En
otra época, hubiera dicho que es un placer culpable leer libros como este.
Ahora lo llamaría un placer adulto, cuando uno ha leído tanto, ha perdido
tantísimo tiempo, con tanto fárrago, hasta descubrir, con Mallarmé, que la carne es triste y, ay, yo he leído todos
los libros. Hay que desengrasar, disfrutar. Con libros como éste, un museo
de chifladuras y asombros. Schreiber parte de una premisa sencilla: todo el mundo, al parecer, tiene una teoría
que intenta probar. Sea sobre el sentido de la vida o sobre por qué cuando estás en la ducha la cortina
siempre se curva hacia ti. El libro reúne un catálogo de teorías
extravagantes, desde los multimillonarios de Silicon Valley que se preguntan si
vivimos en una simulación hasta comunidades de supuestos viajeros en el tiempo
que aseguran venir a salvar el mundo y que, acumulados sobre el Titanic para
observar el desastre lo hunden por exceso de peso.
El
resultado es un viaje narrativo que se mueve entre los ovnis, las criaturas
misteriosas, las energías cósmicas del deporte de élite y los experimentos más
estrafalarios, siempre con humor y con una simpatía palpable por quienes
sostienen estas ideas. Schreiber deja claro desde el principio que “no es un libro de hechos, sino de “hechos”,
y esa ironía amable, tan “inglesa”, es una de las claves de su encanto.
El
libro está lleno de personajes que parecen sacados de la ficción, pero que
pertenecen al registro de esas creencias “raras pero inofensivas” que pueblan
nuestro imaginario contemporáneo. Desde arqueólogos que tropiezan con
festivales ancestrales en plena selva boliviana hasta periodistas serios que,
en su juventud, se lanzaron a “cazar” al monstruo del lago Ness, cada historia
añade una capa más a esa geografía de lo insólito. Bajo la superficie
humorística, el libro plantea una reflexión sugerente sobre la relación entre
creencia, evidencia y narrativa. ¿En qué se diferencia una teoría loca sobre
extraterrestres de la convicción silenciosa de que la suerte nos persigue o de
que el universo nos “manda señales”? Schreiber no ofrece respuestas cerradas,
pero sí propone una actitud: estar
siempre abierto a maneras alternativas de pensar, sin renunciar al
escepticismo ni a la risa.

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