sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes, por encima de todo

Hoy se cumplen 400 años de la pobre sepultura de Miguel de Cervantes, muerto el 22 de abril de 1616 (he confrontado el dato en Cervantes visto por un historiador de Manuel Fernández Álvarez y así es). Que recuerde, he publicado tres textos sobre don Miguel. Comparto aquí un artículo, y en breve un relato. Se publicó esta vindicación cervantina en Sur el 18 de abril de 2008. Sirva como homenaje torpe a quien tal vez sea el mejor de los españoles, tan débil, tan humano, tan fuerte, tan desdichado, tan digno. A continuación, el artículo de hace ocho años:


Fue el autor de “El famoso Bernardo”, un libro de caballería, de “Las semanas del jardín”, compuesto por diálogos, de las obras teatrales “La gran Turquesca”, “La batalla naval”, “La jerusalén”, “La Amaranta o la del Mayo”, “El bosque amoroso”, “La única”, “La bizarra Arsinda” y “La Confusa”, además de la comedia “El trato de Constantinopla y muerte de Selim”. También escribió la novela breve “La tía fingida”y el sacramental “Auto de la soberana Virgen de Guadalupe”. Todas estas obras desaparecieron en algún momento del siglo XVII. Quizás de haberse conservado, y haberse perdido en cambio el resto de su producción, este autor hubiera sido una figura menor, carne de eruditos e hispanistas, de nuestro siglo de Oro. Pero sucede que estamos hablando de las obras desaparecidas del soldado y convicto Miguel de Cervantes Saavedra.

Una muestra del estilo de Cervantes, de claridad certera, de elegancia desnuda, se da en el capítulo 46 de la primera parte del Quijote, que narra su encuentro con los cuadrilleros de la Santa Hermandad. En él, mostrando sus cartas de jugador que desea dejar al descubierto el farragoso delirio estilístico de las novelas de caballería que habían llevado al delirio al bueno de Alonso Quijano, recurre a la imitación de ese estilo. Veamos cómo lo formula Cervantes usurpando los modos de esos autores: “– ¡Oh Caballero de la Triste Figura, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines, con su rápido y natural curso”. ¿Alguien ha comprendido algo? Pues veamos cómo lo aclara, ahora con su propia voz, el autor alcalaíno: “vio que le prometían el verse ayuntado en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para la gloria perpetua de la Mancha”.

Pero Cervantes, siendo el autor nacional de España, y el creador del más rico y perdurable libro de nuestras letras, distó mucho de ser perfecto, aparte de su faceta personal en la que se une una dignísima rebeldía en su cautiverio tunecino a ciertas desdichas que le hicieron vivir en el límite de la legalidad y hasta infringirla. Si Lope de Vega llegó a decir de los poetas de su tiempo que “ninguno hay tan malo como Cervantes”, el propio autor escribió “Yo que siempre me afano de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. Con todo, en su poesía hay momentos extraordinarios, como el soneto “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, entre mucha y abundante hojarasca. Pero se le puede perdonar todo, pues, como afirman Martín de Riquer y José María Valverde en su repaso a la Literatura Universal, su obra “muestra en su diversidad, en sus intentos más o menos afortunados y en sus variaciones de estilo un real empeño de escritor que se sabe en posesión de dotes extraordinarias pero que se pierde por caminos sin salida y por géneros no adecuados a su temperamento hasta que tiene la feliz  idea de concebir el Quijote y el acertado sentido de escribirlo con los más maravillosos, adecuados y eficaces medios de expresión”.


Cervantes se redime con su libro universal, único que le hace inmortal. Aunque él personalmente prefiriera su novela póstuma “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, de la que escribió la dedicatoria sólo tres días antes de su muerte, en la que se lee la escalofriante confesión “Ayer me dieron la estremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Borges aventuró certeramente que don Quijote es el personaje más querible de la literatura española, y Lord Byron, admirado, vaticinaba que las letras de España tendrían pocos héroes a partir de los días del flaco caballero. Ambos acertaron. Pero si leer las desventuras de Alonso Quijano y de su vecino Sancho supone amarlos, y por tanto admirar a Cervantes, mucho más respeto y asombro y emoción causa saber que quien todo ello escribió fue un hombre de vida bastante calamitosa que supo sobreponerse a circunstancias por lo general adversas, agobiado de hastíos y desilusiones, al que se le conocieron pocas alegrías y al que se negó la posibilidad de servir en Indias, lo que tal vez nos hubiera ofrecido un Quijote distinto, empapada la sesera de selvas y saetas, tucanes e ídolos, dejados atrás los momentos en que cuchilladas y balas, latrocinios y vergüenzas, rigieron sus destino, acotaron sus días. Andrés Trapiello retrata los diferentes espíritus que lo animaban (y desanimaban) en su magnífica aunque breve biografía “Las vidas de Miguel de Cervantes”. Que el cine no haya retratado a nuestro escritor, y que las adaptaciones de su obra sean discretas, es algo que no debe hacernos hace suspirar. Al fin y al cabo, es mejor que cada lector se construya su imagen del hijo del barbero-cirujano alcalaíno, que cada cual ponga su voz y su color al escudero y el caballero. Que cada 23 de abril sea el Día Mundial del Libro se debe no sólo a la gloria infinita de Shakespeare, sublime en todo momento (es innecesario insistir que la fecha de la muerte de don Miguel y don Guillermo fue la misma pero diferente fue el día por divergencias de calendarios). Frente a él, y como ángeles que se observaran desde lo lejos, el cansado y maltrecho Miguel de Cervantes soporta el peso grave de los siglos y de las desdichas. Con una compasión suave y dulce que quisiéramos merecer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Lecturas: Vida y muerte en el Tercer Reich (Peter Fritzsche)


El título es lo suficientemente ambiguo y general como para alejar el interés de alguien avezado en justamente eso, los milagros y crímenes del nazismo. Encontrármelo como regalo con la revista Historia y Vida (más recomendable por estos libros que por la revista en sí) me hizo darle su oportunidad. Con el resultado de que es un volumen muy recomendable. Sus cuatro extensos capítulos se dedican a la vida cotidiana nazi (con una detallada exposición sobre el uso del saludo nazi), la aplicación y asimilación de los principios raciales en la vida diaria, la guerra y el Holocausto y, finalmente, el grado de conocimiento que había del Holocausto en la Alemania de entonces. Sobre lo más interesante, se señala que la evacuación hacia los campos imposibilitaba saber a ciencia cierta y de forma general lo que había pasado a los judíos. Aunque se conocían, y excusaban, matanzas como la de Babi Yar, en Ucrania, en la que murieron más de 100.000 personas. No obstante, hubo civiles alemanes que sí supieron qué sucedía:

"Sólo contadas personas intentaron imaginar o precisar el destino de sus vecinos como Ruth Andreas-Friedrich hizo en Berlín. Su honesto deseo de humanizar el destino de sus amigos se tradujo en una honesta incapacidad para entender el alcance del crimen que los nazis habían cometido. "Este horror es tan inconcebible que la imaginación se rebela a aceptarlo como una realidad", escribió en febrero de 1944:

Alguna especie de contacto se ha roto aquí; alguna conclusión sencillamente resulta imposible de alcanzar. No es a Heinrich Muehsam al que están enviando a la cámara de gas. No pueden ser Anna Lehmann, Margot Rosenthal o Peter Tarnowsky los que cavan una tumba en algún descampado remoto bajo el látigo de la SS. Y ciertamente no la pequeña Evelyne, que con cuatro años de vida estaba orgullosísima de haberse comido una pera. No, Evelyne Jakob murió de una manera diferente de esos tormentos; muriño de manera más humana, más comprensible, más imaginable.  


Aterrador y conmovedor. Como este otro dato, menor pero también terrible:

"Desde 1942, se prohibión que los judíos tuvieran mascotas y, dado que los animales en cuestión eran "judíos", tenía que sacrificárselos incluso cuando sus propietarios tenían amigos no judíos dispuestos a cuidar de ellos. El 19 de mayo de 1942 los Klemperer llevaron su gato Muschel a la consulta del veterinario en la Grunaer Strasse de Dresde, donde Eva hizo que le mataran con un narcótico: "el animal no ha sufrido. Pero ella sufre".


Llegado a este punto de esta reseña que es sólo un apunte veloz, recuerdo cuánto hijo de puta descerebrado hay todavía en twitter, en foros, en facebook, o comentando noticias, negando o celebrando el Holocausto o proponiendo repetirlo, jaleando a los verdugos, haciendo de la estupidez un orgullo. Y cierro la lectura y la indignación y el estupor y el perpetuo luto por las víctimas con otra elocuente cita:

"Los testimonios de los testigos presenciales describen muchas veces las mismas cosas, como señala Sandra Ziegler:

Llegada al campo, número, alambre de espino, llamada a lista, selección, transporte, despiojado, duchas, sopa, pan, enfermedad, cielo, infierno, corazón, ojos, naves, árboles, nubes, uniformes de la SS, cascos, botas, pistolas, perros, coches, marchas, órdenes gritadas, tazas, cucharas, cámaras de gas y crematorios, lirios, arena, ferrocarriles, "tren en la vía equivocada", destino final, niños, risa, dolores producidos por el hambre, barbas afeitadas, barracones, deporte, bulevar del campo, listas, policía judía, sopa, pan, maletas, brigadas de trabajo, transportes, aplazamiento, Berlín, Den Haag, Ámsterdam, Estados Unidos, Inglaterra, los Aliados, destino, suplicio, solución final, Dios.
  

lunes, 29 de febrero de 2016

Lecturas: El castillo blanco (Orhan Pamuk)

En la novela previa, Pamuk había matado a un personaje cuyo hermano se dedica a entretener el tedio revolviendo viejos archivos otomanos. El personaje que era investigador nos ofrece ahora el resultado de esa búsqueda abúlica: el manuscrito que son unas memorias de un prisionero cristiano en la Turquía del siglo XVII. O puede que de su captor. El tono, en primera persona, y sin nombres de los dos personajes principales, recuerda por su dicción a la de Bomarzo de Mujica Laínez. Pero aquí no se consigue una novela tan redonda. Cuestión de gustos. Al fin una novela de Pamuk que no me entusiasma. La idea de que en ese Estambul esplendente y misterioso el cautivo y el que será su tutor sean casi idénticos y que se inicie ahí un juego de vidas posibles, de destinos y sinos comparados, sólo funciona en los primeros compases del relato para caer en un rutinario juego que decae pronto y lleva al hastío. Para enseguida,en el tránsito de una página a otra, resolverse con un cambio de identidades y un cierre insatisfactorio. En fin. Próxima parada pamukiana, El libro negro.


lunes, 15 de febrero de 2016

Lecturas: El Reino [Emmanuel Carrère]

Cuenta Emmanuel Carrère que durante un periodo de su vida fue cristiano. Cristiano en serio, de los de lectura diaria de los evangelios, de comunión diaria y de esperanza diaria. Aquella experiencia pasajera, de un par de años, está en la base de este libro híbrido escrito con buena prosa y con un tono que se nos antoja sincero. De Carrère disfruté en su momento “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982”, que no es la mejor biografía ni el mejor estudio sobre Dick, ya que esos méritos corresponden a Lawrence Sutin y Pablo Capanna, pero sí es un muy buen estudio y biografía del profeta y novelista.  Este libro, que algunos extrañan que no se encuentre entre los principales de 2015, constituye otro ejemplo de autobiografía a través de otros. Esta vez, son los apóstoles Pablo y Lucas los que nos guian a través de la vida de Carrère en esos años de certidumbre.




El libro se lee con agrado, yendo desde lo testimonial del propio Carrère, con historias como la de la ex niñera de los hijos del mismo Philip K. Dick, que alucinado comparece aquí y allá, con menos intensidad y referencias de lo que nos hubiera gustado a los que amamos a ese desdichado y entrañable visionario, hasta, con mayor atención y profundidad, a los hechos de los apóstoles que escribieron los evangelios. Por tanto, el lector avezado en el cristianismo primitivo y su contexto (yo mismo tengo más de una docena de volúmenes, posiblemente dos, sobre el tema) hallará satisfacción a sus inquietudes. O más bien las multiplicará pues Carrère no aporta seguridades sino que aventura hipótesis al plantear sus personajes históricos como de ficción al, con absoluta honestidad, aportar posibilidades de comportamiento, motivaciones, cuando no se conocen. Con todo, es verosímil cuanto dice el novelista francés. Véase al respecto, lo que afirma:

Lo que digo a este respecto no es para denigrar al autor de esta biografía [se refiere a un autor que da fechas exactas sobre episodios dudosos de San  Pablo], sino para recordarme que soy libre de inventar siempre que diga que estoy inventando, señalando tan escrupulosamente como Renan los grados de lo seguro, lo probable, lo posible y, justo antes de lo directamente excluido, lo imposible, territorio donde se desarrolla una gran parte de este libro."


Es, por tanto, un buen documento, incluso un punto de partida, para iniciar una pesquisa sobre la fe cristiana y sus orígenes. Como también lo es, con muy diferente discurso, “El deseo de las colinas eternas”, de Thomas Cahill, con el que guarda alguna afinidad. Pues si en Cahill se concluye con una emocionante y atractiva descripción de la comunidad de San Egidio en Roma, que se esfuerza en vivir como los primeros cristianos, en Carrère ocupa ese lugar, también como cierre del relato, un episodio de lavatorio de pies en la comunidad del Arca de Jean Vanier. El episodio es conmovedor. La conclusión a la que nuestro autor llega, al final de todo y como cierre último del libro  es elocuente:

"He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé."


BONUS:
A la muerte de Blaise Pascal en 1662, cosida dentro de sus ropas, se encontró una nota que constituía el testimonio, radiante y gozoso, de su propia conversión. Carrère no lo nombra, no es exultante en la descripción de su momento de iluminación. Pero el interés del documento bien vale su transcripción aquí en calidad de guía de viaje hacia la puerta del Reino:

“El año de gracia  de 1654. Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente papa y mártir y de otros en el martirologio. Víspera de San Crisógono mártir, y de otros.
Desde aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y media.
Fuego. “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y sabios. Certeza. Certeza.
Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum (Jn 20,7) “Tu Dios será mi Dios” (Rt 1, 16)
Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios.
No se encuentra sino en los caminos indicados por el Evangelio.
Grandeza del alma humana.
“Padre justo, el mundo no Te ha conocido, pero Yo te he conocido” (Jn 17, 25)
Alegría, alegría, llantos de alegría.
Yo me he alejado.
Derelinquerunt me fontem aquae vivae (Jr 2, 13)
“Dios mío, ¿seré yo abandonado?” (Mt 27, 46)
Que yo no esté nunca separado de Él por toda la eternidad.
“Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti solo Dios verdadero, y a aquel a quién has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)
Jesucristo. Jesucristo.
Yo me he separado, he huido de Él, lo he renegado, crucificado. Que no esté nunca separado de Él.
No se conserva sino por los caminos enseñados por el Evangelio. Renuncia total y dulce.
Completa sumisión a Jesucristo y a mi director.
La alegría eterna por un día de prueba en la tierra.

Non obliviscar sermones tuos (salmo 118, 16) Amén.”

miércoles, 10 de febrero de 2016

Lecturas: Bloody Miami (Tom Wolfe)

Hay algo en Tom Wolfe que tira para atrás: ese orgullo impostado de norteamericano WASP perfecto y demodé, su insistencia en ser un dandy de ¿1910? Con esas camisas de rayas, esos rígidos cuellos blancos, las chaquetas blancas, los tirantes, los botines bicolores, incluso un bombín color crema (escribo la descripción sin mirar ninguna foto, sólo recordándolas). Todo ello revistiendo un cuerpo con un rostro que sonríe ufano, piel que desmiente en su brillo y tirantez la edad, flequillo rubio. Todo un personaje. Pero que es capaz de novelas brillantes, deslumbrantes, que se quedan a un par de pasos de convertirse en LA gran novela americana. Hablo de Todo un hombre, hablo de Yo soy Charlotte Simmons. Podría hablar de Bloody Miami. Pero no. Otra vez vuelve a quedarse corto tras ofrecer una novela intensa, bien escrita, llena de buenas ideas. Pero vacía esta vez. Porque el mundo efervescente de Miami, donde conviven luchando hispanos, norteamericanos blancos, afroamericanos y haitianos se convierte en un vistoso decorado en el que un puñado de personajes se mueven buscando poder y placer, o como diría el Arcipreste de Hita: Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, el mundo por dos cosas trabaja: la primera. por aver mantenençia; la otra cosa era por aver juntamiento con fenbra  placentera.


                El héroe principal, o al menos el personaje más previsible, más normal, y quizás por ello también el más tonto, es el policía Néstor Camacho, de familia cubana.  Sus aspiraciones son sencillas: lucir músculo y ser amado por la hermosa e inconstante Magdalena. Pero más allá del concepto del deber de Néstor, de sus cuitas en las que no demasiado se ahonda, poca complejidad hay en esta bestia atlética, convertido en comparsa de una trama que no termina de hilarse con consistencia. Hay por medio médicos salidos, millonarios devotos de Onán, políticos que se ocupan de mantenerse en el poder como sea, millonarios inestables, rusos riquísimos y peligrosos. Pero siendo todo esto mucho, sabe a poco. Con mimbres tan suculentos, y con una experiencia de lectura amenísima, queda convertida la novela en, no sé, un telefilme rutinario, en un producto que Wolfe, entretenido en el vestidor, advirtiera que  se le hace tarde para un té danzante y que en un puñado de páginas tiene que cerrar las tramas que ha desarrollado a lo largo de 624 páginas cuando hubiera necesitado del doble para satisfacer las esperanzas de este lector que, agradecido, pese a todo, aunque sin entusiasmo, recomienda este libro.

miércoles, 27 de enero de 2016

Lecturas: Cevdet Bey e hijos (Orhan Pamuk)

Es la primera novela de Pamuk, de 1982. Lo que se viene a llamar un vasto fresco narrativo que sigue el devenir de Turquía, y las zozobras y las dudas de ser turco, a través de tres generaciones de una misma familia. Una novela que tiene mucho de decimonónica por su forma narrativa, pero que deja ver las virtudes del Pamuk que amo. A través de tres momentos de la historia turca, y mientras sólo la matriarca familiar se mantiene como presencia casi inmortal (algo que después veremos en "La casa del silencio", con esa matrona avejentada pero sagaz y exigente que gravita sobre la vida de sus nietos), se comienza en 1905, cuando todavía existe el agónico Imperio Otomano, salta a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, con la agonía y muerte de Ataturk, y finaliza en 1970, en vísperas de un golpe militar (como también sucede en "La casa del silencio". Por medio, el spleen de algunos, la ambición de otros, el juego con el destino de otro memorable personaje que se plantea continuamente suicidarse a los treinta años y que conoceremos incluso en su ancianidad apacible y, siempre, la fascinación por Estambul. Quien ya ame a Pamuk, amará este libro. Quien no lo conozca, necesitará ser animado para avanzar en el conocimiento y exploración de su universo narrativo.

martes, 29 de diciembre de 2015

Guinea y España: 40 años de olvido [artículo inédito]

[En octubre de 2008, cuando se cumplían cuatro décadas exactas de los hechos que se relatan en este texto, escribí este artículo para diario Sur que quedó inédito por ajustes de contenidos del suplemento que entonces coordinaba. En él aparece mi familia política. A la que pertenecen las fotos que lo ilustran, tomadas por mi suegro, Ángel Alcobendas, que protagoniza una curiosa escena con el presidente Macías en la primera escena del artículo, que saco hoy a colación tras el estreno de "Palmeras en la nieve" que también los refleja elípticamente y como homenaje a mi familia barceloneso-madrileña que también fue, entonces, guineana: Maribel, Tere, Ángel y Joan]

        El presidente de Guinea Ecuatorial está sentado en un sofá. Frente a él hay un televisor apagado. Detrás de él, sus escoltas miran el aparato, hacen sonar los seguros de las armas, amartillan las pistolas, resoplan. Detrás del televisor, el técnico de Televisión Española, Ángel Alcobendas, llamado en lugar del compañero que habitualmente se ocupaba de estos imprevistos y ausente en ese momento de la ciudad, revisa los entresijos del aparato. Poco antes, para acceder al palacio, le han revisado minuciosamente la caja de herramientas y hasta comprobado el tacón de los zapatos. Cada pocos minutos, mientras siguen sonando los cerrojos del armamento, el presidente pregunta si va bien la reparación. Todo parece estar en orden, excelencia, espere un momento, por favor. Chasquidos metálicos, calor y humedad en la ciudad que aún se llama Santa Isabel. Y una clavija que aparece mal encajada. Alcobendas la aprieta y queda resuelta la avería. El presidente Macías se relaja. Los escoltas bajan, felices, las armas. Pero en la pantalla sólo aparece la carta de ajuste. Para que continúe la emisión, el técnico tendrá que llamar al centro emisor de TVE en la isla de Fernando Poo, en el pico Santa Isabel a 3.100 metros de altura, para que siga la emisión que el presidente había mandado detener. Si Fernando Macías, presidente de la recién nacida República de Guinea Ecuatorial, no puede ver la tele por tener suelta una clavija, ningún guineano tiene derecho a ver lo que su guía y jefe no puede. Así son las cosas. Está muy reciente el 12 de octubre de 1968, fecha en la que se firmó el acta de independencia de la jovencísima nación. Antes de que termine el mes de marzo de 1969, la inmensa mayoría de españoles habrá abandonado el país por las amenazas y la violencia desatadas por Macías. La familia Alcobendas partirá hacia España en el último avión que dejará la isla.

12 de octubre de 1968:
Independence Day

         Los siglos españoles


        El 12 de octubre de 1968, hace 40 años, el Ministro de Información y Turismo de España, Manuel Fraga, firmaba en el Salón del Trono del Palacio Presidencial de Santa Isabel, en la isla Fernando Poo, la entrega de poderes al presidente Fernando Macías Nguema por la cual España, tras un proceso iniciado en la ONU, aprobaba la independencia de las antiguas provincias de Fernando Poo y Río Muni agrupadas como República de Guinea Ecuatorial. En 1973, cuando el culto a la personalidad de Macías, convertido en dictador, llegue a su apogeo, la isla de Fernando Poo pasará a llamarse Macías Nguema Biyogo. Y la ciudad de Santa Isabel, Malabo. Cuando termine sangrientamente en 1979 el régimen de Macías a manos de su sobrino golpista Teodoro Obiang Nguema, la ciudad se quedará con su nombre africano, mientras la isla recibirá como nombre Bioko.

        Descubierta la isla en el siglo XV por navegantes portugueses, no será hasta 1777 que no pase, con una porción de suelo continental, a manos de España, que las permutó con los portugueses a cambio de la disputada ciudad de Colonia del Sacramento (Uruguay). Esta inesperada incorporación de territorios en África Central a la corona española hará que las nuevas posesiones formaran parte del Virreinato del Río de la Plata hasta su disolución. La primera mitad del siglo XIX contemplaría intentos ingleses por adueñarse de la soberanía de Guinea, mientras que es en la segunda mitad de la centuria cuando España emprende su labor colonizadora. El problema que no arreglarían la conversión en provincias de los territorios en 1959 ni la aprobación de un régimen de autonomía aprobado en referéndum por los guineanos en 1963 como paso previo a la independencia obtenida en 1968, es la enorme diferencia entre la isla y el continente.

Memorias de África: 
Mi mujer y mi cuñado juegan
en la piscina del Casino Español,
Santa Isabel


Hermanos y enemigos


Los antropólogos y el testimonio de los extranjeros afincados en Guinea coinciden en afirmar la radical diferencia entre las dos tribus mayoritarias del país: los bubis de Fernando Poo/Bioko y los Fang de Río Muni (Mbini en la actualidad). Los bubis son monoteístas, conformistas, mansos y sedentarios. Los fangs son politeístas, intransigentes, batalladores y trashumantes. Tampoco sus idiomas tienen ningún parecido. Macías era fang. Obiang también lo es. Ya durante el periodo de la autonomía, cuando en Madrid se reunieron en dos fases de la Conferencia Constitucional destinada a fijar los términos de la indepencia, con intervención de los representantes de los partidos guineanos y de la administración española, en el periodo 1967-1968, uno de los comisionados de Santa Isabel, y por lo tanto bubi, Edmundo Bosio, que más tarde en una intervención en la ONU llegó casi a convencer de la necesidad de crear dos naciones diferenciadas, llegará a decir “No nos dejéis en manos de nuestros hermanos de color los pamúes [otro nombre por el que son conocidos los fang], que no respetarán nuestros derechos y nos tratarán como esclavos. Si lo hacéis os declaro responsables ante la Historia, ante vuestra conciencia y ante Dios, del genocidio que se cometa con Fernando Poo”. Cuando la presencia española desaparezca, Macías se encargará de cumplir el temor manifestado por Bosio, que también será asesinado.


12 de octubre, 1968

Fraga  en su discurso del 12 de octubre afirmó en lo que puede resumir su discurso: “Afortunadamente no estáis solos. En ese camino vuestro, en esa senda o en esa vía jubilosa y ancha, podréis contar siempre con compañía adicta y experta.” Justo antes de los discursos, desde la tribuna contempló el primer izado de la bandera verde, blanca y roja, con un triángulo azul, de la nueva nación mientras la Guardia Territorial interpreta el himno nacional, el ingenuo “Caminemos pisando la senda de nuestra inmensa felicidad”. El acto lo preside, en el centro, Macías. A la izquierda está Fraga. Y a la derecha, pero un tanto en segundo plano, Edmundo Bosio que es el vicepresidente de la nación en un esfuerzo de Macías por ofrecer una imagen de unidad nacional. El reloj de la catedral neogótica en esa Plaza de España (rápidamente cambiará su nombre por el de Plaza de la Independencia) da una larga campanada. Son las diez y cuarto. A continuación, en el palacio, se firmará el acta de independencia y habrá discursos. A las 12 llegará el momento en que el dominio español desaparece y Guinea pasa a ser dueña de sí misma. Después, “Te Deum” de acción de gracias en la catedral. Un día feliz e histórico. Perno no perfecto. En Santa Isabel, justo al llegar el mediodía una decena de activistas ya preparados, asaltan y derriban con cuerdas la estatua, obra de Benlliure, del que fuera gobernador de los territorios en los años 20, Ángel Barrera. En Bata, capital de Río Muni, la guardia civil e infantes de marina deben contener a la multitud que la noche antes había quemado dos iglesias y amenazado a los españoles. El horizonte no es halagüeño.


El comienzo del miedo
        
España ha incluido entre los protocolos firmados con Guinea un acuerdo semisecreto por el que durante dos años habrá presencia militar (Guardia Civil, Armada y Ejército del Aire) para defender los intereses españoles y proteger de amenazas externas a la indefensa república. También quedan los estudios, equipo técnico y emisora de TVE como embrión de la futura televisión guineana Pero Macías desconfía. De hecho, su triunfo en las elecciones a dos vueltas celebradas en septiembre, el favorito de España era el presidente del régimen autónomo, Bonifacio Ondó, que morirá oscur y trágicamente en 1969. La economía guineana no levanta el vuelo. Alrededor de Macías hay algunos españoles, bien conocidos todavía hoy, aconsejándoles. Uno de ellos es el abogado Antonio García-Trevijano. Otro es Francisco Paesa.

  Las tensiones crecen. En diciembre comienza a expulsar españoles por causas discutibles. Exige que el gobierno español aporte capital para mantener el nuevo Estado. Y TVE tampoco se pliega totalmente a las exigencias de Macías. En febrero de 1969 exigirá que dejen de emitirse programas de tono anticomunista (la URSS acaba de reconocer a Guinea y Macías adula a los soviéticos sin dejar de alabar a Hitler), así como que se censuren los comentarios o imágenes racistas en las películas y series norteamericanas. El 12 de febrero, hará que se registre el centro emisor en busca de una presunta emisora que guiaría a los aviones que ayudaban a los rebeldes de la guerra de Biafra en la vecina Nigeria.

El día siguiente, Macías da un paso casi definitivo. Enfadado al ver banderas españolas en el cuartel de la Guardia Civil, en el consulado y la embajada de España y en la residencia del cónsul, exige que sólo una bandera permanezca. España puede decidir cuál de ellas. Pero no se pliega a las amenazas. El día 22, la Guardia Nacional guineana arría la bandera de la residencia del cónsul y se la devuelve a éste, que el día siguiente es expulsado del país. El miedo comienza.

Violencia y éxodo

Hasta el momento de la independencia, la causa guineana sólo dejó dos mártires: Acacio Mañé en 1959 y Enrique Nvó en 1963. Y con todo, estas dos muertes, aún rodeadas de misterio, tampoco pueden atribuirse a los españoles con total seguridad. Pero, desesperado y envalentonado, Macías acusa de asesina a España con discursos inflamados y radicales. Inmediatamente, la rama juvenil del que en breve será el partido único de Guinea desata la violencia. Los bubis y muy especialmente los que han trabajado o trabajan al servicio de los españoles son vejados y apaleados en las calles. Muchos mueren. Los españoles se encierran es sus casas, agrupándose las familias en las más robustas y pertrechadas de armas. La sangre ya no es una amenaza. El día 26 es expulsado el embajador de España. Pero éste dispone que las fuerzas españolas ocupen esa noche los centros neurálgicos y se pidan refuerzos a Canarias. Pero esta operación s abortada desde Madrid. España no luchará. En la madrugada, se repliegan las tropas sin combatir y se dan la vuelta los paracaidistas que acababan de partir desde Las Palmas.

Embravecido, Macías decreta el estado de excepción, da por rotas las relaciones con España, ordena la expulsión de la Guardia Civil, fija el toque de queda. La embajada española, ante el acoso en las calles, ordena la evacuación el día 27.  Y ese día registrará la primera víctima española: en Río Muni, una barcaza con 33 refugiados es tiroteada. De un disparo en la cabeza muere Juan José Bima Martí, un capataz forestal de 25 años que huía con su esposa. Sólo llevaban casados mes y medio. Mientras, por la radio Macías daba su consigna: “matad al blanco, violad a las mujeres, tenéis derecho al botín, pena de muerte para quien ayude al blanco. Estamos en lucha contra el imperialismo español”. Los barcos que abandonan Río Muni reciben la instrucción del embajador de no detenerse en Fernando Poo. No había lugar seguro.

El golpe y la última bandera

Se presagia lo peor. Y lo peor ya ha comenzado. Y se confirma el 5 de marzo, mientras los españoles huyen en barcos y aviones. Ese día, el ministro de Asuntos Exteriores de Guinea, Anastasio Ndongo, intenta un golpe de estado contra Macías. En una confusa escena, cuando parece que el golpe ha triunfado, el propio Macías lucha cuerpo a cuerpo con Ndongo que termina arrojado por la ventana del palacio presidencial de la ciudad de Bata. Una vez en el suelo, Ndongo, herido, es linchado. Morirá pocos días después. La venganza contra sus oponentes políticos, implicados o no en el golpe, no tendrá límites. Y los españoles son acusados de estar detrás del mismo. El ministro de Exteriores, Castiella, lo niega. Pero el presidente Carrero Blanco parece ocultar la verdad.


La Guardia Civil se atrinchera en los cuarteles, que son fortificados y defendidos por ametralladoras, y a los que son invitadas a concentrarse las familias españolas, repartiendo armas a los civiles. Tal es el peligro, que la colonia norteamericana al completo abandona el país. Frente al puerto de Santa Isabel, el acorazado Pizarro apunta con sus cañones el palacio de Macías. Hay incluso un plan para reocupar militarmente la isla para facilitar la evacuación española. En estos momentos, sólo quedan allí 300 españoles, que reciben amenazas, gritos, exhibición de armas, por parte de los fangs. Semanas antes, eran más de 7.000. Un grupo de las Compañías de Operaciones Especiales (COES) llega para construir un muelle provisional cerca del cuartel de la Guardia Civil de Santa Isabel, por donde se hace la evacuación de los últimos civiles. El último gesto de orgullo tendrá lugar el 29 de marzo, cuando la Guardia Civil arría la bandera en la isla y antes de embarcar la pasea por las calles de Santa Isabel desfilando con vehículos, bagajes y armas apuntadas hacia la multitud adversa que vociferaba. El 19 de abril llegarán a Las Palmas los Aragón y Castilla con los últimos españoles junto con la última bandera española que ondeó en Guinea. Comenzaban 40 años de olvido mutuo que todavía duran.