Al fin, el libro perfecto de relatos perfectos de King. De quien a veces, después del batacazo que supuso la serie de La Torre Oscura, he llegado a pensar que es mejor cuentista que novelista. Aquí, en sólo cuatro narraciones, todas antológicas, no hay tiempo para rellenos. Todo aquí funciona a la perfección con incursiones al lado más oscuro (y sin estrellas) de la condición humana. En 1922 aún no ha llegado la Gran Depresión del 29. En un contexto de aparente prosperidad, la miseria moral se manifiesta con toda crudeza, con ratas que simbolizan y sustituyen la culpa, la conciencia con su roe-roe, como ya hiciera Poe en El corazón delator o, incluso, en El gato negro. Una disputa por unas tierras, algo tan prosaico, puede abrir las puertas del infierno. En Camionero grande por primera vez encontramos como protagonista en King una escritora. Esta vez de suaves novelas detectivescas que se ve sometida a una brutal violación. La venganza, tortuosa, es el tema de la historia. Una extensión justa es un relato malvado y amargo, una variación muy negra sobre el viejo tema del pacto con el diablo. Finalmente, Un buen matrimonio es una carga de dinamita sobre las apariencias y la respetabilidad. Los cuatro relatos son magníficos, una delicia sobrecogedora.
Pan para hoy
Escritos, opiniones y arbitrariedades de Mario Virgilio Montañez
lunes, 28 de septiembre de 2026
Lecturas: Blockade Billy (Stephen King)
Aunque sólo sea por el formato (169 páginas de letra grande), Blockade Billy se presenta como una obra menor. Esta vez son sólo dos relatos independientes unidos por la ausencia del elemento sobrenatural. En el primero, que da título al libro, se nos asoma al mundo del béisbol con una historia de partidos y jugadas que a un lector español le interesará poco. El recurso a la suplantación de personalidades y la inesperada aparición de un crimen sirven para compensar la voluntariosa paciencia del lector. A quien no le interese ese deporte, la nostalgia que quiere impregnar el relato poca huella le dejará. El segundo relato, Moralidad, es una fábula moral eficaz. Que comparado con otros cuentos de King sabe a poco aunque de ningún modo defrauda. Eso es todo. Que no es nada.
lunes, 24 de agosto de 2026
Lecturas: Medjugorje. El misterio que rodea a uno de los fenómenos más sorprendentes del catolicismo (José María Zavala)
Zavala es católico. Yo también. Zavala es practicante. Yo también. Zavala escribe muchos libros. No todos buenos. De él aprecio y admiro los dedicados a la Guerra Civil española (alguno ha sido aquí comentado, y otro está en espera, "Los horrores de la Guerra Civil"), pero en este segundo de temática religiosa, tras el correcto y didáctico "Últimas noticias de Jesús" (tengo también pendiente "Los doce"), "Medjugorje" creo que defrauda. O no. Hace un relato periodístico y espiritual sobre las supuestas apariciones marianas en esa localidad de Bosnia y Herzegovina, destacando por transmitir el fervor de quienes visitan el lugar. ¿Lo cumple? Sí, sin duda. Pero quien como yo haya emprendido la lectura para tener un conocimiento superior al que pueda trasladar, por ejemplo, la Wikipedia, naufraga. No basta, no convence, no me vale que cuente cómo llega a Medjugorje, cómo es la puerta de la vidente Vika, si su marido es simpático. Todo eso sobra. A pesar de su interés temático, la obra se ve afectada por un ritmo irregular debido a la inclusión de narraciones extensas sobre otras apariciones, ya que quien quiera interesarse por los pormenores de Fátima tiene información accesible que no es necesario repetir, o los anexos finales, siendo del todo innecesario el que recoge historias y testimonios de veinte peregrinos que resultan repetitivos y a la postre huecos a base de tanto insistir machaconamente en lo mismo. Quien sea un católico convencido y practicante, como es mi caso, no verá aumentada su fe por leer este librito del (siempre bienintencionado) Zavala. Quien no crea no sentirá, me temo, ni un pellizquito para acercarse a la fe del Padre, del Hijo y del espíritu Santo. Y, aquí, de la Madre.
viernes, 21 de agosto de 2026
Lecturas: La cúpula (Stephen King)
Sigo teniendo suerte. Mucha. Stephen King mantiene la racha con libros deleitables. La cúpula es una historia en la que basta con encerrar a un puñado de personas y dejar que hagan lo que saben hacer tan bien los seres humanos cuando sienten que todo se acaba. Que suele ser lo peor. En estas 1.130 páginas, que al final se quedan cortas, el pueblo de Chester's Mill , al ladito de Castle Rock, queda aislado del mundo por una barrera invisible. Una cúpula que alcanza al menos los 6.000 metros de altura. De repente, el pueblo es una pecera, una jaula, un mundo cerrado sobre sí mismo. Y King aprovecha el encierro para hacer algo que se le da especialmente bien: convertir una comunidad entera en protagonista. Un pueblo con algunos habitantes buenos y con su abundante dotación de auténticos hijos de remil-ya-saben.
Hay una imagen que me parece especialmente acertada y que atraviesa buena parte de la novela: los habitantes de Chester's Mill como hormigas. No es sólo que estén atrapados bajo una cúpula, como dentro de un gigantesco hormiguero observado desde fuera por alguien que en nuestra infancia era uno mismo con una lupa, sol y malas intenciones. Y que en Chester's Mill son presencias con inquietante cara de cuero y crueldad infantil. El pueblo encerrado empieza a comportarse como una colonia sometida a una presión extraordinaria: se organizan, buscan recursos, construyen, se enfrentan, se dividen y, sobre todo, obedecen a quienes consiguen hacerse con el control. Un concejal vendedor de coches y sin escrúpulos y fabricante de drogas. La comparación llega a adquirir una dimensión todavía más inquietante cuando se plantea la posibilidad de que todo aquello no sea más que un experimento, un espectáculo contemplado desde fuera y el propio lector parece tener una lupa en la mano y la tentación del sol.
Pedante como soy, creo ver una conexión entre este libro y la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, de la que sería una especie de versión novelística y oscura y amarguísima. Masters ofrece el retrato de todo un pueblo a través de las voces de sus habitantes muertos, descritos con lo esencial; King hace algo parecido mientras los suyos todavía están vivos y corren de un lado para otro intentando sobrevivir. En ambos casos, lo importante acaba siendo menos el argumento que el conjunto de personajes: el jefe político, los líderes religiosos, el médico, el comerciante, el adolescente, el perdedor, el vecino respetable que esconde algo. Un pequeño pueblo que termina siendo una radiografía de una sociedad entera. La diferencia es que Masters necesita una lápida para que sus personajes confiesen quiénes fueron, mientras que King sólo necesita una cúpula. Que es, al fin y al cabo, una losa colectiva. El aislamiento hace caer las apariencias con una rapidez extraordinaria. Chester's Mill acaba pareciéndose a Spoon River: un catálogo de vidas, miserias, ambiciones, secretos y pequeñas grandezas. Sólo que aquí los epitafios todavía no están escritos. Y, como suele ocurrir con King cuando está en buena forma, el verdadero monstruo no es necesariamente el que viene de fuera. Es el poder, el miedo, el egoísmo y esa facilidad con la que una comunidad puede aceptar que alguien decida por ella. Big Jim Rennie entiende enseguida que una situación excepcional es también una oportunidad excepcional.
La cúpula es una novela larga, sí, pero también es una novela generosa: hay suspense, horror, política, supervivencia y una considerable galería de personajes. Quizá no todos tengan la misma importancia, pero juntos consiguen que Chester's Mill parezca un lugar real. Y eso es precisamente lo más inquietante: cuando la cúpula cae, no convierte a sus habitantes en otra cosa. Simplemente les quita la posibilidad de seguir fingiendo que no son quienes son. Y cuando llega el desenlace, que es algo acelerado, no importa el motivo, que lo hay, para el surgimiento de la cúpula, ni tampoco qué pasará con ella finalmente. Lo que nos importa es que desde el otro lado de la cúpula, hemos sido habitantes de Chester's Mill, con su esperanza y su angustia y su desesperación, su abnegación y su maldad. Y con una lupa en la mano.
jueves, 6 de agosto de 2026
Lecturas: Después del anochecer (Stephen King)
Tras el mal trance de la serie de La Torre Oscura, parece que King vuelve a los méritos que justifican esta fidelidad de lector. Esta vez, en esta recopilación de relatos, no hay ninguno que te sugiera abandonar la lectura para otra ocasión, para otra vida, y los hay que te atrapan. Es el King que me enamoró hace ya tantos libros. El Rey.
De estas trece joyas, señalaré sólo las que mejor justifican este regreso a la devoción por el de Maine. Mudo, relato perfecto, es casi un reflejo de cómo podemos ser esclavos de nuestras palabras cuando llegan a oídos de quien no debería oír ni hablar, deseándonos ser mudos. Hasta ahí puedo hablar. Las cosas que dejaron atrás es un homenaje a las víctimas de la barbarie de los ataques islamistas del 11 de Septiembre de 2001. Una historia de fantasmas, sutil e inquietante, en la que las posibles apariciones son a través de objetos que son tanto memoria como su anhelo. Un relato bellísimo y conmovedor. N con su capacidad de replicar el horror hasta el infinito como una amenaza contagiosa, es lovecraftiano y obsesivo. N, el paciente del psiquiatra que narra la historia que a su vez es transmitida por su hermana, es víctima de un trastorno obsesivo-compulsivo que el lector finalmente corre el riesgo de hacer suyo como si King fuera una Scheherezade vampírica convirtiéndonos en un nuevo Sísifo. No me he explicado bien, pero yo me entiendo. Tarde de graduación, aparentemente costumbrista y baladí, nos señala, con su interrupción imprevisible, la fugacidad de nuestro mundo, de la realidad que puede desaparecer sin más.
Tal vez el mejor King es el de los relatos, y sus novelas, titánicas, son intentos de llevar su capacidad de interesarnos hasta extremos a veces insensatos. No sé. Ni quiero saber,
viernes, 31 de julio de 2026
Lecturas: Mitra: Un dios de Oriente a Occidente (Israel Campos Méndez)
Quizás estaba confuso e imaginaba a Mitra con su gorrito frigio mientras una lluvia de sangre humeante caía sobre un patricio romano desnudo en un sótano. No: lo de la sangre y el toro es con Cibeles-Atys . Este libro elimina con solvencia esta confusión y otras. Reconozco que llegué a Mitra: Un dios de Oriente a Occidente con la prevención de quien ha leído desordenadamente libros de historia de las religiones escritos por especialistas incapaces de salir de sus doctos laberintos. No es éste, alabado sea el Sol Invicto, el caso.
A juzgar por la bibliografía, Israel Campos Méndez es tal vez la mayor autoridad española sobre el mitraísmo romano lo que no le impide, ni mucho menos, guiar al lector curioso que simplemente quiere entender quién demonios era ese dios que mataba amaneradamente toros en cuevas artificiales por medio imperio romano.
El libro traza un itinerario desde Persia, arrancando en las remotas tierras de Mitanni, en el segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitra aparece mencionado en tratados entre hititas y mitanios como garante de juramentos, y termina, más de mil quinientos años después, con la lenta agonía del culto en el Mediterráneo del siglo V, ya derrotado por un cristianismo que había aprendido a jugar con las mismas armas simbólicas. Entre medias, el autor nos hace atravesar la Persia zoroástrica, la helenización del dios y finalmente su metamorfosis definitiva en el mitraísmo romano, esa religión mistérica y exclusivamente masculina que tanto sedujo a legionarios, funcionarios y libertos de todo el imperio. Que no conozcamos ningún texto estrictamente mitraico sino sus refutaciones cristianas y tengamos que reconstruir el mito a través de las imágenes de los mitreos, del modo que tendríamos que hacerlo con el cristianismo a través de su iconografía si no se hubieran conservado los evangelios, es algo que hace más apasionante esta meritísima pesquisa.
lunes, 13 de julio de 2026
Lecturas: Duma Key (Stephen King)
Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable
bibliografía, llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón,
porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras
aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un
hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle,
constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo
que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se
convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento
que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la
obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que
respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la
anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la
parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales,
funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales
ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera
categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.
Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que
tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo
lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y
fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y
descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había
sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa
encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el
misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en
mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de
matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne
viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en
dosis.
Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.





