Una ucronía perfecta, un reto para un autor que intenta no caer en lo histórico, una novela maravillosa. Todo ello es 22/11/62, que es la fecha del asesinato de Kennedy y el intento, felicísimo, de King de preguntarse si podría haberse evitado. Y qué consecuencias habría tenido. Confieso que la lectura de este tocho es la que me convenció que quizás no fuera una estupidez (bueno, un poco o bastante sí lo es) lanzarme a leer y comentar todo King.
Toda ucronía parte de la misma pregunta que es frívola para todo historiador y seductora para cualquier espíritu curioso. Ya saben, ¿y si aquello no hubiera ocurrido? La literatura la ha formulado de muchas maneras, desde el Imperio romano que nunca cayó hasta el Reich que ganó la guerra, y pocas veces con tanta hondura como en 22/11/63, donde Stephen King toma el acontecimiento más examinado, más conspirado y más mitificado del siglo XX estadounidense y lo somete a la prueba de la voluntad individual. El asesinato de Kennedy como pregunta moral: ¿tiene un hombre derecho, o simplemente la obligación, de reparar la historia si se le ofrece la ocasión? Si sabes que en la Dealey Plaza, y más concretamente en Elm Street, unas balas harán lo que hiciueron, ¿te quedarías quieto, mirando tan tranquilo?
El mecanismo es deliberadamente modesto. Jake Epping, profesor de instituto en un pueblo de Maine, descubre en la despensa de un tugurio una grieta temporal que desemboca siempre en el mismo día de 1958, y de allí a noviembre de 1963 no hay otro camino que vivir cada jornada, una tras otra, durante cinco años. En esa renuncia al atajo reside el primer acierto del libro. King prescinde de la máquina y del artefacto, y con ello de toda pretensión científica, para poner el peso de la trama en algo mucho más antiguo y más serio, que es la duración. Viajar en el tiempo es, aquí, simplemente envejecer en un lugar equivocado.
De ahí se deriva la gran idea de la novela, que me parece una de las mejores que ha tenido su autor: el pasado es obstinado. No quiere ser alterado, y a medida que el cambio proyectado es mayor, mayor es la resistencia que opone. Es una formulación narrativa de algo que los historiadores conocen bien y que los aficionados a la historia contrafactual tienden a olvidar, a saber, que los acontecimientos no son hilos sueltos que se puedan cortar sin consecuencias, sino un tejido, y que tirar de un extremo tensa todo lo demás. La célebre mariposa de Bradbury aparece, claro está, pero cargada de una gravedad que el cuento original no pretendía.
Y sin embargo, con ser brillante el armazón, lo que sostiene la novela es lo que King siempre ha hecho mejor que nadie, es decir, la vida corriente. Esa América de los cincuenta y los primeros sesenta, esos primores de lo vulgar con su cerveza de raíz, sus coches enormes y sus bailes de instituto, está recreada con una minuciosidad cariñosa y sin una pizca de nostalgia fácil, porque el autor no olvida nunca los lugares donde la época era mezquina, racista o simplemente peligrosa. Hay también una historia de amor, trazada con una ternura que desarma, y un desenlace que pone en juego todo lo anterior y que, sin desvelar nada, convierte lo que parecía un ejercicio ingenioso en una meditación sobre el precio de las cosas.
Cierro estas notas con la convicción de que 22/11/63 es una obra mayor, comparable en ambición, aunque no en estilo, a lo mejor que ha dado la ucronía, y con el mismo aviso de siempre: si no la han leído, háganlo, y concédanle el tiempo que merece. Las más de mil páginas se consumen en un suspiro, que es, a fin de cuentas, el mejor elogio que cabe hacerle a un libro tan extenso sobre el tiempo.
