Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable
bibliografía, llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón,
porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras
aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un
hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle,
constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo
que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se
convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento
que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la
obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que
respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la
anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la
parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales,
funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales
ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera
categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.
Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que
tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo
lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y
fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y
descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había
sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa
encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el
misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en
mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de
matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne
viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en
dosis.
Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.