martes, 30 de abril de 2013

Lecturas: Los jázaros (Marek Halter)

      Es lo que tiene visitar librerías de ocasión. Te encuentras un tomo de Edhasa, con su tapa dura, sobrecubierta con una Estrella de David de piedra, faja de papel cebolla que te grita "Un relato soberbio y de gran intensidad". Lo miras, lo ojeas, te interesan los jázaros como parte exótica de la historia del pueblo judío, desconfías del subtítulo que apesta a literatura mala (La leyenda de los Caballeros de Sión) y te dejas guiar por la contraportada: "En el siglo X, en la época en que Carlomagno es coronado emperador de Occidente, el imperio cristiano de Bizancio extiende sus conquistas hasta Rusia y el gran califa de Bagdad propaga la fe islámica, en la región del Cáucaso el pueblo jázaro, de origen turcomano y descendiente de los hunos, se convierte al judaísmo. Así empieza una de las grandes aventuras de la historia, pues en su momento de apogeo, al final del primer milenio del cristianismo, el imperio jázaro desempeñó un papel fundamental en la configuración de la Europa medieval y, por ende, de la Europa de nuestros días. Combinando el rigor histórico con un vigoroso pulso narrativo, Marek Halter recupera la trayectoria de un enigmatico pueblo que, literalmente, desapareció de la historia sin apenas dejar rastro. Un imperio y una cultura que sedujeron a autores como Arthur Koestler (La tribu numero trece) o Mirolad Pavic (Diccionario jázaro), pero que hasta el momento no había dado una novela tan intensa como la presente."


¡Huye, lector!


     Pues vale. Lo pillas (y lo pagas) y lo pones en un rinconcito de la sección de Judaica. Y pasan los años. Y lo lees. Y te olvidas. En cuatro días te ocupas de la lectura, en dos días llega el olvido. Miro en internet si alguien más se ha cabreado con el pijerío del narrador-protagonista, madurito interesante que se topa con gente misteriosa y una una maciza misteriosa y pelirroja, que se pone a pensar en haccer una novela sobre la pista jázara que sigue y que es la que, tachán, tiene entre sus manos el ingenuo lector que no sabe si aburrirse con los capítulos jázaros y medievales o cabrearse con los de la actualidad en París, Bruselas, Azerbayán y Georgia. Todo muy trillado, muy tonto. Muy previsible, muy prescindible. Copio lo que se dice en un foro sobre novela histórica:

     "La novela mezcla dos lineas argumentales tratando de mostrar un paralelismo entre ambas. Por un lado, la trama principal ambientada en la actualidad, narra las aventuras de un maduro escritor judío enamorado de una joven misteriosa, en medio de explosiones, ataques terroristas y persecuciones en aeropuertos (muy historico ¿verdad?). Por otro lado, la parte "historica", ambientada en 939-956 d.C., gira al rededor de los amores de una princesa jázara pero con un argumento simplón y que no aporta ningún dato de interés sobre la oscura historia de los jázaros.
Quizá he elegido la peor novela de Marek Halter, no lo sé, puede ya que es un autor reconocido, pero para ésta erronea decisión ha contribuido la lectura de una sinopsis llena de inexactitudes y vagedades, debidas, o bien a un engaño deliberado o a la más absoluta incompetencia. En la sinopsis de la contraportada del libro no se hace la mas minima referencia a que la mayor parte de la acción se desarrolla en la actualidad. ¿Como es posible que se olvide reseñar un dato tan importante?"

     Cuánta razón. Y cuánto, aunque poco, tiempo perdido. Un librito que apesta a telefilme, alemán, de los de las cuatro de la tarde, pura partitura para ronquidos. Además, el autor (véase un enlace de prensa en el que se le hace un poquito de publicidad: http://elpais.com/diario/2002/05/20/cultura/1021845605_850215.html) va por la vida de nosequé buenrollista, amigo de Arafat y, lo que tiene menos perdón (¿menos? ¡ninguno!), de escritor.  

Lecturas: Moisés. Príncipe de Egipto (Howard Fast)

        «El día en el que el príncipe tuvo el sueño coincidió con una extraña conjunción planetaria. Aquel suceso, en opinión de los astrólogos, auguraba que el sueño era una auténtica premonición, un aviso de las grandes convulsiones que aguardaban a Egipto en los próximos años y de que Amenofis estaba llamado a ser el impulsor de un gran cambio.» Siglo XIV a. de C., Valle del Nilo. Amenofis IV cambia su nombre por el de Akhenatón y proclama su fe en un solo dios, Atón. Desde entonces, intenta abolir las pesadas cargas y los rigurosos preceptos impuestos en Egipto, pero su poder como faraón de los dos reinos no es suficiente para derribar la tradición que tan celosamente guardaban los sacerdotes del dios Amón. La gran aventura de la transformación de Egipto hacia una sociedad más libre la compartió con su amigo y hermano, Moisés, quien, después de ser expulsado, propagaría el monoteísmo más allá de los confines de Egipto. Moisés. En busca del dios único es una inquietante novela histórica que nos desvela los secretos sobre la vida en común de Akhenatón y Moisés. Comenzará el éxodo y tendrán que enfrentarse a la furia de los poderosos sacerdotes impulsores del culto a diversos dioses. Pero la fuerza de voluntad de Moisés es tan sólida que le permitirá a su pueblo alcanzar la libertad en la «tierra prometida».


Lawrence Alma Tadema:
El hallazago de Moisés (1904)
(se recomienda pinchar para ampliar)

      Esta larga parrafada está copiada, sin más, de la sinopsis de un libro de Rafael Potti, Moisés. En busca del dios único (ed. Martínez Roca, 2004). Ahí, se nos dice que Akenatón y Moisés fueron contemporáneos y hermanos. Es ben trovato,pero no es vero. El reinado del hereje egipcio es algo que conoció la generación anterior a Moisés, pero no la suya propia. Desmontada, pues, la superchería novelera de Potti. Que Moisés tuviera en cuenta el monoteísmo de Akenatón es otra cosa. De la que se ocupa precisamente Howard Fast en Moisés. Príncipe de Egipto (ed. Edhasa). Judío y peligroso (fue perseguido por el macartismo con el resultado de tres meses de cárcel por desacato y su inclusión en la lista negra), su obra más conocida, cargada de significados políticos, es “Espartaco” (1951), llevada al cine en 1960 con guión de otro ilustre represaliado, Dalton Trumbo. El anhelo de libertad presente en la novela recién citada empapa también su otra gran epopeya judaica, Mis gloriosos hermanos, que narra, con tintes apocalípticos, la revuelta macabea contra los griegos. Aquí, sin embargo, Fast se queda en el instante previo a la toma de conciencia de Moisés. Inventa, conjetura, la parte de la historia de Moisés que ignoramos. La pasión por la libertad, la epopeya de Pascua, quedó para otro libro que, ya en la nota a la edición, Fast reconocía que no escribiría: "Tengo la sensación de que este libro, de todas mis obras de ficción histórica, es el más rico y vistoso. Cuando lo escribí, preveía una segunda narración que cubriera los años de Moisés el libertador, pero nunca llegué a escribirla, y ahora, a los ochenta y cinco años, no es probable que llegue a hacerlo". 



       Con todo, es un libro interesante por cuanto nos permite asistir a una hipótesis razonable de cómo la lógica monoteísta se va filtrando en la conciencia de quien primero es un despreocupado príncipe y más tarde un curtido guerrero desengañado. Algo hay aquí que hubiera dado para una ópera contemporánea, dividida en tres actos que recogerían cada una de las partes de la novela: El Príncipe de Egipto, El guerrero, El vagabundo. A ello se presta la batalla interior de Moisés contra el ma'at, la rectitud tomada como principio ético rector por los egipcios pero que lleva al abuso, pues "el hombre que razona habita en un mundo de sinrazón". El extraño culto de los levitas en el exilio (Moisés perteneció a la tribu de Leví) a una serpiente monstruosa llamada Nejustán muestra el contrapunto, más que las múltiples deidades de los egipcios, al monoteísmo deudor de Akenatón (Atonmoisés será el nombre secreto del profeta y libertador). Esa serpiente (véase la Jewish Encyclopaedia) es la misma que en bronce hará construir Moisés como remedio para las mordeduras de esos animales.
    
       Pero hubiéramos querido seguir a Moisés en ese libro que no llegó a escribirse porque ya se escribió. Está en la Toráh, y los cristianos lo conocen como Éxodo.

viernes, 12 de abril de 2013

Epístola primera a los catalanes



En primer lugar, entiéndase por “catalanes” lo que establece el diccionario de la Real Academia, que nombra una comunidad autónoma española. Por lo cual, todos los catalanes son españoles.  Pero (de ello me honro, visto lo visto), no todos los españoles son catalanes. Tampoco me enorgullezco de ser andaluz, dicho sea de paso. Para tener un mínimo, que no lo tengo, de conciencia andaluza, habría necesitado que aquí hubiéramos tenido un idioma propio. Aunque tiemblo ante la idea de gente con sombrero cordobés pontificando sobre “los países andaluces” y trazando mapas de Andalucía con una intolerable raya divisoria y disputando si metemos dentro de ese rayazo el pedrusco de Gibraltar, un pedazo de Badajoz, Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas, la de Alborán, el pedrolo de Perejil y otras cuantas insensateces. Podíamos tener en Andalucía, esta Andalucía empobrecida y saqueada por sus propios gobernantes, ere que ere, un idioma que bien pudiera ser el aljamiado (es más correcto usar la palabra aljamía), y tener una doble historia cultural, una doble literatura. Y con los amigos, en ese caso, hablaría mi lengua madre, la de San Miguel de Cervantes, pero sería capaz de hacer algún chiste malo en aljamiado, o de mantener una conversación en esa jerigonza con quien la tuviera de primera lengua. Tendría así una agilidad mental superior (afortunadamente, el uso de dos idiomas extranjeros, y el conocimiento de una venerable lengua muerta, me distancian de la acomodaticia pereza mental), tendría, digo, una fuente doble de la que beber. Una doble alma, casi una vida doble.


Pero en estos días me encuentro con políticos grotescos (disculpad la redundancia) que vuelven a enredar con el catalán y con el español a propósito de la educación, que caldean los ánimos de su parroquia que vuelve a llamar “feixista” a quien no piense como ellos, y agitan las aguas revueltas, que siempre son beneficio de pescadores, predicando la secesión, el fin de la opresión de España y no sé cuántas zarandajas. Lo cierto es que, queridos compatriotas secesionistas, españoles catalanes que no os sentís españoles (pero que lo sois), me producís pena y a la vez risa. Son muchos años de adoctrinamiento, de mentiras, de haceros creer que en 1714 España, puesta entera en guerra contra vuestra región, acabó con la independencia de una nación. Pero no fue así. Y Cataluña nunca fue una nación. Nunca fue un país. Ni tampoco, obviamente, lo es ahora. Al renunciar a vivir desde las dos culturas, desde los dos idiomas, obligados por vuestros políticos, por su relato seductor y falsario, sobre la grandeza de Cataluña, sobre una Cataluña mártir y expoliada, habéis terminado como las hormigas a las que han arrancado al menos una antena (en mi infancia bárbara  arrancábamos las dos antenas para hacerlas pelear a muerte; al arrancar una, el pobre bicho ya empezaba a desorientarse, a moverse raro). Como esas hormigas desparejas, no sabéis dónde estáis, y mordéis a quien con vosotros se roce. Ayer, vía facebook, llamé tonto a un familiar de mi prometida. Hoy escribo para ese tonto y para sus amigos. Estáis viviendo en una tierra hermosísima, cargada de cultura y de historia, construida por españoles (muchos de ellos nacidos en Cataluña, cierto es). Que os revolquéis contra vuestro país (Es-pa-ña) indica el síndrome de la hormiga, la ignorancia de la historia, el cercenamiento de una lengua y una cultura. Algo sé de catalán, y en catalán debería escribir todo esto pues a catalanes se dirige. Pero, qué demonios, escribo para españoles y en español escribo. Cuando digan aquello de “Espanya ens roba” habría que pasearlos por Barcelona (apenas conozco el resto de la región) e indicarles las grandes infraestructuras, construidas para los fastos de 1929 o de 1992 y afirmar “¿Veis esto? Lo pagó España”. Y el resto, ha sido sudor de todo el país el que ha levantado la riqueza catalana. Que en gran parte ha sido llevada a paraísos fiscales por ciertas familias que no son ajenas al grito que llama ladrona a nuestra patria común. Sé que predico en el desierto, que se referirán a mí en términos despectivos y demás. Puro cainismo español. Pura ignorancia tan típica de nuestro país  y de tantas de sus regiones. Estoy por lo que nos une. No por el dinero que siempre será tan discutible y tan voluble. Yo soy tonto, subdesarrollado, todo lo que queráis, mis cómicos y entrañables secesionistas. Pero vosotros seguís siendo tontos. Y españoles.

Saludos,

Virgili Montaner i Rierol

sábado, 30 de marzo de 2013

Lecturas: El audaz. Historia de un radical de antaño (Benito Pérez Galdós)

       La segunda novela de Galdós. Histórica (cuenta las desventuras de Martín Muriel, un pelanas que se ve metido en una conspiración contra Manuel Godoy en el Madrid de 1804). Rara. Interesante. Ganas dan de desatarse uno a la manera del padre Ladrón de Guevara (que fustiga un puñado importante de títulos galdosianos, pero no menciona el que nos ocupa). Pero Galdós sabe siempre compensar los embrollos y jardines en los que a veces mete al lector. Aquí, más que la historia de amores imposibles que sirve como base para la descripción de una época que se saca a colación para advertir de los peligros del momento español, lo que se salva del libro son elementos sueltos, como la parodia del mundo pastoril en que aristócratas de entonces pretenden vivir con relamido artificio, o la figura inverosímil de Susana Cerezuelo, mujer bravía, moderna, abocada a un final terrible, o, sobre todo, el desenlace de la historia situado en Toledo, con una revuelta nocturna contada con pinceladas fantasmagóricas. 
   
       Publicada en 1871, en tiempos del rey Amadeo, es un llamamiento claro a la mesura. El radicalismo de Muriel, condenado al fracaso, es el ejemplo negativo que el lector debe aborrecer. Convertido en un quijote revolucionario, su locura política debe llevarle (y le lleva) al fracaso y la melancolía. Y esa locura termina por ser no una metáfora, sino una realidad. Es también un aviso, un borrador, de los Episodios Nacionales que pronto llegarán. De hecho, el primero de ellos, Trafalgar, se publicará dos años más tarde, siendo el suceso de referencia, la batalla naval, posterior en un año al de la fallida conjura que nos narra en El audaz. Este Galdós moralizante y político se salva por la maestría de ciertos pasajes, de la atractiva extrañeza de ciertas estampas. En tiempos en los que la convulsión vuelve a las calles, no es mala idea quedarse con el mensaje moderado de Galdós, aunque esta ficción tenga a veces demasiado a la vista ese tono de sermoneador de café que se podría haber evitado.

jueves, 14 de marzo de 2013

Lecturas: Naná (Emile Zola)


      En uno de mis libros favoritos por lo raro y arbitrario, “Novelistas buenos y malos juzgados por el P. Pablo Ladrón de Guevara de la Compañía de Jesús” (Cuarta Edición Completa, Bilbao, El Mensajero del Corazón de Jesús, 1933), se despacha a Emile Zola con contundencia:

“ZOLA, Emilio. (1840-1902). Su padre era italiano, y él nació en París, donde murió de muerte desastrada, después de haber escrito libros tan escandalosos por su impiedad y asquerosa lujuria, que acabó por causar náuseas a sus mismos amigos. Con tal infame comercio se hizo muy rico. A su realismo le llama un crítico, y por cierto de lo más impío, brutal y grosero, añadiendo que los tipos de sus novelas son generalmente grotescos y monstruos repulsivos, dejando su lectura una impresión penosa.
NOVELAS: Todas sus obras, opera omnia, están prohibidas en el Índice actual”.

        Fastidia tener que darle la razón al iracundo cura. Más aún cuando ayer fue elegido Papa otro jesuita, el arzobispo Bergoglio, que tanta esperanza y admiración despierta. Pero es que la lectura de Naná es desesperante. Es mi primera lectura de Zola, y tal vez la última. Aunque sea Zola tan ejemplar en su lucha valiente a favor del capitán Dreyfus, este libro repele, invitando a dejar incompleta y truncada para siempre la lectura. Se comienza leyendo con la sensación de que los defectos de ese estilo mareante pero sin adornos deben achacarse a la traducción. Que en mi edición barata nadie firma. Sólo cuando haya acabado el libro, y sepa que es sólo la tercera novela de la saga de los Rougon-Macquart y la primera de una trilogía dentro de esa serie (son las otras La taberna y Germinal), se comprenderá por qué aburre y aleja al lector, produciéndome el mismo efecto de hastío que algún título, olvidado, de la Comedia Humana de Balzac.


        Aquí todo es lo mismo, verborrea, nombres, pinceladas, rellenando páginas y más páginas que siguen las peripecias de un puñado de burgueses y de nobles, de señoritas livianas y voraces, de comiduchos brutos. Pero sin que nadie te interese mucho, sin que esos personajes te aporten nada. Ni por lo bueno ni por lo malo. Se piensa enseguida en La Regenta, en el pequeño mundo que Clarín nos propone. Y gana el novelista español. Sin que se parezcan las dos novelas excepto en la voluntad realista. Naná, la protagonista, es una imbécil. E imbéciles, sin matices pero con diversos grados de intensidad, son los que le acompañan o sufren en las 470 páginas.




        A lo más, un par de párrafos merecen subrayarse por cuanto sintetizan una época.  
      
      En el capítulo XII, un eco de una sociedad: 
     
     “Constituía una locura hacinar quinientas personas en una estancia donde apenas cabían doscientas. ¿Por qué, entonces, no habían resuelto firmar el contrato en la plaza del Carrousel? “Efecto de las nuevas costumbres” decía la señora Chantereau; en otros tiempos esas solemnidades transcurrían en familia; actualmente era preciso una muchedumbre, entrada libre para todo el mundo y el aplastamiento, sin el cual la velada parecía insípida. Era cuestión de exhibir el lujo y para ello se introducía en la casa la espuma de París, y nada más natural si semejantes promiscuidades pudrían en seguida el hogar. Aquellas señoras se quejaban de no conocer a más de cincuenta personas. ¿De dónde salía todo aquello? Hasta las solteras, muy escotadas, exhibían sus hombros desnudos. Una mujer llevaba un puñal de oro plantado en su moño, mientras que un bordado de perlas de azabache la vestía como una cota de mallas. A otra la seguían sonriendo, ¡tan singular encontraban la osadía de sus faldas ajustadas! Todo el lujo de aquel fin de invierno se encontraba allí; el mundo del placer con sus tolerancias, lo que una señora de casa recoge entre sus relaciones de un día, una sociedad en la que se codeaban los grandes apellidos con las grandes vergüenzas, en un mismo apetito de goces. El calor aumentaba y la cuadrilla desarrollaba la cadenciosa simetría de sus figuras, en medio de los salones demasiado llenos.”

        En el capítulo XIII, una escena de degradación masoquista:

“-¡Si llegaremos a ser tontos! -acababa ella por decir.- No tienes idea de lo feo que eres, gatito mío. Por Dios, si te viesen en las Tullerías...
Pero estos jueguecitos en seguida se estropearon. No fue crueldad por parte de ella, pues continuaba siendo buena muchacha; aquello fue como un viento demencial que pasó y creció poco a poco en la habitación cerrada. Una extraña lujuria los descomponía, los impelía a las fantasías delirantes de la carne. Los antiguos espantos devotos de sus noches de insomnio volvieron ahora con una sed de bestialidad, un furor de ponerse a cuatro patas, de gruñir y morder. Un día, cuando él hacía el oso, ella lo empujó tan rudamente que cayó contra un mueble, y ella se echó a reír involuntariamente al verle un chichón en la frente. Desde entonces, cogido el gusto por aquellos ensayos con Héctor de la Faloise, ella lo trataba de animal, le pegaba y le perseguía a patadas.
-¡Vamos ya! ¡Vamos! Tú eres el caballo... ¡Arre, ya! ¡Sucio burro! ¿Quieres caminar?
Otras veces él hacía de perro. Ella le arrojaba su pañuelo perfumado al otro extremo de la habitación y él debía correr a recogerlo con los dientes, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
-Tráemelo, “César”. Espera, que voy a pegarte si te portas mal... ¡Muy bien, “César”! Obedece, sé amable, sé bonito.
 Y él amaba su bajeza, saboreaba el goce de ser un animal.”
       
        Poco más puedo decir de este clásico árido sin aburrir tanto como Zola ha hecho conmigo. Aunque nadie termine de quitarme la impresión penosa aducida por el padre Ladrón de Guevara.

lunes, 25 de febrero de 2013

Lecturas: El atlas de las nubes (David Mitchell)

Primero fue el avance de una película venidera visto en youtube. Cosas de los hermanos Wachowski (que ahora son hermano y hermana, cosas veredes). Gente con patillas mezclada con gente del futuro lejano. Naves espaciales y veleros, polainas y hologramas. Con un montaje y una factura de lo más atractivo. Después fue una revista aburrida del Círculo de Lectores y la tentación de elegir este libro entre un paisaje adverso. Vamos. Lo terminé antes del estreno, y debo consignar que no veré la película. Al menos, no aún. Las críticas han sido desiguales, tirando a lo destructivo. De lo que aquí hablo es del libro, que entusiasma hasta que llega a la mitad. Pero que se salva como un ejercicio valiente, que te deja con una perplejidad que a la postre se vuelve pasajera. Porque aquí no hay novela en sí, sino una sucesión de historias que comienzan y se dejan para continuarlas más tarde sin entremezclarlas. Algo más parecido al viejo Decamerón, a las Mil y Una Noches, que a las ficciones dentro de una ficción que encontramos, por poner un ejemplo previsible, en el Quijote.



Vayamos por partes. Hay una primera historia, ambientada en el Pacífico, Islas Reunión y alrededores, que discurre a mediados del siglo XIX, mientras hay Carrera del Oro en California y Herman Melville ya ha publicado Typee. Es El diario del Pacífico de Adam Ewing, que se interrumpe en plena frase y te deja con ganas de retomar esa historia de brutalidad náutica con moraleja que puede ser rusoniana. Para conseguirlo, habrá que llegar a la última parte de las once que tiene el libro. Porque la historia contada en la primera parte continúa en la última parte; la segunda historia continúa en la penúltima; la tercera, en la antepenúltima. Así hasta que se llega a la sexta y rara parte, que sirve de bisagra y no continúa en ninguna otra. Y que quizás sea la más rara del libro. Las demás historias mutiladas y recompuestas pertenecen a diversos géneros y estilos. Cartas desde Zedelghem es una narración epistolar, situada en Flandes en 1931 que entra en el género picaresco con momentos eróticos; Vidas a medias: El primer misterio de Luisa Rey es una áspera novelita negra en los meses finales de la presidencia de Gerald Ford; El tremendo calvario de Timothy Cavendish va más en la línea de Martin Amis, con su sordidez cómica; La antífona de Sonmi-451 es una pesadilla anti-utópica de ciencia-ficción, al modo de Huxley o de Orwell, y El paso de Sloosha y toda la pesca es otra parábola sobre civilización y barbarie en un paisaje post-apocalíptico. El diario de viajes de la primera parte reaparece en la segunda como un libro que el protagonista lee. El destinatario de las cartas que escribe ese protagonista es, a su vez, personaje secundario de la tercera historia. Así, cada parte va perviviendo, sutilmente, en las demás.



La historia del androide Somni-451, con su ubicación coreana y su rareza de carácter de ciencia ficción dura, escoltando a la rareza poco atractiva de El paso de Sloosha viene a ser un coitus interruptus para el lector que se ve forzado a abandonar el placer para sumergirse en el tedio a la espera de retomar las otras cuatro excelentes historias. Que no siempre terminan del modo que mejor convencerían al lector, pero que justifican, multiplicado por cuatro, la voluntad de leerse este libro con película.     

domingo, 24 de febrero de 2013

Lecturas: La Historia del Mundo en 100 objetos (Neil MacGregor)

El British Museum es un lugar amargo, que siempre nos ofrece una visita frustrante, merced a la vastedad de sus colecciones, a la acumulación de visitantes, como nosotros siempre apresurados, frente a cualquiera de sus objetos. Siempre sabe poco, siempre te deja con hambre, con el propósito de regresar al día siguiente, o de probar suerte en otro viaje, otra visita, cuando el frío imponga su disuasión y el museo se entregue al fin, manso y generoso. Este libro, que firma el director del British Museum, Neil MacGregor, supone una nevada apocalíptica sobre Londres, o una invasión extraterrestre, cualquier suceso morrocotudo, que te permita gozosa y abrumadoramente quedarte encerrado en ese edificio severo que condensa, y representa y justifica y explica, la Humanidad.

A lo largo de 796 páginas incluyendo índices y apéndices documentales, y 732 de texto, este libro gozoso tiene la virtud de conectarnos con lo remoto en el tiempo y en el espacio, ofreciendo cien comentarios de artefactos de las colecciones del British, comprendidos entre un canto tallado bifacial olduvayense, de 1’8-2 millones de años de antigüedad, a una lámpara solar china del año 2010. Abro al azar el libro tres veces: una tablilla con escritura cuneiforme, una copa de plata de época romana con dos sorprendentes escenas de sexo homosexual, de comienzos del siglo I, y una estatua hindú de Siva y Parvati, de hacia el 1100-1300. Son sólo tres de las propuestas de interpretación que MacGregor ofrece, en un estilo divulgativo que no cae en la estupidez, cediendo siempre, en cada comentario, la voz a algún experto. Una delicia de libro. Un libro que debería ser de lectura obligatoria en los colegios. O al menos, de lectura obligatoria para los profesores. Cerrando el libro, el premio Nobel hindú Amartya Sen, condensa la voluntad del libro, y llegados a esta altura, sólo podemos darle la razón, pues es justamente lo que MacGregor ha logrado: “Cuando observamos la historia del mundo, es muy importante ser conscientes de que no estamos observando la historia de diversas civilizaciones truncadas y separadas unas de otras. Las civilizaciones mantienen una cantidad enorme de contactos, y existe una especie de interconexión. Siempre he concebido la historia del mundo no como una historia de civilizaciones, sino como una historia de civilizaciones mundiales evolucionando de formas a menudo similares y a menudo diversas, y siempre interactuando unas con otras”.
         En efecto, es una visión globalizadora del mundo, desde los orígenes del hombre hasta hoy mismo, un mundo que ya era global en sus orígenes. Una visión mejor, y más certera, más justa y tolerante, es la que aquí se nos propone.