jueves, 29 de febrero de 2024

Lecturas: La milla verde (Stephen King)

 Bendita sea mi creciente capacidad para el olvido, para no recordar los detalles o las líneas generales de libros o películas aunque hayan sido recientes. Así, no he sido condicionado por el recuerdo de la película surgida de esta novela de King, de la que sólo alcanzo a evocar que fue terrible y emotiva y que contenía acaso a Tom Hanks, como también sé que en unos años podré recuperar del anaquel este libro y revivir con ojos vírgenes el triste destino de todos sus personajes. Porque esta es una novela perfecta, en la que nada sobra ni hay ninguna decisión de King que podamos cuestionar. No hay zarandajas de ka-tet ni pretensiones metafísicas baratas. Hay, en cambio, la fatalidad de cumplir con el deber de los funcionarios de la prisión, acompañando a la muerte a los reos, de los propios reos de cumplir sus días en la tierra con dignidad y entereza, del  estúpido malvado Percy Wetmore, condenado a incidir e insistir en su crueldad ciega como William Wharton, Billy el Niño, lo hace desde el nihilismo de quien nada espera ni nada desea, el deber del propio narrador, Paul Edgecombe, por exorcizar sus fantasmas, purgar sus recuerdos amargos, convertido en un evangelista que cuenta cómo el salvador murió por todos, aunque se trate del humilde salvador de un ratón y de la esposa del alcaide. Porque hay una grandeza religiosa, una pulsión sagrada, en John Coffey -se escribe casi como café pero no es lo mismo- como hay en Paul Edgecombe esa misma piedad horrorizada por haber permitido la muerte del redentor.