domingo, 20 de marzo de 2011

¿A qué teme Virginia Woolf?

            En 1878 se casaron dos viudos, Leslie Stephen, que había estado casado con una hija del novelista William Thackeray (autor de “Barry Lindon” y de “La Feria de las Vanidades”), y Julia Princep Jackson, que había sido modelo del prerrafaelista Edward Burne-Jones y que era sobrina de la más excelsa fotógrafa de la época victoriana, Julia Margaret Cameron. Ambos habían sido padres en sus primeros matrimonios, y en esta definitiva unión el matrimonio Stephen tendrá cuatro nuevos hijos: Vanessa (1879-1961), Thoby (1880-1906), Virginia (1882-1941) y Adrian (1883-1948). Estos padres con edad de abuelos, tal como los describirá Virginia, darán a sus tardíos hijos la formación victoriana habitual en las familias burguesas: los hijos serán enviados a Oxford y Cambridge, y las niñas seguirán una educación cuidada pero limitada. Ese hecho convertirá a Vanessa y Virginia en autodidactas por más que participaran de lo más excelso de la cultura inglesa de su tiempo. Las puertas de la universidad quedarán cerradas para ellas, y así cuando a Virginia al final de su vida se le ofrezca en 1939  un doctorado honoris causa, lo rechazará como protesta y recordatorio de la injusticia dictada por los prejuicios victorianos. La ausencia de sus hermanos varones, ante los que se sintió injustamente postergada sirvió para unirla de forma especialmente intensa a su hermana Vanessa. Que, como ella, alcanzará perdurable fama no por su apellido propio, sino por el de su esposo. Virginia y Vanessa Stephen serán por siempre Virginia Woolf y Vanessa Bell. Iguales prejuicios educativos sufrieron los hijos del primer matrimonio de Julia: Stella, George y Gerald Duckworth. De George consignará en su diario la adulta Virginia abusos sexuales experimentados durante la infancia, que también afectaron a Vanessa. En un controvertido libro cuyo título es a la vez un resumen de su contenido, Louise DeSalvo estudia ese pormenor mayor: “Virginia Woolf: El impacto del abuso sexual infantil en su vida y su obra”.
Vanessa y Virginia, jugando al cricket

               Del dolor al placer
           
         Sin embargo, el momento clave en su vida temprana le llegará a Virginia en 1904. Es entonces cuando, tras haber superado una primera y devastadora depresión causada por la muerte de su madre en 1895, en la que recae cuando también muere su hermanastra Stella Duckworth en 1897, llega la muerte de su padre, a los 71 años y por un cáncer de estómago. Leslie Stephen, que había sido agnóstico declarado, alpinista, polemista y editor del “Diccionario Biográfico Nacional”, con su ausencia lleva a la ya desestabilizada Virginia a intentar el suicidio saltando por una ventana. Un primer internamiento es la respuesta de lo que queda de la familia. También la venta de la casa familiar en el barrio londinense de South Kensington, al lado de Hyde Park, para instalarse en el barrio, más céntrico pero de menor prestigio, de Bloomsbury.
De tal palo. Virginia con su padre

Según su biógrafa Hermione Lee, Virginia Woolf era maniaco-depresiva, con insomnio y jaquecas y dolores físicos continuados que la incapacitaban para una vida corriente y que a la vez la obligaron a adoptar una postura estoica ante la vida. Como válvula de escape contra toda desdicha le queda la escritura, actividad comenzada a la asombrosa edad de tres años y que no abandonará. Rodeada de voces interiores, que son masculinas y terribles, y que le recriminan su valía que juzgan de escasa, Virginia colabora en el Suplemento Literario del Times, y accede a trabajos mínimos como lectora para damas ancianas. Pero esa normalidad inestable vuelve a quebrarse. Demasiado pronto. En 1906, cuando los hermanos Stephen están disfrutando de unas vacaciones en Grecia, los dos hermanos mayores, Vanessa y Thoby, enferman de fiebres tifoideas. El regreso anticipado de Thoby a Inglaterra no le evita morir prematuramente. Tenía 26 años, y en la universidad de Cambridge había dejado a un puñado de amigos que heredarán sus hermanas: son Clive Bell, John Maynard Keynes, E. M. Forster, Leonard Woolf, Lytton Strachey y David Garnett. Los que con algunos añadidos (Bertrand Russell, Roger Fry, Duncan Grant, Dora Carrington, Saxon Sydney-Turner, Desmond McCarthy, Arthur Walley)  constituyen el que será conocido como Grupo de Bloomsbury. Quien quiera conocerlo mejor puede acceder al impecable retrato colectivo que es “Bloomsbury. Una guarida de leones” de Leon Edel, publicado por Alianza, o asomarse desde dentro a través de las memorias de Gerald Brenan (que en 1923 recibirá la visita del matrimonio Woolf en Yegen, una experiencia que duró diez días y que narra vívidamente en “Al sur de Granada”).
Tiempos felices. Mezclados en la fiesta: Leonard Woolf, Virginia Woolf, Adrian Stephen, Julian Bell, Raymond Mortimer, Angelica Bell, Jack Hutchinson y Vanessa Bell.

Bodas y bromas

     En 1907 Vanessa se casa con Clive Bell, crítico de arte y tal vez el mejor amigo del difunto Thoby. Uno de los dos hijos que tendrá el matrimonio, Julian, morirá en 1937 combatiendo en la Guerra Civil Española. Con esta boda, Virginia, asustada, siente que también ha perdido a su hermana. Aumenta su trastorno. Pero no todo es drama: en 1910, junto a su hermano Adrian, el pintor Duncan Grant (con el que en 1918 Vanessa tendrá una hija) y un par de amigos, se hizo pasar por el príncipe Ras Mendax (en latín, “Mendax” significa mentiroso) de Abisinia, dentro de una falsa delegación imperial etiópica que visitó, a través de elaborados y disparatados engaños y con honores, el acorazado británico “Dreadnought”. La prensa pronto supo de la burla. El episodio está recogido en el libro “La broma del acorazado” publicado por Valdemar y firmado por Adrian Stephen y Virginia Woolf.
Los falsos abisinios del acorazado. De izquierda a derecha: Virginia Woolf, Guy Ridley, Adrian Stephen, Anthony Buxton, Duncan Grant, Horace de Vere Cole.

En 1912 Virginia, tras haberse prometido breve, conmovedora y bochornosamente con el homosexual Lytton Strachey (probablemente el mayor genio verbal, el más depurado estilista de todo el grupo) tras una confesión mutua de soledades, se casa con otro miembro del grupo, Leonard Woolf, que sirve en el Foreign Office británico. El nuevo rol como esposa de Virginia la hunde en mayores cuitas: saberse poseedora de un rol sexual agudiza sus conflictos. Leonard, poseedor de la virtud de la tolerancia tan representativa de Bloomsbury, la protegerá, renunciará a la paternidad y consentirá las relaciones amorosas de Virginia con otras mujeres. Vita Sackville-West, nieta de Pepita Durán, una gitana perchelera, será el gran amor de Virginia, sólo comparable con el que tuvo por Leonard Woolf. En 1915, tras un nuevo  intento suicida en 1913 (una dosis letal de veronal atajada a tiempo), publica su primera novela, “Fin de viaje”, una obra experimental que refleja la muerte de su madre, el fin de la infancia y la amenaza de la locura, recibida entre el estupor y el desdén, en la que ya está presente el célebre “flujo de conciencia” que la hizo famosa.
Los señores Woolf el día de su boda

Aunque la invención del mismo corresponde a Dorothy Richardson, y la fama a James Joyce, el procedimiento, es lo que caracteriza a Woolf: al igual que Vanessa Bell pinta en esta época retratos en los que los personajes (incluida Virginia) carecen de rasgos y de detalles, con rostros vacíos, en su escritura se refleja lo que se piensa, lo que se siente, pero no lo que se dice o se hace.
Retrato de Virginia. Vanessa Bell, 1912

La dificultad de una literatura como la suya encuentra una contrapartida con el hecho de disponer de una editorial propia,  Hogarth Press, que está ubicada en la residencia de los Woolf en el barrio londinense de Richmond y que acoge también libros arriesgados o rechazados por otras editoriales. “La tierra baldía” de T. S. Eliot, junto a los libros de Virginia (usualmente ilustrados por Vanessa), junto a títulos de Freud ejemplifican esa faceta casi artesanal de la que se ocupa principalmente Leonard. En 1919 pasan a vivir entre Rodmell (cerca de Sussex) y Londres. En el campo habitan una casa, Monk’s House, en la que instalan un escritorio especial para que Virginia pueda escribir (como Balzac) de pie. También las largas caminatas por la campiña (una afición heredada de su padre, que fue notorio y pionero alpinista) le permiten recitar en alto sus textos, modelando con la voz la fluidez de lo que escribirá más tarde [Aquí, la única grabación de la voz de Virginia: http://www.cygneis.com/woolf/vw2.wav]. Es también el lugar en el que las visitas de sus sobrinos, de los hijos de sus amigos, le permiten ejercer una maternidad ficticia y grata. Pero quizás ya es demasiado tarde. Nigel Nicolson, hijo de Vita Sackville-West, recuerda a Virginia en sus peores momentos: “Insultaba, era cruel con la gente que más quería, como con Leonard Woolf. Escupía a la gente y pensaba que Eduardo VII venía a cenar a casa cuando había muerto veinte años antes”.

         Encuentro en la cumbre. T. S. Eliot y Virginia Woolf

Creación, destrucción

En 1919 publica “Noche y día”, rechazada con dureza por su amiga, y rival, Katharine Mansfield, que la encuentra anticuada; en 1922 “La habitación de Jacob” recoge la experiencia de la muerte de su hermano tanto como de la Primera Guerra Mundial. 1922 es el momento también del gran idilio con Vita que se prolongará hasta finales de la década y que después se tornará amistad sincera. En 1925 llega su primer gran libro, “La señora Dalloway”, que le da al fin prestigio y causa admiración: hay aquí feminismo, pero también literatura de la más alta calidad y de lectura no sencilla. La discutible película “Las horas” (Stephen Daldry, 2002) adapta muy libremente el libro y presenta, a la vez, un retrato incompleto pero sugerente de Virginia aque le valió el Oscar a Nicole Kidman. “Al faro” (1927) y “Las olas” (1932) son profundizaciones en este ámbito experimental e intenso; “Orlando” (1928) y “Flush” (1933) son un ejercicio de estilo y un divertimento; “Una habitación propia” (1929) es un ensayo feminista irreprochable; “Tres guineas” (1938) es más duro y beligerante en sus puntos de vista, y en su denuncia incluye el fascismo triunfante en Alemania (un país que había visitado en 1929).
Monk's House

El estallido de la Segunda Guerra Mundial determina el destino breve de Virginia. Los bombardeos arrasan la casa de los Woolf en Londres, y las oficinas de Hogarth Press. En ambos casos, se salvan los papeles del matrimonio que se refugia del peligro en Rodmell, Sussex. En caso de invasión nazi, Virginia y Leonard, que se saben incluidos en la lista negra por sus opiniones políticas y por ser judío Leonard, han planeado un suicidio compartido. Bajo los constantes bombardeos, la sensación, nada nueva, de estar perdiendo el control a la vez que su capacidad creativa, que intuye en la dificultad creciente que le presenta la novela en la que trabaja, “Entre los actos”, entre alucinaciones crecientes y la presión implacable del insomnio llevan a Virginia a llenar de piedras sus bolsillos y buscar el sueño, junto al silencio, entre las aguas de un río. Es el 28 de marzo de 1941. Su cuerpo será encontrado veinte días más tarde. De su paradero en el río Ouse daban aviso las dos cartas, breves, que dejó preparadas en casa, destinadas a Leonard y a su hermana Vanessa.
La nota del adiós

De ellas, ha conocido amplia difusión la  que dirigió a su inminente viudo: "Estoy segura de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no puedo pasar por otra de esas terribles temporadas. Y esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta enfermedad terrible apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y que lo harás es algo que sé. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. Todo me ha abandonado excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros”.
(Publicado en diario Sur, 19 de marzo de 2011)

jueves, 17 de marzo de 2011

Ein Volk, ein Reig...

Expongo los hechos con tranquilidad. Es decir, como si no fuera yo. Sin saber cómo quedará y si los nombres quedarán dichos. Estuve en un acto cultural (blanco y en botella, o rojo y de whisky si se mira el blog de quien hablo). El protagonista (yo era un telonero bien intencionado) sacó sus ideas políticas. Que son muy diferentes a las mías. E hizo un llamamiento a la ira, a la venganza. A la violencia si era preciso. Porque nada puede perdonarse. Al menos, nada de lo que hicieron los opuestos a los suyos. Lo que significa que no hay asesinos y culpables sin más, sino que hay asesinos buenos y asesinos malos, culpables buenos y culpables malos. De forma elocuente, dijo que “hay buenos y malos, y yo sé quiénes son los buenos y quiénes los malos”. Obviamente, el bueno es él, y los buenos son los suyos.

¿Los buenos?

Pero lo peor viene después. Fuimos a la terraza de un restaurante (él fuma, los demás del grupo, no) para tomar algo después del acto. Un amigo, escritor y honesto, que estaba sentado a mi lado, me preguntó si yo accedería a comer algo o lo evitaría por motivos religiosos. Aclaro aquí que estoy en vías de convertirme, por fe y solamente fe, al Judaísmo. Renuncié a comer nada. Los demás, extrañados de mi ayuno, me preguntaron los motivos. Fui claro: “soy judío y soy conservador. Sé que vuestras ideas son muy distintas a las mías, pero no las criticaré ni intentaré convenceros de las mías. Como veis, soy tolerante”. El escritor se permitió, entre sonrisas y alguna chanza, atacar mi fe, discutir, con insultos y groseros prejuicios, al Estado de Israel. Es más, como si yo fuera Shimon Peres (o más bien Benjamín Netanyahu, o mejor aún el propio Ariel Sharon), me preguntó por qué Israel no ha reconocido nunca, por qué se niega a reconocer, al Estado de Palestina. Contesté que en el momento fijado para la fundación de los dos estados, 15 de mayo de 1948, sólo uno cumplió lo previsto y el otro optó por no hacerlo y, en su lugar, apoyar la invasión por parte de cinco ejércitos, de Israel. En definitiva, “los palestinos nunca fundaron su estado; sólo lo hicieron en 1988 en Argel”. El escritor entró en una espiral conmigo: “falso, lo crearon en 1948”. Yo, “no: fue en los años 80, y sé lo que digo”. En esas estábamos, en una batalla por mantener cada uno sus certezas (cualquiera puede comprobar los datos históricos discutidos y dar la razón a quien la tiene), cuando apareció un hombre.

        Sesenta años, menudo, ojos claros, buenas maneras, acento español pero no andaluz. Pedía un trozo de pan. Le entregamos el bollito de pan que yo no había tocado. Dijo “no saben la vergüenza que me da todo esto”. Lo vimos sentarse un par de mesas más allá, comer con lenta avidez ese pan pequeño. El escritor (que había dicho en el acto previo tener escrita una novela, de espías e inédita, ambientada en Palestina, y que demostró clara ignorancia sobre Palestina e Israel, que también atribuyó antes a Shakespeare una cita de Rabelais y que en la cena/ayuno erró con una de Tertuliano a San Agustín), cuando soltó su arenga más cargada de política que de literatura, había dicho que la izquierda (y por tanto él) defiende la justicia y la igualdad y que la derecha sólo piensa en ella misma. Mientras el hombre pobre comía en su rincón, los demás charlábamos indiferentes. Comiendo (ellos) viandas mejores mientras el pobre roía su pan. Entonces, mientras seguían con su conversación, me levanté y hablé con el hombre. Abrí mi monedero y le di un billete de 10 euros, que era cuanto llevaba. Se resistió levemente, aceptó el billete que puse en su mano. “Para que coma algo, caballero. Aunque sea ya mañana. Que Dios le bendiga”. Se llevó una mano al pecho, sacó un pequeño atado de documentos y papelitos, me dijo “gracias, pero le voy a enseñar mi familia”. Le dije “no hace falta, créame; no hace falta”. Me mostró una estampa, recortada, de la Virgen del Carmen, una foto pequeña del beato Escrivá de Balaguer. Volví a mi sitio. No supieron lo que había pasado. No presumí de caridad. Tal vez el escritor, que se llama (lo habrá deducido el lector) Rafael Reig, el defensor de la justicia y la igualdad, del odio y la violencia, me habría acusado de “moral judeocristiana”. Para mí, es misericordia. Compasión. Tzedaká, por utilizar el término preciso y hebreo.

Hace un par de horas, escribí a un amigo, suscriptor de este blog, un correo en contestación a otro en el que preguntaba cómo fue el acto. Copio tal cual un fragmento de mi contestación:

“Rafael Reig resultó ser un rojo rojísimo. Peligroso. Mi presentación la he colgado en mi blog (http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/acerca-de-rafael-reig.html). En su intervención dijo estupideces pavorosas, de las que presagiarían incluso mi fusilamiento a manos de los suyos. Qué miedo. En la mini-cena posterior puse las cartas sobre la mesa, con cortesía y transparencia: soy judío y "conservador". Entre sonrisas se dedicó a atizarme puñaladas. Que no devolví. Que otros practiquen el odio. El mal. Yo estoy en otro reino, en otro mundo. Ya escribiré en el blog, con calma, mi relato de la velada. En el mismo, he repescado, oportunamente, uno de mis artículos clave para comprender "de qué voy": http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/gulag-memoria-de-los-campos.html. “

Puestos aquí, en el propio blog, estos enlaces pueden ser irrelevantes. Quien quiera saber más sobre el personaje, puede completar su juicio moral a través de este otro:  http://www.elgransurmano.com/rabietas-rafael-reig

Desde otro reino, otro mundo, no dedicaré más palabras a este personaje. De todos modos, su novela es espléndida, muy recomendable. He dicho.

GULAG: Memoria de los campos

Nota previa: recupero aquí un artículo, con alguna leve corrección como la actualización de las fechas de Solzhenitsyn, que apareció en diario Sur (7 de octubre de 2005), en el que, para empezar me declaraba anticomunista, y a continuación, "hombre de izquierda moderada". A día de hoy, me ratifico en lo primero y desmiento lo primero de lo segundo. Soy moderado, pero no de izquierda. No puedo participar de esa (para mí) abominación. Tampoco soy del todo derechista (las abominaciones de la derecha me son tan rechazables como las practicadas desde el extremo opuesto). Este artículo, en el que reconozco que no soy del todo objetivo, supuso un posicionamiento que me hace/hizo/hará ser ingrato a muchos. Me acojo a la afirmación del "reaccionario" Aristóteles: "Soy amigo de Sócrates, pero soy más amigo de la verdad".


  
"Y yo dirijo a nuestro Gobierno esta súplica:
dóblese, triplíquese la guardia en su tumba."
Yevgueni Evtushenko: Los herederos de Stalin.


Que nadie se llame a engaño ni se rasgue las vestiduras (hay quien es amigo de esos destrozos): quien esto firma se declara anticomunista. Que es lo mismo que ser antifascista. Y aunque sea hombre de izquierda moderada, reconoce cuánta bobería, cuánto dogma, cuánta arrogancia ágrafa hay en la izquierda. Que suele olvidar que nadie ha matado más comunistas que los propios comunistas. Y hay una ceguera en ellos, y en otros, que consiste en distinguir entre totalitarismos, por no llamarlos abiertamente dictaduras, buenos y malos. Los malos son, por supuesto, los de derechas. Las dictaduras de izquierda las excusan por la nobleza inicial de los ideales, por su amor al pueblo, etcétera. Bobadas. Maneras de autoengañarse. Castro es un dictador asesino. También Pinochet. Del mismo modo que Franco, que Mao, que Mussolini, que Pol Pot, que Hitler, que Stalin.
  
Y es que Stalin es el mayor asesino en serie del siglo XX. Justamente eso. Bien lo sabe Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008) y bien lo supo Andréi Sajarov (1921-1989), galardonados hace justamente 35 y 30 años con el Premio Nobel de Literatura y de la Paz, respectivamente. Ambos supieron lo que fue la persecución, la saña asesina, el odio a la divergencia. Ambos fueron víctimas del comunismo, esa otra modalidad del atroz fascismo; ambos fueron tachados por la inteligencia de izquierdas como fascistas, pequeño burgueses, de vendidos a los intereses del también inhumano capitalismo. La estupidez tiene como norma la obcecación. La verdadera inteligencia consiste en saber que no hay que exterminar la libertad para acercarse a la igualdad, como hizo el comunismo. Y tampoco pulverizar las oportunidades de igualdad en aras de asegurar la libertad, como hace el capitalismo salvaje. Antes de ser vituperado, conste que, de adolescente, me consideré comunista. Hasta que se me cayó encima un muro. El de Berlín.
  
Primera página del artículo en su publicación original

Los ideales de la revolución de 1917 fueron nobles. La de febrero de aquel año, que derrocó la monarquía zarista. La de octubre fue un golpe de estado (artero como todos) de la facción bolchevique, que abrió paso a una guerra civil y a una dictadura. Lenin, por tanto, no fue un santo. Sí un interesante teórico. Tras la leve apertura del régimen que supuso la 'Nueva Política Económica' en los años veinte del siglo pasado y que inauguró un momento esperanzador para todos los izquierdistas del mundo, llegó la abyección.
   
Cuando murió el dictador Lenin y fue sustituido por Iosif Visarionovich Dzhugasvilli, Stalin (en ruso, 'acero', y no es gratuito este apodo de clandestinidad con sus connotaciones de dureza y frialdad). Y Stalin, alabado por Alberti, por Picasso, por Paul Éluard, por tantos creadores bienintencionados, fue un criminal sin excusas. La propaganda soviética y, sobre todo, el prestigio ganado por la URSS tras llevar, y padecer, parte importantísima del triunfo sobre Hitler, se ocupó de tildar de fascistas a quienes cuestionaran al líder y su política. Así pues, no me extrañará que los nuevos estalinistas de siempre me tilden de lo mismo. Allá ellos. La ignorancia y el fanatismo, ya lo digo, tienen esas cosas.


Pero este artículo no es un panfleto (aunque lo parezca), ni un libelo (que no lo es de ningún modo). Es un réquiem. Por los olvidados, por los perseguidos, por los muertos del sistema del Gulag. Réquiem es, además, el título del más conocido poemario (1963) de Ana Ajmátova (1889-1966), una de las más intensas voces del siglo XX, cuyo marido fue fusilado en 1934 y su hijo fue encarcelado durante siete meses mientras Ana hacía cola, día tras día, ante la cárcel de Leningrado para tener noticias de él. El primer poema del libro comienza diciendo:
  
"Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo 'mazmorras de la trena'
y una melancolía que es la muerte."
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
  
La escritora, y miembro del PCUS, Evgenia Ginzburg (1904-1977) fue otra víctima de los campos de muerte estalinistas. Pasó dieciocho años internada en diversos campos, principalmente en el de Kolima, el más duro de ellos. Tuvo suerte y coraje y sobrevivió. Otros 20 millones de personas (son cifras del historiador británico Robert Conquest, aunque Walter Laqueur llega a citar, entre los diversos cálculos sobre las víctimas del Gulag y las purgas, incluso 40 millones de personas) no tuvieron otro destino que la muerte en el cautiverio o ante el revólver apuntado en la sien. Sus memorias de perseguida, El vértigo (1967), son un testimonio escalofriante de la degradación humana y un canto al espíritu de supervivencia.

La Dirección General de los Campos, cuyo acrónimo en ruso es Gulag, fue creada en 1919 (es decir, bajo el mandato de Lenin) y fue en los años 30 cuando llegó a su plenitud. Junto a delincuentes, reunió a millones de disidentes, o de sospechosos de serlo, para emplearlos en labores que contribuirían a dotar a la URSS de su poderío económico e industrial. También de judíos, ya que tal condición era compartida por Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, auténtico Anticristo del padrecito Stalin. Es más, según revela Jean Ellenstein en El fenómeno estaliniano, por la mente del dictador cruzó la idea de exterminar, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, a todos los judíos soviéticos.
  
Interior de un barracon en el Gulag, 1936-37

Estos campos de trabajo en poco se diferenciaban de los de exterminio nazis. Solamente en los procedimientos de aniquilación. También es ilustrador el más reciente título de Donald Rayfield, Stalin y los verdugos, para comprender los mecanismos y el alcance de la locura asesina del georgiano contra su propio pueblo. Ni siquiera Hitler asesinó a tantos soviéticos como el camarada Stalin. En vez de cámaras de gas, hubo extenuación, hambre, torturas.


Como los nazis, los estalinistas buscaban acabar con toda sensación de individualidad, convirtiendo a sus presos en meras cifras, en máquinas sin alma ni esperanza. Los nombres de Kolima, de Vorkutá, de Slovki, de Iskitim, de Karaganda, de Recks, son equivalentes a los de Auschwitz, Dacha o Mauthausen. Así de simple.

Los intelectuales son sólo los casos más conocidos de entre las millonarias (en número, nunca en posesiones: los kulaks, o campesinos acaudalados, fueron exterminados antes, y los aristócratas y burgueses supervivientes tuvieron que ir al exilio, que la izquierda llamó, cínicamente, 'emigración') del Gulag. Solzhenitsyn fue uno más, encerrado entre 1945 y 1953 en diversas cárceles y el campo de Ekibastuz por haber llamado en una carta a Stalin "el hombre del bigote". Y el que mayor alcance tuvo en su denuncia del régimen.
  
El prisionero Alexandr Solzhenitsyn, 1953

Su libro capital, Archipiélago Gulag 1918-1956 (1973), contribuyó a sacudir las conciencias de Occidente. Como dice Raúl del Pozo, "pocas veces un libro ha causado tanto dolor. Y es más, Alexandr Solzhenitsyn ha hecho más anticomunistas que toda la CIA. Su libro cambió la vida a mucha gente, al estilo que llevaron a Santa Teresa o a San Ignacio por el camino de Dios. La fábula tiene una honda raíz religiosa y la escritura es terrible y hermosa".

Pavel Florensky, muerto en el Gulag,
junto al teólogo Sergei Bulgakov, muerto en el exilio.
Cuadro de Mijail Nesterov, 1917

 El poeta Danil Andréiev, hijo de Leonid Andréiev, pasó diez años en la prisión de Vladimirski; el inmenso narrador Isaac Babel, autor del clásico Caballería Roja (1926), fue ejecutado en 1939; el maestro entre maestros Mihail Bulgákov murió amargado y amenazado de ser enviado a los campos en 1940; el teólogo y científico Pavel Florenski fue fusilado en 1937 en el campo de las islas Solovietski, el ensayista Iván Katáiev murió durante la purga de 1939, el novelista y poeta Serguéi Klichkov fue detenido en 1937 y murió posiblemente en 1940, el poeta Nikolái Kliúiev fue desterrado en 1934 a Siberia, fue detenido nuevamente en 1936 y fusilado un año después. El periodista Mijail Koltsov fue víctima de las purgas en 1940, Vladimir Maiakovski se suicidó en 1930, cansado del enrarecimiento del clima político y cultural, crecientemente opresivo; el director de escena Vsiédolov Meyerhold fue fusilado en 1940, el poeta Vladímir Narbut desapareció en las purgas hacia 1944, el narrador Boris Pilniak, autor de El año desnudo (1921), fue fusilado en 1937; el ensayista Valerian Pravjudin pereció en las purgas hacia 1939, igual que, en 1937, el poeta Iván Pribludinila; la poetisa Marina Tsvetáieva se suicidó en 1941, tras la desaparición de su marido en las purgas; el escritor Artiom Vesioli fue detenido en 1937 y fusilado en 1939, el escritor y traductor Olieg Volkov estuvo internado en el Gulag casi 30 años, así como ocho años estuvo prisionero el poeta Nikolái Zabolotski.

Esta nutrida nómina es sólo una selección somera. El Gulag existió. La mentalidad de los que lo promovieron todavía existe. Honor a las víctimas y a su memoria. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

Acerca de Rafael Reig

        Palabras leídas en la presentación de la novela de Rafael Reig "Todo está perdonado". Acto organizado por el Aula de Cultura de diario Sur y el Centro Andaluz de las Letras. Málaga, 16 de marzo de 2011
        Quien tome este libro en sus manos, como ahora yo, encontrará, para empezar, una jugosa carta publicada en el diario Público, en cuya sección de Opinión trabaja Rafael Reig, asturiano de Cangas, firmada por Antonio Menéndez Vigil. Al volver la página encontrará que Menéndez Vigil es también asturiano, y que sigue la Eurocopa de 2008 a la vez que vive y narra los episodios que recoge la novela. Sería fácil deducir que Reig se oculta tras Menéndez Vigil para relatar una fábula amarga y española. Pero creo que se equivocará el lector que tal pretenda. Pero no nos adelantemos. El arrebato chusco de patriotismo, lo que aquí equivale a decir delirio, de la carta que firma Menéndez Vigil, deliciosa y provocativa, que aprovecha la racha triunfal de la Roja (y también Gualda) en la Eurocopa de 2008 para proclamar la fe en esa España imbatible, da lugar a que pronto, en la misma página inicial en que asoma Asturias, se proclame, hablando de fútbol, que “Hay otra España”, un país constituido a veces en una unidad de destino en lo universal y otras en unidad de desatino en lo nacional. Efectivamente, otra España la hubo entonces, sobre el césped. Y la hay en este volumen singularísimo en la que nuestra áspera nación está atravesada, en una cicatriz navegable, por el Canal Castellana que comunica Lisboa y Alicante pasando por Madrid. Una España eucarística como la de aquel congreso multitudinario de 1952 en Barcelona, en la que, en ese 2008 que sigue siendo ahora, la gracia divina se ofrece en máquinas automáticas que dispensan obleas bendecidas como quien oferta cigarrillos o condones. Es, en suma, un país cuya historia reciente y alternativa, a la manera de las ucronías más audaces, se nos presenta así:
Nací en 1940 y crecí en la España una, grande y libre del Caudillo, tuve un Seiscientos y otros muchos coches, hasta que se acabó el petróleo, viví la II Restauración borbónica, la Inmaculada Transición, el golpe del 23-F, la ayuda norteamericana para consolidar la democracia (y para la ejecución de las obras del Canal Castellana), el entusiasmo institucional con el referéndum de 1984 (“De entrada no”, decían los del PSOE con calculada ambigüedad), que nos convirtió en Estado Asociado a los USA, con el inglés como lengua cooficial (a partir del segundo referéndum, el del 86) y una monarquía tributaria del Imperio de Washington.
            Nos encontramos, pues, en un paisaje contrafáctico, en el que en el momento en que, hace ya 25 años, Felipe González nos llevó a comulgar con la OTAN, lo que se propuso fue unir nuestro destino (nuestro desatino) a los Estados Unidos. Pero no es sólo una fábula política la que nos presenta Reig, sino eso mismo revestido eficazmente como una historia policial, en la que el hecho desencadenante es una muerte repentina, la de Laura Gamazo en el día de su boda, y que nos llevará a buscar responsable, y responsables, a través de la investigación que por encargo lleva Menéndez Vigil secundado por un perdedor ejemplar, Carlos Clot, Charlie para los lectores, que es quien, se admiten apuestas, tiene una voz más parecida a la que conocemos de Rafael Reig. Y es esa investigación la que nos lleva a retratar un país a través de una familia, los Gamazo, a lo largo del último siglo. Un país que, según Menéndez Vigil, no augura nada bueno: “Decía Balzac que detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen. Eso será en Francia. Aquí sólo hay traiciones, cobardías casi disculpables, negocios bajo cuerda y, por debajo de cada moneda, detrás de cada billete, la sombra de una guerra civil que nadie quiere recordar”.

            Y, claro, con estos mimbres veremos cómo desde el punto de vista del patriarca de los Gamazo, se contempla la democracia como un derivado programado del propio Franquismo. Una España que no es sino una oligarquía con instituciones democráticas. Del Franquismo se nos reflejan las agitaciones de 1956 con un retrato demoledor, desde el punto de vista de los vencedores, de Dionisio Ridruejo, como es igualmente malvado el comentario sobre “un muchacho con tan buena disposición y tantas ganas de complacer que acabó redactando editoriales en El País”.
Aquel Franquismo en el que medraron los Gamazo dio lugar a un régimen en el que tuvimos, y así los nombra la novela, a Suárez, González, Aznar y Zapatero. Como igualmente se tiene a Julio Llamazares y Luis Landero (con los que toma gin-fizz y croquetas de pollo Menéndez Vigil) y, en una apócrifa nota de sociedad y camuflados como asistentes a una boda de postín, a Martín Casariego, Antonio Orejudo, Marta Rivera de la Cruz, Constantino Bértolo y Belén Gopegui. Realidad y ficción se irán enhebrando en los recortes de prensa que se intercalan en la narración, hasta que en el fundamental de ellos aparecen relacionados, en un suceso de sangre, dos de los principales personajes de la ficción: Martínez Vigil y Rosario Valverde. 
En este juego entre realidad y ficción es fundamental la aseveración que hace el personaje secundario Alfonso Olmedo: “La vida es todo lo contrario a una novela”. Por lo tanto, esta novela, será, en aplicación de este principio, independiente de la vida en cuanto realidad, y así añade a este Madrid alternativo, sin coches pero con sacramentos, tribus urbanas, encabezadas por los bucalistas, que se rigen por herejías religiosas y que nos remiten al espíritu desquiciado y  santo de Philip K. Dick.
Dividida en cuatro partes que se distribuyen, zumbonamente, como las diversas fases de aquella Eurocopa, “Fase eliminatoria”, “Cuartos de final”, “Semifinales” y “Final” que a su vez remiten a las etapas hacia el perdón, “Examen de conciencia”, “El dolor de los pecados”, “El propósito de la enmienda” y “La penitencia”, esta novela expiatoria, este “Todo está perdonado”  que nada tiene que ver con aquel “Todo está iluminado” de Jonathan Safran Foer, nos podría llevar a concluir que no hay redención, pero más bien a que ésta siempre, perpetuamente, se aplaza: no puede haber cielo para España, sino un Purgatorio siempre en cuarentena en el que suenan enloquecidos los dados. O, más positiva y lúcidamente,y ya termino, en palabras del narrador acerca de Charo Valverde y Charlie Clot:
Ambos sabían, como lo sé yo, que la culpa sólo remite o con la absolución o con el castigo, y que aquel que ya no es capaz de creer en una instancia superior con potestad para perdonar, no tiene otro remedio que juzgarse por su cuenta y administrarse a sí mismo el castigo con los medios a su alcance.
Ese cromo, como el de Pirri, aparece en todos los sobres. A mí me ha tocado: al que ha perdido la fe sólo le queda el acerbo privilegio de condenarse a sí mismo en tercera persona.
Tal vez tenían los mismos cromos repes, el de la cobardía temeraria, el de la soledad, el del sentimentalismo complaciente, el del martirio acreedor. Aun así, debieron de calcular que entre los dos podrían completar por fin un solo álbum.
Confortados por las palabras de Rafael Reig, Ego absolvo vobis a peccatis tuorum in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Oé oé oé. Muchas gracias.

domingo, 13 de marzo de 2011

El deseo sobre el tejado

Quizás porque el cartel mostraba a Elizabeth Taylor, esplendor de la carne entre un fondo amarillo ígneo y una sucinta combinación blanca, mirando retadora al espectador sobre una cama (al fondo un almohadón, la mano izquierda, apoyada sobre el marco de la escena, clavados los dedos, de afiladas uñas rojas, casi zarpa), por ello, decía, por la carnalidad expectante que el título original proponía, en un cartel en el que junto a la cabeza hermosa de la Taylor, el eslogan inglés decía «Esta es Maggie la Gata.», por eso, porque había y hay demasiado deseo, incandescente y a la vez turbio en esta historia, la película aquella, dirigida por Peter Brooks, pasó a llamarse entre nosotros 'La gata sobre el tejado de cinc', dejando fuera, invisible, suprimida, la palabra final del título, 'caliente'. Pero aquella película, para desesperación de Tennessee Williams, también callaba, mentía, adulteraba, el drama original que adaptaba. Y para devolver el calor a los gatos y al metal, en el Teatro Cánovas se representa 'La gata sobre el tejado de zinc caliente', drama de Tennessee Williams, los días 12 y 13 de marzo en montaje del Teatre Lliure con dirección de Álex Rigola.
 
Maggie y Brick, un matrimonio joven (que en la mítica adaptación cinematográfica fueron interpretados por Elizabeth Taylor y Paul Newman), junto al padre de Brick, soportan el peso abrumador de este drama doméstico. Como en la película, Brick es frío e incapaz de sentir pasión por Maggie, que vive insatisfecha y en una permanente ascua capaz de incendiar todo lo que le rodea para que su fuego interno la devore incluso a ella. Entre Maggie y Brick se interpone el recuerdo de un difunto, Skipper, amigo (más que amigo, tal vez amante) de Brick, y que arroja un velo luctuoso sobre lo que parecía una relación normal y que ahora es hielo, distancia, en una reunión familiar y veraniega. La culpa, inundada de alcohol, en la que vive Brick contrasta con la alborotada felicidad de su hermano, Gooper, casado felizmente y bendecido por una prole abundante. Lo que todos se dirán, lo que todos sabrán, en ese fin de semana en el que se han reunido para festejar a 'Gran Papá Pollitt', el padre de los desparejos hermanos, que cumple años en su confortable plantación de Mississippi y que está exultante porque unos análisis parecen alejar la posibilidad de que padezca cáncer. Pero la realidad es que el mal sí existe, y es mentira la salud y la esperanza, pues se trata de ocultarle la fatalidad, el destino breve y doloroso al patriarca y a su venerable esposa. Hay, pues, un juego de apariencias, de ficción, de fingimiento, que va desde las perspectivas de vida de 'Gran Papá' hasta lo que no se ve del matrimonio quebradizo de Maggie y Brick. Los recelos hacia las maniobras de Gooper por hacerse con la inminente herencia tienen también su peso en la amarga dinámica del grupo familiar. La tensión termina estallando, y es demasiado brutal la verdad cuando ésta termine imponiéndose arrojando sobre todos sus frutos amargos.
 
Por este drama intenso que no necesita demasiados elementos para imponerse, Williams consiguió su segundo Premio Pulitzer en 1955. Antes, en 1947, 'Un tranvía llamado deseo' le había valido el primero. Siendo ambos llevados al cine, 'La gata.', por los cambios experimentados en el guión de Hollywood (seis candidaturas a los Oscar consiguió en 1958, pero ningún premio), cuando se le preguntaba por su obra favorita a Tennessee Williams, contestaba que «la versión editorial de 'La gata sobre el tejado de zinc caliente'». Estrenada la obra en 1954, dirigida por Elia Kazan, admirado hasta extremos descabellados por el autor, los cambios que aceptó hacer los aduciría más tarde como pretexto para sus adicciones a drogas y alcohol. Las transformaciones a las que, aún así, se sometería el texto para la adaptación cinematográfica propiciarían ese malditismo autodestructivo del dramaturgo con nombre de lugar.
 
Publicado en Diario Sur, 12 de marzo de 2011
 

Risa y congoja

Vuelven los programas dobles. Sin palomitas. A la ópera. Con dos del género chico. De un acto cada uno, nada que objetar y sí mucho que agradecer. Una oportunidad para disfrutar y padecer (ambas cosas) dos obras que ponen humor y desolación, que son 'Il segreto di Susanna', de Ermanno Wolf-Ferrari, y 'La voix humaine', de Francis Poulenc. El lugar para este contraste de experiencias, el Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Las fechas, el 11 y el 13 de marzo. La orquesta, la Filarmónica de Málaga. Dirigida por Lorenzo Ramos, y con dirección escénica de José Luis Castro. Los intérpretes para el total de las dos óperas son cuatro, de los que sólo cantan tres. ¿Alguien da más y a la vez menos? Difícil es. Arriesgado. Necesario.
Para comenzar, comedia. En un único acto (intermedio cómico la llamó su autor, más que ópera con todos los derechos), 'Il segreto di Susana' se estrenó en alemán en 1909, con libreto de Enrico Golisciani, que más tarde se encargaría de la mucho más conocida versión definitiva en italiano. Sus tres personajes son Susana, una contumaz fumadora; su marido, el conde Gil, enamorado y celoso, y Sante, el criado de ambos, que es, además, un personaje mudo. Dentro del género bufo, esta operita tiene como moraleja, como idea subyacente más allá de lo jocoso, la defensa de los derechos de la mujer. A grandes pinceladas, lo que narra esta escena única son los desvelos de Susana, su ansiedad por guardar su terrible secreto: fuma. Algo que su recién casado marido detesta, asqueado con el mero olor del tabaco. Incapaz de controlar su adicción, hace que el mudo criado, también fumador clandestino, le guarde los cigarrillos. Y con ellos, el secreto. Amoscado porque Susana apenas disimula la ansiedad para que él se marche a su club y poder salir al estanco, el conde, de celos muy cómicos, finalmente descubrirá la escena del crimen tras una excesiva disputa con su esposa. Comprensivo de la debilidad humana, esta comedia ligera se culmina con el acostumbrado perdón. Y un pitillo compartido. El momento orquestal que acompaña a Susana en sus primeras caladas, junto a la bronca y la reconciliación, son los instantes más notables de esta operita (llamarla opereta no es apropiado ni cariñoso). Los intérpretes son aquí Isabel Rey (Susanna), Javier Franco (Gil) y Nigel Leach (Sante). De Wolf-Ferrari, de sangre a la vez italiana y alemana, destaquemos su capacidad para asimilar y revisar la tradición, siendo lo más notorio Mozart y Wagner por la parte germánica, y la Commedia dell'Arte de Goldoni y la obra final de Verdi por la rama italiana.
'La voix humaine', de Poulenc, con la soprano Michelle Caniccioni como voz única (y aquí voz es la voz), es una tragedia lírica en un acto, con libreto de Jean Cocteau (que había firmado previamente su versión teatral con la que las diferencias son leves) y que lo que muestra es la mitad de un diálogo. La mitad que podemos compartir cuando estamos delante de una persona que está inmóvil en una cama, y que cuando suena el teléfono (su timbre suena ahora en forma de xilófono) habla con quien ha sido su amante durante cinco años que le cuenta que tras abandonarla está preparando su boda con otra mujer y que esa vez que le escucha será la última. El adiós es al comienzo acogido con indiferencia, pero el repaso telefónico de los días felices va cediendo, entre interferencias y cortes (la tecnología de los años treinta y cuarenta, con el uso de una centralita y la longitud de la charla impuso esta anomalía), recriminaciones y sollozos a la desesperación para caer nuevamente exangüe, en pavorosa simetría, sobre el lecho que, ahora sí, es el del dolor. Un musitado «te quiero» será lo último que se oye antes del silencio, la quietud y el telón.
La desnudez emocional a la que se ve expuesto el personaje, que obliga a que la cantante deba tener una gran capacidad como actriz, explica que 'La voz humana' se llevara al cine en 1948 y 1966 con las voces, los rostros, los gestos (todos los gestos del abandono) de Anna Magnani e Ingrid Bergman.
Publicado en diario Sur, 5 de marzo de 2011

martes, 1 de marzo de 2011

El amor bobo

Recién apagadas las llamas (bueno, la llamita) de los premios Goya,  en el horizonte se atisba la inminente llamita (bueno, tal vez la llamarada) del Festival de Málaga. En él,  una de las mejores sorpresas de los últimos años fue la magnífica actuación de Silvia Abascal en “La dama boba”, que le valió la biznaga de plata como actriz protagonista, galardón que también  merecieron el actor el actor y actriz de reparto (Roberto San Martín y Macarena Gómez), además del vestuario de Lorenzo Caprile. Cuatro premios consiguió la cinta, la más premiada de aquella edición de 2006, que demostró que, como ya hiciera, aunque de forma un tanto menos afortunada, “El perro del hortelano” de Pilar Miró que Lope de Vega es un autor vivo, disfrutable, tan alejado del tedio venerable de la erudición académica como del frenesí amatorio, aderezado de versos, al que lo redujo el reciente biopic tan prescindible.  Para comprobar, revalidar, la vigencia de la comedia de Lope tenemos la oportunidad que se nos ofrece el domingo 27 de febrero en el Teatro Echegaray. Esta vez la adaptación es para teatro de sombras y de títeres además de actores. La compañía es Pie Izquierdo, que con este montaje consiguió el Premio a la mejor interpretación femenina otorgado por la Unión de Actores de Castilla-León en 2008.
                El gran amante, y grandísimo creador (espanta su grandeza) escribió en 1613 el papel protagonista de la obra (que no es el de la boba) para Jerónima de Burgos, la esposa del actor (y autor) teatral Pedro de Valdés . Cuando  en al año siguiente Lope decida tomar los hábitos, Jerónima será su compañera. Y también Lucía Salcedo. Nada extraño en un autor que, a decir del gran amante (de España) que fue Gerald Brenan era la vida misma: “Así, aunque fervoroso en religión, Lope es uno de los escritores más amorales, no por convicción filosófica, sino por la sencilla razón de que estaba enamorado de la vida –y tenía tal vez demasiada conciencia de sus deslices- para encontrar serios defectos en cualquier aspecto de ella. Sin embargo, en lo que se refiere a las mujeres, y tenía una especial piedra de toque para el personaje: su conducta en el amor. Sus heroínas están casi siempre bien trazadas y no son en modo alguno meros objetos destinados a provocar el éxtasis masculino. Si miraba a los hombres de un modo superficial, Lope estudiaba a las mujeres atentamente y con simpatía, tomando nota de sus características individuales”.
Portada del manuscrito original de Lope de Vega, 1613

                    Otro enamorado (de Lope), Alonso Zamora Vicente, no es parco en elogios: “Una deliciosa obra maestra es “La dama boba”, en la que se expone el viejo tema de la torpeza mental eliminada por la necesidad de conquistar a la persona amada. Sobre esta base tan elemental, Lope supo hacer una deliciosa porción de vida, animada y graciosa, un diálogo alegre y sentido, que deja al terminar su lectura, una honda sensación de gozo suave, contenido, de perpetua sonrisa”.  En resumidas cuentas, lo que aquí se nos cuenta, entre equívocos llenos de comicidad, es la peripecia de dos hermanas, Nise y Finea: “pues Nise bella es la palma; / Finea, un roble sin alma/ y discurso de razón. / Nise es mujer tan discreta, / sabia, gallarda, entendida, / cuanto Finea encogida, / boba, indigna e imperfeta”.  Un tío de ambas, para proporcionar un futuro venturoso a la menos afortunada, Finea, le concede una dote a la que aspira un cazafortunas sin escrúpulos, Liseo. Pero boba de remate como es Finea, Liseo duda y comienza a interesarse por la ingeniosa Nise. A la vez que el galán de ésta, Laurencio, opta por el metal que trae aparejada Finea. A partir de aquí, cada una, para lograr sus objetivos, optará por aparentar inteligencia o estupidez, trocándose los caracteres y causando situaciones cómicas de primera magnitud hasta llegar a las palabras que la cierran: “Al senado la pedid, / si nuestras faltas perdona; / que aquí, para los discretos, / da fin “La comedia boba”.

Publicado en diario Sur, 26 de febrero de 2011