martes, 6 de diciembre de 2022

Lecturas: El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936) (Stanley G. Payne)

 Se pusieron de moda los títulos de libros de Historia encabezado por "Los mitos de..." y así como tenemos los de la Guerra Civil y del Franquismo, de Pío Moa, los de la Historia de España de García de Cortázar, del 18 de Julio de Ángel Viñas o los de la Historia Argentina de Felipe Pigna, este volumen del siempre solvente Payne sirve para, con frialdad y sin alaridos, demostrar que mucho de lo que desde ciertos medios de comunicación, desde la tribuna del parlamento, desde los propios centros educativos, se afirma sobre el estallido de la guerra civil no es sino una sucesión de mitos, de interesadas mentiras, destinadas a exculpar a la Segunda República (de la que escuché decir a un chisgarabís local que era "una democracia estupenda") y de cargar la culpa de ese fracaso a las derechas, los fascistas (cómo resuena ese término, hoy, ahora, pavorosamente, en bocas poco doctas). Payne expone el clima de anormalidad que adquirió la Segunda República desde el estallido de la Revolución de Asturias de 1934, urdida y preparada por el PSOE de Francisco Largo Caballero, ese botarate peligroso a quien don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ha homenajeado recientemente y ha expuesto como ejemplo de conducta política. A él. Al Lenin español. Téngase en cuenta que en esta España de todos, algunos castigan a quienes no respeten su visión unívoca de la historia, esa memoria histórica en la que sólo puede haber villanos de derechas y adalides, héroes, de izquierda. Que intentaron, ellos, acabar con la República en ese octubre de 1934. Una República que la derecha gobernó desde 1933 hasta febrero de 1936 gracias al voto y cuyo partido principal, la CEDA de Gil-Robles, nunca propugnó la violencia (como sí hizo y usó el PSOE).



La memoria es subjetiva, tornadiza, infiel. La Historia es objetiva, fija en el pasado, hechos que fueron. Payne desmiente mucha paparrucha. Para empezar, y para evaporar esa visión idealizada, rompe el primer tópico, el de la democracia: En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Esta joven República aprobó una ley electoral, prostituida en febrero de 1936 para dar la victoria en unas elecciones fraudulentas (así lo demostraron, y Payne lo asume, Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular) a los que fracasaron en su intento de recuperar el poder con las armas y contra propia legalidad, dando lugar a un régimen tramposo: Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder.

 


Esta falsa democracia, pues falsa es cuando no trata igual a todos sus ciudadanos, que sólo reprimía los hechos violentos cuando los sufrían sus afines, llevó la violencia a cifras raramente vistas: Así presentó [José Calvo Sotelo] el primero de una serie de informes sobre los actos de violencia y destrucción en España afirmando que entre el 15 de febrero y el 1 de abril, 74 personas habían sido asesinada por motivos políticos y 345 habían resultado heridas. Asimismo se habían incendiado 106 iglesias, de las que 56 habían quedado arrasadas. Puesto que el Gobierno no presentó estadísticas que refutaran estos datos, bastantes historiadores las consideran en esencia correctas, como de verdad parecen ser. A continuación, Calvo Sotelo citó algunos discursos de portavoces revolucionarios en los que declaraban que estos actos violentos eran el comienzo de la destrucción revolucionaria, lo que también era esencialmente correcto. 

Gil-Robles tomó la palabra entre los habituales gritos y tumultos, y afirmó que la CEDA ofrecería su apoyo parlamentario para llevar a cabo reformas sociales constructivas, si bien estas no parecían ser el objetivo principal de las izquierdas. Hizo una advertencia contra el intento del Gobierno de gobernar solo para una mitad del país:

“Una masa considerable de la opinión española que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro”,

Dirigiéndose a Azaña añadió:

“Yo creo que S.S. va a tener dentro de la República otro sino más triste, que es el de presidir la liquidación de la República democrática… Cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la injuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad”. 

Esta sesión fue la ocasión para que José Díaz, secretario general del Partido Comunista, declarase en un discurso que Gil-Robles “morirá con los zapatos puestos”. Era la típica amenaza de asesinato político de los portavoces revolucionarios, aunque a Martínez Barrio le pareció una afirmación excesiva para ser pronunciada en una sesión de las Cortes. Llamó al orden a Díaz y decretó que la declaración no figurase en las actas. 

Amenazas cumplidas: el cuerpo de Calvo Sotelo
tal como fue encontrado

Al día siguiente, el Parlamento volvió a reunirse en una atmósfera sobrecargada devino al cortejo fúnebre del guardia civil De los Reyes, que, en un momento dado, amenazó con pasar frente a las Cortes. Azaña empleó su retórica acostumbrada, atribuyendo toda la culpa de la violencia a la derecha y a su “profecías”. Con desprecio y sin asumir la menor responsabilidad personal, declaró: “Yo no me quiero lucir sirviendo de ángel custodio a nadie. Pierdan SS.SS. el miedo y no nos pidan que les tienda la mano. ¿No querían violencia, no les molestaban las instituciones de la República? Pues tengan violencia”. 

Ésta fue la democracia envilecida de 1936. Dice Payne: La República revolucionaria ya no era una típica democracia occidental. Palabras especialmente hipócritas en la boca de alguien como Azaña, famoso por su preocupación y su miedo en lo que a su seguridad personal se refería. De todos los discursos de Azaña, quizá este pudo haber sido el más imprudente. Decir que los cinco años de actividad de la CEDA dentro de la legalidad constitucional solo demostraban que “querían la violencia” era de lo más delirante e incendiario. El espectáculo de un presidente del Gobierno parlamentario invitando a la oposición a tomar parte en una guerra civil no tenía precedentes, aunque las amenazas por parte de los presidentes del Congreso y de otros portavoces de las izquierdas continuarían hasta el 18 de julio. 



Aquella sesión la cerró el catalanista Juan Ventosa aventurando a dónde habría de llevar el abuso permanente desde el gobierno del Frente Popular: 

Solo con asistir a este debate, solo con escuchar las manifestaciones de ayer y de hoy —insultos reiterados, incitaciones al atentado personal, invocaciones a aquella forma bárbara y primitiva de la justicia que se llama ley del talión, petición insólita y absurda del desarme de las derechas, y no de todos—, solo con presenciar y observar el espíritu de persecución y opresión que se manifiesta en algunos sectores de la Cámara, claramente se ve la génesis de todas las violencias que se están desarrollando en el país.



A partir del fraude de las elecciones del 16 de febrero de 1936 y de su consumación en la repetición electoral en las elecciones en las provincias de Granada y Cuenca, podría decirse que el proceso electoral en Cuenca y Granada fue menos libre que las elecciones que Hitler llevó a cabo en Alemania en marzo de 1933, una triste comparación para España. Con la supresión de las elecciones libres se ponía fin a la menor posibilidad de alternativa por la vía electoral, alentando y abriendo paso a otra clase de opciones. A partir de ese momento, la "República democrática" era poco más que un recuerdo, aunque tendría una vida muy larga como mero eslogan de propaganda.



Entre la constante incitación a la revolución del sector del PSOE de Largo Caballero y la moderación, un tanto acomodaticia según la coyuntura, de Indalecio Prieto, las divergencias llevaron a que Prieto el 15 de junio de 1936 viera clarividentemente que el verdadero fascismo era el de Largo: es injusto considerar a todos los derechistas como fascistas. El peligro fascista no existe, salvo que venga generado por la izquierda. Lo que había sido ya anunciado cinco días antes: El 10 de junio, el cristianodemócrata Ángel Ossorio se lamentó en un artículo publicado el 10 de junio en Ahora de que el comportamiento de las izquierdas se hubiera transformado en irracional y destructivo, sin solución posible a la vista: "El Frente Popular fue creado para combatir el fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular".




Si no fuera suficiente todo esto, o con la amenaza del caballerista Ángel Galarza a Calvo Sotelo el 1 de julio, doce días de que fuera asesinado por socialistas (Pensando en su señoría encuentro justificado, incluso, el atentado personal), terminemos de derribar el mito arcádico de la República. Con unos datos incómodos: el programa político de Emilio Mola, el Director del alzamiento del 18 de julio, proponían no la abolición de la forma republicana del estado: el memorándum finalizaba con la declaración: "EL DIRECTORIO se comprometerá durante su gestión a no cambiar el régimen republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras legalmente logradas" y "crear un ESTADO FUERTE Y DISCIPLINADO". Su único lema sería "¡Viva España!". La legislación previa a febrero de 1936 se respetaría, pero se suspendería la Constitución de 1931, que sería sustituida por un "Parlamento Constituyente" elegido por aquellos votantes que estuviesen en posesión de un nuevo "carnet electoral", del que quedarían excluidos los analfabetos y los delincuentes. Asimismo existirían ciertos vestigios de liberalismo, como la "separación de la Iglesia y el Estado, libertad de cultos y respeto a todas las religiones". Se pondría fin a la persecución religiosa y se establecerían comisiones regionales para solventar el problema agrario "sobre la base del fomento de la pequeña propiedad", aunque "permitiendo "la explotación colectiva donde ella fuera posible". No era un programa de extrema derecha".

Tras un mes de guerra, muchos de los presupuestos de Mola serían abandonados. En todo caso, este libro de Payne da para pensar en la realidad de aquel régimen, de aquellos meses de vértigo, en tantas mentiras y mitos que hoy se nos imponen. 



domingo, 27 de noviembre de 2022

Lecturas: La Guerra de Vietnam. Una tragedia épica, 1945-1975 (Max Hastings)

 Ya por la dedicatoria, a Rick Atkins, a quien Hastings afirma querer emular, es un buen auspicio. Porque Atkins es, para mí, el mejor historiador militar de nuestro tiempo, por encima de Beevor (que considera este libro una obra maestra)y del propio Hastings. Medirse a Atkinson es una osadía. Pero hay que reconocer que Hastings (Sir Max Hastings) casi lo consigue. Hubiera necesitado, por ejemplo, relatar la caída de Saigón con más nervio, más detalle, más desde dentro. Pero consigue dar una visión correcta de esa guerra estúpida a lo largo de 910 páginas.




Entre los aciertos está en remontarse a la dominación francesa de Indochina, con un vibrante relato del asedio/batalla de Bien-Dien-Phu, más eficaz que libros dedicados a aquel combate desesperante como el de Erwan Bergot, que  se perdía en detalles, en árboles, que no permitían ver el bosque en llamas. Sin la etapa francesa, que dio lugar a la creación de dos repúblicas de Vietnam, la del Norte y la del Sur, como antes había sucedido, tras la desocupación japonesa de Corea, también con un norte comunista y un sur capitalista, no se puede entender el drama posterior, cuando el norte infiltró su guerrilla, el Vietcong, en el sur y éste se acogió a la protección de Estados Unidos (Francia se desentendió una vez abandonada la antigua colonia) como un frente periférico de la Guerra Fría. Tres presidentes que no supieron prever las consecuencias de sus actos (el breve Kennedy, el obcecado Johnson y el tornadizo Nixon), se volcaron en salvar de la barbarie comunista, aplicando la barbarie militar para mantener en pie un régimen corrupto e inoperante. La desidia de Vietnam del Sur, confiada en que Estados Unidos le sacaría las castañas del fuego, y la violencia inusitada del Vietcong no sólo contra los funcionarios del sur sino contra la población civil en general, no importando sexo ni edad, apostando por la pedagogía del terror, convirtió Vietnam en un infierno. Al que tampoco era ajeno la flagrante crueldad de algunos militares estadounidenses como el teniente William Calley culpable de la matanza de 504 civiles en la aldea de My Lai. 

Un reportaje en Life (1965) ilustra el drama.
El capitán del  Yankee Papa 1 se dirige feliz
a un día más de servicio en Vietnam.


Hastings es historiador, no un propagandista. Por ello, para recordárselo a los lectores con prejuicios, debe ir insistiendo en que no hay que romantizar al Vietcong. Ni a los muchachos de Arizona o Michigan trasladados a la remota jungla para morir. Al fin y al cabo, la verdadera víctima no fue Vietnam del Norte, sino el del Sur, que fueron invadidos por sus vecinos para impedirles seguir su modo de vida que era el que añoraba a París y no a Washington. Vietnam del Norte no era, tampoco, otra cosa que un títere de la URSS y de China. Con épica, pero también con compasión, Max Hastings ha conseguido esta vez un libro tan asombroso como losa de la Trilogía de la Liberación de Atkinson.

lunes, 31 de octubre de 2022

Lecturas: La expedición (Stephen King)

 Concluye el libro de relatos Skeleton Crew con este cuarto volumen (o tercero, si se tiene en cuenta que le fueron añadidas las Dos historias para no dormir antes aparecidas como un volumen independiente). Esta vez con un resultado dispar: los cuatro nuevos relatos son irregulares. La expedición es de ciencia ficción, con un cierto aire retro pero que bien merecería ser llevado al cine por David Cronenberg (con mucha sangre salpicando la lente de la cámara). Un relato que es simplemente correcto pero que también admitiría una valoración inferior. Superviviente es aún más Cronenberg, con más sangre y dolor y vísceras y fluidos derramados para nada, y que bien hubiera podido firmar, sin quitar ni añadir una coma, Chuck Palahniuk. Horror físico, sin más. Abuela es un relato macabro, de los que admiten moscas y olores raros. Pero mejor que el primero del volumen, y también que el segundo. Tras ellos, La balada del proyectil flexible puede interpretarse como la versión King de los relatos pretendidamente cómicos de Edgar Allan Poe, tan serios, girando esta vez en torno a la escritura y la locura (una vez más, el escritor como personaje, con su condena a la soledad y la locura). Irregular, sin embargo, su voluntaria inverosimilitud juega a su favor. ¡Y eso es todo, amigos!




Lecturas: Dos historias para no dormir (Stephen King)

Se trata de un escueto volumen que se distribuyó como edición no venal en 2004, y que más tarde desaparecería del mercado para incluir su contendido dentro del volumen final del despiece de Skeleton Crew. De las dos historias aquí recogidas, una, La balsa, es una maravilla. La otra, Nona, es ambiciosa y rutinaria a la par. En La balsa nos enfrentamos a un horror inesperado y sin forma y sin por qué: lo que parece una mancha oscura que flota en un apacible lago y que por contacto absorbe toda carne que con ella entre en contacto, como la del grupo de muchachas y muchachos que nadan hasta una balsa de troncos que flota invitando al disfrute. Las horas avanzan, las muertes llegan, también el frío y la indecisa noche y la Parca entra en el juego. Inolvidable. 



Como hacer que Nona, cerrando el volumen, sepa a poco pese a su sabor lovecraftiano.

domingo, 30 de octubre de 2022

Lecturas: Historias fantásticas (Stephen King)

 Fast food King. Vale, Burger King. Lo que quiere decir justamente eso, alimento literario del que se pega al riñón y de lectura rápida. Son 11 relatos de toda laya y dos poemas. Entre los relatos tenemos imaginación infantil mezclada con realidad (el estupendo Hay tigres), estudiantes furiosos que recuerdan a la novela maldita Rabia (Apareció Caín), historias de la mafia (Zarabanda nupcial), el inquietante, próximo a la ciencia ficción, El ordenador de los dioses, la historia angustiosa pero algo previsible de El hombre que no quería estrechar manos, la historia de ci-fi un tanto pesada de La playa, el tributo a M. R. James que podría ser La imagen de la muerte, la monstruosa disfuncionalidad sangrienta del muy interesante El camión del tío Otto, las historias macabras porque-sí de las dos relatos del lechero, la historia, no exenta de poesía, de pequeña comunidad aislada de El brazo y los dos poemas, irregulares ambos, Para Owen (su hijo, algo de guía paternas, mucho de afecto y alguna gota inquietante) y Paranoia: un canto  en el que se proyecta la sombra ominosa de Randall Flagg, mega villano de King. 



Es un festín de literatura, con su poquito de colesterol, bueno o malo, pero una excelente muestra de un hombre orquesta capaz de manejar diversos registros con desparpajo y rotundidad. 


Lecturas: La niebla (Stephen King)

O lo que es lo mismo, el primero de los cuatro volúmenes en que se desgajó, para publicarla en España, la recopilación de relatos reunidas por King bajo el título de Skeleton Crew. Reconozco que me acerqué con prevención a este volumen al reconocer en el título una película que había visto (en Madrid, 1980, la primera que veía fuera de mi ciudad) y que recordaba como algo previsible, en pan piratas regresados de la tumba y emergiendo de la niebla para cepillarse a los entrañables vecinos de un pueblito costero. Pero aquella era de John Carpenter, descubro ahora, y tan buena como, ahora me pongo serio, Kung-fu contra los siete vampiros de oro. Pues lo dicho, que disculpen el exordio pero es que no, nanay, niet. El libro de King, y su magistralísimo primer relato, nada tiene que ver con aquello.



    Aquí, titulando con razón el volumen, y abarcando hasta la página 213 de las 311 de que consta el volumen, esta novela corta, o novela a secas, es un prodigio de gente normal (más o menos normal) atrapada en un supermercado mientras fuera, entre la niebla, se mueven criaturas que matan. Homo hominis lupus, eso mismo. Agobiante, magníficamente resuelta y planteada, sería también una excelente introducción a la Obra Completa de King en cuya reseña me encuentro comprometido. Las otras historias que la acompañan, no desmerecen en exceso: El mono, donde un simio de juguete que hace sonar siniestramente sus platillos no se deja eliminar y se va tomando la revancha de forma sangrienta, o la fantasía casi onírica de El atajo de la señora Todd que entronca con la saga de La Torre oscura en la que King ya se había embarcado.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Lecturas: Vengo de ese miedo (Miguel Ángel Oeste)

 Me considero amigo de Miguel Ángel Oeste. Una persona dinámica, nerviosa, generosa, inquieta, fiel en la amistad y en la pasión por la creación. Sí, he repetido una misma idea, amigo y amistad, morfemas en los que me reafirmo porque es ahora, justo ahora, cuando al fin lo conozco. Es más, como en aquel drama de Puccini, al fin conozco su nombre, el verdadero, el que incluye el apellido Martín. Ya él una vez lejana me confió que lo de Oeste era una lección porque evocaba horizonte, aire, libertad, cielo infinito. Ahora, tras atisbar en otras ficciones suyas (Bobby Logan, Arena) que su juventud se movió en ambientes donde no hubo horizonte ni aire y la libertad era un engaño, ahora, digo, se completa ese rompecabezas y entrega, con dedos doloridos y magullados, las últimas piezas para componer su retrato. Su verdad. Su dolor. Porque ésta es una novela donde no hay ficción, porque es una excavación en el miedo (la otra palabra más repetida es rabia, seguida tal vez de dolor), y a la vez una apuesta por una tambaleante, quebradiza, esperanza. Porque es el pasado de Miguel Ángel, de su imposible diálogo con los padres, atenazados por la pasión desbocada y los paraísos artificiales devenidos en infierno para lo que han quedado fuera del edén. Una historia de violencia absoluta. De gritos, mamporros, abusos, humillación. De desolación. Y es la historia de Miguel Ángel, hombre angélico por partida doble ya desde el nombre, que va luchando contra sí mismo mientras se confiesa, mientras se debate por contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La asquerosa verdad. La putísima y completa verdad. Y en ese vacilar si seguir y cómo, en esa elección de momentos, sensaciones y desdichas, teme por repetir el modelo paterno, él que es devoto padre de dos hijas que deben ser como ese padre, mi amigo: inocentes y bondadosas. Puras. Y en esa lucha consigo mismo, este ajuste de cuentas contra el pasado, Miguel Ángel, mi amigo, mi amigo, insisto, sale purificado. Al fin se ha atrevido a arrojar el rostro, que el espejo no hay por qué (en una cita de memoria que hago de Quevedo), a romper los espejos y los espejismos y tras la muerte del padre, de un padre demasiado terrenal, demasiado brutal, sin misericordia ni amor, al fin descubrirse en un mundo en el que, sucedió lo que sucedió, sus amigos seguiremos viéndolo igual, con su celeridad de corazón de pájaro y su mirada limpia. Es parta mí demasiado doloroso entrar en más detalles, imagínense cómo fue para él haberlo escrito, haberlo compartido. Tras esta confesión, Miguel Ángel ha quedado absuelto. Del todo y por todo. De los pecados que él no cometió. Y ahora se ha ganado, en justicia, el reino de los cielos, los campos infinitos del Oeste. Puede ir en paz.