero se (me) cayó (encima) un muro. El de Berlín. Y las insensateces de Felipe González. Y las charlas desapasionadas en la cocina de mis tíos en Santos Lugares, en el salón de los Ceraso. El pudor ante los populismos ("mi general, cuanto valés"), los crímenes de Stalin, la idiotez maoísta con sonrisas, el "dameargo" sonrojante, los carros robados de Sánchez Gordillo, el antisemitismo nuestro de cada día, las pañoletas palestinas en los pescuezos, Rodríguez Zapatero soltando asesinos (otros los sueltan también hoy, pero son jueces y no políticos, y escribo a pocas horas de ser incinerado el viejo asesino o cómplice de Paracuellos), esas cosas estúpidas.



Y ahora los tropecientos mil catalanes gritando con cadencia vascuence, el mismo mito del terruño sagrado, el victimismo que tuerce la Historia y la destruye convirtiéndola en mito, la palabra excesiva de la Independencia. Tengo amigos, tengo familia (como catalán consorte) en Cataluña. Hasta he escrito, de circunstancia, algún poema de amor e íntimo en ese idioma que no es dialecto. Por eso me duele el ruido y la furia de los idiotas contando sus mentiras, proclamando el derecho de los pueblos a decidir. Una vez, ¿recuerdas, Salvador, recuerdas, José María?, con unos amigos jugamos a eso mismo, al derecho a decidir de los pueblos. Convertimos en República Independiente, con solemne acto de proclamación de Independencia, un piso en una primera planta de un viejo inmueble de calle Frailes. Hasta redacté, yo, la Constitución, plagiando la de Argentina de 1852. Aquella joven nación de Europa duró siete minutos. Hasta que unas amigas, justamente, nos arrebataron el documento histórico y machista y lo hicieron trizas. Ya está bien de tonterías. Eso es lo que está al final de ese camino. El derecho a fragmentarse de las naciones, a diluirse la nación en tribu, en pandilla, en facción, en hombre solo, en brazo amputado, dedo cortado, uña mordida. Cenizas. Nada. Soy español, pero no soy andaluz ni tampoco soy malagueño por mucho que esté aquí mi cuna y mi primera nana. Mi nación es España, sólo hay un pueblo, el español. El resto es población, geografía, censo. Que no me vengan con tonterías. Cervantes es mi abuelo, mi padre, mi hermano. Con ello me basta. Pero no, me pierdo nuevamente. Pienso en un viejo cartel falangista. Pájaros en vuelo, leones reposando, sonrisas, cestas de frutos. Y un lema. "Ha llegado España". Y el miedo que esa alegoría puede despertar en algunos. La unidad entre los hombres y las tierras de España. 



Pero no, no me voy a poner esa camisa. Tampoco a explicar mucho más, ni nada más. Lo que podría decirlo lo ha dicho alguien mucho mejor, con mayor nobleza y justicia:

No soy el primero y con seguridad no seré el último entre los españoles que piensa que en la difícil coyuntura económica, política y también social que atravesamos es imprescindible que interioricemos dos cosas fundamentales.

La primera es que solo superaremos  las dificultades actuales actuando unidos, caminando juntos, aunando nuestras voces, remando a la vez. Estamos en un momento decisivo para el futuro de Europa y de España y para asegurar o arruinar el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar. En estas circunstancias, lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas. No son estos tiempos buenos para escudriñar en las esencias ni para debatir si son galgos o podencos quienes amenazan nuestro modelo de convivencia. Son, por el contrario, los más adecuados para la acción decidida y conjunta de la sociedad, a todos los niveles, en defensa del modelo democrático y social que entre todos hemos elegido.


La segunda es que, desde la unión y la concordia, hemos de recuperar y reforzar los valores que han destacado en las mejores etapas de nuestra compleja historia y que brillaron en particular en nuestra Transición Democrática: el trabajo, el esfuerzo, el mérito, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético, el sacrificio de los intereses particulares en aras del interés general, la renuncia a la verdad en exclusiva.


Son esos los valores de una sociedad sana y viva, la sociedad que queremos ser y en la que queremos estar para superar entre todos las dificultades que hoy vivimos.

Es la carta del Rey de España en su página web. Dios salve al Rey. Dios salve a España. Y tenga piedad de nosotros.

viernes, 24 de agosto de 2012

Salvarse de la quema: La cultura en la Feria 2012


Arde la calle, de ruido, de sol cayendo a plano, de furia. De hoy estamos aquí, y de mañana quién sabe qué pasará (y es inevitable el retorno, oportuno y astuto, de los versos de Lorenzo de Medici, que nos alerta o alienta sobre la alegría y el desasosiego: “qué hermosa es la juventud / que huye a cada momento: / quien quiera, que esté contento: / del mañana no hay certeza). Y lo único que ofrece una seguridad, una permanencia, es lo que se constituye en referencia inmune al tiempo: la cultura, el saber, el arte. La cultura que, recortada y temblando, pero firme y viva (“y no se consumía”, como la decía de la zarza ardiente de Moisés) vuelve a asomar en esta Feria, como asoman los topos bajo el papel rasgado del cartel de Ana Soro, que acierta en su propósito pero amaga un tanto en su intensidad.

Aunque sólo sea por el fresquito que la conservación de las obras impone, merece recorrer las exposiciones que en esta Feria coinciden. En la Fundación Picasso nos encontramos lo que se espera. Por una parte, con música de Bach para piano sonando, tenemos “Picasso: Variaciones”, un vistazo breve e intenso a cómo el malagueño combinaba formas y obsesiones. En la sala de Plaza de la Merced nº 13, “Picasso: La seducción clásica”, o cómo el clasicismo, ejemplarizado las más de las veces en desnudos, era para Picasso algo que le seducía pero también de lo que debía, o podía, apartarse. En el Archivo Municipal nos enfrentamos a la “Colección de Dibujos DKV”. Que DKV sea una compañía de seguros y que comprara dibujos para humanizar los pasillos terribles de un hospital y que de ahí se convirtiera en una colección importante debe servirnos de consuelo. Los autores son jóvenes artistas de los 90 y de ahora, con sus propuestas independientes y amigas del riesgo sin prima. Algo muy alejado del casticismo tan propio de nuestra fiesta inminente. En el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga, MUPAM, otras dos exposiciones. Ambas debidas a mujeres. En las salas de la Coracha, y en tres alturas, bajo el título obvio “Caballero/Pedroche/Vargas-Machuca” Pepa Caballero (fallecida hace escasas semanas, lo que convierte en escalofriantes sus obras realizadas en plena enfermedad), Titi Pedroche y María José Vargas-Machuca unen, y dispersan, sus obras:  una pieza de la exposición, “Retablo”, está formada por el ensamblaje de numerosos óleos pequeños de las tres pintoras. En el cuerpo propio del Museo, en su tercera planta, hay una pequeña y modélica exposición, “La estética de la Edad Moderna en Femenino” en la que se incluyen dos extraordinarias pintoras Sofonisba Anguisciola y Artemisia Gentileschi, que sirven como imán para el visitante que queda fascinado por el conjunto de la exposición, en la que hay mucho más y hay emoción y alta belleza. Como la hay en el Museo Carmen Thyssen Málaga. Allí, la exposición temporal, “Paraísos y Paisajes en la Colección Carmen Thyssen. De Brueghel a Gauguin” nos invita a meternos en jardines (alejándonos de la selva oscura del garbeo del Dante). Con cuadros pintados entre el siglo XVII y un pedazo del XX (más allá del subtítulo de la muestra), con especial incidencia en la pintura norteamericana del XIX y el Impresionismo, nos encontramos con un festín visual  que se hace sensorial e incluso moral: para aviso de descreídos, el Paraíso existe. O existió.

Este sosiego lo rompe, aunque no del todo, el CAC Málaga. Allí, dentro de la semi-permanente, y cambiante,  selección de obras de la colección de Carmen Riera, reunidas bajo el títuylo de “Pasión”, sigue manteniendo su interés todo lo debido a Warhol  y la rara pintura hecha al alimón por Andy Warhol, Francesco Clemente y Jean-Michel Basquiat. La presentación de la colección permanente bajo la advocación de “Apocalipsis” no es tan fatalista como se temiera, mientas que “Fluido”, de Per Barclay, es de esas cosas para rascarse la nuca y no saber sui creer o descreer en el arte contemporáneo. Siete mil litros de algo pegajoso sobre lo que se refleja el techo tiene la culpa. Finalmente, más interés tiene “Horizontalia”, una exposición antológica centrada en la producción de las últimas décadas del desaforado artista pop sevillano. Mucho ruido, mucha furia, mucha ironía. Mucho interés.
El chapapote considerado
como una de las Bellas Artes, o sea


Quien quiera olvidar el líquido pegajoso del CAC tiene la opción del Museo Revello de Toro, con una pequeña exposición con carteles de feria, de carnaval y de diversos festejos malagueños. Y quien quiera pagar por sus pecados (y también en taquilla), tiene la oportunidad de sumarse, en el Palacio Episcopal, al espectacular montaje “La Sábana Santa. La ciencia da la respuesta”, que, más allá de la fe o del fraude, tiene el mérito, avalado por el público, de tener una presentación muy elaborada capaz de responder muchas preguntas y de despertar otras. Un acontecimiento no sólo mediático que proporciona un buen rato de meditación. Finalmente, la Alcazaba acoge la exposición “Arqueología experimental. Tipología de la cerámica nazarí”, resultado de la labor de los profesores y  alumnos de la Escuela de Arte San Telmo que reconstruyen las formas perfectas de la cerámica nazarí a través de una experiencia didáctica y de investigación.

Artículo publicado en diario Sur el 10 de agosto de 2012

miércoles, 22 de agosto de 2012

Carlos Durán (in memoriam)

Hace unos años publiqué en Sur un perfil de Carlos Durán. Accedió a ser retratado por mi pluma, y para el fotógrafo optó, único caso en aquella larga serie de artículos, por posar con una máscara. Aquellos artículos ocuupaban una página completa. A cada lado, ocupando toda la altura del papel, el rostro de perfil, y de frente aunque limitado a la mitad, del artista. Tapado desafiante o pudorosamente por una máscara de hechuras vénetas. Hoy Carlos Durán ha muerto. Descanse en paz. A continuación, aquel lejano artículo, que debe verse ahora como un homenaje sin máscara.              


               Acaso no hay otro momento en que Málaga se parezca tanto a sí misma como en los cuadros de Carlos Durán (Málaga, 1949) en los que tanto parece California (una California de autos aerodinámicos, llenos de aletas satelitales, pero sin coches) o a cualquier otro lugar soleado y paradisíaco. Porque no ser como nosotros mismos es lo que nos distingue, y la manera que tenemos de amar esta ciudad es ignorarla cada día. Algo muy raro pero no descabellado, si caen en la cuenta. Lo que quiere decir que para hablar de Carlos Durán tenemos que tomar otra referencia y otro momento, y dar un salto al Madrid del año en que allí murió el tirano tambaleante y gallego, cuando el tarifeño Guillermo Pérez Villalta pintó un gran cuadro en el que aparecían los que entonces eran los jóvenes artistas de lo que poco después llegó a llamarse “nueva figuración madrileña” y en el que aparecían, y siguen apareciendo, dos pintores malagueños: Bola Barrionuevo y Carlos Durán.


                Carlos Durán se ha sabido mantener fiel a la heterodoxia de entonces, pero con diferencias que, sin llevarle a la herejía y al anatema, le muestran como un pintor que, si bien ha realizado elegantísimas pinturas como “Perspectiva diurna” (1979), que sirve por sí sola para hacerle doctor “summa cum laude” en esta disciplina, también muestra una tendencia a escapar de la nitidez perfecta de las formas perfectas de la belleza perfecta. Es un paradisíaco Carlos, pero con cierta rebeldía por la bonanza de ese, este, Edén, y así en sus naturalezas muertas hay formas que quieren huir de sí mismas, pescados que más que muertos parecen desesperados y voraces, agresivos casi, a punto de evaporarse o de transformarse en cualquier otra cosa.

                Y es que es la naturaleza, más que las bien construidas alegorías de, digamos, el propio Pérez Villalta o de Sigfrido Martín Begué, lo que constituye el centro de la obra de Durán, sea con este dinamismo contradictorio y angustiante de sus naturalezas muertas, sea en los paisajes, habitualmente del Monte de Sancha y El Limonar, donde ejercita Carlos con más placer la pintura. Las alegorías las guarda para representar el propio oficio de pintor, más que para reflexionar sobre él. Como Shakespeare en su tragedia del príncipe de Dinamarca, en la que hay teatro dentro del teatro, en Carlos Durán hay pintura dentro de la pintura, que es como decir un laberinto dentro de un espejo. En todo caso, celebración de un arte venerable, de unos caminos que Carlos Durán se niega a abandonar. Lo que significó la llamada Nueva Figuración Madrileña no ha muerto. Es un modelo que no se agota, y que tiene en su interior la habilidad suficiente para auto-regenerarse. Por ello la pintura de Carlos Durán se transforma con el tiempo, y es en su obra realizada en Venecia donde más se aparta de lo conocido en él, pero más que centrarse en la representación de los vidrios de Murano, en esas pinturas lo que hay es por un lado la estética de los pergaminos egipcios, con sus figuras inconexas y ensimismadas sobre fondo de oro, y en vez de referencias a Venecia, tan fáciles, las hay al abrupto arte etrusco.

                Así es Carlos Durán: egipcio o etrusco en Venecia, y paradisíaco en la ciudad del sol, por usar un título utópico de Tommaso Campanella más que el nombre de un lugar, lo cual es apostar por la fascinación roja de la piel del fruto ante la amenaza fascinante y la dulce espera de los ojos de la serpiente. Mientras no llega la expulsión y la juventud es eterna, Carlos Durán pinta. Y con su pintura, mientras tanto, nos salva.

viernes, 20 de julio de 2012

Frederik Pohl, brillante como una estrella

                [Artículo publicado en diario Sur el 20 de noviembre de 2009]
         Frederik Pohl  es un escritor cuyo nombre es ajeno a la fama común, pero que es admirado por un público fiel y numeroso. Este 26 de noviembre cumple 90 años. Y sabemos lo que hará ese día: escribir cuatro páginas. Las mismas que escribirá hoy, las que escribirá mañana. Su único truco literario es la disciplina de redactar ese número de páginas cada día, independientemente de cómo y dónde esté. El género literario al que dedica su energía, la Ciencia Ficción, es la causa de que no sea conocido para las masas. Sirva este artículo para homenajear a una mente fértil y singular y que mantiene, con humildad y dedicación, su propio blog: http://www.thewaythefutureblogs.com.
1938, cuando ser futuriano era ser joven:
 Frederik Pohl, en el centro,
con Donald A. Wollhweim y John Michell.

                Los Futurianos
                O lo que es lo mismo, “The Futurians”, es el nombre de un grupo de aficionados a la Ciencia Ficción que se formó en Nueva York en 1937 y del que formaron parte, en aquellos momentos en que el género era pasto de entrañables revistas baratas plenas de ingenuos y pavorosos sueños. Del grupo saldrían algunos de los más importantes  autores y editores de los años venideros. Pohl era uno de ellos, y junto a él figuraban, citando sólo los más notorios, Isaac Asimov, C. M. Kornbluth, James Blish, Damon Knight y Larry Shaw. Marcados por una ideología política progresista, sus utopías serían corregidas por los hechos históricos.
                Editor
                Pohl, volcado en la dignificación de la CF, sería un esforzado editor, dirigiendo simultáneamente, en 1940 (con 19 años), dos revistas del género, “Astonishing Stories” y “Super Science Stories”, que pronto cerrarían ante la necesidad de volver las mentes a lo que verdaderamente importaba: la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. De vuelta a la normalidad, Pohl se convirtió en agente literario (Isaac Asimov debe gran parte de su prestigio al agente Pohl) y, al llegar la década de los 50, en autor. Sin tener nunca tuvo una formación académica destacable, será un esforzado autodidacta, de forma que sus saberes le abrirán en 1982 las puertas de la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia.
                Con todo, Frederik Pohl aportará al género una visión sociológica, rondando lo político, con resultados tan deslumbrantes como su obra maestra  de 1953, “Mercaderes del espacio”,  escrita en colaboración con el malogrado (moriría con 35 años) Kornbluth y que es un libro extremadamente serio y a la vez una punzante sátira social. En esta fase de los 50, los del apogeo del cine del género, que aquí al lado analiza Miguel Ángel Oeste, eclosiona el genio de Pohl. En esta década escribe el maravilloso relato “El túnel bajo el mundo”, incluido en su libro de 1956 “Corrientes alternas” que John Clute glosa y recomienda así: “es un magistral ejercicio sobre la paranoia, donde un hombre revive el mismo día una y otra vez para probar varios eslóganes de publicidad. Hay historias que se introducen bajo la piel y se clavan en la mente para siempre”.  No es baladí señalar que Pohl también trabajó en una agencia de publicidad. Son años en los que colabora con Kornbluth y al escribir historias del espacio pone de relieve los riesgos del conformismo cotidiano. Pero esta fase de su carrera llega a un parón entre 1961 y 1969, cuando se convierte en director de las revistas “If” y también de “Galaxy”, que pasarán a ser las principales del género en Estados Unidos y que tras Pohl languidecerán hasta cerrar en 1974 y 1980.

Una de las modestas joyas de mi biblioteca:
un Galaxy de enero de 1955


                Renacer en la madurez
                Libre para crear, en esta segunda fase Pohl se mantiene en la primera línea de la innovación. “Homo Plus” (1976), y la primera entrega de la saga de los Heeche, “Pórtico” (1977), son obras maestras indudables. Pero también obras tan disímiles como “El día que llegaron los marcianos” (1988), en la que las pueriles ilusiones de los humanos son más ridículas que los marcianos, reducidos a ser poco más que unas torpes focas con bracitos enclenques, y “El mundo al final del tiempo” (1990), una abrumadora historia en la que durante miles y miles de años convergen las vidas de un humano y de una tortuosa entidad de plasma en una historia de sueños rotos y de supervivencia. Tal vez el mejor y más conciso resumen de esta etapa actual de Pohl sea el que John Clute expone en una nueva incitación a la lectura de este clásico vivo: “Su obra maestra es probablemente “Pórtico”, un relato exuberante donde la humanidad tiene una oportunidad de conquistar las estrellas. “JEM” es una vívida utopía. “Los años de la ciudad” es una ferviente súplica por la vida urbana. “Chernobyl” aplica una aguda mente de CF al desastre ruso. “El mundo al final del tiempo” abarca miles de millones de años y de universos. “Outnumbering the Dead” trata de un mortal en tierra de inmortales. La última parte de su carrera es la más brillante”.


                Reconocimiento
                 Su labor como editor y autor llevó a Pohl a presidir entre 1974 y 1976 la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América, pero también le ha hecho acumular el Premio del Libro Americano (no circunscrito a la Ciencia Ficción sino a la literatura general) y los principales premios del género: el Nébula (comparado a menudo con el Nobel, lo ha ganado tres veces, una de ellas en reconocimiento a su carrera como Gran Maestro), el Hugo (seis veces), el  John W. Campbell (dos veces). Kingsley Amis, padre de Martin Amis y cultor del género, llegó a escribir que “Frederik Pohl es el escritor más consistentemente capaz que la Ciencia Ficción en su forma moderna ha producido”. No le falta razón.  
                Miquel Barceló (que no debe ser confundido con el pintor balear), uno de los mayores especialistas en el género y autor de una debatida pero clásica e ineludible “Guía de Lectura” de Ciencia Ficción, es concluyente en su juicio sobre el autor. Sus palabras merecen ser corroboradas por una incursión en cualquier librería, en la que “Pórtico”, “Mercaderes del espacio”, o “El encuentro” y los libros de la saga de los Heeche aguardan una oportunidad: “En mi opinión personal, tal vez no haya en la ciencia ficción nadie con la capacidad, la inteligencia y la disciplina de Pohl. Su obra como fan, autor, agente y editor ha sido de gran influencia en todos los campos de la ciencia ficción”.

"Todavía no han oído nada" (El cantor de jazz)


[Artículo inédito escrito con ocasión del 80 aniversario del estreno de "El cantor de jazz"]


“Dentro de todo ser humano hay un espíritu que anhela expresarse. Quizás esta canción de jazz lastimera y afligida sea, después de todo, la expresión incomprendida de su llanto”. Este rótulo, un tanto inconcreto y un tanto trascendente, daba la bienvenida a los espectadores que hace ochenta años, el seis de octubre de 1927, fueron a ver la película “El cantor de jazz”, dirigida por Alan Crosland. Tal vez acudían a las salas sabiendo que iban a ver una película importante, tildada de sonora. Pero en todo caso tal novedad no era tan revolucionaria como a la postre fue. Aún se recordaba el fiasco que supuso, el año antes, la película “Don Juan” del mismo Alan Crosland y también producida por la Warner, e interpretada por la mega-estrella John Barrymore y la pizpireta Miran Loy: en ella se escuchaban campanas cuando éstas doblaban, y se oía el chocar del acero en las luchas a espada. Un gran triunfo de la técnica. Pero en aquel momento los mejores locales de proyección contaban, además de con orquesta, con un departamento de efectos sonoros interpretados en directo. Así, aquel tañido, aquel batir de armas, sería ignorado por el público. Pero no por la industria, que produciría lo que llamarían Phonofilms y que no serían sino cortometrajes en los que ensayar  las posibilidades introducidas por Crosland. Pero el cine mudo seguiría siendo el arte del silencio. Hasta que el 6 de octubre de hace ochenta años el cine comenzó a hablar.


Pero no nos engañemos. “El cantor de jazz” es, básicamente, una película muda, con sus rótulos en los que se describe a los personajes y se resumen los diálogos, pero con la particularidad de incluir sorprendentes momentos sonoros que, en este caso, y usando un término un tanto antiguo y entrañable, se pueden llamar minutos musicales. Además, la película es un melodrama, con una trama muy sencilla, con números musicales. Y es justamente la música la que modela la eficacia y el desarrollo de la película. Un ejemplo de ello es el uso de la música de fondo, que es básicamente la del himno litúrgico judío “Kol Nidre”, presente en las escenas hebraicas del filme, que se combina y alterna con otras músicas de forma que la lucha entre vida religiosa y vida profana que es el trasfondo del argumento queda expresada de forma espléndida.
"Wait a minute, wait a minute. You ain't heard nothing yet!"

        Todos conocemos la imagen de Al Jolson (nacido como Asa Yoelson en Lituania en 1886 y judío al igual que su personaje en la película), disfrazado de negro con guantes blancos y gesto teatral. Pero, ¿qué cuenta la película? Los protagonistas son el matrimonio Rabinowitz, compuesto por un cantor de sinagoga y su abnegada esposa, y su hijo, Jakie. La acción comienza en el día de Yim Kippur, el día del perdón, el más solemne y sagrado del calendario judío, fecha en la que se perdonan todos los pecados. Debe tenerse en cuenta que la película se basa en la obra teatral “El día del perdón” de Samson Raphaelson.  En esa fecha santa, el cantor Rabinowitz sorprende a Jakie cantando en un café, lo que le vale una azotaina a pesar de la amenaza, cumplida, de irse de casa para siempre si es castigado. Es al actor que hace de Jakie cuando niño, Bobby Gordon, a quien corresponde el honor de ser el primero cuya voz se oye en la película, al cantar el tema “Waiting for the Robert E. Lee". 

Aquí, la película completa.
De nada

Como decíamos, Jackie abandona el hogar, buscando su destino como cantante de jazz, algo que se demuestra cumplido cuando la historia da un salto de años y lo vemos convertido en Jack Robin, nombre más americano que Jakie Rabinowitz. Lo vemos, encarnado ya por Al Jolson, actuando en un bullicioso café. Canta “Dirty hands, dirty face” en su habitual estilo afectado y gesticulante, con una parte recitativa. La interpretación es correcta. Pero lo mejor llega cuando suenan los aplausos y, animado, se dirige al público y pronuncia las primeras palabras no cantadas en la historia del cine: “Un momento, un momento. Todavía no han oído nada. Esperen un momento y verán. ¿Quieren oír “Toot Toot Tootsie”? De acuerdo, esperen”. Se vuelve al director de orquesta y le dice “Toca “Toot Toot Tootsie”. Tres estribillos. En el tercero, silbo. Ahora verán”. Al terminar de cantar, se oyen los aplausos y aclamaciones del público del café. La canción, vitalista y muy animada, juguetona, con partes silbadas, tuvo que terminar de convencer al público, que por fin había accedido a las verdaderas posibilidades del cine sonoro. Además, en estos primeros veinte minutos de proyección habían podido disfrutar de cuatro canciones. Tal fue el éxito de la película que se mantuvo en cartel durante meses en un tiempo en que las salas cambiaban semanalmente su programa.

La madre de Jackie/Jack recibe cartas de su hijo, en las que relata sus progresos. Estando en Chicago, Jack acude a un recital del cantor Joseff Rosenblatt, que llegó a firmar contratos discográficos por cuantías superiores a las de Enrico Caruso, que le despierta su memoria judía. Este Jack que desea reconciliarse con su pasado recibe la oferta de actuar en Nueva York, la ciudad de su infancia. Así, en el 60 cumpleaños del padre irrumpe por sorpresa en casa, donde recibe los mimos y la comprensión de su madre, con la que mantiene un diálogo, el primero y único sonoro de la película, lleno de complicidad y alegría. Esta dicha es rota por la furia del padre, que vuelve a expulsarlo por la dedicación al jazz de su único hijo.

El espectáculo co-protagonizado por Jack Robin, “April Follies” está listo para su estreno, que tendrá lugar el día de Yom Kippur. Pero el cantor Rabinowitz está muy enfermo y en su lecho tiene la visión de que Jack cantará Kol Nidre en la sinagoga, sustituyéndole. De ser así, dará el perdón al hijo descarriado. La madre de Jack le visita en pleno ensayo general y le comunica la petición paterna. Jack se desgarra entre la obligación profesional y el impulso sentimental. Vence el afecto, visita al padre y es perdonado. Los compañeros teatrales de Jack irrumpen en casa y le conminan a volver al teatro, mientras su madre le invita a cantar al día siguiente, el del estreno, Kol Nidre para que su padre sane. Jack resume el dilema en un rótulo: “Tengo que elegir entre dejar pasar la mayor oportunidad de mi vida y romperle el corazón a mi madre”.

Kol Nidre

        Llega Yom Kippur. El teatro está lleno, la sinagoga está llena. En ambos lugares se espera a Jack. La función se suspende: Jack está en la sinagoga, cantando Kol Nidre. El padre, emocionado al escuchar a su hijo, reconoce que lo ha recuperado y, al fin en paz, muere. En la sinagoga, la figura transparente del padre aparece tras Jak y aprueba su mano en el hombro. La compañera de reparto de Jack dice entonces “Un cantor de jazz cantándole a su dios”. Tras este clímax religioso, la película da un nuevo salto al futuro: Jack canta “My mammy” en un teatro, disfrazado de negro. En primera fila, feliz con la actuación, sonríe y disfruta su madre. THE END.

jueves, 19 de julio de 2012

ARTHUR C. CLARKE: EL SOÑADOR CUMPLE 90 AÑOS

Este hombre que cumple 90 años dentro de dos días tiene el título de Sir, se le buscan entrevistas que apenas concede y se le pregunta, como si viera el futuro, por el porvenir de este planeta achacoso, martirizado por el calentamiento global y amenazado de ataques. Ahora mismo está en las librerías su última novela, “El ojo del tiempo”, escrita en colaboración con Stephen Baxter, y que demuestra que las facultades del autor británico no han desaparecido con la edad.

Es un caso extraño el de Sir Arthur Charles Clarke, Arthur C. Clarke para la historia de las letras, pues es uno de esos nombres, junto a Isaac Asimov y poco más, que es conocido por todo amante o aficionado a la literatura cuando se ha dedicado escrupulosamente al género de la ciencia ficción. Por ello, a la vez que llegan los homenajes y las evocaciones en masa, dediquemos estas páginas a glosar al gran superviviente de la edad de oro del género que se esfuerza en dibujarnos un futuro imperfecto que vamos evadiendo con nuestro presente imperfecto.


Radicado en Sri Lanka desde 1956, comparte con alguien tan insospechado como Ernesto Sábato (en activo a sus 96 años cumplidos) el hecho de haberse dedicado a la ciencia antes de abandonarla para dedicarse únicamente a la literatura. De hecho, el primer libro publicado por Clarke es “Vuelo interplanetario. Una introducción a la Astronáutica”, publicado en 1950 y premiado por la UNESCO en 1962. Su actividad literaria, con todo, comenzó a finales de los años 30, siendo de 1937 su primer relato de ciencia ficción, con ensayos y artículos científicos que serán interrumpidos en el periodo 1941-1946, cuando sirva en la RAF participando como especialista en radares en la Segunda Guerra Mundial. Es entonces cuando empieza a compaginar la ciencia con la ciencia ficción. Muestra de ello es que en 1945 predice en un ensayo lo que mucho más tarde será el satélite de comunicaciones geosincrónico y en 1946 publica su primer relato importante del género que, por entonces, se consideraba algo escapista, hecho para mentes candorosas. Dentro de su actividad científica, es curiosa su presencia en Barcelona en 1957 dentro del comité británico participante en el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, que coincide con el lanzamiento del Sputnik Unon por la URSS.

Este caso de científico que soñaba con aventuras estelares terminará convirtiéndose en el de un soñador sin paliativos gracias a una película, analizada en estas páginas por Juan Antonio Vigar, convertida en una de las más enigmáticas, más abiertas, más sugerentes, de la historia del cine: “2001, una odisea del espacio”.   Por lo tanto, poco se hablará aquí del monolito, de la película y de la breve novela que Clarke fue escribiendo a medida que el proyecto de Kubrick maduraba. Clarke es responsable de indiscutibles obras maestras como “El fin de la infancia” (1953) y el ciclo iniciado con “Cita con Rama” (1973).

En la primera de estas novelas, la Tierra recibe la visita de los extraterrestres, que ocultan en todo momento su apariencia y garantizan un periodo de prosperidad y paz como nunca se había conocido. El acceso a su aspecto quedará aplazado por cincuenta años según se acuerda con el secretario general de Naciones Unidas, convertido en interlocutor con ellos. Los detalles de la trama de este libro altísimamente recomendable no serán desvelados aquí. En todo caso, se trata de una fábula moral y de una amarga reflexión acerca de la esperanza. Tiene los componentes necesarios para que pueda ser leída desde una clave religiosa, tal como sucede, por poner un ejemplo notorio, con “Contacto” de Carl Sagan. El punto de vista de Clarke, con todo, no deja tanto espacio a la posibilidad del optimismo. 

“Cita con Rama” tiene el privilegio de ser una de las novelas más premiadas del género, al haber recibido los premios Nébula, Júpiter, Hugo, Locus, John W. Campbell y el de la Asociación Británica de Ciencia Ficción. Todo ello solamente con la primera novela del ciclo, continuado en 1989, 1991 y 1993 en colaboración con Gentry Lee. Para los no iniciados, cabe indicar que el Premio Hugo es equiparado al Nobel dentro del género, ganándolo también Clarke en 1980 por “Fuentes del paraíso” (un libro en el que se trata de la construcción de un puente sobre el Estrecho de Gibraltar y de una “torre orbital” que lleve al hombre hacia un satélite; por medio, nuevamente los sentimientos religiosos tienen un papel fundamental). Un enorme artefacto extraterrestre, de dimensiones gigantescas es detectado en el siglo XXII. Una misión terrestre se encargará de explorar el gigantesco artefacto. El sentido de extrañeza, de maravilla, de incertidumbre, de finitud ante lo aparentemente infinito, de fragilidad ante lo que parece inalterable y eterno, nunca ha sido tan bien expresado. Esta sensación coincide con una de las “leyes de Clarke”, la tercera, según la cual la tecnología, a medida que vaya creciendo, se irá haciendo indistinguible de la magia.

Las otras tres leyes, surgidas entre 1962 y 1999, resumen el pensamiento del veterano científico y escritor: Primera: “Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado”. Segunda: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Cuarta: “Frente a cada experto, existe otro experto igual y opuesto”.

En justicia, deben señalarse ciertos puntos oscuros ante quien es el último clásico vivo de uno de los géneros literarios más ricos en posibilidades y más incomprendidos. En 1998, Clarke fue nombrado caballero por el Príncipe Carlos de Inglaterra en el curso de una visita a Sri Lanka. El sensacionalista “The Daily Mirror” argumentó en su contra una turbia historia de pedofilia, ante lo que, a petición del autor, se detuvo el procedimiento de investidura de la alta dignidad honorífica hasta que la verdad quedara establecida. Una detallada investigación de la justicia de Sri Lanka determinó la absoluta inocencia de Clarke, y el periódico difamador publicó la necesaria rectificación. El 26 de mayo de 2000 sería finalmente investido como Sir Arthur Charles Clarke, caballero de la Orden del Imperio Británico. Por otra parte, es de rigor reconocer que algunas de las obras escritas en colaboración desde 1991 no tienen el nivel esperable de un maestro tan veterano. Con todo, y gracias a todo, Clarke sigue siendo el gran y último clásico vivo de la ciencia ficción. Con honores. Y con honor.

Artículo publicado en diario Sur el 14 de diciembre de 2007