domingo, 10 de mayo de 2026

Lecturas: Hamnet (Maggie O'Farrell)

Shakespeare es Dios. Tal cual. De inverosímil hondura y sabiduría y eficacia y emoción. No se puede ser mejor que él. Fuera quien fuera. De modo que una novela sobre su dolor como padre tenía que interesarme. Ya leída, me importa poco. Es que confieso que estuve a punto de abandonarla en las primeras cuarenta o cincuenta páginas. Y no suelo abandonar fácilmente. Pero Hamnet exige al lector una paciencia que no siempre se justifica con lo que viene después. La apertura es un laberinto de presentes históricos, de saltos narrativos algo arbitrarios, de mitologización de  Agnes (trasunto de la Anne que fuera esposa del Bardo) y personajes que aparecen y desaparecen sin que uno haya terminado de saber quiénes son. La prosa, muy celebrada por la crítica anglosajona, tiene en esos primeros capítulos algo de encantamiento que se vuelve contra sí mismo, tan empeñada en ser literaria, que el lector pierde pie y no sabe bien si está leyendo una novela histórica, una elegía o un experimento de escritura creativa.



La premisa, en cambio, es genuinamente hermosa. Hamnet Shakespeare, hijo gemelo de Judith, murió en 1596 a los once años, probablemente de peste bubónica. Cuatro, o siete, años después, su padre, al que O'Farrell llama obstinadamente "el marido" o "el latinista", nunca por su nombre, escribía Hamlet. La novelista irlandesa propone que la tragedia del príncipe danés es, en el fondo, el duelo de un padre por su hijo muerto: una criatura que regresa del otro lado en forma de espectro, que lleva casi el mismo nombre, que reclama algo que los vivos no saben cómo darle.

Es una tesis seductora. Y O'Farrell la defiende con una prosa que, cuando por fin encuentra su ritmo -digamos que a partir del segundo tercio del libro-, alcanza momentos de verdadera belleza. El capítulo en que se reconstruye el viaje de la pulga infectada desde Alejandría hasta Stratford-upon-Avon es una proeza narrativa, un salto de escala que de pronto convierte la epidemia en algo íntimo y feroz a la vez. Y la muerte de Hamnet, narrada con una lentitud casi insoportable, tiene esa clase de verdad que solo la ficción bien ejecutada puede dar a los hechos históricos. Esa muerte del niño es el momento cumbre del libro y el más logrado ejercicio de estilo.


Pero la tesis, ay, no termina de sostenerse. O no del todo. Que Shakespeare tomara el nombre de su hijo muerto para bautizar a su príncipe danés es un hecho -si es que es un hecho y no una coincidencia ortográfica entre nombres comunes en la época-, pero de ahí a afirmar que Hamlet es esencialmente una elegía paterna hay un salto considerable que la novela da sin red. Hamlet es muchas cosas: una meditación sobre la indecisión, un estudio de la traición, una exploración del poder y la corrupción, un juego de espejos sobre el teatro y la representación. Reducirla a un duelo privado por Hamnet Shakespeare es, en cierta medida, empobrecer la obra, aun cuando sea una reducción hecha con amor. Agnes lo sabe cuando, al final del libro, asiste a la representación: comprende que la obra es de su marido, no de su hijo, que el artista ha transformado el dolor en algo que ya no le pertenece a nadie en particular.

En ese reconocimiento final hay más honestidad de la que el resto del libro se permite. Porque Hamnet es, en el fondo, una novela extraordinaria sobre la maternidad y el duelo, sobre cómo una mujer carga sola con la muerte de un hijo mientras el marido está en Londres haciendo teatro, y en eso O'Farrell no necesita a Shakespeare para nada. Es cuando lo invoca demasiado explícitamente, cuando insiste en tender el puente entre Hamnet y Hamlet, que la novela tiembla un poco y uno recuerda esas primeras páginas confusas y se pregunta si la ambición del proyecto no ha superado levemente a su ejecución.

Vale la pena leerla. Pero quizá vale más leerla olvidándose de Shakespeare. El dulce príncipe fue de Dinamarca, no de Stratford.




Lecturas: Últimas noticias de Jesús. Del osario de Caifás a la Sábana Santa (José María Zavala)


Zavala, con su barba descuidada, sus ojeras, su decorado-biblioteca deslavazado, es alguien que en sus vídeos de YouTube, por otra parte recomendables, me produce cierto reparo cuando tras haber disfrutado un título suyo sobre la Guerra Civil lo encuentro entregando a las librerías demasiados títulos como para que se le suponga rigor.  Sea bienvenido, con todo, este librito ligero y ameno.

Como yo, Zavala es un católico convencido y consecuente, pero no escribe desde el rigor académico de Bart Ehrman, ni la docta elegancia, a veces distante de Pagels. Su Jesús es el Jesús del rosario y de la Semana Santa, de la pía estampa, las cuatro esquinitas y la sangre amada. No duda (tampoco yo dudo), por lo que escribe de cuanto se sabe de Jesús desde la ortodoxia. Nada que objetar a este intento de catequesis ilustrada.





Y ahí, precisamente, está tanto su virtud como su límite. La virtud es que resulta accesible, vivaz, generoso en datos que uno no conocía o había más o menos olvidado. El libro cumple con la función de fortalecer la fe del creyente que ya cree, de devolverle el asombro ante lo que la ciencia no ha conseguido desmentir: el Sudario sigue siendo inexplicable, el cuerpo de Jesús no apareció en ninguna tumba identificable. Para el católico que alguna vez sintió cierta perplejidad al  leer a Piñero o a Ehrman, este libro es como un pasamanos al que agarrarse.

El límite, sin embargo, es que Zavala no siempre distingue con claridad entre lo que la Iglesia enseña de fide, lo que es devoción legítima pero no dogma, y lo que es simple fascinación por lo paranormal. Hay capítulos en que la frontera entre la teología y el esoterismo se difumina más de lo que uno quisiera, como cuando cita abundantemente a la monja Emmerick, del siglo XIX, como si hubiera sido testigo presencial de la Pasión de nuestro Señor. El catolicismo no necesita de lo extraordinario para sostenerse más allá de la divinidad, una y trina, de Jesús, y en algunos momentos el libro parece olvidarlo, corriendo el riesgo de convertir a Cristo en protagonista de un gran misterio detectivesco en lugar de en el Señor de la Historia.

Con todo, hay páginas memorables. Las dedicadas a los últimos días de Jesús, reconstruidas con rigor y emoción a la vez, tienen una intensidad que pocas veces he encontrado fuera de los propios evangelios. Y hay en el libro, subyacente a todo, una pregunta que no formula abiertamente pero que late en cada capítulo: ¿y si todo fuera verdad?