viernes, 30 de mayo de 2014

Lecturas: ¡Noticia bomba! (Evelyn Waugh)

Es lo que tienen los libros ligeros. Su ligereza, que hace que mientras más intenso es el placer, la diversión frívola, de su lectura, más rápido hace que se olviden sus méritos. Hace casi un mes que lo terminé tras su lectura a trompicones en aeropuertos y en vuelos, y sólo queda el nombre, apropiadísimo, de un periódico sensacionalista e inglés, Daily Beast, y la situación atrayente, en principio, de que un relamido colaborador de ese periódico, autor de minuciosos e innecesarios artículos glosando la riqueza de la campiña, sea confundido con un escritor mucho más interesante y sea enviado a cubrir una guerra civil en un país africano que es  trasunto de la Abisinia de los años treinta. Lo que en esa Abisinia falsa ocurre es menos importante que el aire de irrealidad que rodea esas páginas. Lo que el dudoso héroe del libro haga tampoco importa mucho. Importa la actitud, impertinente y elegante, del autor. 

Waugh. Evelyn Waugh.

Como Chesterton, Waugh fue converso al catolicismo y anticomunista. Algo que habla de honestidad, de no acomodamiento a las modas. Un reaccionario como Dios manda. Alguien que afirmó que «Un artista debe ser reaccionario. Tiene que oponerse al tono de la época y no caer en él y seguirlo; debe ofrecer cierta resistencia. Incluso los grandes artistas victorianos eran todos antivictorianos, pese a que les presionaban para que se ajustaran a ello». Alguien que merece un respeto y toda la atención. Pese a la levedad de este libro o tal vez gracias a ello.

lunes, 28 de abril de 2014

Lecturas: Patrimonio. Una historia verdadera (Philip Roth)

Ya en "Los hechos" (1988), Philip Roth abogó por la autobiografía pura y dura, por la no ficción. Allí conocimos a Sandy, a Herman, a Bess. Su hermano y sus padres. Con "Patrimonio" (1991), Roth nos cuenta la súbita decadencia y la inevitable muerte del viudo Herman Roth, su padre. Es una elegía intensa y a la vez serena, un retrato fiel y objetivo del difunto, más bien del moriturus, escrito mientras éste va dejando la vida. Una de las mejores obras del hijo, que consigue dar una última, y perenne, vida al padre. 


Herman, 36; Sandy, 9, y Philip Roth, 4.
Bradley Beach, New Jersey, agosto 1937

En la página 176 de la edición de Seix Barral, Philip Roth escribe: “Me quedé mirándolo atentamente, como si hubiera sido la primera vez, esperando que se me presentasen los pensamientos. Pero no hubo ninguno más, excepto la recomendación que me hice de fijarlo en la memoria cuando él estuviera muerto. Quizá pudiera evitarse, así, que con el paso de los años mi padre se trocase en algo atenuado y etéreo. “Tengo que recordar con precisión”, me dije.”Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté”. No hay que olvidar nada”.

Cierra el libro, conmovedor, conmovedora y memorablemente, con la misma sentencia e intención: 

“Por la mañana me di cuenta de que se refería a este libro, que, como corresponde a la falta de decoro propia de mi profesión, estuve escribiendo durante toda su enfermedad y su agonía. El sueño me decía que  —ya que no en mis libros ni en mi vida—, al menos en mis sueños yo seguiría siendo para siempre el hijo niño de mi padre,  con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones. No hay que olvidar nada.”

Un Roth recomendabilísimo, necesario para comprender eso en que consiste ser el padre y ser el hijo.

domingo, 27 de abril de 2014

Lecturas: Fábulas y cuentos (G. K. Chesterton)

Por reaccionario, por ortodoxo, por irónico, por creyente, siempre me ha gustado Chesterton. Convertido en faro y epítome de una cierta inteligencia que aún busca su nombre, sus textos breves, recopilados aquí, suponen un festín literario. Aunque a veces se nota las ganas de provocar, de incordiar, de poner en evidencia a sus muchos adversarios, es cuando huye de su capacidad como polemista cuando más brilla. En esta recopilación, los relatos pueden gustar o no gustar, pero siempre desconciertan. Entre los 32 que lo integran, destaco, por extraordinarios, dos: "Nostalgia de casa" y "Cómo descubrí al Superhombre". 


El primero es una vibrante y sencilla fábula sobre alguien que decide hacer el viaje más breve y más extenso posible. Desde donde está hasta donde está. Avanzando siempre, sin desviarse, teniendo como guía y propósito regresar al hogar. Aquí, un fragmento especialmente hermoso: 

"-Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies".

El segundo ilustra aquel juicio que Borges formuló sobre nuestro autor: "Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, aunque algio en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central". Con sorna, el narrador, en primera persona, el propio Chesterton al fin y al cabo, anuncia que ha encontrado el Superhombre que propugnaban George Bernard Shaw y H. G. Wells (he aquí, por su nombre, dos de los adversarios a los que antes me refería). La elíptica, definida por ausencias, figuración del Superhombre y el brusco, y casi brutal, desenlace de la historia hacen merecedor a este relato de figurar en la más exigente antología de la literatura fantástica.  


sábado, 26 de abril de 2014

Lecturas: El hombre en suspenso (Saul Bellow)

Viene a ser, si queremos quitarle méritos, el precursor de Philip Roth. Con "Las aventuras de Augie March", Saul Bellow introduzco el héroe (antihéroe) de Roth: judío, urbano, desengañado, existencialista. Tal vez porque Bellow se llevó el Premio Nobel de Literatura, en 1976, es posible que el veleidoso comité sueco nunca se lo dé a mi admirado Roth. De Bellow ya algo se ha comentado aquí, ponderándolo casi con entusiasmo. No será éste el caso. Primera novela suya, "El hombre en suspenso" tiene todos los vicios del Bellow posterior y apenas ninguna de sus virtudes.


Aquí, la tendencia a la introspección al filosofeo (filoso, feo) es exasperante. Seguimos el diario íntimo de un canadiense que reside en Estados Unidos en 1942 (la novela es de 1944) y que espera que la burocracia se desenrede y le permita incorporarse voluntario a filas. Acompañado por su esposa, y habiendo abandonado su trabajo, entretiene la espera rellenando el diario que leemos. Poco más, casi nada más, hay en esta novela lenta y enojosa. Abro el libro al azar. Copio las primeras líneas de la página: 

"-¿Y la respuesta?
-Recuerdo lo que escribió Spinoza, que ninguna virtud puede considerarse más grande que la de intentar preservarse uno mismo.
-¿A toda costa, uno mismo?
-No lo entiendes. Uno mismo. No dijo la vida de uno. Dijo uno mismo. ¿Ves la diferencia?

Así todo el libro. No digo nada más.

miércoles, 23 de abril de 2014

Lecturas: Padres e hijos y otras novelas (Iván Turguénev)

Palabras mayores, muy mayores. Un autor para quererlo siempre. Aunque tapado por Dostoievsky y Tólstoi, aunque por su fama entre nosotros por encima de Gógol, Turguénev (1818-1883), ha quedado convertido en un ruso más del XIX, alguien que en otras décadas tuvo más aceptación que ahora. Hace 30 años compré ya un libro de nuestro autor, "Nido de hidalgos", en una edición que tenía sus buenas décadas encima y que, enfrascado en otros libros, nunca leí y que incluso perdí en una de esas limpiezas arbitrarias y, por lo que veo, lamentables. 

Vuelvo, o llego, al fin, a Turguénev y caigo deslumbrado. El volumen que comento, publicado por Círculo de Lectores en 1991, recopila las novelas "Padres e hijos" y "Aguas primaverales" junto a las novelitas "Asia", "El primer amor" y "Clara Mílich (Después de la muerte)". Las cinco piezas son deliciosas, elocuentes, tiernas, melancólicas, irónicas. Con un estilo diestro, que en España encontraríamos fusionando a Galdós con un poquito de Clarín y un poquito de Juan Valera, Turguéniev se centra en la deriva de los sentimientos, con una especial predilección para analizar cómo aparece el amor. Aunque las más de las veces el resultado de ese afecto es el fracaso. Vladimir Nabokov, que analiza "Padres e hijos" en su "Curso de Literatura Rusa", pondera este título como "una de las novelas más brillantes del siglo XIX". No desmentiré yo a Nabokov. En esta novela asistimos a la presentación en la literatura rusa del primer protagonista que anuncia la revolución venidera. El nihilista Bazárov, que se jacta del nihilismo y preconiza la destrucción para que otros construyan, termina siendo visto por los que le rodean como un idiota. Me abstendré de entrar en consideraciones políticas. Hay, además, en esta novela magnífica un duelo a pistola, pero también encontraremos otro en "Aguas primaverales", como lo hubo en el relato "El disparo" de Pushkin (y, con resultado de muerte propia, en la biografía del gran romántico). Es, por lo que se ve, un mundo de honor, muchos miramientos y calentamiento rápido. No quiero ejercer de crítico, sino de lector, en estos comentarios. Sólo puedo recomendar vivamente un narrador que con una sensibilidad que puede recordarnos a la película "Ojos negros" de Nikita Mihalkov (basada en relatos de Chejov), es especialista en personajes femeninos, que pueden ser deliciosos y cautivadores, plenos de encanto, o asquerosamente manipuladores. -y siempre trazados con intensa vitalidad y ricos matices. Y ya que he mencionado la película de Mihalkov, Turguéniev es también cinematográfico en la concepción de "Aguas primaverales", que no es sino un colosal relato en flashback.  

Ninguno de los relatos, sean novelas o novelitas, de este libro desmerece de los demás. Cada uno fascina, cada uno enamora. Un genio, ya les digo. Y como ya decía, para quererlo siempre.

domingo, 20 de abril de 2014

Lecturas: La conjura de los necios (John Kennedy Toole)

Era un clásico allá por los 80, cuando se editó por vez primera y esa novedad añeja, de veinte años antes, era un libro de referencia entre los jóvenes universitarios que se lo pasaban con una sonrisa y un codazo. Ahora, cuando al fin lo leo, se comprende ese alborozo. Ignatius J. Reilly, su detestable y adorable protagonista, es un bocazas, un empecinado, alguien que no se coarta y en nombre de la teología y la geometría que tanto invoca, la emprende, con osadía y malos resultados, contra el mundo. Es fácil ver en él un Quijote norteamericano, y al igual que el manchego es enamorado y desdeñado, es estrafalario y es consecuente. Hasta tiene un escudero, inconstante y nunca aceptado, que es el patético patrullero Mancuso, un Mortadelo desparejo y entrañable. Ya en el prólogo que firma Walker Percy se señala ese parentesco y se define al personaje con una genealogía difícil de cuestionar: es "un Oliver Hardy loco, un Don Quijote obeso y un Tomás de Aquino perverso combinados en uno". Tal cual. Clavado. Estupendamente escrito, es un libro que ha resistido las décadas con solvencia, una obra importante (aunque no mayor) en las letras del siglo XX. 



sábado, 19 de abril de 2014

Lecturas: El viejo y el mar (Ernest Hemingway)

Lo que son las cuentas pendientes. Un Hemingway especialmente popular que uno va dejando y dejando, y cuando me lanzo resulta que era mejor no haberlo leído y quedarse con la imagen de Spencer Tracy en una película que nunca vi pero que supondré con un buen guión. Vale que son pocas páginas, vale que son letras grandes, vale que lleva (una edición de quiosco de Seix Barral de hace 30 años) dibujos a toda página malos y tontos. Todo eso acepto como pescado de compañía. Pero aburre todo ese cuidado técnico por las artes de pescas, hasta el punto de que este lector se siente como un intruso colado en un congreso de pescadores. La historia no es sino una fabulita para colar la moraleja: "Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado". Tal cual. Resumiendo la fábula, y la propia experiencia de su lectura, recurriré a una fatalista expresión malagueña: "Tó pa' ná".