Un cuadro, cuando es malo o sin mérito, puede recibir juicios como que sus colores hacen juego con algo, o que el marco es bonito. Cuando un libro ofrece el consuelo de que es no en exceso largo (365 páginas, un dato que de nada servirá al contenedor azul) yo que el tamaño de la letra es grande, es porque no hay más. No me pondré grosero, no me enfadaré. Mostraré desdén, desapego, manso hastío. Lo que aquí King cuenta a nadie le importa. Los prodigios de sus libros inmediatos, sea por atrás o por delante, le sirven para la absolución. Aquí, esta novelita boba se sitúa entre el cuarto y el quinto tomo de La Torre Oscura, ese monumento al despropósito y a la nada, nos encontramos no ante una mala novela en el sentido de torpe o descuidada (hoy tengo un día bueno, ya ven), porque King no sabe escribir mal, pero sí es una novela innecesaria, y en un escritor tan generoso como él la, llamémosla así, innecesariedad es el defecto más difícil de perdonar.
La estructura, a base de relatos encajados, promete más de lo que da. El ka-tet se refugia de una tormenta helada, Roland cuenta una aventura de su juventud, y dentro de esa aventura cuenta a su vez un cuento de hadas. Tres capas, en suma, como una muñeca rusa, y lo que uno descubre al abrirlas es que en ninguna hay mucho dentro. El marco, que debería ser el eco de la gran peregrinación, es una escena casi estática, con unos personajes que parecen aparecer más por cortesía hacia el lector fiel que por necesidad dramática. Eddie, Susannah y Jake cumplen su turno, dicen sus frases características y se retiran, y la historia principal, la que nos importaba, no avanza ni un paso. Pero eso tampoco importa. Es como una visita al dentista, o al proctólogo. Que pase rápido y que no sea necesario revivir la experiencia.
La aventura juvenil de Roland, con su cambiapieles y su pueblo asustado, es (insisto: soy generoso, seráfico) un relato de investigación correcto y poco más. Tiene el aire de un episodio de serie del Oeste, con el misterio, el sospechoso evidente y la resolución sin sorpresas, y carece de la hondura trágica que hacía de Mago y cristal una de las cimas del ciclo. Echamos en falta autenticidad, pero se nos ofrece oficio. Como si en vez de poesía se nos ofrece ortografía.
Y el cuento central, el que da título al libro, es sin duda lo más flojo. Un niño huérfano, una madrastra, un monstruo y un mago bondadoso componen un esquema de fábula tradicional que King reproduce con pulcritud, pero sin la malicia, la ironía o la extrañeza que lo habrían hecho suyo. Es un pastiche amable en el que nadie corre un riesgo verdadero, y al lector adulto le queda la impresión de que se le cuenta un cuento para dormir en un libro que había abierto buscando otra cosa. Buscábamos Shakespeare y se nos ofrece Teo va a las Baronías Exteriores, algo así. Pero es domingo, he comulgado y la ira es un pecado capital.

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