domingo, 5 de abril de 2026
Lecturas Diario secreto de José Antonio (José Antonio Martín Otín)
martes, 31 de marzo de 2026
Lecturas: Eso no estaba en mi libro de historia de España (Francisco García del Junco)
El libro carece de índice, lo que fía la lectura al hojeo en la librería. Que es apresurado y no poco inconsciente. Venga al zurrón. Cuando han pasado meses y el turquesa llamativo del lomo te atrae y decide, se tiene una sensación no amarga pero tampoco dulce. Es, eso sí, un libros que se lee con facilidad, pero no es profundos. Ni aporta nada, o más bien poco, para quien sea, como el caso, lector habitual de Historia. De las 406 páginas a lo sumo he descubierto la escalofriante sucesión cronológica de las lesiones de Blas de Lezo: la pierna izquierda amputada a los 15 años, el ojo izquierdo perdido a los 18, lisiado un brazo a los 24. O la costumbre, en la Isla de Pascua, por la escasez de recursos, de sacrificar un vecino mayor de 60 años cada vez que nacía un niño. Y del niño si no había nadie prescindible. Pero poco más.
El volumen reúne episodios de la historia española que el autor considera injustamente olvidados o poco divulgados: la batalla de Cartagena de Indias, la expedición Malaspina, el descubrimiento de las Fuentes del Nilo por un español en el siglo XVII, o la denominación del océano Pacífico como el Lago Español.
Pura divulgación, a lo Eslava Galán pero sin pretender ser babosamente como en el jienense. Lo que es un mérito para García del Junco. La prosa es funcional, plana, chata. Pero al menos el libro cumple lo que promete. Entretiene, aporta datos que muchos lectores desconocen, y tiene el mérito de hacer accesible materia que la historia académica raramente convierte en lectura popular. Si se llega a él sin esperar rigor analítico ni neutralidad expositiva, la experiencia es satisfactoria. Si se busca otra cosa, probablemente haya que buscarla en otro sitio. Como seguiré haciendo.
domingo, 15 de febrero de 2026
Lecturas: Cuatro Principes. Enrique VIII, Francisco I, Carlos V, Solimán el Magnífico y las obsesiones que forjaron la Europa moderna (John Julius Norwich)
Da gusto leer libros así, escritos con conocimiento y soltura. En este fascinante Cuatro Príncipes, Norwich nos invita a un viaje político y casi sensorial por el siglo XVI, un periodo donde la historia de la humanidad pareció concentrarse en las manos de apenas cuatro hombres nacidos en la misma década, coincidiendo en el tiempo cuatro monarcas superlativos: Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (y I de España) y Solimán el Magnífico del Imperio Otomano. Norwich, con elegancia y un toque de ironía, sostiene que la Europa moderna no nació de tratados impersonales, sino de las obsesiones, las inseguridades y los egos cruzados de estos soberanos. Como bien apunta el autor al inicio de su relato: "A lo largo de la historia, dudo que haya habido cuatro monarcas de tal magnitud... todos reinando al mismo tiempo". Esta coincidencia temporal convierte al libro en una coreografía de rivalidades donde cada decisión tomada en Londres, París, Valladolid o Constantinopla generaba una onda de choque que obligaba a los otros tres a reaccionar.
Lo que verdaderamente distingue a esta obra de un manual de historia convencional es la capacidad de Norwich para humanizar a estos gigantes, presentándolos no como estatuas de mármol, sino como hombres de carne y hueso atrapados en una competencia perpetua por el prestigio. El autor logra transmitir cómo estos líderes se observaban con una mezcla de admiración y recelo, enviándose embajadas de una opulencia casi ridícula simplemente para demostrar quién poseía el reino más próspero. A través de una narrativa envolvente, descubrimos que sus vidas estaban intrínsecamente ligadas: "Cada uno de ellos estaba profundamente condicionado por los otros tres; cada uno de ellos, en un momento u otro, fue aliado o enemigo de los demás". Es especialmente refrescante la inclusión de Solimán el Magnífico en este cuarteto, ya que Norwich rompe con la visión tradicionalmente eurocéntrica para recordarnos que el sultán otomano fue un actor fundamental en el equilibrio de poder europeo, tan renacentista en su mecenazgo y ambición como sus homólogos cristianos.
Aquí encontraremos a Enrique y Francisco comparando pantorrillas y dilapidando en regalos inverosímiles, a Francisco firmando alianzas con Solimán y permitiendo a la escuadra turca fondear en Marsella, y a Enrique festejando la muerte de su única esposa legítima, Catalina de Aragón, y no asistiendo, contrariado, al bautizo de su primera hija ilegítima, Isabel.
Para hacerle justicia, al libro y al príncipe que prefiero -único que tuvo el título de emperador-, reproduzco el retrato con el que Norwich cierra el relato de sus andanzas, nuestro Carlos I, V de Alemania: Uno de los muchos biógrafos de Carlos lo describe como un genio militar. No parece que haya muchas pruebas que lo demuestren, pero, por otro lado, sí las hay de que poseía al menos dos cualidades de suprema importancia para un general: una valentía personal inmensa y una infinita preocupación por sus hombres. Carlos no solo mostró su valentía en los combates, sino en la pura fuerza de voluntad que permitió cabalgar día tras día a pesar de sufrir la agonía de la gota -y nadie que no haya sufrido personalmente esta aflicción puede hacerse una idea de los sufrimientos que causa- sin emitir jamás la menor queja, ni siquiera cuando tenía que montar con la pierna descansando en un cabestrillo atado a su silla. Sus soldados lo amaron y admiraron, algo que, de hecho, hicieron casi todos los que llegaron a conocerlo. Lo amaron por su encanto personal, su bondad y -una cualidad especialmente escasa en su época- su sentido del humor. Súmese a ello que sabía apreciar las cosas buenas de la vida: la pintura, por ejemplo (¿se cuenta todavía a los niños la famosa historia de cómo se agachó a recoger el pincel de Tiziano cuando se le cayó al maestro?) o la música, por la que sentía auténtica pasión. Incluso su glotonería despierta simpatía en muchos de nosotros. Murió como un hombre decepcionado, demasiado consciente de lo mucho que había tenido que dejar por hacer; pero comprendió, mucho más de o que la gente creía, cuántas cosas bellas y placenteras nos frece la vida. Y, siempre que tuvo ocasión, las disfrutó.
jueves, 12 de febrero de 2026
Lecturas: Pistoleros y terrorismo en la España de Alfonso XIII. Especímenes del hampa española (1914-1936) (Gerardo Muñoz Lorente)
Un libro que ofrece lo que promete. Nada menos. Pistoleros y terrorismo en la España de Alfonso XIII. Especímenes del hampa española (1914-1936). Nada menos. Conjugando las virtudes de un ensayo histórico con un buen pulso narrativo y con una buena documentación. Son sobre todo los años del pistolerismo en Barcelona, enfrentándose a tiros anarcosindicalistas y patronal a través de sindicatos libres apoyados por el Somatén y la policía.
Muñoz Lorente abre una ventana a un país que se suele mencionar de pasada, como antesala de la Guerra Civil, pero que aquí adquiere consistencia haciéndonos seguir a pistoleros como Tomás Cerdán, alias Pellicoco, el especialista en infiltraciones Honorio Feced, el comisario Bravo Portillo abocado a la tragedia, el falso barón Köening, la brutalidad del gobernador Martínez Anido, o en el campo de las víctimas el mítico Salvador Seguí, Noi del Sucre, o el abogado tullido Francesc Layret. Tal fue la furia de aquellos años que la Ciudad Condal llegó a ser escenario de dos o tres atentados diarios.
Muñoz Lorente no se limita a enumerar hechos: reconstruye atmósferas y traza el carácter de sus personajes a los que no juzga. Como sugiere el propio libro, España fue durante esos años un escenario donde se cruzaban idealismo, crimen y supervivencia en proporciones imprevisibles.
Hay algo profundamente inquietante en estas páginas: la sensación de que la Historia, con mayúscula, se construye muchas veces desde los márgenes, desde los callejones oscuros y las conspiraciones discretas. Muñoz Lorente logra que el lector perciba ese latido subterráneo. Nos recuerda que antes de 1936 ya existía un país fracturado, crispado, armado. Y lo hace sin estridencias.
Lo admirable es el equilibrio. El libro no cae en el sensacionalismo pese a la materia prima explosiva que maneja. Hay violencia, sí, pero también contexto; hay sangre, pero también análisis. El resultado es un retrato complejo y humano de una época que suele simplificarse en exceso. Aquella España terrible alcanzaría su paroxismo en la Guerra Civil.
viernes, 26 de septiembre de 2025
Lecturas: 1939. Agonía y Victoria (El protocolo 277) (Ricardo de la Cierva)
Tenía 10 años el autor cuando los republicanos fusilaron a su padre en Paracuellos. Edad para enterarse, edad para no olvidar las circunstancias. Pero no aplica la rabia, el asco, a estas páginas. Lo que dignifica al autor y al libro, que es a la vez un detallado, extenuante por momentos, relato de los últimos momentos de la Guerra Civil Española, sino que también ofrece una reflexión sobre las consecuencias que el conflicto tuvo para la sociedad española en su conjunto. A mi entender, nos encontramos ante una excelente lectura para entender el final de aquella pesadilla, una crónica que tal vez se centra más en la agonía de una República que dejó de ser una democracia en 1934, que en la victoria de Franco.
Como señala De la Cierva: “El año 1939 fue un año de pasiones enfrentadas, de sacrificios y de esperanzas truncadas, pero también de victorias alcanzadas a costa de un sufrimiento que duraría generaciones”. Esta frase refleja el tono melancólico y al mismo tiempo heroico que impregna el libro, donde cada paso hacia la victoria franquista se narra como una conquista costosa, aunque necesaria, para la reconstrucción de la nación.
El título del libro, "Agonía y Victoria", resume perfectamente la dualidad que caracteriza a la obra. De un lado, la agonía de una España desgarrada por un conflicto fratricida y, por otro, la victoria de aquellos que consiguieron imponer su visión del futuro, aunque no sin dejar tras de sí una sociedad dividida y marcada por el sufrimiento. De la Cierva no elude la dureza de los últimos meses del conflicto, describiendo con realismo la situación de los combatientes y la población civil, pero también se toma el tiempo para abordar las implicaciones de la victoria en términos políticos, económicos y sociales.
En sus páginas, el autor recuerda que “la victoria no fue solo el resultado de una confrontación militar, sino de un conflicto ideológico que había fracturado a la sociedad española en formas irreconciliables”. Este tipo de reflexión permite al lector no solo ver los eventos desde la perspectiva de los vencedores, sino también entender la magnitud del coste humano y social que implicó el fin de la guerra.
Una de las grandes virtudes del libro es su capacidad para profundizar en los personajes que fueron clave en los últimos momentos de la contienda. De la Cierva se centra en figuras como Francisco Franco, Juan Negrín, Segismundo Casado y Julián Besteiro, presentando no solo sus decisiones tácticas, sino también las complejas motivaciones políticas que guiaron sus acciones en esos momentos críticos.
El autor destaca, por ejemplo, que “Franco no solo luchaba por una victoria militar, sino por la consolidación de una idea de España que consideraba esencial para la supervivencia del país”. Este tipo de análisis da una dimensión más rica a la obra, al ir más allá de los hechos y acercarse a las inquietudes filosóficas y políticas que marcaron la mentalidad de los actores principales. Besteiro y, sobre todo, Casado, emergen como héroes que supieron defender la dignidad de la nación por encima de adscripciones ideológicas. Supieron ver el riesgo de una España dominada por el comunismo y quisieron renunciar a la política de resistencia a ultranza de Negrín, a quien se retrata como un títere manejado por Stalin.
Para quien busque un libro que combine rigor, análisis y un enfoque humano sobre los últimos días de la Guerra Civil, 1939. Agonía y Victoria es una lectura imprescindible.
lunes, 17 de marzo de 2025
Lecturas: Fuego cruzado. La primavera de 1936 (Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío)
Este abrumador volumen se ha llevado en los últimos días el premio Francisco Umbral al mejor libro del año. Como indican sus autores, ese periodo, el de la primavera trágica de 1936, había sido tratado sólo desde la propaganda desde los dos bandos. Tal como sucede hoy, con la sociedad española dividida entre los fascistas que no lo son sino a través de la atroz opinión de sus opuestos, y antifascistas así motejados a sí mismos con orgullo y no poca ignorancia y con ademanes y procedimientos bien parecidos a los del fascismo. Ir a las fuentes primarias, sean informes policiales o artículos de prensa, es lo que aporta singularidad a esta crónica de los hechos expuesta con ejemplar claridad por del Rey y Álvarez Tardío.
El afán por huir de la manipulación es ejemplar e incluso escalofriante. En la introducción, prometen tratar los hechos, en cuanto anteriores al estallido de la guerra, como si ésta no hubiera existido. Los condicionantes, las anteojeras, de historiadores como Ángel Viñas o Paul Preston (por citar dos destacadamente adscritos a una óptica) o Pío Moa (en el otro lado), no se aplican aquí. Se cuentan hechos entre el 16 de febrero de 1936 y el 17 de julio del mismo año. Tal cual.
Que la prensa de entonces hablaba a menudo de "fascistas" de forma genérica, calificando a los jóvenes del partido de Gil-Robles o incluso a los de Acción Católica o a los afiliados a los sindicatos católicos con esta expresión debe servirnos para reflexionar desde nuestros tiempos idiotas. Más adelante, señalando la facilidad del uso del nombre de fascista por parte de los comunistas, se señala: Por consiguiente, a lo que tenía que dedicarse el Gobierno en cuerpo y alma era a "disolver las organizaciones fascistas delo crimen", reclamaba el portavoz del Partido Comunista el día del entierro de Gisbert. Lo de organizaciones y fascistas en plural no era una casualidad. Porque no se pedía la disolución de Falange, sino que «fascista» era todo lo que estaba a la derecha del Frente Popular. Mencionaban expresamente tres «organizaciones fascistas»: «Falange Española, Jap, Requetés Tradicionalistas». Así, para los comunistas, los jóvenes del principal partido de la derecha católica, los japistas, e incluso cualquier otra organización de «este jaez», entraban dentro del pistolerismo «reaccionario». Y como los «cuerpos represivos» y los jueces no estaban actuando implacablemente contra aquellos, no cabía otra que «crear fuerzas populares armadas». Porque «las clases populares tienen un grave enemigo en la fuerza pública». Pero esta ceguera no se limitaba al comunismo, sino que irradiaba también desde el PSOE de Largo Caballero, ya que para el caballerismo, fascismo quería decir toda la derecha e incluso los republicanos conservadores y centristas.
Con este clima crispado, Calvo Sotelo, describió el gobierno de Casares Quiroga en estos términos: en el orden económico, depauperación; en el orden espiritual, odio; en el orden moral, indisciplina; en el orden político, esterilidad; en el orden nacional, disgregación. No es la España de hoy. Pero casi. O más adelante: La descalificación de los jueces y la exigencia de depuraciones no fue cosa exclusiva de los portavoces más radicales del Partido Socialista. ¿Les suena?
Sigamos. Aunque sin dedicarle demasiado espacio, y sin querer presumir de ello, los autores aportan en un apéndice titulado Los números de la violencia la cuantificación de las víctimas de aquellos cinco meses en que España se llevó al suicidio rodeada de sonido y de furia. Aunque había habido intentos serios de hacer estos cálculos, éste es el más exhaustivo. Fueron 484 muertos y 1.659 heridos graves. Antes de llegar a este punto, del Rey y Álvarez Tardío aclaran, sobre las víctimas causadas y sufridas por Falange: las cifras no deben tomarse como incuestionables y definitivas, entre otras razones porque las fuentes a veces utilizan término "fascista" de forma muy genérica, escondiendo en algunos casos la condición de derechista más que la de falangista/fascista en términos precisos. Esto sucede a menudo con la prensa de la izquierda obrera, donde la utilización del genérico "fascista" solía imponerse a la atribución precisa del concepto. No ocurre lo mismo cuando queda clara la militancia en Falange de los protagonistas del hecho, en la mayoría de los casos. Aquí se ha procurado afinar al máximo, pero es obligado indicar que la seguridad no es completa. Partiendo de tales advertencias, entre el 17 de febrero y el 17 de julio de 1936, ambas fechas incluidas, se ha registrado un total de 148 víctimas falangistas, desglosadas en 65 muertos y 83 heridos. Por su parte, se han contado 144 víctimas ocasionadas por su pistolerismo, repartidas en 56 muertos y 88 heridos. Es decir, según esta contabilidad Falange sumó nueve víctimas mortales más que las que ocasionaron sus activistas, cinco heridos menos que los que produjeron, llegando casi a la paridad con sus adversarios en términos globales. ¿Qué indican estas cifras? Pues que aquí, evidentemente, disparaban otros actores además de los falangistas. Es más, estos no sólo se hallaron lejos de ocupar posiciones de exclusividad en la generación de la violencia armada, sino que en su particular duelo a lo largo del período analizado fueron rebasados por sus rivales izquierdistas durante varias semanas. Esto, añado yo, rebate el argumento, tan manido, de que los feroces fascistas fueron asesinos mientras los heroicos luchadores por la igualdad fueron meras víctimas.
En el apéndice se demuestra que el 78,7% de los episodios violentos fueron causados por izquierdistas frente al 21,3% de derechistas. En cambio, hubo 390 víctimas izquierdistas frente a 189 fascistas y 249 derechistas. Se precisa que esta elevada cifra de izquierdistas incluye también a los que cayeron a manos de la policía al reprimir sus ataques y atentados. Entre los agresores, hubo 749 izquierdistas y 431 derechistas. Esas son las cifras. Y a quien le escueza, que lea. Sobre todo este libro.
Finalmente quisiera destacar un capítulo vibrante que daría lugar a una estremecedora película que bien podrá titularse como el capítulo, Pontejos. En él se cuenta,. casi minuto a minuto, la estupidez del asesinato del teniente Castillo (instructor de milicias de izquierdas) y la monstruosidad del asesinato del jefe de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo. Esa noche murió España.
lunes, 15 de mayo de 2023
Lecturas: Paracuellos. Una verdad incómoda (Julius Ruiz)
Atención, espoiler: Carrillo supo, Carrillo organizó. Uno de los padres de la Transición Española, criminal de guerra. Pero de eso no se habla.
Julius Ruiz acota su investigación de El Terror rojo. Madrid 1936 ya reseñada en este blog y se centra en las matanzas de Paracuellos (y Torrejón de Ardoz) del otoño de 1936. Con claridad y serenidad, (de)muestra cómo esa masacre fue organizada por las autoridades republicanas como una continuación del régimen represivo puesto en marcha con el inicio de la Guerra. La intervención de Ángel Rodríguez, el anarquista Ángel Rojo, quitándole potestades a Carrillo, y la reanudación de las ejecuciones una vez Carrillo recuperó el mando pocos días después, sirve para explicar por qué Rodríguez tiene un puesto en el cielo de la anarquía y Carrillo otro en la historia universal de la infamia. Por mucho que jugara al olvido en sus años finales y en la desmemoria que buscaba exculpar su culpa, su culpa, su gran culpa. A quien venga con relativismos morales, y hablo de historiadores como Ángel Viñas y Paul Preston, que sólo se dedican a lavar los pecados de la izquierda cargando las tintas sobre la derecha, tipo "es que hay que tener en cuenta que Madrid estaba en peligro de caer", "es que la Quinta Columna estaba ahí", habría que decirles que leyeran este libro y después volvieran a opinar. A ver qué dicen. A ver cómo mienten.
domingo, 2 de abril de 2023
Lecturas: Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán (Marcelo Gullo Osmodeo)
Con unas palabras elogiosas de María Elvira Roca Barea en la faja (y en la contracubierta), y un prólogo anodino de Alfonso Guerra, uno compra el libro con la convicción de que el discurso será, chispa más, chispa menos, el de Elvira. Y no se equivoca, pero a la vez se encuentras de que no se trata tanto de una apología de España (que siempre, por necesaria y casi urgente, es bienvenida) y una refutación de las paparruchas tradicionales, como de un ensayo político que lleva a una conclusión y una propuesta con la que estoy de acuerdo. Mientras tanto, Gullo, con algunas repeticiones en sus primeras cien páginas que se hubieran evitado con un mejor trabajo de edición y una redacción menos apresurada, se despacha a gusto con el padre Las Casas, defiende la corona española con su legislación a favor de los indígenas, recalca que la conquista la hicieron básicamente los indios levantados contra la tiranía azteca e inca y que la independencia la hicieron los españoles, se permite un feroz ataque contra Tulio Halperin Donghi con una nota en el que lo llama falsificador de la historia argentina y cómplice de las diversas dictaduras, ofrece datos apabullantes como la nómina de hospitales que España construyó en América, así como Universidades, que fundamentan que en América hubo Imperio (es decir, la replicación de la metrópoli en Ultramar, con instituciones, derechos y obligaciones idénticas a las de los nacidos en la península) y no imperialismo (lo que Inglaterra practicó: sin mestizaje alguno y con expolio de recursos naturales para devolverlos, manufacturados y con precios abusivos, a los lugares de producción de la materia prima). Sin obviar, una vez conseguida la mayor parte de la emancipación americana, la propuesta de San Martín y Bolívar en una reunión en 1820 en Perú entre el virrey La Serna y San Martín, usando representantes, cuando se propuso una confederación hispano-americana entre las republiquitas americanas y la corona española, con capital en Madrid, que fue rechazada por la miopía fatal de Fernando VII.
domingo, 5 de marzo de 2023
Lecturas: El Terror Rojo (Julius Ruiz)
Pocas elecciones hay que sean inocentes. Elegir este título de Julius Ruiz supone aceptar que existió algo así llamado. Por mucho que parte de la historiografía rechace que aquello existió y busque achacarlo a incontrolados y a señalar los datos de un terror blanco o azul, jamás de los que perdieron la Guerra Civil española. Pero los datos son tozudos. Es, por tanto, una lectura incómoda (y uso el término para anunciar su siguiente libro en ser reseñado en este humilde blog: Paracuellos. Una verdad incómoda). Circunscrito, con alguna excepción en sus capítulo final a lo que su subtítulo anuncia, Madrid 1936, es un relato aséptico de cómo se desarrolló la violencia desde las elecciones de febrero de aquel año, en el que no se omite el asesinato del teniente Castillo ni el de Calvo Sotelo. El caos de los primeros momentos, con el asalto al Cuartel de la Montaña, dará lugar a una represión, bajo la retórica del miedo a la Quinta Columna, que estuvo mejor organizada de lo que algunos quieren reconocer. Las sacas de las cárceles, los paseos animados por el imaginario de las películas de gánsteres en boga, los tribunales populares y revolucionarios, las disensiones entre los represores (siendo los anarquistas los más benignos), los campos de trabajo forzado para los presos (mucho se han difundido los campos de trabajo franquistas, pero de los republicanos chitón: Albatera lo crearon los republicanos), nada falta aquí. Como hipótesis llamativa, tenemos la sugerencia de que el Gran Terror estalinista, sus purgas, se desarrollaron como imitación del Terror Rojo español de 1936. Interesante, pero, añado yo, se obvia la cronología con el asesinato de Sergei Kirov en diciembre de 1934 y que en los siguientes meses ya se puso en marcha la maquinaria asesina soviética.
Para quien quiera saber si Carrillo fue culpable y si el ancianito fumador y amable y contertulio de la SER fue un criminal de guerra, la respuesta es afirmativa. Algo que en el libro sobre Paracuellos el británico Julius Ruiz precisará con mayor detalle. Con multitud de nombres, el lector tiene en este volumen de ahora la opción de buscar en la red el destino de quien plazca: muy a menudo encontrará que fueron fusilados por el franquismo, pero callando (hay una 15-M pedia, de inspiración podemita) su pasado como asesinos y represores. Éste es nuestro país, nuestro desdichado y mezquino país, donde se aplica, bajo la excusa de la ignorancia y la propaganda, la condena moral, e histórica, sobre una de las partes. Mi abuelo falangista y mi adorado tío-abuelo exiliado, me hacen señalar y condenar todos los crímenes, los del criminal franquismo y los de la criminal República. Queda dicho.
martes, 6 de diciembre de 2022
Lecturas: El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936) (Stanley G. Payne)
Se pusieron de moda los títulos de libros de Historia encabezado por "Los mitos de..." y así como tenemos los de la Guerra Civil y del Franquismo, de Pío Moa, los de la Historia de España de García de Cortázar, del 18 de Julio de Ángel Viñas o los de la Historia Argentina de Felipe Pigna, este volumen del siempre solvente Payne sirve para, con frialdad y sin alaridos, demostrar que mucho de lo que desde ciertos medios de comunicación, desde la tribuna del parlamento, desde los propios centros educativos, se afirma sobre el estallido de la guerra civil no es sino una sucesión de mitos, de interesadas mentiras, destinadas a exculpar a la Segunda República (de la que escuché decir a un chisgarabís local que era "una democracia estupenda") y de cargar la culpa de ese fracaso a las derechas, los fascistas (cómo resuena ese término, hoy, ahora, pavorosamente, en bocas poco doctas). Payne expone el clima de anormalidad que adquirió la Segunda República desde el estallido de la Revolución de Asturias de 1934, urdida y preparada por el PSOE de Francisco Largo Caballero, ese botarate peligroso a quien don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ha homenajeado recientemente y ha expuesto como ejemplo de conducta política. A él. Al Lenin español. Téngase en cuenta que en esta España de todos, algunos castigan a quienes no respeten su visión unívoca de la historia, esa memoria histórica en la que sólo puede haber villanos de derechas y adalides, héroes, de izquierda. Que intentaron, ellos, acabar con la República en ese octubre de 1934. Una República que la derecha gobernó desde 1933 hasta febrero de 1936 gracias al voto y cuyo partido principal, la CEDA de Gil-Robles, nunca propugnó la violencia (como sí hizo y usó el PSOE).
La memoria es subjetiva, tornadiza, infiel. La Historia es objetiva, fija en el pasado, hechos que fueron. Payne desmiente mucha paparrucha. Para empezar, y para evaporar esa visión idealizada, rompe el primer tópico, el de la democracia: En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Esta joven República aprobó una ley electoral, prostituida en febrero de 1936 para dar la victoria en unas elecciones fraudulentas (así lo demostraron, y Payne lo asume, Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular) a los que fracasaron en su intento de recuperar el poder con las armas y contra propia legalidad, dando lugar a un régimen tramposo: Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder.
Esta falsa democracia, pues falsa es cuando no trata igual a todos sus ciudadanos, que sólo reprimía los hechos violentos cuando los sufrían sus afines, llevó la violencia a cifras raramente vistas: Así presentó [José Calvo Sotelo] el primero de una serie de informes sobre los actos de violencia y destrucción en España afirmando que entre el 15 de febrero y el 1 de abril, 74 personas habían sido asesinada por motivos políticos y 345 habían resultado heridas. Asimismo se habían incendiado 106 iglesias, de las que 56 habían quedado arrasadas. Puesto que el Gobierno no presentó estadísticas que refutaran estos datos, bastantes historiadores las consideran en esencia correctas, como de verdad parecen ser. A continuación, Calvo Sotelo citó algunos discursos de portavoces revolucionarios en los que declaraban que estos actos violentos eran el comienzo de la destrucción revolucionaria, lo que también era esencialmente correcto.
Gil-Robles tomó la palabra entre los habituales gritos y tumultos, y afirmó que la CEDA ofrecería su apoyo parlamentario para llevar a cabo reformas sociales constructivas, si bien estas no parecían ser el objetivo principal de las izquierdas. Hizo una advertencia contra el intento del Gobierno de gobernar solo para una mitad del país:
“Una masa considerable de la opinión española que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro”,
Dirigiéndose a Azaña añadió:
“Yo creo que S.S. va a tener dentro de la República otro sino más triste, que es el de presidir la liquidación de la República democrática… Cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la injuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad”.
Esta sesión fue la ocasión para que José Díaz, secretario general del Partido Comunista, declarase en un discurso que Gil-Robles “morirá con los zapatos puestos”. Era la típica amenaza de asesinato político de los portavoces revolucionarios, aunque a Martínez Barrio le pareció una afirmación excesiva para ser pronunciada en una sesión de las Cortes. Llamó al orden a Díaz y decretó que la declaración no figurase en las actas.
Al día siguiente, el Parlamento volvió a reunirse en una atmósfera sobrecargada devino al cortejo fúnebre del guardia civil De los Reyes, que, en un momento dado, amenazó con pasar frente a las Cortes. Azaña empleó su retórica acostumbrada, atribuyendo toda la culpa de la violencia a la derecha y a su “profecías”. Con desprecio y sin asumir la menor responsabilidad personal, declaró: “Yo no me quiero lucir sirviendo de ángel custodio a nadie. Pierdan SS.SS. el miedo y no nos pidan que les tienda la mano. ¿No querían violencia, no les molestaban las instituciones de la República? Pues tengan violencia”.
Ésta fue la democracia envilecida de 1936. Dice Payne: La República revolucionaria ya no era una típica democracia occidental. Palabras especialmente hipócritas en la boca de alguien como Azaña, famoso por su preocupación y su miedo en lo que a su seguridad personal se refería. De todos los discursos de Azaña, quizá este pudo haber sido el más imprudente. Decir que los cinco años de actividad de la CEDA dentro de la legalidad constitucional solo demostraban que “querían la violencia” era de lo más delirante e incendiario. El espectáculo de un presidente del Gobierno parlamentario invitando a la oposición a tomar parte en una guerra civil no tenía precedentes, aunque las amenazas por parte de los presidentes del Congreso y de otros portavoces de las izquierdas continuarían hasta el 18 de julio.
Aquella sesión la cerró el catalanista Juan Ventosa aventurando a dónde habría de llevar el abuso permanente desde el gobierno del Frente Popular:
Solo con asistir a este debate, solo con escuchar las manifestaciones de ayer y de hoy —insultos reiterados, incitaciones al atentado personal, invocaciones a aquella forma bárbara y primitiva de la justicia que se llama ley del talión, petición insólita y absurda del desarme de las derechas, y no de todos—, solo con presenciar y observar el espíritu de persecución y opresión que se manifiesta en algunos sectores de la Cámara, claramente se ve la génesis de todas las violencias que se están desarrollando en el país.
A partir del fraude de las elecciones del 16 de febrero de 1936 y de su consumación en la repetición electoral en las elecciones en las provincias de Granada y Cuenca, podría decirse que el proceso electoral en Cuenca y Granada fue menos libre que las elecciones que Hitler llevó a cabo en Alemania en marzo de 1933, una triste comparación para España. Con la supresión de las elecciones libres se ponía fin a la menor posibilidad de alternativa por la vía electoral, alentando y abriendo paso a otra clase de opciones. A partir de ese momento, la "República democrática" era poco más que un recuerdo, aunque tendría una vida muy larga como mero eslogan de propaganda.
Entre la constante incitación a la revolución del sector del PSOE de Largo Caballero y la moderación, un tanto acomodaticia según la coyuntura, de Indalecio Prieto, las divergencias llevaron a que Prieto el 15 de junio de 1936 viera clarividentemente que el verdadero fascismo era el de Largo: es injusto considerar a todos los derechistas como fascistas. El peligro fascista no existe, salvo que venga generado por la izquierda. Lo que había sido ya anunciado cinco días antes: El 10 de junio, el cristianodemócrata Ángel Ossorio se lamentó en un artículo publicado el 10 de junio en Ahora de que el comportamiento de las izquierdas se hubiera transformado en irracional y destructivo, sin solución posible a la vista: "El Frente Popular fue creado para combatir el fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular".
Tras un mes de guerra, muchos de los presupuestos de Mola serían abandonados. En todo caso, este libro de Payne da para pensar en la realidad de aquel régimen, de aquellos meses de vértigo, en tantas mentiras y mitos que hoy se nos imponen.
lunes, 30 de agosto de 2021
Lecturas: Fake News del Imperio Español (Javier Santamarta del Pozo)
Fast Food del Imperio Español, o sea. Todo lo que dice María Elvira Roca Barea o Marcello Gullo Omodeo (que más temprano que tarde pasará por este inconsistente blog) pero en plan coleguita, tomado casi a chiste pero defendiendo a España. Para leer como se come cualquier cosa ligera una tarde de verano. Subtitulado Embustes y patrañas negrolegendarias, nada aporta a quien esté curtido en historia patria. Es decir, a una minoría aplastante de españoles. Eso sí, pupa hace a los cómplices de cierta idea de España, que gente hay para todo, erigida sobre el genocidio, la intolerancia y la persecución. Nos hallamos con un panfleto (en su segunda acepción, Opúsculo de carácter agresivo), que por tanto pone pasión y humor, a iguales partes, contra los lugares comunes que los españoles han aceptado por comodidad y cobardía. Así, en breves capítulos, se repasa y se rebate lo que atañe a los Reyes Católicos, la Inquisición, la conquista de América, Carlos V y Felipe II, los Austrias menores, los Borbón de la época imperial, la heroica y benévola decadencia de la Marina española y la guerra de Cuba. ¿Es un mal libro? En absoluto. Al menos, sonríes de cuando en cuando, y deja clarito lo que estaba oscuro. O negro, como la leyenda de marras.
domingo, 8 de agosto de 2021
Lecturas: El vuelo de los buitres. El desastre de Annual y la guerra del Rif (Jorge M. Reverte)
El centenario de aquellos hechos ha pasado sin pena ni gloria (glorias y pena hubo en 1921, heroísmo y dolor) en España. Tal vez por padecer un gobierno que se la coge con papel de fumar y con el mantra de la concordia no quiere que se sientan ofendidos (el mío es, ya de por sí, un país de ofendiditos) los marroquíes. Un puñado de libros han servido para avivar la memoria. Éste es uno de ellos, y supongo que no de los peores. Aunque cansa un poquito esa equidistancia de intentar excusar el salvajismo por aquello de "estaban en su tierra". Pero sí, es un buen libro, escrito con buen pulso. En el que, sin embargo, los actos de heroísmo español se cuentan demasiado a la ligera. Por ejemplo, la resistencia del malagueño Julio Benítez (el comandante Benítez de siempre, que cuenta en Málaga con estatua, avenida y tuvo hasta un campamento militar con su nombre) en Igueriben. O las cargas del caballería del Regimiento de Alcántara, a las órdenes del teniente coronel Fernando Primo de Rivera (hermano del general y dictador Miguel, tío de José Antonio).
Es más, se cuenta la herida de Primo, la amputación de un brazo y la subsiguiente muerte a causa de esa herida. Pero no se nos cuentan las palabras de Primo arengando a los suyos antes de la carga:¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos. Ni se nos cuenta que con tal de proteger la retirada de los concentrados en la posición de El Batel y Monte Arruit cayó el 90% de los 690 jinetes, que tal era el agotamiento de soldados y caballos que la última carga fue a pie, y que hasta llegaron a unirse al combate los veterinarios del regimiento y los aprendices de la banda de música. Para encontrar esta información he tenido que recurrir a la web del ejército español (ver aquí). Reverte no lo hace. Una pena. Por lo demás, como visión de conjunto, es válida esta monografía. Que no es demasiado dura con la actuación del general Manuel Fernández Silvestre ni con Alfonso XIII. Ni siquiera con Abd el-Krim. Aunque también se resuelve con desgana la defensa de Melilla, salvada por un comandante de nombre Francisco Franco y se nos hurte en parte (un poco más de énfasis y de valentía se hubieran requerido) para contar el infierno de Monte Arruit. En fin, ésta es la España de ahora. Tan diferente de la de entonces...
miércoles, 30 de junio de 2021
Lecuras: Los orígenes de la Guerra Civil española (Pío Moa)
Ahora te ponen el apellido enseguida. Basta con mostrar la menor discrepancia con las autoridades (las de aquí, las de ahora) y quedas bautizado: fascista. O tan sólo hay que nombrar a otros, sospechosos habituales, y ya tienes el sambenito. Por ello el riesgo de comentar un libro de Pío Moa. Por mucho que ela contracubierta se reproduzcan opiniones entusiastas como la Stanley G. Payne (El empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en cualquier idioma, para reinterpretar la historia de la República y la Guerra Civil), Moa es considerado, no sé si por su condición de no historiador titulado, por su bandazo de ser terrorista del GRAPO (mismo grupo asesino en el que militó el padre del ex-presidente de este gobierno) hasta sus posturas derechistas. Por tanto, Moa es otro fascista tan reprobable como sus lectores. Como yo mismo, vaya. Y el odio y hasta el desprecio de que es objeto (hace unos años hasta se publicaron sesudos estudios contra Moa, buscando hundirlo), se hace llevar a los que le leemos.
Vamos a ver, la Guerra Civil española es uno de mis temas preferidos de lectura. Estudios, no ficciones. Payne, Preston, Thomas, esa gente. No la abominable Almudena Grandes. Y Moa. En él no he leído nada que rechine, que suene a mentira, a forzar la interpretación de los hechos. Ni en Los mitos de la guerra civil española ni en Años de hierro: España en la posguerra 1939-1945 ni en el título que ahora comento. Curioso caso el de la Guerra Civil española. Aquello de que la Historia la escriben los vencedores se dio aquí la vuelta. Ante el drama humana y las necesidades de la propaganda (eran tiempos de equiparar a Franco con Hitler y Mussolini, había que blanquear el atroz comunismo antes de que empezara la Guerra Fría, ya que ellos habían tomado Berlín. Esas cosas. Y desde las simpatías desde la historiografía británica y estadounidense por los regímenes liberales (la República parcialmente lo fue, y parcialmente no), no se podía sino defender a los "pobrecitos republicanos" y demonizar a los fascistas comeniños. Qué cosas.
Es desde su oposición a ese discurso buenista y maniqueo que Moa se alza y se convierte en la bestia negra de la historiografía española. De cierta historiografía, si bien mayoritaria y hegemónica. Revisionismo. Por decir y demostrar lo ya sabido, que la guerra civil, el golpe contra la República, lo dio el PSOE en octubre de 1934, que la CEDA, hasta marzo de 1936, era moderada, que el jefe del golpe fue Largo Caballero, con la ayuda escéptica de Indalecio Prieto y Manuel Azaña y con la participación activa y clave de Lluís Companys, ese traidor separatista y enemigo de la República burguesa que le había concedido la autonomía a su región. Los hechos de aquel octubre de 1934 terrible y el camino hacia el mismo quedan aquí bien narrados. Eso sí, chirría que se cite como historiadores serios a Joaquín Arrarás y a Mauricio Carlavilla (Mauricio Karl, autor de panfletos fascistas y antisemitas), apologetas del franquismo. En las páginas finales del libro recoge las instrucciones del golpe redactadas por el Comité Revolucionario que dirigía el levantamiento, transcrito desde la copia de Largo Caballero depositada en la Fundación Pablo Iglesias. Todo claro, clarete. ¿Franco golpista? Sí, cómo no. El PSOE y Largo Caballero golpistas, también. Y no extraña que Franco y los suyos se levantaran contra el Frente Popular del que el partido mayoritario, gobernante ahora, era el que gobierna ahora. Con un presidente que recientemente elogió a Largo Caballero y lo puso de ejemplo. Avisados estamos. Y ya me pueden llamar lo que quieran.
viernes, 30 de abril de 2021
Lecturas: Las últimas horas de José Antonio (José María Zavala)
Ya en estas páginas he comentado otros títulos del meritorio investigador José María Zavala. éste no es el mejor, por mucho que en la cubierta se añada como subtítulo que es El libro definitivo sobre la muerte del fundador de Falange Española y en otro lugar se incluya el elogio de Stanley G. Payne: El estudio más completo sobre el proceso y la ejecución de José Antonio. Los documentos inéditos descubiertos por Zavala constituyen una aportación fundamental e indispensable para conocer las últimas horas de vida del líder de Falange. Pues vale. Pero no es así: el relato más esclarecedor lo hizo Zavala en La pasión de José Antonio (2011) y en esa minuciosa descripción de crímenes que tituló Los expedientes secretos de la Guerra Civil (2016). Aquí, la aportación fundamental consiste en transcribir documentos referidos a los verdugos y responsables del tribunal. Pero de lo que es Alicante, paredón y después, no aporta nada nuevo, prefiriendo perderse no por las últimas horas del fundador de Falange, sino por la biografía de los personajuchos que lo llevaron a la muerte. Y una torpe disgresión (no porque no sea cierta, sino porque este libro no era el lugar) acerca de la salida del Oro de Moscú para llegar a la conclusión, cuestionable, de que la muerte de José Antonio era parte de un chantaje de Stalin a cambio de su silencio de cómo había llegado, sin garantía alguna de devolución, de la riqueza de España. Con la anuencia siempre de Largo Caballero, aquel canalla que quiere absolver y hasta vindicar la izquierda actual.
Si alguna imagen nueva se lleva el lector es la de un testimonio aterrador de un testigo que muestra a Primo de Rivera herido en las piernas tras las ráfagas, caído entre la sangre propia y de sus cuatro compañeros de paredón, en silencio y sin quejarse pero consciente, mientras con los ojos sigue los movimientos de quien con una pistola busca su nuca para aplicarle el tiro de gracia.
Quien busque realmente lo que el título de esta entrega de Zavala, lo deberá buscar en los otros títulos. En éste sólo podrá completar, con interesantes documentos inéditos, lo que sucedió en aquel casi amanecer de noviembre.









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