domingo, 31 de diciembre de 2017

Lecturas: Breve historia de la Revolución Rusa (Íñigo Bolinaga)

La colección de la que forma parte no promete mucho. Son montones de títulos, todos divulgativos, de precios bajos y como destinados (uno a esta edad ya no es inmune a los prejuicios) a que los millennials sepan un poquito de algunas cosas. Pero he aquí que el libro de Bolinaga cumple satisfactoriamente su misión, y sirve justamente para eso, para contar con brevedad la Revolución Rusa. Y lo hace sin caer en la adulación de Lenin ni en la de Trotsky (aunque la visión de Trotsky sea más positiva). Ni tampoco en la demonización. Se relata lo que sucedió. Que es de lo que se trata. Y si de ello se deduce que Lenin era un maniobrero decidido a las peores maniobras con tal de hacerse con el poder, es porque así fue. Casi lo mismo que Kerensky, que pasó al olvido cuando fue la gran esperanza de una Rusia que pudo convertirse en una democracia avanzada en el periodo que medió entre la renuncia del zar y el golpe de estado bolchevique. El panorama que presenta Bolinaga, agitado y muchas veces terrible,incide en aspectos importantes y pocas veces recordados, como los intentos frustrados de reconducir o revertir la revolución desde la derecha (el caso del quimérico intento de golpe de estado de Kornilov) o la izquierda (la insurrección de los marinos de Kronstadt), así como los avances políticos y sociales tanto durante los últimos años de la monarquía de Nicolás II como de los meses en que Kerensky intentó dominar ese dragón ansioso de sangre y de dolor. En resumidas cuentas, una excelente visión general de aquel año , con una prolongación breve hasta la muerte de Lenin y el encumbramiento de Stalin. Pero ésa es otra historia. Más dolorosa y oscura si cabe.



domingo, 24 de diciembre de 2017

Lecturas: Origen (Dan Brown)

Cuando yo colaboraba en Sur, me encargaron hacer la crítica de una de las primeras novelas de Brown aquí publicadas. Era Fortaleza digital, y me pareció un entretenimiento eficaz y ligero que se dejaba leer con facilidad. Literatura mala, eso sí. Pero dejándose leer. Que tampoco está mal, en estos tiempos.  En esos tiempos. Me leí entonces, y en un pispás, otro puñado de novelas suyas. Ahora miro en la wiki y encuentro que con la que ahora repaso son siete las novelas de Brown que he leído. Nada menos. Pero es nochebuena hoy y tampoco quiero emplear demasiadas palabras para reseñar la que es la peor de todas. Mi ejemplar, para poner un ejemplo, lo dejé hace unos días sobre una papelera en la calle. Demasiado volumen (cúbico) para un volumen (de papel) tan malo. Vamos al loro y al aviso: la cosa pasa en España, ahora, donde hay un rey enfermo con un único hijo, Julián, prometido con una plebeya que es directora del Museo Guggenheim de Bilbao. En esa España ficticia, la democracia es más bien un sucedáneo, la gente progresista lleva pegatinas con cruces papales en señal de admiración con el Papa progresista. Y (qué pereza) en ese contexto hay un científico multimedia y perspicaz que ha dado con la respuesta de las dos preguntas de siempre: de dónde venimos y adónde vamos. La novela incluye las dos respuestas, que tampoco son para tanto y que cualquiera, en una aburrida charla de café, puede contestar. 

No seguiré destripando el libro, por más que entren ganas y a cuchillo. La acción es poca y tonta. Y la charleta del científico que tantas páginas ocupa es tediosa y fatua. Además, incluye en la trama a los sectarios del Palmar de Troya y nombra hasta a los carlistas como sospechosos de las fechorías que se relatan con desgana. Todo ello, con torpeza. A un español consciente de su país, ese retrato de su país le tiene que enfurecer aunque sea sólo un poquito. La cortedad de la trama, la torpeza para mantenerla, produce no sonrojo ni estupor, sino cansancio. Lo lees y desde pronto sabes que estás perdiendo el tiempo. Estupidez sobre estupidez, y todo ello con un tonito de sabelotodo ufano por parte del tipo de las preguntitas (Edmond Kirsch es su nombre) que, la verdad, ni siquiera voy a terminar esta frase. Una novela estúpida sin nada que te dé ganas de leer más de Brown. Que es un mal autor pero que te ofrecía (hasta ahora) pasatiempos. Y esta vez el tiempo se hace laaaaaaaargo.

Sea como sea, Feliz Navidad. 

PD: no iba a poner ninguna ilustración, pero encontré una y...


lunes, 13 de noviembre de 2017

Lecturas: La vida negociable (Luis Landero)

De Luis Landero me dejaron un gratísimo recuerdo sus novelas Juegos de la edad tardía y Caballeros de fortuna. La vida negociable no merecerá esa perduración. No porque sea una mala novela, que no lo es, sino porque el lector, este lector, que comienza encandilado por la lectura, termina llevándose la impresión de que es una obra menor, algo que más parece una novelita ligera y breve (que tampoco lo es). Aquí tenemos un narrador, como pasa en sus otras obras mayores, que es un soñador. Alguien que sabe que la vida real es una encubierta calamidad, tan irrisoria, tan fea, tan trivial, y a la vez tan dramática, tan misteriosa y llena de belleza. Y tal vez ahí, en esta cita, se acaba y condensa todo el libro. Porque las andanzas del protagonista, Hugo, que comparte y se guarda secretos, es sólo un pretexto para volver a dar voz a alguien que tiene sueños (vivir en la soledad compartida de una naturaleza salvaje y tal vez lejana) y que vive en la medianía cotidiana. Nada más. Que no es, de ningún modo, poco.





Habrá por medio robos, algo de violencia inesperada, disciplina e intentos de redención, la búsqueda de un destino y el anhelo de salir de la mediocridad dorada. Amores torpes y resignados, deseo exacerbado y chatísima realidad, peluquería y chatarrería.  Y el desvelamiento, algo innecesario, del destino de otros y al final. No he dicho que sea una obra malograda, ni mala. Sólo que es menor que sus grandes (inmensas) novelas. Porque. como dice Hugo, a lo mejor la vida, o al menos la mía, consiste sólo en eso, ir de camino a lo que salga

jueves, 5 de octubre de 2017

Tan ufana y tan soberbia


Ya lo dice el himno oficial de Cataluña, Els segadors, cuando afirma que Cataluña triunfante volverá a ser rica y plena conminando a retroceder a esa gente tan ufana y tan soberbia. Lleno de amenazas más o menos veladas, de golpes de hoces que pueden segar cadenas, y que seguirán afilando para defender la tierra, siempre me ha llamado la atención justamente eso, los ufanos y soberbios. Según la Real Academia Española, ufano es, en su primera acepción, alguien arrogante, presuntuoso, engreído. Y soberbio, quien  tiene soberbia o se deja llevar de ella, entendiendo soberbia, en su primera acepción, como altivez y apetito de ser preferido a otros. Y, en su acepción segunda, satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Y en la tercera, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa, especialmente de un edificio. Y en la cuarta, cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.

    

Vivimos tiempos de fronda, en que un trozo de España quiere unilateralmente y situándose fuera de la ley, separarse del resto de la nación. Quizás con cansina insistencia he menudeado en este blog en razones por las que no comparto la causa secesionista. No insistiré, por tanto, en razones históricas ni políticas. Iré a algo menos abstruso. Y que me hará merecedor de que me llamen ufano o soberbio los que esto lean y sean ignaros (que no son del todo ignorantes, sino que no tiene noticia de las cosas). Pero de lo que hablo ahora es del factor humano. O no.


De cómo los que eran notoriamente independentistas (sea desde el nacionalismo o desde la izquierda que ve en el hecho mismo de la existencia de España una herencia de Franco, cosas de las pocas lecturas y el flaco discernimiento), o meramente tibios se han ido decantando por  la cosa de las esteladas, la indignación por el uso de la fuerza y el consumo a granel de las imágenes que llegan y son tragadas de forma acrítica, inflamados por la ética y la ética de las heridas fingidas, los dedos partidos pero absolutamente ilesos y otras zarandajas por el estilo. Entiendo que la monotonía de madrugón-trabajo-familia-gato/perro-tele es poco motivadora, y que los gritos de in-de-pen-den-cia o fora-fora-fora o el hispanísimo fils-de-puta, son más estipulantes que decir “buenos días, ¿me pone un poleo menta?” o un “buenos días, amor”, y que agitar la bandera con la estrella es más emocionante que aporrear este teclado, y que tragarse la propaganda de TV3 (la llevo viendo cada día un rato desde el 5 de septiembre y es ridícula y triste en su entusiasmo. Nota: mi conocimiento del hermoso idioma catalán es más que aceptable), a los que antes han sido criados en la inmersión lingüística en catalán y el falseamiento de la Historia (queridos ignaros: no existió nunca una corona catalano-aragonesa; en 1714 no desapareció la independencia de la nación catalana porque no fue nunca independiente porque nunca existió la nación catalana; pero prometí no meterme en jardines históricos), decía, a los inoculados por el venenillo del hola nou país, el volem votar, de pronto la vida parece que les ofrece un sentido, un objetivo final, una justificación, una coartada.

 

Y, claro, quien venga a aguarles la fiesta, quien diga España, quien diga Constitución, quien diga Ley, pasa a ser un fascista, un redomado hijo de puta, un esquirol.Quien señale la presencia en la Diada del terrorista Otegi, miembro de una banda que dejó muertos en Hipercor de Barcelona, en la Casa Cuartel de Vic, mimado por los separatistas, entrevistado entre sonrisas y manoseos en TV3. Quien recuerde el latrocinio del 3 %. Quien se niegue a vituperar este país antiguo y manifiestamente mejorable, merece el escrache. El puteo. El linchamiento que empieza siendo verbal y después acaba como se sabe. Quien quiera reforma, quien quiera evolución, en vez de ruptura o revolución, es un enemigo del pueblo. Un imperialista burgués. Un botifler. Todo eso. Quien quiera, puede empezar. Mis espaldas son anchas. I amb un somriure os borraré de mis contactos si formáis parte de ellos. Porque no discutiré con los que están preparando el hacha, la hoz, para con un bon cop de falç cercenar la patria común en indivisible de todos los españoles (Preámbulo de la Constitución Española de 1978). Tengo algunas más lecturas y algo más de edad (es decir de experiencia, es decir de aprendizaje, es decir, de saber) que muchos de estos jóvenes del pásalo y del Visca la Terra... Lliure. No entraré en disputas con los de la estrella ni con los de Podemos. Para qué. No os voy a convencer ni vosotros me convenceréis. Pero no voy a ser parte de la Cataluña ni la España del silencio. Hay un golpe de estado contra la soberanía depositada en todos los españoles, contra la unidad indisoluble de la nación. Y no voy a callarme. Ni antes, ni ahora. Ni después.











Y en este empeño de L’Estaca y Els segadors, buscan liberarse (i ens podrem alliberar, termina La Estaca, es decir, y nos podremos liberar) de lo que llaman, ellos, los separatistas, los de la CUP, los de Podemos, “el régimen del 78”. Como si dijeran “el régimen de Franco”. Y se quedan tan panchos, tan enardecidos, tan queriendo repetir lo de 1934 o lo de 1936 o lo de 1714, tan gallitos, maldiciendo al que diga España, Constitución, Ley. Justicia. Así nos va, con los delirios de quienes sienten satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Con cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas. Tan ufanos y soberbios. Porque els defensors de la terra realmente echan tierra sobre Cataluña, sepultándola en la ignorancia, en la xenofobia. Más de uno que lea esto dirá de mí que no soy catalán, que soy un andaluz, y que según el patriarca Jordi Pujol i Soley, por mucho que intenten ocultarlo, somos lo que somos: El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad. 


                Pero, señores ufanos y soberbios, estáis consiguiendo no sólo poner en peligro la convivencia, forjada entre los siglos, entre los españoles (aunque sea los españoles entendidos como los tacaños catalanes, los vagos andaluces, los bestias vascos, los chulos madrileños y así), sino la convivencia entre las personas, en el día a día. Soy catalán consorte. Y tengo comunistas en mi familia. De los que se creen aquello del derecho a decidir y la plurinacionalidad y todas esas vainas. Tengo familia en Cataluña, algunos pocos sintiéndose españoles y otros afincados en los prejuicios y las consignas, de los que con igual tranquilidad te dicen que España les roba y que todos los curas son pedófilos. De todo tengo en mi entorno. Entre amigos y entre la familia. Y con estos arrebatos de consumo inmediato, de consigna y azuzamiento, lo que se consigue es solamente eso: la discordia, el enajenamiento. Y más adelante, la violencia. Hace quince o veinte años, Cataluña era el ejemplo, el objeto de envidia. Aquello era Europa, más que España. Y hoy, ahora, antes de que el próximo lunes se consume la fantochada y la tragedia, es el solar de los que se callan por mera supervivencia, la patria de los iracundos, de los falsarios. Yo, por mi parte, seguiré amando esa región, queriendo a mi familia y amigos de allí (y tolerando que algunos hayan caído en las mentiras preciosas del independentismo, con la esperanza de que la madurez y un poquito de instrucción les hagan ver más allá de los lemas) y deseando que el régimen del 78 sobreviva y se mejore. Y que los envenenadores de las masas, los que se preparan a demoler esta áspera y querida nación, España, sean castigados. Con Leyes. Con Constitución.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

Si tú me dices sí (comparaciones odiosas)

...pero es lo que hay, plebiscitos y referendos, en dictaduras y en nombre de la democracia. En la España de Franco en 1947 y 1966, en el Chile de Pinochet, en la Turquía de Erdogan, en la Cataluña inconstitucional y totalitaria de 2017. Ah, y en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.












































domingo, 10 de septiembre de 2017

Indepre

En el día no sé cuántos (puede que el segundo o el tercero, según se cuente) de la revuelta catalana (uso ese término por no recurrir al más apropiado, golpe de estado, por no herir la delicadísima, casi evanescente, sensibilidad de ciertos lectores, algunos incluso en mi propia familia, que militan en el comunismo o en el infantilista separatismo, cuando no en ambos a la vez), me quito los guantes de seda, la mordaza de la comodidad, y opino sobre lo que está pasando en un trozo de españa. Escribo también para que algunos de mis amigos en México, Perú, Argentina y Chile, lectores de este blog, tengan algunas claves para entender esta locura. 

¿Qué pasa en Cataluña? Simplemente, que un grupo de políticos, aduciendo agravios con el resto de España, y añadiendo derechos históricos, quieren separarse del resto del país. ¿Existen derechos históricos? Absoluta y rotundamente, no. Ninguno. Cataluña nunca fue un país. A lo más, fue un puñado de condados y finalmente un principado dentro del reino de Aragón. En 1714, dentro de una guerra civil que afectó a casi toda España (la guerra de Sucesión), la región catalana apoyó al pretendiente, de la casa de Austria, que perdió en aquel conflicto. El vencedor, con el que arranca la dinastía de los Borbón en España, Felipe V, suprimió beneficios fiscales y judiciales que venían desde la Edad Media. Ese momento exacto es el que los independentistas señalan como el del comienzo  de la opresión española, como aquel en que Cataluña dejó de ser independiente. Una falsedad absoluta. Antes de esa guerra reinaba en toda España (y su imperio) Carlos II, y antes Felipe IV, y antes Felipe III, y antes Felipe II, y antes Carlos I, y antes Fernando V de Aragón convertido en rey de España merced a su matrimonio con Isabel I de Castilla. Es decir, los Reyes Católicos con los que arranca la andadura de España como nación unificada. Una historia en la que antes de ese matrimonio nunca existió un reino de Cataluña. Así de simple. Dentro de la historia de España hubo un momento, en 1641, en que Cataluña se desgajó del resto del país durante once años, en el siglo XVII, para unirse a Francia. El aplastante centralismo francés ayudó para que volvieran a unirse al reino de España. En 1931, un político catalán, Francesc Macià, proclamó la independencia de la región a la vez que se proclamaba la II República en todo el país. Aquella declaración retórica quedó en nada, pero sirvió para que en 1932 se aprobara la institución de la Generalidad (en catalán, Generalitat) de Cataluña, un gobierno autónomo regido por un Estatuto de Autonomía acorde con la Constitución Española (en ese momento la republicana de 1931). En 1934 se produjo la ruptura más grave. Que tiene su origen un año antes, en 1933, cuando unas elecciones generales dieron la presidencia del gobierno de la República a una coalición de partidos de la derecha. Cuando en octubre de 1934 se incorporaron al gobierno dos ministros de la CEDA (el partido mayoritario dentro de esa coalición pero a la vez el más derechista de ellos), se produjo una insurrección de la izquierda en diversos puntos del país. Principalmente en Asturias y en Barcelona. En Asturias se aplastó esa insurrección a sangre y fuego. Con abusos por ambos bandos. 

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó la independencia de la República de Catalunya dentro del marco de la República Federal Española. El gobierno republicano proclamó el estado de guerra. Hubo combates en las calles con un centenart de muertes. Al cabo de once horas, Companys se rindió y fue encarcelado junto a todo su gobierno. En febrero de 1936, al ganar un frente de izquierdas las elecciones generales, Companys y los demás deternidos por la insurrección de 1934, fue liberado. En julio de 1934, al estallar la guerra civil, Companys se puso en manos de milicias irregulares anarquistas y comunistas. En 1940, entregado a Franco por los nazis en la Francia ocupada, fue fusilado. He contado con cierto detalle las andanzas de Companys porque es un modelo indudable para el presidente Carles Puigdemont, arropado por el partido Esquerra [Esquerra es Izquierda en Catalán] Republicana de Catalunya y los antisistema de la Candidatura de Unidad Popular (CUP). 

Noviembre de 1934: 
manifestación (falangista)
contra la intentona de Companys

Tras la guerra civil, la Generalidad es suprimida para ser reinstaurada con la llegada de la democracia y la Constitución Española de 1978. Durante el franquismo, el uso del catalán fue prohibido radicalmente para ser recuperado paulatinamente. El 3 de junio de 1944 el diario La Vanguardia [titulado entonces La Vanguardia Española por motivos políticos] anuncia la representación de tres obras en catalán en el Palacio de la Música: La nena donada al blau, El ram de primavera y La FilosetaYa en 1953 se empiezan a otorgar los premios Mercé Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán (lo ganó entonces Jordi Sarsanedas por Mites), y en 1956 el Premi Lletra d'Or (lo ganó Salvador Espriu por Final del laberint). El 27 de octubre de 1964, TVE, Televisión Española,  fundada 8 años antes, emite su primer programa, Teatre en Catalá. Son datos incómodos para quienes, profundizando en el agravio, insisten en la total persecución franquista del idioma catalán (aquí, más datos).

Así las cosas (disculpadme si me he sido demasiado extenso o en exceso conciso en el apartado histórico), nos encontramos con que mañana es 11 de Septiermbre, Diada Nacional de Catalunya, la fecha en que, en 1714, Barcelona se rindió a los borbónicos. Es decir, el inicio de esa presunta opresión, ocupación, española. Se esperan disturbios, con un gobierno de la Generalitat que ha visto cómo las dos leyes que aprobó hace unos días han sido anuladas por ilegales. La primera de ellas es la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Los motivos de su prohibición es que según la Constitución Española de 1978 (aprobada en Cataluña por un porcentaje de electores superior al de la media nacional), la potestad de convocar referendos corresponde al gobierno de la nación, no al de una región, además que según la constitución, la soberanía reside en el pueblo español, por lo que sólo una parte no puede decidir por el resto y sin el resto. Además, la nación española es indivisible. Título preliminar de la Constitución: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Por si faltara algo, el derecho a la autodeterminación, según Naciones Unidas y al que se acoge el gobierno catalán, pertenece a las regiones que han sido colonias o cuya población se encuentre sometida y perseguida por un estado. La otra ley, también anulada, proclama que Cataluña es una república independiente. Con una división de poderes insuficiente y que la sitúa en el ámbito de los regímenes totalitarios. Y expropiando todo lo que pertenece al Estado. Puro expolio.

En resumidas cuentas: nos encontramos ante un golpe de estado organizado por el gobierno catalán y sus cómplices contra la mitad de Cataluña y apoyándose en el apoyo de la otra mitad, adoctrinada durante décadas. Ante este desafío, sólo cabe la aplicación firme de la ley. 

Soy español. Pero reconozco las asperezas de mi patria. Somos individualistas, arrogantes, a veces crueles (especialmente con los animales), poco cultivados (la mayoría), impulsivos, poco reflexivos. El gobierno de España no ha estado brillante. Entre los agravios que señalan los indepes, está que Cataluña recibe en inversiones menos de lo que aporta a las cuentas de la nación. Lo mismo le pasa a Madrid (y Madrid no opta por la independencia). O lo mismo que le pasa a Málaga, mi ciudad, en el ámbito regional. Hay algo que se llama solidaridad. Que el que tenga más ayude al que menos tiene. Eso sucede en todos los países, en todas las regiones. 



El 4 de agosto de 2017, un mes antes de que en parlamento catalán se dieran los primeros pasos delictivos, un lector de El Periódico de Catalunya (www.elperiodico.com), Enrique Llaudet publicó una carta, titulada Los otros catalanes que es un vibrante llamamiento a la unidad y a no dejarse arrastrar por los terribles cantos de las sirenas indepes. En este momento delicado, muchos se emocionan jugando a la revolución. Hay mucho postureo para jugar a libertadores de una tierra que es libre desde hace décadas. Desde hace siglos. Remito al lector a pinchar el enlace del texto completo de Llaudet, emocionante y atinado pero que, ay, de nada servirá: Vamos a demostrar a quienes lideran el 'procés' que en el mundo somos catalanes y españoles. Vamos a demostrarles que no nos hemos creído la vil mentira de que "Espanya ens roba" cuando los únicos que nos han estado robando son ellos: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro orgullo y nuestra dignidad, intentando vanamente hacernos sentir inferiores y de segunda. Vamos a decirle a ellos y al mundo que ya basta de muestras de odio, intransigencias y amenazas de sanciones para quien no colabora o piensa como ellos. Vamos a frenar esta aventura que solo nos ha traído y traerá más pobreza económica e intelectual y más crisis a pesar de que nos prometen el paraíso. (Aquí, el texto que a todo nos debería unir)

En fin, que esta tormenta que pone en peligro la supervivencia misma de España (detrás, con la caña de pescar a orillas de este río turbulento hay ciertos grupos de extrema-izquierda esperando sacar provecho), exige no caer en las mentiras aireadas por los separatistas. Hay que mantener la esperanza en que todo se resuelva y los indepentistas, los indepes, se conviertan en indepres ante el naufragio y la derrota de sus golpe de estado. Mi esposa es catalana. Catalanes son algunos de mis amigos y casi toda mi familia política. Me afecta todo esto (en este blog, hay otras diez entradas dedicadas a cuestiones catalanas) porque además afecta a mi país. Que no es Andalucía (sería una necedad sentirme andaluz y no español). Es España. Patria común e individible de todos los españoles.

martes, 29 de agosto de 2017

Lecturas: El trasfondo humano de la guerra. Con el ejército soviético de Stalingrado a Berlín (Michael Jones)

Un buen libro con un título engañoso y malo. El original en inglés es Total war. From Stalingrad to Berlin. Es decir, Guerra total. Que es lo que hubo y es lo que hay en estas páginas. No suspiritos y cartitas. Que también las hay dentro pero no va de eso este libro. Con una sólida documentación, este volumen hubiera necesitado más páginas, muchas más de las 333 de esta edición de Crítica, para dar cabida a lo que era su objetivo: contar la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista soviético desde Stalingrado hasta la conquista de Berlín y desde el punto de vista subjetivo de los soldados. El enfoque es el adecuado, y Jones narra con pericia y poniendo las cosas claras desde un comienzo. Ya en el prefacio lo advierte: La respuesta de algunas tropas soviéticas al llegar a territorio alemán -donde cometieron toda una serie de atrocidades contra la población civil- fue igualmente vergonzosa. En este libro, los combatientes rusos hablan sinceramente de las violaciones, los asesinatos y los saqueos cometidos por los de su propio bando. Aquellas acciones ensuciaron el heroísmo del Ejército Rojo. 




En el apresurado repaso a los hechos, que son narrados sólo para dar lugar a los testimonios, se señala la responsabilidad de Ilyá Ehrenburg sobre la conducta de sus lectores, y no se esconde la dejación de responsabilidades de los mandos soviéticos que permitieron tanto asesinato innecesario, tanta violación, hasta que tardíamente le pusieron coto. Como tampoco se obvian las atrocidades nazis. Por medio, asistimos a la nostalgia del poeta Pavel Antokolsky, padre de un caído de 18 años y autor de un celebrado poema sobre esa pérdida, titulado escueta y elocuentemente Hijo (el poema, aquí en español), y revelaciones terribles. Tal vez la peor de ellas sea la que cierra el libro y que da voz al soldado que en la famosa foto ondea la bandera soviética sobre el Reichstag y cuya identidad, Alexei Kovalev, se ocultó durante décadas para otorgarle a otro ese momento eterno de gloria. Explorador en el Ejército Rojo, este veterano de mil combates, se sincera con Michael Jones (es pertinente la larga cita en la que reproduzco el final del libro):


"Como explorador con labores de reconocimiento, siempre iba por delante de nuestro ejército y tenía que reunir datos para la inteligencia. Usaba a la gente local; los abordaba y les preguntaba por el paradero de los alemanes. Eran rusos, gente buena, y querían ayudarme. Me decían todo lo que sabían". Kovalev se esforzó por continuar. Le resultaba difícil decir esto, sobre todo a un occidental. Pero Kovalev me miró a los ojos y siguió: 

"Imagine esto. Cojo a una joven rusa, que está lavando la ropa en el río, a un niño que juega en un pueblo, o a un anciano sentado a la puerta de su casa. Les pregunto. Ellos me ayudan en todo lo que pueden. Y entonces, la "norma férrea de nuestro ejército": tengo que matar a mis fuentes, sin excepción. No puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran que nuestras tropas están en las inmediaciones. No puedo poner en peligro a todo nuestro ejército por la vida de una sola persona".

Kovalev hizo un gesto repentino con la mano. Tenía lágrimas en los ojos. "Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné para poder derrotar a los alemanes. Este es el precio que pagué. Tengo que vivir con esto cada día, durante toda mi vida".

Una victoria extraordinaria, sustentada en un sufrimiento inimaginable. Y una bandera roja ondea sobre el Reichstag.