jueves, 6 de agosto de 2026

Lecturas: Después del anochecer (Stephen King)

Tras el mal trance de la serie de La Torre Oscura, parece que King vuelve a los méritos que justifican esta fidelidad de lector. Esta vez, en esta recopilación de relatos, no hay ninguno que te sugiera abandonar la lectura para otra ocasión, para otra vida, y los hay que te atrapan. Es el King que me enamoró hace ya tantos libros. El Rey.

De estas trece joyas, señalaré sólo las que mejor justifican este regreso a la devoción por el de Maine. Mudo, relato perfecto, es casi un reflejo de cómo podemos ser esclavos de nuestras palabras cuando llegan a oídos de quien no debería oír ni hablar, deseándonos ser mudos. Hasta ahí puedo hablar. Las cosas que dejaron atrás es un homenaje a las víctimas de la barbarie de los ataques islamistas del 11 de Septiembre de 2001. Una historia de fantasmas, sutil e inquietante, en la que las posibles apariciones son a través de objetos que son tanto memoria como su anhelo. Un relato bellísimo y conmovedor. N con su capacidad de replicar el horror hasta el infinito como una amenaza contagiosa, es lovecraftiano y obsesivo. N, el paciente del psiquiatra que narra la historia que a su vez es transmitida por su hermana, es víctima de un trastorno obsesivo-compulsivo que el lector finalmente corre el riesgo de hacer suyo como si King fuera una Scheherezade vampírica convirtiéndonos en un nuevo Sísifo. No me he explicado bien, pero yo me entiendo. Tarde de graduación, aparentemente costumbrista y baladí, nos señala, con su interrupción imprevisible, la fugacidad de nuestro mundo, de la realidad que puede desaparecer sin más.

Tal vez el mejor King es el de los relatos, y sus novelas, titánicas, son intentos de llevar su capacidad de interesarnos hasta extremos a veces insensatos. No sé. Ni quiero saber,



viernes, 31 de julio de 2026

Lecturas: Mitra: Un dios de Oriente a Occidente (Israel Campos Méndez)

Quizás estaba confuso e imaginaba a Mitra con su gorrito frigio mientras una lluvia de sangre humeante caía sobre un patricio romano desnudo en un sótano. No: lo de la sangre y el toro es con Cibeles-Atys . Este libro elimina con solvencia esta confusión y otras. Reconozco que llegué a Mitra: Un dios de Oriente a Occidente  con la prevención de quien ha leído desordenadamente libros de historia de las religiones escritos por especialistas incapaces de salir de sus doctos laberintos. No es éste, alabado sea el Sol Invicto, el caso.

A juzgar por la bibliografía, Israel Campos Méndez es tal vez la mayor autoridad española sobre el mitraísmo romano lo que no le impide, ni mucho menos, guiar al lector curioso que simplemente quiere entender quién demonios era ese dios que mataba amaneradamente toros en cuevas artificiales por medio imperio romano.

El libro traza un itinerario desde Persia, arrancando en las remotas tierras de Mitanni, en el segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitra aparece mencionado en tratados entre hititas y mitanios como garante de juramentos, y termina, más de mil quinientos años después, con la lenta agonía del culto en el Mediterráneo del siglo V, ya derrotado por un cristianismo que había aprendido a jugar con las mismas armas simbólicas. Entre medias, el autor nos hace atravesar la Persia zoroástrica, la helenización del dios y finalmente su metamorfosis definitiva en el mitraísmo romano, esa religión mistérica y exclusivamente masculina que tanto sedujo a legionarios, funcionarios y libertos de todo el imperio. Que no conozcamos ningún texto estrictamente mitraico sino sus refutaciones cristianas y tengamos que reconstruir el mito a través de las imágenes de los mitreos, del modo que tendríamos que hacerlo con el cristianismo a través de su iconografía si no se hubieran conservado los evangelios, es algo que hace más apasionante esta meritísima pesquisa.



lunes, 13 de julio de 2026

Lecturas: Duma Key (Stephen King)

Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable bibliografía,  llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón, porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle, constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales, funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.

Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en dosis.


Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.

 


martes, 30 de junio de 2026

Lecturas: Blaze (Stephen King)

Tras la abrumadora bazofia de la saga de "La Torre Oscura", no se había olvidado uno de King el novelista modélico, sino también de su alter ego Richard Bachman, más bronco y conciso y hasta político. Esta novela, recuperada por King años más tarde, cuando ya Bachman era un fantasma remoto, tiene todas sus virtudes. Aquí, como es casi más habitual en Bachman que en King, el protagonista es un outsider, alguien destinado al fracaso. Clayton Blaisdell Jr., Blaze, es un gigante con el cráneo hundido por los golpes de un padre que lo arrojó por las escaleras de niño, un hombre de cuerpo enorme y mente detenida en algún punto de la adolescencia, capaz de planear un secuestro solo porque la voz de George, su compañero de fechorías ya muerto, sigue hablándole desde dentro como un fantasma con sentido práctico. Esa voz es el verdadero motor del libro: George murió antes de que empezara la novela y sin embargo está en cada página, dándole instrucciones, riñéndole, queriéndolo a su manera ruda, y King construye con esa presencia ausente una de las relaciones más conmovedoras de toda su obra, que no es poco decir. La esquizofrenia, tal vez. Ojalá.

La trama, el secuestro de un bebé rico para pedir rescate, es casi una excusa. Lo que de verdad importa es el tránsito hacia atrás: los capítulos que reconstruyen la infancia de Blaze en el orfanato, los maltratos, la suerte esquiva, el encuentro con George, van alternándose con el presente del secuestro y van cargando de tristeza algo que en otra pluma sería puro thriller de serie B. King, que tantas veces ha escrito sobre niños con poderes extraordinarios, aquí escribe sobre un niño sin ningún poder, sin defensa alguna, y el efecto es devastador. Lo que sorprende es la ternura con la que Blaze trata al bebé que ha secuestrado. King evita la trampa fácil del monstruo y construye en su lugar a un hombre incapaz de hacer daño aunque el plan entero dependa de que lo haga, y esa contradicción, ese gigante violento por fuera y absolutamente inofensivo por dentro, es el corazón del libro y su mayor logro. El secuestrador y asesino del hijo de Lindberg se nos presenta más bien como Rigoletto. Yo me entiendo. 

No es la mejor novela de King ni falta que le hace serlo. Es una pieza menor que se queda con uno más de lo que su tamaño hace prometer, y que demuestra, una vez más, que el escritor de Maine cuando se despoja de los payasos y los vampiros y se queda solo con un hombre roto y una voz que se niega a callarse, sigue siendo de lo mejor que tiene la narrativa popular americana.

Al final del libro, una bonus track se nos presenta en forma de relato. Titulado "Memoria" lo encontraremos, casi palabra por palabra, como inicio de la muy deleitosa siguiente novela de King. ¡Viva el Rey!



lunes, 15 de junio de 2026

Lecturas: La historia de Lisey (Stephen King)

Hay novelas que uno pretende leer rápido. Es King, debe ser algo ligero, llamativo, seductor. Pero no. Esta vez se impone la lentitud gracias a un estilo denso, elaborado, pero también por miedo a que se acabe. O que King malogre el libro antes de terminar. Que algo de ello hay. La historia de Lisey es uno de esos libros en los que King, Sheherezade de Maine, despliega su trampa con una paciencia inusual en él, con una delicadeza y hondura que al principio desconcierta. ¿Qué es esto? ¿Dónde están los payasos, los niños con poderes, los monstruos que acechan en los sótanos? Aquí el horror es otro. Aquí el monstruo tiene cara de ausencia.

Lisey Landon acaba de perder a su marido, el escritor famoso Scott Landon, y la novela arranca dos años después de ese funeral, cuando Lisey empieza a ordenar la biblioteca del muerto. Ese gesto, tan cotidiano y tan devastador, es el eje sobre el que gira todo: lo que dejamos cuando nos vamos, lo que los que se quedan hacen con ello, y cuánto del difunto vive todavía en los objetos, en el lenguaje compartido, en esas palabras privadas, babyluv, dáliva, que solo tienen sentido entre dos personas y que de repente ya solo las entiende una. King lleva aquí décadas escribiendo sobre el miedo, y ha descubierto, un poco tarde quizás pero con admirable honestidad, que el miedo más hondo no es el del monstruo que espera en la oscuridad sino el del silencio que se instala cuando alguien que amábamos deja de hacer ruido.



El matrimonio de Lisey y Scott es de lo mejor que ha escrito King en mucho tiempo. No porque sea un matrimonio feliz ni infeliz en el sentido convencional sino porque es un matrimonio verdadero, con su idioma propio, con sus cicatrices, con esa intimidad tan específica que resulta al mismo tiempo universal. La manera en que King construye ese lenguaje compartido (las palabras inventadas, los rituales, las referencias que excluyen al mundo) es un prodigio técnico disfrazado de ternura. Uno empieza a comprender a Scott Landon a través de Lisey, y a comprender a Lisey a través de cómo recuerda a Scott, y en ese espejo doble está la mejor escritura que el señor de Maine nos ha dado en años.

Luego está Boo'ya Moon, ese espacio inventado al que Scott podía acceder y que acabará sirviendo a la trama como territorio del inconsciente, del trauma y de la creación artística. Es aquí donde la novela se juega más y también donde pierde algo. King no puede evitar ser King: la tentación del monstruo, del mal concreto y con dientes, es demasiado fuerte, y en la segunda mitad del libro la amenaza se corporiza, se vuelve exterior y acaba forzando a Lisey a una acción que resulta funcional pero que no alcanza la altura emocional de los capítulos de memoria y duelo. El peligro de Boo'ya Moon, sus bestias, la violencia que Lisey tiene que enfrentar: todo eso está bien ejecutado, King sabe hacer esto mejor que casi nadie, pero en esta novela concreta se siente como una concesión al género cuando el material más poderoso era el que venía de adentro. Y aquí está la debilidad de esta novela redonda, esa concesión que siempre achaco al difunto Peter Straub.

Hay también, subyacente a todo, una reflexión sobre la escritura y el escritor que es de las más lúcidas que King ha producido. Scott Landon no es un genio iluminado sino un hombre dañado que encontró en la ficción una forma de sobrevivirse a sí mismo. El origen de esa capacidad, el precio que pagó por ella y lo que le costó a Lisey pagarlo con él: todo eso está en el libro con una lucidez que en otros volúmenes de King se pierde en la mitología y el espectáculo.

La historia de Lisey no es perfecta. Los últimos tramos aceleran donde deberían demorarse, y hay un personaje secundario, el obseso literario que amenaza a Lisey, que funciona como motor de la trama pero que resulta plano al lado de la riqueza psicológica de los protagonistas. Son los defectos de un escritor que sabe contar de maravilla pero que todavía desconfía de sí mismo cuando la historia se queda quieta demasiado tiempo.

Pero cuando funciona -y funciona mucho- esto es la literatura de King que uno querría poder recomendar sin matices. El King que no necesita el circo. El King que escribe sobre el amor y la pérdida con la misma precisión con que otros escriben sobre el terror, porque ha entendido, por fin, que en el fondo son la misma cosa.

domingo, 31 de mayo de 2026

Lecturas: Cell (Stephen King)

Hay días en que uno agradece que el apocalipsis tenga su puntito de sentido del humor. No uno estruendoso, de carcajada fácil, sino ese humor negro y seco que hace que te rías y a continuación mires el teléfono con una inquietud nueva y un poco ridícula. Cell es eso: una novela apocalíptica que te hace mirar el teléfono como si fuera una vaina de las de la invasión de los ladrones de cuerpos, un caballo de Troya con rayitas de cobertura.

La premisa es de las buenas, de las que uno desearía haber tenido. Un pulso -así lo llaman en la novela- llega a través de las redes de telefonía móvil y convierte en bestias mordedoras y voraces a todo el que en ese momento tiene el aparato pegado a la oreja. En segundos, medio planeta se transforma en algo parecido a zombis pero más inquietante: no buscan cerebros como los de George A. Romero, no son los muertos vivientes de toda la vida. Son los vivos vaciados, los que tenían algo dentro y ya no lo tienen. Y lo que tenían dentro era, entre otras cosas, todo lo que los hacía humanos: memoria, afecto, miedo, lenguaje. El resto se organiza solo, en bandadas, con una lógica propia que va emergiendo y que es más aterradora cuanto más ordenada resulta.

King escribió esto en 2006 y uno puede pensar, con la ventaja del tiempo, que el hombre sabía más de lo que decía. No es que fuera profeta. Es que era observador. Ya entonces el teléfono móvil era esa prótesis del alma de la que nadie podía prescindir y a la que todo el mundo estaba entregado con una alegría  ciega y despreocupada. King tomó esa dependencia, la empujó un poco, y escribió el fin del mundo. 

El protagonista, Clayton Riddell, es un dibujante de cómics que acaba de vender su primera obra y que está en Boston cuando el Pulso transforma la ciudad en un matadero. Desde ahí emprende el camino hacia Maine buscando a su hijo. El viaje es lo de siempre en este género: el grupo de supervivientes que se forma, los que mueren por el camino, los que aprenden cosas sobre sí mismos que no querían saber. King no inventa aquí la rueda. Pero conduce bien. Pocos escritores de género saben como él hacer que uno pase las páginas con esa mezcla de angustia y satisfacción que es, en el fondo, para qué existe la literatura de terror.

Lo mejor del libro son los telefónicos, que así los llama, y su evolución. Empiezan siendo caos puro y van convirtiéndose en algo peor: en orden. En colectivo. En mente de enjambre. Fácil pensar en las masas de las dictaduras. Y ese proceso, descrito con precisión y sin artificios, produce más escalofríos que cualquier monstruo con colmillos que King podría proponernos. Lo que da miedo aquí no es la muerte. Es la uniformidad. Es lo que queda cuando se borra todo lo individual.

Tiene sus defectos, claro. El final es de esos finales de King que uno querría negociar: ambiguo donde debería ser valiente, abierto donde uno agradecería que cerrara. Hay una escena en un estadio que es magnífica y que luego no se termina de aprovechar del todo. Y el personaje del señor Ricardi, que apunta tan bien, se difumina antes de tiempo. Pero estas son las quejas de un lector que estaba disfrutando y al que le sabe a poco. Lo cual, a estas alturas de la saga King, no es queja sino casi elogio.

Después de siete volúmenes de pistoleros existenciales y alforjas llenas de toneladas de páginas inútiles, Cell es un vaso de agua fría. Directa, sin ceremonias, con la brutalidad eficiente de quien sabe que tiene que contar algo y se limita a contarlo. El King que aprendió el oficio leyendo a Richard Matheson y nunca lo olvidó del todo, aunque a veces lo disimule detrás de mitologías propias de adolescente con demasiado tiempo libre.

Bienvenido de vuelta, señor King. Por favor, siga progresando adecuadamente.



Lecturas: Colorado Kid (Stephen King)

Alivio. El Rey no ha muerto. Larga vida al Rey. A no ser que King intente en el futuro volver a las andadas. Es decir, esto no es La Torre Oscura. Esto no es Roland el cansino dando vueltas como una peonza defectuosa alrededor de su obsesión de cartón piedra. Esto es otra cosa. Esto, para ser exactos, es lo que uno esperaba encontrar cuando abrió por primera vez uno de esos libros gordos del señor King con la esperanza de que le contaran algo y no le dejaran con cara de haber sido estafado en una feria de pueblo.

Colorado Kid es un McGuffin. En el más puro sentido hitchcockiano del término: un objeto, un misterio, una cosa que importa muchísimo pero cuya resolución, en el fondo, importa bien poco. Lo que importa es el viaje hacia esa cosa. Y aquí, por fin, el viaje merece las alforjas. O las merece casi. Que tampoco vamos a pasarnos.

La novela, breve como debe ser y como King debería ser con más frecuencia, arranca en una pequeña isla de Maine donde dos veteranos periodistas de un periódico local le cuentan a su joven aprendiz el caso sin resolver de quien llaman Colorado Kid: un hombre aparecido muerto en la playa, sin explicación satisfactoria, con un trozo de emparedado en el esófago y sin que nadie supiera qué hacía ahí ni quién era. Punto. Eso es todo. No hay resolución. No hay culpable desenmascarado. No hay última página en la que el detective de turno reúne a todos en el salón y señala con el dedo. King tiene aquí el buen gusto y la honestidad intelectual de negarse a darnos lo que exigimos, porque lo que exigimos es, a menudo, una mentira cómoda, un consuelo, una recompensa más por el tiempo empleado que por el precio del libro.



No sé si King leyó a Chejov antes de escribir esto o si simplemente estaba de buen humor ese día. Pero el resultado tiene algo de cuento chejoviano: la historia que se cuenta es casi un pretexto para hablar de la memoria, de cómo recordamos lo que no entendemos, de por qué algunos misterios nos acompañan durante décadas sin que los hayamos resuelto ni queramos resolverlos del todo. Los dos periodistas viejos son un prodigio de economía narrativa. La chica joven funciona como el lector que somos nosotros: alguien que quiere respuestas y va aprendiendo, despacio, que las respuestas no siempre son lo mejor que puede darle la vida.

Hay aquí una modestia que en King, ay ay ay, suele brillar por su ausencia. Nada de páginas innecesarias, nada de subtramas que se enroscan sobre sí mismas como boas constrictoras, nada de universos paralelos ni ka-tets ni bilirrambos condenados. Una isla en la costa de Maine. Tres personas. Una historia que no se cierra. Y sin embargo uno termina el libro con esa sensación extraña de haber estado en algún sitio real, de haber conocido a gente que existe, de haber escuchado algo verdadero aunque incompleto.

Claro que hay trampa. La trampa es que King publicó originalmente este librito encantador en una colección que buscaba rescatar y renovar la literatura pulp de misterio americana, y el libro tiene esa textura de novela negra sin serlo del todo: el crimen sin criminal, la investigación sin inspector, el misterio sin solución. Una especie de anti-misterio perfectamente consciente de serlo. Lo cual no es poco.

Que le zurzan a Roland de Gilead. Colorado Kid es el King que me gusta recordar.