sábado, 25 de febrero de 2023

Lecturas: La torre oscura II. La llegada de los tres (Stephen King)

 El excesivo entusiasmo por la elemental frase con que daba comienzo la saga de La torre oscura y mis reservas de lector hacia el género de la Fantasía que ha dado a la abrumadora bibliografía de King algunas de sus peores páginas, junto a la indefinición del primer volumen de la serie, me hacía acercarme con precaución a esta segunda entrega. Que ha resultado ser una excelente novela, tal vez porque King ha querido ser más fiel a Richard Bachman, su seudónimo para un puñado de novelas llenas de realismo y tensión, violentas y descarnadas, incluso políticas, que a Peter Straub, su amigo y a veces coautor adscrito a ese género que no es Terror y que suele abundar en encantamientos, maldiciones, hechicerías y demás faramalla.


 

Esta vez King se las apaña para hacer compatible el mundo extraño y natal de Roland Deschain, con sus langostas parlanchinas y mutiladoras, en ese paisaje de playa infinita que debe conducirle a la Torre, con el Nueva York que seguía siendo la fear city en la que se mueven mafiosos sin escrúpulos o asesinos que matan por mero placer. En la ciudad, Roland deberá encontrar al equivalente de las cartas del Prisionero, la Dama de las Sombras y de la Muerte que le había presentado el Hombre de Negro. Y que se manifestarán, en Nueva York, tras las figuras de un yonqui y camello de heroína, una activista negra, millonaria, esquizofrénica y en silla de ruedas, y un psicópata asesino. El yonqui, Eddie Dean, vive en 1987, en una Nueva York especialmente devastada por las drogas y por los grupos de narcotraficantes. Odetta Holmes/Detta Walker (su versión disociada), en 1964, cuando aún vivía Martin Luther King, y Jack Mort, el asesino, en 1977. Será misión de Roland convencerlos de la existencia de otra realidad y de persuadirlos para que le ayuden en su búsqueda. La maestría con que King maneja los hilos simplemente atravesando puertas que encuentra en su camino, fantasmagóricamente ancladas en la playa, la interacción con los personajes y sus antagonistas, convierten esta novela en un prodigio, indigno de quien cometió el libro anterior. Para quienes creyeran que King había llegado a su decadencia, esta obra es una jubilosa refutación.  

lunes, 6 de febrero de 2023

Lecturas: Los enamoramientos (Javier Marías)

 Da repelús, a estas alturas del año y del siglo, leer en la contraportada que Javier Marías murió en 2022 y que fue autor pero ya no lo es, con todo lo que eso quiere decir, sin decirlo, que se acabó, que ya sólo queda volver a un número ya fijo de libros de Marías, y que ya no se podrá ir, como hice antaño, a las librerías a comprar su nueva novela en primera edición para guardarlas como Berta Isla y Tomás Nevinson, convertida en lápida. Porque duele saber que no será premio Nobel como con tanta devoción uno creyó que sería, y porque ya no volverá a haber un autor que te convenza a través de un torrente verbal que no se dirige hacia delante sino hacia dentro, más hacia lo que pasó y porqué pasó y eso y no otra cosa, que una sucesión de acciones que lleve a un desvelamiento. Porque Marías fue un moralista escéptico, desapasionado, un orfebre dueño del misterio de la lentitud para darnos, acá y allá, señales de una historia que es sólo el pretexto para escribir y examinar la conciencia.


Esto es Los enamoramientos que en su momento mucho se comentó porque era una mujer por primera vez la narradora, como si fuera eso importante. Tal vez más significativo sea que esté dedicada a quien fuera esposa del autor, y como la propia protagonista trabajadora de la industria editorial y que en estas páginas se enamora de alguien de nombre Javier. Y esa relación amorosa, ese enamoramiento que es más bien lo que en lunfardo se llama metejón, es la que se analiza mezclándola con la historia que propicia ese acercamiento entre los amantes, que no es sino una muerte de quien fue amigo del amador y objeto de empática observación por la amante. La naturaleza de esa muerte violenta, inducida o procurada, con referencias a una novelita de Balzac, El coronel Chabert, a Los tres mosqueteros  de Dumas y a Macbeth de Shakespeare, y con un cameo lleno de sandunga de Francisco Rico, es lo que hace gravitar la mayor parte de esta novela. En la que la intriga es lo de menos, y es lo de más, la hipnótica naturaleza de esta escritura solemne y que no juega, que no entretiene y sí enseña a conocer la voluble consistencia de nuestras almas, de todas las almas y los corazones tan blancos.

viernes, 27 de enero de 2023

Lecturas: Los ojos del dragón (Stephen King)

 Cómo escribir sin ganas. Tanto yo como King. Cómo escribir él porque considera necesario un giro, total por unas pocas semanas escribiendo una birria de novela nada se pierde. Y he ahí, en plena época de su desfase vital con drogas y hasta colutorio (hay que estar muy desesperado para colocarse con ello), que tras haber colaborasdo con Peter Straub en la irregular El talismán, decide intentar reciclarse como autor del pseudogénero de Espada y brujería. El resultado es este fiasco, este desaguisado. Este subproducto. El segundo patinazo en su carrera tras aquel Ciclo del hombre lobo. Esta vez no hay excusa que valga, por mucho que el voluntarioso y a veces heroico Tony Jiménez intente poner paños calientes en el primer tomo de su guía de lectura de las obras de King. Aquí todo es bobo, todo es previsible, y no tiene ningún interés y con una calidad literaria mediana tirando a baja. Que el villano se llame como el de Apocalipsis y el rey se llame como el protagonista de la serie de La torre oscura son trucos baratos para tapar la falta de ideas. Cuando se lee esta fabulita sobre el bien y el mal con tintes de cuento infantil (ese mundo de príncipes y hechiceros, esa moralina obvia), se llega a la conclusión de que el autor está acabado y que en adelante lo va a leer su abuela hija a la que dedica el libro (junto a Straub). Pero, ay, eureka, aleluya, hosanna, después escribirá una maravilla como el segundo tomo de La torre oscura y Misery. Para volver a hundirse con Los tommynockers y redimirse (en parte) con La mitad oscura. Así que sigamos confiando en King, que como escribano puede echar tres o cuatro borrones en su amazónica y abrumadora producción. 



viernes, 20 de enero de 2023

Lecturas: La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso (Santiago Roncagliolo)

 Es un buen libro. Es un mal autor. 

Con esas seis palabras debiera bastar. Pero el lector querrá saber más. La contraportada se atreve a comparar insensatamente este libro con A sangre fría de Truman Capote. Total, porque Roncagliolo mete aquí y allá sus vivencias entre las páginas. Entre ellas el dato, decisivo, y ya se verá por dónde sale el tiro, de que todo parte de un ofrecimiento al diario El País de escribir una serie de reportajes sobre Sendero Luminoso. De ellos sólo se llegó a publicar uno, cuyo alcance Roncagliolo magnifica en estas páginas. Pues bien, cuenta que se marcha alguna que otra vez a Perú para documentarse, en lo que él mismo no oculta que son estancias rápidas, insuficientes. Pero sí que logra lo que promete el subtítulo del libro, refiriéndose el título a cómo los suyos llamaban a Guzmán, siendo las espadas previas Lenin, Stalin y Mao. Hace un recorrido objetivo y bien narrado por la vida y acción de Guzmán (obviando su etapa de formación en China, lo que es un punto negativo para una biografía que arranca con la niñez pero que obvia esta etapa). Hasta ahí, lo dicho: un buen libro.


Es un mal autor por saltarse parte de la investigación (¿ir a China, intentar acceso a archivos chinos, buscar testigos de esa etapa? Qué pereza) y por algo grave: por saltarse la ética a la hora de (aquí asoma El País) formular ciertas afirmaciones. Creyendo que los lectores peruanos lo van a aceptar tal cual, o que los lectores españoles no tenemos memoria y además somos tontos. Lo hace al afirmar Tres cuartos de siglo después de la guerra, cuando ya nadie podía ir preso, el juez Baltasar Garzón ordenó simplemente buscar los cadáveres de los desaparecidos. Aun así, el Poder Judicial expulsó al juez. Tal cual. Basta con ir a una fuente tan sucinta como la Wikipedia para recordar por qué el juez prevaricador Garzón fue expulsado de la carrera judicial: El 22 de febrero de 2012 fue expulsado de la carrera judicial9​ tras haber sido condenado por el Tribunal Supremo a once años de inhabilitación por un delito de prevaricación cometido durante la instrucción del caso Gürtel. Por eso, Roncagliolo se manifiesta como un sectario más. Además, si se tiene la paciencia de leer la útil cronología final del libro se comprobará que menciona con profusión los excesos y matanzas cometidas por las fuerzas de seguridad peruanas. Hasta el punto de que éstas son un 60% (o más) frente a un 40% (o menos) cometidas por Sendero Luminoso. Pero sigue siendo un buen libro. No su autor.


Lecturas: It (Eso) (Stephen King)

 Alfa y omega, lo mejor y lo peor. En esta tarea, un poco loca, de reseñar todo lo que en español ha publicado Stephen King puedes encontrarte que la que por muchos es su mejor novela (concedo que es una novela sobresaliente) se vea seguida de la que ojalá sea la peor (Los ojos del dragón). Después de este batacazo, es posible que haya recaídas similares en su producción. Ya veremos.

En todo caso, en Eso (usaré el título español) hay no un disfrute del miedo, ese malestar tan agradable, sino de la escritura portentosa. Porque aquí, en esta geografía tan detallada de la terrible y apacible y lóbrega e inventada Derry, nos encontramos con el reencuentro, en la edad adulta, de quienes siendo adolescentes, apenas niños, vencieron a una criatura aterradora y que sabedores del regreso de la misma y a la repetición de la desaparición de otros niños, buscan cumplir la promesa formulada tras aquella primera victoria: regresar para plantar cara al mal (el Mal) si éste reapareciera. Seis chicos y una chica que al crecer tendrán que hacer frente a sus miedos de entonces y recomponer sus relaciones. Uno de ellos, Bill Denbrough es, como es habitual en las ficciones de King, escritor.



Más allá de la trama que arranca en 1957 con la muerte de un niño mientras persigue un barquito de papel, y su culminación, pirotécnica y a lo grande, en 1985 y 1500 páginas después, y aparte del miedo que el evasivo payaso Pennywise, de quien se dice a lo sumo que su nombre es Bob Gray para quedar convertido no en un humano ni un una proyección de los miedos de esa cuadrilla de amigos, sino en el mal en estado puro, el placer de leer este libro, ensalzado como pocos, se encuentra en el hábil manejo del contrapunto, de lanzar la narración hacia atrás y hacia delante, dando el protagonismo en cada capítulo a uno u otro de los personajes, con el uso de lo que podría llamarse el hachazo King, que no es sino eliminar físicamente a personajes cuando el lector no lo espera, trazando además una cartografía de Derry, con sus arroyos urbanos, sus puentes, su mugre, su selva suburbana, sus colectores y conducciones de agua, que hacen creer al lector que es un escenario real, o a lo sumo un trasunto de Bangor, donde vive King, o de cualquier ciudad mediana de Maine. 

Pero no, aquí tenemos un novelista madurísimo que se enfrenta a la obra decisiva de su carrera, aunque dispuesto a caer en los abismos creativos de la paparrucha del dragón o la pifia delirante de Los Tommynockers. Y aunque tengamos rituales lovecraftianos, como el del chüd, que es además innecesario, y por mucho que Bill, Ben, Beverly (qué hermosa, qué magnética resulta en esta novela), Mike Richie, Eddie y Stan se empeñen en luchar dos veces contra ese payaso siniestro que asoma en los sumideros, por mucho que vivan su combate final en galerías subterráneas tan del género, o por mucho que compartan una escena de sexo juvenil que hoy no pasaría por el visado de las autoridades, decía, por mucho que se revista esta historia de elementos de genuino terror y fantasía, lo que aquí tenemos no es sino una gran novela, en la que el género del terror no viene a ser sino un disfraz, una excusa.


martes, 6 de diciembre de 2022

Lecturas: El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936) (Stanley G. Payne)

 Se pusieron de moda los títulos de libros de Historia encabezado por "Los mitos de..." y así como tenemos los de la Guerra Civil y del Franquismo, de Pío Moa, los de la Historia de España de García de Cortázar, del 18 de Julio de Ángel Viñas o los de la Historia Argentina de Felipe Pigna, este volumen del siempre solvente Payne sirve para, con frialdad y sin alaridos, demostrar que mucho de lo que desde ciertos medios de comunicación, desde la tribuna del parlamento, desde los propios centros educativos, se afirma sobre el estallido de la guerra civil no es sino una sucesión de mitos, de interesadas mentiras, destinadas a exculpar a la Segunda República (de la que escuché decir a un chisgarabís local que era "una democracia estupenda") y de cargar la culpa de ese fracaso a las derechas, los fascistas (cómo resuena ese término, hoy, ahora, pavorosamente, en bocas poco doctas). Payne expone el clima de anormalidad que adquirió la Segunda República desde el estallido de la Revolución de Asturias de 1934, urdida y preparada por el PSOE de Francisco Largo Caballero, ese botarate peligroso a quien don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ha homenajeado recientemente y ha expuesto como ejemplo de conducta política. A él. Al Lenin español. Téngase en cuenta que en esta España de todos, algunos castigan a quienes no respeten su visión unívoca de la historia, esa memoria histórica en la que sólo puede haber villanos de derechas y adalides, héroes, de izquierda. Que intentaron, ellos, acabar con la República en ese octubre de 1934. Una República que la derecha gobernó desde 1933 hasta febrero de 1936 gracias al voto y cuyo partido principal, la CEDA de Gil-Robles, nunca propugnó la violencia (como sí hizo y usó el PSOE).



La memoria es subjetiva, tornadiza, infiel. La Historia es objetiva, fija en el pasado, hechos que fueron. Payne desmiente mucha paparrucha. Para empezar, y para evaporar esa visión idealizada, rompe el primer tópico, el de la democracia: En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Esta joven República aprobó una ley electoral, prostituida en febrero de 1936 para dar la victoria en unas elecciones fraudulentas (así lo demostraron, y Payne lo asume, Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular) a los que fracasaron en su intento de recuperar el poder con las armas y contra propia legalidad, dando lugar a un régimen tramposo: Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder.

 


Esta falsa democracia, pues falsa es cuando no trata igual a todos sus ciudadanos, que sólo reprimía los hechos violentos cuando los sufrían sus afines, llevó la violencia a cifras raramente vistas: Así presentó [José Calvo Sotelo] el primero de una serie de informes sobre los actos de violencia y destrucción en España afirmando que entre el 15 de febrero y el 1 de abril, 74 personas habían sido asesinada por motivos políticos y 345 habían resultado heridas. Asimismo se habían incendiado 106 iglesias, de las que 56 habían quedado arrasadas. Puesto que el Gobierno no presentó estadísticas que refutaran estos datos, bastantes historiadores las consideran en esencia correctas, como de verdad parecen ser. A continuación, Calvo Sotelo citó algunos discursos de portavoces revolucionarios en los que declaraban que estos actos violentos eran el comienzo de la destrucción revolucionaria, lo que también era esencialmente correcto. 

Gil-Robles tomó la palabra entre los habituales gritos y tumultos, y afirmó que la CEDA ofrecería su apoyo parlamentario para llevar a cabo reformas sociales constructivas, si bien estas no parecían ser el objetivo principal de las izquierdas. Hizo una advertencia contra el intento del Gobierno de gobernar solo para una mitad del país:

“Una masa considerable de la opinión española que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro”,

Dirigiéndose a Azaña añadió:

“Yo creo que S.S. va a tener dentro de la República otro sino más triste, que es el de presidir la liquidación de la República democrática… Cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la injuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad”. 

Esta sesión fue la ocasión para que José Díaz, secretario general del Partido Comunista, declarase en un discurso que Gil-Robles “morirá con los zapatos puestos”. Era la típica amenaza de asesinato político de los portavoces revolucionarios, aunque a Martínez Barrio le pareció una afirmación excesiva para ser pronunciada en una sesión de las Cortes. Llamó al orden a Díaz y decretó que la declaración no figurase en las actas. 

Amenazas cumplidas: el cuerpo de Calvo Sotelo
tal como fue encontrado

Al día siguiente, el Parlamento volvió a reunirse en una atmósfera sobrecargada devino al cortejo fúnebre del guardia civil De los Reyes, que, en un momento dado, amenazó con pasar frente a las Cortes. Azaña empleó su retórica acostumbrada, atribuyendo toda la culpa de la violencia a la derecha y a su “profecías”. Con desprecio y sin asumir la menor responsabilidad personal, declaró: “Yo no me quiero lucir sirviendo de ángel custodio a nadie. Pierdan SS.SS. el miedo y no nos pidan que les tienda la mano. ¿No querían violencia, no les molestaban las instituciones de la República? Pues tengan violencia”. 

Ésta fue la democracia envilecida de 1936. Dice Payne: La República revolucionaria ya no era una típica democracia occidental. Palabras especialmente hipócritas en la boca de alguien como Azaña, famoso por su preocupación y su miedo en lo que a su seguridad personal se refería. De todos los discursos de Azaña, quizá este pudo haber sido el más imprudente. Decir que los cinco años de actividad de la CEDA dentro de la legalidad constitucional solo demostraban que “querían la violencia” era de lo más delirante e incendiario. El espectáculo de un presidente del Gobierno parlamentario invitando a la oposición a tomar parte en una guerra civil no tenía precedentes, aunque las amenazas por parte de los presidentes del Congreso y de otros portavoces de las izquierdas continuarían hasta el 18 de julio. 



Aquella sesión la cerró el catalanista Juan Ventosa aventurando a dónde habría de llevar el abuso permanente desde el gobierno del Frente Popular: 

Solo con asistir a este debate, solo con escuchar las manifestaciones de ayer y de hoy —insultos reiterados, incitaciones al atentado personal, invocaciones a aquella forma bárbara y primitiva de la justicia que se llama ley del talión, petición insólita y absurda del desarme de las derechas, y no de todos—, solo con presenciar y observar el espíritu de persecución y opresión que se manifiesta en algunos sectores de la Cámara, claramente se ve la génesis de todas las violencias que se están desarrollando en el país.



A partir del fraude de las elecciones del 16 de febrero de 1936 y de su consumación en la repetición electoral en las elecciones en las provincias de Granada y Cuenca, podría decirse que el proceso electoral en Cuenca y Granada fue menos libre que las elecciones que Hitler llevó a cabo en Alemania en marzo de 1933, una triste comparación para España. Con la supresión de las elecciones libres se ponía fin a la menor posibilidad de alternativa por la vía electoral, alentando y abriendo paso a otra clase de opciones. A partir de ese momento, la "República democrática" era poco más que un recuerdo, aunque tendría una vida muy larga como mero eslogan de propaganda.



Entre la constante incitación a la revolución del sector del PSOE de Largo Caballero y la moderación, un tanto acomodaticia según la coyuntura, de Indalecio Prieto, las divergencias llevaron a que Prieto el 15 de junio de 1936 viera clarividentemente que el verdadero fascismo era el de Largo: es injusto considerar a todos los derechistas como fascistas. El peligro fascista no existe, salvo que venga generado por la izquierda. Lo que había sido ya anunciado cinco días antes: El 10 de junio, el cristianodemócrata Ángel Ossorio se lamentó en un artículo publicado el 10 de junio en Ahora de que el comportamiento de las izquierdas se hubiera transformado en irracional y destructivo, sin solución posible a la vista: "El Frente Popular fue creado para combatir el fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular".




Si no fuera suficiente todo esto, o con la amenaza del caballerista Ángel Galarza a Calvo Sotelo el 1 de julio, doce días de que fuera asesinado por socialistas (Pensando en su señoría encuentro justificado, incluso, el atentado personal), terminemos de derribar el mito arcádico de la República. Con unos datos incómodos: el programa político de Emilio Mola, el Director del alzamiento del 18 de julio, proponían no la abolición de la forma republicana del estado: el memorándum finalizaba con la declaración: "EL DIRECTORIO se comprometerá durante su gestión a no cambiar el régimen republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras legalmente logradas" y "crear un ESTADO FUERTE Y DISCIPLINADO". Su único lema sería "¡Viva España!". La legislación previa a febrero de 1936 se respetaría, pero se suspendería la Constitución de 1931, que sería sustituida por un "Parlamento Constituyente" elegido por aquellos votantes que estuviesen en posesión de un nuevo "carnet electoral", del que quedarían excluidos los analfabetos y los delincuentes. Asimismo existirían ciertos vestigios de liberalismo, como la "separación de la Iglesia y el Estado, libertad de cultos y respeto a todas las religiones". Se pondría fin a la persecución religiosa y se establecerían comisiones regionales para solventar el problema agrario "sobre la base del fomento de la pequeña propiedad", aunque "permitiendo "la explotación colectiva donde ella fuera posible". No era un programa de extrema derecha".

Tras un mes de guerra, muchos de los presupuestos de Mola serían abandonados. En todo caso, este libro de Payne da para pensar en la realidad de aquel régimen, de aquellos meses de vértigo, en tantas mentiras y mitos que hoy se nos imponen. 



domingo, 27 de noviembre de 2022

Lecturas: La Guerra de Vietnam. Una tragedia épica, 1945-1975 (Max Hastings)

 Ya por la dedicatoria, a Rick Atkins, a quien Hastings afirma querer emular, es un buen auspicio. Porque Atkins es, para mí, el mejor historiador militar de nuestro tiempo, por encima de Beevor (que considera este libro una obra maestra)y del propio Hastings. Medirse a Atkinson es una osadía. Pero hay que reconocer que Hastings (Sir Max Hastings) casi lo consigue. Hubiera necesitado, por ejemplo, relatar la caída de Saigón con más nervio, más detalle, más desde dentro. Pero consigue dar una visión correcta de esa guerra estúpida a lo largo de 910 páginas.




Entre los aciertos está en remontarse a la dominación francesa de Indochina, con un vibrante relato del asedio/batalla de Bien-Dien-Phu, más eficaz que libros dedicados a aquel combate desesperante como el de Erwan Bergot, que  se perdía en detalles, en árboles, que no permitían ver el bosque en llamas. Sin la etapa francesa, que dio lugar a la creación de dos repúblicas de Vietnam, la del Norte y la del Sur, como antes había sucedido, tras la desocupación japonesa de Corea, también con un norte comunista y un sur capitalista, no se puede entender el drama posterior, cuando el norte infiltró su guerrilla, el Vietcong, en el sur y éste se acogió a la protección de Estados Unidos (Francia se desentendió una vez abandonada la antigua colonia) como un frente periférico de la Guerra Fría. Tres presidentes que no supieron prever las consecuencias de sus actos (el breve Kennedy, el obcecado Johnson y el tornadizo Nixon), se volcaron en salvar de la barbarie comunista, aplicando la barbarie militar para mantener en pie un régimen corrupto e inoperante. La desidia de Vietnam del Sur, confiada en que Estados Unidos le sacaría las castañas del fuego, y la violencia inusitada del Vietcong no sólo contra los funcionarios del sur sino contra la población civil en general, no importando sexo ni edad, apostando por la pedagogía del terror, convirtió Vietnam en un infierno. Al que tampoco era ajeno la flagrante crueldad de algunos militares estadounidenses como el teniente William Calley culpable de la matanza de 504 civiles en la aldea de My Lai. 

Un reportaje en Life (1965) ilustra el drama.
El capitán del  Yankee Papa 1 se dirige feliz
a un día más de servicio en Vietnam.


Hastings es historiador, no un propagandista. Por ello, para recordárselo a los lectores con prejuicios, debe ir insistiendo en que no hay que romantizar al Vietcong. Ni a los muchachos de Arizona o Michigan trasladados a la remota jungla para morir. Al fin y al cabo, la verdadera víctima no fue Vietnam del Norte, sino el del Sur, que fueron invadidos por sus vecinos para impedirles seguir su modo de vida que era el que añoraba a París y no a Washington. Vietnam del Norte no era, tampoco, otra cosa que un títere de la URSS y de China. Con épica, pero también con compasión, Max Hastings ha conseguido esta vez un libro tan asombroso como losa de la Trilogía de la Liberación de Atkinson.