domingo, 21 de julio de 2013

Lecturas: Historia de un Estado clandestino (Jan Karski)

Cada guerra, cada conflicto, tiene su soldado desconocido, su héroe olvidado, su víctima de silencio y de ceniza. Su derrotado ejemplar. Tal es el caso de Jan Kozielewski. Cuyo nombre no aparece en los libros de historia, y cuando lo hace, en una minúscula nota al pie de página, lo hace con otro nombre, uno que la clandestinidad obligó a adoptar y por el que el recordado, aunque, ay, muy poco: Jan Karski. Autor de este abrumador volumen, su efigie, de muy mayor, la recoge una estatua de bronce en el parque de la universidad de Georgetown, en la que fue profesor entre 1952 y 1992. Sentado en un banco de madera, apoyado en un bastón y con un tablero de ajedrez invitando a compartir asiento e imposibles confidencias, una placa en el suelo resume en inglés sus virtudes y vicisitudes: “Jan Karski (Jan Kozielewski), 1914-2000, mensajero del pueblo polaco ante su gobierno en el exilio, mensajero del pueblo judío ante el mundo, el hombre que alertó sobre la aniquilación del pueblo judío cuando aún había tiempo para detenerla. Nombrado por el Estado de Israel Justo entre las Naciones, héroe del pueblo polaco, profesor en la Universidad de Georgetown (1952-1992), un hombre noble que caminó entre nosotros y nos hizo mejores con su presencia, un hombre justo”. Réplicas de esta estatua fueron emplazadas, posteriormente, ante el consulado de Polonia de Nueva York, en el campus de la Universidad de Tel Aviv, en la ciudad polaca de Kielce y, convirtiendo el banco en sillón y eliminando el tablero, en Varsovia.
Georgetown

Nueva York

Tel Aviv
Kielce

Varsovia

Lodz

Publicado en 1944 (adviértase, durante la Segunda Guerra Mundial y antes de la liberación de los campos), “Historia de un Estado clandestino” es el relato, en primera persona, que Karski hace de su actividad en la Resistencia polaca hasta el momento en que, enviado a dar cuenta al gobierno polaco en el exilio de las actividades de la Resistencia, cumple esta misión en Londres y es enviado a informar al presidente Roosevelt en Washington. Junto al funcionamiento del admirable estado polaco clandestino al que se refiere el título, es la situación del pueblo judío el gran secreto del que Karski era portador. No porque llevase consigo documentación microfilmada al respecto, sino porque él mismo fue testigo. De una honestidad intachable, el católico Karski insistió en conocer de primera mano lo que sucedía, para evitar estar mediatizado: “Me ofrecieron llevarme al gueto de Varsovia para que, literalmente, pudiera ver el espectáculo de gente moribunda, exhalando su último suspiro ante mis ojos. Me conducirían a uno de los tantos campos de exterminio en los que se torturaba a los judíos y se los mataba a miles. Como testigo ocular, yo sería mucho más convincente que como mero portavoz. Asimismo, me advirtieron que, si aceptaba su ofrecimiento, arriesgaría mi vida para llevarlo a efecto. También me previnieron de que el recuerdo de las espantosas escenas que presenciaría me perseguiría durante toda la vida. Les dije que aceptaba”.


Si todo el libro es un relato exacto, tenso y despojado de la lucha del nobilísimo pueblo polaco contra el invasor nazi (Karski fue movilizado, huyó de los alemanes para ser apresado por los soviéticos, se sometió voluntariamente a un canje para ser prisionero de los alemanes, de los que más tarde se evadió para integrarse en la Resistencia, cayendo prisioneero nuevamente y ser salvajemente torturado...), son dos capítulos, “El gueto” y “Morir en agonía...”, los que captan la experiencia medular de Karski. El libro completo cabe en el resumen en los párrafos con los que Karski, frente a la Casa Blanca, cierra estas memorias imprescindibles y que, para los que no conozcan este libro sobresaliente, pueden inducir a su lectura:

Me senté en un banco y observé a los transeúntes. Vestían bien y parecían saludables y satisfechos. Daba la sensación de que la guerra apenas los había afectado. Los acontecimientos me pasaron por la cabeza en veloces y extraños  fragmentos.
El exquisito salón del embajador portugués en Varsovia, y luego, abruptamente, sin transición alguna, el calor, el polvo y el humo de la batalla, así como la amargura de la derrota. La interminable y caótica marcha hacia el este, y la fútil búsqueda de inexistentes destacamentos. A continuación, los silbantes vientos y las inhóspitas estepas soviéticas. La alambrada del campo de prisioneros. El tren. El campo de concentración alemán en Radom y un primer atisbo de una brutalidad que nadie había imaginado jamás, la suciedad, el hambre, la degradación. Luego, la Resistencia, el secreto y el misterio, el ligero y constante temblor nervioso. Las montañas eslovacas y el viaje en esquí, como una irrupción en el mundo superior.
La hermosa ciudad de París, en tiempos de guerra... Angers, rebosante de espías alemanes... Luego el regreso por los Cárpatos, hacia la tierra de las tumbas, las lágrimas y el dolor. La Gestapo y mi primer golpe en sueños... Posteriormente, las palizas, los dientes y las costillas, la sangre que manaba a raudales, cubriéndome los ojos, los oídos, inundando el mundo.
Luego las palabras: “Teníamos dos órdenes con respecto a ti. La primera era hacer cuanto estuviese en nuestro poder por ayudarte a escapar. La segunda era matarte si fallábamos”.


Después, el duro trabajo en la Resistencia, monótono, secreto, peligroso. El gueto y el campo de exterminio, el recuerdo y  las náuseas que provocaba, los susurros de los judíos, como el estruendo de una colisión de montañas. Y Unter den Linden, Berta, Rudolf, gente que alguna vez amé y que ahora detesto. Los Pririneos de noche y los Pirineos de día. El mundo diplomático y las conferencias. Mi condecoración. Y luego lo vi a él, como puedo verlo ahora, mientras escribo, el anciano caballero, cansado, que, con los paternales ojos fijos en los mío, me decía: “No le doy ninguna orden ni le hago recomendación alguna. Usted no está representando al gobierno polaco y su política. Los servicios que le suministramos son puramente técnicos. Su misión consiste sólo en reproducir objetivamente lo que ha visto, lo que ha experimentado, lo que se le ha encomendado que diga sobre quienes están en Polonia y en los demás países europeos ocupados.


jueves, 18 de julio de 2013

Algoritmos por sevillanas



LA FORTALEZA DIGITAL. Autor: Dan Brown. Editorial: Umbriel. Páginas: 448.


HAY algo que escama en esta novela. Que el autor tenga que iniciarla disculpándose por no dar una imagen eufórica de Sevilla y de España, como si por ello se fueran a asaltar los consulados de Estados Unidos, como si tuviéramos un patrioterío talibán, y que siendo la primera de Dan Brown haya sido la última en publicarse. 

Vayamos por partes. España no es un paraíso. Es más, el paraíso no existe. Y si hay putas, camellos, punkis y calor en Sevilla, o los lavabos del aeropuerto de nuestra ciudad vecina no están limpios, pues no pasa nada. Se creó mucha escandalera previa con la visión que Brown daba de España y no hay para tanto. Así, no hace falta que el pobre hombre tenga que confesar, o inventarse, en su disculpa, que está aprendiendo a bailar sevillanas. Es más, a veces son divertidos los errores que comete, como situar el Ayuntamiento de Sevilla en la Plaza de España o contar cómo las sevillanas suelen lucir mantillas en misa. 

Eso sí: los guardias civiles fuman Ducados y los punkis beben cerveza Águila. Por tanto, algo de documentación minuciosa ha habido. Del mismo modo que errores idiotas, como señalar en la página 351 que el sicario malo es sordo para describirlo oyendo un golpe ocho páginas más adelante. 


Una novela tan mala

Pero tampoco hace falta ponerse duros con el muchacho multimillonario. Pobre desgracia ha tenido ya con escribir una primera novela tan mala. Uno, por exigencias de la actualidad, se ha leído el resto de las obras de Brown. Y si, con la advertencia previa de que hablamos de productos de consumo, no de auténtica y legítima literatura, 'El Código da Vinci' era mecánica pero entretenida, 'Ángeles y Demonios' tenía un final tan ridículo que podría titularse 'Mira quién vuela' y 'La conspiración' era correcta, 'La Fortaleza Digital' es simplemente mala. No de solemnidad, pero mala a las claras. 

Veamos: la cosa va de criptógrafos (eso que tanto le gusta a Brown), pero tan torpes que se tiran las últimas páginas de los nervios, al borde del patatús, buscando una clave que el lector más abstruso ha deducido mucho antes que tan excelsas y audaces eminencias. Y no es cosa de ponerse a gritarle un número a un libro. Aunque sea de Dan Brown. 

Y el resto es lo de siempre: capítulos cortos que duran lo mismito que un vagón de metro entre estación y estación, un guapo y una guapa luchando contra las circunstancias, confiando en quien será un villano y desconfiando de quien es finalmente inocente. 

Y al llegar al final, miel sobre hojuelas, el suelo de la sala de lectura lleno de palomitas y el cheque gordo en el bolsillo de Daniel el Travieso. Eso sí, sigo sin saber lo que es un algoritmo tras leer la novela. 

Que parece que lo que busca el autor es que los de Letras cojamos el tocho de la Real Academia y lo comprobemos. Pero, Dan, cariño, no me mueve mi Dios para hacerlo (ni para quererte). Al menos, queda el consuelo de que pasará un tiempo sin que nos aflija con otra de sus ficciones sin adicciones (ni cafeína).

Publicado en Diario Sur el 24 de marzo de 2006


Lecturas: Inferno (Dan Brown)

Hubo un tiempo en que los libros de Dan Brown cumplían lo mínimo que se le puede pedir a un libro: que no te aburriera, que fuera sumiso en las manos y que respondiera con cierta bondad al detalle que tenemos al abrirlo, al decir "bueno, muchacho, a ver qué me ofreces". El resultado era el equivalente de ver una película sin pretensiones y con mucho efecto especial, puro rato de palomitas. Eso ha ido pasando, con peor o mejor fortuna, con todos sus títulos (véase la crítica deslenguada que en su día publiqué de "La fortaleza digital" y que en un plisplás recuperaré aquí). Pero no con éste, "Inferno". Hasta Javier Sierra (que ya es decir) supo hacer algo entretenido con el Renacimientop italiano en la sobrevalorada "La cena secreta". Pero Brown cae aquí en la monotonía, en creer que decidir escenarios interesantes (Florencia, Venecia, Estambul) basta para que el lector poco exigente se dé por satisfecho. Nada de eso. Aquí, todo es pocas ideas, pocos datos, información somera. Desgana. Comercio. Aburrimiento. Las palabras manidas de Dante, que aquí se repiten con desgana, las de dejar toda esperanza por parte de los que entren, deberían haberse usado aquí no como cita introductoria, sino como aviso para los lectores. 


Toda posible novedad ha sido dejada fuera por el desganado Brown, que aquí también incurre en despistes, en fallos de racord como cuando cuenta que Langdon descubre que Sienna Brooks está calva en una escena anodina para volver a descubrirlo un puñado de páginas más tarde en otra escena igualmente tonta. Y si para su conveniencia tiene que meter a mujeres en burka (no con hiyab ni niqab, burka a la manera afgana) en Estambul, lo hace. Y es más, mete como figurante en esa ubicación a un hombre vestido con una elegante túnica y turbante. Un auténtico moro de opereta. Cosas así son las que te hacen desesperar con una novela que en manos más hábiles (lo dicho, y perdóneme Dios, las de Javier Sierra) hubiera evitado convertirse en un tocho indigesto y lento y tonto y otra vez tonto de 633 páginas. El libro me acompañó a un viaje lejos, con vuelos largos y aburridas noches de hotel. Ni así consiguió que me interesara por él. Lo que en otras ocasiones fueron tres o cuatro días de alborotada lectura se convirtió en algo tan lento y apasionante como la Constitución de cualquier país desdichado. Un asco, un horror. Un error. He dicho.

miércoles, 19 de junio de 2013

El Mesías secreto


Los hechos pueden enumerarse como una tríada de elementos, esencialmente resumidos en una esperanza, una revelación y un fracaso. No obstante, y a la luz de los acontecimientos, el orden de estos principios puede ser alterado, combinándose de forma azarosa y hasta infinita. Así, Jonas Lewis Baer antepone la esperanza a la revelación, mientras Philip K. Dick sitúa en primer lugar la decepción.

De todos modos, el ordenamiento es ficticio, abandonado al criterio y al capricho de los exégetas y dictado por la interpretación de los acontecimientos. En líneas generales, éstos pueden resumirse en la manifestación de un excesivo Mesías, Sabbatai Zewi, en una sinagoga europea hacia 1666, en su reconocimiento por severos cabalistas y sabios de la judería, su aclamación por una resignada muchedumbre hebrea y la decisión compartida de regresar a Jerusalén, en tumultuoso peregrinaje, a fin de proclamar, e iniciar, un reinado de inverosímil dicha.


Nacido en Esmirna el día de 1626 en el que se celebraba lastimeramente el aniversario de la destrucción del Templo -todos los templos parecen remitirse a aquél del que un único muro basta para asegurar su persistencia- a la vez que se auguraba para ese azar del calendario el natalicio del definitivo libertador, Sabbatai Zewi fue uno de esos fatigadores de pergaminos, insuficientemente auxiliados de candelabros, en que tan abundante es la estirpe de Abraham. Excluido a los quince años de su edad, por mero agotamiento de los saberes, de una escuela talmúdica, dedicó sus vigilias a los laberintos arborescentes de la Cábala. Fue durante uno de esos turbios amaneceres cuando una voz, convenientemente nítida, intangible e imperativa, le desveló que el Mesías coincidía con su persona, cumpliendo así los requisitos de la mansa tradición. Entonces, la quietud se convirtió en zozobra.

El primer episodio de este vértigo de despropósitos e ilusiones consistió en pronunciar, siguiendo la ley dictada para el esperado Mesías y en la apesadumbrada sinagoga, el nombre secreto e invisible de Dios. A partir de ahí, todo fue dramáticamente fulgurante.

Las profecías fueron cumpliéndose con rigor geométrico, dictando el acontecer de cada jornada. Así, el austero sabio Nathán de Gaza se erigió en encarnación del profeta Elías, anunciador del aguardado redentor que fue captando reconocimientos, monedas y entusiasmos para el excesivo Sabbatai, llamando al fervor de los repentinos creyentes a llevar en navíos su exaltación hacia los lugares primigenios y sagrados.

En lo que fue un día Constantinopla, la multitud, siguiendo a Zewi, desembarcó. Allí, una corona de alfanjes e imprecaciones le ciñó y condujo a una fortaleza debidamente arábiga y lóbrega. Rabinos reclamados para la ocasión se entrevistaron con el elegido, custodiado por muecines y soldados. El dictamen del repentino sanedrín fue diverso, mas prevalecieron los que abandonaron la celda fulminados por la sutil majestad del prisionero. Abreviando los preliminares y consultas, el sultán anticipó un final público. En pie sobre las murallas, contemplando un océano inmóvil de cánticos y devociones, Sabbatai Zewi fue conminado a reafirmar su identidad como definitivo Mesías o entregar su sangre a una cimitarra ya desenvainada e impaciente. Los cánticos se detuvieron. Tras un silencio de Zewi, dedicado tal vez a la oración interna o al recuerdo de una habitación en Esmirna, entonó su decisión, proclamando una repentina fe en Alá y su profeta.

Es conjeturable el desaliento de los seguidores, su hastiado y menesteroso regreso a los barcos, sus secretas imprecaciones. Una década después, cuando Sabbatai Zewi entró en un paraíso excesivamente mundano para ser celeste, en el que todos los árboles estaban orientados hacia una misma ciudad, su deceso fue llorado como el de un verdadero Mesías. A pesar de la coaccionada conversión, fueron numerosos quienes duplicaron aquel entusiasta éxodo para aguardar en Jerusalén que el Mesías Zewi revocara su engaño y premiara con el nuevo reinado de Yahvé la paciente confianza de sus seguidores.

A pesar de la muerte y del olvido, nuevas y sucesivas generaciones de desengañados creyentes fueron aguardando su imposible y quimérico regreso. En el escrupuloso escrutinio de los rabinos, en cambio, Zewi fue convertido en un estrafalario impostor.

La redención quedó aplazada hasta el fin de los tiempos. Incluso, la fecha de la muerte de Zewi coincidió, simétricamente, con el Yon Kippur de 1676, el día hebreo de la expiación. Ahora, cuando escribo este recuento una tarde de julio de 1952, al otro lado de un velado ventanal de Buenos Aires, acaso quede alguien que siga esperando el retorno y el desvelamiento de Sabbatai Zewi, mientras adustos profesores recomponen los detalles innecesarios de aquellos sucesos. Sin embargo, en este punto se nos presenta una duda, una razonable interrogación. Zewi pudo ser un falso Mesías, un impostor que suplantó una inminencia eternamente aplazada. Pero igualmente pudo ser el verdadero, íntimo y secreto Mesías.


Tal vez esos sueños de una justicia frustrada y universal por parte de los sabbetaístas no fue estéril, tal vez sus desvelos no fueron vanos. Nosotros percibimos aquellos acontecimientos a través de bibliotecas y resignados archivos, pero otros hombres, otras existencias igualmente provisionales e inabarcables, los percibieron -e hipotéticamente lo perciben entre los muros de una Jerusalén intangible que duplica y dicta la Jerusalén real-, como lo que para ellos era un futuro y para nosotros es un cotidiano presente en el que Borges, estas palabras, el ventanal, son parte de una esperanza tan precisa como necesaria. Una esperanza que coincide con este día, en la que en los insuficientes atlas figura el nombre de Israel sobre una mancha púrpura y el nombre indescifrable de Dios puede volver a ser definitivamente declinado.

[Publicado en el libro MONTAÑEZ, Mario Virgilio: Humo en un jardín. Relatos, 1986-2006. Prólogo de Juan Francisco Ferré. Málaga, Area de Cultura, 2006]

Lecturas: El amor de Spinoza (Yael Guiladi)

       Hay un año, con su numeración maléfica, propicia para miedos y agitaciones del espíritu, que abarcó por igual, en el mismo mes, el incendio pavoroso, casi mítico, de Londres y la apostasía de Sabbatai Zvi (o Zevi, o Zewi) en Estambul. El nombre de este personaje extraño, maldito, no es tan conocido como su historia mereciera, cargada de la más alta esperanza y de la más extraordinaria decepción. Acerca del mismo, publiqué en su día dos relatos que narran, al cabo, su peripecia desde dos puntos de vista, desde dos estilos y dos épocas muy diversas. Uno de ellos, “La cautividad de Babilonia”, está disponible en este blog (buscar en la etiqueta, aquí a la izquierda, de “Relatos”.  Aquí el comienzo: “Yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, doy fe de que el Mesías ha estado y estará con nosotros, y por ello he seguido, cantando salmos, fatigando senderos, hasta estos confines olvidados de la piedad de los hombres al ungido Sabbatai Zewi, el elegido)”.  El otro, “El Mesías secreto”, más borgiano aún ya desde el nombre, lo subiré en pocos días. Comparece aquí el desaforado personaje ya que es él el que protagoniza realmente la novela “El amor de Spinoza” de Yael Guiladi. Quien ose saber más sobre el profeta falso y su pervivencia puede recurrir a la recopilación de ensayos de Gershom Scholem “El misticismo extraviado”. Publicado por Lilmod en 2005.

El cuadro de marras (y de Jan Steen):
Acta virum probant


            En mi descargo, y aún en el de la autora, habrá que aducir que el título original de la novela, y la intención de la misma, es otro: “An honourable forgery”, lo que en el idioma nuestro viene a ser una honrada falsificación. Como la perpetrada por los editores, cuando el pobre y decrépito Spinoza es aquí una anécdota, el capricho de una moza sana y hermosa, cuyas cuitas amorosas quedan en una trama que poco interesa y que pretende mezclarse, con poca fortuna, con la de Sabbatai Zewi. El cuadro de Jan Steen de la cubierta, que la novelista israelí confiesa ser su base de inspiración, no es tan encantador como ella afirma, ni es la trama holandesa, de pintores y rivalidad y desamor y frustración, lo que interesa en esta novela histórica que se deja leer pero que, ay, no convence. Es la otra trama, en Gaza y Estambul, la que tiene un interés muy alto. Aunque sea por dar carne a lo que en Scholem es teoría y exégesis. Pero es un libro fallido, que sirve, a lo más, como umbral para quien quiera adentrarse en uno de los más extraños personajes que la vasta fe de Abraham ha ofrecido al mundo, y del que, como en su día del mismo Spinoza, reniega. Y con razón. 

martes, 18 de junio de 2013

Lecturas: El sentido de un final (Julian Barnes)

Hubo un momento, finales de los ochenta o así (miro mi ejemplar de "Una historia del mundo en diez capítulos y medio", segunda edición, 1990) , en que Julian Barnes era un tipo elegante, divertido pero con una elegancia especial, como de Lubitsch o alguien así, que tornaba sus novelas en delicadas disecciones del amor y sus mutaciones expresadas con sabiduría y compasión. Ahora me prestan su última novela, “El sentido de un final”, y compruebo que es el único de sus títulos que falta en mi biblioteca y que era, junto a “La mesa limón” y “Arthur & George”, uno de los pocos que me faltaban por leer. Obviando la experiencia desconcertante de “Inglaterra, Inglaterra”, brillante en su planteamiento pero árida y confusa en la experiencia del lector, Barnes sigue siendo un notabilísimo fabulador, pero hay algo aquí que te hace añorar al que fuera autor de “Metrolandia”.


Es la que aquí reseñamos una novela breve (192 páginas en la edición del Círculo de Lectores), que tiene en común con “Metrolandia”, su primera novela, que tiene forma de evocación, entonces desde la madurez y ahora desde la vejez, de una juventud inglesa que es necesario examinar para comprender el presente confuso. Lo que entonces fue ingenio e incorrección se ha convertido ahora en análisis frío y conciso. Es como si Barnes hubiera cedido su nombre para que lo usara Javier Marías.  Que me gusta también precisamente por eso, pero en Barnes prefiero ese estilo menor, más superficial, de antaño. Copio desde una edición electrónica cazada en la red un párrafo seleccionado al azar:

“Cuando escribí a Adrian, ni yo mismo sabía claramente a qué me refería con lo de los “abusos”. Y sólo lo tengo un poco más claro casi una vida entera después. Mi suegra (que felizmente no figura en este relato) no me tenía en gran concepto, pero al menos fue sincera conmigo, como era en la mayoría de las cosas. Una vez comentó -cuando salió en la prensa y en los telediarios otro caso más de abuso sexual infantil-: “Creo que abusaron de todos nosotros”. ¿Estoy insinuando que Verónica fue víctima de lo que hoy día llamamos “conducta inadecuada”: de miradas lascivas con aliento a cerveza a la hora del baño o de acostarse, de algo más que unas caricias fraternales con su hermano? ¿Cómo podría saberlo? ¿Hubo algún momento primario de pérdida, alguna privación de amor cuando más lo necesitaba, algunas palabras entreoídas de las que la niña dedujo que...? Tampoco puedo saberlo. No tengo indicios documentales ni deducidos de anécdotas. Pero recuerdo lo que dijo Old Joe Hunt cuando discutió con Adrian: que los estados de ánimo podían deducirse de los actos. Esto sucede en la historia: Enrique VIII y demás. En la vida privada, en cambio, creo que lo cierto es lo contrario: que se pueden deducir actos pretéritos de estados de ánimo actuales.”


A eso me refiero, a esa introspección verbosa, abstracta, que puede ser tan profunda como aburrida. Pero el resultado, con todo, y con la confusión que en el lector producen dos giros inesperados de la trama al final de la novela, uno diez páginas antes del cierre, y otro en la penúltima, es notable. Por mucho que fastidie que una de las claves del libro esté, como en esa penúltima página se clarifica, en una frase tan abstrusa como “En consecuencia, ¿cómo se expresaría una acumulación que contuviera las letras b, a1, a2, s, v?” Y es que, como dicen las ultimísimas palabras de esta novela, “Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay desasosiego. Un gran desasosiego”.

lunes, 20 de mayo de 2013

Réquiem, con gato, por Ana Mari


Mientras en la noche de un viernes raro lloviznaba, un revuelo de voces, de pasos, alborotaba el rellano. Una ojeada a la calle, donde en otras ocasiones aguardaba una ambulancia al vecino de arriba, nos descubre la imagen insospechada de un coche fúnebre con la puerta trasera abierta. Un nombre viene a la mente, Ana Mari, y apenas hay tiempo para que la mente procese el dato cuando aparecen en la acera, saliendo de nuestro portal, dos operarios llevando el ataúd. Maribel y yo lo miramos, sabemos que es la última vez, aunque no la veamos, que veremos en su entorno a nuestra vecina. Atenazada la garganta, que no encuentra palabras que no sean simples, como “pobre, pobre, pobre Ana Mari”, Maribel se viste con rapidez, y yo opto, torpe, por acompañarla al rellano iluminado vistiendo colores que gritan.

Allí, ante el ascensor, y en el recibidor extrañamente iluminado, están los hijos, los nietos. Serenos y apesadumbrados, y hay abrazos, y hay palabras torpes pero necesarias, y hay lágrimas en Maribel y casi en mí. Se respira como cuando la tierra se ha aquietado tras un temblor. Algo así. O como cuando se baja de un barco inestable. De pronto, la presencia callada de Ana Mari en su casa, oculta en un recodo que sólo delataba una luz toda la noche encendida, aclarando nuestro pasillo como un faro fiel y constante desde hace tanto, se hace leyenda, y hay que hacer memoria para conjurar sus manos delgadas y sarmentosas, su voz que también era delgada, sus ojos vivísimos y contundentes. La niña de la estación la llamaban cuando era moza y su padre ferroviario la hacía recorrer el país en acomodos fugaces. La niña de la estación, que tenía coletas y era hermosa en la Barcelona de 1936 y allí trabajó, en guerra y en una institución oficial, mientras un joven tal vez malagueño, apenas mayor que ella, colgaba el fusil preguntando por ella, y volvía a ser soldado para ir a rescatarla aunque para ello tuviera que tomar una ciudad y ganar una guerra amarga.



Eran las historias que Ana Mari contaba a sus jóvenes vecinos que éramos nosotros, y sus manos nerviosas levantaban un retrato para enseñarnos a quien fue su esposo, galán de perfecta fotogenia, y eran las cosas de Ana Mari así, como los roscos de reyes que abrumadoramente nos hacía entregar, y pasaron los años, y de ella sabíamos por las mujeres que las cuidaban, por sus nietos, por sus hijos, que respondían brevemente al “¿cómo está Ana Mari?” mientras sabíamos, por las últimas conversaciones que con ella Maribel tuvo, que la lucidez la iba dejando y que su gran preocupación, apremiante y palpitante, era el destino final del gato negro y sinuoso, Panchito, que desde hacía una década la acompañaba.

Al día siguiente, en el cementerio, compraremos un pequeño centro de flores con una cinta que dirá “Mario y Mabel”. Situada a los pies del féretro, nuestros nombres unidos y fúnebres nos darán una importancia no buscada, una sensación de extrañeza monstruosa y cruel. Amarga también. Cuando por la tarde asistamos al funeral, entre las preces y las invocaciones a la misericordia, un gato solo, y que gime en las habitaciones vacías, ronda por nuestro pecho, ronronea buscando el alma para con ella restregarse y deja una tristeza adicional. Maribel, Mabel, prometió a la angustiada Ana Mari, impedir que a Panchito, una vez ella muriera, nada malo le pasara. Yo me siento inútil, tal vez porque lo soy. ¿Alguien puede, alguien hay, que pueda adoptar ese gato grande y negro y tan solo? Desde las sombras, Ana Mari, la niña de la estación, nuevamente joven y con coletas, nos observa solemnemente triste.