domingo, 16 de febrero de 2014

Lecturas: Monster Show. Una historia cultural del horror (David J. Skal)

Un libro extraordinario. Que, dejando aparte la seductora introducción en la que espiamos a Diane Arbus comienza por la imagen desosegadora siendo seducida por un pase nocturno de "La parada de los monstruos", comienza por la imagen bizarra de un joven Tod Browning enterrado en vida como atracción circense mientras come bombones y planifica su futuro plagado de monstruos y horrores. Esa imagen del tramposo visionario, jugando con las muerte y con la credulidad ajena, compendia todo el contenido del libro de Skal que, con un recorrido cronológico, comienza su disección del género con "El gabinete del doctor Caligari" y concluye con la penúltima hornada en la que se mezclan "El proyecto de la bruja de Blair", "El sexto sentido" y "Dioses y monstruos". Sin nombrar el ejercicio meta-terrorífico que es "En la boca del miedo" de John Carpenter. Más allá de algunas omisiones (es fácil imaginar a Skal desechando resmas y resmas de apuntes y datos), nos encontramos ante un magnífico estudio general del miedo fílmico, pero también literario (Stephen King y Anne Rice no faltan, aunque sí Poppy Z. Brite). 

Maila Nurmi, a.k.a. Vampira,
a lo suyo

Plagado de anécdotas como la de Browning prematuramente enterrado, el tonteo romántico entre Bela Lugosi y Clara Bow o entre James Dean y Vampira, el volumen de 575 páginas se deja leer con placer, mostrando cómo el cine acoge los miedos de la Depresión del 29, de la Guerra Fría o de la edad del SIDA. Todo comentario más extenso de este libro puede llevar a que el hipotético lector de este blog se diga "vale, ya sé de qué va" y prescinda de la lectura del libro que se recomienda vivamente. Por ello, mejor es dejarlo aquí y descubra el placer intenso de la lucidísima disertación de Skal. 



viernes, 14 de febrero de 2014

Lecturas: La novela de la momia (Théophile Gautier)

No es rara la literatura sobre momias en el XIX. Era la época en que se traficaba con los venerables cuerpos y era considerado chic asistir a veladas en que se las desprendía de vendajes, en sesiones en que es fácil aventurar los gestos de los rostros, entre la fascinación por el peso de los siglos y el horror de estaer hurgando en cuerpos desprovistos de sangre y casi de carne. La imaginación romántica, tan afín, no es ajena a este juego con la decrepitud, la nada, y la persistencia de la belleza. No es, por tanto, extraño que Gautier, adalid del Romanticismo y a la vez fundador, por la sublimación del componente estético, del Parnasianismo, se dejara llevar por la atracción exótica, el esplendor que había introducido en Francia el vencedor de la batalla de las Pirámides, Napoleón Bonaparte. Mientras en Poe, su "Conversación con una momia", era un chascarrillo sin gracia, Gautier en la novelita que nos ocupa, se convierte en poco más que un precursor de Cecil B. de Mille. Porque aquí apenas hay nada que no sea ambientación y bonitos decorados. Puro technicolor decimonónico.


Tras contar cómo un aristócrata inglés y un sabio alemán dan con una tumba egipcia intacta, se encuentra, al desenvolver la momia un escrito que guardaba el envoltorio en un costado. "La novela de la momia" pasa a ser, por tanto, la presunta traducción del original egipcio hallado con el cuerpo. Que es femenino y que se corresponde con la hermosa Tahoser, hija de un sacerdote que no comparece en la ficción. Tahoser se encapricha de un rico funcionario que es judío y que oculta su fe. A su vez, el faraón se encapricha de Tahoser, la requiere, hace que conviva con él y he aquí que comparece, apresuradamente, y en las últimas páginas, Moisés. Lo que sigue es de todos sabido.

Todo esto, sin entrar en grandes honduras sobre el carácter o la psicología de los personajes (a lo más, sabemos que Tahoser es obstinada, como lo es el faraón), se desarrolla en capítulos dedicados a contar una procesión o un palacio, con riqueza de detalles que nada aportan a la narración. Primores de arqueólogo, minucias precisas pero innecesarias. Un clásico, dicen. Del hastío.

viernes, 24 de enero de 2014

Lecturas: La fuga del maestro Tartini (Ernesto Pérez Zúñiga)

En la cubierta, el diablo toca el violín a los pies de una cama ocupada por quien, con el preceptivo gorro de dormir, observa al maligno y con las manos hace un gesto más de seguir, o intentar dirigir, la música y, en el rostro, expresión de tranquila maldad. Es el grabado de Louis-Léopold Boilly que refleja la leyenda de que era el mismo diablo quien había dictado, en un sueño, la sonata que llevaría su nombre (el del diablo, no el de Boilly) a Giuseppe Tartini. Aquí es clave más que el señor de las tinieblas con sus alas desplegadas, el gesto, la expresión, de frialdad malvada de Tartini. Y es que Ernesto Pérez Zúñiga, un extraordinario estilista, ha trazado a lo largo de 443 páginas, un retrato interiorizado, una falsa autobiografía, una confesión casi póstuma, del compositor y virtuoso italiano sin que sintamos compasión, empatía, por el personaje. A veces, cuando no se mide bien la dosis de lectura, ni siquiera interés. 



Porque Pérez Zúñiga aquí no se ha rendido a lo fácil, al pintoresco retrato de una época y de paisajes interesantes. El siglo XVIII en Praga, en Venecia, en Roma, nada menos. No, eso sería lo fácil, el camino hacia el best seller de calidad (de él he leído, y disfrutado mucho, dos de sus otras tres novelas: "Santo diablo" y "El juego del mono"). Poeta al fin y al cabo (lo reconoce la nota biográfica del libro y lo delata casi cada párrafo de esta novela), ha tenido la osadía de aplicar el tamiz lírico, con un lirismo difícil, a un libro que presentó a un premio de novela, la XXIV edición del Torrente Ballester, que logró con este arriesgadísimo ejercicio de estilo. Con una sólida labor de documentación, con una ambientación sobre el terreno, visitando los lugares que Tartini habitó, Pérez Zúñiga ha intentado hacer música, con lo de inconcreción y subjetivismo que hay en esa arte suprema, no enumeración de barnices, de platos, de pelucas, de barcos, que es lo que hubiera hecho un narrador al uso.

El resultado de este intento quimérico es un libro radicalmente distinto a los anteriores de Pérez Zúñiga. Aquí la metáfora levanta el vuelo con el riesgo de perder la nitidez de lo superficial, de la vivencia concreta, del desgraciado y a la vez exitoso Tartini, por el que sólo en algún destello de abatimiento, de temblor emotivo, se llega a sentir, aquí y allá, un poquito de complicidad o de pena. No son necesarias muchas páginas para, buscando un pariente más o menos cercano de esta novela se piense en Bomarzo de Mujica Lainez. En un punto de su vivencia, Tartini coincidirá con el bosque sacro de la novela argentina. Pero es la angustia de Tartini, su conciencia culpable, más que el cuidado de la prosa, la que asocia a Giuseppe Tartini con Gianfrancesco Orsini.

Una novela tan ambiciosa y rica como la que ha cincelado Ernesto Pérez Zúñiga supera la capacidad y la extensión de las entradas de este blog. Otro, encontrado en la red [aquí, el enlace], facilita más información.


martes, 31 de diciembre de 2013

Lecturas: Declara (Tim Powers)

Hay quien ama a Tim Powers, pero no es mi caso. Por ello no diré que es "Declara" su mejor novela en muchos años, como por ahí se ha escrito. Sí diré que es un honesto, y a veces titánico, esfuerzo de de hacer lo de siempre en nuestro autor: hacer literatura fantástica de época, buscándose un marco temporal preciso (esta vez, la Guerra Fría) y trufándolo de elementos sobrenaturales. En "Las puertas de Anubis" y "Esencia oscura" consiguió, con dificultades, que su propuesta me pareciera interesante. Esta vez, simplemente aburre, confunde. Defrauda. Mezclar a Kim Philby, el espía más importante y peligroso que dio Inglaterra en el siglo XX, con ángeles que moran en el monte Ararat, a la sombra del arca de Noé, debiera haber dado para una ficción más amena y más simple. Más legible. Pero aquí Powers quiere ser tan primoroso en el estilo y en el matiz como lo es John le Carré, tan exacto en los pormenores sigilosos del género, y consigue serlo, pero a costa de descuidar el concepto genérico, digamos que estratégico, de la novela. En lo táctico, en cada capítulo, en cada episodio de acción, es válido Powers, pero en el conjunto de 568 páginas, yerra, naufraga. Aburre. Una pena. Será un libro que no merecerá una hipotética segunda oportunidad y que por lo tanto daré de baja en mi ecléctica biblioteca. De Powers me quedará, temblando ante su sino y a la espera de que el tiempo me imponga olvido, un último título superviviente, "Cena en el palacio de la discordia". 

martes, 10 de diciembre de 2013

Lecturas: Vargas Llosa, tal cual (Edgar Morote)


Tendría yo catorce años cuando llegué a Mario Vargas Llosa. Por entonces yo era Mario Montañez, sin Virgilio, sin vocación literaria todavía, sin la V tras el Mario que me permitiera después bromear con que MV era también Mario Vargas. Por entonces el primer libro de Vargas que cayó en mis manos fue "Pantaleón y las visitadoras", que me llenó de desazón y dejó en mi memoria de adolescente el nombre de un restaurante desarbolado y loco: "La lámpara de Aladino Panduro". Muy poco después, llegué a la brevísima y desoladora obra maestra que es "Los cachorros" para caer rendido, a renglón seguido, ante "La ciudad y los perros", con un final crepuscular y melancólico que, en mi desordenada memoria de lector compulsivo, sólo comparte en su perfección las páginas finales de "Adiós a las armas" de Ernest Hemingway. Desde ahí, casi todas las novelas de Vargas Llosa han sido leídas por mí. Y ninguna me ha defraudado. Sirva esta introducción autobiográfica para explicar el rechazo que me produce el libro de Herbert Morote.



Que he leído simplemente porque lo encontré, entre morralla comercial, en un centro comercial de Lima al día siguiente de conocer a Lucía, secretaria de Mario Vargas Llosa, que con noble hospitalidad me permitió compartir con ella y con Héctor Rospigliosi, otro peruano amigo y ejemplar, un café en un ámbito que considero sagrado con vistas al malecón Paul Harris, en Barranco. Pocas horas después, conocí a Luis Llosa, director de cine y primo del Premio Nobel de Literatura 2010 y a su esposa, Roxana. Digo, pues, que admiro a Vargas Llosa desde hace mucho, y que guardo un gran afecto por todos los nombrados y que forman parte del entorno cercano del escritor. Y que el libro de Morote, por mucho que su autor proclame que todo lo que afirma se basa, con profusión de citas y referencias bibliográficas, en la pura y monolítica razón, es basura. Basura es porque se trata de un intento de destruir al escritor y a la vez al político, basándose en el libro de memorias "El pez en el agua" en el que Vargas rememora su infancia y juventud por un lado y su frustrada lucha contra Fujimori por alcanzar la presidencia del Perú. No sirven los razonamientos presuntos de Morote porque hay algo que calla, porque dispara con calibre grueso, poco sutil, con flechas envenenadas, asiéndose a frases insignificantes de Vargas, sobredimensionándolas con pujos de inquisidor, arrimándoles candela, pez, brea, lo que sirva para convertir en pecados capitales simples ligerezas. Debe haber un motivo oculto, un rencor, una afrenta, para explicar el ardor de Morote. Que nos hurte su razón verdadera, la causa de este libelo, su casus belli, invalida todo el libro. 

No merece más espacio Morote, su libro áspero y torpe, risible en su insistencia, en su mordisco. Busco en la red palabras sobre este libro. Encuentro un artículo de Gustavo Faverón. Copio el inicio del mismo, y sólo ese inicio basta: 

 "Escribir en contra de Vargas Llosa es, a estas alturas, un deporte nacional,   un ejercicio frecuentísimo y, por supuesto, todo un género de literatura. Su cultor más reciente es Herbert Morote; el título de su agravio, Vargas Llosa, tal cual.


Herbert Morote ha leído mucho a Vargas Llosa, pero lo ha leído mal. Escribe acerca de él como escribiría un feligrés sobre un gurú que le falló, y acerca de sus obras como lo haría un viejo católico embravecido sobre los libros apócrifos de la Biblia. No comprende —o prefiere olvidar— que difícilmente puede alguien aproximarse a una pieza literaria con los ojos inyectados, dispuesto a avasallar a patadas y cabezazos cualquier cosa que en ella se diga y aun así comprenderla, evaluarla, meditarla, censurarla y esclarecerla”.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Lecturas: La mujer del viajero en el tiempo (Audrey Niffenegger)

Alguna vez he hablado, en este blog de libros ingratos y de otros cuya lectura es placentera. De libros que te muerden encabronados y de otros que se dejan acariciar. Este es el caso de la novela de Audrey Niffenegger, comprada hace unos años por aquello de mi gusto por la ciencia ficción y guardada durante ocho años en la segunda fila de un anaquel atestado. El capricho ha hecho que abriera el volumen de 601 páginas en tapa dura. Ha sido, fue, una buena elección. En vez de la acostumbrada teoría enrevesada sobre viajes en el tiempo, el gran aparato sofisticado y árido, con el infaltable gato de Schrodinger y la cuántica, en vez de todo eso, de esa aridez de la cf hard, lo que hay aquí es cotidianidad, vida, afectos. Y todo ello funciona, dando calor a una historia que no es del todo fantaciencia.



Se cuenta aquí básicamente la historia en común de Henry y Clare, una pareja norteamericana en la que él, bibliotecario, es 8 años mayor y tiene una enfermedad que consiste en que, sin poder controlarlo, viaja en el tiempo, habitualmente al pasado, sin poder elegir el instante de destino. Así, conoce a Clare cuando ésta tiene seis años y él tiene 36. Es en 1977. Pero de igual modo puede pasar que coincidan teniendo ella 20 y él 28. O que Henry viaje a un momento de su pasado en el que se encuentra consigo mismo, como es el episodio en que Henry, dividido en dos cuerpo, tiene 5 y tiene 24 años. O puede estar consigo mismo después de viajar un par de semanas en el pasado. No se se intenta explicar el fenómeno a través de trastornos moleculares ni nada de eso. Henry es viajero en el tiempo como podría ser celiaco. Una lata. Clare es quien aguarda el regreso cuando él viaja. Clare es quien siendo niña o adolescente aguarda el momento del futuro en el que verdaderamente se conocerán y empezarán una vida en común. Pensar en la Penélope del viajero Ulises no es osado.

Pero no, a pesar de todos estos saltos, de tantas posibilidades para paradojas, ésta no es una novela de ciencia ficción, sino una gran, tierna e intensa historia de amor. Hay una película basada en este libro. Dicen que es mala, que no tuvo éxito. No debe extrañar. Tampoco importa. Es un libro tan lleno de matices, de diálogos ingeniosos y a la vez sencillos, tan pleno de encanto (aunque el final de la historia no esté en exceso bien resuelto, y lo sentimental se exacerba), que toda adaptación al cine debe ser fallida. A no ser que se unieran JJ Abrams (el del último y desconcertante episodio de Lost) y tal vez Woody Allen que a su vez fuera un fan de Antonio Mercero y Jaime de Armiñán. Algo así. En todo caso, bravo por Niffenegger.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Lecturas: La sociedad Juliette (Sasha Grey)

O lo que es lo mismo, la morena que prefería por encima de todas el chino vasco (quien reconozca que ve televisión sabrá de qué, de quién hablo). Y también lo sabrá quien reconozca otras debilidades y no diga "ah, sí, la actriz de Entourage, dirimida por Steven Soderbergh y repescada por el astuto, y siempre torpe con la taquilla Nacho Vigalondo, el antisemita y bocazas e intoxicado Vigalondo, que desde aquel corto musical no ha terminado de dar con la tecla. Sí, es todo eso Sasha Grey, pero los vídeos que de ella se encuentran en la red son del género que nadie reconoce ver. Dicho esto, uno, que había leído una crítica vibrante (e incluso vibratoria) y amarga de su primer libro, y que en una entrevista promocional del libro que nos ocupa nombraba a Chuck Palahniuk (que sí, que es fácil de copiar e imitar pero sus libros son una debilidad mía, una de tantas) y ahí voy, me lanzo, lo compro como quien compra condones sin añadir aspirinas. Y lo leo. Malo, aburrido, desaprovechado. Grey pone ganas, pero escribe rápido, sin saber si la historia que va a contar se sostiene sin un armazón sólido que falta. Sin un estilo propio que está a mucha distancia de estar cerca del de Palahniuk. La sordidez de los clubs de sexo duro (¿existe blando?) y tumultuoso, ese mundo de contraseñas, identidades ocultas y libertinaje ni atrae ni interesa. No da para una novela, sino para un cuento. No para un largometraje sino para un vídeo de seis minutos. De esos en los que Sasha Grey convence más que aquí. Una pena.