domingo, 17 de noviembre de 2019

Lecturas: El nacimiento de los Estados Unidos (1763-1816) (Isaac Asimov)

Correcto como todos los de su Historia Universal Asimov. Aquí asistimos a lo inevitable, a cómo la insensibilidad de Inglaterra llevó a la rebelión a sus colonias, cansadas de no tener voz. A lo largo del relato, que llega a cansar por   la acumulación de escaramuzas y batallas no decisivas por doquier, asistimos al ascenso de George Washington  a la vez que la del militar rebelde Benedict Arnold, que cansado de humillaciones por los suyos, dispuestos a todo con tal de no reconocer su brillantez y su valía, llegará a convertirse en desertor y, por tanto, en el gran traidor de la nación hasta nuestros días. La figura trágica de Alexander Hamilton, muerto en un duelo a pistola con el vicepresidente Aaron Burr, significa, como Arnold, la de otra América convertida en conjetura. Finalmente, la guerra contra Inglaterra de 1812, en la que el antiguo vencido está a punto de alcanzar la victoria llegando incluso a ocupar Washington D. C. e incendiar la Casa Blanca, deja a Estados Unidos libre pero dispuesto a pasar por nuevos problemas que le llevarán a la Guerra Civil medio siglo más tarde. Es muy útil esta apretada síntesis de Historia de Estados Unidos para comprender que la visión que teníamos de ese gran país no es exacta. Demasiadas tensiones entre los Estados estuvieron a punto de hacer imposible que se mantuvieran Unidos. La guerra de Secesión fue, al fin y al cabo, inevitable.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Lecturas: Viajeros en el Tercer Reich (Julia Boyd)

Al fin, un libro extraordinario. Ganador del premio de Historia del Los Angeles Times y libro del año de The Spectator. Desde antes de que Hitler llegara al poder, Julia Dodd nos guía a través de lo que turistas, diplomáticos, escritores, estudiantes, deportistas y profesores escribieron sobre sus experiencias de, brevemente, la República de Weimar y, por extenso, el Tercer Reich. Pura vida y pura en esas páginas tomadas de crónicas periodísticas, cartas particulares, diarios íntimos y hasta revistas escolares. Como en su conclusión afirma Boyd, los izquierdistas, una vez alcanzado el poder por Hitler, se negaron a visitar ese territorio adverso. Quizás el hecho más estremecedor que emerge de los relatos de los viajeros es que hubiera tanta gente decente que regresaba a sus hogares y alababa la Alemania de Hitler. Como atinadamente refiere Boyd,  Por si fuera poco, sin duda existen pocos Estados totalitarios que acojan a sus visitantes extranjeros con tanto entusiasmo y cordialidad como la Alemania nazi. Cuando  uno recorría el Rin en barco, bebía cerveza en un jardín iluminado por el sol o caminaba al lado de una feliz banda de niños cantores, resultaba muy fácil olvidar las historias de tortura, represión y rearme que circulaban. Hasta finales de la década de 1930 era posible para  un extranjero pasar semanas en Alemania y no tener el menor incidente desagradable. Sin embargo, hay una diferencia entre "no ver" y "no saber". Y, después de la Kristallnacht del 9 de noviembre de 1938, no había ninguna excusa posible para el viajero que afirmaba que "desconocía" el verdadero comportamiento de los nazis.


Entre los testigos de aquel tiempo y aquel país impresiona la británica familia Boyle, que recorriendo Alemania con la consabida pegatina de GB en el auto, teniendo como destino final su domicilio en Kenya, fue interrumpida, en Frankfurt por una mujer judía acompañada por su hija de quince años, tullida de un pie, a la que imploró que la llevaran consigo para salvar la vida. Así lo hicieron. Del destino de aquella muchacha, de nombre Greta, poco se supo aparte de una foto, años después, feliz en Nairobi con sus salvadores. 


Por lo general, las familias estadounidenses o británicas veían Alemania como un destino barato, un lugar pintoresco que recorrer, un destino para que sus hijos aprendieran alemán, un reclamo turístico de primer orden voceado por los folletos de Thomas Cook como una oportunidad para descubrir por uno mismo la "nueva Alemania" (aquí uno recuerda el Deutschland Erwache, "Alemania, despierta" de los estandartes nazis) de la que todos hablaban. Y así fue. Entre los muchos personajes que comparecen (es fantástica la documentación manejada por la autora) me quedo con el profesor afroamericano William Edward Burghardt Du Bois, que supo ver que, al cabo, nazis y comunistas venían a ser lo mismo (yo mismo, informalmente, los diferencio como fascistas de derechas y de izquierdas, de ahí que tanto asco me den tanto unos como otros, citando en un artículo la propiedad y el control de la industria; el control del dinero y de los bancos, los esfuerzos hacia la posesión de la tierra  y el control por parte del gobierno; la gestión del trabajo y los salarios, la construcción de infraestructuras y casas, los movimientos juveniles y el estado de un partido único durante las elecciones


Coincidió con esa opinión la estudiante, de 24 años, Barbara Runke, que a la sazón estudiaba piano y canto en Múnich: La política es lo que más me interesa, por supuesto, desde que descubrí que el mejor lugar para el comunismo está en los libros. Lentamente, pero sin duda, me he convertido en una acérrima enemiga del nacionalsocialismo, y lo sorprendente es que ha sucedido por las mismas razones que me apartaron del comunismo. Son asombrosamente iguales, por lo que me parece una estupidez increíble que la próxima guerra sea entre Alemania y Rusia, donde cada una protegerá ostensiblemente sus "religiones" respectivas.

En definitiva, a quien le fascinara el muy ficcionado En el jardín de las bestias: Un historia de amor y terror en el Berlín nazi de Erik Larson (el embajador Dodd y su hija Martha, con su fascinación y su posterior repulsión hacia el nacionalsocialismo también están aquí presentes), encontrará en el libro de Julia Boyd un tesoro de datos y perspectivas para juzgar aquella época atroz. Sobresaliente.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Lecturas: La torre de la soledad (Valerio Massimo Manfredi)

Una novelucha con pretensiones que regalaban con una revista de Historia. Entre hundirme en las páginas de lo último de Elvira Roca o en la novela de un amigo, liquidar por fin un tomito de Bioy Casares o un excelente ensayo sobre los nazis, me dije "sea, me leo esta chorradita para echar el rato". 

De Manfredi me leí en su momento su trilogía Alexandros que era correctita nada más. Lo que es una virtud a la vista de este dislate que irá mañana al contenedor azul. En la contracubierta, a modo de elogio, una cita del propio Manfredi: "Una de mis mejores novelas". Lo cual significa que el tipo da por hecho de que tiene más de una novela buena, y que ésta se incluye entre ese selecto grupo de presuntos buenos libros. Pero aquí, para mí, desde los varios miles de libros leídos en los últimos casi cincuenta años, éste es uno de los peores. Ridículo hasta decir basta. Empieza con la consabida escenita de romanos (de las que vive este escribidor presuntuoso), pasa a la Italia de Mussolini, sin apenas menciones a la época, introduce con cameos idiotas al mismísimo Guglielmo Marconi y por medio hay monstruos en el desierto, la Legión Extranjera francesa, un polvete en un oasis narrado de la forma más relamida y estilosa posible (y por tanto, ridícula) que no sabe uno si lanzar a la basura el libro o hacerse célibe de por vida. Con un villano de cartón piedra, amores bobos y un final atropellado, grandilocuente, y tan confuso como épico y tan ruidoso como gilipollas. Y con diálogos transcendentes como éste entre un padre y un hijo:

- ¿Crees que la batalla terminará con tu pena y mis añoranzas?
- No, pero será el momento cumbre de nuestras vicitudes terrenales. Cuando salgamos del hierro y el fuego lo que quede de nosotros será aquello más cercano a nuestra verdadera naturaleza. Si, por el contrario, llegamos a sucumbir, al menos cruzaremos al galope el fin de la noche.

En fin, por chorradas como ésta, ya sabemos qué le pasó a Alonso Quijano el Bueno. Hala, al contenedor azul. 


viernes, 30 de agosto de 2019

Lecturas: La mujer del pelo rojo (Orhan Pamuk)



Una razón más para amar a Pamuk. Y un excelente título para iniciarse en el gran y maravilloso autor turco.

Esta vez nos cuenta, en primera persona, la historia de un estudiante, Cem Bey, que trabajando para un pocero durante sus vacaciones en una ciudad cercana a Estambul hacia 1985 se enamora de una mujer mayor que él, la mujer del pelo rojo, actriz ambulante y casada y por nombre Gülcihan Hamm. En esa pasión obsesiva y apasionada, con una única noche de pasión, un momento de cobardía de Cem le llevará a  la huida con la duda de si es responsable de una muerte y el final abrupto del romance. Pasarán los años, y veremos a Cem enriquecerse y a veces preguntarse por aquella posible muerte y ese amor imposible. Hasta que las circunstancias le llevan, ya en su madurez y convertido en un empresario de éxito, a tener que afrontar ambas angustias.

Para entonces, Cem, casado y sin hijos, está obsesionado con el mito de Edipo y la historia trágica de un clásico de la literatura iraní, la de Rostam y Sohrab. El destino, la fatalidad y el deseo se conjugan a lo largo de toda la novela como en el mejor Pamuk de siempre. Hasta que en las últimas 30 páginas en un hábil giro nos desvela la verdadera autoría de todo lo que llevamos leído creyendo que oíamos a Cem Bey y cambia radicalmente todo el libro y su intención. Con la habilidad pasmosa de siempre. Una pequeña (y deslumbrante)joya.



lunes, 29 de julio de 2019

Lecturas: Eres hermosa (Chuck Palahniuk)

Mierda infecta.

Y tras estas dos palabras debería dejar de añadir más a esta reseña. Pero no son suficientes para explicar por qué este libro acabará dentro de un contenedor de reciclaje de papel y no dejado piadosamente sobre el mismo a la espera de que un viandante curioso le dé una segunda oportunidad. Esta vez Palahniuk, con los buenos momentos que me ha dado con una decena de títulos, fracasa clamorosamente. Él, tan amigo de la serie B y el sensacionalismo, desciende a la serie Z. No hay en esta fábula pudor ni capacidad para hacer verosímil el gran guiñol sexual de este mundo apocalíptico en el que los hombres dejan de ser útiles. Brocha gorda y estupidez por todos lados. Lo dicho. Mierda infecta. Una lástima.

domingo, 7 de julio de 2019

Lecturas: A Korean History for International Readers (The Association of Korean History Teachers)

Este libro comienza en el 500.000 a. C. y termina en 2008 (la edición es de 2010). Un lector dirá, con razón, que en el 500.000 a. C. Corea no existía y que es por tanto aventurar a tal fecha los orígenes del país, como sucedería en el caso de España. Pero en el 2333 a. C. ya se fundó un estado en la península coreana. Ese rey inicial y fundador, Dangun, es más un mito que una certeza. Pero no lo es la antigüedad de la historia de Corea, de la que este volumen, redactado en un elegante inglés y con sólo un par de erratas, da cumplida y aséptica cuenta. Desde el reino de Gojoseon fundado por Dangun hasta el alba del deshielo con el problemático hermano del norte, Corea ha pasado por momentos de esplendor como el periodo del reino unificado de Silla (668-935) que sucedió al periodo de los reinos de Goryeo, Baekje y Silla. Atrapada entre la expansión de China y la de Japón, Corea, con sus diversos nombres como  Gaya, Goryeo o Joseon, homónimo de la dinastía que rigió el país entre 1392 y 1910, o su fase terminal, y ridícula en su pretensión, de Gran Imperio de Han que llevó a que Japón se anexionara el país en 1910 y no lo liberara hasta la derrota nipona de 1945, la historia coreana ha sido la de un pueblo que buscó armonizar el confucionismo y el budismo a través de una entidad política unitaria. Y que luchó sin desmayo contra la ocupación japonesa en busca de una independencia que se recuperaría demasiado tarde, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial llevara a la partición de Corea en dos repúblicas, al norte y al sur del paralelo 38. 


Un hecho tan traumático como la Guerra de Corea de 1950-1953, cerrada en falso con un armisticio pero sin un acuerdo de paz, por lo que técnicamente siguen en guerra las dos naciones, se relata de forma brevísima pero acompañada de mapas que en cuatro escenas condensan el conflicto: el 25 de junio de 1950 el Norte invadió el Sur conquistando toda la península en pocas semanas excepto un reducto al sur del país, el conocido como perímetro de Busan. La intervención de Naciones Unidas cambió las tornas a partir de septiembre de 1950, cuando un desembarco aliado en Incheon, cerca de Seúl y por tanto al norte de Corea del Sur sirvió para, avanzando hacia ambos lados del paralelo, expulsar a los norcoreanos y dejarlos sin apenas territorio excepto tres delgadas franjas junto a la frontera china. En octubre de 1950, el ejército chino pasó al auxilio de sus camaradas, con la ayuda de la Unión Soviética, recuperando la iniciativa y volviendo a conquistar Seúl. Que será reconquistada por los aliados quedando la división entre los dos países en el mismo estado que antes de la agresión norteña. Y entonces llegó el armisticio de 1953. En Corea del Norte la dinastía Kim ejerció el despotismo. En el Sur, el presidente victorioso, Syngman Rhee, furibundo anticomunista, ejercerá una represión igual de insensata. En 1961, un golpe militar encabezado por el general Park Chung-hee ejercerá una férrea dictadura hasta su asesinato en 1979 (su hija, Park Geun-hye será presidenta entre 2013 hasta su renuncia en 2017 ante la movilización popular por corrupción; en la actualidad está en prisión). En 1987, un movimiento popular llevará al reestablecimiento de la democracia. Ésta es la historia de un pueblo noble y heroico como pocos. Y al que amo de manera muy intensa.

La Guerra de Corea, 1950-1953:
En rojo, los avances del Norte. En verde, los del Sur

domingo, 9 de junio de 2019

Matías Montañez Fernández in memoriam

El pasado 4 de junio falleció en Rincón de la Victoria, Málaga, mi padre, Matías Montañez. Para quienes lo conocieron y quienes no, estas palabras, escritas por mí y leídas en su funeral el 5 de junio, sirven como un retrato que es a la vez una elegía y un homenaje a Matías Montañez Fernández (1933-2019). 


Padre y amado nuestro que estás aquí delante y que seguirás por siempre, de manera sutil y misteriosa, presente en nuestros corazones y memoria. Matías Montañez Fernández, es a ti a quien nombro.

Tú fuiste el del centro de tres hermanos, de los que ahora sólo queda la pequeña. Entre Miguel, tan formal y exacto, y la princesa Antoñita, fuiste el que se escapaba de los colegios para vivir aventuras exóticas de tres horas entre cañaverales y mosquitos, como fuiste el niño extraviado en febrero del 37 cuando los italianos conquistaron Málaga y te encontraron con un casco bamboleante entre soldados para los que fuiste su mascota y su tierno trofeo. Fuiste ese niño al que propusieron llevarse a Argentina, con tu tía Encarna y la pequeña Isabel.

Esas posibilidades de otras vidas, recogido por un soldado italiano y llevado a la Italia de Mussolini, o adoptado en la Argentina de Perón por tu tío exiliado, te llevaron a ser un soñador, alguien que siempre se preguntó por otras vidas cuando fuiste un niño flaco en los tiempos del hambre, pasando de cuartel en cuartel con tu padre guardia civil y tu madre menudísima y requetesabia.

Aquel niño flaco se convirtió en un mozo canijo que habilidoso con las manos quiso ser artista modelando cabezas de romanos y cristianísimas vírgenes o pintando escasos pero minuciosos cuadros. Tal vez fuera esa habilidad o la labia que compensaba su flacura lo que le permitió ir acumulando romances hasta alcanzar las trece enamoradas. La duodécima se llamó Josefa Arroyo y fue mi madre y la de Antonio José y Sandra. La décimo tercera es Mercedes Manzano y es hoy y aquí su viuda.

En la vida y en el amor fue como en el arte, un denodado trabajador capaz de dedicar décadas a construir un reloj con hierros y piedras con un resultado, reconócelo papá, espectacularmente feo.

Siempre luchaste contra las ingratitudes y por tu familia, arrojando a la adversidad una sonrisa y guardando para la quietud del hogar que sólo allí brillara el astro oscuro de la melancolía. Todos tus amigos evocarán ahora tu simpatía arrolladora, tu alegría deslumbrante, tu humor atropellado e insensato. Pero junto a esa sonrisa seductora e indesmayable anidaba la punzada de la nostalgia, del amor truncado por un cáncer de Pepi, de las vidas que no fueron sino ensoñaciones.

Los tres hijos, los seis nietos, la resignada indulgencia de Mercedes, intentaron mitigar las secretas tristezas de este hombre bueno al que hoy despedimos. Mucho, padre nuestro, es lo que te queremos. Y mucho más lo que te vamos a seguir queriendo. Adiós maestro, adiós amigo, adiós padre. Buenas noches, dulce príncipe.