De John Le Carré no había leído nada hasta ahora. Tenía el recuerdo, lejano, de la serie de televisión “Calderero, sastre, soldado, espía”, que se reducía al recuerdo de los nombres de Karla y Control como el de los antagonistas principales, el rostro pausado y venerable de Alec Guinness y la escena en que alguien hacía que se accionara un magnetófono al presionar el interruptor de la luz. Aquel título extraño de la serie es el original de la novela que aquí conocemos, en un afán notorio de simplificación, como “El topo”. Desconozco el resto de la obra de Le Carré, desconozco la opinión y la experiencia de otros lectores. La mía es la de una escritura de excelente calidad, llena de recovecos, de matices certeros y amargos, de psicologías profundas. Nada que ver con un género, el de las novelas de espías, que asociamos a James Bond, ceja alzada, pistola de oro y, a veces, carne gloriosa. Nada de eso hay aquí, sino la quietud cansada de oficinas no bien iluminadas, conversaciones de funcionarios ajenos a la épica. De hecho, no importa saber si el topo infiltrado en el servicio secreto británico se corresponde con la identidad escondida detrás de los seudónimos de calderero, sastre, soldado, pobre o mendigo. Lo que te transmite vida y verdad es esa soledad secreta, esa desolación, que acompaña a cada personaje. George Smiley, protagonista, es ejemplar en esa veracidad. Arrastrando la nostalgia y el dolor por la separación de la que fuera su mujer, es conmovedora, en su parquedad, que cuando ve, por última vez, en la novela a su infiel ex esposa, Anne, la perciba “tan alta, hermosa, impresionante como siempre, y en esencia, la mujer de otro hombre”.
lunes, 5 de agosto de 2013
Lecturas: El topo (John Le Carré)
De John Le Carré no había leído nada hasta ahora. Tenía el recuerdo, lejano, de la serie de televisión “Calderero, sastre, soldado, espía”, que se reducía al recuerdo de los nombres de Karla y Control como el de los antagonistas principales, el rostro pausado y venerable de Alec Guinness y la escena en que alguien hacía que se accionara un magnetófono al presionar el interruptor de la luz. Aquel título extraño de la serie es el original de la novela que aquí conocemos, en un afán notorio de simplificación, como “El topo”. Desconozco el resto de la obra de Le Carré, desconozco la opinión y la experiencia de otros lectores. La mía es la de una escritura de excelente calidad, llena de recovecos, de matices certeros y amargos, de psicologías profundas. Nada que ver con un género, el de las novelas de espías, que asociamos a James Bond, ceja alzada, pistola de oro y, a veces, carne gloriosa. Nada de eso hay aquí, sino la quietud cansada de oficinas no bien iluminadas, conversaciones de funcionarios ajenos a la épica. De hecho, no importa saber si el topo infiltrado en el servicio secreto británico se corresponde con la identidad escondida detrás de los seudónimos de calderero, sastre, soldado, pobre o mendigo. Lo que te transmite vida y verdad es esa soledad secreta, esa desolación, que acompaña a cada personaje. George Smiley, protagonista, es ejemplar en esa veracidad. Arrastrando la nostalgia y el dolor por la separación de la que fuera su mujer, es conmovedora, en su parquedad, que cuando ve, por última vez, en la novela a su infiel ex esposa, Anne, la perciba “tan alta, hermosa, impresionante como siempre, y en esencia, la mujer de otro hombre”.
domingo, 21 de julio de 2013
Lecturas: Historia de un Estado clandestino (Jan Karski)
Cada guerra,
cada conflicto, tiene su soldado desconocido, su héroe olvidado, su víctima de
silencio y de ceniza. Su derrotado ejemplar. Tal es el caso de Jan Kozielewski.
Cuyo nombre no aparece en los libros de historia, y cuando lo hace, en una
minúscula nota al pie de página, lo hace con otro nombre, uno que la
clandestinidad obligó a adoptar y por el que el recordado, aunque, ay, muy
poco: Jan Karski. Autor de este abrumador volumen, su efigie, de muy mayor, la
recoge una estatua de bronce en el parque de la universidad de Georgetown, en
la que fue profesor entre 1952 y 1992. Sentado en un banco de madera, apoyado
en un bastón y con un tablero de ajedrez invitando a compartir asiento e
imposibles confidencias, una placa en el suelo resume en inglés sus virtudes y
vicisitudes: “Jan Karski (Jan Kozielewski), 1914-2000, mensajero del pueblo
polaco ante su gobierno en el exilio, mensajero del pueblo judío ante el mundo,
el hombre que alertó sobre la aniquilación del pueblo judío cuando aún había
tiempo para detenerla. Nombrado por el Estado de Israel Justo entre las
Naciones, héroe del pueblo polaco, profesor en la Universidad de Georgetown
(1952-1992), un hombre noble que caminó entre nosotros y nos hizo mejores con
su presencia, un hombre justo”. Réplicas de esta estatua fueron emplazadas,
posteriormente, ante el consulado de Polonia de Nueva York, en el campus de la
Universidad de Tel Aviv, en la ciudad polaca de Kielce y, convirtiendo el banco
en sillón y eliminando el tablero, en Varsovia.
Georgetown
Nueva York
Tel Aviv
Kielce
Varsovia
Lodz
Publicado en
1944 (adviértase, durante la Segunda Guerra Mundial y antes de la liberación de
los campos), “Historia de un Estado clandestino” es el relato, en primera
persona, que Karski hace de su actividad en la Resistencia polaca hasta el
momento en que, enviado a dar cuenta al gobierno polaco en el exilio de las
actividades de la Resistencia, cumple esta misión en Londres y es enviado a
informar al presidente Roosevelt en Washington. Junto al funcionamiento del
admirable estado polaco clandestino al que se refiere el título, es la
situación del pueblo judío el gran secreto del que Karski era portador. No
porque llevase consigo documentación microfilmada al respecto, sino porque él
mismo fue testigo. De una honestidad intachable, el católico Karski insistió en
conocer de primera mano lo que sucedía, para evitar estar mediatizado: “Me
ofrecieron llevarme al gueto de Varsovia para que, literalmente, pudiera ver el
espectáculo de gente moribunda, exhalando su último suspiro ante mis ojos. Me
conducirían a uno de los tantos campos de exterminio en los que se torturaba a
los judíos y se los mataba a miles. Como testigo ocular, yo sería mucho más
convincente que como mero portavoz. Asimismo, me advirtieron que, si aceptaba
su ofrecimiento, arriesgaría mi vida para llevarlo a efecto. También me
previnieron de que el recuerdo de las espantosas escenas que presenciaría me
perseguiría durante toda la vida. Les dije que aceptaba”.
Si todo el
libro es un relato exacto, tenso y despojado de la lucha del nobilísimo pueblo
polaco contra el invasor nazi (Karski fue movilizado, huyó de los alemanes para
ser apresado por los soviéticos, se sometió voluntariamente a un canje para ser
prisionero de los alemanes, de los que más tarde se evadió para integrarse en
la Resistencia, cayendo prisioneero nuevamente y ser salvajemente
torturado...), son dos capítulos, “El gueto” y “Morir en agonía...”, los que
captan la experiencia medular de Karski. El libro completo cabe en el resumen
en los párrafos con los que Karski, frente a la Casa Blanca, cierra estas
memorias imprescindibles y que, para los que no conozcan este libro
sobresaliente, pueden inducir a su lectura:
Me senté en un
banco y observé a los transeúntes. Vestían bien y parecían saludables y
satisfechos. Daba la sensación de que la guerra apenas los había afectado. Los
acontecimientos me pasaron por la cabeza en veloces y extraños fragmentos.
El exquisito
salón del embajador portugués en Varsovia, y luego, abruptamente, sin
transición alguna, el calor, el polvo y el humo de la batalla, así como la
amargura de la derrota. La interminable y caótica marcha hacia el este, y la
fútil búsqueda de inexistentes destacamentos. A continuación, los silbantes
vientos y las inhóspitas estepas soviéticas. La alambrada del campo de
prisioneros. El tren. El campo de concentración alemán en Radom y un primer
atisbo de una brutalidad que nadie había imaginado jamás, la suciedad, el
hambre, la degradación. Luego, la Resistencia, el secreto y el misterio, el
ligero y constante temblor nervioso. Las montañas eslovacas y el viaje en
esquí, como una irrupción en el mundo superior.
La hermosa
ciudad de París, en tiempos de guerra... Angers, rebosante de espías
alemanes... Luego el regreso por los Cárpatos, hacia la tierra de las tumbas,
las lágrimas y el dolor. La Gestapo y mi primer golpe en sueños...
Posteriormente, las palizas, los dientes y las costillas, la sangre que manaba
a raudales, cubriéndome los ojos, los oídos, inundando el mundo.
Luego las
palabras: “Teníamos dos órdenes con respecto a ti. La primera era hacer cuanto
estuviese en nuestro poder por ayudarte a escapar. La segunda era matarte si
fallábamos”.
Después, el
duro trabajo en la Resistencia, monótono, secreto, peligroso. El gueto y el
campo de exterminio, el recuerdo y las
náuseas que provocaba, los susurros de los judíos, como el estruendo de una
colisión de montañas. Y Unter den Linden, Berta, Rudolf, gente que alguna vez
amé y que ahora detesto. Los Pririneos de noche y los Pirineos de día. El mundo
diplomático y las conferencias. Mi condecoración. Y luego lo vi a él, como
puedo verlo ahora, mientras escribo, el anciano caballero, cansado, que, con
los paternales ojos fijos en los mío, me decía: “No le doy ninguna orden ni le
hago recomendación alguna. Usted no está representando al gobierno polaco y su
política. Los servicios que le suministramos son puramente técnicos. Su misión
consiste sólo en reproducir objetivamente lo que ha visto, lo que ha
experimentado, lo que se le ha encomendado que diga sobre quienes están en
Polonia y en los demás países europeos ocupados.
jueves, 18 de julio de 2013
Algoritmos por sevillanas
LA FORTALEZA DIGITAL. Autor: Dan Brown. Editorial: Umbriel. Páginas: 448.
HAY algo que escama en esta novela. Que el autor tenga que iniciarla disculpándose por no dar una imagen eufórica de Sevilla y de España, como si por ello se fueran a asaltar los consulados de Estados Unidos, como si tuviéramos un patrioterío talibán, y que siendo la primera de Dan Brown haya sido la última en publicarse.
Vayamos por partes. España no es un paraíso. Es más, el paraíso no existe. Y si hay putas, camellos, punkis y calor en Sevilla, o los lavabos del aeropuerto de nuestra ciudad vecina no están limpios, pues no pasa nada. Se creó mucha escandalera previa con la visión que Brown daba de España y no hay para tanto. Así, no hace falta que el pobre hombre tenga que confesar, o inventarse, en su disculpa, que está aprendiendo a bailar sevillanas. Es más, a veces son divertidos los errores que comete, como situar el Ayuntamiento de Sevilla en la Plaza de España o contar cómo las sevillanas suelen lucir mantillas en misa.
Eso sí: los guardias civiles fuman Ducados y los punkis beben cerveza Águila. Por tanto, algo de documentación minuciosa ha habido. Del mismo modo que errores idiotas, como señalar en la página 351 que el sicario malo es sordo para describirlo oyendo un golpe ocho páginas más adelante.
Una novela tan mala
Pero tampoco hace falta ponerse duros con el muchacho multimillonario. Pobre desgracia ha tenido ya con escribir una primera novela tan mala. Uno, por exigencias de la actualidad, se ha leído el resto de las obras de Brown. Y si, con la advertencia previa de que hablamos de productos de consumo, no de auténtica y legítima literatura, 'El Código da Vinci' era mecánica pero entretenida, 'Ángeles y Demonios' tenía un final tan ridículo que podría titularse 'Mira quién vuela' y 'La conspiración' era correcta, 'La Fortaleza Digital' es simplemente mala. No de solemnidad, pero mala a las claras.
Veamos: la cosa va de criptógrafos (eso que tanto le gusta a Brown), pero tan torpes que se tiran las últimas páginas de los nervios, al borde del patatús, buscando una clave que el lector más abstruso ha deducido mucho antes que tan excelsas y audaces eminencias. Y no es cosa de ponerse a gritarle un número a un libro. Aunque sea de Dan Brown.
Y el resto es lo de siempre: capítulos cortos que duran lo mismito que un vagón de metro entre estación y estación, un guapo y una guapa luchando contra las circunstancias, confiando en quien será un villano y desconfiando de quien es finalmente inocente.
Y al llegar al final, miel sobre hojuelas, el suelo de la sala de lectura lleno de palomitas y el cheque gordo en el bolsillo de Daniel el Travieso. Eso sí, sigo sin saber lo que es un algoritmo tras leer la novela.
Que parece que lo que busca el autor es que los de Letras cojamos el tocho de la Real Academia y lo comprobemos. Pero, Dan, cariño, no me mueve mi Dios para hacerlo (ni para quererte). Al menos, queda el consuelo de que pasará un tiempo sin que nos aflija con otra de sus ficciones sin adicciones (ni cafeína).
Publicado en Diario Sur el 24 de marzo de 2006
Lecturas: Inferno (Dan Brown)
Hubo un tiempo en que los libros de Dan Brown cumplían lo mínimo que se le puede pedir a un libro: que no te aburriera, que fuera sumiso en las manos y que respondiera con cierta bondad al detalle que tenemos al abrirlo, al decir "bueno, muchacho, a ver qué me ofreces". El resultado era el equivalente de ver una película sin pretensiones y con mucho efecto especial, puro rato de palomitas. Eso ha ido pasando, con peor o mejor fortuna, con todos sus títulos (véase la crítica deslenguada que en su día publiqué de "La fortaleza digital" y que en un plisplás recuperaré aquí). Pero no con éste, "Inferno". Hasta Javier Sierra (que ya es decir) supo hacer algo entretenido con el Renacimientop italiano en la sobrevalorada "La cena secreta". Pero Brown cae aquí en la monotonía, en creer que decidir escenarios interesantes (Florencia, Venecia, Estambul) basta para que el lector poco exigente se dé por satisfecho. Nada de eso. Aquí, todo es pocas ideas, pocos datos, información somera. Desgana. Comercio. Aburrimiento. Las palabras manidas de Dante, que aquí se repiten con desgana, las de dejar toda esperanza por parte de los que entren, deberían haberse usado aquí no como cita introductoria, sino como aviso para los lectores.
Toda posible novedad ha sido dejada fuera por el desganado Brown, que aquí también incurre en despistes, en fallos de racord como cuando cuenta que Langdon descubre que Sienna Brooks está calva en una escena anodina para volver a descubrirlo un puñado de páginas más tarde en otra escena igualmente tonta. Y si para su conveniencia tiene que meter a mujeres en burka (no con hiyab ni niqab, burka a la manera afgana) en Estambul, lo hace. Y es más, mete como figurante en esa ubicación a un hombre vestido con una elegante túnica y turbante. Un auténtico moro de opereta. Cosas así son las que te hacen desesperar con una novela que en manos más hábiles (lo dicho, y perdóneme Dios, las de Javier Sierra) hubiera evitado convertirse en un tocho indigesto y lento y tonto y otra vez tonto de 633 páginas. El libro me acompañó a un viaje lejos, con vuelos largos y aburridas noches de hotel. Ni así consiguió que me interesara por él. Lo que en otras ocasiones fueron tres o cuatro días de alborotada lectura se convirtió en algo tan lento y apasionante como la Constitución de cualquier país desdichado. Un asco, un horror. Un error. He dicho.
miércoles, 19 de junio de 2013
El Mesías secreto
Los hechos pueden enumerarse como una tríada de
elementos, esencialmente resumidos en una esperanza, una revelación y un
fracaso. No obstante, y a la luz de los acontecimientos, el orden de estos
principios puede ser alterado, combinándose de forma azarosa y hasta infinita.
Así, Jonas Lewis Baer antepone la esperanza a la revelación, mientras Philip K.
Dick sitúa en primer lugar la decepción.
De todos modos, el ordenamiento es ficticio, abandonado
al criterio y al capricho de los exégetas y dictado por la interpretación de
los acontecimientos. En líneas generales, éstos pueden resumirse en la
manifestación de un excesivo Mesías, Sabbatai Zewi, en una sinagoga europea
hacia 1666, en su reconocimiento por severos cabalistas y sabios de la judería,
su aclamación por una resignada muchedumbre hebrea y la decisión compartida de
regresar a Jerusalén, en tumultuoso peregrinaje, a fin de proclamar, e iniciar,
un reinado de inverosímil dicha.
Nacido en Esmirna el día de 1626 en el que se celebraba
lastimeramente el aniversario de la destrucción del Templo -todos
los templos parecen remitirse a aquél del que un único muro basta para asegurar
su persistencia- a la vez que se auguraba para ese azar del calendario
el natalicio del definitivo libertador, Sabbatai Zewi fue uno de esos
fatigadores de pergaminos, insuficientemente auxiliados de candelabros, en que
tan abundante es la estirpe de Abraham. Excluido a los quince años de su edad,
por mero agotamiento de los saberes, de una escuela talmúdica, dedicó sus
vigilias a los laberintos arborescentes de la Cábala. Fue durante uno de esos
turbios amaneceres cuando una voz, convenientemente nítida, intangible e
imperativa, le desveló que el Mesías coincidía con su persona, cumpliendo así
los requisitos de la mansa tradición. Entonces, la quietud se convirtió en
zozobra.
El primer episodio de este vértigo de despropósitos e
ilusiones consistió en pronunciar, siguiendo la ley dictada para el esperado
Mesías y en la apesadumbrada sinagoga, el nombre secreto e invisible de Dios. A
partir de ahí, todo fue dramáticamente fulgurante.
Las profecías fueron cumpliéndose con rigor geométrico,
dictando el acontecer de cada jornada. Así, el austero sabio Nathán de Gaza se
erigió en encarnación del profeta Elías, anunciador del aguardado redentor que
fue captando reconocimientos, monedas y entusiasmos para el excesivo Sabbatai,
llamando al fervor de los repentinos creyentes a llevar en navíos su exaltación
hacia los lugares primigenios y sagrados.
En lo que fue un día Constantinopla, la multitud,
siguiendo a Zewi, desembarcó. Allí, una corona de alfanjes e imprecaciones le
ciñó y condujo a una fortaleza debidamente arábiga y lóbrega. Rabinos
reclamados para la ocasión se entrevistaron con el elegido, custodiado por muecines
y soldados. El dictamen del repentino sanedrín fue diverso, mas prevalecieron
los que abandonaron la celda fulminados por la sutil majestad del prisionero.
Abreviando los preliminares y consultas, el sultán anticipó un final público.
En pie sobre las murallas, contemplando un océano inmóvil de cánticos y
devociones, Sabbatai Zewi fue conminado a reafirmar su identidad como
definitivo Mesías o entregar su sangre a una cimitarra ya desenvainada e
impaciente. Los cánticos se detuvieron. Tras un silencio de Zewi, dedicado tal
vez a la oración interna o al recuerdo de una habitación en Esmirna, entonó su
decisión, proclamando una repentina fe en Alá y su profeta.
Es conjeturable el desaliento de los seguidores, su
hastiado y menesteroso regreso a los barcos, sus secretas imprecaciones. Una
década después, cuando Sabbatai Zewi entró en un paraíso excesivamente mundano
para ser celeste, en el que todos los árboles estaban orientados hacia una
misma ciudad, su deceso fue llorado como el de un verdadero Mesías. A pesar de
la coaccionada conversión, fueron numerosos quienes duplicaron aquel entusiasta
éxodo para aguardar en Jerusalén que el Mesías Zewi revocara su engaño y
premiara con el nuevo reinado de Yahvé la paciente confianza de sus seguidores.
A pesar de la muerte y del olvido, nuevas y sucesivas
generaciones de desengañados creyentes fueron aguardando su imposible y
quimérico regreso. En el escrupuloso escrutinio de los rabinos, en cambio, Zewi
fue convertido en un estrafalario impostor.
La redención quedó aplazada hasta el fin de los
tiempos. Incluso, la fecha de la muerte de Zewi coincidió, simétricamente, con
el Yon Kippur de 1676, el día hebreo de la expiación. Ahora, cuando escribo
este recuento una tarde de julio de 1952, al otro lado de un velado ventanal de
Buenos Aires, acaso quede alguien que siga esperando el retorno y el
desvelamiento de Sabbatai Zewi, mientras adustos profesores recomponen los
detalles innecesarios de aquellos sucesos. Sin embargo, en este punto se nos
presenta una duda, una razonable interrogación. Zewi pudo ser un falso Mesías,
un impostor que suplantó una inminencia eternamente aplazada. Pero igualmente
pudo ser el verdadero, íntimo y secreto Mesías.
Tal vez esos sueños de una justicia frustrada y
universal por parte de los sabbetaístas no fue estéril, tal vez sus desvelos no
fueron vanos. Nosotros percibimos aquellos acontecimientos a través de
bibliotecas y resignados archivos, pero otros hombres, otras existencias
igualmente provisionales e inabarcables, los percibieron -e
hipotéticamente lo perciben entre los muros de una Jerusalén intangible que
duplica y dicta la Jerusalén real-, como lo que para ellos era un futuro y para nosotros
es un cotidiano presente en el que Borges, estas palabras, el ventanal, son
parte de una esperanza tan precisa como necesaria. Una esperanza que coincide
con este día, en la que en los insuficientes atlas figura el nombre de Israel
sobre una mancha púrpura y el nombre indescifrable de Dios puede volver a ser
definitivamente declinado.
[Publicado en el libro MONTAÑEZ, Mario Virgilio: Humo en un jardín. Relatos, 1986-2006. Prólogo de Juan Francisco Ferré. Málaga, Area de Cultura, 2006]
Lecturas: El amor de Spinoza (Yael Guiladi)
Hay un año, con su numeración maléfica, propicia para miedos y agitaciones
del espíritu, que abarcó por igual, en el mismo mes, el incendio pavoroso, casi
mítico, de Londres y la apostasía de Sabbatai Zvi (o Zevi, o Zewi) en Estambul.
El nombre de este personaje extraño, maldito, no es tan conocido como su
historia mereciera, cargada de la más alta esperanza y de la más extraordinaria
decepción. Acerca del mismo, publiqué en su día dos relatos que narran, al
cabo, su peripecia desde dos puntos de vista, desde dos estilos y dos épocas
muy diversas. Uno de ellos, “La cautividad de Babilonia”, está disponible en
este blog (buscar en la etiqueta, aquí a la izquierda, de “Relatos”. Aquí el comienzo: “Yo, Moisés Nizberg, hijo de
Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, doy fe de que el Mesías ha estado y
estará con nosotros, y por ello he seguido, cantando salmos, fatigando
senderos, hasta estos confines olvidados de la piedad de los hombres al ungido Sabbatai
Zewi, el elegido)”. El otro, “El Mesías
secreto”, más borgiano aún ya desde el nombre, lo subiré en pocos días. Comparece
aquí el desaforado personaje ya que es él el que protagoniza realmente la
novela “El amor de Spinoza” de Yael Guiladi. Quien ose saber más sobre el
profeta falso y su pervivencia puede recurrir a la recopilación de ensayos de
Gershom Scholem “El misticismo extraviado”. Publicado por Lilmod en 2005.
El cuadro de marras (y de Jan Steen):
Acta virum probant
En mi descargo, y aún en
el de la autora, habrá que aducir que el título original de la novela, y la
intención de la misma, es otro: “An honourable forgery”, lo que en el idioma
nuestro viene a ser una honrada falsificación. Como la perpetrada por los
editores, cuando el pobre y decrépito Spinoza es aquí una anécdota, el capricho
de una moza sana y hermosa, cuyas cuitas amorosas quedan en una trama que poco
interesa y que pretende mezclarse, con poca fortuna, con la de Sabbatai Zewi.
El cuadro de Jan Steen de la cubierta, que la novelista israelí confiesa ser su
base de inspiración, no es tan encantador como ella afirma, ni es la trama
holandesa, de pintores y rivalidad y desamor y frustración, lo que interesa en
esta novela histórica que se deja leer pero que, ay, no convence. Es la otra
trama, en Gaza y Estambul, la que tiene un interés muy alto. Aunque sea por dar
carne a lo que en Scholem es teoría y exégesis. Pero es un libro fallido, que
sirve, a lo más, como umbral para quien quiera adentrarse en uno de los más
extraños personajes que la vasta fe de Abraham ha ofrecido al mundo, y del que,
como en su día del mismo Spinoza, reniega. Y con razón.
martes, 18 de junio de 2013
Lecturas: El sentido de un final (Julian Barnes)
Hubo un momento, finales de los ochenta o así (miro mi
ejemplar de "Una historia del mundo en diez capítulos y medio",
segunda edición, 1990) , en que Julian Barnes era un tipo elegante, divertido pero
con una elegancia especial, como de Lubitsch o alguien así, que tornaba sus
novelas en delicadas disecciones del amor y sus mutaciones expresadas con
sabiduría y compasión. Ahora me prestan su última novela, “El sentido de un
final”, y compruebo que es el único de sus títulos que falta en mi biblioteca y
que era, junto a “La mesa limón” y “Arthur & George”, uno de los pocos que
me faltaban por leer. Obviando la experiencia desconcertante de “Inglaterra,
Inglaterra”, brillante en su planteamiento pero árida y confusa en la
experiencia del lector, Barnes sigue siendo un notabilísimo fabulador, pero hay
algo aquí que te hace añorar al que fuera autor de “Metrolandia”.
Es la que aquí reseñamos una novela breve (192 páginas
en la edición del Círculo de Lectores), que tiene en común con “Metrolandia”,
su primera novela, que tiene forma de evocación, entonces desde la madurez y
ahora desde la vejez, de una juventud inglesa que es necesario examinar para
comprender el presente confuso. Lo que entonces fue ingenio e incorrección se
ha convertido ahora en análisis frío y conciso. Es como si Barnes hubiera
cedido su nombre para que lo usara Javier Marías. Que me gusta también precisamente por eso,
pero en Barnes prefiero ese estilo menor, más superficial, de antaño. Copio
desde una edición electrónica cazada en la red un párrafo seleccionado al azar:
“Cuando escribí a Adrian, ni yo mismo sabía claramente
a qué me refería con lo de los “abusos”. Y sólo lo tengo un poco más claro casi
una vida entera después. Mi suegra (que felizmente no figura en este relato) no
me tenía en gran concepto, pero al menos fue sincera conmigo, como era en
la mayoría de las cosas. Una vez comentó -cuando salió en la prensa y en los
telediarios otro caso más de abuso sexual infantil-: “Creo que abusaron de
todos nosotros”. ¿Estoy insinuando que Verónica fue víctima de lo que hoy día
llamamos “conducta inadecuada”: de miradas lascivas con aliento a cerveza a la
hora del baño o de acostarse, de algo más que unas caricias
fraternales con su hermano? ¿Cómo podría saberlo? ¿Hubo algún momento
primario de pérdida, alguna privación de amor cuando más lo necesitaba,
algunas palabras entreoídas de las que la niña dedujo que...? Tampoco puedo
saberlo. No tengo indicios documentales ni deducidos de anécdotas. Pero
recuerdo lo que dijo Old Joe Hunt cuando discutió con Adrian: que los estados
de ánimo podían deducirse de los actos. Esto sucede en la historia: Enrique
VIII y demás. En la vida privada, en cambio, creo que lo cierto es lo
contrario: que se pueden deducir actos pretéritos de estados de ánimo actuales.”
A eso me refiero, a esa introspección verbosa,
abstracta, que puede ser tan profunda como aburrida. Pero el resultado, con
todo, y con la confusión que en el lector producen dos giros inesperados de la
trama al final de la novela, uno diez páginas antes del cierre, y otro en la
penúltima, es notable. Por mucho que fastidie que una de las claves del libro
esté, como en esa penúltima página se clarifica, en una frase tan abstrusa como
“En consecuencia, ¿cómo se expresaría una acumulación que contuviera las letras
b, a1, a2, s, v?” Y es que, como dicen las ultimísimas palabras de
esta novela, “Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay
desasosiego. Un gran desasosiego”.
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