Zavala, con su barba descuidada, sus ojeras, su decorado-biblioteca deslavazado, es alguien que en sus vídeos de YouTube, por otra parte recomendables, me produce cierto reparo cuando tras haber disfrutado un título suyo sobre la Guerra Civil lo encuentro entregando a las librerías demasiados títulos como para que se le suponga rigor. Sea bienvenido, con todo, este librito ligero y ameno.
Como yo, Zavala es un católico convencido y consecuente, pero no escribe desde el rigor académico de Bart Ehrman, ni la docta elegancia, a veces distante de Pagels. Su Jesús es el Jesús del rosario y de la Semana Santa, de la pía estampa, las cuatro esquinitas y la sangre amada. No duda (tampoco yo dudo), por lo que escribe de cuanto se sabe de Jesús desde la ortodoxia. Nada que objetar a este intento de catequesis ilustrada.
Y ahí, precisamente, está tanto su virtud como su límite. La virtud es que resulta accesible, vivaz, generoso en datos que uno no conocía o había más o menos olvidado. El libro cumple con la función de fortalecer la fe del creyente que ya cree, de devolverle el asombro ante lo que la ciencia no ha conseguido desmentir: el Sudario sigue siendo inexplicable, el cuerpo de Jesús no apareció en ninguna tumba identificable. Para el católico que alguna vez sintió cierta perplejidad al leer a Piñero o a Ehrman, este libro es como un pasamanos al que agarrarse.
El límite, sin embargo, es que Zavala no siempre distingue con claridad entre lo que la Iglesia enseña de fide, lo que es devoción legítima pero no dogma, y lo que es simple fascinación por lo paranormal. Hay capítulos en que la frontera entre la teología y el esoterismo se difumina más de lo que uno quisiera, como cuando cita abundantemente a la monja Emmerick, del siglo XIX, como si hubiera sido testigo presencial de la Pasión de nuestro Señor. El catolicismo no necesita de lo extraordinario para sostenerse más allá de la divinidad, una y trina, de Jesús, y en algunos momentos el libro parece olvidarlo, corriendo el riesgo de convertir a Cristo en protagonista de un gran misterio detectivesco en lugar de en el Señor de la Historia.
Con todo, hay páginas memorables. Las dedicadas a los últimos días de Jesús, reconstruidas con rigor y emoción a la vez, tienen una intensidad que pocas veces he encontrado fuera de los propios evangelios. Y hay en el libro, subyacente a todo, una pregunta que no formula abiertamente pero que late en cada capítulo: ¿y si todo fuera verdad?


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