El título es el de un libro de David Solar. El año de la primera edición es 2002, la dedicatoria del volumen es "A todas las víctimas de todas las injusticias". El subtítulo del mismo, "Palestinos e israelíes, la tragedia que no cesa". Doce años han pasado, y el título y subtítulo vuelven a ser certeros. Soy sionista, y me considero, también, judío. Sionista que significa defender el derecho a la existencia del estado de Israel, pero ello no quiere decir que los palestinos no tengan derecho a tener su propio estado. Duele ver, en boca de gente de izquierda y de extrema derecha, el sionismo como encarnación de todos los males, duele ver cómo una vez más, a día de hoy, se vuelve a juzgar lo que pasa demonizando sólo a uno de los bandos en cuestión. Yo, aquí y hoy, condeno y rechazo la actitud de Israel. Yo, aquí y hoy, condeno y rechazo la actitud de Hamas. No caigo en la ceguera de los sumisos, en la disciplina de "son los míos, y los míos nunca se equivocan". Otras veces he escrito aquí sobre los terroristas de Hamas. Siguen siendo lo mismo: terroristas, cobardes capaces de poner un niño como frágil escudo de un arma. Lo mismo de siempre, al fin y al cabo. El fanatismo, la Yihad, toda esa mierda. Pero lo que ha cambiado es la actitud de Israel, capaz de optar por la fuerza bruta, por la desproporción, por renunciar a todo filtro ético. Hamas es culpable. Israel es culpable. Y cuando digo Hamas no me refiero a los civiles que quisieran tener un suelo propio con su bandera y su pan (es algo a lo que se renunció en 1948: mientras Israel proclamaba su estado obedeciendo el mandato de Naciones Unidas, el bando árabe renunció a crear el suyo propio para atacar a Israel; ahora se intenta volver a 1948. Que se hayan perdido todos estos años, toda esta sangre, responde al error irracional de los dirigentes musulmanes de entonces, y de los que siguieron apostando por la vía sangrienta). Y cuando digo Israel no me refiero a los civiles que quieren seguir teniendo su suelo, su bandera y su pan sin que les caigan cohetes enviados desde Gaza. Me refiero a un grupo que está considerado como terrorista por la Unión Europea, que es Hamas. Me refiero al gobierno de Netanyahu que ordena al Tzahal (las fuerzas de defensa de Israel) bombardear sin contemplaciones. Unos hijos de puta musulmanes secuestraron y asesinaron a tres adolescentes judíos, unos hijos de puta judíos asesinaron con inaudita crueldad a un adolescente musulman. Y ahora otros malnacidos islámicos lanzan cohetes asesinos sobre suelo Israelí, y políticos malnacidos mandan al Tzahal arrasar con Gaza. A este paso, nadie es inocente. Defiendo, defenderé siempre, como sionista, el derecho a existir de Israel. Y del nonato estado de Palestina. Defiendo, defenderé siempre, como humano, el derecho a vivir de todos, musulmanes y judíos. Por ello, no puedo apoyar, hoy, ahora, la actitud del gobierno israelí y su ejército. Y condenaré, como siempre, las tropelías y los crímenes de Hamas.
miércoles, 30 de julio de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
Lecturas: Alfonso XIV. Un crimen de estado (Lluís-Anton Baulenas)
Sin pena ni gloria. Es el lema que podría figurar en el escudo de armas de la mayoría de los libros que terminan en la sección de saldos, en las librerías de ocasión. Por mucho que estén atestadas de Quijotes, Odiseas, Regentas u otros clásicos, lo normal es que se conviertan en purgatorios de libros, esperando el definitivo infierno que será una planta de reciclaje o la gloria de una segunda vida en una biblioteca propicia. Es lo que pasó con el presente volumen, seleccionado en una de esas librerías de chollos y apuestas, pensando que tenía entre manos una ucronía. Pero no lo es. Se trata de una novela negra que toma como base de partida una hipótesis creíble. Alfonso XIII rechaza la paternidad sobre un nuevo embarazo de la reina Victoria Eugenia (ausencias de ambos en los momentos clave, le causan dudas razonables al rey infiel). Ese niño será entregado a una familia adicta, y el bastardo nunca sabrá de su condición. En pleno franquismo, a semanas de la boda ateniense de Juan Carlos de Borbón, Franco decide que no sea el hijo de don Juan el heredero de la corona y el reino sino el inconsciente bastardo (aunque en puridad no lo sea, al tener a reyes como padre y madre).
En pleno trance de la sucesión de Juan Carlos I a Felipe VI, la lectura se hacía propicia. El propio apellido del autor, Baulenas, parecía convertirse en una versión catalana de Bolena. Por medio, esperas en aeropuertos, vuelos largos, noches de hotel. La elección fue fácil. También la lectura. Lo que al comienzo se lee con agrado, con escenas chocantes, terminará siendo algo rutinario, algo mil veces visto en cualquier película de suspense, en la que el traidor obvio es alguien muy cercano y una finta argumental final impone su tachán y la conclusión. Nada más que eso. La Barcelona de 1962, con transformistas y con clubs privados de señoritos más o menos crápulas, tampoco es muy creíble, aunque sí interesante. Por todo ello, por no cumplir con lo que faja y contraportada prometían aporte del subtítulo torpe y casi estúpido-, por no entrar en las intrigas políticas del Régimen y la Corona, por ser una novela negra más, por no ser siquiera una ucronía torpe, el interés se apaga y se cierra el libro que tendrá como destino inminente el reciclaje. Sin pena ni gloria.
martes, 1 de julio de 2014
Dámaso Ruano, in memoriam
Un vistazo al periódico digital trae la punzada y la oración. Ha muerto Dámaso Ruano. Lo comento, en un aeropuerto, con Maribel, que también lo conoció. Pobrecito, dictaminamos ambos. Con piedad y con dolor por ese hombre menudo, sonriente, más callado de lo que debiera. Lo recuerdo en su piso-estudio en El Palo, acompañado de Pilar, que siempre fue guardiana, compañera, musa, experta, ángel, buscando algo que regalarnos, con nosotros abrumados y finalmente aceptando un magnífico y grandioso grabado. Sabía por noticias lejanas que Dámaso había entrado tranquilamente en la niebla. Ahora, cuando es inmune al dolor y a la pérdida, cuando es inmortal, cuando más duele imaginarlo en esa lejanía en la que nunca le faltó la sonrisa. Busco entre mis escritos alguno que sirva para homenajearlo y encuentro uno de mis "Perfiles de artistas" que publiqué en Sur hacia 2005. Son las flores que tengo más a mano para Dámaso. Y para Pilar Cervera:
Dámaso Ruano (Tetuán, 1938)
tiene, con la edad y el gesto, algo de profeta, algo más bien de apóstol que,
habiendo presenciado todo tipo de prodigios y certezas, ha decidido guardarse
para sí toda la verdad y toda la pasión, sabiendo que es más importante la
vivencia que el testimonio y que, como el conde Arnaldos del viejo romance,
prefiere guardar su cantar sólo para quien con él va. Pero esta fábula,
prescindible, del artista huidizo o callado tiene su punto débil, su
refutación, en la simple palabra artista, en el tantas veces nombrado y tantas
veces múltiples y tornadizo arte. Porque Ruano, lo saben los paladares más
exquisitos, se explica con absoluta potencia en su obra que, como aquella
vestidura nombrada en alguno de los evangelios, tiene el aspecto del relámpago.
Dámaso
puede recordar, con su obra abstracta, pura, compleja, al arte de quien mayor
afinidad puede tener con él en el siglo XX y que, sin parecerse en nada, a no
ser en compartir estos adjetivos, es fácil nombrar al hablar de Ruano: Mark Rothko.
O lo que es lo mismo, a la pintura más espiritual del siglo pasado. Porque
espiritual puede llamarse ese ascenso de Dámaso Ruano por la belleza, partiendo
de un grupo, el que solemos llamar por comodidad de los años cincuenta, con el
que tiene en común, a lo más, la cronología y un vago aire de familia en las
primeras obras, impregnadas de post-cubismo y de clara voluntad de divergencia
respecto a los dogmas estéticos del nacional-naturalismo. En ese páramo
cultural, Dámaso prefirió optar por el ejercicio heroico de los eremitas de la
Tebaida, de los estilitas (no de los estilistas, ojo) y subido a una columna
como el Simón de Buñuel o a un mero peñasco, abismarse en la contemplación
morosa y detallada de cada línea, real o vislumbrada en el delirio o la
vigilia, del desierto, del horizonte, de los rosicleres o albores (permítanme
la cursilería expresiva), hasta depurar en la pupila las lecciones de esa
geometría invisible y cegadora para devolvernos esa lección de color y de
líneas.
Porque
Dámaso Ruano no es un místico aunque pueda parecerlo, sino más bien un
neoclásico, en el sentido casi pitagórico del término: es alguien que busca en
la proporción, en la exactitud, en el rigor, en la austeridad, el equilibrio,
las claves de esa cosa absurda e imprescindible que llamamos belleza. Porque
Dámaso rechaza el adorno, la floritura, las musiquillas de violín, las poses
heroicas o trágicas, los gestos manieristas, las retóricas decorativas, los
gritos y las romanzas de los tenores huecos. Nada de eso. Como Leonardo da
Vinci, Dámaso sabe que la pintura es algo mental, por lo que no necesita
referentes que no procedan de la propia mente, de la propia intuición y pasión,
del artista. Así, con una voluntad asimilable a la de Lucio Muñoz y Gerardo
Rueda, es el color, su distribución en planos contrapuestos o complementarios,
tensos o armónicos, lo que define su pintura más característica. Renunciando al
mundo, a sus pompas y vanidades, es en el color, simplemente en el color y su
distribución, con sus matices y sus zozobras, con sus rasgaduras separando
zonas, con sus maderas plenas de texturas, donde reside el poder y la gloria de
Dámaso Ruano, que con esa matemática afilada de los volúmenes y la composición,
logra esa poesía muda, que logra significar para nosotros justamente eso que
ansiamos y no conseguimos, algo que acaso solamente sea accesible para los que
hayan compartido la comunión de los justos y la remisión de nuestros muchos
pecados: una belleza que no necesita nombre ni palabras para expresarse. Y muchos
menos éstas.
lunes, 30 de junio de 2014
Lecturas: Nieve (Orhan Pamuk)
Nada me movía a leer a
Pamuk. A lo más, me había llamado la atención un título suyo, “Museo de la
inocencia”. Pero nada más. Hasta que el azar hizo que en Ankara cenara con unos
amigos, siendo uno de ellos el consejero cultural de la embajada del Perú en la
capital turca. No tardó en aparecer en la conversación Vargas Llosa, de quien
el consejero, hondo conocedor de la obra de su compatriota, lo comparó con
Pamuk, expuso las causas por los que ambos eran tan amados como denostados en
sus patrias, y recomendó una novela de Pamuk. “Nieve”.
Un libro extraordinario de un autor que hay que leer como
se lee a Vargas Llosa. Y que gusta como el peruano gusta, a fuerza de calidad y
de no complacencia. De talento, de maestría. De rehuir la facilidad y la finta amable, como ambos huyen del consejo y de la doctrina. Pamuk cuenta aquí unos pocos días en la vida de un periodista y poeta llamado Ka, que acude bajo la nieve (en turco kar) a la ciudad de Kars a cubrir unas elecciones municipales cercanas y a escribir sobre un puñado de chicas musulmanas que, ante la posibilidad de tener que despojarse de sus preceptivos pañuelos optaron por el suicidio. Es fácil, casi inevitable, ponernos el chip kafkiano e identificar a Ka con el K. de "El castillo" o el Josef K. de "El proceso". Pero sucede que cuanto ocurre en Kars, nada menos que una grotesca rebelión militar, un pesadillesco golpe de estado reducido a la sucinta geografía de esa ciudad, tiene por marco una ciudad verdadera, descrita con precisión naturalista. Y que más allá del vértigo de los hechos nos quedamos atentos a las minucias, ridículas unas, enternecedoras otras, de personajes que se ven sometidos a la disciplina de las ideas y del sino, como el terrorista islamista Azul, o del afecto y los deseos confusos como el propio Ka o la amada reencontrada en Kars.
Pamuk juega con la escritura con elegancia y maestría, mata a personajes acá y allá, nos lleva por donde quiere y nos lleva a interesarnos por una Turquía extraña, tensa y convulsa, más allá del afable encanto del Estambul que muchos conocemos y de donde el propio Pamuk procede. En todo caso, este libro (como los de Vargas) nos hace ver que a veces las decisiones de la Academia Sueca son acertadas.
lunes, 2 de junio de 2014
Yo, monárquico
Hubo un tiempo, para mi vergüenza no lejano, en que fui republicano. Como también fui, o me creí, comunista. Por lo tanto, soy veterano en abominaciones. En infantilismos. Hoy los españoles hemos perdido un rey. Y estamos por tener otro que será manifiestamente mejor. Tenemos comprobado que en España (o en Alemania, Italia, Francia, Portugal o Israel) que necesitamos un Jefe del Estado. Sin adscripción política. Sin que gobierne y que sirva de dique de contención a los abusos, a los que tan dados somos, de los partidos. Alguien que represente la unidad, el equilibrio. El Estado. Lo que no me avergüenza llamar Patria.
Hoy mozalbetes de la LOGSE y pelambre, Twitter y osadía, mueven banderas tricolores en la Puerta del Sol, la bandera de la República que significó frustración y arbitrariedad. Que pudo habernos llevado a un sistema comunista. Sin libertad. Sin alma. Que es lo que pide esta chavalería superficial e infantil, aduciendo que la Monarquía nos fue impuesta. Olvidando que la votamos dentro de la Constitución de 1978. Otra vez la furia y la idiocia de la masa, el desprecio por la Historia, por la verdad y por la inteligencia.
Intento sosegarme. Ellos gritan "Los Borbones a los tiburones". Esas cosas. Una España dispuesta a acogotar a otra. Los argumentos (que también esgrimí y que tal vez uso ahora) de parvulario. Asco. También hacia quien fui. Incertidumbre. Y esperanza. En todo caso, ¡Viva el Rey! Y que Dios (y don Felipe VI) salve a España.
viernes, 30 de mayo de 2014
Lecturas: ¡Noticia bomba! (Evelyn Waugh)
Es lo que tienen los libros ligeros. Su ligereza, que hace que mientras más intenso es el placer, la diversión frívola, de su lectura, más rápido hace que se olviden sus méritos. Hace casi un mes que lo terminé tras su lectura a trompicones en aeropuertos y en vuelos, y sólo queda el nombre, apropiadísimo, de un periódico sensacionalista e inglés, Daily Beast, y la situación atrayente, en principio, de que un relamido colaborador de ese periódico, autor de minuciosos e innecesarios artículos glosando la riqueza de la campiña, sea confundido con un escritor mucho más interesante y sea enviado a cubrir una guerra civil en un país africano que es trasunto de la Abisinia de los años treinta. Lo que en esa Abisinia falsa ocurre es menos importante que el aire de irrealidad que rodea esas páginas. Lo que el dudoso héroe del libro haga tampoco importa mucho. Importa la actitud, impertinente y elegante, del autor.
Waugh. Evelyn Waugh.
Como Chesterton, Waugh fue converso al catolicismo y anticomunista. Algo que habla de honestidad, de no acomodamiento a las modas. Un reaccionario como Dios manda. Alguien que afirmó que «Un artista debe ser reaccionario. Tiene que oponerse al tono de la época y no caer en él y seguirlo; debe ofrecer cierta resistencia. Incluso los grandes artistas victorianos eran todos antivictorianos, pese a que les presionaban para que se ajustaran a ello». Alguien que merece un respeto y toda la atención. Pese a la levedad de este libro o tal vez gracias a ello.
lunes, 28 de abril de 2014
Lecturas: Patrimonio. Una historia verdadera (Philip Roth)
Ya en "Los hechos" (1988), Philip Roth abogó por la
autobiografía pura y dura, por la no ficción. Allí conocimos a Sandy, a Herman,
a Bess. Su hermano y sus padres. Con "Patrimonio" (1991), Roth nos
cuenta la súbita decadencia y la inevitable muerte del viudo Herman Roth, su
padre. Es una elegía intensa y a la vez serena, un retrato fiel y objetivo del
difunto, más bien del moriturus, escrito
mientras éste va dejando la vida. Una de las mejores obras del hijo, que
consigue dar una última, y perenne, vida al padre.
Herman, 36; Sandy, 9, y Philip Roth, 4.
Bradley Beach, New Jersey, agosto 1937
En la página 176 de la
edición de Seix Barral, Philip Roth escribe: “Me quedé mirándolo atentamente,
como si hubiera sido la primera vez, esperando que se me presentasen los
pensamientos. Pero no hubo ninguno más, excepto la recomendación que me hice de
fijarlo en la memoria cuando él estuviera muerto. Quizá pudiera evitarse, así,
que con el paso de los años mi padre se trocase en algo atenuado y etéreo. “Tengo
que recordar con precisión”, me dije.”Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en
mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté”. No hay que olvidar nada”.
Cierra el libro,
conmovedor, conmovedora y memorablemente, con la misma sentencia e
intención:
“Por
la mañana me di cuenta de que se refería a este libro, que, como corresponde a
la falta de decoro propia de mi profesión, estuve escribiendo durante toda su enfermedad
y su agonía. El sueño me decía que —ya
que no en mis libros ni en mi vida—, al menos en mis sueños yo seguiría siendo
para siempre el hijo niño de mi padre, con la
conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones. No hay que olvidar nada.”
Un Roth recomendabilísimo, necesario para comprender eso en que
consiste ser el padre y ser el hijo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






