viernes, 31 de julio de 2026

Lecturas: Mitra: Un dios de Oriente a Occidente (Israel Campos Méndez)

Quizás estaba confuso e imaginaba a Mitra con su gorrito frigio mientras una lluvia de sangre humeante caía sobre un patricio romano desnudo en un sótano. No: lo de la sangre y el toro es con Cibeles-Atys . Este libro elimina con solvencia esta confusión y otras. Reconozco que llegué a Mitra: Un dios de Oriente a Occidente  con la prevención de quien ha leído desordenadamente libros de historia de las religiones escritos por especialistas incapaces de salir de sus doctos laberintos. No es éste, alabado sea el Sol Invicto, el caso.

A juzgar por la bibliografía, Israel Campos Méndez es tal vez la mayor autoridad española sobre el mitraísmo romano lo que no le impide, ni mucho menos, guiar al lector curioso que simplemente quiere entender quién demonios era ese dios que mataba amaneradamente toros en cuevas artificiales por medio imperio romano.

El libro traza un itinerario desde Persia, arrancando en las remotas tierras de Mitanni, en el segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitra aparece mencionado en tratados entre hititas y mitanios como garante de juramentos, y termina, más de mil quinientos años después, con la lenta agonía del culto en el Mediterráneo del siglo V, ya derrotado por un cristianismo que había aprendido a jugar con las mismas armas simbólicas. Entre medias, el autor nos hace atravesar la Persia zoroástrica, la helenización del dios y finalmente su metamorfosis definitiva en el mitraísmo romano, esa religión mistérica y exclusivamente masculina que tanto sedujo a legionarios, funcionarios y libertos de todo el imperio. Que no conozcamos ningún texto estrictamente mitraico sino sus refutaciones cristianas y tengamos que reconstruir el mito a través de las imágenes de los mitreos, del modo que tendríamos que hacerlo con el cristianismo a través de su iconografía si no se hubieran conservado los evangelios, es algo que hace más apasionante esta meritísima pesquisa.



lunes, 13 de julio de 2026

Lecturas: Duma Key (Stephen King)

Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable bibliografía,  llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón, porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle, constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales, funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.

Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en dosis.


Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.