sábado, 23 de abril de 2016

De cómo Alonso Quijano cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Coincidiendo con los cuatro siglos de la primera edición de la primera parte del Quijote, Juan Francisco Ferrer me pidió colaborar en el volumen colectivo "El Quijote, instrucciones de uso" en el que se daba a un puñado de narradores la oportunidad de fabular en torno al mundo del personaje cervantino. Reescribí con la ineludible torpeza el capítulo final del Quijote basándome en la premisa arbitraria de que la realidad era fantástica, siendo por tanto reales los gigantes y los caballeros y los prodigios que Alonso Quijano el Bueno leía en los libros de caballería, y que su locura consistía en ver gigantes donde realmente había molinos. El resultado es éste.

         Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres; y como la de Alonso Quijano no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo penaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del Arzobispo, del Maestre y del Nigromante, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Estos, creyendo ser la causa de su padecimiento la tristeza que para él había supuesto saber a Aldonza Lorenzo condenada a ser, por mala merced del mago Frestón, lo que en la realidad y a pesar de los desvaríos de Alonso Quijano siempre había sido, es decir, una altiva princesa, hacíanle propuestas de salir de nuevo a la ventura para mostrarle cómo de grata podía ser la vida pastoril y al claror del aire en la que églogas y madrigales servirían al abatido caballero a recuperar el juicio que desde hacía confusos meses le faltaba, empeñado como estaba en contradecir a todos con sus ocurrencias necias de desmentir su origen y valía afirmando ser un simple hidalgo algo más pobre que rico en vez de, como era notorio a ojos vista de sus muy numerosas hazañas que honraban a la Mancha entera, esforzado caballero y espejo de paladines, como se había encargado de difundir la voz de todos aquellos que habían sido testigos y hasta fedatarios de sus descomunales hazañas, de entre las cuales algunos autores señalan como la más arriesgada aquella en la que puso su vida al tablero tomando armas a favor del noble Pentápolis del Arremangado Brazo en contra de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana, si bien es verdad que esta proeza realizó creyendo ser rebaños de ovejas las huestes que su diestra deshizo y casi le deshicieron.



         Alonso Quijano, pues, renunciando a su verdadero nombre, prez de la manchega república y más aún del glorioso orbe del Campo de Montiel, al tiempo que rechazaba con disparatadas sinrazones su muy alta cuna y censuraba su heráldico lecho ornado de heroico blasón que motejaba de incómoda yacija del todo ajena a las sábanas de Holanda que su acabado cuerpo cubrían, tomándolas por desmadejadas arpilleras, daba en repetir ser su condición la de un hidalgo de harto menguado patrimonio y a cuyo cuidado estaban encomendadas una honesta y recatada, amén de humilde, sobrina y una sobria ama, siendo la verdad que su estancia e enfermedad se ubicaba en no otro lugar que el celebérrimo alcázar del caballero Don Quijote de la Mancha, ya que tal era su gracia, alrededor de cuyas enhiestas y airosas torres rondaban gerifaltes y otras aves de afilado perfil y de altanería, en cuyas almenas flameaban al aire guerreras insignias a la vez que un tropel de pajes y mozos de corte, vestidos de finísimo raso carmesí tejido en los remotos talleres de Golconda, daban tiernos ayes de pesar por la maladía e su señor y dirigían al indulgente cielo emocionadas plegarias por la salvación del caballero, al que ni la amena compaña y los doctos consejos del Maestre Sansón Carrasco, ni siquiera las piadosas observaciones del Arzobispo, ni mucho menos los arcanos conjuros y bálsamos destilados por el Nigromante Gadifer de Arimatea, servían para elevarle el ánimo que hora a hora parecía languidecer, postrado como estaba desde el momento en que el médico de la corte sugirió atender la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro aún mayor del afrontado en sus hazañas que por el universo mundo corrían.


         Y así se sucedieron cinco días y cinco noches con sus plegarias, preces y lamentos, con los llantos tristísimos de la sobrina y del escudero fiel, los cuales veían extinguirse lentamente a la flor y ejemplo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo, quien parecía no tener otro deseo que el de tener a la cabecera de su lecho a su señora Aldonza Lorenzo, aunque fuese bajo la advocación de Dulcinea del Toboso, a causa del maléfico encantamiento del que era objeto la dama, pidiendo el caballero, a fin de paliar la ausencia de Dulcinea, la presencia de la blanca figura que habría de cerrar sus ojos y conducirle al pálido reino del que jamás se vuelve. Las horas se hicieron lentas y Febo aminoró su carrera por sobre los cielos para permitir llegar a la cámara doliente a los caballeros que deseaban socorrer, como era su pío deber, al paladín al que, indefenso, las fiebres devoraban, y así llegaron a la estancia del desfalleciente enamorado Durandarte para otorgarle su corazón como ofrenda, Rolando el leal que viene a ofrecerle su guante izquierdo, el que los ángeles de Nuestro Señor le dejaron en la pugna del paso de Roncesvalles, y llegó también Perceval trayendo en su diestra el Grial Santo que había servido para sanar de su mal al Rey Pescador, y concurrió Tristán el Loco con la copa de su elixir llena esta vez de unas gotas de agua del Leteo arrebatadas en fiera pugna a una tropilla de demonios de amargo color, y llegó Fierabrás con su bálsamo famoso, y llegó Bartual de Lusitania con el costado herido del que manaba ámbar y que, mezclado con la sangre de un dragón, resucitaba a los que dormían el sueño de la muerte. Fueron horas de silencio profundo, tan triste era la faz de don Quijote de la Mancha y tanto el arrobamiento y turbación de los caballeros que llegaban, espantados y mucho del aspecto del héroe, al que pertenecía la única voz que oírse podía en la sala, invocando el nombre de Dulcinea y el de la muerte, clamando a grandes gritos, poco creíbles en un hombre de su estado y condición, a grandes y temblorosos gritos ¡Aldonza!, ¡Aldonza!, ¡Aldonza Lorenzo!, gritos a los que sólo respondía el batir de alas de los gerifaltes alrededor de las torres y de la legión de ángeles que buscaban el alcázar de don Quijote para recoger su alma en el momento de expirar.



         Lentamente la altiva ciudadela fuese despoblando de visitantes que fueron partiendo, en silencio, con el espíritu sombrío y el más fiero pesar en el corazón, para buscar a Dulcinea del Toboso, prisionera del hechicero Frestón, y traerla a la presencia de don Quijote, que no admitía réplica ni disputa en cuanto a reclamar a su lado a la dama a la que, en su desvarío, en medio de tan grande máquina de disparates, daba el nombre de Aldonza Lorenzo, a la que, según señalaba a los pares que a su lecho se acercaban, podrían encontrar en el Toboso, empeñada en amasar pan o cebar cerdos, y puede que hasta en dar solaz a gañanes.

             Como fuese que los encantamientos, se tratase ya del de la reina Ginebra, del de la dueña Quintañona o éste de Dulcinea del Toboso, tienen por norma el de ser complicados y difíciles de remediar, no hubo manera de que los nobles y errantes caballeros dieran con la dama de la que era cautivo servidor y asendereado caballero don Quijote de la Mancha, con lo que se fue acercando más raudo de lo que aconsejaría la clemencia divina el aciago día en que el caballero habría de montar a lomos de un corcel bruno hacia el reino en el que moraban los más venturosos y desdichados caballeros y en cuyas celestes extensiones San Jorge bendecía a los que con virtuosa muerte y aún más virtuosa vida merecen llegar a tal lugar.



             Viendo que don Quijote daba muestras de un paulatino olvido del que era ejemplo el no acordarse de la batalla que contra treinta o más gigantes había tenido creyendo ser aquellos molinos en vez de enfurecidos jayanes, el Maestre Sansón Carrasco mandó concurrir junto al enfermo a un escribano para que dictase su testamento. Entró el escribano con los demás; y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma Don Quijote, con todas aquellas circunstancias que se requieren y vienen al caso, llegando a las mandas, dijo:

             — Item, es mi voluntad que de ciertas promesas que hice a mi leal escudero Sancho Panza de otorgarle el  gobierno de una ínsula o cualquier otro territorio que por mí fuese conquistado, ordeno se le dé el reino de la ínsula llamada Barataria para que haga de ella el buen gobierno que sin duda hará. Mas si resultase que no ha habido ni habrá caballeros andantes en el mundo, como es mi creencia a pesar de los avisos y recriminaciones que de contino se me hacen de ser yo un caballero en vez del hidalgo llamado Alonso Quijano, en ese caso, digo, en el de que la realidad se adecue a mi creencia profunda de que nunca abatí gigantes, dragones, grifos ni aun leones, como vanamente todos me quieren hacer creer, en ese caso, ordeno se le den a mi fiel Sancho Panza aquellos dineros que sean encontrados en mi poder en el momento de expulsar mi suspiro postremo.

             —¡Oh señor, señor! Por quien Dios es, que vuesa merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades, que le tienen menguado y descabalado el sentido, respondió Sancho rompiendo en lágrimas, que es vuesa merced el más fino y enamorado caballero andante que ha andado las siete partidas del Mundo.

             Y diciendo Sancho esto oyose a lo lejos el plañir pesaroso de las trescientas damas que en la corte de la dulce Francia velaban por él, siendo la que más temía la pérdida de tan noble caballero doña Alda. Y oyéronse también los clarines y atambores de los caballeros que hacia él volvían trayendo a doña Dulcinea del Toboso aunque todavía bajo los efectos del hechizo, y escuchose asimismo el rugir de cien dragones que sentían abrirse de tristeza sus corazones, y lloraban treinta mil pajes vestidos de oro y pedrería que en todos los soberbios palacios desde Argamasilla a la Persia rezaban por su alma, y mil princesas enfermaban de tristeza y ardía el corazón del valiente Durandarte y de la herida de Gadifer de Arimatea manaba la amargura de la hiel porque sabían que sólo podrían, ya, verlo difunto y sin que Dulcinea, que contemplaba su rostro reflejado en las lágrimas que llenaban el santo grial, pudiese consolar al caballero que moría.

             — Señores, dijo don Quijote, no se hagan tantos plantos, pues es sólo un cristiano más el que aquí expira. Apacigüen sus ánimos, que aquí se entrega a Dios Nuestro Señor Alonso Quijano o don Quijote de la Mancha, sea cual sea el nombre que vuestras mercedes tengan a bien otorgarme aunque crean que yo vencí reinos, enamoré princesas, humillé tiranos y rendí fortalezas.

             Y con tales sentencias y consejos fue otorgando su testamento, dejando bajo la protección del Maestre y el Arzobispo a su sobrina y ama, ahora desmayadas y cuidadas por el Nigromante en la sala del Trono en la que ya un catafalco se elevaba, guarnecido de marfiles y damascos y poetas y sombríos juglares preparaban endechas, elegías y epitafios.

             — Item, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trajere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título “De cómo Alonso Quijano cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte”, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos”.

 

             Cerró con esto el testamento y los ojos, pues tomándole un desmayo, quedó todo inerte y tendido en el lecho. Alborotáronse todos ya que el alma del caballero parecía a punto de desprenderse de su envoltura mortal mientras el quejido de los luctuosos clarines se acercaba ya a los baluartes que rodeaban el palacio y ciudadela de don Quijote, y los gerifaltes perdían en el cielo el color de sus ojos y sus figuras se detenían inmovilizadas en el azar de su vuelo, y aullaban los pesarosos lebreles que antaño acariciaba el caballero, y rugían por última vez los dragones que morían de dolor, y temblaban las fieles damas de la corte de Francia, y Amadís de Gaula, silencioso en cortejo, lloraba dulcemente y volvía a llamarse Beltenebros, y el valeroso Bartual de Lusitania hallábase de súbito convertido en un orífice hebreo de nombre Mordecai Malarrama, y Dulcinea la bella siente caer lágrimas sobre su corazón transido y se siente morir y pide que no plazca a Dios, a sus santos ni a sus ángeles que siga viva después de don Quijote, y el cielo se vuelve oscuro y la luna se torna negra y baja sobre el sol, en el jardín del palacio los lirios y las rosas se deshacen en ceniza y la melancolía golpea los pechos de los caballos, los ojos de los caballeros, la herida de Gadifer de Arimatea  de la que un día brotó miel y ahora brotan lágrimas, la voz de Perceval que pide clemencia para el caballero, que pide sea llevado a otros labios el Grial que tiembla de tristeza.

             La tierra tembló, las piedras se rajaron, Don Quijote, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu... quiero decir que se murió.

             Los hombres miraron hacia la ventana, la luz entraba por ella y directamente daba sobre el rostro del muerto. Al otro lado, los cerdos hozaban entre las sobras de la comida.


[Publicado en Juan Francisco Ferré, ed.: El Quijote. Instrucciones de uso. Ediciones de Aquí, Benalmádena, 2005, volumen 2, pp. 195-203]




Cervantes, por encima de todo

Hoy se cumplen 400 años de la pobre sepultura de Miguel de Cervantes, muerto el 22 de abril de 1616 (he confrontado el dato en Cervantes visto por un historiador de Manuel Fernández Álvarez y así es). Que recuerde, he publicado tres textos sobre don Miguel. Comparto aquí un artículo, y en breve un relato. Se publicó esta vindicación cervantina en Sur el 18 de abril de 2008. Sirva como homenaje torpe a quien tal vez sea el mejor de los españoles, tan débil, tan humano, tan fuerte, tan desdichado, tan digno. A continuación, el artículo de hace ocho años:


Fue el autor de “El famoso Bernardo”, un libro de caballería, de “Las semanas del jardín”, compuesto por diálogos, de las obras teatrales “La gran Turquesca”, “La batalla naval”, “La jerusalén”, “La Amaranta o la del Mayo”, “El bosque amoroso”, “La única”, “La bizarra Arsinda” y “La Confusa”, además de la comedia “El trato de Constantinopla y muerte de Selim”. También escribió la novela breve “La tía fingida”y el sacramental “Auto de la soberana Virgen de Guadalupe”. Todas estas obras desaparecieron en algún momento del siglo XVII. Quizás de haberse conservado, y haberse perdido en cambio el resto de su producción, este autor hubiera sido una figura menor, carne de eruditos e hispanistas, de nuestro siglo de Oro. Pero sucede que estamos hablando de las obras desaparecidas del soldado y convicto Miguel de Cervantes Saavedra.

Una muestra del estilo de Cervantes, de claridad certera, de elegancia desnuda, se da en el capítulo 46 de la primera parte del Quijote, que narra su encuentro con los cuadrilleros de la Santa Hermandad. En él, mostrando sus cartas de jugador que desea dejar al descubierto el farragoso delirio estilístico de las novelas de caballería que habían llevado al delirio al bueno de Alonso Quijano, recurre a la imitación de ese estilo. Veamos cómo lo formula Cervantes usurpando los modos de esos autores: “– ¡Oh Caballero de la Triste Figura, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines, con su rápido y natural curso”. ¿Alguien ha comprendido algo? Pues veamos cómo lo aclara, ahora con su propia voz, el autor alcalaíno: “vio que le prometían el verse ayuntado en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para la gloria perpetua de la Mancha”.

Pero Cervantes, siendo el autor nacional de España, y el creador del más rico y perdurable libro de nuestras letras, distó mucho de ser perfecto, aparte de su faceta personal en la que se une una dignísima rebeldía en su cautiverio tunecino a ciertas desdichas que le hicieron vivir en el límite de la legalidad y hasta infringirla. Si Lope de Vega llegó a decir de los poetas de su tiempo que “ninguno hay tan malo como Cervantes”, el propio autor escribió “Yo que siempre me afano de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. Con todo, en su poesía hay momentos extraordinarios, como el soneto “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, entre mucha y abundante hojarasca. Pero se le puede perdonar todo, pues, como afirman Martín de Riquer y José María Valverde en su repaso a la Literatura Universal, su obra “muestra en su diversidad, en sus intentos más o menos afortunados y en sus variaciones de estilo un real empeño de escritor que se sabe en posesión de dotes extraordinarias pero que se pierde por caminos sin salida y por géneros no adecuados a su temperamento hasta que tiene la feliz  idea de concebir el Quijote y el acertado sentido de escribirlo con los más maravillosos, adecuados y eficaces medios de expresión”.


Cervantes se redime con su libro universal, único que le hace inmortal. Aunque él personalmente prefiriera su novela póstuma “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, de la que escribió la dedicatoria sólo tres días antes de su muerte, en la que se lee la escalofriante confesión “Ayer me dieron la estremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Borges aventuró certeramente que don Quijote es el personaje más querible de la literatura española, y Lord Byron, admirado, vaticinaba que las letras de España tendrían pocos héroes a partir de los días del flaco caballero. Ambos acertaron. Pero si leer las desventuras de Alonso Quijano y de su vecino Sancho supone amarlos, y por tanto admirar a Cervantes, mucho más respeto y asombro y emoción causa saber que quien todo ello escribió fue un hombre de vida bastante calamitosa que supo sobreponerse a circunstancias por lo general adversas, agobiado de hastíos y desilusiones, al que se le conocieron pocas alegrías y al que se negó la posibilidad de servir en Indias, lo que tal vez nos hubiera ofrecido un Quijote distinto, empapada la sesera de selvas y saetas, tucanes e ídolos, dejados atrás los momentos en que cuchilladas y balas, latrocinios y vergüenzas, rigieron sus destino, acotaron sus días. Andrés Trapiello retrata los diferentes espíritus que lo animaban (y desanimaban) en su magnífica aunque breve biografía “Las vidas de Miguel de Cervantes”. Que el cine no haya retratado a nuestro escritor, y que las adaptaciones de su obra sean discretas, es algo que no debe hacernos hace suspirar. Al fin y al cabo, es mejor que cada lector se construya su imagen del hijo del barbero-cirujano alcalaíno, que cada cual ponga su voz y su color al escudero y el caballero. Que cada 23 de abril sea el Día Mundial del Libro se debe no sólo a la gloria infinita de Shakespeare, sublime en todo momento (es innecesario insistir que la fecha de la muerte de don Miguel y don Guillermo fue la misma pero diferente fue el día por divergencias de calendarios). Frente a él, y como ángeles que se observaran desde lo lejos, el cansado y maltrecho Miguel de Cervantes soporta el peso grave de los siglos y de las desdichas. Con una compasión suave y dulce que quisiéramos merecer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Lecturas: Vida y muerte en el Tercer Reich (Peter Fritzsche)


El título es lo suficientemente ambiguo y general como para alejar el interés de alguien avezado en justamente eso, los milagros y crímenes del nazismo. Encontrármelo como regalo con la revista Historia y Vida (más recomendable por estos libros que por la revista en sí) me hizo darle su oportunidad. Con el resultado de que es un volumen muy recomendable. Sus cuatro extensos capítulos se dedican a la vida cotidiana nazi (con una detallada exposición sobre el uso del saludo nazi), la aplicación y asimilación de los principios raciales en la vida diaria, la guerra y el Holocausto y, finalmente, el grado de conocimiento que había del Holocausto en la Alemania de entonces. Sobre lo más interesante, se señala que la evacuación hacia los campos imposibilitaba saber a ciencia cierta y de forma general lo que había pasado a los judíos. Aunque se conocían, y excusaban, matanzas como la de Babi Yar, en Ucrania, en la que murieron más de 100.000 personas. No obstante, hubo civiles alemanes que sí supieron qué sucedía:

"Sólo contadas personas intentaron imaginar o precisar el destino de sus vecinos como Ruth Andreas-Friedrich hizo en Berlín. Su honesto deseo de humanizar el destino de sus amigos se tradujo en una honesta incapacidad para entender el alcance del crimen que los nazis habían cometido. "Este horror es tan inconcebible que la imaginación se rebela a aceptarlo como una realidad", escribió en febrero de 1944:

Alguna especie de contacto se ha roto aquí; alguna conclusión sencillamente resulta imposible de alcanzar. No es a Heinrich Muehsam al que están enviando a la cámara de gas. No pueden ser Anna Lehmann, Margot Rosenthal o Peter Tarnowsky los que cavan una tumba en algún descampado remoto bajo el látigo de la SS. Y ciertamente no la pequeña Evelyne, que con cuatro años de vida estaba orgullosísima de haberse comido una pera. No, Evelyne Jakob murió de una manera diferente de esos tormentos; muriño de manera más humana, más comprensible, más imaginable.  


Aterrador y conmovedor. Como este otro dato, menor pero también terrible:

"Desde 1942, se prohibión que los judíos tuvieran mascotas y, dado que los animales en cuestión eran "judíos", tenía que sacrificárselos incluso cuando sus propietarios tenían amigos no judíos dispuestos a cuidar de ellos. El 19 de mayo de 1942 los Klemperer llevaron su gato Muschel a la consulta del veterinario en la Grunaer Strasse de Dresde, donde Eva hizo que le mataran con un narcótico: "el animal no ha sufrido. Pero ella sufre".


Llegado a este punto de esta reseña que es sólo un apunte veloz, recuerdo cuánto hijo de puta descerebrado hay todavía en twitter, en foros, en facebook, o comentando noticias, negando o celebrando el Holocausto o proponiendo repetirlo, jaleando a los verdugos, haciendo de la estupidez un orgullo. Y cierro la lectura y la indignación y el estupor y el perpetuo luto por las víctimas con otra elocuente cita:

"Los testimonios de los testigos presenciales describen muchas veces las mismas cosas, como señala Sandra Ziegler:

Llegada al campo, número, alambre de espino, llamada a lista, selección, transporte, despiojado, duchas, sopa, pan, enfermedad, cielo, infierno, corazón, ojos, naves, árboles, nubes, uniformes de la SS, cascos, botas, pistolas, perros, coches, marchas, órdenes gritadas, tazas, cucharas, cámaras de gas y crematorios, lirios, arena, ferrocarriles, "tren en la vía equivocada", destino final, niños, risa, dolores producidos por el hambre, barbas afeitadas, barracones, deporte, bulevar del campo, listas, policía judía, sopa, pan, maletas, brigadas de trabajo, transportes, aplazamiento, Berlín, Den Haag, Ámsterdam, Estados Unidos, Inglaterra, los Aliados, destino, suplicio, solución final, Dios.
  

lunes, 29 de febrero de 2016

Lecturas: El castillo blanco (Orhan Pamuk)

En la novela previa, Pamuk había matado a un personaje cuyo hermano se dedica a entretener el tedio revolviendo viejos archivos otomanos. El personaje que era investigador nos ofrece ahora el resultado de esa búsqueda abúlica: el manuscrito que son unas memorias de un prisionero cristiano en la Turquía del siglo XVII. O puede que de su captor. El tono, en primera persona, y sin nombres de los dos personajes principales, recuerda por su dicción a la de Bomarzo de Mujica Laínez. Pero aquí no se consigue una novela tan redonda. Cuestión de gustos. Al fin una novela de Pamuk que no me entusiasma. La idea de que en ese Estambul esplendente y misterioso el cautivo y el que será su tutor sean casi idénticos y que se inicie ahí un juego de vidas posibles, de destinos y sinos comparados, sólo funciona en los primeros compases del relato para caer en un rutinario juego que decae pronto y lleva al hastío. Para enseguida,en el tránsito de una página a otra, resolverse con un cambio de identidades y un cierre insatisfactorio. En fin. Próxima parada pamukiana, El libro negro.


lunes, 15 de febrero de 2016

Lecturas: El Reino [Emmanuel Carrère]

Cuenta Emmanuel Carrère que durante un periodo de su vida fue cristiano. Cristiano en serio, de los de lectura diaria de los evangelios, de comunión diaria y de esperanza diaria. Aquella experiencia pasajera, de un par de años, está en la base de este libro híbrido escrito con buena prosa y con un tono que se nos antoja sincero. De Carrère disfruté en su momento “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982”, que no es la mejor biografía ni el mejor estudio sobre Dick, ya que esos méritos corresponden a Lawrence Sutin y Pablo Capanna, pero sí es un muy buen estudio y biografía del profeta y novelista.  Este libro, que algunos extrañan que no se encuentre entre los principales de 2015, constituye otro ejemplo de autobiografía a través de otros. Esta vez, son los apóstoles Pablo y Lucas los que nos guian a través de la vida de Carrère en esos años de certidumbre.




El libro se lee con agrado, yendo desde lo testimonial del propio Carrère, con historias como la de la ex niñera de los hijos del mismo Philip K. Dick, que alucinado comparece aquí y allá, con menos intensidad y referencias de lo que nos hubiera gustado a los que amamos a ese desdichado y entrañable visionario, hasta, con mayor atención y profundidad, a los hechos de los apóstoles que escribieron los evangelios. Por tanto, el lector avezado en el cristianismo primitivo y su contexto (yo mismo tengo más de una docena de volúmenes, posiblemente dos, sobre el tema) hallará satisfacción a sus inquietudes. O más bien las multiplicará pues Carrère no aporta seguridades sino que aventura hipótesis al plantear sus personajes históricos como de ficción al, con absoluta honestidad, aportar posibilidades de comportamiento, motivaciones, cuando no se conocen. Con todo, es verosímil cuanto dice el novelista francés. Véase al respecto, lo que afirma:

Lo que digo a este respecto no es para denigrar al autor de esta biografía [se refiere a un autor que da fechas exactas sobre episodios dudosos de San  Pablo], sino para recordarme que soy libre de inventar siempre que diga que estoy inventando, señalando tan escrupulosamente como Renan los grados de lo seguro, lo probable, lo posible y, justo antes de lo directamente excluido, lo imposible, territorio donde se desarrolla una gran parte de este libro."


Es, por tanto, un buen documento, incluso un punto de partida, para iniciar una pesquisa sobre la fe cristiana y sus orígenes. Como también lo es, con muy diferente discurso, “El deseo de las colinas eternas”, de Thomas Cahill, con el que guarda alguna afinidad. Pues si en Cahill se concluye con una emocionante y atractiva descripción de la comunidad de San Egidio en Roma, que se esfuerza en vivir como los primeros cristianos, en Carrère ocupa ese lugar, también como cierre del relato, un episodio de lavatorio de pies en la comunidad del Arca de Jean Vanier. El episodio es conmovedor. La conclusión a la que nuestro autor llega, al final de todo y como cierre último del libro  es elocuente:

"He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé."


BONUS:
A la muerte de Blaise Pascal en 1662, cosida dentro de sus ropas, se encontró una nota que constituía el testimonio, radiante y gozoso, de su propia conversión. Carrère no lo nombra, no es exultante en la descripción de su momento de iluminación. Pero el interés del documento bien vale su transcripción aquí en calidad de guía de viaje hacia la puerta del Reino:

“El año de gracia  de 1654. Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente papa y mártir y de otros en el martirologio. Víspera de San Crisógono mártir, y de otros.
Desde aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y media.
Fuego. “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y sabios. Certeza. Certeza.
Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum (Jn 20,7) “Tu Dios será mi Dios” (Rt 1, 16)
Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios.
No se encuentra sino en los caminos indicados por el Evangelio.
Grandeza del alma humana.
“Padre justo, el mundo no Te ha conocido, pero Yo te he conocido” (Jn 17, 25)
Alegría, alegría, llantos de alegría.
Yo me he alejado.
Derelinquerunt me fontem aquae vivae (Jr 2, 13)
“Dios mío, ¿seré yo abandonado?” (Mt 27, 46)
Que yo no esté nunca separado de Él por toda la eternidad.
“Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti solo Dios verdadero, y a aquel a quién has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)
Jesucristo. Jesucristo.
Yo me he separado, he huido de Él, lo he renegado, crucificado. Que no esté nunca separado de Él.
No se conserva sino por los caminos enseñados por el Evangelio. Renuncia total y dulce.
Completa sumisión a Jesucristo y a mi director.
La alegría eterna por un día de prueba en la tierra.

Non obliviscar sermones tuos (salmo 118, 16) Amén.”

miércoles, 10 de febrero de 2016

Lecturas: Bloody Miami (Tom Wolfe)

Hay algo en Tom Wolfe que tira para atrás: ese orgullo impostado de norteamericano WASP perfecto y demodé, su insistencia en ser un dandy de ¿1910? Con esas camisas de rayas, esos rígidos cuellos blancos, las chaquetas blancas, los tirantes, los botines bicolores, incluso un bombín color crema (escribo la descripción sin mirar ninguna foto, sólo recordándolas). Todo ello revistiendo un cuerpo con un rostro que sonríe ufano, piel que desmiente en su brillo y tirantez la edad, flequillo rubio. Todo un personaje. Pero que es capaz de novelas brillantes, deslumbrantes, que se quedan a un par de pasos de convertirse en LA gran novela americana. Hablo de Todo un hombre, hablo de Yo soy Charlotte Simmons. Podría hablar de Bloody Miami. Pero no. Otra vez vuelve a quedarse corto tras ofrecer una novela intensa, bien escrita, llena de buenas ideas. Pero vacía esta vez. Porque el mundo efervescente de Miami, donde conviven luchando hispanos, norteamericanos blancos, afroamericanos y haitianos se convierte en un vistoso decorado en el que un puñado de personajes se mueven buscando poder y placer, o como diría el Arcipreste de Hita: Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, el mundo por dos cosas trabaja: la primera. por aver mantenençia; la otra cosa era por aver juntamiento con fenbra  placentera.


                El héroe principal, o al menos el personaje más previsible, más normal, y quizás por ello también el más tonto, es el policía Néstor Camacho, de familia cubana.  Sus aspiraciones son sencillas: lucir músculo y ser amado por la hermosa e inconstante Magdalena. Pero más allá del concepto del deber de Néstor, de sus cuitas en las que no demasiado se ahonda, poca complejidad hay en esta bestia atlética, convertido en comparsa de una trama que no termina de hilarse con consistencia. Hay por medio médicos salidos, millonarios devotos de Onán, políticos que se ocupan de mantenerse en el poder como sea, millonarios inestables, rusos riquísimos y peligrosos. Pero siendo todo esto mucho, sabe a poco. Con mimbres tan suculentos, y con una experiencia de lectura amenísima, queda convertida la novela en, no sé, un telefilme rutinario, en un producto que Wolfe, entretenido en el vestidor, advirtiera que  se le hace tarde para un té danzante y que en un puñado de páginas tiene que cerrar las tramas que ha desarrollado a lo largo de 624 páginas cuando hubiera necesitado del doble para satisfacer las esperanzas de este lector que, agradecido, pese a todo, aunque sin entusiasmo, recomienda este libro.

miércoles, 27 de enero de 2016

Lecturas: Cevdet Bey e hijos (Orhan Pamuk)

Es la primera novela de Pamuk, de 1982. Lo que se viene a llamar un vasto fresco narrativo que sigue el devenir de Turquía, y las zozobras y las dudas de ser turco, a través de tres generaciones de una misma familia. Una novela que tiene mucho de decimonónica por su forma narrativa, pero que deja ver las virtudes del Pamuk que amo. A través de tres momentos de la historia turca, y mientras sólo la matriarca familiar se mantiene como presencia casi inmortal (algo que después veremos en "La casa del silencio", con esa matrona avejentada pero sagaz y exigente que gravita sobre la vida de sus nietos), se comienza en 1905, cuando todavía existe el agónico Imperio Otomano, salta a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, con la agonía y muerte de Ataturk, y finaliza en 1970, en vísperas de un golpe militar (como también sucede en "La casa del silencio". Por medio, el spleen de algunos, la ambición de otros, el juego con el destino de otro memorable personaje que se plantea continuamente suicidarse a los treinta años y que conoceremos incluso en su ancianidad apacible y, siempre, la fascinación por Estambul. Quien ya ame a Pamuk, amará este libro. Quien no lo conozca, necesitará ser animado para avanzar en el conocimiento y exploración de su universo narrativo.