sábado, 15 de enero de 2022

Lecturas: El ciclo del hombre lobo (Stephen King)

 No puede ser tan malo. Diría cualquier lector. Está excelentemente narrado. Diría cualquier lector. El caso es que nos encontramos con el que algunos tildan de peor libro de King. Yo diría que el más endeble, el más previsible. Con bonitas ilustraciones de Berni Wrightson, y dividido en doce someros capítulos que recorren los meses del año, asistimos a la aparición de un hombre lobo y sus cruentas merendolas, el desvelamiento de su identidad y su aniquilamiento a manos de un niño en silla de ruedas. Sólo la suspensión de la incredulidad, mantenida con magnanimidad página a página, puede salvar a este libro. O sus ilustraciones. Buscando razones para el fiasco, sólo encuentro dos: la de un intento de King de acercarse a un nuevo mercado, el de los jóvenes adultos (el infantil y juvenil de antes de la neolengua, vaya) o intento conseguidísimo de hacer literatura pulp, facilona, popular, sin honduras. Más en el espíritu de los añejos y adorables filmes de la Republic que de la Hammer. Eso sí, con el dominio narrativo de siempre pero puesto al servicio de una historia débil y manida. 




martes, 28 de diciembre de 2021

Lecturas: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (Gregorio Morán)

 

Este libro de Gregorio Morán, que escribe con sagacidad y mala uva, con prosa afilada y no poca perspicacia, es un retrato del mundo cultural español (más bien del literario, con algún filósofo, un cura musicólogo, no pocos funcionarios y mucho advenedizo –notoria es la inquina que muestra hacia Umbral y Cela, a los que nombra siempre de pasada para meramente despreciarlos-, entreverados con funcionarios del régimen de entonces y el de la Transición) usando como pretexto la figura del cura Jesús Aguirre, devenido después en Duque de Alba. Es un retrato cruel de la intelectualidad española (los mandarines) sobre la que va superponiendo, como río que se esconde y vuelve a surgir, la figura de Aguirre. Todo contado desde el sustrato de la posguerra en el Santander de posguerra en que se incuba, con sus complejos y su ambición, Aguirre, pero sobre todo desde 1962, el año del contubernio de Múnich, la boda del príncipe Juan Carlos, el estado de excepción, el fusilamiento de Julián Grimau, la publicación de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos. No muy lejos quedarían los fastos, en 1964, de los XXV Años de Paz con su exaltación de la benevolencia del régimen franquista. Los que eran mandarines durante los años 60, seguirán siéndolo con la democracia recién reinstaurada. Algo muy español.




Jesús Aguirre, cuando se casa con la duquesa de Alba, es un sacerdote, abandonado del gremio, por desgana y aburrimiento, homosexual convicto y confeso que no le hace ascos a nada, inteligente y sagaz, culto, sin un duro. El personaje de Aguirre es sólo un pretexto para narrar las décadas de los 60 y 70, con un Martín Santos de trato difícil, un García Hortelano convertido en un chistoso y poco más, un Manuel Sacristán convertido en portento de la inteligencia, un Aranguren que hace lo posible y se deja llevar, un Max Aub doliente y conmovedor en sus dos regresos a un país devenido extraño e ingrato,  Laín Entralgo inconsistente, mi amado Manuel Alcántara premiado.  Y un Juan Luis Cebrián oportunista y tornadizo. Con todo, más allá de que liándosela con papel de fumar Víctor García de la Concha intentara  prohibir su publicación, lo que hizo que se leyera más de lo inesperado, es un ajuste de cuentas con la clase de los letraheridos tan pagada de sí mismo. Como defecto, se echa de menos que pase tan por encima, sin apenas tocarlas, por las décadas de 1980 y 1990 (el relato se cierra en 1996 con la llegada al poder de Aznar, por mucho que el cura/duque muriera en 2001). Ira, subjetividad, extrema capacidad crítica en un libro implacable y necesario.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Lecturas: Siempre hemos vivido en el castillo (Shirley Jackson)

 Una novela deslumbrante, una autora de la que leeré más con la ilusión de que siga sorprendiéndome. Emocionándome. Con ustedes la malograda Shirley Jackson (1916-1965) sin la que no hubiera sido posible Stephen King, que suele nombrarla en sus obras como ejemplo de la mejor literatura de terror. ¿Es, fue, Shirley Jackson un genio? Lo es. Al menos por esta su última novela.



Comienza con un autorretrato de su narradora, Merricat, Mary Katherine Blackwood. Es uno de esos comienzos de antología: Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.



Adelantemos que Merricat no es una mujer lobo, ni hay elementos fantásticos. Al menos no explícitamente. Ella, su hermana Constance, su tío Julian (en silla de ruedas, afanado en escribir sus memorias, con una salud languideciente) y el gato Jonas son los únicos miembros de su familia que seis años atrás sobrevivieron a un envenenamiento. Encerrados en su mansión (el castillo al que se alude en el título), de las que apenas salen las hermanas para hacer compras, entre el cuchicheo de los vecinos, sin más trato con los demás que esporádicas visitas de vecinas, viven en un oasis doméstico y autosuficiente. Hasta que un día el caserón arde y las hermanas (y el gato) viven, cerradas a todo contacto y ocultas, entre las ruinas de la casa. Y pasa el tiempo.

Esto es lo que, a grandes líneas, sucede. Son 203 páginas llenas de encanto y escritas con sinuosa simplicidad. Y que te deja pensando en el título, ese “siempre hemos vivido en el castillo”. Haciendo que sea inquietante el siempre y angustioso ese simple vivido. Nos hallamos ante una novela escrita en estado de gracia, de la que dijo Neil Gaiman: Una escritora asombrosa… Si no habéis leído “Siempre hemos vivido en el castillo” o alguno de sus cuentos, os habéis perdido algo maravilloso. O Jonathan Lethem, quien la llamó Una de las escritoras norteamericanas nás luminosas y extrañas del siglo XX. O, concluyendo, la gran Dorothy Parker, Shirley Jackson no tiene rival.





domingo, 21 de noviembre de 2021

Lecturas: Civilizaciones (Laurent Binet)

 Laurent Binet es tonto. Poco más hay que decir. Eso es todo, señoría. 

Escribir un libro como éste es algo innecesario. Vacuo, pueril. Tonto una vez más. Yo, tan amigo de las ucronías cuando están bien hechas, terminé llevando el ejemplar, nuevecito, y de camino el de su correcta novela sobre el asesinato de Heydrich, HHhH (2014) a un árbol del centro de Málaga donde la gente deja sus libros que ya no quiere dejar en casa. En origen, esa roca Tarpeya de papel se originó con los sobrantes chamuscados de la librería Proteo y después ha seguido así. Al día siguiente, se habían llevado ambos. Espero que a revender.




Lo que jode de este libro es que teniendo como asunto qué hubiera sido de Europa si los aztecas hubieran descubierto Europa es una soberano estupidez. Primero describe, cómo no, puestos a quitar méritos, la llegada de vikingos a las costas de Terranova para ir bajando hasta llegar al cono sur. Y dejando un culto sincrético que mezcla a la Pachamama con Odín. ¿Quieren más dislates? Pues llega Colón y termina cautivo, fané y descangayado. Y son los incas confabulados con los taínos de Cuba, Higenamota y Atahualpa, tanto monta, monta tanto, los que apañan lo que queda de los barquichuelos de Colón y se presentan en Lisboa con sus plumas y quetzales, tiran para Toledo y Granada (o Sevilla, lástima que largué el tochín) para a lo tanto descalabrar a Carlos V y a partir de ahí, liberando a la península ibérica de la funesta Inquisición, que díganme si no es suerte y llegar a tiempo pillar un Auto de Fe en pleno esplendor, oh yeah, y después llegan los aztecas que sí se comen a los niños y son muy malos y todo es concordia y paz y juegos florales gracias al Imperio Inca de Occidente (bueno, Oriente para ellos). Una soberana memez que termina con unas aventuras de Cervantes que tras pasarlas putas, y con la ayuda del Greco convertido en un ninja católico, tal cual, e incluso tras pasarse una temporadita gorroneando en casa de Montaigne, se embarca para las Indias.

Todo en un nivel tonto, ya les dije. Y que incluso tampoco es original, pues la historia de base, el descubrimiento precolombino de Europa ya lo trató el argentino Federico Andahazi en su novela El conquistador (2006). No es que el libro atufe a Leyenda Negra, es que es una paparrucha. Una gilipollez con páginas. Huyan. Y si eso, búsquense el de Andahazi y me cuentan. Peor seguro que no es. 


viernes, 19 de noviembre de 2021

Lecturas: Feria (Ana Iris Simón)

Una de las sorpresas recientes (más o menos recientes), un libro que ha sido alabado por motivos literarios y condenado por razones (sinrazones) ideológicas. ¿Qué molesta aquí? Básicamente, que su autora nombre a Ramiro Ledesma Ramos (asesinado en octubre de 1936 contra las tapias del cementerio de Aravaca en el contexto de las sacas y masacres decididas y ejecutadas por los republicanos. ¿No quieren memoria? Aquí tienen. Ledesma tenía 31 años) en este libro y que después se haya manifestado contra la moda del feminismo y la secularización generalizados. Y que no simpatice con el gobierno actual y sus postulados. No me meteré ahí, en atacar a los que atacan a Simón. Ya se ocupa ella de defenderse. Pero señalo la dinámica cainita, cafre, de España, patria común e indivisible de los españoles (simplemente usar los términos de la vigente Constitución suena ya a provocación, qué cosas). Me ocuparé simplemente de lo que he leído en Feria.



Las críticas hablaban de un retrato descarnado de una infancia manchega en el seno de una familia de feriantes en la España de los años 90. Es cierto. Pero yo, que he pasado por esas edades en los 70 y 80 del último siglo del milenio pasado, esperaba algo más descarnado. Pero eso se debe a un prejuicio mío, unas expectativas equivocadas. Desde luego, los noventa fueron más suaves que todo lo anterior. El caso es que con capacidad altísima de evocación, en la que sentimos el abismo plano, chato y amarillo de la Mancha como algo casi físico, con su viento, nubes y nada, Simón nos arrastra por su familia y sus circunstancias, su léxico popular y sus melodías, mientras hay gente que nace y que muere sin hacer el mínimo ruido, trufando el relato cotidiano con disquisiciones casi de enjundioso artículo periodístico sabiendo cortar a tiempo para no distraer o cansar la atención del lector. Entre medias, pasajes luminosos:

entendí, pensando en Paris, que lo del día que conocí a mi hermano era el amor. Que esa admiración, ese entrever en el otro la verdad o la perfección del mundo, ese no entender mucho y ese no atinar a explicarse por qué uno quiere si "no conoce" era enamorarse: asumir que el amor preexiste. Y que conocer es reconocerse.

O también  verdades como: ser niño es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo merece la pena ser contado.

El libro en sí es un rito de paso, un subirse a una noria para bajar siendo otro, alguien que guarda el secreto del horizonte invisible, alguien que deja atrás los muertos amados y descubre el amor a los que viven, a la vida en sí, plena y perecedera.  Una maravilla, tan amarga y tan dulce.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Lecturas: Diario del asco (Isabel Bono)

 

Mateo tiene una marca de un corte en una muñeca. Mateo quiere morir. Mateo vive. Mateo se deja vivir. Mateo está vivo. Mateo sobrevive. Todas estas frases son verdaderas y pueden mezclarse al gusto. Mateo es parte de una familia en la que el suicidio es común. Hay estudios que indican un factor genético: si alguien de tu entorno lo ha probado o consumado, te queda, tras la perplejidad, tras lo que en palabras de Discépolo era el asombro de perderte y no morir, la enseñanza de que esa solución vital, letal, es válida. Es a fin de cuentas lo que le pasa a Mateo, el protagonista de esta novela de Isabel Bono.



Antes de pasar más adelante, permítanme una declaración subjetiva: hay libros que te pueden salvar la vida, que te saquen de la oscuridad: éste es, para quien esto redacta, uno de ellos.

Prosigamos. El caso es que Mateo, hondamente querible en su vida rutinaria y automática, tiene a su alrededor la muerte voluntaria de su su madre, el intento consigo mismo, la de un amor hipotético y ya imposible. Todo esto lo experimenta con tristeza, una tristeza palpable, firme, irrevocable:

Imagina una casa vacía

:ahí estás tú

Imagina un mundo vacío

:ahí estás tú

Mateo tiene los rasgos, la expresión, en la mente del lector de Buster Keaton, Pamplinas. Serio, triste, imperturbable, patético. Cómico. En su mundo nada cambia, y el recuerdo es un tóxico que más vale rehuir. Duele. Mata. Mejor seguir adelante. Vivo, pero no viviendo. Dejando que el tempo, ese asesino sigiloso y lento, se ocupe de todo. Es profesor de autoescuela pero eso no importa. Como tampoco su edad, 51 años. Ni la terapia inútil con una psicóloga. Ni su fracaso amoroso, con una esposa que es no del todo enemiga ni tampoco protectora pero que es ruptura y fuga. Ni la familia rota con un hermano ausente y adverso. Llevado a vivir con su padre tras el suicidio materno, algo que evita el suyo propio, esa convivencia de mesita para dos en la cocina, de pinzas de ropa y cerrar ventanas cuando llueve, no mitiga la soledad de Mateo ni la del padre. Que va evaporándose, sumiéndose en la demencia y en el infierno secreto de una residencia.



Siempre vuelvo al momento antes de la muerte de mi madre. Mi madre cayendo. ¿Conciencia o inconsciencia en el momento de llevarlo a cabo, aunque la decisión haya sido tomada inconscientemente? ¿En qué momento se arrepiente uno y ya no se puede echar atrás? Momento de soledad absoluta. El cuerpo reacciona y se agarra por muy meditada que fuese aquella decisión. Estoy seguro.

En este pasaje está una de las claves de la novela y del personaje, ese aferrarse a la barandilla, al paso de las horas, que ya es sabido que todas hieren pero la última mata. En su pequeña vida cotidiana de baldosas y portales puede hallarse el infierno, que es la conciencia, o la salvación de quien vive en pleno e inmóvil naufragio. A lo más, la irrupción de una joven vecina, Micaela, cronopio ejemplar si recurrimos a la taxonomía cortazariana, sirve para mitigar esa angustia, ese asco, esa tentación de seguir los pasos de otros hacia la ceniza. Ma non troppo.

Pero es caprichoso el destino, la alegría dura poco en la vida del triste. Y ahí surge el milagro: un episodio final inesperado que no cuenta nada extraordinario, no ofrece un giro de argumento, no es un tachán, ni siquiera supone una esperanza en la vida de este Bartleby perpetuo que siempre preferiría no hacer nada. Y que atañe al hermano. Ese capítulo final, sencillo y simple, equivale a una partita para violín de Bach, o a mi amado Erbarme dich, mein Gott del mismo. O el equivalente al Retorno del hijo pródigo de Rembrandt, en el que no vemos el rostro del perdonado pero sí, tan expresivas, las manos del padre sombre sus hombros.



Es ésta una historia de redención íntima, de ajustar cuentas no con el pasado sino con el presente, pues Mateo sabe que es lo único que existe. Una historia extraordinaria en su cotidianeidad chata y su realidad mansa por mucho que esté teñida de luto y amarguras. Como Vonnegut (el Vonnegut que Isabel Bono tiene encumbrado en su devocionario personal –y yo también-), Bono ha ido más allá de las circunstancias y ha sabido mirar con compasión a ese personaje pasmado y adorable que es Mateo que, al fin y al cabo, somos todos y cada uno de nosotros.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lecturas: Arena (Miguel Ángel Oeste)

 Ya en su primera novela, Bobby Logan (2011), Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973), presentaba  sus coordenadas narrativas: juventud y personajes que se relacionan en los años 80-90 en los barrios de Pedregalejo-El Palo de Málaga. Tal vez porque es joven aún, adentrándose en una madurez personal y literaria que demostró en su segunda ficción, Far Leys (2014) que giraba en torno al cantautor maldito Nick Drake, vuelve a su lugar natural.

Aviso que es una novela que te deja sin aliento y con mal cuerpo. Y lleno de admiración , con ganas de aplaudir al autor y sacarlo a hombros. Por las playas de Pedregalejo, pero a hombros. Y de besar la cubierta del libro (una costumbre, la del beso en el libro, que mantengo sólo con los que merecen la pena). Admirando el ritmo sincopado del primer cuarto (aproximadamente) de la novela: frases cortas, secas. Trallazos. A lo, digamos, Palahniuk, como focos estroboscópicos hipnóticos en una discoteca destinada a hacer alucinar a los danzantes que vociferan. Aunque, como en el tango de Homero Manzi, parezca que La pista se ha poblado al ruido de la orquesta / se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín... Son enérgicas sus descripciones de sudor y alucinación, carne joven y desesperada, a las que se unen insertos de imágenes, metáforas, recuerdos, saltando como peces en el horizonte. Hay tanta verdad en Bruno, narrador en primera persona y protagonista absoluto, que el lector no puede dejar de empatizar con él, por muy dominado que esté por pulsiones que pueden ser nocivas y dejarse seducir por la voluble Reyes  y sentirse harto de la presencia del Manco, Pipo, el Bocina, los amigos de todos. Y atraído por ese Diógenes en su tinaja que es el Pérez, que es más un sabio estoico que un cínico.



Con todo, por mucho alcohol y porros y pastillas y coca, vive en Bruno, sobrevive, una lucha por la pureza, por la inocencia, por mucho que Bruno se sepa impuro, arrastrando sus heridas y su desaliento, por querer escapar de esas páginas y ese pasado. Bruno quiere sobrevivir, salir de ahí, de esas circunstancias, de esa historia, de esas páginas, aunque sea montado sobre una ola. Como dijo Rimbaud, “sé que la carne es triste, y yo he leído todos los libros”. Aunque no hace mucho alarde de saberes, más allá de la cultura popular, la alusión final a Tender is the night de nuestro padre y maestro Fitzgerald, nos sitúa, nos lo sitúa, en otro nivel. En alguien muy distinto al resto de la pandilla.

Más adelante, aunque la narración siga siendo veloz, la frase amansa su ritmo, pero sin caer en recovecos barrocos. Se hace, no sé, más barojiana. Y mantiene con maestría esa tensión que enmascara la memoria de sucesos de infancia en otro lugar de la costa malagueña, Calahonda, haciendo que vaya asomando el desastre vital de los padres, su capacidad de hacer infeliz a un inocente. Oeste nos presenta, en un visto y no visto, los aletazos de la memoria de un episodio del pasado, carnal y angustiante. Consigues que el olor a los cigarrillos y a la colonia Lacoste nos ponga en alerta desde los primeros capítulos, más adelante desaparece y nos deja con la duda de si el verdugo de esa inocencia casi olvidada es el padre o Albor. Y al final, el mazazo, la rendición. El lector cierra el libro con pena, desolación, estupor. Y admiración por el talento narrativo de Miguel Ángel Oeste.



¿Desean pruebas? ¿Quieren probar la mercancía antes de comprarla? Allá van.

Mientras culmina una fallida operación de narcotráfico en el Campo de Gibraltar, Bruno rememora:

Desde Calahonda dormía mal. Aquel fue el verano en que comenzaron las sombras. El olor a pieles mezcladas, un vaso con un líquido parduzco abandonado en la mesita de noche, orientarme en la mañana, aturdido, sin descifrar las causas, los detalles que cada mañana descubro en la nube por la que transita la cabeza, aceites, vaselina, cintas de cuero, un cenicero con colillas, blísteres metálicos arrugados y vacíos, retrocedo y corro hacia atrás, aunque me resulta más complicado que hacerlo hacia delante, y a medida que transcurren las horas, conforme el día avanza, parece que me recupero, que vuelvo a ser yo, con lo que eso signifique.

Y al fin golpes.

Sombras. Que invaden, que invaden. Un narrador que huye hacia atrás, arañando una memoria que desearía no tener, que intenta ser él mismo. Éste es el universo Oeste, del salvaje y dulce Oeste.

Algo más adelante, tras una escena de sexo chungo y angustiante:

Los sueños como rayas.

Los sueños que dejaban de brillar a medida que descendías por las grietas profundas.

Recuerdos o mentiras, me costaba diferenciar una cosa de otra.

Así es, en la conciencia alterada del joven Bruno se confunden mentiras, memoria, deseo.

A continuación hace un ejercicio magistral de descripción en collage de elementos objetivos y subjetivos:

Los gemidos, el olor, la presión, el sufrimiento, las ganas de vomitar para sentirme mejor, el terror en mitad de la noche y mi padreen la cama para arroparme, ¿o ya estaba allí?, las demás respiraciones, ¿o era la mía?, un golpe seco en el estómago, los gritos y los brazos moviéndose en un caos indescifrable, ¿dónde me encontraba?, un dolor en la mejilla, hincado de rodillas, la cara en el suelo, encogido, culebras traspasándome, entrando por los orificios, dando latigazos, perforando, reptando, la mano de mi padre en la frente, mi mano en la frente mientras con la otra me sostenía al inodoro y echaba a los polizones y escuchaba la ira de Reyes y a los demás y me derrumbaba, apagándome, fuera de mí, de foco, en algún sitio protegido de los recuerdos que infectaban los pensamientos diarios.

Es una novela que juega entre un presente fingido situado alrededor de 1982 que evoca Bruno desde un periodo posterior, que oscila entre las luces cegadoras de la violenta luz de Málaga, deslumbrante y salitrosa, y la noche de jadeos y reggae y discos y pirulas. Entre el inconfeso afán de recuperar la inocencia de antes de Calahonda. Pero no habrá misericordia. La realidad es así de cabrona y el final es desalentador. Entre ese montón de penas, y vuelvo a recurrir a Manzi, se puede decirle a Oeste que a pesar de la crueldad de la historia, La gente se te arrima con su montón de penas /y tú las acaricias casi con un temblor... / Te duele como propia la cicatriz ajena: / aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor. Y concluyendo esta reseña y el tango, miro a los ojos honestos de Miguel Ángel Oeste y sibilinamente le canto: ¿No ves que están bailando? /¿No ves que están de fiesta?/Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...