viernes, 29 de junio de 2012

MAYO DEL 68: EL FIN DEL SUEÑO


[Artículo publicado en diario Sur el 30 de mayo de 2008]

Hace hoy justamente 40 años, Francia volvió a respirar con la convicción de una derrota y el final de un sueño. Ese 30 de mayo de 1968, a las 14’30 horas, el general Charles de Gaulle, presidente de la República Francesa y héroe de la Segunda Guerra Mundial que había encarnado el espíritu de independencia de Francia frente a la ocupación nazi y que ahora representaba una voluntad de grandeza, la grandeur tan cuestionada, para su país, se dirigió a sus compatriotas por televisión para anunciar que no renunciará a su cargo, que no convocará ningún referéndum político y tampoco cambiará a su primer ministro, Georges Pompidou. A cambio, ofrecía la disolución de la Asamblea Nacional y formulaba su voluntad de rebajar la tensión si “todo el pueblo francés se implica para que la existencia normal no se rompa por aquellos elementos que intentan evitar que los estudiantes estudien y los trabajadores trabajen”. Esa misma tarde, ochocientas mil personas se manifestarán por el centro de París en apoyo a De Gaulle y en repudio de la agitación revolucionaria de las semanas anteriores. Cinco días después, las huelgas han terminado. Y con ellas, la revolución ha quedado descartada y al propio De Gaulle le quedará muy escaso margen para hacer Historia: dimitirá tras un referéndum celebrado el 27 de abril de 1969 sobre una reforma autonómica y se retirará  a Colombey-les-Deux-Églises para escribir sus memorias. Allí morirá el 9 de noviembre de 1970.

Los sucesos que estuvieron a punto de desembocar en revolución en Francia, con el riesgo de extenderla por otros países tal como sucedió en diversas ocasiones en el siglo XIX, tuvieron su arranque en marzo de 1968, cuando el día 10 un grupo de 150 estudiantes, dentro de una protesta contra la guerra de Vietnam, ocupan diversas oficinas de la Universidad de Nanterre, en las afueras de París. El líder de lo que pasa a llamarse “Movimiento del 22 de marzo” es el estudiante anarquista Daniel Cohn-Bendit, que pasará a ser conocido como Danny el Rojo. La consecuencia de este primer hecho, en una cadena en la que cada acto dará lugar a otro más grave, más peligroso, es el cierre del campus hasta el 1 de abril. La calma se mantendrá un mes escaso: el día 27 de abril es arrestado Danny el Rojo, lo que provoca la reacción de sus compañeros que ocasiona un nuevo cierre de Nantere el 2 de mayo cuando el rumor de que grupos fascistas tienen previsto asaltar el campus, ante lo que los alumnos se declaran en estado de autodefensa. Ese estado de agitación hará que los hechos se sucedan vertiginosos, implacables.

El 3 de mayo comienzan las manifestaciones y huelgas estudiantiles como respuesta a las detenciones, ahora en la Universidad de la Sorbona, de estudiantes congregados ante la comparecencia de Cohn-Bendit y sus compañeros, conocidos ahora como “Los Ocho de Nanterre” ante un comité disciplinario. El día 6, el lunes sangriento, estalla la violencia al reprimir la policía la marcha de los Ocho de Nanterre a su salida del tribunal. El balance de aquellos disturbios es elocuente: 422 detenciones, 345 policías heridos. La gran manifestación de protesta de los estudiantes al día siguiente, con banderas anarquistas ondeando en el Arco de Triunfo y La Internacional sonando en las calles, sirve para que los sindicatos comiencen a criticar la actitud policial y a plantearse su apoyo a los estudiantes. En este momento, el movimiento estudiantil se ha extendido por el resto del país. La negativa del presidente De Gaulle a ceder ante la presión desemboca en la noche de barricadas del 10 de mayo, con 200 vehículos incendiados, 376 heridos de los que 251 son policías y 468 detenciones. Esa noche, la más famosa de la revuelta, contempla cómo los vecinos de París socorren a los estudiantes. La revolución parece un hecho que ya ha comenzado. Y el día 13 parece inevitable cuando los sindicatos CGT y CFDT declaran la huelga general junto con los estudiantes, los rebeldes ocupan la Sorbona y la llenan de retratos de Marx, de Mao, de Che Guevara. La huelga incluye la ocupación por parte de los trabajadores de gran parte de las fábricas, lo que desconcierta a los sindicatos que no habían previsto llegar a esos extremos. Aunque los Ocho de Nanterre ya han sido liberados, la huelga dura casi dos semanas y moviliza a diez millones de trabajadores. El inicio de la huelga alberga también una manifestación de un millón de personas que exigen la dimisión de De Gaulle. Ahora, no sólo el Partido Comunista francés sino también el Socialista, dirigido por Miterrand, apoyan por completo las movilizaciones de la izquierda.


El presidente parece inmutable. Incluso viaja durante seis días a Rumanía, durante los cuales se ocupa el Teatro del Odeón en París y se suspende el Festival de Cannes en solidaridad con la lucha de obreros y estudiantes. El día 22 se le retira a Cohn-Bendit, nacionalizado alemán, su permiso de residencia en Francia y es expulsado al país de sus padres. El 24, el presidente reacciona y en un mensaje televisado asegura que se mantendrá el orden a toda costa y que se convocará un referéndum sobre la participación en la Universidad y la empresa, pero el mensaje es respondido por manifestaciones multitudinarias en todo el país: en París son 50.000 los trabajadores que se echan a la calle, alzan barricadas y atacan con cócteles molotov el edificio de la Bolsa. El día 25 la huelga se extiende a la televisión estatal a la vez que se inicia el diálogo del gobierno con sindicatos y patronal, que fructifica el 27 con la reducción de la jornada laboral y la rebaja de la edad de jubilación. Sin embargo, la huelga continúa. El 28, dimite el ministro de Educación, y al día siguiente De Gaulle se reúne en secreto con el general Masu, máximo jefe de las fuerzas francesas estacionadas en Alemania. La posibilidad de un golpe de estado para detener la revolución está en el aire. Queda el último recurso de pedir por última vez al país una reacción antes de entregar la nación a los revolucionarios o al ejército. Ese esfuerzo último es el que tuvo lugar el 30 de mayo, hace hoy cuarenta años y que abre esta crónica retrospectiva.

El 31 de mayo, a la vista de la gran manifestación en París, otras muchas se celebran en el resto del país, todas en apoyo al general De Gaulle. Es el retorno a la normalidad que los carteles de los estudiantes retratarán como un rebaño de sumisos corderos. Entre el 4 y el 6 de junio se recupera la calma, vuelven a funcionar los servicios públicos y las empresas. Habrá últimos conatos de rebelión el 11 de junio, se celebrarán elecciones en las que la derecha consiguió la mayor victoria en toda la Historia de Francia. El lema formulado por De Gaulle como respuesta, y usado en su contra por los estudiantes, “La reforma sí, el desorden no” terminó por imponerse como la vía más adecuada. En los últimos cuarenta años.

miércoles, 27 de junio de 2012

Sin vanidad

[Necrológica de Fermín Durante publicada en diario Sur el 14 de enero de 2007]
 
      A Fermín Durante la sonrisa le llegaba en dos fases. En la primera, los labios se arqueaban, y en la segunda, había un destello fugaz que sólo los muy avispados sabían captar. Este artista alto de estatura y de saberes se destacaba sobre los demás, su porte de persona recta se imponía en las galerías, entre el barullo entre festivo y comedido de las inauguraciones, y había siempre un instante para oír su voz en un rincón, en un aparte para preguntar con extremada atención por los asuntos comunes, y a continuación la melancolía salía a flote. Recuerdo a Fermín Durante el día que tomó posesión de su puesto en la Academia de Bellas Artes de San Telmo, su confidencia de la perplejidad que le causaba que toda esa alegría no le alegrara. Que se sentía honrado por su esposa, Micheline, y por sus hijos, que sabía que era un momento importante para todos, pero que a la postre la vanidad, la infinita vanidad del todo según un verso de Leopardi, es algo a lo que era inmune. Ahora Fermín ya no puede escuchar a sus amigos, emitir destellos en sus ojos, y queda el último recuerdo suyo en la inauguración reciente de la muestra de los fondos artísticos de este diario cuando confesaba la inminencia de radiaciones para combatir el cáncer que había vuelto a atacarlo. 

     Fermín Durante era un gran artista, pero su manera de vivir, ajeno a conspiraciones, a súplicas, al autobombo, a la vanidad en definitiva, quizás no le permitió ser tan conocido como debiera. Sus pinturas, de minuciosa elaboración, elaboradas por la mano de un orfebre del pincel, quedan aquí. Pero más allá de esos lienzos y tablas queda su mejor obra: el recuerdo dulce y delicado de un hombre pleno de bondad que nos ha dejado marcados, de manera indeleble, a los que, en uso de una vanidad que sólo aquí puede justificarse, fuimos sus amigos y lo quisimos tanto. Y más que lo vamos a querer.
 

Fermín Durante o la confesión secreta

[Nota de 2012. Fermín fue amigo mío. Y yo fui su amigo. Murió en 2007, cuando yo aún le debía un escrito, del que nunca le hablé, del que nunca hablé a nadie, y al que aludo en las primeras líneas del artículo, que se se titularía "Estética para Fermín" en el que intentaría consolarle de ese tormento interior de inseguridad y de miedo. Fue un hombre generoso y bueno. Al que sólo se puede recordar con amor. El artículo que sigue, y que para él fue muy valioso, se publicó en el diario Sur sobre diciembre de 2005]

Fermín Durante (Málaga, 1933) luce en su pecho, como dice el viejo poema de Gerard de Nerval, el astro negro de la melancolía. Yo le conozco bien, y de hecho llevo años pensando en escribir una especie de epístola latina, entre senequista y ciceroniana, a Fermín. Porque es algo que sorprende comprobar cómo hay esa melancolía elegante y secreta en su pintura y, más escondida aún, en su persona. Cuántas veces los hombres no están a la altura de sus deseos o de sus obras. Cuántas veces se esfuerzan por negarse a sí mismos el pan y la sal cuando sus merecimientos requieren las más ricas viandas. Y esto es algo que sucede con Durante, a quien considero un virtuoso en su arte y un compañero en la vida. Es de esas personas que uno desearía abrazar cada vez que lo encuentra en vez de sonreírnos y agitar las manos de acera a acera. Porque Fermín, con su magnífica planta de aristócrata romano, se mueve entre nosotros como si huyera, como si llevara la cabeza hundida entre los hombros cuando tampoco eso es cierto. Pero es la impresión que Fermín da.

Rico en vivencias y en anécdotas, Durante comenzó a pintar de joven, en los años cincuenta, con un impresionismo pulcro que más parecía inglés en la pincelada que esa cosa expansiva que hay en Sorolla. Es más, tendía más al cuidado de Fortuny que a la agitación crispada de Van Gogh o los difuminados en fuga de Renoir. Todo este juicio, osado e intuitivo, se basa en un retrato del padre de Fermín que él atesora con esa contención sentimental y sensible que le caracteriza.

Fermín Durante: Quietud
(Museo del Patrimonio Municipal de Málaga, MUPAM)

Porque es el sentimiento algo que destaca a Fermín Durante, y así no se ha convertido a la fe tan común del comercio, de “te pongo joven y hermoso, príncipe de un lluvioso país”, sino que, como en el poema de Baudelaire, remarca la impotencia del sujeto. O al menos no la oculta. Humano, demasiado humano, sabio, ha comprendido “la infinita vanidad de todo”, como amargo reconocía Leopardi, se ha alejado del tráfago de honores y transacciones, de inquinas y conjuras, que distingue el ámbito de la pintura cuando se convierte en un recurso alimenticio, y al tener un medio de vida que es la fotografía, tiene el arte como el medio de trazar su más delicada biografía, tan delicada y cautelosamente que es en la figura de otros donde mejor se confiesa. Y es que, según Pessoa, “el poeta es un fingidor”. Y no es en vano nombrar tantos poetas tan de seguido, nombrar a Nerval, a Baudelaire, Leopardi y Pessoa, al que habría que añadir Mallarmé con su confesión de saber que la carne es triste. Tampoco es baladí que la mitad de los nombrados sean franceses, por las afinidades culturales y familiares que Durante tiene con el país vecino.

Porque es una poética, con lo que conlleva de ética, lo que hay en la pintura de Durante, que nunca será un pintor de multitudes sino un secreto orífice que deja pasar la vida sabiendo lo que la vida es y manteniendo pese a todo la esperanza por titubeante que sea, dejando un legado de bondad, dejando la emoción detenida de una llama en sus lienzos, como hizo Georges de La Tour, impregnando de spleen esa carne mortal, ese misterio perfecto y por tanto intangible que nos presenta con el enigmático fulgor de un John Singer Sargent. Aunque no nos demos cuenta, en cada obra Fermín Durante se confiesa. Hay que ser muy valiente y muy prudente para hacerlo de tal manera. Es algo que sólo está al alcance de quien se pueda llamar, como aquí se hace sin rubor y sin forzar los términos, un Maestro.

lunes, 25 de junio de 2012

El imperio eres tú


Presentación de la novela "El imperio eres tú", Premio Planeta 2011, de Javier Moro. Acto celebrado en el Centro Andaluz de las Letras (Málaga) el 4 de junio de 2012.


Este acto, la presentación de “El imperio eres tú”, de Javier Moro, se convierte en un placer. Tal vez porque presentar a Javier es algo obvio, innecesario. Miro mi ejemplar de “Pasión india”. Séptima edición, abril de 2005. La primera es de enero de ese año. ¿Hay alguien en esta sala que no haya leído a Javier Moro, que haya venido a ponerle voz, rostro, a sahib Moro? Seguro que no. Estamos aquí para disfrutar. De su compañía, de su palabra. Que sea para hablar de su última novela, galardonada con el Premio Planeta 2011, es, reconozcámoslo, un pretexto para esta multitudinaria reunión de amigos. Pero los actos requieren un procedimiento, un protocolo, unas normas. Para que sea él quien nos explique cómo surgió “El imperio eres tú” y nos confirme por qué nos gustó, debemos cumplir con la tradición y hacer que sea primero mi voz de lata la que trace las primeras líneas, burdas, del mapa de ese imperio que esta tarde nos congrega.

Al cerrarse el libro, las últimas palabras de Javier nos comunican cuál era su intención, “contar desde dentro lo que los historiadores han contado desde fuera”. Tarea descomunal, pero que vive Dios que Javier ha culminado con éxito. Desde este trozo de la península, es verdaderamente poco lo que conocemos del otro pedazo. Nuestra capacidad de asombro por las vivencias de esos portugueses transterrados a Brasil, sus aventuras de ida y vuelta, mantienen para nosotros la capacidad de encender el asombro, y mantenerlo a lo largo de 553 páginas. El nacimiento del Brasil independiente, la fortuna inestable de su creador, el emperador Pedro I de Braganza y Borbón, medio portugués y medio español y brasileño por elección,  es el tema de esta novela apasionante. Siendo los acontecimientos, múltiples, los que mantienen el peso de esta ficción poco ficticia, son, sin embargo, los personajes los que nos capturan desde un inicio. Y, más que los personajes, la forma en que Javier Moro, con certeras definiciones, pinta el carácter y las circunstancias de los personajes. 

La narración, basándose en citas de cartas, de diarios, de memorias, en diálogos,  tras la que se esconde una abrumadora bibliografía, mostrará cómo se cumplen esos vaticinios, cómo están plenos de matices y de vida. Así sucede con la relación entre el rey de Portugal, padre de nuestro protagonista, y su esposa: “Los esposos se tenían una mezcla de miedo mutuo, con un trasfondo de odio profundo y visceral. No vivían juntos desde hacía tiempo, desde que Carlota Joaquina aprovechó una depresión de su marido para intentar provocar un golpe de Estado y asumir la regencia de Portugal. Aquello fue la gota que colmó el vaso, aunque don Juan, que no era de temperamento rencoroso, reaccionó con indulgencia”. El propio monarca portugués, Juan VI, es presentado bajo una lente poco favorecedora: “Por primera vez en la historia, un monarca europeo se había mudado a sus colonias, y con él, toda la elite del país, una décima parte de la población. Reacio a tomar decisiones, aquélla, la única importante en toda su vida, resultó un acierto, ahora que lo veía desde la distancia. Pero en aquel momento se creyó un rey indigno de la confianza que el destino y su nacimiento habían depositado en él, incapaz siquiera de estar a la altura de sus responsabilidades ni de defenderse, un rey a punto de ser barrido por el vendaval de la historia.

                                Pedro I, emperador de Brasil


Pero Javier rehuye, estando tan claro el paisaje, de tomar partido. Estos personajes históricos, lastrados de debilidades y cobardías, de orgullo y de errores, sin embargo, y con la excepción de la citada reina Carlota Joaquina, hermana de nuestro Fernando VII y como él felona, rencorosa y estúpida, y de su hijo el infante Miguel, terminan haciéndose querer, o al menos haciéndose acreedores por parte del lector de una indulgencia serena y mesurada, una suspensión de la condena y del dicterio. En su mayor parte ajenos a la ejemplaridad, no son descritos, en sus acciones y sus facciones, a brochazos monocromos. La abundancia de facetas, de vida por tanto, evita que los odiemos o los  adoremos del todo. Javier Moro no cae, como tampoco lo hizo en su exitosa y notable, tan malagueña también, novela sobre nuestra maharaní de Kapurtala, en la mitificación de sus protagonistas. Aquí el protagonista medular es el emperador Pedro I de Brasil. Un hombre que erigió un país poderoso y nuevo, pero que lo hizo recurriendo por igual al amor por el pueblo y a la presión angustiosa de las circunstancias. El peso, amenazante, de la historia, las angustias que lo ponían entre la traición a su patria original y el amor por la que entre convulsiones se aproximaba al nacimiento, el respeto por su familia, los Braganza coronados  y zarandeados por el siglo, y la rebelión ante el abuso, la ruptura con los suyos, es algo que viviremos junto a Pedro, que nos hará sumergirnos en estas páginas plenas de tensión. Cuando el personaje se comporte como un conquistador adúltero y alocado, no nos ocultará Moro lo peor de ese carácter en efervescencia amorosa, prisionero del deseo: ¿Sospechaba algo Leopoldina? Hacía tiempo que sabía que su marido era un donjuán, ya lo tenía asumido. No le creía capaz de enamorarse ni de mantener una relación duradera en el tiempo. Lo sabía inconstante, caprichoso y voluble”.

Tal vez sea la emperatriz Leopoldina la que más virtudes atesore, la que se presenta como una compañera fiel y traicionada, que sufre pero a la vez mantiene la devoción primigenia por su marido y el sentido, tan germánico, del deber y del compromiso con su destino, la que mayor consideración puede recibir del lector. Pero será un respeto frío, teutónico también. La grandeza de la mansa y callada Leopoldina, atenazada entre el conservadurismo reaccionario de su padre, el emperador de Austria, y el liberalismo revolucionario y masónico de su marido, queda realzada por la venalidad corrupta de su gran rival amorosa, Domitila de Castro, que es el reverso exacto de la paciente y entregada emperatriz Leopoldina.  Las zozobras, el corazón herido, de la emperatriz Leopoldina, quedan expuestas en un fragmento magistral: 

“¿Dónde estaba la verdad y dónde la mentira? En el fondo Leopoldina jugó la carta del esposo-buen-padre-de-familia que puede tener algún desliz, pero que en el fondo es fiel hasta la médula a su matrimonio, a sus hijos y a los verdaderos valores. Aquello era justo lo que Leopoldina precisaba oír. Esas palabras le devolvían la vida que se le estaba yendo a fuerza de padecer su sufrimiento en silencio y fueron acompañadas del gesto de acercarse a ella, de pasarle el brazo por la espalda y de apoyar su cabeza sobre su hombro. Una muestra sencilla de afecto que tocó su fibra más íntima. Hacía tanto tiempo que no le demostraba ternura... Por un momento pensó que había recapacitado, y que volvía a casa, a sus brazos, a su regazo. Se sintió querida, aunque sólo durante un fugaz instante que bastó para convencerse de lo que en un estado normal de lucidez nunca hubiera creído. Era capaz de ver blanco aunque fuese negro. No tenía sed de afecto, sino también una enorme necesidad del amor de su marido porque la justificación de su vida giraba en torno a él: su matrimonio como deber religioso, sus hijos, su dedicación a la independencia, su vida en Brasil, su título de emperatriz, su existencia, todo. La vida sin él no podía considerarse como tal. Sola en un entorno hostil, necesitaba a Pedro como el aire que respiraba. Todo era válido con tal de mantener encendida una llama, por débil que fuese, en el corazón de Pedro, para facilitar el regreso del esposo infiel a la armonía familiar”.

                                  La emperatriz Leopoldina

Domitila, y con ella su clan y su pequeña corte de arribistas, es objeto de otro análisis intenso y a la vez desapasionado:

“Toda la familia disfrutó de prebendas. Era de conocimiento público que tras los nombramientos provinciales y hasta de algunos obispos estaba la alargada mano de la concubina. Sin embargo, Domitila no lo hacía para asumir poder político. No era madame Pompadour, no tomaba partido en las disputas y rencillas políticas, no era ambiciosa en ese sentido. Era muy hermosa y le interesaba más su atuendo que los asuntos de Estado. Leal con sus amigos, no tenía pudor en conseguirles favores, promociones, títulos de parte del emperador, y eso bastó para granjearle la furia de sus enemigos, que alegaban que su presencia en la corte estaba corrompiendo el imperio, lo que por otra parte era cierto”.

                                           Domitila de Castro

Creo que se va haciendo larga mi intervención, prescindible mi voz ante la pertinencia de la de Javier Moro.  Permítanme, para terminar, y para que la lectura de esta novela imperial sea imperiosa, leerles mi pasaje favorito de la misma y que encierra una de las muchas claves de este libro, la conversación entre el entonces príncipe Pedro y el general Hogendorp: 

“-Habéis vivido más tiempo aquí que en Portugal. ¿No os sentís de aquí, alteza?
-Soy portugués, general. La patria es la patria.
El general guardó silencio. Se oía el canto de los pájaros en la selva circundante, y el martilleo de Simba preparando harina de mandioca. El general volvió a llenar los vasos.
        -La patria no es donde uno nace- dijo al servirles.
        Se quedó callado un momento, y luego prosiguió:
        -La patria está donde está el corazón, lo sé por experiencia...
        Pedro le escuchaba, aunque no estaba seguro de entender bien lo que el general quería decirle.
      -Yo soy holandés de nacimiento –siguió diciendo el anciano.- Tengo nacionalidad francesa, vivo en Brasil pero mi patria... mi patria es Java. Es donde hubiera vuelto si hubiera podido. Por eso sueño por las noches que sigo allí... Veo caballos piafando en la veranda, y elefantes enjaezados con sedas llevando a princesas en sus torretas de oro... Diréis que estoy loco, y probablemente tengáis razón.
      En ese momento tendió el brazo hacia el paisaje que se desplegaba ante ellos, amplio, brillante de luz tropical, soberbio. Y dijo una frase que se quedó grabada en la memoria de Pedro.
      -Tened cuidado, alteza, de no volver a Portugal para pasaros el resto de vuestra vida añorando esto...
       Y abarcó con sus brazos aquella inmensidad verde y azul coronada de nubes, esa naturaleza exuberante cuya belleza no podía dejar a nadie indiferente”.

domingo, 27 de mayo de 2012

Meditad que esto ha sucedido

El Día de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto nos pone frente al deber ético de pensar en nuestros demonios
El 28 de enero será, es, un día de inmensa tristeza. Debe serlo, como un deber sagrado, para los que no podemos, no debemos, olvidar. En él se conmemora la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Se trata, por acuerdo de la Asamblea General de la ONU, del Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. El término Holocausto, de significado religioso, de ofrenda a una divinidad, no es el más adecuado, ya que asocia al término una cierta racionalidad, un propósito. Más acertado es el término hebreo, Shoah, que significa, concisa y simplemente, tanto masacre como desastre. La tendencia escapista, de consumo rápido y rápido olvido, de nuestra sociedad, su gusto por el hedonismo que rechaza todo lo que sea doloroso o simplemente feo, obliga a soslayar el dictamen tan debatido del filósofo Theodor Adorno que en su “Minima moralia” proclamó, tajante, que  “Escribir un poema después de Auschwitz es barbarie. Después de Auschwitz toda cultura es inmundicia”.
Lasciate ogni speranza...
Sobre las vías, tantos objetos humildes, inútiles

Contra el olvido
El mismo Adorno, en una alocución radiofónica de 1966 reconocería la necesidad de que Auschwitz no fuera, jamás, olvidado: “la educación política debería proponerse como objetivo central impedir que Auschwitz se repita”. Es un deber de todos conjurar ese infierno, que fue EL infierno, del que Auschwitz es sólo el nombre más conocido de las múltiples sedes que el horror tuvo, para que sus puertas, de llamas insaciables, nunca más se abran. Tan inimaginable fue el espanto, el mal absoluto, que el premio Nobel Eli Wiesel, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, lo resume con concisión: “Nadie podía imaginar Auschwitz antes de Auschwitz”. En sintonía con él, otro Nobel superviviente, Imre Kertész, remacha: “El campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad”. Otro Nobel, que vivió la guerra desde el lado alemán y siendo un adolescente, Gunter Grass, concluye el póker de citas: Auschwitz “aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender”.


Haïm Vidal Sephipha, superviviente sefardí de Auschwitz, formula de forma sencilla esa necesidad de recordar y de contar lo vivido, lo sobrevivido: “Hay que salvar la memoria de todo lo que sucedió en este periodo del nazismo para enseñar que los horrores existieron y existen todavía en este mundo. Del mismo modo que los nazis quisieron exterminar, nosotros debemos exterminar los horrores, el fanatismo y los genocidios de este mundo”. Simon Wiesenthal, el conocido cazanazis que estuvo internado en una docena de campos de concentración, viene a señalar esa necesidad como forma de llevar la contraria a los verdugos. En “Los asesinos están entre nosotros”, Wiesenthal recuerda cómo los soldados de las SS advertían, ufanos, a los prisioneros: “De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia de los campos, seremos nosotros quien la escriba”.  

Hundidos y salvados
Seis millones de personas murieron en la Shoah, tanto en su primera fase, encargada a los “Einsatzgruppen” (escuadrones militares que en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial exterminaron a un millón de personas en Polonia y la Unión Soviética), como en la fase posterior, conocida como “Solución Final”, en la que los campos de exterminio se erigieron como factorías de muerte. Usando la terminología de Primo Levi (tal vez el más admirado escritor superviviente y que en sus tres libros esenciales sobre la Shoah, “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados” no se permite una palabra de odio hacia los alemanes), los que sucumbieron, seis millones, son los hundidos; los tres millones de  judíos que quedaban con vida en Europa al terminar la guerra son los salvados. El filósofo Giorgio Agamben, en su ensayo “lo que queda de Auschwitz” advertía (y es algo que también Levi admitía) que el testimonio verdadero de Auschwitz es imposible pues sólo puede venir de los hundidos, los que no volvieron, los que no pudieron relatar la experiencia de su muerte en las cámaras de gas o en los hornos. A lo más, quedan los testimonios póstumos, como los de Ana Frank, que no pudo contar su vida en los campos, o el de Zalman Leventhal, miembro de un sonderkommando [cuadrilla de trabajadores judíos encargado de transportar y manipular los cuerpos de las víctimas en los campos de exterminio], en un testimonio enterrado en el subsuelo de Auschwitz y encontrado 17 años después de la liberación del campo: “Ningún ser humano puede imaginarse los acontecimientos tan exactamente como se produjeron, y de hecho es inimaginable que nuestras experiencias puedan ser restituidas tan exactamente como ocurrieron… nosotros, un pequeño grupo de gente oscura que no dará demasiado que hacer a los historiadores”. El destino de los miembros de los sonderkommando lo expresa Albin Ossowski, superviviente de Auschwitz: “El contacto más trágico que teníamos en el campo era con el Sonderkommando. Lo que describían, lo que tenían que hacer, era horrible. Un hombre dijo que en el grupo que había tenido que quemar estaban los cuerpos de su esposa y sus hijos. Estuvo llorando toda la noche y no podías ayudarle ni hacer nada. Los Sonderkommando vivían sentenciados a muerte, porque al cabo de tres o cuatro meses los alemanes temían que se volvieran locos y los mataban”. Este testimonio, junto a muchos otros, integra el excepcional volumen coordinado por Lyn Smith “Las voces olvidadas del Holocausto” que reúne vivencias recopiladas por el Imperial War Museum, un libro comparable a la otra gran recopilación, de Michal Grynberg, titulada “Voces del gueto de Varsovia”.

Las cifras de mortalidad son abrumadoras. Primo Levi, en un texto complementario a “Si esto es un hombre”, hace una comparación con el Gulag soviétrico: “Al parecer, en la Unión Soviética, en el período más duro, la mortandad era de un 30% de la totalidad de los ingresados, un porcentaje sin duda intolerablemente alto; pero en los Lager alemanes la mortandad era del 90-98%”. En el propio cuerpo del libro, pone un ejemplo sencillo: “Entre las cuarenta y cinco personas de mi vagón tan sólo cuatro han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado”. En Bolechow, perteneciente a Polonia en el momento de la Shoah y ubicada actualmente en Polonia, donde vivían en armonía con polacos y ucranianos 6.000 judíos, fueron exterminados el 99’2%. El relato de lo allí sucedido se puede encontrar en el emocionante y abrumador libro “Los hundidos. En busca de seis entre los seis millones”, de Daniel Mendelsohn. En su magnífico relato de investigación, Mendelsohn relata su pesquisa para averiguar cómo murieron, y cómo vivieron, seis familiares suyos asesinados a manos de los nazis. Dentro del libro, recoge el testimonio de una superviviente de Bolechow que es preciso citar para demostrar hasta qué extremo de crueldad inhumana se llegó: “Los alemanes y los ucranianos se ensañaron sobre todo con los niños. Tomaban a los niños por las piernas y les golpeaban la cabeza contra el bordillo de las aceras mientras reían e intentaban matarlos de un solo golpe. Otros lanzaban a los niños desde el primer piso, así que el niño en cuestión caía sobre el pavimento de ladrillo hasta quedar hecho trizas. Los hombres de la Gestapo se jactaban de haber matado a seiscientos niños, y el ucraniano Matowiecki estimó con orgullo que había matado a noventa y seis judíos él solo, en su mayoría niños” Heinrich Himmler ya lo había proclamado en septiembre de 1941 con palabras brutales y directas: “Hasta el niño en la cuna debe ser pisoteado como un sapo venenoso… Vivimos en una época de hierro, en la que es necesario barrer con escobas de hierro”, y más tarde, en un discurso ante un grupo de generales, en mayo de 1944, buscará una forma elíptica para justificar la  inclusión de los niños en la matanza: “Desde mi punto de vista, como alemanes, por muy profundamente que lo sintamos en nuestros corazones, no tenemos derecho a permitir que crezca una generación de vengadores llenos de odio de la que tengan que ocuparse nuestros hijos y nietos porque nosotros, demasiado débil y cobardemente, se la dejamos”. Pero el paso de la destrucción de los judíos de Europa a través de los Eisantzgruppen al método de los campos de exterminio se dio tras asistir Himmler a una de aquellas acciones de asesinatos en masa. Los testigos cuentan que aquella vez eran menos de doscientas las víctimas y que el cabecilla nazi, llegado un momento, prefería mirar al suelo. También los verdugos empezaban a dar muestras de agotamiento nervioso…
Yizkor
Aparte de los libros de Primo Levi, de Liana Milu, de Jean Améry, de Robert Antelme, Eli Wiesel, Ruth Krüger, Paul Steinberg, Jorge Semprún, Irène Nemirovsky o Imre Kertész, de los diarios de Mihail Sebastian, Wladyslaw Szpilman o Viktor Klemperer, de las memorias de Margarete Buber-Neuman “Prisionera de Stalin y Hitler”, del (por qué no y a la vez cómo no) cómic “Maus” de Art Spiegelman,  de los breves apuntes de los niños Rutka Laskier y Petr Ginz, de los poemas de Paul Celan, Miklos Radnóti, Jirí Orten o  Itsjok Katznelson (muerto en Auschwitz, allí dejó enterrado en tres botellas selladas su sobrecogedor “Canto del pueblo judío asesinado”) quedan, como última frontera contra el olvido, los libros de Yizkor. El término, hebreo, significa literalmente “que Él recuerde” y en un sentido más general “Recordación de las almas”; es una plegaria por el descanso y la elevación de las almas de los difuntos. En palabras de Alejandro Baer, “una de las elaboraciones más significativas y menos conocidas de la memoria judía ante la catástrofe del Holocausto son los libros memoriales o, en yidish, “Yisker Bicher”, escritos por los supervivientes de las ciudades y aldeas judías del Este europeo destruidas por los nazis. Esta literatura memorial comprende más de quinientos volúmenes. Los libros, editados en varios formatos y que pueden tener desde pocas páginas a una extensión de cuatro volúmenes, surgen de la necesidad de dejar un testimonio escrito sobre las comunidades y rendir homenaje a las víctimas. Los libros suplen la ausencia del lugar de memoria –el cementerio- y quedan como legado y monumento para las generaciones futuras”. Esos volúmenes se encargan de aportar vida eterna a las vidas exterminadas por voluntad de los nacionalsocialistas.    

Réquiem
Primo Levi inicia su primer gran libro acerca de la Shoah con un poema intenso y breve que sirve como advertencia y conminación, que sirve ahora para poner fin a estas palabras que quieren ser también un lamento, un réquiem, por tantos inocentes, por tanta ceniza dispersa y sin nombre: “Vosotros que vivís seguros / en vuestras casas caldeadas / vosotros que os encontráis, al volver por la tarde, / la comida caliente y los rostros amigos: / considerad si es un hombre / quien trabaja en el fango / quien no conoce la paz / quien lucha por la mitad de un panecillo / quien muere por un sí o por un no. / Considerad si es una mujer / quien no tiene cabellos ni nombre / ni fuerzas para recordar / vacía la mirada y frío el regazo / como una rana en invierno. / Meditad que esto ha sucedido: / os encomiendo estas palabras. Grabadlas en vuestros corazones / al estar en casa, al ir por la calle, / al acostaros, al levantaros; repetídselas a vuestros hijos. / O que vuestra casa se derrumbe, / la enfermedad os imposibilite, / vuestros descendientes os vuelvan el rostro”.
                                            Artículo publicado en diario Sur el 22 de enero de 2010

viernes, 25 de mayo de 2012

Perlas para Janis

Janis Joplin murió dos semanas después que Jimi Hendrix. Una voz desgarradora, un mito trágico que se deja querer y añorar

            Dos semanas después de la conmoción de la muerte de Jimi Hendrix, la conmoción se convirtió en estupor ante la noticia de una nueva víctima de la cultura joven que aspiraba al amor indiscriminado y se convertía en un infierno de degradación e iniquidad según sus detractores. Janis Joplin, una de las más intensas cantantes de blues que han visto los siglos, una criatura tocada por el don de la emoción desbocada, era encontrada muerta el 4 de octubre de 1970. También en una habitación de hotel, el Landmark Motor Hotel, en Los Angeles. El dictamen médico mencionaría una sobredosis accidental de heroína. Nacida el 19 de enero de 1943, sólo dos meses después que Hendrix, en Port Arthur, Texas, en una familia de clase media sin problemas, su historia es la de una adolescente solitaria y tímida que se refugia en la poesía y el blues y que a los diecisiete se escapa para cantar en bares de Houston y Austin, ahorrando para poder instalarse precariamente en San Francisco, capital contracultural de la nación, donde se aficiona a las anfetaminas, es expulsada de colegios y se adentra en el circuito de los locales de blues.

La maja bebida, 1968

          Cinco años después vuelve a Texas dispuesta a ser una buena chica limpia de anfetas y de alcohol. Ahora, su voz honra a una banda de country hasta que se enrola en un grupo creado ex profeso, “Big Brother and the Holding Company”, que en 1967 saca su primer disco. Son tiempos de psicodelia, de canciones que Janis aúlla, que hablan de desgarro y dolor. En 1968, el segundo disco, “Cheap Thrills” es un rotundo éxito, que afecta a Janis, convertida en un ser salvaje y endiosado, con una sexualidad ambivalente y feroz y que llevará a la disolución de la banda en 1969 después de haber actuado en Woodstock. El nuevo proyecto se llamará Kozmic Blues Band. La crítica se queda fría ante el nuevo disco, “I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama!”, pero el éxito de público es notorio. Para entonces, Janis está fuera de control. Janis llegaría a decir que era una mujer que hacía el amor sobre el escenario con 25.000 personas pero que después volvía sola a casa. En 1970 cambia de grupo. Ahora es la “Full Tilt Boggie Band”. Gira por Canadá con Grateful Dead. La brusca muerte de hace cuarenta años. El 1 de febrero de 1971, cuatro meses después de la muerte absurda de Janis, se publica el álbum póstumo “Pearl”. Una obra maestra absoluta, de una belleza dolorosa y afilada que será un éxito rotundo.

“Piece of my Herat (1968): “¿No te hice sentir que eras el único hombre? ¡Sí! / ¿Y no te di casi todo lo que posiblemente / una mujer puede dar? [...] Me oyes cuando lloro por la noche, / cariño, y lloro a todas horas, / pero cada vez me digo a mí misma que, / bueno, ya no puedo soportar el dolor”. Cry, baby (1970): “¿No sabes, cariño, / que nadie te amará nunca como yo trato de hacerlo? / ¿Quién aliviará todo tu dolor, cariño, y también toda tu angustia? / Pero si tú me necesitas, sabes que siempre estaré cerca / en caso de que me quieras, vamos y llora, llora nene, / llora nene, llora nene, como siempre dices que haces. ”

Piece of my heart

Olvídense de la estética hippie, de la psicodelia. De las drogas. Janis Joplin cantaba blues con arreglos más o menos de época. Con un talento, una autenticidad, una energía, una fragilidad, un cabreo y una ternura como nunca se han visto. Oírla es quererla. Es gozar, amar, sufrir. Es recordarla, con unas flores y unas perlas dejadas sobre la tierra.

Artículo publicado er diario Sur el 18 de septiembre de 2010

Jimi Hendrix: La sabiduría del fuego


Hay en Londres una casa venerable y sosa, como tantas en esa ciudad, en el número 25 de la calle Brook. En ella vivió Händel, quizás el mejor compositor que diera el Barroco, o al menos el que mejor ha sobrevivido a su época, el que más vivo se mantiene. En esa casa, y ocupando también la vecina, la número 23, un modesto museo acoge la memoria de los años británicos del músico alemán pero también, y en estas fechas y con motivo de esta efeméride de luto, los años británicos de un músico norteamericano. Porque en el ático del 23, donde están las oficinas de administración del Museo Haendel, estuvo alojado Jimi Hendrix junto con su novia inglesa Kathy Etchingham, entre julio de 1968 y septiembre de 1969. Un año más tarde, en una fecha de la que ahora se conmemora el 40 aniversario, Hendrix, que fue también barroco y fue inagotable y fue genial, moría por una combinación funesta de alcohol y somníferos. Era el capítulo final de una vida en la que no todo fue muerte, drogas y rock and roll. La sombra fatal y amada de Janis Joplin también comparecerá aquí, llamada para adormecer a las Parcas.


 El legado
                Jimi Hendrix fue antes James Marshall Hendrix, y antes aún, aunque jamás usara ese nombre, Hohn Allen Hendrix. Mejor ser Jimi, más contracultural y de calle, más auténtico, que Johnny, que John, que James. Nacido el 27 de noviembre de 1942 es Seattle, estado de Washington, moriría en Londres, como Händel, hijo de un negro americano y de madre de sangre india cherokee. El nombre que finalmente impondrían al hijo, tras descartar el de John Marshall, era el de un hermano del padre, recién fallecido. Que el matrimonio se disolviera a los nueve de edad de Jimi y que a sus dieciséis muriera, cirrótica y beoda, su madre, son datos que nutrirían la biografía prototípica de algún jazzman y que, por ello, quizás no sean innecesarios. Lo que pasma y se erige por encima de cualquiera de estas contingencias es el hecho de que en sólo cuatro años de carrera artística como solista se convirtiera en el guitarrista más influyente de toda la Historia del rock al fusionar las tradiciones torrenciales del jazz, el blues y el soul a través del cauce del rock de vanguardia británico. A pesar de su imagen de éxtasis haciendo diabluras con las cuerdas antes de prender fuego al instrumento, sus composiciones iban desde los delirios sonoros más cargados de rabia y distorsión hasta las más delicadas baladas. Esta versatilidad unida a una personalidad carismática con capacidad de electrizar a las multitudes en una comunión instantánea con una figura que se sabía convertida en icono de una música y de una época, explica la perennidad de su legado.  Esa capacidad para condensar influencias múltiples la dejó expresada en una máxima de cuya sapiencia es casi taoísta: “El conocimiento habla, pero la sabiduría escucha”.

Mal estudiante y guitarrista autodidacta, buscó en el ejército un destino frustrado. La otra alternativa era el correccional. Paracaidista, una lesión como pretexto, unido a la confesión fingida de homosexualidad, le evitó la experiencia extrema de la guerra de Vietnam. La década de los sesenta, que tendrá su imagen y su sonido, le sorprende como guitarra de acompañamiento para diversas y fugaces bandas. Primero en Tennessee, después en Nueva York, es un músico mercenario, que se amolda rápidamente a las necesidades de cada patrón, y que lo mismo se desempeña óptimamente en el blues que en el rock que aún no ha llegado a la psicodelia que él encarnará.  De 1964 a 1966 define un estilo que ya no es el del imitador de voces, la fidelidad de la sombra: su sonido pasa a ser fuego, furor y fiebre en sus dedos. Y así pasa, en este intervalo, de acompañar a los Isley Brothers, Little Richard y a Ike & Tina Turner, a los que hace sombra a  fuerza de desmesura y talento, a cambiar América por Inglaterra.
Entre dos orillas
Hey Joe, con subtítulos



All along the watchtower (en vivo en Atlanta)


Desde la atalaya con subtítulos

En Nueva York, cuando ha entrado ya en la vorágine de las drogas, el contacto con el bajista de The Animals (“House of the rising sun” sigue siendo un tema hipnótico) le lleva a fichar para actuar en Inglaterra en agosto de 1966.  Junto al bajista Noel Redding y el batería Mitch Mitchell, ambos británicos, forma un trío que asombra en sus actuaciones a un público fascinado entre los que se encuentran los integrantes de los Beatles, Rolling Stones y los Who. La leyenda acaba de nacer: sólo queda llegar rápido al estallido final, la súbita mortalidad, la inesperada e inevitable inmortalidad. Acumula Jimi experiencia, vampiriza los modos y el espíritu de Bob Dylan, de los Yarbirds, también de los Beatles, y acumula y superpone los modos indumentarios de los hippies blancos, la apostura provocativa de los Panteras Negras y las estridencias elegantísimas de la moda de Carnaby Street. En noviembre de ese 1966 su banda, The Jimi Hendrix Experience, consigue su primer éxito, una canción tradicional que llega al sexto puesto en las listas británicas sigue viva. “Hey Joe” tiene letra de blues, y en las actuaciones en vivo Hendrix la interpreta poniendo la guitarra en la nuca o mordiendo las cuerdas, en un arrebato diabólico  (“Hey Joe, / ¿a dónde vas con esa pistola en la mano? / Voy a pegarle un tiro a mi señora / pues sabes que la pillé tonteando con otro hombre”). Antes de que en el verano de 1967 aparezca su primer álbum, “Are you experienced?”, al que sólo adelantará el impagable “Sgt Pepper’s” de los Beatles, otros discos sencillos del grupo de Hendrix entran en la lista: “Purple haze” y “The wind cries Mary” (un tema escrito en el piso vecino vecino al de Händel durante una bronca con su novia inglesa). En diciembre, un nuevo álbum sentencia la carrera meteórica: “Axis: Bold as Love”. El profeta terminará siéndolo en patria cuando en 1967 actúe en el Festival de Monterey por recomendación de Paul McCartney. Allí es donde la guitarra arde en lo que Hendrix definiría como un sacrificio religioso: “Cuando quemé mi guitarra fue como un sacrificio: sacrificas las cosas que amas. Y yo amo mi guitarra”.

Sin retorno
En 1968 regresa a Estados Unidos, pero el resultado de este retorno es desigual. El diario ABC habla en ese mes de 1968 de la llegada a Estados Unidos de tres grupos ingleses de música moderna dispuestos a conquistar el país: se tratan de los muy británicos Soft Machine (con Kevin Ayers), Eric Burdon and the Animals y de The Jimi Hendrix Experience. Al lector español podía no extrañarle que pudiera ser inglés el hombre de pelo afro y sombrero de ala ancha. A los norteamericanos, tampoco. Tal era el peso que los años ingleses habían dejado en el músico de Seattle, convertido en el chamán de Monterey, que ahora con su nuevo disco, que es doble, “Electric Ladyland”, la ambición y el deseo de ir más allá deja perplejos a los oyentes. Hendrix intenta imponer un estilo mucho más complejo, con letras más extrañas. Oigamos “Voodoo Child”: “Bien, me pararé junto a una montaña / y la cortaré con el filo de mi mano; / recogeré los pedazos y haré una isla / aunque podría levantar un poco de arena / porque soy un niño vudú”. O la maravillosa “All along the watchtower”: “Debe haber algún modo de salir de aquí, / dijo el bromista al ladrón: / Hay demasiada confusión, / no tengo consuelo. / Los hombres de negocio se beben mi vino, / los labradores escarban mi tierra. Ninguno de ellos en su sitio / sabe lo que eso vale”. La admiración, inevitable, se combinó con la duda, con la extrañeza. El carácter de Hendrix, abrumado ya de alucinógenos, se complicó en la medida que también lo hacía su música. De regreso en Londres, en febrero de 1969 dos conciertos clamorosos en el Royal Albert Hall marcan el último momento feliz de Hendrix. En junio de 1969 un concierto en Denver terminará en tumulto y gases lacrimógenos. Al día siguiente se disuelve el grupo; un mes antes, en Toronto se le incauta a Hendrix heroína y marihuana.
Ficha policial canadiense

 El final está cerca. El 18 de agosto de 1969 será el adiós de las masas. El lugar, el mítico festival de Woodstock. El momento culminante, en una actuación de dos horas, las filigranas enloquecidas, más alucinadas que rabiosas, sobre el tema patriótico “The star and spangled banner”. El final definitivo es sórdido y miserable. Londres. 18 de septiembre de 1970. Hace cuarenta años, ya saben. Un hotel en Londres, el Samarkand. Alcohol, somníferos. Un vómito. Asfixia. La muerte. Para un hombre que supo diferenciar conocimiento y sabiduría. Alguien que dijo: “Lo que quiero es hacer una música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo para curar toda enfermedad”.
Artículo publicado en diario Sur el 18 de septiembre de 2010