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miércoles, 7 de enero de 2026

Lecturas: Capitán veneno. Aguilera Munro: oficial de prensa de Franco (Álvaro Corazón Rural)

Por completo desconocía yo quién fue Gonzalo Aguilera Munro, un aristócrata salmantino y oficial de prensa del bando franquista que tras unos meses de histriónica participación en la Guerra Civil pastoreando corresponsales devino, al final de su vida, en filicida. Un personaje extremo y desagradable al que Corazón Rural se enfrenta con modélica paciencia, señalando siempre que es necesario los defectos y las taras del personaje pero sin convertirse en juez.

El eje del libro es la trayectoria de Aguilera Munro como oficial de prensa durante la Guerra Civil, responsable de acompañar a corresponsales extranjeros por el frente, organizar entrevistas e intentar controlar la narrativa internacional del conflicto. El autor se detiene tanto en su papel propagandístico a través de amenazas a periodistas, manipulaciones y discursos de odio como, ya en las páginas finales, en la progresiva deriva personal que desemboca en el crimen familiar y su internamiento psiquiátrico.



​Se presenta a Aguilera Munro como un aristócrata anticlerical, clasista, enemigo de la tauromaquia y entusiasta de la eugenesia, cuyo estilo se caracteriza por la verborrea violenta y el exabrupto sistemático. Esta personalidad se proyecta en la imagen de un oficial que fascina y atemoriza a los periodistas a iguales partes, y que anticipa el tipo de discurso hiperbólico y agresivo que hoy circularía con facilidad en redes sociales de extrema derecha (según el autor, que torticeramente omite que también en la extrema izquierda aparece esa misma  agresividad amenazante).

Con todo, es un libro interesante, más por la fascinación del personaje, sin dejar de ser odioso, y más aún tras el asesinato de sus dos hijos ya en 1964, que por los méritos de Corazón Rural, que llega a cansar con sus comparaciones  con el momento político actual.

martes, 30 de diciembre de 2025

Lecturas: Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil (Pedro Corral)

Rara vez estos títulos defraudan, a diferencia de la ya cansina serie sin gracia de los "contado para escépticos" de Juan Eslava Galán, con sus chistes fáciles y su machismo rancio. Esta vez es Pedro Corral quien busca sorprender aunque el lector esté curtido en la materia. Corral desentierra historias más o menos asombrosas y lo hace sin alaracas, sin dictar condenas gratuitas. Así, se cuenta historia del primo de Franco fusilado por los nacionales en los primeros compases de la guerra mientras el icónico militar que agitaba la bandera tricolor en la famosa foto del 14 de abril de 1931 en la Puerta del Sol sería ajusticiado por los que deberían haber sido los suyos si no hubiera cambiado su lealtad por los contrarios, o la sorprendente deserción de un oficial franquista en los últimos días del asedio a Madrid cambiándose de bando a sabiendas de la fatalidad de ese error. Y así una miríada de historias de diverso interés coincidentes en una exposición de dilemas morales fascinantes que sirven para enfriar el ardor guerrero, redivivo, de los españolitos que puedan añorar esa catástrofe como una oportunidad para imponer su estupidez militante de derechas o de izquierdas. He dicho.



domingo, 30 de noviembre de 2025

Lecturas: Celia en la Revolución (Elena Fortún)

Fue en los años ochenta del pasado siglo cuando esta novela fue recuperada. Escrita en los primeros compases del exilio argentino de la autora, encaró la redacción como un ejercicio de exorcizar los fantasmas del desastre colectivo. A través de su protagonista, una Celia adolescente convertida casi en aya de sus hermanas. La llegada temprana al mundo adulto es el momento también de la masacre. Sin sentimentalismos, veremos caer bajo las balas del propio bando al que Celia pertenece, adscribible en su caso y por vía paterna a Izquierda Republicana, a inocentes. Sabremos del hambre, de lo paseos, de los bombardeos. Lo dice Celia: A veces los mayores hablan de cosas que no entiendo, pero yo sé que algo grande está pasando. Esta frase condensa el desconcierto de los más jóvenes ante un conflicto que está más allá de su capacidad de comprender, pero que les afecta muy directa y cruelmente.

A lo largo de la novela, la autora no se limita a hacer una simple narración de las desventuras de Celia, sino que entrelaza hábilmente la trama personal con los grandes sucesos históricos. La Revolución que se menciona en el título no es solo un concepto abstracto, sino que se ve reflejada en los cambios y tensiones que atraviesan las vidas de los personajes. Las familias se dividen, las lealtades cambian y, por supuesto, las tensiones políticas se filtran en las conversaciones de los adultos, muchas veces sin que los niños comprendan por completo el alcance de esos conflictos.

En una de las escenas más impactantes, Celia reflexiona sobre los nuevos términos que escucha en casa, como "revolución", "sindicato" o "socialismo". Es extraño que las palabras más importantes sean las que no entiendo, dice Celia, una frase que resalta la desconexión entre los grandes movimientos históricos y la cotidianidad de los niños, que viven en un mundo de juegos y preocupaciones propias de su edad.

La obra de Elena Fortún va más allá de ser una simple crónica de la Revolución. La autora consigue capturar la esencia de lo que significa ser niño en tiempos de incertidumbre. Celia, en su ingenuidad, representa una perspectiva única sobre los grandes movimientos sociales, mostrando una mirada que a veces parece más clara que la de los propios adultos. En este sentido, "Celia en la Revolución" nos ofrece una crítica social sutil pero potente, al mismo tiempo que nos recuerda la importancia de preservar la mirada inocente y honesta de los niños, quienes, a pesar de no entender del todo los cambios que se producen a su alrededor, captan la esencia del conflicto en su propio lenguaje.

Elena Fortún logra equilibrar de manera magistral la mirada infantil con la reflexión sobre un contexto histórico complejo, permitiendo que los lectores, independientemente de su edad, se identifiquen con los personajes y los momentos que viven. En sus palabras: El mundo no deja de cambiar, y nosotros, aunque queramos, no podemos quedarnos quietos en un rincón. A pesar de que la infancia puede parecer un refugio apartado de las tensiones del mundo adulto, nada escapa a los cambios que determinan el curso de la historia. Sin grandes ambiciones, esta novela se ha convertido en un testimonio fundamental para conocer desde dentro, sea la angustia de aquella tragedia que algunos añoran.




viernes, 26 de septiembre de 2025

Lecturas: 1939. Agonía y Victoria (El protocolo 277) (Ricardo de la Cierva)

Tenía 10 años el autor cuando los republicanos fusilaron a su padre en Paracuellos. Edad para enterarse, edad para no olvidar las circunstancias. Pero no aplica la rabia, el asco, a estas páginas. Lo que dignifica al autor y al libro, que es a la vez un detallado, extenuante por momentos, relato de los últimos momentos de la Guerra Civil Española, sino que también ofrece una reflexión sobre las consecuencias que el conflicto tuvo para la sociedad española en su conjunto. A mi entender, nos encontramos ante una excelente lectura para entender el final de aquella pesadilla, una crónica que tal vez se centra más en la agonía de una República que dejó de ser una democracia en 1934, que en la victoria de Franco.

Como señala De la Cierva: “El año 1939 fue un año de pasiones enfrentadas, de sacrificios y de esperanzas truncadas, pero también de victorias alcanzadas a costa de un sufrimiento que duraría generaciones”. Esta frase refleja el tono melancólico y al mismo tiempo heroico que impregna el libro, donde cada paso hacia la victoria franquista se narra como una conquista costosa, aunque necesaria, para la reconstrucción de la nación.

El título del libro, "Agonía y Victoria", resume perfectamente la dualidad que caracteriza a la obra. De un lado, la agonía de una España desgarrada por un conflicto fratricida y, por otro, la victoria de aquellos que consiguieron imponer su visión del futuro, aunque no sin dejar tras de sí una sociedad dividida y marcada por el sufrimiento. De la Cierva no elude la dureza de los últimos meses del conflicto, describiendo con realismo la situación de los combatientes y la población civil, pero también se toma el tiempo para abordar las implicaciones de la victoria en términos políticos, económicos y sociales.




En sus páginas, el autor recuerda que “la victoria no fue solo el resultado de una confrontación militar, sino de un conflicto ideológico que había fracturado a la sociedad española en formas irreconciliables”. Este tipo de reflexión permite al lector no solo ver los eventos desde la perspectiva de los vencedores, sino también entender la magnitud del coste humano y social que implicó el fin de la guerra.

Una de las grandes virtudes del libro es su capacidad para profundizar en los personajes que fueron clave en los últimos momentos de la contienda. De la Cierva se centra en figuras como Francisco Franco, Juan Negrín, Segismundo Casado y Julián Besteiro, presentando no solo sus decisiones tácticas, sino también las complejas motivaciones políticas que guiaron sus acciones en esos momentos críticos.

El autor destaca, por ejemplo, que “Franco no solo luchaba por una victoria militar, sino por la consolidación de una idea de España que consideraba esencial para la supervivencia del país”. Este tipo de análisis da una dimensión más rica a la obra, al ir más allá de los hechos y acercarse a las inquietudes filosóficas y políticas que marcaron la mentalidad de los actores principales. Besteiro y, sobre todo, Casado, emergen como héroes que supieron defender la dignidad de la nación por encima de adscripciones ideológicas. Supieron ver el riesgo de una España dominada por el comunismo y quisieron renunciar a la política de resistencia a ultranza de Negrín, a quien se retrata como un títere manejado por Stalin.

Para quien busque un libro que combine rigor, análisis y un enfoque humano sobre los últimos días de la Guerra Civil, 1939. Agonía y Victoria es una lectura imprescindible.




martes, 6 de mayo de 2025

Lecturas: Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (César Vidal)

 Vidal me cae mal. Muy mal. Esa meliflua expresión de protestante con intereses económicos no del todo claro, sus peleas con Jiménez Losantos, sus bochornosas intervenciones recogidas en Youtube en las que asume el papel y los cometidos de un telepredicador enloquecido y falsario. Véase:




Aclarado esto, he de reconocer que junto a una desaforada grafomanía, el tipo aparentemente sabe de lo que escribe. O al menos sabe sacar partido de la bibliografía o de los recursos disponibles en la red. En este libro, poco aporta y mucho informa. Que Carrillo fue un criminal de guerra todos lo sabemos, y excepto los de su cuerda, lamentamos que muriera de viejito sin haber pisado no una checa sino una cárcel de la democrática y domesticada España. Que Stalin fue el mayor hijo de puta que conocieron los siglos es también algo que tampoco merece la pena repetir.

Aquí, sin la brillantez ni el rigor expositivo de, digamos, Julius Ruiz (ni tan siquiera de Jiménez Losantos), Vidal ofrece un paralelo entre dos de las mayores matanzas de prisioneros políticos del siglo XX: la matanza de Paracuellos del Jarama, ocurrida en las afueras de Madrid en 1936 y la masacre del bosque de Katyn, perpetrada por la NKVD soviética en 1940. Como si hiciera falta insistir en ello, ambos crímenes fueron silenciados por razones ideológicas mereciendo ambos el mismo tratamiento en términos de memoria y justicia.



Como él mismo dice, “Lo grave no es que se hable de los crímenes del franquismo. Lo intolerable es que se silencien los del Frente Popular”. En la primera parte, describe, tras un prescindible repaso de las ideas de Marx y de Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, no el tabernero cavernario homónimo), el desarrollo de las matanzas de Paracuellos. En la segunda, casi con desgana, la de Katyn olvidando, por ejemplo, los intentos de camuflaje comunista de aquel horror, de cómo con documentos falsos se intento vender que la autoría era nazi. Un título básico como el Mackiewicz (tengo la primera edición, de 1960) lo demuestra.

 

Tras la que, en rigor, fue “la primera gran matanza sistemática de prisioneros políticos en la Europa occidental del siglo XX” de la que fueron culpables, en nuestra áspera España, tanto altos mandos del Frente Popular como asesores soviéticos, señalando la voluntad de “silenciar Paracuellos para no empañar el mito fundacional de la izquierda democrática” y desbarrar aquí y allá, en lo que acierta Vidal es en que “No se trata de abrir heridas, sino de cerrarlas con verdad y justicia para todos”. Amén (que diría no sé si él, pero sí yo como católico y anticomunista confeso). 

lunes, 17 de marzo de 2025

Lecturas: Fuego cruzado. La primavera de 1936 (Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío)

Este abrumador volumen se ha llevado en los últimos días el premio Francisco Umbral al mejor libro del año. Como indican sus autores, ese periodo, el de la primavera trágica de 1936, había sido tratado sólo desde la propaganda desde los dos bandos. Tal como sucede hoy, con la sociedad española dividida entre los fascistas que no lo son sino a través de la atroz opinión de sus opuestos, y antifascistas así motejados a sí mismos con orgullo y no poca ignorancia y con ademanes y procedimientos bien parecidos a los del fascismo. Ir a las fuentes primarias, sean informes policiales o artículos de prensa, es lo que aporta singularidad a esta crónica de los hechos expuesta con ejemplar claridad por del Rey y Álvarez Tardío.

El afán por huir de la manipulación es ejemplar e incluso escalofriante. En la introducción, prometen tratar los hechos, en cuanto anteriores al estallido de la guerra, como si ésta no hubiera existido. Los condicionantes, las anteojeras, de historiadores como Ángel Viñas o Paul Preston (por citar dos destacadamente adscritos a una óptica) o Pío Moa (en el otro lado), no se aplican aquí. Se cuentan hechos entre el 16 de febrero de 1936 y el 17 de julio del mismo año. Tal cual. 



Que la prensa de entonces hablaba a menudo de "fascistas" de forma genérica, calificando a los jóvenes del partido de Gil-Robles o incluso a los de Acción Católica o a los afiliados a los sindicatos católicos con esta expresión debe servirnos para reflexionar desde nuestros tiempos idiotas. Más adelante, señalando la facilidad del uso del nombre de fascista por parte de los comunistas, se señala: Por consiguiente, a lo que tenía que dedicarse el Gobierno en cuerpo y alma era a "disolver las organizaciones fascistas delo crimen", reclamaba el portavoz del Partido Comunista el día del entierro de Gisbert. Lo de organizaciones y fascistas en plural no era una casualidad. Porque no se pedía la disolución de Falange, sino que «fascista» era todo lo que estaba a la derecha del Frente Popular. Mencionaban expresamente tres «organizaciones fascistas»: «Falange Española, Jap, Requetés Tradicionalistas». Así, para los comunistas, los jóvenes del principal partido de la derecha católica, los japistas, e incluso cualquier otra organización de «este jaez», entraban dentro del pistolerismo «reaccionario». Y como los «cuerpos represivos» y los jueces no estaban actuando implacablemente contra aquellos, no cabía otra que «crear fuerzas populares armadas». Porque «las clases populares tienen un grave enemigo en la fuerza pública». Pero esta ceguera no se limitaba al comunismo, sino que irradiaba también desde el PSOE de Largo Caballero, ya que para el caballerismo, fascismo quería decir toda la derecha e incluso los republicanos conservadores y centristas

Con este clima crispado, Calvo Sotelo, describió el gobierno de Casares Quiroga en estos términos: en el orden económico, depauperación; en el orden espiritual, odio; en el orden moral, indisciplina; en el orden político, esterilidad; en el orden nacional, disgregación. No es la España de hoy. Pero casi. O más adelante: La descalificación de los jueces y la exigencia de depuraciones no fue cosa exclusiva de los portavoces más radicales del Partido Socialista. ¿Les suena? 

Sigamos. Aunque sin dedicarle demasiado espacio, y sin querer presumir de ello, los autores aportan en un apéndice titulado Los números de la violencia la cuantificación de las víctimas de aquellos cinco meses en que España se llevó al suicidio rodeada de sonido y de furia. Aunque había habido intentos serios de hacer estos cálculos, éste es el más exhaustivo. Fueron 484 muertos y 1.659 heridos graves. Antes de llegar a este punto, del Rey y Álvarez Tardío aclaran, sobre las víctimas causadas y sufridas por Falange: las cifras no deben tomarse como incuestionables y definitivas, entre otras razones porque las fuentes a veces utilizan término "fascista" de forma muy genérica, escondiendo en algunos casos la condición de derechista más que la de falangista/fascista en términos precisos. Esto sucede a menudo con la prensa de la izquierda obrera, donde la utilización del genérico "fascista" solía imponerse a la atribución precisa del concepto. No ocurre lo mismo cuando queda clara la militancia en Falange de los protagonistas del hecho, en la mayoría de los casos. Aquí se ha procurado afinar al máximo, pero es obligado indicar que la seguridad no es completa. Partiendo de tales advertencias, entre el 17 de febrero y el 17 de julio de 1936, ambas fechas incluidas, se ha registrado un total de 148 víctimas falangistas, desglosadas en 65 muertos y 83 heridos. Por su parte, se han contado 144 víctimas ocasionadas por su pistolerismo, repartidas en 56 muertos y 88 heridos. Es decir, según esta contabilidad Falange sumó nueve víctimas mortales más que las que ocasionaron sus activistas, cinco heridos menos que los que produjeron, llegando casi a la paridad con sus adversarios en términos globales. ¿Qué indican estas cifras? Pues que aquí, evidentemente, disparaban otros actores además de los falangistas. Es más, estos no sólo se hallaron lejos de ocupar posiciones de exclusividad en la generación de la violencia armada, sino que en su particular duelo a lo largo del período analizado fueron rebasados por sus rivales izquierdistas durante varias semanas. Esto, añado yo, rebate el argumento, tan manido, de que los feroces fascistas fueron asesinos mientras los heroicos luchadores por la igualdad fueron meras víctimas.

En el apéndice se demuestra que el 78,7% de los episodios violentos fueron causados por izquierdistas frente al 21,3% de derechistas. En cambio, hubo 390 víctimas izquierdistas frente a 189 fascistas y 249 derechistas. Se precisa que esta elevada cifra de izquierdistas incluye también a los que cayeron a manos de la policía al reprimir sus ataques y atentados. Entre los agresores, hubo 749 izquierdistas y 431 derechistas. Esas son las cifras. Y a quien le escueza, que lea. Sobre todo este libro.



Finalmente quisiera destacar un capítulo vibrante que daría lugar a una estremecedora película que bien podrá titularse como el capítulo, Pontejos. En él se cuenta,. casi minuto a minuto, la estupidez del asesinato del teniente Castillo (instructor de milicias de izquierdas) y la monstruosidad del asesinato del jefe de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo. Esa noche murió España.





jueves, 8 de agosto de 2024

Lecturas: Un millón de muertos (José María Gironella)

 Dicen, sólo dicen, que Franco, al leer esta novela, declaró que justamente así fue la Guerra Civil española. En todo caso, aquí Gironella sigue el devenir de los hechos con un tono desconcertante, sin profundizar en el drama y haciendo de la guerra un marco desconcertantemente neutro, desprovisto de dolor, de épica, de rabia. Pero sin obviar la mención de los principales acontecimientos y obviando otros como las sacas de las cárceles y su consecuencia de las matanzas de Paracuellos o el terror de los paseos en Madrid y otras ciudades. En cambio, sí se habla de las checas aunque sea con ese mismo pudor. Pero lo más notorio de este relato que sitúa escenas en el frente de Aragón, en Madrid, en Burgos, en Teruel, en Pamplona, es su crítica a la visión estratégica de Franco, acusado de ir dilatando a sabiendas su triunfo con tal de garantizarse la eliminación y la sumisión del enemigo. Algo que también será la tesis de la sobresaliente Leyenda del César visionario de Francisco Umbral. Pero que Gironella lo haga en fecha como 1960, que es cuando terminó la redacción del libro, delata su honestidad. Como también su declaración de que el millón de bajas del título se refiere a que el medio millón de muertes que supuso entre los dos bandos debe duplicarse para considerar también víctimas al otro medio millón de españoles que mataron a sus hermanos en nombre de ideales que no merecían tal sacrificio, tal desdicha. 

Lo que sucede a la familia Alvear desde la retaguardia de Gerona poco importa, por mucho que Gironella quiera entretenernos con las cuitas de sus muchos personajes. 



lunes, 15 de mayo de 2023

Lecturas: Paracuellos. Una verdad incómoda (Julius Ruiz)

 Atención, espoiler: Carrillo supo, Carrillo organizó. Uno de los padres de la Transición Española, criminal de guerra. Pero de eso no se habla. 



Julius Ruiz acota su investigación de El Terror rojo. Madrid 1936 ya reseñada en este blog y se centra en las matanzas de Paracuellos (y Torrejón de Ardoz) del otoño de 1936. Con claridad y serenidad, (de)muestra cómo esa masacre fue organizada por las autoridades republicanas como una continuación del régimen represivo puesto en marcha con el inicio de la Guerra. La intervención de Ángel Rodríguez, el anarquista Ángel Rojo, quitándole potestades a Carrillo, y la reanudación de las ejecuciones una vez Carrillo recuperó el mando pocos días después, sirve para explicar por qué Rodríguez tiene un puesto en el cielo de la anarquía y Carrillo otro en la historia universal de la infamia. Por mucho que jugara al olvido en sus años finales y en la desmemoria que buscaba exculpar su culpa, su culpa, su gran culpa. A quien venga con relativismos morales, y hablo de historiadores como Ángel Viñas y Paul Preston, que sólo se dedican a lavar los pecados de la izquierda cargando las tintas sobre la derecha, tipo "es que hay que tener en cuenta que Madrid estaba en peligro de caer", "es que la Quinta Columna estaba ahí", habría que decirles que leyeran este libro y después volvieran a opinar. A ver qué dicen. A ver cómo mienten.

domingo, 5 de marzo de 2023

Lecturas: El Terror Rojo (Julius Ruiz)

 Pocas elecciones hay que sean inocentes. Elegir este título de Julius Ruiz supone aceptar que existió algo así llamado. Por mucho que parte de la historiografía rechace que aquello existió y busque achacarlo a incontrolados y a señalar los datos de un terror blanco o azul, jamás de los que perdieron la Guerra Civil española. Pero los datos son tozudos. Es, por tanto, una lectura incómoda (y uso el término para anunciar su siguiente libro en ser reseñado en este humilde blog: Paracuellos. Una verdad incómoda). Circunscrito, con alguna excepción en sus capítulo final a lo que su subtítulo anuncia, Madrid 1936, es un relato aséptico de cómo se desarrolló la violencia desde las elecciones de febrero de aquel año, en el que no se omite el asesinato del teniente Castillo ni el de Calvo Sotelo. El caos de los primeros momentos, con el asalto al Cuartel de la Montaña, dará lugar a una represión, bajo la retórica del miedo a la Quinta Columna, que estuvo mejor organizada de lo que algunos quieren reconocer. Las sacas de las cárceles, los paseos animados por el imaginario de las películas de gánsteres en boga, los tribunales populares y revolucionarios, las disensiones entre los represores (siendo los anarquistas los más benignos), los campos de trabajo forzado para los presos (mucho se han difundido los campos de trabajo franquistas, pero de los republicanos chitón: Albatera lo crearon los republicanos), nada falta aquí. Como hipótesis llamativa, tenemos la sugerencia de que el Gran Terror estalinista, sus purgas, se desarrollaron como imitación del Terror Rojo español de 1936. Interesante, pero, añado yo, se obvia la cronología con el asesinato de Sergei Kirov en diciembre de 1934 y que en los siguientes meses ya se puso en marcha la maquinaria asesina soviética. 


    Para quien quiera saber si Carrillo fue culpable y si el ancianito fumador y amable y contertulio de la SER fue un criminal de guerra, la respuesta es afirmativa. Algo que en el libro sobre Paracuellos el británico Julius Ruiz precisará con mayor detalle. Con multitud de nombres, el lector tiene en este volumen de ahora la opción de buscar en la red el destino de quien plazca: muy a menudo encontrará que fueron fusilados por el franquismo, pero callando (hay una 15-M pedia, de inspiración podemita) su pasado como asesinos y represores. Éste es nuestro país, nuestro desdichado y mezquino país, donde se aplica, bajo la excusa de la ignorancia y la propaganda, la condena moral, e histórica, sobre una de las partes. Mi abuelo falangista y mi adorado tío-abuelo exiliado, me hacen señalar y condenar todos los crímenes, los del criminal franquismo y los de la criminal República. Queda dicho.

martes, 6 de diciembre de 2022

Lecturas: El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936) (Stanley G. Payne)

 Se pusieron de moda los títulos de libros de Historia encabezado por "Los mitos de..." y así como tenemos los de la Guerra Civil y del Franquismo, de Pío Moa, los de la Historia de España de García de Cortázar, del 18 de Julio de Ángel Viñas o los de la Historia Argentina de Felipe Pigna, este volumen del siempre solvente Payne sirve para, con frialdad y sin alaridos, demostrar que mucho de lo que desde ciertos medios de comunicación, desde la tribuna del parlamento, desde los propios centros educativos, se afirma sobre el estallido de la guerra civil no es sino una sucesión de mitos, de interesadas mentiras, destinadas a exculpar a la Segunda República (de la que escuché decir a un chisgarabís local que era "una democracia estupenda") y de cargar la culpa de ese fracaso a las derechas, los fascistas (cómo resuena ese término, hoy, ahora, pavorosamente, en bocas poco doctas). Payne expone el clima de anormalidad que adquirió la Segunda República desde el estallido de la Revolución de Asturias de 1934, urdida y preparada por el PSOE de Francisco Largo Caballero, ese botarate peligroso a quien don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ha homenajeado recientemente y ha expuesto como ejemplo de conducta política. A él. Al Lenin español. Téngase en cuenta que en esta España de todos, algunos castigan a quienes no respeten su visión unívoca de la historia, esa memoria histórica en la que sólo puede haber villanos de derechas y adalides, héroes, de izquierda. Que intentaron, ellos, acabar con la República en ese octubre de 1934. Una República que la derecha gobernó desde 1933 hasta febrero de 1936 gracias al voto y cuyo partido principal, la CEDA de Gil-Robles, nunca propugnó la violencia (como sí hizo y usó el PSOE).



La memoria es subjetiva, tornadiza, infiel. La Historia es objetiva, fija en el pasado, hechos que fueron. Payne desmiente mucha paparrucha. Para empezar, y para evaporar esa visión idealizada, rompe el primer tópico, el de la democracia: En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Esta joven República aprobó una ley electoral, prostituida en febrero de 1936 para dar la victoria en unas elecciones fraudulentas (así lo demostraron, y Payne lo asume, Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular) a los que fracasaron en su intento de recuperar el poder con las armas y contra propia legalidad, dando lugar a un régimen tramposo: Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder.

 


Esta falsa democracia, pues falsa es cuando no trata igual a todos sus ciudadanos, que sólo reprimía los hechos violentos cuando los sufrían sus afines, llevó la violencia a cifras raramente vistas: Así presentó [José Calvo Sotelo] el primero de una serie de informes sobre los actos de violencia y destrucción en España afirmando que entre el 15 de febrero y el 1 de abril, 74 personas habían sido asesinada por motivos políticos y 345 habían resultado heridas. Asimismo se habían incendiado 106 iglesias, de las que 56 habían quedado arrasadas. Puesto que el Gobierno no presentó estadísticas que refutaran estos datos, bastantes historiadores las consideran en esencia correctas, como de verdad parecen ser. A continuación, Calvo Sotelo citó algunos discursos de portavoces revolucionarios en los que declaraban que estos actos violentos eran el comienzo de la destrucción revolucionaria, lo que también era esencialmente correcto. 

Gil-Robles tomó la palabra entre los habituales gritos y tumultos, y afirmó que la CEDA ofrecería su apoyo parlamentario para llevar a cabo reformas sociales constructivas, si bien estas no parecían ser el objetivo principal de las izquierdas. Hizo una advertencia contra el intento del Gobierno de gobernar solo para una mitad del país:

“Una masa considerable de la opinión española que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro”,

Dirigiéndose a Azaña añadió:

“Yo creo que S.S. va a tener dentro de la República otro sino más triste, que es el de presidir la liquidación de la República democrática… Cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la injuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad”. 

Esta sesión fue la ocasión para que José Díaz, secretario general del Partido Comunista, declarase en un discurso que Gil-Robles “morirá con los zapatos puestos”. Era la típica amenaza de asesinato político de los portavoces revolucionarios, aunque a Martínez Barrio le pareció una afirmación excesiva para ser pronunciada en una sesión de las Cortes. Llamó al orden a Díaz y decretó que la declaración no figurase en las actas. 

Amenazas cumplidas: el cuerpo de Calvo Sotelo
tal como fue encontrado

Al día siguiente, el Parlamento volvió a reunirse en una atmósfera sobrecargada devino al cortejo fúnebre del guardia civil De los Reyes, que, en un momento dado, amenazó con pasar frente a las Cortes. Azaña empleó su retórica acostumbrada, atribuyendo toda la culpa de la violencia a la derecha y a su “profecías”. Con desprecio y sin asumir la menor responsabilidad personal, declaró: “Yo no me quiero lucir sirviendo de ángel custodio a nadie. Pierdan SS.SS. el miedo y no nos pidan que les tienda la mano. ¿No querían violencia, no les molestaban las instituciones de la República? Pues tengan violencia”. 

Ésta fue la democracia envilecida de 1936. Dice Payne: La República revolucionaria ya no era una típica democracia occidental. Palabras especialmente hipócritas en la boca de alguien como Azaña, famoso por su preocupación y su miedo en lo que a su seguridad personal se refería. De todos los discursos de Azaña, quizá este pudo haber sido el más imprudente. Decir que los cinco años de actividad de la CEDA dentro de la legalidad constitucional solo demostraban que “querían la violencia” era de lo más delirante e incendiario. El espectáculo de un presidente del Gobierno parlamentario invitando a la oposición a tomar parte en una guerra civil no tenía precedentes, aunque las amenazas por parte de los presidentes del Congreso y de otros portavoces de las izquierdas continuarían hasta el 18 de julio. 



Aquella sesión la cerró el catalanista Juan Ventosa aventurando a dónde habría de llevar el abuso permanente desde el gobierno del Frente Popular: 

Solo con asistir a este debate, solo con escuchar las manifestaciones de ayer y de hoy —insultos reiterados, incitaciones al atentado personal, invocaciones a aquella forma bárbara y primitiva de la justicia que se llama ley del talión, petición insólita y absurda del desarme de las derechas, y no de todos—, solo con presenciar y observar el espíritu de persecución y opresión que se manifiesta en algunos sectores de la Cámara, claramente se ve la génesis de todas las violencias que se están desarrollando en el país.



A partir del fraude de las elecciones del 16 de febrero de 1936 y de su consumación en la repetición electoral en las elecciones en las provincias de Granada y Cuenca, podría decirse que el proceso electoral en Cuenca y Granada fue menos libre que las elecciones que Hitler llevó a cabo en Alemania en marzo de 1933, una triste comparación para España. Con la supresión de las elecciones libres se ponía fin a la menor posibilidad de alternativa por la vía electoral, alentando y abriendo paso a otra clase de opciones. A partir de ese momento, la "República democrática" era poco más que un recuerdo, aunque tendría una vida muy larga como mero eslogan de propaganda.



Entre la constante incitación a la revolución del sector del PSOE de Largo Caballero y la moderación, un tanto acomodaticia según la coyuntura, de Indalecio Prieto, las divergencias llevaron a que Prieto el 15 de junio de 1936 viera clarividentemente que el verdadero fascismo era el de Largo: es injusto considerar a todos los derechistas como fascistas. El peligro fascista no existe, salvo que venga generado por la izquierda. Lo que había sido ya anunciado cinco días antes: El 10 de junio, el cristianodemócrata Ángel Ossorio se lamentó en un artículo publicado el 10 de junio en Ahora de que el comportamiento de las izquierdas se hubiera transformado en irracional y destructivo, sin solución posible a la vista: "El Frente Popular fue creado para combatir el fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular".




Si no fuera suficiente todo esto, o con la amenaza del caballerista Ángel Galarza a Calvo Sotelo el 1 de julio, doce días de que fuera asesinado por socialistas (Pensando en su señoría encuentro justificado, incluso, el atentado personal), terminemos de derribar el mito arcádico de la República. Con unos datos incómodos: el programa político de Emilio Mola, el Director del alzamiento del 18 de julio, proponían no la abolición de la forma republicana del estado: el memorándum finalizaba con la declaración: "EL DIRECTORIO se comprometerá durante su gestión a no cambiar el régimen republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras legalmente logradas" y "crear un ESTADO FUERTE Y DISCIPLINADO". Su único lema sería "¡Viva España!". La legislación previa a febrero de 1936 se respetaría, pero se suspendería la Constitución de 1931, que sería sustituida por un "Parlamento Constituyente" elegido por aquellos votantes que estuviesen en posesión de un nuevo "carnet electoral", del que quedarían excluidos los analfabetos y los delincuentes. Asimismo existirían ciertos vestigios de liberalismo, como la "separación de la Iglesia y el Estado, libertad de cultos y respeto a todas las religiones". Se pondría fin a la persecución religiosa y se establecerían comisiones regionales para solventar el problema agrario "sobre la base del fomento de la pequeña propiedad", aunque "permitiendo "la explotación colectiva donde ella fuera posible". No era un programa de extrema derecha".

Tras un mes de guerra, muchos de los presupuestos de Mola serían abandonados. En todo caso, este libro de Payne da para pensar en la realidad de aquel régimen, de aquellos meses de vértigo, en tantas mentiras y mitos que hoy se nos imponen. 



miércoles, 30 de junio de 2021

Lecuras: Los orígenes de la Guerra Civil española (Pío Moa)

 Ahora te ponen el apellido enseguida. Basta con mostrar la menor discrepancia con las autoridades (las de aquí, las de ahora) y quedas bautizado: fascista. O tan sólo hay que nombrar a otros, sospechosos habituales, y ya tienes el sambenito. Por ello el riesgo de comentar un libro de Pío Moa. Por mucho que ela contracubierta se reproduzcan opiniones entusiastas como la Stanley G. Payne (El empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en cualquier idioma, para reinterpretar la historia de la República y la Guerra Civil), Moa es considerado, no sé si por su condición de no historiador titulado, por su bandazo de ser terrorista del GRAPO (mismo grupo asesino en el que militó el padre del ex-presidente de este gobierno) hasta sus posturas derechistas. Por tanto, Moa es otro fascista tan reprobable como sus lectores. Como yo mismo, vaya. Y el odio y hasta el desprecio de que es objeto (hace unos años hasta se publicaron sesudos estudios contra Moa, buscando hundirlo), se hace llevar a los que le leemos. 

Vamos a ver, la Guerra Civil española es uno de mis temas preferidos de lectura. Estudios, no ficciones. Payne, Preston, Thomas, esa gente. No la abominable Almudena Grandes. Y Moa. En él no he leído nada que rechine, que suene a mentira, a forzar la interpretación de los hechos. Ni en Los mitos de la guerra civil española ni en Años de hierro: España en la posguerra 1939-1945 ni en el título que ahora comento. Curioso caso el de la Guerra Civil española. Aquello de que la Historia la escriben los vencedores se dio aquí la vuelta. Ante el drama humana y las necesidades de la propaganda (eran tiempos de equiparar a Franco con Hitler y Mussolini, había que blanquear el atroz comunismo antes de que empezara la Guerra Fría, ya que ellos habían tomado Berlín. Esas cosas. Y desde las simpatías desde la historiografía británica y estadounidense por los regímenes liberales (la República parcialmente lo fue, y parcialmente no), no se podía sino defender a los "pobrecitos republicanos" y demonizar a los fascistas comeniños. Qué cosas. 

Es desde su oposición a ese discurso buenista y maniqueo que Moa se alza y se convierte en la bestia negra de la historiografía española. De cierta historiografía, si bien mayoritaria y hegemónica. Revisionismo. Por decir y demostrar lo ya sabido, que la guerra civil, el golpe contra la República, lo dio el PSOE en octubre de 1934, que la CEDA, hasta marzo de 1936, era moderada, que el jefe del golpe fue Largo Caballero, con la ayuda escéptica de Indalecio Prieto y Manuel Azaña y con la participación activa y clave de Lluís Companys, ese traidor separatista y enemigo de la República burguesa que le había concedido la autonomía a su región. Los hechos de aquel octubre de 1934 terrible y el camino hacia el mismo quedan aquí bien narrados. Eso sí, chirría que se cite como historiadores serios a Joaquín Arrarás y a Mauricio Carlavilla (Mauricio Karl, autor de panfletos fascistas y antisemitas), apologetas del franquismo. En las páginas finales del libro recoge las instrucciones del golpe redactadas por el Comité Revolucionario que dirigía el levantamiento, transcrito desde la copia de Largo Caballero depositada en la Fundación Pablo Iglesias. Todo claro, clarete. ¿Franco golpista? Sí, cómo no. El PSOE y Largo Caballero golpistas, también. Y no extraña que Franco y los suyos se levantaran contra el Frente Popular del que el partido mayoritario, gobernante ahora, era el que gobierna ahora. Con un presidente que recientemente elogió a Largo Caballero y lo puso de ejemplo. Avisados estamos. Y ya me pueden llamar lo que quieran.





viernes, 30 de abril de 2021

Lecturas: Las últimas horas de José Antonio (José María Zavala)

 Ya en estas páginas he comentado otros títulos del meritorio investigador José María Zavala. éste no es el mejor, por mucho que en la cubierta se añada como subtítulo que es El libro definitivo sobre la muerte del fundador de Falange Española y en otro lugar se incluya el elogio de Stanley G. Payne: El estudio más completo sobre el proceso y la ejecución de José Antonio. Los documentos inéditos descubiertos por Zavala constituyen una aportación fundamental e indispensable para conocer las últimas horas de vida del líder de Falange. Pues vale. Pero no es así: el relato más esclarecedor lo hizo Zavala en La pasión de José Antonio (2011) y en esa minuciosa descripción de crímenes que tituló Los expedientes secretos de la Guerra Civil (2016). Aquí, la aportación fundamental consiste en transcribir documentos referidos a los verdugos y responsables del tribunal. Pero de lo que es Alicante, paredón y después, no aporta nada nuevo, prefiriendo perderse no por las últimas horas del fundador de Falange, sino por la biografía de los personajuchos que lo llevaron a la muerte. Y una torpe disgresión (no porque no sea cierta, sino porque este libro no era el lugar) acerca de la salida del Oro de Moscú para llegar a la conclusión, cuestionable, de que la muerte de José Antonio era parte de un chantaje de Stalin a cambio de su silencio de cómo había llegado, sin garantía alguna de devolución, de la riqueza de España. Con la anuencia siempre de Largo Caballero, aquel canalla que quiere absolver y hasta vindicar la izquierda actual.

Si alguna imagen nueva se lleva el lector es la de un testimonio aterrador de un testigo que muestra a Primo de Rivera herido en las piernas tras las ráfagas, caído entre la sangre propia y de sus cuatro compañeros de paredón, en silencio y sin quejarse pero consciente, mientras con los ojos sigue los movimientos de quien con una pistola busca su nuca para aplicarle el tiro de gracia.

Quien busque realmente lo que el título de esta entrega de Zavala, lo deberá buscar en los otros títulos. En éste sólo podrá completar, con interesantes documentos inéditos, lo que sucedió en aquel casi amanecer de noviembre.





jueves, 28 de mayo de 2020

Lecturas: Los secretos de la defensa Madrid (Manuel Chaves Nogales)

Para ser publicadas en la revista mexicana Sucesos para todos, Chaves Nogales escribió en su exilio de París, en 1938, en diecisiete entregas, esta crónica de la resistencia de una ciudad que tuvo un héroe que es Miaja, pintado aquí con los matices más favorables, y un villano que fue, más que Franco, Largo Caballero, al que pinta receloso de la popularidad del viejo general, y deseoso, casi, de que Madrid cayera con tal de que cayera también el defensor de la capital. Ya en la primera página, Chaves da el primer apunte: Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle. Las tropas rebeldes arrollan fácilmente a estas masas heroicas e insensatas. El relato es vibrante, sin faltar los bombardeos ni las sacas, los abusos de los pistoleros cazando discordantes, la irrupción de las Brigadas Internacionales con su mezcla de idealistas y aventureros, los combates de la Ciudad Universitaria, el asalto fallido franquista, la muerte de Durruti. 



Chaves Nogales, con su lucidez y su capacidad de escribir como el mejor cronista, su voluntad de denunciar la estupidez y la crueldad vengan de donde venga, da una lección de honestidad pocas veces vista en nuestra áspera patria. Se puede, y se debe, ser a la vez anticomunista y antifascista. Aunque los comunistas de ahora tilden de fascista a quien le ponga reparo. Aunque los fascistas de ahora tachen de comunista a quienes no sigan sus consignas. El santo laico que fue Chaves Nogales, es categórico:

El origen de la guerra no es español, no puede ser imputable a los españoles. No hay más culpa española que la de los dirigentes infames que brindaron la tierra de España a la barbarie y abrieron las puertas de su país a la doble y antagónica invasión extranjera. Lo español es acaso el encarnizamiento, la innegable crueldad, el tesón, que el hombre de España pone siempre en defender la causa que abraza. Soldado de la fe, siempre, el español se ha hecho matar, ahora por el dogma de la revolución o el de la autarquía como antes se hacía matar por el dogma del catolicismo. 


Ese hombre de España que ha sido asesinado por el comunismo o por el fascismo, es lo único respetable de esta guerra estúpida que el pueblo español, de por sí, no hubiese hecho si unas tropillas de españoles cretinos y traidores no le hubiesen arrastrado a ella criminalmente. ¡Que no pretendan ahora encaramarse sobre ese millón de muertos españoles para consagrar definitivamente su estupidez criminal!

España no será comunista ni fascista. La mayor infamia que se puede hacer aún con el pueblo español es la de tremolar triunfalmente sobre el inmenso cementerio de España cualquiera de esas dos banderas que siendo ambas extranjeras han hecho derramar tanta sangre española.

Miedo da saber que a quienes, bajo el signo de la hoz y el martillo o el fascio quieren reverdecer y poner en marcha una nueva versión de aquella tragedia. Yo, como español anticomunista y antifascista del sur, tendré siempre presente la cercanía de la frontera portuguesa. Que San Manuel Chaves Nogales nos pille confesados.




martes, 28 de abril de 2020

Lecturas: En el día de hoy (Jesús Torbado)

Ganó el Premio Planeta en 1976. Es decir, el primero tras la muerte de Franco. Con la recién estrenada libertad se abría el paso a propuestas alternativas, como la de preguntarse qué hubiera sucedido si la República hubiera ganado la Guerra Civil. De ahí que esta mala novela comience con un último parte de guerra alternativo: En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El presidente de la República, Azaña.  Madrid, 1 de abril de 1939.


He dicho que mala novela porque el autor no aporta una trama convincente, ni personajes creíbles, ni mínimamente interesantes. Todo lo contrario: hay un Hemingway de testigo hablando un español perfectísimo, hay un emboscado de los jesuitas que nada aporta, hay una descarriada con drama personal y bobo, hay un agente fascista italiano que urde un atentado contra la Pasionaria. Y todo así, plano y chato, y con una visión de la República idílica con Prieto en la jefatura del gobierno y Besteiro como presidente de la República. Una España en la que de pronto comunistas y anarquistas se llevan la mar de bien, en la que no se persigue y martiriza a los vencidos. En la que una taberna se llama La Colmena y la regenta doña Rosa, la misma que en el café de la novela homónima de Cela, y que incluso como aquella se arranca con un pues nos ha merengado. Tal cual. Todo de un buenismo idiota. Y narrada con un ritmo narrativo digamos que correcto. La gran ucronía de nuestras letras es un bluff. Una pena.  


 

lunes, 30 de marzo de 2020

Lecturas: A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Manuel Chaves Nogales)

España tiene algunos equivalentes al inmarcesible discurso de Gettysburg de Lincoln. El de Paz, piedad y perdón de Manuel Azaña (Barcelona, 18 de julio de 1938. disponible aquí) tal vez sea el más conocido. Sepultado ha quedado el del general Yagüe (Burgos, 19 de abril de 193.Disponible aquí), que con alguna exaltación antisemita elogia a los enemigos de entonces. El prólogo de Chaves Nogales a esta colección de relatos, escrito mucho antes que esos ejercicios de imparcialidad, menos o más verosímiles, tiene una grandeza que no ha hecho sino crecer. El libro, publicado en el exilio y redactado en los últimos meses de residencia de Chaves en la España republicana a la que había servido, es un ejercicio de honestidad sostenida en cada página. Se trata, por tanto, de una lectura que enfurecerá a los fascistas o neofascistas de ahora porque destapa la barbarie de los suyos. Una lectura que enfurecerá a los comunistas o antifascistas de ahora, porque denuncia la barbarie de los suyos. Yo, que soy por antifascista y anticomunista, porque sé ver los errores y el ánimo de opresión y exclusión que mueve a ambas ideologías totalitarias, ambas igualmente criminales, me declaro habitante de esa tercera España quimérica e inexistente que encarnó con ejemplar transparencia, Chaves Nogales. 


En el prólogo, Chaves se reconoce pequeñoburgués liberal, se retrata como alguien capaz de denunciar las carencias de ambas ideologías: Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Alguien que no tiene miedo a expresarse con palmaria claridad: Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguar daba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. 



En fin, alguien a quien elevar al santoral laico de quienes no quisieron cambiar ideas por ideología. Alguien que no quiso renunciar a la libertad para abrazar a la igualdad. Que no renunció a sus deseos de igualdad en nombre de una libertad que, lo sabemos, fue otra hipótesis que nunca se demostró, que no fructificó en la generación de nuestros padres y abuelos. Quien quiera amar a Chaves, lo puede hacer simplemente leyendo ese prólogo que destapa el terror rojo y el terror azul. Y que está disponible, íntegro, aquí.


¿Y los relatos? Pues son magistrales, situados a ambos lados de las trincheras. Crueles todos. En ¡Massacre, massacre! tenemos el Madrid bombardeado con sus periodistas extranjeros intentando narrar la tragedia, en La gesta de los caballistas tenemos a la aristocracia rural andaluza y fascista con su prosopeya mística y cerril. En Y a lo lejos, una lucecita asistimos a la persecución de los quintacolumnistas con métodos brutales. En La Columna de Hierro, acompañamos a un batallón irregular revolucionario con su justicia ciega y la crueldad desatada en la sangre y las palabras y el presunto pensamiento. Todo así, todo sin adornos pero con un pulso narrativo admirable. Si nos quitamos los lectores las anteojeras de las que no supieron liberarse los españoles de entonces, y tantísimos de ahora, encumbraremos este libro como una de las obras más singulares, y mejores, de nuestro sangriento siglo XX. Y una vacuna para este siglo XX en el que los herederos de unos y otros, hunos y hotros en términos unamunianos, quisieran repetir, con la suerte que menester fuera, aquel conflicto. Que San Manuel Chaves Nogales, en ese caso, nos pille confesados. Y con la maleta preparada. 

domingo, 26 de agosto de 2018

Lecturas: La guerra civil española (Antony Beevor)

Beevor. Es decir, calidad (pero donde se ponga Rick Atkinson...) Una historia generalista de nuestra guerra. Poca cosa que no hayan dicho otros. Con un enfoque más o menos neutro (es decir, con un ligero escoramiento pro-republicano y, menos mal, anticomunista). Y sin ver en la revolución de octubre de 1934 un primer episodio de la Guerra Civil. 

El libro interesa por los detalles nuevos acá y allá, a veces chocantes y otros terribles. Por ejemplo, que ante el ardor revolucionario del socialista Largo Caballero, allá cuando era "el Lenin español", había algún chistoso de izquierdas que proclamaba "Vota comunista, para librar a España del marxismo". Otro: en Huesca los nacionales fusilaron a un centenar de personas acusándolas de masonería. Los masones oscenses eran doce. Otra: la orden de la matanza de Paracuellos la dieron dos personas: Santiago Carrillo y Amor Nuño. Los dos tenían 20 años. Más: tan inminente parecía la caída de Madrid que el general Miaja, jefe de la Junta de Defensa de Madrid, llegó a recibir telegramas de felicitación a Franco de los gobiernos de Guatemala y El Salvador. Frente al tópico de que la República se alimentaba con armamento comprado a los soviéticos, pagado con el oro de Moscú, hay otra realidad incómoda: también compró armas a la Alemania nazi (que a su vez le dio gato por liebre, colándole remesas antiguas cuando no defectuosas, o arreglando que fueran interceptadas esas mercancías en plena travesía recurriendo a los mecanismos de No Intervención.




La brutalidad de los nacionales es bien conocida (ahí está el bien documentado El holocausto español de Paul Preston). Menos conocida, y reconocida, es la represión ejercida, sobre los propios republicanos, por Negrín dejándose manejar por los comunistas: "Mientras tanto, en la España republicana el otoño de 1937 fue testigo del imparable declive del poder anarquista, el aislamiento de los nacionalistas catalanes, la discordia en las filas socialistas y el crecimiento de la policía secreta, cuyas actividades Negrín pretendía desconocer. Negrín trató de restringir la actividad política por medio de la censura, destierros y detenciones de modo parecido a como lo hacía la maquinaria estatal franquista, que reprimía cualquier divergencia ideológica. Sin embargo, la mayoría de los simpatizantes de la República en el exterior, que habían defendido su causa porque era la causa de la libertad y la democracia, callaron ante los desmanes de de las policías secretas". Estas policías secretas se unificaron, el 9 de agosto de 1937 en un organismo llamado SIM (Servicio  de Inteligencia Militar). Especializado  en perseguir a los miembros de la quinta columna, se destacó por aniquilar a los anticomunistas, aunque éstos fueran republicanos, aunque aborrecieran a Franco, aunque lucharan por la democracia. Es el momento de las checas y las largas sesiones de tortura: "En manos de los hombres del NKVD, el SIM llegó a cotas inhumanas". "No existen estimaciones fiables sobre el número total de prisioneros del SIM, aunque lo que parece cierto es que hubo más republicanos que nacionales. Se dijo que cualquier crítico de la incompetencia militar rusa, como por ejemplo algunos pilotos extranjeros voluntarios, tenía tantos números para verse acusado de traición como cualquiera que se opusiera a los comunistas por cuestiones ideológicas". A tanto llegó el dominio de los comunistas que "Prieto no podía creer que algunas veces se hubiera negado ayuda médica a heridos que no eran comunistas. Los comandantes de batallones que no quisieron adherirse al partido tuvieron que asistir a un recorte en los suministros de armas, las raciones o incluso las pagas de sus hombres, mientras a aquellos que aceptaron hacerlo se les dio prioridad sobre los no comunistas, se les ascendió y se jaleó su reputación en despachos y notas de prensa". Es más. "Prieto afirmaría más tarde que socialistas encuadrados en unidades comunistas fueron fusilados acusándolos falsamente de cobardía o deserción porque se negaron a entrar en el Partido Comunista". Muy edificante. Y pensar que por hacer eco de hechos como éstos algún botarate no consanguíneo ha llegado a tildarme de fascista... Nada nuevo, por otra parte.


En cuanto a atrocidades franquistas, téngase en cuenta las declaraciones recogidas por Peter Kemp al capitán Aguilera, jefe de prensa de Franco y décimo séptimo conde de Alba de Yeltes (quie, señala Beevor, le encantaba , en las que se muestra más explícito y displicente: “En épocas más sanas… las plagas y las pestes solían causar una mortandad masiva entre los españoles… Son una raza de esclavos… Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste… Nuestro programa consiste en exterminar a un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado”. 


Más datos interesantes: en julio de 1938, en plena batalla del Ebro y tras haber amagado con dimitir, Negrín exclamó, con súbita actualidad ahora, "No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino; estoy haciendo la guerra por España y para España. No hay más que una Nación: ¡España!". 

Más: cuando los republicanos alcanzaron el acorazado alemán Deutschland, causándole 20 muertos, Hitler estuvo a punto de declararle la guerra a la República. Cuando los nazis contestaron bombardeando Almería, con simétricamente 20 muertes, Indalecio Prieto estuvo a punto de declararle la guerra a Alemania.

El libro termina con un puñado de capítulos sobre las consecuencias de la guerra (represión, exilio, economía, compadreos con los nazis, División Azul, bloqueos) como queriendo demostrar que Franco fue cruel. Comop si no se supiera de sobra. Y un juicio sucinto sobre la victoria: "El general Franco no ganó por sí solo la guerra. Fueron los jefes militares republicanos quienes la perdieron, desperdiciando miserablemente el valor y el sacrificio de sus tropas". En fin.