martes, 20 de marzo de 2018

Lecturas: El día de la batalla. La guerra en Sicilia y en Italia, 1943-1944 (Rick Atkinson)

Otra obra de monumental documentación, dedicada a una campaña a la que no se le da bastante importancia, obviando el drama de Monte Cassino. Atkinson sigue su pauta habitual de seguir a las tropas de cerca, entre el desembarco en Sicilia en julio de 1943 (la lucha en el norte de África, objeto de la anterior entrega de esta trilogía, buscaba un punto de partida para invadir Europa) y la caída  de Roma en junio de 1944 (al día siguiente se produciría el desembarco de Normandía). Una vez más, hay pulso narrativo (a la manera del más conocido Antony Beevor) y apabullante información, acompañando Atkinson tanto a los generales (Mark Clark destaca esta vez, mostrándose tan fatuo y pagado de sí mismo como Montgomery, que también comparece abundantemente en estas páginas) como a los soldados, destacando la figura del teniente John J. Toffey, un buen jefe de tropa muerto en los últimos compases de la campaña y autor de hermosas y humanísimas cartas.  Lo que se pretendía, una vez salidos de Sicilia, un paseo militar merced a los desembarcos en Salerno y Anzio, se convirtió en un lento, cruento, doloroso avance merced a la resistencia de las tropas alemanas (las italianas habían claudicado no mucho después del desembarco siciliano). La sangre, el sudor y las lágrimas (medidas en toneladas) que auguraba Churchill a través de un incomodísimo ladrillo de 1218 páginas, de las que 324 son de notas. Al igual que su predecesor dentro de esta trilogía, nos encontramos ante una obra maestra de la Historia Militar. 



lunes, 19 de marzo de 2018

Lecturas: Dos caras de una misma Corea (Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky)



Los dos autores son argentinos, y colaboran en medios como Página 12 (un periódico moderno que en los años 80 fue dejándose su rápido prestigio para devenir en panfleto muy a menudo) y en Russia Today (¡lagarto, lagarto!). Pero esta vez han creado un libro bastante sensato. En él Wisenberg relata un viaje a Corea del Norte, que no difiere en demasía de lo que nos mostraría cualquier buen reportaje escrito o televisivo. Si acaso, no entra demasiado en la hambruna crónica, en los campos de prisioneros. Tal vez porque el viajero no puede elegir allí lo que desea ver, lo que quiere contar. Varsavsky, en cambio, viaja a Seúl para, con mucha más extensión que su compañero, describir el sistema educativo, el ocio, el conglomerado industrial, la presencia de la cultura digital, una estancia en un templo budista. Desde los micromundos que no bastan para describir dos países en toda su complejidad (Seúl no es toda Corea del Sur, del modo que Pyeonjang, no es toda Corea del Norte), presentan sus relatos divergentes para después, en un arriesgado análisis, comparar ambas realidades. 

Corea del Norte vive baja una tiranía es claro y la condena del régimen es fácil (pero tampoco contundente en su exposición). Corea del Sur es injusta por la continuada explotación laboral de sus ciudadanos. Justamente, esa extenuante forma de vivir, con una alta exigencia en los estudios y en el trabajo, parece ser más aborrecible para los autores. Reconozco mi amor por Corea del Sur basado en una serie de seis viajes de trabajo realizados en poco tiempo y visitando cuatro ciudades del país. Allí he compartido con coreanos el día a día. Es cierta esa exigencia, o autoexigencia, de ser eficaces en el trabajo. Pero no supone una desdicha como parecen querer sugerir los autores. No se tiene la sensación (en Seúl, en Incheon, en Suwon, en Daegu) de esclavitud capitalista. Y sí del confucionismo que se nombra por encima y muchísimo del Jeong, un deber moral e íntimo de ayudar a los demás, no diferente de la Tzedaká hebrea, que caracteriza al nobilísimo pueblo coreano. En todo caso, la esclavitud estaría más allá del Paralelo 38. Pero ello se trata de pasada. Desde luego, ¡qué malo es el capital!


miércoles, 21 de febrero de 2018

Lecturas: Historia de Aquí (Forges)


Es una de esas lecturas que uno emprende como para quitarse una espina de décadas y darse  un capricho juvenil. Tenía yo 14 años cuando salió a los quioscos la Historia de aquí de Forges. Entonces compré el primer fascículo (tiempos de “con el primer fascículo, el segundo gratis”, y “con el tercer número, las tapas del primer volumen de regalo”). Y pocos años más tarde, lo mismo hice con la Historia Forgesporánea. Sin avanzar más allá. Ahora, cuando han pasado 38 años, encuentro en el escaparate de una librería de segunda mano los tres tomos de la Historia de aquí. Y en el interior, los tres de la Forgesporánea. Un feliz hallazgo. Cumplí una deuda histórica comprando los seis volúmenes. 840 páginas de humor forgiano, a simple vista. Pero es mucho más: a razón de tres viñetas por página, se va siguiendo la historia nacional a través de los dibujos y los a veces interminables bocadillos de Forges, acompañados de textos en los que se ve la mano de un grupo de historiadores sólo nombrados en los créditos iniciales que, he aquí el mérito, desgranan la compleja historia nacional. Las fatigosas conjuras entre los visigodos, las sucesiones problemáticas de los reyes cristianos durante la Reconquista, las costumbres de lols pueblos pre-romanos, todo ello está aquí como puede estarlo en un manual académico. Con una redacción en la que se adoptan los clichés forgianos para quitarle hierro a la herrumbrosa historia. Mientras tanto, en sus viñetas, Forges adorna a los portugueses de florido y ditirámbico verbo y los adorna de inverosímiles tocados con plumas, tilda a los franceses de afeminados y frívolos, va colando donde puede los apellidos Poyales o Bustillo, haciendo figurar a Reus, en lo que debe ser una broma privada, en los mapas, venga o no a cuento, y muestra una justificada piedad hacia los sefardíes y los moriscos expulsados y resiste caer en los tópicos de la Leyenda Negra aunque señale los abusos de encomenderos y conquistadores. Bajo la sonrisa que sirve de anzuelo, mucha y algo árida información. Una obra, convertida en cultura popular, que gana con los años.







martes, 9 de enero de 2018

Lecturas: Me llamo Rojo (Orhan Pamuk)



Sigo empecinado en leerme todo Pamuk y comentar mi experiencia de lector (en este blog, bajo el título de Lecturas sólo se encontrará eso, mi experiencia como lector, más que sesudas críticas para las que, lo reconozco, no estoy dotado ni de capacidad ni de paciencia). Esta vez he cometido el error de interrumpir la lectura durante meses para acometer los dos capítulos finales cuando lo importante ha sido ya olvidado. Diré que sí recuerdo el placer de la lectura, como quien observa una inagotable y sorprendente miniatura otomana (de eso trata el libro) durante horas y horas, sin cansancio y con intacta sorpresa. Esta vez, comenzando por la voz de un muerto, un miniaturista en el Estambul  otomano del siglo XVII, seguimos la narración a través de diversos narradores que se expresan en primera persona y que van dando lugar, como una portentosa carrera de relevos literaria, a otras voces. Si la primera, la del Maestro Donoso, es la de un difunto, otras pueden ser la de una moneda, un árbol o la de un perro pintado. Todos van haciendo la narración hasta averiguar quién mató al primer narrador y a otro de los personajes.



Éstos son miembros de un grupo de miniaturistas al servicio del sultán, que se debaten entre la amenaza que supone seguir con su oficio (se comprende desde el comienzo que la profesión es la causa probable del asesinato primero y más aún del segundo) y el sentido de la práctica artística, cuando las maneras occidentales de representación parecen más adecuadas que las tradicionales del mundo islámico. Cuatro artistas (llamados Negro, Aceituna, Mariposa y Cigüeña) trabajan en secreto en un libro que debe incluir el retrato del sultán y que las convicciones religiosas llevan a que se mantenga el sigilo. Es en el Estambul fascinante y cruel de la plenitud otomana que ya conocimos en otra buena novela de Pamuk, El castillo blanco, ya comentada.




            La sucesión de voces, algo que ya vimos en La casa del silencio, alcanza aquí un virtuosismo extraordinario, creando un efecto polifónico fascinante. Una novela para dejarse arrullar. Y para no dejarla sin terminar tan torpemente como yo hice. En definitiva, un magnífico Pamuk más que recomendable.


domingo, 7 de enero de 2018

Lecturas: Stalin y los verdugos (Donald Rayfield)

Nada nuevo para quien ya conozca las desdichas de aquel tiempo, los crímenes en nombre del pueblo. Pero aquí está todo aquello, sistematizado, explicado, como quien pone los ataúdes, los millones de féretros, perfectamente alineados. Veremos sucederse los arquitectos del miedo, los dueños de la muerte, unop a uno, y así, con el asesino inverosímil y sonriente que siempre fue Stalin, asistiremos a la sucesión de Dherzinsky, Menzhinsky, Yagoda, Yezhov y Beria. Sangre y más sangre, horror y más horror, hambre y explotación. La famélica legión convertida en legión de asesinos, en vivero de carne para pulverizar. Para quienes aborrecemos del comunismo, aquí hay razones para huir de esa alucinación infantil que, confieso, también me aquejó en la mocedad. 


Ahora, con  la distancia, parece que no fue tanto. Al fin y al cabo, tan lejos Rusia (o tan lejos la martirizada China de Mao), al fin y al cabo para demonio ya tenemos a Hitler, que además fue derrotado. Leamos (nos referimos a la política estalinista de comienzos de los años 30, su intento de colectivización forzosa del campo): El holocausto de los campesinos soviéticos sólo encuentra parangón con el asesinato de los judíos por orden de Hitler. Pero para los supervivientes de la campaña de Stalin no hubo ningún Israel ni ningún otro lugar al que huir. Nadie protestó ante lo que estaba ocurriendo. Los campesinos supervivientes, por lo demás, permanecieron esclavizados durante dos generaciones [...] El raquitismo, el escorbuto y la disentería mataron a muchos niños; muchas zonas perdieron a más de la mitad de la población infantil menor de un año.



618 páginas bien fundamentadas, en las que se consignan aquellos hechos que algunos dan como si no hubieran sucedido. La famosa superioridad moral de la izquierda (de cierta izquierda en la que cree gente que estuvo muy cerca de mí). El horror, el horror. Y la ignorancia.


viernes, 5 de enero de 2018

Lecturas: La corte del zar rojo (Simon Sebag Montefiore)

Del autor británico ya quedó aquí reseñado su mamotreto sobre la dinastía Románov, que comparte con este vistazo sobre la vida cotidiana de Stalin un similar grosor  (son ahora 854 páginas) y una misma virtud y defecto: entrar en lo muy menudo, gracias a un apabullante dominio de la documentación, pero dejando fuera el contexto histórico y político de cada instante. Pero como ese defecto es la virtud de tantas biografías de Stalin (recuerdo la de Walter Laqueur o la indigesta de Jean-Jacques Marie), sea bienvenida esta visión del tirano soviético observado casi con microscopio. 


Aquí Montefiore recurre a entrevistas con quienes lo conocieron y con sus descendientes, a memorias muchas veces inéditas e incluso a papelitos con comentarios maléolos o insustanciales que los jerarcas se cruzaban, al modo escolar, durante fatigosas reuniones. Aquí está Stalin con sus caprichos, sus miedos (inolvidables las escenas que le muestran abatido, asustadísimo, abatido, en los primeros días tras la invasión nazi de junio de 1941), su humor socarrón y a veces negro, su amor posesivo por su hija Svetlana, el desapego por sus hijos varones (uno redimido por su muerte heroica tras haber sido apresado por los nazis y convertido el otro en un borracho altanero), la indiferencia ante el dolor ajeno (los millones muertos en las hambrunas de Ucrania, las víctimas del Gran Terror, los asesinados por la innoble cheka). Todo ello se narra aquí al detalle, desde la perspectiva del monstruo, sin que el historiador se dedique a juzgarlo. Y junto a Stalin, con su impasibilidad asesina, sus horarios disparatados y sus cenas copiosas y largas regadas con inagotable alcohol, los imprescindibles secundarios, el burócrata Molotov ("culo de hierro" como apodo por su capacidad de trabajo de oficina), el fatuo Voroshilov (que compartió con el líder el grado máximo de culto a la personalidad), el irresistible Kirov (su asesinato dará paso al Gran Terror: hay quien atribuye su muerte al propio Stalin, pero Montefiore, con razón, no le da mayor credibilidad a esas teorías, Nikita Kruschev intentando sobrevivir al drama con (son sus palabras) los brazos llenos de sangre hasta los codos, el infame Beria y muchos otros.


Todo ello narrado desde el suicidio de la segunda esposa de Stalin, Nadia Alliluyeva, en 1932 hasta la muerte del tirano en 1953. Sin condenas morales (otra virtud de Montefiore), con detalles. Transcribo, como ejemplo del libro, sus últimas líneas, que sirven para valorarlo. Es el momento en que Valechka, la concubina de Stalin desde su viudedad, se despide del cadáver en la dacha en que el Vozhd (título que equivale al nuestro, igualmente terrible, de Caudillo) murió. Después de los criados empezaron a apagar las luces y ponerlo todo en orden,

Entonces la compañera más cercana de Stalin, consuelo de la cruel soledad de aquel monstruo sin parangón, Valechka, que por aquel entonces tenía treinta y ocho años y llevaba trabajando para el Vozhd desde los veinte, se abrió paso entre las llorosas criadas, "se hincó pesadamente de rodillas" y abalanzándose sobre el cadáver de Stalin, dio rienda suelta a su dolor del modo más desinhibido, como hace la ente sencilla. Aquella mujer, alegre pero absolutamente discreta, que tantas cosas había visto, siguió convencida hasta el fin de sus días de que "nunca pisó la tierra un hombremejor". Apoyando la cabeza directamente sobre el pecho del difunto, Valechka, con las lágrimas corriendo por las mejillas de "su rostro redondo", "lloró, gimiendo con toda la fuerza de su voz, como hacen las mujeres de las aldeas. Estuvo así durante un largo tiempo, sin que nadie se atreviera a impedírselo¨.


jueves, 4 de enero de 2018

Lecturas: Malos de la historia de España (Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada)

Conocí hace unos meses a Juan Carlos Losada. Un tipo afable, claro, sensato. Amenísimo. Su libro es también así. Firmado también por Gabriel Cardona, que falleció en accidente cuando el libro eran una serie de apuntes y charlas constantes entre los dos amigos, la redacción es completamente de Losada. Con un estilo que aquí es más el de, digamos, Juan Eslava Galán que el habitual en otros escritos de los dos autores. 

Se trata de una curiosa historia de España desde su reverso. Lo que el subtítulo anuncia: Traidores, fanáticos, asesinos y cobardes de todos los tiempos. Es decir, desde los asesinos de Viriato hasta doña Carmen Polo de Franco (la gélida crueldad, según el título de su capítulo). Entre ambos, desfilan don Rodrigo y el conde Julián, Ramiro II el Monje, Bellido Dolfos, Pedro el Cruel, Roger de Flor, el arzobispo Carrillo de Acuña, Tomás de Torquemada, Rodrigo Borgia, Lope de Aguirre, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Isabel de Farnesio, Fernando VIi, el Conde de España, el cura Santa Cruz, los generales Mola, Yagüe y Queipo de Llano, los asesinos republicanos o comunistas Agapito García Atadell, Dionisio Eroles, Aurelio Fernández, Mabnel Escorza y José Serra.

Con estos mimbres, este lado oscuro, lo que asombra y, finalmente, se reconoce, es el prodigio de que la nación española se haya mantenido pese a tantos enemigos internos, y que se mantenga, empecinadamente, viva y pujante gracias a los buenos de la historia de España que son, en primer lugar, el paciente pueblo español. Es un libro instructivo y amenísimo en el que quedan fuera un puñado de españoles que merecen por atroces razones estar dentro. Yo no mencionaré a ninguno, pero haberlos haylos.