miércoles, 19 de junio de 2013

El Mesías secreto


Los hechos pueden enumerarse como una tríada de elementos, esencialmente resumidos en una esperanza, una revelación y un fracaso. No obstante, y a la luz de los acontecimientos, el orden de estos principios puede ser alterado, combinándose de forma azarosa y hasta infinita. Así, Jonas Lewis Baer antepone la esperanza a la revelación, mientras Philip K. Dick sitúa en primer lugar la decepción.

De todos modos, el ordenamiento es ficticio, abandonado al criterio y al capricho de los exégetas y dictado por la interpretación de los acontecimientos. En líneas generales, éstos pueden resumirse en la manifestación de un excesivo Mesías, Sabbatai Zewi, en una sinagoga europea hacia 1666, en su reconocimiento por severos cabalistas y sabios de la judería, su aclamación por una resignada muchedumbre hebrea y la decisión compartida de regresar a Jerusalén, en tumultuoso peregrinaje, a fin de proclamar, e iniciar, un reinado de inverosímil dicha.


Nacido en Esmirna el día de 1626 en el que se celebraba lastimeramente el aniversario de la destrucción del Templo -todos los templos parecen remitirse a aquél del que un único muro basta para asegurar su persistencia- a la vez que se auguraba para ese azar del calendario el natalicio del definitivo libertador, Sabbatai Zewi fue uno de esos fatigadores de pergaminos, insuficientemente auxiliados de candelabros, en que tan abundante es la estirpe de Abraham. Excluido a los quince años de su edad, por mero agotamiento de los saberes, de una escuela talmúdica, dedicó sus vigilias a los laberintos arborescentes de la Cábala. Fue durante uno de esos turbios amaneceres cuando una voz, convenientemente nítida, intangible e imperativa, le desveló que el Mesías coincidía con su persona, cumpliendo así los requisitos de la mansa tradición. Entonces, la quietud se convirtió en zozobra.

El primer episodio de este vértigo de despropósitos e ilusiones consistió en pronunciar, siguiendo la ley dictada para el esperado Mesías y en la apesadumbrada sinagoga, el nombre secreto e invisible de Dios. A partir de ahí, todo fue dramáticamente fulgurante.

Las profecías fueron cumpliéndose con rigor geométrico, dictando el acontecer de cada jornada. Así, el austero sabio Nathán de Gaza se erigió en encarnación del profeta Elías, anunciador del aguardado redentor que fue captando reconocimientos, monedas y entusiasmos para el excesivo Sabbatai, llamando al fervor de los repentinos creyentes a llevar en navíos su exaltación hacia los lugares primigenios y sagrados.

En lo que fue un día Constantinopla, la multitud, siguiendo a Zewi, desembarcó. Allí, una corona de alfanjes e imprecaciones le ciñó y condujo a una fortaleza debidamente arábiga y lóbrega. Rabinos reclamados para la ocasión se entrevistaron con el elegido, custodiado por muecines y soldados. El dictamen del repentino sanedrín fue diverso, mas prevalecieron los que abandonaron la celda fulminados por la sutil majestad del prisionero. Abreviando los preliminares y consultas, el sultán anticipó un final público. En pie sobre las murallas, contemplando un océano inmóvil de cánticos y devociones, Sabbatai Zewi fue conminado a reafirmar su identidad como definitivo Mesías o entregar su sangre a una cimitarra ya desenvainada e impaciente. Los cánticos se detuvieron. Tras un silencio de Zewi, dedicado tal vez a la oración interna o al recuerdo de una habitación en Esmirna, entonó su decisión, proclamando una repentina fe en Alá y su profeta.

Es conjeturable el desaliento de los seguidores, su hastiado y menesteroso regreso a los barcos, sus secretas imprecaciones. Una década después, cuando Sabbatai Zewi entró en un paraíso excesivamente mundano para ser celeste, en el que todos los árboles estaban orientados hacia una misma ciudad, su deceso fue llorado como el de un verdadero Mesías. A pesar de la coaccionada conversión, fueron numerosos quienes duplicaron aquel entusiasta éxodo para aguardar en Jerusalén que el Mesías Zewi revocara su engaño y premiara con el nuevo reinado de Yahvé la paciente confianza de sus seguidores.

A pesar de la muerte y del olvido, nuevas y sucesivas generaciones de desengañados creyentes fueron aguardando su imposible y quimérico regreso. En el escrupuloso escrutinio de los rabinos, en cambio, Zewi fue convertido en un estrafalario impostor.

La redención quedó aplazada hasta el fin de los tiempos. Incluso, la fecha de la muerte de Zewi coincidió, simétricamente, con el Yon Kippur de 1676, el día hebreo de la expiación. Ahora, cuando escribo este recuento una tarde de julio de 1952, al otro lado de un velado ventanal de Buenos Aires, acaso quede alguien que siga esperando el retorno y el desvelamiento de Sabbatai Zewi, mientras adustos profesores recomponen los detalles innecesarios de aquellos sucesos. Sin embargo, en este punto se nos presenta una duda, una razonable interrogación. Zewi pudo ser un falso Mesías, un impostor que suplantó una inminencia eternamente aplazada. Pero igualmente pudo ser el verdadero, íntimo y secreto Mesías.


Tal vez esos sueños de una justicia frustrada y universal por parte de los sabbetaístas no fue estéril, tal vez sus desvelos no fueron vanos. Nosotros percibimos aquellos acontecimientos a través de bibliotecas y resignados archivos, pero otros hombres, otras existencias igualmente provisionales e inabarcables, los percibieron -e hipotéticamente lo perciben entre los muros de una Jerusalén intangible que duplica y dicta la Jerusalén real-, como lo que para ellos era un futuro y para nosotros es un cotidiano presente en el que Borges, estas palabras, el ventanal, son parte de una esperanza tan precisa como necesaria. Una esperanza que coincide con este día, en la que en los insuficientes atlas figura el nombre de Israel sobre una mancha púrpura y el nombre indescifrable de Dios puede volver a ser definitivamente declinado.

[Publicado en el libro MONTAÑEZ, Mario Virgilio: Humo en un jardín. Relatos, 1986-2006. Prólogo de Juan Francisco Ferré. Málaga, Area de Cultura, 2006]

Lecturas: El amor de Spinoza (Yael Guiladi)

       Hay un año, con su numeración maléfica, propicia para miedos y agitaciones del espíritu, que abarcó por igual, en el mismo mes, el incendio pavoroso, casi mítico, de Londres y la apostasía de Sabbatai Zvi (o Zevi, o Zewi) en Estambul. El nombre de este personaje extraño, maldito, no es tan conocido como su historia mereciera, cargada de la más alta esperanza y de la más extraordinaria decepción. Acerca del mismo, publiqué en su día dos relatos que narran, al cabo, su peripecia desde dos puntos de vista, desde dos estilos y dos épocas muy diversas. Uno de ellos, “La cautividad de Babilonia”, está disponible en este blog (buscar en la etiqueta, aquí a la izquierda, de “Relatos”.  Aquí el comienzo: “Yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, doy fe de que el Mesías ha estado y estará con nosotros, y por ello he seguido, cantando salmos, fatigando senderos, hasta estos confines olvidados de la piedad de los hombres al ungido Sabbatai Zewi, el elegido)”.  El otro, “El Mesías secreto”, más borgiano aún ya desde el nombre, lo subiré en pocos días. Comparece aquí el desaforado personaje ya que es él el que protagoniza realmente la novela “El amor de Spinoza” de Yael Guiladi. Quien ose saber más sobre el profeta falso y su pervivencia puede recurrir a la recopilación de ensayos de Gershom Scholem “El misticismo extraviado”. Publicado por Lilmod en 2005.

El cuadro de marras (y de Jan Steen):
Acta virum probant


            En mi descargo, y aún en el de la autora, habrá que aducir que el título original de la novela, y la intención de la misma, es otro: “An honourable forgery”, lo que en el idioma nuestro viene a ser una honrada falsificación. Como la perpetrada por los editores, cuando el pobre y decrépito Spinoza es aquí una anécdota, el capricho de una moza sana y hermosa, cuyas cuitas amorosas quedan en una trama que poco interesa y que pretende mezclarse, con poca fortuna, con la de Sabbatai Zewi. El cuadro de Jan Steen de la cubierta, que la novelista israelí confiesa ser su base de inspiración, no es tan encantador como ella afirma, ni es la trama holandesa, de pintores y rivalidad y desamor y frustración, lo que interesa en esta novela histórica que se deja leer pero que, ay, no convence. Es la otra trama, en Gaza y Estambul, la que tiene un interés muy alto. Aunque sea por dar carne a lo que en Scholem es teoría y exégesis. Pero es un libro fallido, que sirve, a lo más, como umbral para quien quiera adentrarse en uno de los más extraños personajes que la vasta fe de Abraham ha ofrecido al mundo, y del que, como en su día del mismo Spinoza, reniega. Y con razón. 

martes, 18 de junio de 2013

Lecturas: El sentido de un final (Julian Barnes)

Hubo un momento, finales de los ochenta o así (miro mi ejemplar de "Una historia del mundo en diez capítulos y medio", segunda edición, 1990) , en que Julian Barnes era un tipo elegante, divertido pero con una elegancia especial, como de Lubitsch o alguien así, que tornaba sus novelas en delicadas disecciones del amor y sus mutaciones expresadas con sabiduría y compasión. Ahora me prestan su última novela, “El sentido de un final”, y compruebo que es el único de sus títulos que falta en mi biblioteca y que era, junto a “La mesa limón” y “Arthur & George”, uno de los pocos que me faltaban por leer. Obviando la experiencia desconcertante de “Inglaterra, Inglaterra”, brillante en su planteamiento pero árida y confusa en la experiencia del lector, Barnes sigue siendo un notabilísimo fabulador, pero hay algo aquí que te hace añorar al que fuera autor de “Metrolandia”.


Es la que aquí reseñamos una novela breve (192 páginas en la edición del Círculo de Lectores), que tiene en común con “Metrolandia”, su primera novela, que tiene forma de evocación, entonces desde la madurez y ahora desde la vejez, de una juventud inglesa que es necesario examinar para comprender el presente confuso. Lo que entonces fue ingenio e incorrección se ha convertido ahora en análisis frío y conciso. Es como si Barnes hubiera cedido su nombre para que lo usara Javier Marías.  Que me gusta también precisamente por eso, pero en Barnes prefiero ese estilo menor, más superficial, de antaño. Copio desde una edición electrónica cazada en la red un párrafo seleccionado al azar:

“Cuando escribí a Adrian, ni yo mismo sabía claramente a qué me refería con lo de los “abusos”. Y sólo lo tengo un poco más claro casi una vida entera después. Mi suegra (que felizmente no figura en este relato) no me tenía en gran concepto, pero al menos fue sincera conmigo, como era en la mayoría de las cosas. Una vez comentó -cuando salió en la prensa y en los telediarios otro caso más de abuso sexual infantil-: “Creo que abusaron de todos nosotros”. ¿Estoy insinuando que Verónica fue víctima de lo que hoy día llamamos “conducta inadecuada”: de miradas lascivas con aliento a cerveza a la hora del baño o de acostarse, de algo más que unas caricias fraternales con su hermano? ¿Cómo podría saberlo? ¿Hubo algún momento primario de pérdida, alguna privación de amor cuando más lo necesitaba, algunas palabras entreoídas de las que la niña dedujo que...? Tampoco puedo saberlo. No tengo indicios documentales ni deducidos de anécdotas. Pero recuerdo lo que dijo Old Joe Hunt cuando discutió con Adrian: que los estados de ánimo podían deducirse de los actos. Esto sucede en la historia: Enrique VIII y demás. En la vida privada, en cambio, creo que lo cierto es lo contrario: que se pueden deducir actos pretéritos de estados de ánimo actuales.”


A eso me refiero, a esa introspección verbosa, abstracta, que puede ser tan profunda como aburrida. Pero el resultado, con todo, y con la confusión que en el lector producen dos giros inesperados de la trama al final de la novela, uno diez páginas antes del cierre, y otro en la penúltima, es notable. Por mucho que fastidie que una de las claves del libro esté, como en esa penúltima página se clarifica, en una frase tan abstrusa como “En consecuencia, ¿cómo se expresaría una acumulación que contuviera las letras b, a1, a2, s, v?” Y es que, como dicen las ultimísimas palabras de esta novela, “Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay desasosiego. Un gran desasosiego”.

lunes, 20 de mayo de 2013

Réquiem, con gato, por Ana Mari


Mientras en la noche de un viernes raro lloviznaba, un revuelo de voces, de pasos, alborotaba el rellano. Una ojeada a la calle, donde en otras ocasiones aguardaba una ambulancia al vecino de arriba, nos descubre la imagen insospechada de un coche fúnebre con la puerta trasera abierta. Un nombre viene a la mente, Ana Mari, y apenas hay tiempo para que la mente procese el dato cuando aparecen en la acera, saliendo de nuestro portal, dos operarios llevando el ataúd. Maribel y yo lo miramos, sabemos que es la última vez, aunque no la veamos, que veremos en su entorno a nuestra vecina. Atenazada la garganta, que no encuentra palabras que no sean simples, como “pobre, pobre, pobre Ana Mari”, Maribel se viste con rapidez, y yo opto, torpe, por acompañarla al rellano iluminado vistiendo colores que gritan.

Allí, ante el ascensor, y en el recibidor extrañamente iluminado, están los hijos, los nietos. Serenos y apesadumbrados, y hay abrazos, y hay palabras torpes pero necesarias, y hay lágrimas en Maribel y casi en mí. Se respira como cuando la tierra se ha aquietado tras un temblor. Algo así. O como cuando se baja de un barco inestable. De pronto, la presencia callada de Ana Mari en su casa, oculta en un recodo que sólo delataba una luz toda la noche encendida, aclarando nuestro pasillo como un faro fiel y constante desde hace tanto, se hace leyenda, y hay que hacer memoria para conjurar sus manos delgadas y sarmentosas, su voz que también era delgada, sus ojos vivísimos y contundentes. La niña de la estación la llamaban cuando era moza y su padre ferroviario la hacía recorrer el país en acomodos fugaces. La niña de la estación, que tenía coletas y era hermosa en la Barcelona de 1936 y allí trabajó, en guerra y en una institución oficial, mientras un joven tal vez malagueño, apenas mayor que ella, colgaba el fusil preguntando por ella, y volvía a ser soldado para ir a rescatarla aunque para ello tuviera que tomar una ciudad y ganar una guerra amarga.



Eran las historias que Ana Mari contaba a sus jóvenes vecinos que éramos nosotros, y sus manos nerviosas levantaban un retrato para enseñarnos a quien fue su esposo, galán de perfecta fotogenia, y eran las cosas de Ana Mari así, como los roscos de reyes que abrumadoramente nos hacía entregar, y pasaron los años, y de ella sabíamos por las mujeres que las cuidaban, por sus nietos, por sus hijos, que respondían brevemente al “¿cómo está Ana Mari?” mientras sabíamos, por las últimas conversaciones que con ella Maribel tuvo, que la lucidez la iba dejando y que su gran preocupación, apremiante y palpitante, era el destino final del gato negro y sinuoso, Panchito, que desde hacía una década la acompañaba.

Al día siguiente, en el cementerio, compraremos un pequeño centro de flores con una cinta que dirá “Mario y Mabel”. Situada a los pies del féretro, nuestros nombres unidos y fúnebres nos darán una importancia no buscada, una sensación de extrañeza monstruosa y cruel. Amarga también. Cuando por la tarde asistamos al funeral, entre las preces y las invocaciones a la misericordia, un gato solo, y que gime en las habitaciones vacías, ronda por nuestro pecho, ronronea buscando el alma para con ella restregarse y deja una tristeza adicional. Maribel, Mabel, prometió a la angustiada Ana Mari, impedir que a Panchito, una vez ella muriera, nada malo le pasara. Yo me siento inútil, tal vez porque lo soy. ¿Alguien puede, alguien hay, que pueda adoptar ese gato grande y negro y tan solo? Desde las sombras, Ana Mari, la niña de la estación, nuevamente joven y con coletas, nos observa solemnemente triste.

martes, 30 de abril de 2013

Lecturas: Los jázaros (Marek Halter)

      Es lo que tiene visitar librerías de ocasión. Te encuentras un tomo de Edhasa, con su tapa dura, sobrecubierta con una Estrella de David de piedra, faja de papel cebolla que te grita "Un relato soberbio y de gran intensidad". Lo miras, lo ojeas, te interesan los jázaros como parte exótica de la historia del pueblo judío, desconfías del subtítulo que apesta a literatura mala (La leyenda de los Caballeros de Sión) y te dejas guiar por la contraportada: "En el siglo X, en la época en que Carlomagno es coronado emperador de Occidente, el imperio cristiano de Bizancio extiende sus conquistas hasta Rusia y el gran califa de Bagdad propaga la fe islámica, en la región del Cáucaso el pueblo jázaro, de origen turcomano y descendiente de los hunos, se convierte al judaísmo. Así empieza una de las grandes aventuras de la historia, pues en su momento de apogeo, al final del primer milenio del cristianismo, el imperio jázaro desempeñó un papel fundamental en la configuración de la Europa medieval y, por ende, de la Europa de nuestros días. Combinando el rigor histórico con un vigoroso pulso narrativo, Marek Halter recupera la trayectoria de un enigmatico pueblo que, literalmente, desapareció de la historia sin apenas dejar rastro. Un imperio y una cultura que sedujeron a autores como Arthur Koestler (La tribu numero trece) o Mirolad Pavic (Diccionario jázaro), pero que hasta el momento no había dado una novela tan intensa como la presente."


¡Huye, lector!


     Pues vale. Lo pillas (y lo pagas) y lo pones en un rinconcito de la sección de Judaica. Y pasan los años. Y lo lees. Y te olvidas. En cuatro días te ocupas de la lectura, en dos días llega el olvido. Miro en internet si alguien más se ha cabreado con el pijerío del narrador-protagonista, madurito interesante que se topa con gente misteriosa y una una maciza misteriosa y pelirroja, que se pone a pensar en haccer una novela sobre la pista jázara que sigue y que es la que, tachán, tiene entre sus manos el ingenuo lector que no sabe si aburrirse con los capítulos jázaros y medievales o cabrearse con los de la actualidad en París, Bruselas, Azerbayán y Georgia. Todo muy trillado, muy tonto. Muy previsible, muy prescindible. Copio lo que se dice en un foro sobre novela histórica:

     "La novela mezcla dos lineas argumentales tratando de mostrar un paralelismo entre ambas. Por un lado, la trama principal ambientada en la actualidad, narra las aventuras de un maduro escritor judío enamorado de una joven misteriosa, en medio de explosiones, ataques terroristas y persecuciones en aeropuertos (muy historico ¿verdad?). Por otro lado, la parte "historica", ambientada en 939-956 d.C., gira al rededor de los amores de una princesa jázara pero con un argumento simplón y que no aporta ningún dato de interés sobre la oscura historia de los jázaros.
Quizá he elegido la peor novela de Marek Halter, no lo sé, puede ya que es un autor reconocido, pero para ésta erronea decisión ha contribuido la lectura de una sinopsis llena de inexactitudes y vagedades, debidas, o bien a un engaño deliberado o a la más absoluta incompetencia. En la sinopsis de la contraportada del libro no se hace la mas minima referencia a que la mayor parte de la acción se desarrolla en la actualidad. ¿Como es posible que se olvide reseñar un dato tan importante?"

     Cuánta razón. Y cuánto, aunque poco, tiempo perdido. Un librito que apesta a telefilme, alemán, de los de las cuatro de la tarde, pura partitura para ronquidos. Además, el autor (véase un enlace de prensa en el que se le hace un poquito de publicidad: http://elpais.com/diario/2002/05/20/cultura/1021845605_850215.html) va por la vida de nosequé buenrollista, amigo de Arafat y, lo que tiene menos perdón (¿menos? ¡ninguno!), de escritor.  

Lecturas: Moisés. Príncipe de Egipto (Howard Fast)

        «El día en el que el príncipe tuvo el sueño coincidió con una extraña conjunción planetaria. Aquel suceso, en opinión de los astrólogos, auguraba que el sueño era una auténtica premonición, un aviso de las grandes convulsiones que aguardaban a Egipto en los próximos años y de que Amenofis estaba llamado a ser el impulsor de un gran cambio.» Siglo XIV a. de C., Valle del Nilo. Amenofis IV cambia su nombre por el de Akhenatón y proclama su fe en un solo dios, Atón. Desde entonces, intenta abolir las pesadas cargas y los rigurosos preceptos impuestos en Egipto, pero su poder como faraón de los dos reinos no es suficiente para derribar la tradición que tan celosamente guardaban los sacerdotes del dios Amón. La gran aventura de la transformación de Egipto hacia una sociedad más libre la compartió con su amigo y hermano, Moisés, quien, después de ser expulsado, propagaría el monoteísmo más allá de los confines de Egipto. Moisés. En busca del dios único es una inquietante novela histórica que nos desvela los secretos sobre la vida en común de Akhenatón y Moisés. Comenzará el éxodo y tendrán que enfrentarse a la furia de los poderosos sacerdotes impulsores del culto a diversos dioses. Pero la fuerza de voluntad de Moisés es tan sólida que le permitirá a su pueblo alcanzar la libertad en la «tierra prometida».


Lawrence Alma Tadema:
El hallazago de Moisés (1904)
(se recomienda pinchar para ampliar)

      Esta larga parrafada está copiada, sin más, de la sinopsis de un libro de Rafael Potti, Moisés. En busca del dios único (ed. Martínez Roca, 2004). Ahí, se nos dice que Akenatón y Moisés fueron contemporáneos y hermanos. Es ben trovato,pero no es vero. El reinado del hereje egipcio es algo que conoció la generación anterior a Moisés, pero no la suya propia. Desmontada, pues, la superchería novelera de Potti. Que Moisés tuviera en cuenta el monoteísmo de Akenatón es otra cosa. De la que se ocupa precisamente Howard Fast en Moisés. Príncipe de Egipto (ed. Edhasa). Judío y peligroso (fue perseguido por el macartismo con el resultado de tres meses de cárcel por desacato y su inclusión en la lista negra), su obra más conocida, cargada de significados políticos, es “Espartaco” (1951), llevada al cine en 1960 con guión de otro ilustre represaliado, Dalton Trumbo. El anhelo de libertad presente en la novela recién citada empapa también su otra gran epopeya judaica, Mis gloriosos hermanos, que narra, con tintes apocalípticos, la revuelta macabea contra los griegos. Aquí, sin embargo, Fast se queda en el instante previo a la toma de conciencia de Moisés. Inventa, conjetura, la parte de la historia de Moisés que ignoramos. La pasión por la libertad, la epopeya de Pascua, quedó para otro libro que, ya en la nota a la edición, Fast reconocía que no escribiría: "Tengo la sensación de que este libro, de todas mis obras de ficción histórica, es el más rico y vistoso. Cuando lo escribí, preveía una segunda narración que cubriera los años de Moisés el libertador, pero nunca llegué a escribirla, y ahora, a los ochenta y cinco años, no es probable que llegue a hacerlo". 



       Con todo, es un libro interesante por cuanto nos permite asistir a una hipótesis razonable de cómo la lógica monoteísta se va filtrando en la conciencia de quien primero es un despreocupado príncipe y más tarde un curtido guerrero desengañado. Algo hay aquí que hubiera dado para una ópera contemporánea, dividida en tres actos que recogerían cada una de las partes de la novela: El Príncipe de Egipto, El guerrero, El vagabundo. A ello se presta la batalla interior de Moisés contra el ma'at, la rectitud tomada como principio ético rector por los egipcios pero que lleva al abuso, pues "el hombre que razona habita en un mundo de sinrazón". El extraño culto de los levitas en el exilio (Moisés perteneció a la tribu de Leví) a una serpiente monstruosa llamada Nejustán muestra el contrapunto, más que las múltiples deidades de los egipcios, al monoteísmo deudor de Akenatón (Atonmoisés será el nombre secreto del profeta y libertador). Esa serpiente (véase la Jewish Encyclopaedia) es la misma que en bronce hará construir Moisés como remedio para las mordeduras de esos animales.
    
       Pero hubiéramos querido seguir a Moisés en ese libro que no llegó a escribirse porque ya se escribió. Está en la Toráh, y los cristianos lo conocen como Éxodo.

viernes, 12 de abril de 2013

Epístola primera a los catalanes



En primer lugar, entiéndase por “catalanes” lo que establece el diccionario de la Real Academia, que nombra una comunidad autónoma española. Por lo cual, todos los catalanes son españoles.  Pero (de ello me honro, visto lo visto), no todos los españoles son catalanes. Tampoco me enorgullezco de ser andaluz, dicho sea de paso. Para tener un mínimo, que no lo tengo, de conciencia andaluza, habría necesitado que aquí hubiéramos tenido un idioma propio. Aunque tiemblo ante la idea de gente con sombrero cordobés pontificando sobre “los países andaluces” y trazando mapas de Andalucía con una intolerable raya divisoria y disputando si metemos dentro de ese rayazo el pedrusco de Gibraltar, un pedazo de Badajoz, Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas, la de Alborán, el pedrolo de Perejil y otras cuantas insensateces. Podíamos tener en Andalucía, esta Andalucía empobrecida y saqueada por sus propios gobernantes, ere que ere, un idioma que bien pudiera ser el aljamiado (es más correcto usar la palabra aljamía), y tener una doble historia cultural, una doble literatura. Y con los amigos, en ese caso, hablaría mi lengua madre, la de San Miguel de Cervantes, pero sería capaz de hacer algún chiste malo en aljamiado, o de mantener una conversación en esa jerigonza con quien la tuviera de primera lengua. Tendría así una agilidad mental superior (afortunadamente, el uso de dos idiomas extranjeros, y el conocimiento de una venerable lengua muerta, me distancian de la acomodaticia pereza mental), tendría, digo, una fuente doble de la que beber. Una doble alma, casi una vida doble.


Pero en estos días me encuentro con políticos grotescos (disculpad la redundancia) que vuelven a enredar con el catalán y con el español a propósito de la educación, que caldean los ánimos de su parroquia que vuelve a llamar “feixista” a quien no piense como ellos, y agitan las aguas revueltas, que siempre son beneficio de pescadores, predicando la secesión, el fin de la opresión de España y no sé cuántas zarandajas. Lo cierto es que, queridos compatriotas secesionistas, españoles catalanes que no os sentís españoles (pero que lo sois), me producís pena y a la vez risa. Son muchos años de adoctrinamiento, de mentiras, de haceros creer que en 1714 España, puesta entera en guerra contra vuestra región, acabó con la independencia de una nación. Pero no fue así. Y Cataluña nunca fue una nación. Nunca fue un país. Ni tampoco, obviamente, lo es ahora. Al renunciar a vivir desde las dos culturas, desde los dos idiomas, obligados por vuestros políticos, por su relato seductor y falsario, sobre la grandeza de Cataluña, sobre una Cataluña mártir y expoliada, habéis terminado como las hormigas a las que han arrancado al menos una antena (en mi infancia bárbara  arrancábamos las dos antenas para hacerlas pelear a muerte; al arrancar una, el pobre bicho ya empezaba a desorientarse, a moverse raro). Como esas hormigas desparejas, no sabéis dónde estáis, y mordéis a quien con vosotros se roce. Ayer, vía facebook, llamé tonto a un familiar de mi prometida. Hoy escribo para ese tonto y para sus amigos. Estáis viviendo en una tierra hermosísima, cargada de cultura y de historia, construida por españoles (muchos de ellos nacidos en Cataluña, cierto es). Que os revolquéis contra vuestro país (Es-pa-ña) indica el síndrome de la hormiga, la ignorancia de la historia, el cercenamiento de una lengua y una cultura. Algo sé de catalán, y en catalán debería escribir todo esto pues a catalanes se dirige. Pero, qué demonios, escribo para españoles y en español escribo. Cuando digan aquello de “Espanya ens roba” habría que pasearlos por Barcelona (apenas conozco el resto de la región) e indicarles las grandes infraestructuras, construidas para los fastos de 1929 o de 1992 y afirmar “¿Veis esto? Lo pagó España”. Y el resto, ha sido sudor de todo el país el que ha levantado la riqueza catalana. Que en gran parte ha sido llevada a paraísos fiscales por ciertas familias que no son ajenas al grito que llama ladrona a nuestra patria común. Sé que predico en el desierto, que se referirán a mí en términos despectivos y demás. Puro cainismo español. Pura ignorancia tan típica de nuestro país  y de tantas de sus regiones. Estoy por lo que nos une. No por el dinero que siempre será tan discutible y tan voluble. Yo soy tonto, subdesarrollado, todo lo que queráis, mis cómicos y entrañables secesionistas. Pero vosotros seguís siendo tontos. Y españoles.

Saludos,

Virgili Montaner i Rierol