martes, 30 de mayo de 2017

Lecturas: ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (Will Gompertz)

Nos encontramos ante un excelente ejemplo de divulgación, un repaso a la Historia del Arte desde el pre-impresionismo (en el que sitúa discutiblemente a Géricault, Courbet y Manet) hasta las últimas tendencias. Gompertz sabe, y además sabe comunicar. Con lo que el libro cumple su objetivo aunque algunas pegas se le puedan poner: excepto en el caso de Cindy Sherman, elude por completo la fotografía, elude por completo el cine y la videocreación (aunque sí glosa una película de Fischli/Weiss), y aventura dar un nombre que englobe el arte de los últimos veinticinco años que es, cuando menos, cuestionable: empresarialismo. Da una importancia desmesurada al grupo de los Young British Artists, dando en el libro casi tanto espacio (casi) a Damien Hirst como a Picasso. Y su repaso al surrealismo es demasiado sucinto y deja de lado la primacía del instinto sobre la razón en este movimiento. Omite a Balthus, a Chagall, a Basquiat, el expresionismo europeo queda reducido al mínimo, la Nueva Objetividad no existe. Lo mejor, con todo, es que su exposición de los diversos ismos es razonada y razonable, y nos ayuda a comprender mejor obras que ya conocíamos y nos descubre otras que ignorábamos. Con todo, este libro me hace descubrir que sintonizo especialmente, si nos guiamos por las palabras de Gompertz, con la posmodernidad más que con mi amado surrealismo y me reafirma en la indiferencia que me produce el minimalismo. Tal vez una edición en la que se reprodujeran, en color, todas las obras comentadas serviría para hacer de este libro la gran fiesta que podría llegar a ser.



domingo, 28 de mayo de 2017

Lecturas: Desertores (Charles Glass)

En la Segunda Guerra Mundial, 100.000 estadounidenses y 50.000 británicos abandonaron filas, rehuyendo el combate. Cuarenta y nueve fueron condenados a muerte, y sólo uno, antes de que callaran las armas, vio cumplida esa sentencia de paredón y después. El porcentaje de deserciones, a lo largo de aquella insoportable guerra, raramente subió más de un uno por ciento. Ni traidores ni cobardes, aquellos hombres simplemente perdieron no el coraje, no la fe sino la fuerza. Hay en este libro ejemplar datos curiosos: "Aunque había más de tres millones de soldados estadounidenses en Europa, no había más de 325.000 combatiendo en un momento dado. La infantería, apenas el 14 por ciento del total de la presencia militar estadounidense en Europa, sufría el 70 por ciento de las bajas". Esto pone de relieve la sobrecarga que ese 10 por ciento llevaba sobre sus espaldas, el agotamiento de combate, la fatiga desalentadora, que llevará a muchos a la deserción. El soldado estadounidense se encontraba inmerso en una guerra en la que no se sustituían los grupos de combatientes tras una batalla o una campaña, para darles un descanso breve, como sucedía en la Primera Guerra Mundial, sino que era sustituido por soldados bisoños a medida que caían prisioneros, eran heridos o morían en combate. Ese panorama desalentador es el que llevó a algunos a plantar cara a su propio país, a sus compañeros de armas, a un destino terrible.

  



Charles Glass, con un excelente pulso narrativo, centra su atención en tres de aquellos soldados: los estadounidense Stephen Weiss y Alfred Whitehead y el británico John Vernon Bain, que sería conocido como poeta con el nombre de Vernon Scannell. De ellos, Steve Weiss fue un soldado ejemplar cuya figura merecería un libro sólo para él o una película de esas de balas trazadoras y sangre salpicando brusca a cámara lenta. El puro cansancio, cuando los sinsabores eran más que insoportables, le llevarán a desertar y a ser castigado por ello. Un soldado que, no obstante, obtuvo en aquella guerra la Estrella de Bronce, tres estrellas de batalla, la Medalla de la Victoria, la distinción por el desembarco en el sur de Francia (menos conocido que el de Normandía), la Insignia al Combate de Infantería y la Medalla de Buena Conducta, además de obtener de Francia el título de oficial de la Legión de Honor, dos Cruces de Guerra, la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Combatiente, el diploma de ciudadano de honor del departamento de los Vosgos. Y la ciudadanía francesa. Un hombre así no podía ser cobarde, ni tampoco lo fue. 








La gran aportación del libro es descubrir cómo los desertores no fueron ni unos cobardes, ni unos pacifistas heroicos. Fueron, en su mayor parte, buenos soldados que sucumbieron a la fatiga de combate y que optaron por abandonar aquella abominación de la vida en el frente, viendo morir a los compañeros o, en el caso de Bain, asqueado al ver cómo los propios soldados ingleses desvalijaban el cadáver de sus compañeros de armas. En el caso de Weiss, fue puramente el cansancio, cuando ya quedaban meses al conflicto. En el de Witehead, horrores como el que él mismo cuenta: A veces matábamos por accidente a familias enteras al despejar un edificio: no había tiempo para preguntar quién estaba en el subterráneo cuando lanzabas las granadas. Fue una experiencia terrible. A veces, también, aparecía un niño o una niña pequeña con uno o los dos brazos amputados por el combate, chillando histéricos y muertos de miedo. Whitehead, al desertar, optó por el hampa formada por otros desertores que en el París liberado se dedicó al mercado negro. Entregado a la policía militar, se le condenó a cinco años de trabajos forzados, omitiendo sus delitos y considerando sus méritos como combatiente. Weiss, el esforzadísimo y noble soldado Weiss, fue condenado a trabajos forzados de por vida; Bain, que tomaría el seudónimo por el que se haría famoso como poeta para ocultar la gran mancha de su pasado, fue recluido en un sanatorio mental e indultado más tarde por razones médicas.


Lecturas: Los verdugos y las víctimas (Laurence Rees)

El subtítulo completa que nos encontramos ante Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y la ilustración de la portada sobrecoge, con un verdugo que es Heinrich Himmler apoyando su brazo en el hombro de un niño presumiblemente pobre y víctima, muy dickensiano, mientras en gris otro nazi comparece entre ambos y observa sonriendo. Porque este mundo de víctimas y verdugos es el que verdadera y elocuentemente puebla este libro imprescindible. 


Dividido en siete partes (tituladas Genocidios; Resistencia; Combatir y matar al "inferior" y al "subhumano"; Prisioneros; Soldados de la fe; Servidores del régimen; y Suicidios colectivos), el libro, en forma de capítulos breves, un total de 35 en un volumen de 295 páginas, recoge resúmenes de las entrevistas que Rees realizó a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, que en unos casos fueron víctimas de las atrocidades de los dos bandos, pero que en otras fueron ejecutores. Nos encontramos con judíos, miembros de la resistencia, civiles diversos, soldados, aviadores. Todos cuentan con serenidad su experiencia. Que fue siempre dolorosa. Pero que en el caso de los verdugos no va acompañada de muestras de arrepentimiento. Hay una actitud común. Tanto entre nazis, soldados nazis, aviadores norteamericanos, chequistas soviéticos. No me arrepiento, cumplía órdenes, hice lo correcto, no podía hacer otra cosa. Todo eso.  Y las víctimas cuentan el sufrimiento, el ansia por vivir, la culpa por haber sobrevivido mientras otros sucumbieron. Todo eso. Todo eso que olvidamos y que algunos hijos de puta niegan. Y no me refiero sólo a los negacionistas de aquí y allá, sino de los que prefieren ignorar que barbarie hubo en cada rincón de los países convertidos en teatro de operaciones. Cada lector encontrará un villano especialmente odioso (en el momento de escribirse el libro, todos viejitos respetables), una víctima de la que compadecerse, un héroe desconocido quie de pronto recibe un nombre. Depende de la sensibilidad de cada lector. En definitiva, un libro escalofriante que debería ser leído en cada escuela.

sábado, 13 de mayo de 2017

Lecturas: 1Q84 (Haruki Murakami)

Un libro con el que te apasionas mientras lo lees (aquella cosa tantas veces dicha del placer) pero que después te deja un recuerdo un tanto vago. Tal vez sea cosa de mi memoria, que ya es la que era. En todo caso, es un libro brillante, en el que se van alternando los capítulos que recogen las andanzas de los dos protagonistas, el profesor de matemáticas y corrector literario Tengo y la instructora de gimnasio y asesina por encargo Aomame. Dos personajes que comienzan la historia cada uno por su lado y que irán previsiblemente confluyendo en sus tramas pero sin coincidir físicamente. En el tercer libro (y segundo volumen) de la novela aparece un tercer personaje, Ushikawa, un calamitoso pero concienzudo detective, que también entra en el reparto, ahora a tres, de los capítulos. 


Si bien al comienzo se van introduciendo elementos que dan sensación de irrealidad que va percibiendo Aomame (que por tanto no vive en 1984 sino en 1Q84), esa sensación de irrealidad se borrará pronto, desmintiendo toda afinidad con la pesadilla totalitaria de 1984 de George Orwell. En Murakami la irrealidad se limita a un cambio en el armamento de la policía japonesa y a los planes soviético-estadounidenses de construir una base lunar conjunta, a los que más adelante se unirá la presencia, en el firmamento, de dos lunas. Esa sensación de irrealidad se verá sustituida por una secta político-religiosa y la gravitación enorme de un raro libro titulado La crisálida de aire y cuya confluencia, la de la secta y el grupo, convertirá la novela en un hábil thriller con dos lunas. Pero sin nada más que podamos adscribir al género fantástico. Porque realmente ésta es una novela de amor.




O intenta serlo, porque los dos protagonistas principales se perseguirán con finalidad exclusivamente amorosa, a través de los tres libros, los dos volúmenes, de la novela. Tras un momento fugaz en la infanciaen que se tomaron de la mano,  se buscarán a través de Tokio y de los años. Por medio habrá muertes espantosas (tres, todas violentas pero una de ellas indolora), una historia de amor paterno-filial, sin que la palabra amor sea nítida, y algunas subtramas que apuntalan la historia pero que habrán de difuminarse. Porque en verdad no importa que La crisálida de aire no nos interese, de poco nos importará la naturaleza ni el alcance de la actividad de la secta. Ni por qué hay dos lunas. Nos importará la imagen de Tengo en la fría noche subido en un columpio mirando la luna y suspirando por Aomame. Nos importará la determinación de Aomame de, a toda costa, reencontrarse con Tengo. Que el final de la novela sea tontorrón tampoco importará. Lo que queda, mientras las lunas se apagan en nuestra memoria, es la grata experiencia lectora. Nada más. Pero tampoco nada menos.


El Irworobongdo coreano (con sol y luna a la vez)
que nada tiene que ver con Murakami
pero que me gusta 

jueves, 30 de marzo de 2017

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (12): Holocausto y Música I





Los judíos, obligados por las leyes nazis primero a aislarse del resto de la sociedad y más tarde a recluirse en guetos, mantuvieron una intensa actividad musical. Cuando su destino fue los campos de concentración o de exterminio, llevaron con ellos su música y su voluntad de, entre la desolación, seguir creando. No es de extrañar que el gran poema testimonial del Holocausto (aunque en todo momento usaré el nombre hebreo, Shoah, que significa catástrofe), Canto del pueblo judío asesinado, de Itsjok Katzenelson, víctima también él del exterminio, lleve justamente por título Canto. Sonaba música en las calles cenicientas de los guetos, sonaba música entre el humo de los campos de la muerte. Veremos, y oiremos, aquí algunos ejemplos, algunos casos. 



De Katzenelson, muerto en Auschwitz, Primo Levi, superviviente de un campo subsidiario precisamente del de Auschwitz, escribió: "Ante el cantar de Itsjok Katzenelson al lector no le queda otra alternativa que detenerse turbado, respetuoso. No hay una obra comparable a ésta en toda la historia de la literatura: es la voz del morituro, entre los cientos de miles que van a morir, atrozmente consciente de su destino singular y del destino de su pueblo." De su conmovedor libro, que es más un grito y una plegaria que un poema, citaremos su inicio angustiado, aterrador, de su Canto (tomo el texto de su edición argentina, Katzenelson, Itsjok: El canto del pueblo judío asesinado, versión en español de Eliahu Toker, Ed. Arte y Papel, Buenos Aires, 1993. Existe una curiosa y reciente edición española que ofrece una triple versión del texto: en el original en yiddish, en español y en ladino):



EL CANTO DEL PUEBLO JUDÍO ASESINADO
(Fragmento)

¡Canta!
¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
Y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
Pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
Acerca de los últimos judíos en tierra europea.

-¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
Habiendo quedado completamente solo.
Sin mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita… Escucho un llanto a lo lejos…

“¡Canta, Canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida.
Búscala! Busca el canto allí arriba, si aún está,
Y cántalo… canta el último canto acerca del último judío;
Vivió, murió, quedo insepulto y ya no existe más…”


-¿Cómo cantar? ¿Cómo erguir la cabeza siquiera?
Se llevaron a mi mujer, a mi Ben Zion y a mi pequeño Iome, un niñito
¡Ya no están conmigo y su imagen no me deja!
¡Oh, oscuras sombras de mis más luminosos! ¡Sombras frías, ciegas!


“Canta, canta todavía por última vez aquí en la tierra;
Echa atrás la cabeza, pon los ojos en blanco,
Toma tu violín y canta por última vez:
¡Ya no hay mas judíos! Hasta el último han sido asesinados.

-¿Cómo cantar? ¿Cómo alzar los vidriosos ojos siquiera?
Llevo una lágrima petrificada en la pupila…
Quiere caer, quiere arrancarse el ojo
Pero no puede… ¡Dios, Dios mío!

Canta, canta… levanta hacia las alturas tu mirada ciega
Como si existiese un Dios allí, en los cielos…
Como si aún pudiésemos esperar de allí alguna dicha.
¡Siéntate sobre las ruinas de tu pueblo asesinado y canta!


¿Cómo cantar si el mundo es para mí un desierto?
¿Cómo hacer música con las manos crispadas?
¿Dónde están mis muertos? Los busco, Dios, entre los desperdicios,
En los montículos de ceniza: ¡Oh, díganme donde están vuestros cuerpos!

¡Griten de entre el polvo, desde bajos las piedras,
Desde las arenas, desde las llamaradas, desde las columnas de humo;
En vuestra savia y sangre, la médula de vuestro hueso!
¡Alcen la voz, griten con fuerza!

¡Griten desde las entrañas de las fieras del bosque, desde los peces del río
Que los devoraron! Griten desde los hornos crematorios, hombres, mujeres y niños!
¡Yo quiero un escándalo, yo quiero un clamor dolorido, quiero escuchar vuestra voz!
¡Grita, pueblo judío asesinado! ¡Deja que estalle tu grito!

Y no grites al cielo; te escucha tanto como la tierra, este basural;
Y no clames al sol; es como hablarle a un muro… ¡Ah, si yo pudiese
Apagar el sol como se apaga una lámpara, en esta desolada cueva de asesinos!
¡Tú brillabas más! ¡Tú eras más luminoso que el sol, pueblo mío!

¡Oh, pueblo mío, muéstrate, revélate ante mí, levanta tus manos
Desde las profundas fosas, apretadas, espesas, de kilómetros de largo,
Cubierto de cal e incinerado capa sobre capa!
¡Ponte de pie! ¡Levántate desde el último, desde el más profundo estrato!

¡Vengan todos. De Treblinka, de Sobibor, de Auschwitz;
Vengan de Belzec, de Ponar, de todos lados; vengan
De entre musgos podridos, desde los pantanos, desde las profundas ciénagas;
Vengan con ojos desorbitados, con gritos congelados y sin voz.

Vengan, formen en círculo, cremados. Resecos, triturados;
Hagan una ronda a mi alrededor, una ronda enorme;
Vengan, huesos judíos, desde el polvo, desde los panes de jabón,
Abuelos, abuelas, madres con niños en los brazos.

Déjense ver, muéstrense ante mí, vengan, vengan;
Quiero verlos a todos, quiero mirarlos, quiero
Echar una mirada muda sobre mi pueblo asesinado,
Y voy a cantar… Sí… ¡tomo el violín y canto!

                                                                               3/5-X-1943


Quizás la figura más representativa de la música judía durante la Shoah/ Holocausto sea Shmerke Kaczerginski (1908-1954). Nos encontramos ante una figura queves a la vez figura fundamental y épica. Fallecido en un accidente de aviación tras la guerra, se crió en un orfanato, se hizo militante comunista en Vilna antes de cumplir los veinte años y escribe canciones que primero se divulgan anónimamente. Al invadir los nazis Lituania, huirá para ser recapturado y recluido en el gueto de Vilna. Allí compondrá canciones que testimonian la vida y las esperanzas de sus habitantes. Al menos dos de ellas son obras maestras y comparecen aquí. 



La primera se titula Friling (Tiempo de primavera) y tal vez sea una de las más tristes y delicadas canciones que se hayan escrito. La versión cantada por Adrienne Cooper en su disco Ghetto Tango. Wartime Yiddish Theater  es de las que hacen fluir las lágrimas. Sirva esta actuación en directo (a partir del minuto 4:20 del vídeo):


La letra, que me emociona tanto como la música, ya de por sí emotiva, es:

FRILING [TIEMPO DE PRIMAVERA]

Camino por el gueto solo y abandonado,
no hay nadie para cuidar de mí ahora.
¿Cómo se puede vivir
cuando tu amor se ha marchado?
Por favor, que alguien me muestre cómo.

Sé que es primavera,
y hay cantos de pájaros, y sol,
toda la naturaleza parece feliz y libre,
pero estoy encerrado en el gueto

Estoy como un mendigo,
ante cada puerta me detengo
pidiendo un poco de sol para mí.

Tiempo de primavera,
qué hermosa es la primavera.

¿De qué sirve el sol,
cuando mi amada ya no está?
La primavera,
que brille sobre mi dolor,
pero aún así mañana
estaré tan triste como hoy.

La casa en la que vivimos
ahora está cerrada a cal y canto,
las ventanas están rotas y al descubierto.
El sol es tan feroz
que las flores se han secado.
Ellas se marchitan en el aire invernal.

Cada mañana, cada tarde
tengo que pasar por delante de nuestro hogar,
apartando siempre la mirada.

Era el lugar en el que me amabas,
el lugar en el que me besaste,
el lugar en el que me abrazabas con fuerza.

Cuánto he pensado
en qué clase de poderes celestiales
podrían enviar la primavera temprana este año.

Vaya, gracias por venir,
veo que trajiste flores,
¿queréis que le dé la bienvenida?

Dicen que el gueto es de oro y brillantes,
pero la luz del sol y las lágrimas me enceguecen.

Ya ves, mi amada,
¿para siempre te has ido?
No puedes salir de mi mente.


Aporto dos notables versiones más. La primera, ligeramente sobreactuada, es de Berthe Kahan (y por supuesto, no hay que usar redundantemente las imágenes de los campos de exterminio ni de hipotéticos supervivientes):


La otra, más contenida, lírica y emotiva es de Karolina Petrova & das blaue Einhorn:



Otra canción de Kaczerginski, un auténtico canto de batalla y de orgullo, es "Yid du partizaner", cuya letra, traducida del yiddish, es así:

TÚ, JUDÍO PARTISANO

Desde las paredes de la prisión del ghetto hasta la libertad de los bosques,
en lugar de cadenas alrededor de mis manos llevo un rifle nuevo;
en nuestras rondas, éste, mi amigo, abraza mi cuello y hombro

A partir de hoy estaremos unidos como uno solo.
De momento somos pocos, mas destacamos como si fuéramos millones.
Nos hacemos sentir en montañas y valles, convoyes, columnas, puentes.

Los fascistas tiemblan en sus botas, no pueden adivinar de dónde llegaremos;
cargamos contra ellos desde fuera y de ninguna parte, judíos partisanos.
Llevamos la palabra venganza escrita en nuestra sangre.
Lucharemos hasta el fin para que llegue nuestro día sagrado

No queremos ser el último de los mohicanos
sino traer la luz a la noche, tú, judío partisano.


Y cantada suena de este modo, si se va al minuto 6:32 de este concierto en una sinagoga de Atlanta y que tiene parte del espíritu que le aporta Adrienne Cooper en el disco imprescindible Ghetto Tango:





A falta de nada mejor, otra versión válida pero un tanto rutinaria:




Presentación al libro de Roberto Bartual "Jack Kirby. Una odisea psicodélica"



Hubo en tiempo en que un personaje de Puccini y otro de Joyce, EL personaje de Joyce, charlaban en un chat sobre literatura con ingenio y un precoz descreimiento. De eso hace ya veinte años y aquellos que se ocultaban tras una máscara italiana y otra irlandesa son los que aquí comparecen, en mi Málaga natal y en la que Roberto no descarta asumir como parada final. Nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos. Pero con la diferencia de que la brillantez de aquel muchacho que aún no había escrito ningún relato, y que cuando poco después lo hizo, con un prosa plenamente madura y asombrosa por su elegancia, no ha hecho sino confirmarse y aumentar más y más. La mía, que estaba en su esplendor entonces, se ha ido apagando con minuciosa calma a medida que me sumerjo en museos y otras cosas sin importancia.

Lo cierto es que Roberto Bartual es, a día de hoy, la persona con más talento que he conocido en éste mi medio siglo de vida. Sus críticas de cine, sus relatos de ciencia ficción, sus ficciones culturales (perfecta y premiada, de antología, es aquella que troca las identidades y el destino de dos pintores: uno, nuestro paisano Picasso, el otro, un tal Adolf Hitler), decía, todo aquello que Roberto toca, sin excluir sus traducciones, entre las que destacan una edición de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë ilustrada por Balthus y otra de El espejo del amor de Alan Moore ilustrada por José Villarrubia, está dotado del signo de la perfección, de la capacidad de seleccionar lo mejor entre lo que es óptimo y dotarlo, a su vez, de elegancia y no poco humor. Todo ello, teñido de una insaciable curiosidad y una envidiable capacidad para no estarse quieto, que nos ha hecho cruzarnos mensajes que le situaban a él en San Diego y a mí en Ankara, o a mí en Seúl y a él en Buenos Aires. Esa vertiginosa habilidad para ahondar en disciplinas y culturas muy diversas es la que posiblemente ha llevado a Roberto Bartual a ese mundo, mestizo donde los haya, de la historieta. 

Autor de una tesis (con premio extraordinario de doctorado) sobre Narraciones Gráficas (tal es el título del libro que sintetiza aquel estudio), de Roberto conocía yo su pasión y entusiasmo por ese genio que es Alan Moore, responsable de historietas como The Watchmen, V de Vendetta, From Hell o La liga de los caballeros extraordinarios, y su trabajo como guinista de una serie de cómic, Los Ángeles de María, nos sorprende ahora con esta monografía sobre Jack Kirby de quien, lo reconozco, poco sabía. Pero si aclaramos que es el responsable de títulos como Capitán América, Los cuatro fantásticos o Thor, a veces junto a Stan Lee que a veces eclipsa la participación de Kirby, todo empieza a estar más claro. Si creemos que el libro es sólo sobre la relación del dibujante y guionista con la psicodelia, como el título promete, la lectura nos dará la gratísima sorpresa de que es mucho más, de que nos encontramos con lo que parece otra vez el resumen de una tesis, de ambiciosa que es la obra, pero expresada con una facilidad y una ligereza que hace a veces asomar la sonrisa cuando es un libro que gira en torno a un tipo que hacía tebeos para la Marvel pero que a la vez estaba en la órbita de Jung, de lo Sublime expresado en términos kantianos, del arte maya, de Stanley Kubrick (soberbio es el capítulo dedicado a la adaptación que Kirby hizo del 2001 de Kubrick), de Philip K. Dick, de los teóricos de la contracultura y que siendo un tipo que, en palabras de Bartual, tomaba té con pastas mientras otros tomaban LSD, supo asomarse a la oscuridad, a traspasar, y uno aquí el título de dos películas altamente respetadas por Roberto, “Las puertas del cielo” “To the wonder”. 



El libro nos deja con ganas de lanzarnos a las 25.000 páginas que Kirby dibujó, adentrándonos en un autor complejo para el que los paisajes alucinatorios, psicodélicos, y las luchas a mamporrazos entre superhéroes y villanos malignos no eran sino lo sagrado, lo sublime, lo que está más allá de toda lógica y que sólo podemos aceptar con los ojos cerrados o rechazar desde nuestra seguridad de animalitos envalentonados por haber alguna vez descubierto el fuego. De todo ello trata este ensayo magistral. Pero antes de escuchar a Roberto, de quien siempre aprendo, y mucho, cada vez que estoy con él, les hago un aviso: este libro produce adicción. A Jack Kirby, sí. Pero sobre todo a Roberto Bartual.



domingo, 5 de febrero de 2017

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (11): Introducción al klezmer

La música klezmer, cantada en yiddish, tiene una historia más breve que la sefardí. Forjada en la amplia zona de Europa que abarca desde Alemania (la Askenaz que daría nombre a los judíos askenazíes) hasta el Imperio Ruso, abarcando gran parte de los Balcanes, es la música judía que mayor pujanza tiene. Con unos orígenes que se quieren remontar a la época bíblica y que se pretende testimoniar documentalmente desde la Edad Media -estos orígenes serían igualmente válidos para las expresiones musicales sefarditas-, hay que fijar el surgimiento de la música klezmer en época tan posterior como finales del siglo XVIII e inicios del XIX, en consonancia con la expansión y desarrollo del folclore de las naciones o ámbitos culturales en que se irá forjando la música klezmer. Hasta entonces, habrá música en las celebraciones judías (como se atestigua en un curioso grabado de hacia 1700 que muestra a músicos en una boda judía, y habrá músicos judíos en las cortes europeas desde el Medievo. Pero su música no será, aún no, klezmer.




Por klezmer entendemos, si vamos a la etimología, proviene de la mezcla de dos raíces hebreas: kl' (instrumento) y zemer (música, canción). El término no aparece, sorprendentemente, hasta la década de 1930, cuando el musicólogo soviético Moshe Beregovsky en su libro Música instrumental folclórica judía donde acuña la expresión música klezmer para oponer los klezmorim (intérpretes iletrados de la música judía) a los respetados muzikanter (músicos con formación académica), siendo asumido el nuevo término, ya en la década de 1970, por el grupo norteamericano Klezmorim. Hasta entonces, este estilo musical, profano pero con piezas en las que excepcionalmente se adaptaban melodías religiosas,el Klezmer era simplemente música Yiddish. Las grabaciones más antiguas se remontan a 1905, cuando la banda rumana Mihai Viteazul graba un tema judío que suena con un inconfundible aire de banda militar. Aunque también podemos ir sólo un poco más atrás para encontrar la grabación, en 1901, de la canción judía, pero sin ser klezmer, “A weib” grabada en Nueva York por Frank Seiden. En las grabaciones de música Klezmer, los intérpretes, tanto en Europa como en Estados Unidos, recurren a nombres para sus orquestas que excluyen el término Klezmer, e incluso el de kapelye (banda de música) para asumir el de Orquesta, al que en todo caso acompañan por la palabra Judía o Hebrea o adscripciones geográficas



La primera grabación conocida de klezmer

Antes de la aparición del disco hay otros testimonios valiosos para conocer el klezmer. Así, el xilofonista y klezmorim Mikhoel-Yosef Gusikov (1806-1837), era considerado un genio de Felix Mendelssohn, de quien ya hablamos al tratar de los músicos judíos. O el caso de las referencias literarias, como la novela breve Stempenyu. Un romance judío (1888) de Sholem Aleijem (famoso entre el público general por ser autor de los textos que inspirarán la película que mejor ha divulgado la vida en los shtelt y de la que en otra entrada trataremos: El violinista en el tejado). Esta novelita sentimental, que fue su primera obra traducida al inglés, Aleijem se inspira en el violinista y compositor klezmer Yosele Druker, del que Stempenyu era su nombre artístico, al que describe conmoviendo al público con su música: 


Cogería su violín, se daría un golpe con el arco-sólo uno, no más- y estaría preparado para comenzar a hablar. Pero, ¿cómo piensa usted que habló? Con las palabras reales, con una lengua, al igual que una persona viva. . . . Hablando, discutiendo, cantando con un sollozo, a la manera judía, con un chillido, con un grito desde lo profundo del corazón, del alma. . . . Diferentes voces derramaban todo tipo de canciones, todas tan solitarias, melancólicas, que iban a apoderarse de su corazón y arrancar su alma, haciendo tambalear la  salud. . . . Los corazones se llenarían por completo, desbordados, los ojos se llenaban de lágrimas. La gente suspiraba, gemía, lloraba.

Música de mestizaje, se desarrolló originalmente (y con una discutida influencia de las bandas militares zaristas) en Europa oriental para, con las grandes olas de migraciones judías consecuencia de los pogromos (del ruso pogrom, “devastación”) de la Rusia zarista, trasladar su principal polo de creación, desarrollo y difusión a Estados Unidos.Para entonces, a comienzos del siglo XX, los instrumentos base de una kapelye klezmer eran el violín, contrabajo, chelo, clarinete, trombón, trompeta, flauta y tambor. 


La actividad musical se mantuvo incluso durante la Segunda Guerra Mundial bajo el Holocausto que prefiero nombrar en hebreo, Shoah, catástrofe. En los guetos y los campos, la música se mantuvo como una forma desesperada y amarga de aferrarse a la vida.

La pervivencia del klezmer en el Holocausto, y su trasplante a Estados Unidos serán el asunto de las dos siguientes entregas de esta serie. Quien desee otra introducción al klezmer, que escribí para diario Sur, puede encontrarla aquí.

Para oír completo un cd con grabaciones antiguas de klezmer, 1908-1927,pueden hacerlo a través de este poco imagnativo vídeo de youtube:


La lista de piezas es la siguiente: 

2. Sirba (Orchestra Orfeon) 3:36
10. Haneros Haluli (H. Steiner) 2:52 
12.Doina, Pt. 1 (S. Kosch) 3:19 
13.Doina, Pt. 2 (S. Kosch) 2:45