martes, 31 de diciembre de 2013

Lecturas: Declara (Tim Powers)

Hay quien ama a Tim Powers, pero no es mi caso. Por ello no diré que es "Declara" su mejor novela en muchos años, como por ahí se ha escrito. Sí diré que es un honesto, y a veces titánico, esfuerzo de de hacer lo de siempre en nuestro autor: hacer literatura fantástica de época, buscándose un marco temporal preciso (esta vez, la Guerra Fría) y trufándolo de elementos sobrenaturales. En "Las puertas de Anubis" y "Esencia oscura" consiguió, con dificultades, que su propuesta me pareciera interesante. Esta vez, simplemente aburre, confunde. Defrauda. Mezclar a Kim Philby, el espía más importante y peligroso que dio Inglaterra en el siglo XX, con ángeles que moran en el monte Ararat, a la sombra del arca de Noé, debiera haber dado para una ficción más amena y más simple. Más legible. Pero aquí Powers quiere ser tan primoroso en el estilo y en el matiz como lo es John le Carré, tan exacto en los pormenores sigilosos del género, y consigue serlo, pero a costa de descuidar el concepto genérico, digamos que estratégico, de la novela. En lo táctico, en cada capítulo, en cada episodio de acción, es válido Powers, pero en el conjunto de 568 páginas, yerra, naufraga. Aburre. Una pena. Será un libro que no merecerá una hipotética segunda oportunidad y que por lo tanto daré de baja en mi ecléctica biblioteca. De Powers me quedará, temblando ante su sino y a la espera de que el tiempo me imponga olvido, un último título superviviente, "Cena en el palacio de la discordia". 

martes, 10 de diciembre de 2013

Lecturas: Vargas Llosa, tal cual (Edgar Morote)


Tendría yo catorce años cuando llegué a Mario Vargas Llosa. Por entonces yo era Mario Montañez, sin Virgilio, sin vocación literaria todavía, sin la V tras el Mario que me permitiera después bromear con que MV era también Mario Vargas. Por entonces el primer libro de Vargas que cayó en mis manos fue "Pantaleón y las visitadoras", que me llenó de desazón y dejó en mi memoria de adolescente el nombre de un restaurante desarbolado y loco: "La lámpara de Aladino Panduro". Muy poco después, llegué a la brevísima y desoladora obra maestra que es "Los cachorros" para caer rendido, a renglón seguido, ante "La ciudad y los perros", con un final crepuscular y melancólico que, en mi desordenada memoria de lector compulsivo, sólo comparte en su perfección las páginas finales de "Adiós a las armas" de Ernest Hemingway. Desde ahí, casi todas las novelas de Vargas Llosa han sido leídas por mí. Y ninguna me ha defraudado. Sirva esta introducción autobiográfica para explicar el rechazo que me produce el libro de Herbert Morote.



Que he leído simplemente porque lo encontré, entre morralla comercial, en un centro comercial de Lima al día siguiente de conocer a Lucía, secretaria de Mario Vargas Llosa, que con noble hospitalidad me permitió compartir con ella y con Héctor Rospigliosi, otro peruano amigo y ejemplar, un café en un ámbito que considero sagrado con vistas al malecón Paul Harris, en Barranco. Pocas horas después, conocí a Luis Llosa, director de cine y primo del Premio Nobel de Literatura 2010 y a su esposa, Roxana. Digo, pues, que admiro a Vargas Llosa desde hace mucho, y que guardo un gran afecto por todos los nombrados y que forman parte del entorno cercano del escritor. Y que el libro de Morote, por mucho que su autor proclame que todo lo que afirma se basa, con profusión de citas y referencias bibliográficas, en la pura y monolítica razón, es basura. Basura es porque se trata de un intento de destruir al escritor y a la vez al político, basándose en el libro de memorias "El pez en el agua" en el que Vargas rememora su infancia y juventud por un lado y su frustrada lucha contra Fujimori por alcanzar la presidencia del Perú. No sirven los razonamientos presuntos de Morote porque hay algo que calla, porque dispara con calibre grueso, poco sutil, con flechas envenenadas, asiéndose a frases insignificantes de Vargas, sobredimensionándolas con pujos de inquisidor, arrimándoles candela, pez, brea, lo que sirva para convertir en pecados capitales simples ligerezas. Debe haber un motivo oculto, un rencor, una afrenta, para explicar el ardor de Morote. Que nos hurte su razón verdadera, la causa de este libelo, su casus belli, invalida todo el libro. 

No merece más espacio Morote, su libro áspero y torpe, risible en su insistencia, en su mordisco. Busco en la red palabras sobre este libro. Encuentro un artículo de Gustavo Faverón. Copio el inicio del mismo, y sólo ese inicio basta: 

 "Escribir en contra de Vargas Llosa es, a estas alturas, un deporte nacional,   un ejercicio frecuentísimo y, por supuesto, todo un género de literatura. Su cultor más reciente es Herbert Morote; el título de su agravio, Vargas Llosa, tal cual.


Herbert Morote ha leído mucho a Vargas Llosa, pero lo ha leído mal. Escribe acerca de él como escribiría un feligrés sobre un gurú que le falló, y acerca de sus obras como lo haría un viejo católico embravecido sobre los libros apócrifos de la Biblia. No comprende —o prefiere olvidar— que difícilmente puede alguien aproximarse a una pieza literaria con los ojos inyectados, dispuesto a avasallar a patadas y cabezazos cualquier cosa que en ella se diga y aun así comprenderla, evaluarla, meditarla, censurarla y esclarecerla”.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Lecturas: La mujer del viajero en el tiempo (Audrey Niffenegger)

Alguna vez he hablado, en este blog de libros ingratos y de otros cuya lectura es placentera. De libros que te muerden encabronados y de otros que se dejan acariciar. Este es el caso de la novela de Audrey Niffenegger, comprada hace unos años por aquello de mi gusto por la ciencia ficción y guardada durante ocho años en la segunda fila de un anaquel atestado. El capricho ha hecho que abriera el volumen de 601 páginas en tapa dura. Ha sido, fue, una buena elección. En vez de la acostumbrada teoría enrevesada sobre viajes en el tiempo, el gran aparato sofisticado y árido, con el infaltable gato de Schrodinger y la cuántica, en vez de todo eso, de esa aridez de la cf hard, lo que hay aquí es cotidianidad, vida, afectos. Y todo ello funciona, dando calor a una historia que no es del todo fantaciencia.



Se cuenta aquí básicamente la historia en común de Henry y Clare, una pareja norteamericana en la que él, bibliotecario, es 8 años mayor y tiene una enfermedad que consiste en que, sin poder controlarlo, viaja en el tiempo, habitualmente al pasado, sin poder elegir el instante de destino. Así, conoce a Clare cuando ésta tiene seis años y él tiene 36. Es en 1977. Pero de igual modo puede pasar que coincidan teniendo ella 20 y él 28. O que Henry viaje a un momento de su pasado en el que se encuentra consigo mismo, como es el episodio en que Henry, dividido en dos cuerpo, tiene 5 y tiene 24 años. O puede estar consigo mismo después de viajar un par de semanas en el pasado. No se se intenta explicar el fenómeno a través de trastornos moleculares ni nada de eso. Henry es viajero en el tiempo como podría ser celiaco. Una lata. Clare es quien aguarda el regreso cuando él viaja. Clare es quien siendo niña o adolescente aguarda el momento del futuro en el que verdaderamente se conocerán y empezarán una vida en común. Pensar en la Penélope del viajero Ulises no es osado.

Pero no, a pesar de todos estos saltos, de tantas posibilidades para paradojas, ésta no es una novela de ciencia ficción, sino una gran, tierna e intensa historia de amor. Hay una película basada en este libro. Dicen que es mala, que no tuvo éxito. No debe extrañar. Tampoco importa. Es un libro tan lleno de matices, de diálogos ingeniosos y a la vez sencillos, tan pleno de encanto (aunque el final de la historia no esté en exceso bien resuelto, y lo sentimental se exacerba), que toda adaptación al cine debe ser fallida. A no ser que se unieran JJ Abrams (el del último y desconcertante episodio de Lost) y tal vez Woody Allen que a su vez fuera un fan de Antonio Mercero y Jaime de Armiñán. Algo así. En todo caso, bravo por Niffenegger.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Lecturas: La sociedad Juliette (Sasha Grey)

O lo que es lo mismo, la morena que prefería por encima de todas el chino vasco (quien reconozca que ve televisión sabrá de qué, de quién hablo). Y también lo sabrá quien reconozca otras debilidades y no diga "ah, sí, la actriz de Entourage, dirimida por Steven Soderbergh y repescada por el astuto, y siempre torpe con la taquilla Nacho Vigalondo, el antisemita y bocazas e intoxicado Vigalondo, que desde aquel corto musical no ha terminado de dar con la tecla. Sí, es todo eso Sasha Grey, pero los vídeos que de ella se encuentran en la red son del género que nadie reconoce ver. Dicho esto, uno, que había leído una crítica vibrante (e incluso vibratoria) y amarga de su primer libro, y que en una entrevista promocional del libro que nos ocupa nombraba a Chuck Palahniuk (que sí, que es fácil de copiar e imitar pero sus libros son una debilidad mía, una de tantas) y ahí voy, me lanzo, lo compro como quien compra condones sin añadir aspirinas. Y lo leo. Malo, aburrido, desaprovechado. Grey pone ganas, pero escribe rápido, sin saber si la historia que va a contar se sostiene sin un armazón sólido que falta. Sin un estilo propio que está a mucha distancia de estar cerca del de Palahniuk. La sordidez de los clubs de sexo duro (¿existe blando?) y tumultuoso, ese mundo de contraseñas, identidades ocultas y libertinaje ni atrae ni interesa. No da para una novela, sino para un cuento. No para un largometraje sino para un vídeo de seis minutos. De esos en los que Sasha Grey convence más que aquí. Una pena.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Lecturas: Mr Gwyn (Alessandro Baricco)


Hubo un tiempo en que me gustaba Baricco. Me gustó “Seda”, con su cosita de miniatura delicaday amanerada, no me incomodó la verborrea de “Novecento”, me gustó a rabiar la brutalidad de la última línea de “Tierras de cristal”, me divirtió la vanalidad burbujeante, cronopiana, de “City”, me sumergí demasiadas veces en las primeras páginas de “Oceano mare” en su edición original en italiano para, muchos años después, leerlo en español con cierta desgana pero sin cabreo. Y justamente ahora me prestan “Mr Gwyn” para temer que los demás títulos que me quedan en mi biblioteca del italiano del pelo bonísimo y la pose de “soy-ideal-¿verdad?” quedarán durante algunos años más esperando su momento (“Sin sangre”, “Esta historia”, “Homero, Ilíada”). Nada recomendable. A la que sólo se le puede disculpar, a esta novela, a este autor, su brevedad de 178 páginas. El estilo Baricco está aquí en un buen momento, reconocible en sus personajes con decisiones sorprendentes, actitudes inusuales, a los que seguimos con interés. Pero aquí, el señor Gwyn de los cojones queda explicado, a través de un análisis final por el personaje que interroga sus hechos y trayectorias a través de una verborrea de película francesa doblemente mala, frasecitas de tatachán y floripondio. Un asco, un horror, un error. Mala manera de, en 10 páginas, cargarse el gozo previo de dejarte con cara de pasmado, de descubrir el cascabel del gato entre los restos finales del plato que creíste liebre. Una pena, un berrinche, una decepción. Avisados quedáis.

lunes, 21 de octubre de 2013

Lecturas: Malos sueños (Felices pesadillas 2)


Las pesadillas pueden ser recurrentes. Aquello de la inquebrantable fidelidad del infortunio. Que es lo que pasa con esta segunda antología de relatos de terror de Valdemar. Que aquel gozo quebradizo de la primera selección aquí se pierde, por querer tensar en demasía la cuerda y prolongar la deleitosa oscuridad de la noche. Pasa un mes y algo desde que se cerró el libro y un recorrido por el índice deja nombres ilustres pero ningún recuerdo, ni bueno ni malo. A lo más, el nombre de Poe con "La máscara de la muerte roja" se salva, pero como pieza de la literatura universal más allá del género del repelús (algo que comparte con "El almohadón de plumas" de Horacio Quiroga, que también comparece en este pesado volumen). Y junto a esa gema eterna, alguna cosita suelta como "La resucitada" de Emilia Pardo Bazán, "Un fantasma enamorado" de Vernon Lee, el bizarro relato "El bisara de Poore" de Kipling, poco más. 964 páginas podrían haber dado no para mucho más, sino para mucho peor. Una lástima.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Lecturas: El astillero (Juan Carlos Onetti)

      Hay una foto, que describo desde la caprichosa memoria, que muestra, en blanco y negro turbio, a Onetti sentado tras su máquina de escribir, que no se ve pero se hace imprescindible para engañar la memoria, mientras vuelve la cabeza para mirar a su mujer, de la que se avizora la espalda, bucles de cabello, el mástil, tocando el violín. Ese volverse hacia la música y la mujer,. pero no abandonar la escritura, describe, en metáfora y en gesto, a Onetti, al grandísimo, semper dolens, siempre amargo, Juan Carlos Onetti. Esta novela, cumbre y a la vez de las primeras, del autor uruguayo, presenta esa escritura tensa, casi epigramática, que nos hace amarlo y a la vez compadecerlo. Larsen, su héroe sin heroísmo, siempre fracasado, siempre acariciando una idea que le haga poderoso y a la vez inmune a sí mismo, intenta aquí regentar un astillero sin actividad, puro óxido y resignación mansa, a la vez que hace por seducir a una mujer. Obviamente, todo saldrá mal. Y en esta lectura última de Onetti se transparenta por un lado la deuda con Roberto Arlt (alguien habrá comparado antes a Remo Erdosain con Larsen) e incluso con la adjetivación de otro uruguayo recriado en Argentina, Horacio Quiroga. El Quiroga fatalista y despojado de "El almohadón de plumas" (que puede leerse en la antología terrorífica de Valdemar). En todo caso, prefiero al otro Onetti, el de "Los adioses", el de "El pozo". Más austero en la derrota, más elegíaco a las claras. Brilla, en la podredumbre, el autor y el personaje que se describe, a través de los ojos de otro, con insobornable honestidad: "Este hombre que vivió los últimos treinta años del dinero sucio que le daban con gusto mujeres sucias, que atinó a defenderse de la vida sustituyéndola por una traición, sin origen, de dureza y coraje; que creyó de una manera y ahora sigue creyendo de otra, que no nació para morir sino para ganar e imponerse, que en este mismo momento se está imaginando la vida como un territorio infinito y sin tiempo en el que es forzoso avanzar y sacar ventajas"