Vale que a King se le ocurriera una frase, con la que comienza este libro y su larga saga, años antes. Aquella de El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él. Tampoco es que sea lo del coronel Aureliano Buendía, el paredón y el hielo. Ni lo de la heroica ciudad que dormía la siesta, nada de eso. Hay una mitificación de esta frase, este inicio, que no es especialmente brillante que hace incomprensible su prestigio. Dejemos claro esto de entrada: ese comienzo es una birria y mejor es dejar de dar la murga con él.
domingo, 30 de enero de 2022
Lecturas: El pistolero. La Torre Oscura I (Stephen King)
sábado, 29 de enero de 2022
Lecturas: Sabato. El escritor metafísico (Pablo Morosi y Sandra di Luca)
sábado, 15 de enero de 2022
Lecturas: El ciclo del hombre lobo (Stephen King)
No puede ser tan malo. Diría cualquier lector. Está excelentemente narrado. Diría cualquier lector. El caso es que nos encontramos con el que algunos tildan de peor libro de King. Yo diría que el más endeble, el más previsible. Con bonitas ilustraciones de Berni Wrightson, y dividido en doce someros capítulos que recorren los meses del año, asistimos a la aparición de un hombre lobo y sus cruentas merendolas, el desvelamiento de su identidad y su aniquilamiento a manos de un niño en silla de ruedas. Sólo la suspensión de la incredulidad, mantenida con magnanimidad página a página, puede salvar a este libro. O sus ilustraciones. Buscando razones para el fiasco, sólo encuentro dos: la de un intento de King de acercarse a un nuevo mercado, el de los jóvenes adultos (el infantil y juvenil de antes de la neolengua, vaya) o intento conseguidísimo de hacer literatura pulp, facilona, popular, sin honduras. Más en el espíritu de los añejos y adorables filmes de la Republic que de la Hammer. Eso sí, con el dominio narrativo de siempre pero puesto al servicio de una historia débil y manida.
martes, 28 de diciembre de 2021
Lecturas: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (Gregorio Morán)
Este
libro de Gregorio Morán, que escribe con sagacidad y mala uva, con prosa
afilada y no poca perspicacia, es un retrato del mundo cultural español (más
bien del literario, con algún filósofo, un cura musicólogo, no pocos
funcionarios y mucho advenedizo –notoria es la inquina que muestra hacia Umbral
y Cela, a los que nombra siempre de pasada para meramente despreciarlos-,
entreverados con funcionarios del régimen de entonces y el de la Transición)
usando como pretexto la figura del cura Jesús Aguirre, devenido después en
Duque de Alba. Es un retrato cruel de la intelectualidad española (los
mandarines) sobre la que va superponiendo, como río que se esconde y vuelve a
surgir, la figura de Aguirre. Todo contado desde el sustrato de la posguerra en
el Santander de posguerra en que se incuba, con sus complejos y su ambición,
Aguirre, pero sobre todo desde 1962, el año del contubernio de Múnich, la boda
del príncipe Juan Carlos, el estado de excepción, el fusilamiento de Julián
Grimau, la publicación de Tiempo de
silencio de Luis Martín Santos. No muy lejos quedarían los fastos, en 1964,
de los XXV Años de Paz con su exaltación de la benevolencia del régimen
franquista. Los que eran mandarines durante los años 60, seguirán siéndolo con
la democracia recién reinstaurada. Algo muy español.
Jesús
Aguirre, cuando se casa con la duquesa de Alba, es un sacerdote, abandonado del gremio, por desgana y aburrimiento,
homosexual convicto y confeso que no le hace ascos a nada, inteligente y sagaz,
culto, sin un duro. El personaje de Aguirre es sólo un pretexto para narrar
las décadas de los 60 y 70, con un Martín Santos de trato difícil, un García
Hortelano convertido en un chistoso y poco más, un Manuel Sacristán convertido
en portento de la inteligencia, un Aranguren que hace lo posible y se deja
llevar, un Max Aub doliente y conmovedor en sus dos regresos a un país devenido
extraño e ingrato, Laín Entralgo
inconsistente, mi amado Manuel Alcántara premiado. Y un Juan Luis Cebrián oportunista y
tornadizo. Con todo, más allá de que liándosela con papel de fumar Víctor
García de la Concha intentara prohibir
su publicación, lo que hizo que se leyera más de lo inesperado, es un ajuste de
cuentas con la clase de los letraheridos tan pagada de sí mismo. Como defecto,
se echa de menos que pase tan por encima, sin apenas tocarlas, por las décadas
de 1980 y 1990 (el relato se cierra en 1996 con la llegada al poder de Aznar,
por mucho que el cura/duque muriera en 2001). Ira, subjetividad, extrema
capacidad crítica en un libro implacable y necesario.
miércoles, 1 de diciembre de 2021
Lecturas: Siempre hemos vivido en el castillo (Shirley Jackson)
Una novela deslumbrante, una autora de la que leeré más con la ilusión de que siga sorprendiéndome. Emocionándome. Con ustedes la malograda Shirley Jackson (1916-1965) sin la que no hubiera sido posible Stephen King, que suele nombrarla en sus obras como ejemplo de la mejor literatura de terror. ¿Es, fue, Shirley Jackson un genio? Lo es. Al menos por esta su última novela.
Comienza
con un autorretrato de su narradora, Merricat, Mary Katherine Blackwood. Es uno
de esos comienzos de antología: Me llamo
Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance.
A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo,
porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que
contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me
gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la
oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.
Adelantemos
que Merricat no es una mujer lobo, ni hay elementos fantásticos. Al menos no
explícitamente. Ella, su hermana Constance, su tío Julian (en silla de ruedas,
afanado en escribir sus memorias, con una salud languideciente) y el gato Jonas
son los únicos miembros de su familia que seis años atrás sobrevivieron a un
envenenamiento. Encerrados en su mansión (el castillo al que se alude en el
título), de las que apenas salen las hermanas para hacer compras, entre el
cuchicheo de los vecinos, sin más trato con los demás que esporádicas visitas
de vecinas, viven en un oasis doméstico y autosuficiente. Hasta que un día el
caserón arde y las hermanas (y el gato) viven, cerradas a todo contacto y
ocultas, entre las ruinas de la casa. Y pasa el tiempo.
Esto
es lo que, a grandes líneas, sucede. Son 203 páginas llenas de encanto y
escritas con sinuosa simplicidad. Y que te deja pensando en el título, ese “siempre
hemos vivido en el castillo”. Haciendo que sea inquietante el siempre y
angustioso ese simple vivido. Nos hallamos ante una novela escrita en estado de
gracia, de la que dijo Neil Gaiman: Una
escritora asombrosa… Si no habéis leído “Siempre hemos vivido en el castillo” o
alguno de sus cuentos, os habéis perdido algo maravilloso. O Jonathan
Lethem, quien la llamó Una de las
escritoras norteamericanas nás luminosas y extrañas del siglo XX. O, concluyendo,
la gran Dorothy Parker, Shirley Jackson
no tiene rival.
domingo, 21 de noviembre de 2021
Lecturas: Civilizaciones (Laurent Binet)
Laurent Binet es tonto. Poco más hay que decir. Eso es todo, señoría.
Escribir un libro como éste es algo innecesario. Vacuo, pueril. Tonto una vez más. Yo, tan amigo de las ucronías cuando están bien hechas, terminé llevando el ejemplar, nuevecito, y de camino el de su correcta novela sobre el asesinato de Heydrich, HHhH (2014) a un árbol del centro de Málaga donde la gente deja sus libros que ya no quiere dejar en casa. En origen, esa roca Tarpeya de papel se originó con los sobrantes chamuscados de la librería Proteo y después ha seguido así. Al día siguiente, se habían llevado ambos. Espero que a revender.
Lo que jode de este libro es que teniendo como asunto qué hubiera sido de Europa si los aztecas hubieran descubierto Europa es una soberano estupidez. Primero describe, cómo no, puestos a quitar méritos, la llegada de vikingos a las costas de Terranova para ir bajando hasta llegar al cono sur. Y dejando un culto sincrético que mezcla a la Pachamama con Odín. ¿Quieren más dislates? Pues llega Colón y termina cautivo, fané y descangayado. Y son los incas confabulados con los taínos de Cuba, Higenamota y Atahualpa, tanto monta, monta tanto, los que apañan lo que queda de los barquichuelos de Colón y se presentan en Lisboa con sus plumas y quetzales, tiran para Toledo y Granada (o Sevilla, lástima que largué el tochín) para a lo tanto descalabrar a Carlos V y a partir de ahí, liberando a la península ibérica de la funesta Inquisición, que díganme si no es suerte y llegar a tiempo pillar un Auto de Fe en pleno esplendor, oh yeah, y después llegan los aztecas que sí se comen a los niños y son muy malos y todo es concordia y paz y juegos florales gracias al Imperio Inca de Occidente (bueno, Oriente para ellos). Una soberana memez que termina con unas aventuras de Cervantes que tras pasarlas putas, y con la ayuda del Greco convertido en un ninja católico, tal cual, e incluso tras pasarse una temporadita gorroneando en casa de Montaigne, se embarca para las Indias.
Todo en un nivel tonto, ya les dije. Y que incluso tampoco es original, pues la historia de base, el descubrimiento precolombino de Europa ya lo trató el argentino Federico Andahazi en su novela El conquistador (2006). No es que el libro atufe a Leyenda Negra, es que es una paparrucha. Una gilipollez con páginas. Huyan. Y si eso, búsquense el de Andahazi y me cuentan. Peor seguro que no es.




