Da gusto leer libros así, escritos con conocimiento y soltura. En este fascinante Cuatro Príncipes, Norwich nos invita a un viaje político y casi sensorial por el siglo XVI, un periodo donde la historia de la humanidad pareció concentrarse en las manos de apenas cuatro hombres nacidos en la misma década, coincidiendo en el tiempo cuatro monarcas superlativos: Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (y I de España) y Solimán el Magnífico del Imperio Otomano. Norwich, con elegancia y un toque de ironía, sostiene que la Europa moderna no nació de tratados impersonales, sino de las obsesiones, las inseguridades y los egos cruzados de estos soberanos. Como bien apunta el autor al inicio de su relato: "A lo largo de la historia, dudo que haya habido cuatro monarcas de tal magnitud... todos reinando al mismo tiempo". Esta coincidencia temporal convierte al libro en una coreografía de rivalidades donde cada decisión tomada en Londres, París, Valladolid o Constantinopla generaba una onda de choque que obligaba a los otros tres a reaccionar.
Lo que verdaderamente distingue a esta obra de un manual de historia convencional es la capacidad de Norwich para humanizar a estos gigantes, presentándolos no como estatuas de mármol, sino como hombres de carne y hueso atrapados en una competencia perpetua por el prestigio. El autor logra transmitir cómo estos líderes se observaban con una mezcla de admiración y recelo, enviándose embajadas de una opulencia casi ridícula simplemente para demostrar quién poseía el reino más próspero. A través de una narrativa envolvente, descubrimos que sus vidas estaban intrínsecamente ligadas: "Cada uno de ellos estaba profundamente condicionado por los otros tres; cada uno de ellos, en un momento u otro, fue aliado o enemigo de los demás". Es especialmente refrescante la inclusión de Solimán el Magnífico en este cuarteto, ya que Norwich rompe con la visión tradicionalmente eurocéntrica para recordarnos que el sultán otomano fue un actor fundamental en el equilibrio de poder europeo, tan renacentista en su mecenazgo y ambición como sus homólogos cristianos.
Aquí encontraremos a Enrique y Francisco comparando pantorrillas y dilapidando en regalos inverosímiles, a Francisco firmando alianzas con Solimán y permitiendo a la escuadra turca fondear en Marsella, y a Enrique festejando la muerte de su única esposa legítima, Catalina de Aragón, y no asistiendo, contrariado, al bautizo de su primera hija ilegítima, Isabel.
Para hacerle justicia, al libro y al príncipe que prefiero -único que tuvo el título de emperador-, reproduzco el retrato con el que Norwich cierra el relato de sus andanzas, nuestro Carlos I, V de Alemania: Uno de los muchos biógrafos de Carlos lo describe como un genio militar. No parece que haya muchas pruebas que lo demuestren, pero, por otro lado, sí las hay de que poseía al menos dos cualidades de suprema importancia para un general: una valentía personal inmensa y una infinita preocupación por sus hombres. Carlos no solo mostró su valentía en los combates, sino en la pura fuerza de voluntad que permitió cabalgar día tras día a pesar de sufrir la agonía de la gota -y nadie que no haya sufrido personalmente esta aflicción puede hacerse una idea de los sufrimientos que causa- sin emitir jamás la menor queja, ni siquiera cuando tenía que montar con la pierna descansando en un cabestrillo atado a su silla. Sus soldados lo amaron y admiraron, algo que, de hecho, hicieron casi todos los que llegaron a conocerlo. Lo amaron por su encanto personal, su bondad y -una cualidad especialmente escasa en su época- su sentido del humor. Súmese a ello que sabía apreciar las cosas buenas de la vida: la pintura, por ejemplo (¿se cuenta todavía a los niños la famosa historia de cómo se agachó a recoger el pincel de Tiziano cuando se le cayó al maestro?) o la música, por la que sentía auténtica pasión. Incluso su glotonería despierta simpatía en muchos de nosotros. Murió como un hombre decepcionado, demasiado consciente de lo mucho que había tenido que dejar por hacer; pero comprendió, mucho más de o que la gente creía, cuántas cosas bellas y placenteras nos frece la vida. Y, siempre que tuvo ocasión, las disfrutó.


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