jueves, 24 de marzo de 2011

Et lux perpetua


Es necesaria la penitencia. Al menos, olvidar la soberbia nuestra de cada día, la cómica ufanía del consabido “nunca cometemos errores”, dejar el oe oe oe fantasmón de quien desdeña los juicios sobre sí mismo y señala con ligereza idiota a los ajenos. Y no, no se está tratando aquí de política, pero también. Hablamos de lo grave y severo, de lo trascendente, señores, de lo que sólo son palabras mayores y dolor y ansia y tal vez paz. Del pellizco que se nos debería agarrar al alma cada día o cada semana y que dejamos fuera, como un perro bajo la lluvia, como olvido arrugado en una esquina. Excusen, en todo caso, el lirismo. Pero es que se intenta aquí presentar a un viejo conocido, el Réquiem de Mozart, que en estos momentos de muertos acá y allá, en la Libia del tirano fatuo, en el Japón de las aguas negras y el humo terrible, nos debe hacer pensar en esto, tan débil, que somos.

Y ojalá que para propiciar el cuestionamiento de la carne torpe y egoísta sirva la triple audición de la pieza cumbre de Mozart que tendrá como escenarios la Iglesia de San Francisco, en Antequera, el 26 de marzo, el Auditorio de la Diputación, en Málaga, el 2 de abril y la Real Colegiata de Santa María la Mayor, en Ronda, el 3 de abril. En todos los casos, quien ofrece esta oportunidad para ser distintos (decir que mejores es incurrir en optimismo) es la Orquesta Sinfónica Provincial de Málaga, dirigida esta vez por Carlos Cuesta, junto a la Coral La Salle de Antequera, dirigida por Antonio Sillero, y la Coral María Inmaculada, también de Antequera, dirigida por Ángel J. García. De terminar de sobrecogernos se ocuparán la soprano Bernardina del Pino, el tenor Luis Pacetti, la mezzosoprano Oxana Arabadzhieva y el barítono Juan Manuel Corado.

Vanitas vanitatum...
Atribuido a Antonio de Pereda: El sueño del caballero (1655)
Madrid, Academia de Bellas Artes de San Fernando

        Obviemos la fantasmagoría novelera y disculpable de la película “Amadeus” de Milos Forman, que nos hizo creer en una versión y circunstancias del nacimiento del Réquiem. Quedémonos con lo que hace que Mozart quede a la altura de Bach. Porque Johann Sebastian Bach puede ser la geometría, la aritmética, pero es también la Misericordia, la Piedad, el Perdón. Y Mozart, que era el terciopelo, el cristal, la llamarada, lo angélico, con este Réquiem se pone el ropaje, la peluca, la emoción, del maestro sagrado y demuestra que se puede hacer música tan dolorosamente bella y verdadera, que en esa boca repleta de fatuidad y risitas que nos hizo aborrecer Milos Forman lo que había verdaderamente es ceniza y pena y verdad y eternidad. Todo ello a través de 14 números distribuidos en ocho secciones, que integran una obra que debería estar en cada casa, un disquito que en la versión que se consiga (mientras esto se escribió sonaba la muy recomendable versión de la Filarmónica de Berlín con Karajan y Tomowa-Sintow, Baltsa, Krenn y van Dam), buena o mala, con la seguridad de que el genio de Mozart es capaz de vencer a las limitaciones de la orquesta más modesta. Como un botiquín para el espíritu, un disco, bueno o malo, con el Réquiem puede salvarnos el espíritu en tiempo de zozobra. Pueden creerme.

        Ejemplarmente completada por un discípulo de Mozart, Franz Xavier Süssmayr, los ocho compases iniciales del “Lacrimosa” (quizás la parte más sobrecogedora del Réquiem) son las últimas notas que Mozart escribió antes de morir a los 36 años y en la miseria. En todo caso, es un grandioso canto fúnebre, sombrío, sin tentaciones ornamentales u operísticas. El Réquiem, año tras año, sigue poniendo la piel de gallina y mordiendo, hasta las lágrimas, el corazón de todos, que recibimos mientras suena un trozo de luz que dura y permanece para siempre, que nos redime y nos consuela hasta que volvamos fatalmente a caer.

(Inédito, escrito originalmente para diario Sur)

No hay comentarios:

Publicar un comentario