lunes, 28 de abril de 2014

Lecturas: Patrimonio. Una historia verdadera (Philip Roth)

Ya en "Los hechos" (1988), Philip Roth abogó por la autobiografía pura y dura, por la no ficción. Allí conocimos a Sandy, a Herman, a Bess. Su hermano y sus padres. Con "Patrimonio" (1991), Roth nos cuenta la súbita decadencia y la inevitable muerte del viudo Herman Roth, su padre. Es una elegía intensa y a la vez serena, un retrato fiel y objetivo del difunto, más bien del moriturus, escrito mientras éste va dejando la vida. Una de las mejores obras del hijo, que consigue dar una última, y perenne, vida al padre. 


Herman, 36; Sandy, 9, y Philip Roth, 4.
Bradley Beach, New Jersey, agosto 1937

En la página 176 de la edición de Seix Barral, Philip Roth escribe: “Me quedé mirándolo atentamente, como si hubiera sido la primera vez, esperando que se me presentasen los pensamientos. Pero no hubo ninguno más, excepto la recomendación que me hice de fijarlo en la memoria cuando él estuviera muerto. Quizá pudiera evitarse, así, que con el paso de los años mi padre se trocase en algo atenuado y etéreo. “Tengo que recordar con precisión”, me dije.”Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté”. No hay que olvidar nada”.

Cierra el libro, conmovedor, conmovedora y memorablemente, con la misma sentencia e intención: 

“Por la mañana me di cuenta de que se refería a este libro, que, como corresponde a la falta de decoro propia de mi profesión, estuve escribiendo durante toda su enfermedad y su agonía. El sueño me decía que  —ya que no en mis libros ni en mi vida—, al menos en mis sueños yo seguiría siendo para siempre el hijo niño de mi padre,  con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones. No hay que olvidar nada.”

Un Roth recomendabilísimo, necesario para comprender eso en que consiste ser el padre y ser el hijo.

domingo, 27 de abril de 2014

Lecturas: Fábulas y cuentos (G. K. Chesterton)

Por reaccionario, por ortodoxo, por irónico, por creyente, siempre me ha gustado Chesterton. Convertido en faro y epítome de una cierta inteligencia que aún busca su nombre, sus textos breves, recopilados aquí, suponen un festín literario. Aunque a veces se nota las ganas de provocar, de incordiar, de poner en evidencia a sus muchos adversarios, es cuando huye de su capacidad como polemista cuando más brilla. En esta recopilación, los relatos pueden gustar o no gustar, pero siempre desconciertan. Entre los 32 que lo integran, destaco, por extraordinarios, dos: "Nostalgia de casa" y "Cómo descubrí al Superhombre". 


El primero es una vibrante y sencilla fábula sobre alguien que decide hacer el viaje más breve y más extenso posible. Desde donde está hasta donde está. Avanzando siempre, sin desviarse, teniendo como guía y propósito regresar al hogar. Aquí, un fragmento especialmente hermoso: 

"-Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies".

El segundo ilustra aquel juicio que Borges formuló sobre nuestro autor: "Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, aunque algio en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central". Con sorna, el narrador, en primera persona, el propio Chesterton al fin y al cabo, anuncia que ha encontrado el Superhombre que propugnaban George Bernard Shaw y H. G. Wells (he aquí, por su nombre, dos de los adversarios a los que antes me refería). La elíptica, definida por ausencias, figuración del Superhombre y el brusco, y casi brutal, desenlace de la historia hacen merecedor a este relato de figurar en la más exigente antología de la literatura fantástica.  


sábado, 26 de abril de 2014

Lecturas: El hombre en suspenso (Saul Bellow)

Viene a ser, si queremos quitarle méritos, el precursor de Philip Roth. Con "Las aventuras de Augie March", Saul Bellow introduzco el héroe (antihéroe) de Roth: judío, urbano, desengañado, existencialista. Tal vez porque Bellow se llevó el Premio Nobel de Literatura, en 1976, es posible que el veleidoso comité sueco nunca se lo dé a mi admirado Roth. De Bellow ya algo se ha comentado aquí, ponderándolo casi con entusiasmo. No será éste el caso. Primera novela suya, "El hombre en suspenso" tiene todos los vicios del Bellow posterior y apenas ninguna de sus virtudes.


Aquí, la tendencia a la introspección al filosofeo (filoso, feo) es exasperante. Seguimos el diario íntimo de un canadiense que reside en Estados Unidos en 1942 (la novela es de 1944) y que espera que la burocracia se desenrede y le permita incorporarse voluntario a filas. Acompañado por su esposa, y habiendo abandonado su trabajo, entretiene la espera rellenando el diario que leemos. Poco más, casi nada más, hay en esta novela lenta y enojosa. Abro el libro al azar. Copio las primeras líneas de la página: 

"-¿Y la respuesta?
-Recuerdo lo que escribió Spinoza, que ninguna virtud puede considerarse más grande que la de intentar preservarse uno mismo.
-¿A toda costa, uno mismo?
-No lo entiendes. Uno mismo. No dijo la vida de uno. Dijo uno mismo. ¿Ves la diferencia?

Así todo el libro. No digo nada más.

miércoles, 23 de abril de 2014

Lecturas: Padres e hijos y otras novelas (Iván Turguénev)

Palabras mayores, muy mayores. Un autor para quererlo siempre. Aunque tapado por Dostoievsky y Tólstoi, aunque por su fama entre nosotros por encima de Gógol, Turguénev (1818-1883), ha quedado convertido en un ruso más del XIX, alguien que en otras décadas tuvo más aceptación que ahora. Hace 30 años compré ya un libro de nuestro autor, "Nido de hidalgos", en una edición que tenía sus buenas décadas encima y que, enfrascado en otros libros, nunca leí y que incluso perdí en una de esas limpiezas arbitrarias y, por lo que veo, lamentables. 

Vuelvo, o llego, al fin, a Turguénev y caigo deslumbrado. El volumen que comento, publicado por Círculo de Lectores en 1991, recopila las novelas "Padres e hijos" y "Aguas primaverales" junto a las novelitas "Asia", "El primer amor" y "Clara Mílich (Después de la muerte)". Las cinco piezas son deliciosas, elocuentes, tiernas, melancólicas, irónicas. Con un estilo diestro, que en España encontraríamos fusionando a Galdós con un poquito de Clarín y un poquito de Juan Valera, Turguéniev se centra en la deriva de los sentimientos, con una especial predilección para analizar cómo aparece el amor. Aunque las más de las veces el resultado de ese afecto es el fracaso. Vladimir Nabokov, que analiza "Padres e hijos" en su "Curso de Literatura Rusa", pondera este título como "una de las novelas más brillantes del siglo XIX". No desmentiré yo a Nabokov. En esta novela asistimos a la presentación en la literatura rusa del primer protagonista que anuncia la revolución venidera. El nihilista Bazárov, que se jacta del nihilismo y preconiza la destrucción para que otros construyan, termina siendo visto por los que le rodean como un idiota. Me abstendré de entrar en consideraciones políticas. Hay, además, en esta novela magnífica un duelo a pistola, pero también encontraremos otro en "Aguas primaverales", como lo hubo en el relato "El disparo" de Pushkin (y, con resultado de muerte propia, en la biografía del gran romántico). Es, por lo que se ve, un mundo de honor, muchos miramientos y calentamiento rápido. No quiero ejercer de crítico, sino de lector, en estos comentarios. Sólo puedo recomendar vivamente un narrador que con una sensibilidad que puede recordarnos a la película "Ojos negros" de Nikita Mihalkov (basada en relatos de Chejov), es especialista en personajes femeninos, que pueden ser deliciosos y cautivadores, plenos de encanto, o asquerosamente manipuladores. -y siempre trazados con intensa vitalidad y ricos matices. Y ya que he mencionado la película de Mihalkov, Turguéniev es también cinematográfico en la concepción de "Aguas primaverales", que no es sino un colosal relato en flashback.  

Ninguno de los relatos, sean novelas o novelitas, de este libro desmerece de los demás. Cada uno fascina, cada uno enamora. Un genio, ya les digo. Y como ya decía, para quererlo siempre.

domingo, 20 de abril de 2014

Lecturas: La conjura de los necios (John Kennedy Toole)

Era un clásico allá por los 80, cuando se editó por vez primera y esa novedad añeja, de veinte años antes, era un libro de referencia entre los jóvenes universitarios que se lo pasaban con una sonrisa y un codazo. Ahora, cuando al fin lo leo, se comprende ese alborozo. Ignatius J. Reilly, su detestable y adorable protagonista, es un bocazas, un empecinado, alguien que no se coarta y en nombre de la teología y la geometría que tanto invoca, la emprende, con osadía y malos resultados, contra el mundo. Es fácil ver en él un Quijote norteamericano, y al igual que el manchego es enamorado y desdeñado, es estrafalario y es consecuente. Hasta tiene un escudero, inconstante y nunca aceptado, que es el patético patrullero Mancuso, un Mortadelo desparejo y entrañable. Ya en el prólogo que firma Walker Percy se señala ese parentesco y se define al personaje con una genealogía difícil de cuestionar: es "un Oliver Hardy loco, un Don Quijote obeso y un Tomás de Aquino perverso combinados en uno". Tal cual. Clavado. Estupendamente escrito, es un libro que ha resistido las décadas con solvencia, una obra importante (aunque no mayor) en las letras del siglo XX. 



sábado, 19 de abril de 2014

Lecturas: El viejo y el mar (Ernest Hemingway)

Lo que son las cuentas pendientes. Un Hemingway especialmente popular que uno va dejando y dejando, y cuando me lanzo resulta que era mejor no haberlo leído y quedarse con la imagen de Spencer Tracy en una película que nunca vi pero que supondré con un buen guión. Vale que son pocas páginas, vale que son letras grandes, vale que lleva (una edición de quiosco de Seix Barral de hace 30 años) dibujos a toda página malos y tontos. Todo eso acepto como pescado de compañía. Pero aburre todo ese cuidado técnico por las artes de pescas, hasta el punto de que este lector se siente como un intruso colado en un congreso de pescadores. La historia no es sino una fabulita para colar la moraleja: "Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado". Tal cual. Resumiendo la fábula, y la propia experiencia de su lectura, recurriré a una fatalista expresión malagueña: "Tó pa' ná". 


jueves, 17 de abril de 2014

Lecturas: Lo que no puedo olvidar (Anna Lárina)

Antonio Muñoz Molina prologa el grueso volumen. Comienza nombrando, con justicia, la cara bellísima de la autora, mirando distante en las fotografías de los años treinta, y nos muestra después a una anciana que se empecina en rescatar la memoria de su esposo y recuperar el tiempo que no vivió junto al hijo del que le separó la Historia (sí, procede en este caso la mayúscula tiránica). En este libro, Anna Lárina habla del tiempo feliz y su después. Cuando era joven y se enamoró de un bolchevique en ascenso, al que Lenin llamó "el favorito del Partido" y otros, fervorosamente, "el hijo de oro de la Revolución". El marido, pronto ausente, era Nikolai Ivánovich Bujarin, que sería pronto convertido, pese a ser redactor del Pravda durante doce años, o tal vez por ello, en el ideólogo de la oposición de derechas. 

Anna Lárina: inocencia ininterrumpida


Lárina cuenta desde dentro la vida en el Krémlin (allí la pareja llegó a intercambiar con Stalin su apartamento tras el suicidio, entre aquellas paredes, de la esposa del dictador), con la ligereza de quien es feliz y joven y aunque su padre fue un teórico del socialismo, y la élite comunista eran visitantes asiduos de su marido y de su progenitor, juega al amor y a la temprana maternidad. Pero esa inocencia, que trasmite con facilidad, durará poco. Caído, juzgado y fusilado su marido (medio siglo pasará hasta su rehabilitación), Lárina pasará por la experiencia de la deportación y el Gulag, incluyendo la crueldad de ser separada de su hijo (once meses tenía el niño cuando la catástrofe) durante 18 años. Lo extraordinario, en estas memorias clave para entender la era soviética, es que Lárina no carga las tintas al narrar sus padecimientos, no grita desesperada, sino que con serenidad expone los hechos escuetos y traza el perfil de su marido que contempló con entereza cómo sus laureles le eran arrebatados y con ellos el honor y la vida misma. Lárina fue la encargada de memorizar la carta que Bujarin le dictó para difundirla cuando el tiempo fuera propicio (y fue nuevamente medio siglo el que tuvo que transcurrir). Es la ejemplar "Carta a los futuros dirigentes del Partido". Por su interés, junto a la viva recomendación de leer estas memorias de Anna Lárina, paso a reproducirla en su integridad:

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas  desvergonzadamente y con seguridad.

Dzerjinsky desapareció. Se extinguieron progresivamente las admirables tradiciones de la Checa, cuando el ideal revolucionario dirigía todos sus actos, justificaba la crueldad contra los enemigos, para preservar al Estado de los contrarrevolucionarios. Por tal razón, los órganos de la Checa merecieron honores y confianza, autoridad y respeto especiales. En el momento actual, los órganos de la NKVD, en su mayoría, representan una organización degenerada de funcionarios  enriquecidos, corrompidos y carentes de ideales que, aprovechando la antigua autoridad de la Checa, y para complacer la desconfianza enfermiza de Stalin -por no decir más-, a la búsqueda  de condecoraciones y privilegios, realizan  su trabajo sucio. Sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, se suprimen a sí mismos, porque, cuando se trata de asuntos indecentes, la historia no soporta testigos.

Esos órganos "milagrosos" pueden aplastar a cualquier miembro del Comité Central o del Partido, fabricar traidores, terroristas, espías. Sí Stalin llegara a dudar de él mismo, se le tranquilizaría al instante.

Nubes amenazantes se ciernen sobre el Partido. Mi sola cabeza inocente implicará millares de otras cabezas también inocentes. Se necesita crear una "Organización bujarinísta" que, en realidad, ni siquiera existió en el último tiempo, porque, desde hace siete años, no tengo ni sombra de divergencia con el Partido, ni aun durante el periodo de la Oposición de derecha. Yo ignoraba todo de las organizaciones secretas de Riutin y de Ouglanov.  Yo exponía mis opiniones abiertamente con Rikov y Tomski.

Antes de la tormenta, 1927.
De izquierda a derecha: Rykov (ejecutado en 1938),
Bujarin (ejecutado en 1938), Kalinin (muerto de cáncer en 1946),
Uglanov (ejecutado en 1937), Stalin y Tomsky (suicidado en 1936)

Soy miembro del Partido desde la edad de dieciocho años y el objetivo de mi vida fue siempre luchar por los intereses de la clase obrera, por la victoria del socialismo. En estos tiempos, un periódico que lleva el nombre sagrado de Pravda, publica mentiras desvergonzadas, según las cuales Nicolás Bujarin intentaba destruir las conquistas de Octubre y restaurar el capitalismo. Se trata de una impudicia inaudita, una falsificación que, por su obvia insolencia y su carácter irresponsable, equivaldría a afirmar que Nicolás Romanov consagró toda su vida a la lucha contra el capitalismo y la monarquía y por la realización de la revolución proletaria.

Si llegué a equivocarme, más de una vez, en el curso de la lucha por la construcción  del socialismo, que las generaciones venideras no me juzguen con más severidad que Vladimir Ilich Lenin.

Nosotros nos dirigimos por primera vez hacia un objetivo común, siguiendo una vía que se apartaba de los  caminos  trillados. Se trataba de otra época y los hábitos eran por completo distintos. La Pravda contenía una “Sección de Discusiones". Todos discutían buscando nuevas vías, reñían, se reconciliaban y proseguían su camino juntos.

Me dirijo a vosotros, generación futura de dirigentes del Partido, cuya misión histórica implicará la obligación de desembrollar la madeja monstruosa de crímenes que, durante estos terribles momentos, se acumulan cada vez y amplifican como  el fuego hasta asfixiar al Partido.

¡Me dirijo a todos los miembros del Partido!

Esta hora, que acaso sea la última de mi vida, me convence de que, tarde o temprano, el filtro de la historia lavará implacablemente mi cabeza de todas las villanías.

Nunca fui un traidor. No hubiera dudado en sacrificar mi vida por la de Lenin. Yo estimaba bien a Kirov y no maquiné nada contra Stalin. Yo pido a la nueva, joven y honesta generación de dirigentes del Partido  que me justifique ante el Pleno del Comité Central y que me rehabilite en el seno del Partido. Sabed, camaradas, que en el estandarte que portaréis durante vuestra marcha triunfal hacia el comunismo habrá una pequeña gota de mi sangre. 

                                                      Verdugo y víctima