lunes, 29 de junio de 2020

Lecturas: Fin (David Monteagudo)

Fin engancha más que un matamoscas, y su misterio hace que uno queme tostadas, se caiga a alcantarillas e inunde pisos. Desde aquí puedo verles, lectores, empeñando televisores y juguetes del niño para ir a comprar Fin. Es una droga, una epidemia, este libro. No se lo pierdan. Este juicio, entusiasta y excesivo de Kiko Amat en La Vanguardia sirvió para que volviera a la librería de segunda mano y pidiera el libro de David Monteagudo mientras tenía en mente algún recuerdo de opiniones de lectores que en algún periódico en la red decía que estaba bien pero no es para tanto.

Pues está muy bien. Por mucho que el final abierto te deje desconcertado. ¿De qué va Fin, cuáles son sus méritos? Pues de un grupo de casi cincuentones que se reúne tras veinticinco años sin verse para cumplir una promesa de juventud. El lugar es un albergue rural apartado de casi todo. A las pocas horas, mientras se ponen al día de lo principal y aguardan y temen el regreso de un invitado que fue objeto de alguna broma pesada y degradante de la que no se dan detalles, irrumpe el elemento fantástico: el cielo estrellado parece una fotografía retocada y demasiado lleno de astros; además, el viento no sopla y todos los aparatos eléctricos, desde los mecheros a los móviles o el motor de explosión de los coches, dejan de funcionar. Al intentar volver a casa, a la normalidad desaparecida, comprobarán que todo indica que toda otra presencia humana ha desaparecido, que tampoco hay cadáveres ni nada que indique una catástrofe. En su lugar, abundan los animales, incluso los que no pertenecen a ese paisaje del interior de España. En actitud a veces hostil. En ese viaje por el silencio, van desapareciendo poco a poco los personajes, en un juego casi a los Diez negritos (¿se puede citar ese título sin que te tilden de racista?) de Agatha Christie.


Casi cada capítulo se encabeza por el nombre de quienes en él tienen voz. Así, el primero es Hugo-Cova, María-Ginés el segundo, Nieves-Amparo-Ibáñez el tercero, el cuarto  Maribel-Rafa, sigue con Hugo-Ginés y desemboca en la nómina completa: Amparo-Cova-María-Hugo-Ibáñez-Maribel-Nieves-Ginés-Rafa. Nueve nombres, nueve negritos. Diez con el ausente cuya presencia se espera y se teme. 

Con diálogos creíbles, que fluyen con facilidad, van manifestándose los puntos de fricción de antaño y hogaño. De manera que en esos primores de lo vulgar hay quien ha visto, con acierto, una actualización de El Jarama de Sánchez Ferlosio. También hay algo, aventuro, de El Ángel Exterminador de Buñuel. Novela apocalíptica sin apocalipsis, de peligros invisibles, literatura fantástica sin fantasía. Retrato del vacío y de la caducidad de los afectos, y novela de aventuras. Todo esto es, y no es, Fin

domingo, 28 de junio de 2020

Lecturas: Riña de gatos. Madrid 1936 (Eduardo Mendoza)

Ganó el Premio Planeta con esta novela, en 2010, Eduardo Mendoza antes de ser Premio Cervantes en 2016. Lo que podría -y puede- interpretarse como un libro de encargo, de "mira, te vamos a dar el Planeta si te presentas, ya tú sabes". Y Mendoza, con todo el oficio del mundo y algo de astucia, decide llevarse el dinerito y el subidón de fama popular con una historia situada en el Madrid de 1936, el de la primavera trágica de 1936. Violencia desatada, asesinatos y provocaciones entre fascistas y socialistas y comunistas (¿les suena esto último?). Pero no. La riña de gatos del título queda en un tiroteo entre policías y falangistas, un intento de asesinato contado bastante pobremente y poco más. Eso sí, se incluyen vistosos cameos de Mola-Franco-Millán Astray e incluso, en una escena con poca lógica, de Manuel Azaña. Y otra, con más tino, de Nicerto Alcalá Zamora. Todo aquí se limita a una inteligente trama en torno a una pintura desconocida de Velázquez (resuelta de la peor manera), un tonteo sentimental, unas gotas de serie negra (y no de la buena) y un trasfondo histórico insuficiente. Porque si colocas lo de Madrid 1936 en el título es porque ese dato es necesario, es importante. Pero no. Casi co-protagonista es aquí José Antonio Primo de Rivera, retratado con cierta simpatía hasta que el narrador cae en esta infamia, digna de un indocumentado: Anduvieron abrazadas hasta un banco de hierro situado bajo una pérgola y alejado del que todavía conservaba huellas del paso reciente de un bebé indispuesto; se sentaron y Paquita abrió su corazón a Lilí, refiriéndole todo lo que en esencia el lector ya sabe: su amor por José Antonio y la decidida oposición del duque a permitir una unión que sabía de antemano sembrada de peligros y sinsabores y la noble aceptación de dicho mandato por parte de José Antonio, imbuido del papel que le tenía reservado la Historia y consciente de estar predestinado a una muerte heroica y prematura; si bien esta renuncia varonil venía sustentada en buena medida por el hecho de que él, además de ser un paladín de la patria y un aspirante a mártir, era un redomado putero. Por otra parte, aunque José Antonio era sensible a las justas demandas de la mujer moderna y no había tenido empacho en incorporar a su ideario una cumplida respuesta a la cuestión, su percepción del problema era sólo intelectual. En la práctica, jamás habría accedido a mantener una relación socialmente inadmisible con la mujer que amaba: era un revolucionario en muchos aspectos, pero también era defensor acérrimo del rancio catolicismo indisociable de la esencia de España.


Se comprende todo, se admite todo. No soy falangista ni mucho menos, fascista. Pero se supone que para escribir una novela con personajes históricos éstos tienen que ser fieles a su carácter testimoniado por los cronistas y biógrafos. Pero no, se prefiere soltar ese chafarrinón, esa palabra, putero, ese adjetivo reforzante, redomado. Además, las amadas de Primo de Rivera fueron (no vivió lo suficiente para que fueran más) Cristina de Arteaga (metida a monja en vida de José Antonio), Pilar Azlor de Aragón, duquesa de Luna, y, en el momento que recoge la novela, marzo de 1936, la princesa Elizabeth Bibesco (hija de lord Asquith, ex primer ministro británico). Demasiado atareado Primo de Rivera para caer en esos desahogos que se le achaca. Además, la novela gira, aparte de la trama del hipotético Velázquez y el especialista inglés encargado de autentificarlo, en torno a los amoríos de José Antonio con una caprichosa duquesita, hija del de Igualada. Todo ello, en una trama inconsistente, lleva a que la detención final de Primo de Rivera, el 14 de marzo de 1936, obedezca, incongruentemente, a una motivación sentimental.

Con todo, se lee con placer este libro si olvidamos cuanto realmente sabemos de aquella época, aquel Madrid sangriento. No en vano, es una ficción. Está bien. Ay, pero eso de putero...


jueves, 28 de mayo de 2020

Lecturas: Los secretos de la defensa Madrid (Manuel Chaves Nogales)

Para ser publicadas en la revista mexicana Sucesos para todos, Chaves Nogales escribió en su exilio de París, en 1938, en diecisiete entregas, esta crónica de la resistencia de una ciudad que tuvo un héroe que es Miaja, pintado aquí con los matices más favorables, y un villano que fue, más que Franco, Largo Caballero, al que pinta receloso de la popularidad del viejo general, y deseoso, casi, de que Madrid cayera con tal de que cayera también el defensor de la capital. Ya en la primera página, Chaves da el primer apunte: Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle. Las tropas rebeldes arrollan fácilmente a estas masas heroicas e insensatas. El relato es vibrante, sin faltar los bombardeos ni las sacas, los abusos de los pistoleros cazando discordantes, la irrupción de las Brigadas Internacionales con su mezcla de idealistas y aventureros, los combates de la Ciudad Universitaria, el asalto fallido franquista, la muerte de Durruti. 



Chaves Nogales, con su lucidez y su capacidad de escribir como el mejor cronista, su voluntad de denunciar la estupidez y la crueldad vengan de donde venga, da una lección de honestidad pocas veces vista en nuestra áspera patria. Se puede, y se debe, ser a la vez anticomunista y antifascista. Aunque los comunistas de ahora tilden de fascista a quien le ponga reparo. Aunque los fascistas de ahora tachen de comunista a quienes no sigan sus consignas. El santo laico que fue Chaves Nogales, es categórico:

El origen de la guerra no es español, no puede ser imputable a los españoles. No hay más culpa española que la de los dirigentes infames que brindaron la tierra de España a la barbarie y abrieron las puertas de su país a la doble y antagónica invasión extranjera. Lo español es acaso el encarnizamiento, la innegable crueldad, el tesón, que el hombre de España pone siempre en defender la causa que abraza. Soldado de la fe, siempre, el español se ha hecho matar, ahora por el dogma de la revolución o el de la autarquía como antes se hacía matar por el dogma del catolicismo. 


Ese hombre de España que ha sido asesinado por el comunismo o por el fascismo, es lo único respetable de esta guerra estúpida que el pueblo español, de por sí, no hubiese hecho si unas tropillas de españoles cretinos y traidores no le hubiesen arrastrado a ella criminalmente. ¡Que no pretendan ahora encaramarse sobre ese millón de muertos españoles para consagrar definitivamente su estupidez criminal!

España no será comunista ni fascista. La mayor infamia que se puede hacer aún con el pueblo español es la de tremolar triunfalmente sobre el inmenso cementerio de España cualquiera de esas dos banderas que siendo ambas extranjeras han hecho derramar tanta sangre española.

Miedo da saber que a quienes, bajo el signo de la hoz y el martillo o el fascio quieren reverdecer y poner en marcha una nueva versión de aquella tragedia. Yo, como español anticomunista y antifascista del sur, tendré siempre presente la cercanía de la frontera portuguesa. Que San Manuel Chaves Nogales nos pille confesados.




miércoles, 29 de abril de 2020

Lecturas: La vida exagerada de Martín Romaña (Alfredo Bryce Echenique)

Una puñetera obra maestra. Tal cual. De las de releerla y redescubrirla y apreciarla distinto y mejor dentro de unos años. De Bryce leí en mi adolescencia Un mundo para Julius que casi me entusiasmó. Poco después fui a una charla de Bryce en el Ateneo de Málaga y era un tipo con ojos chiquitos y la risa tapada por un bigote de mariachi. Que contaba cosas como que en Mallorca se alquiló una casa para recluirse a escribir una novela, que puso la máquina de escribir ante una ventana y todas las tardes se decicaba con ahinco a la escritura. Hasta que una vecina llamó a su puerta, lo tomó por un mecanógrafo y le endosó a su hija para que aprendiera, previo pago, el proceloso arte del asdfg asdfg. Tal cual. Y hace no muchos años disfruté de una novelita ligera, comprada en una librería de Lima, Las obras infames de Pancho Marambio. 


Esta vez la lectura la debo a una librería de ocasión en Málaga, que pore 3 míseros euros puso en mis manos la primera edición de esta delicia. Bibliotheca del Fénice, Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1981. 635 páginas y un colofón que detalla los lugares en que fue escrito el libro: Málaga, París, Théule-sur-mer, Sant Antoni de Calonge, Saint-Raphaël y Montepellier. Otra grata sorpresa, saber que mi ciudad tiene ese huequito. Titánica, la novela está escrita como si se tratara de la transcripción de un largo monólogo de Martín Romaña, hastiado y recordando desde un sillón Voltaire sus andanzas por París y España, con un gracejo y fluidez asombrosas, prodigiosas, que básicamente es el relato de los amores calamitosos de Martín con Inés, luz de donde el sol la toma, mientras están participando en la célula parisina de un partido revolucionario peruano que ha encomendado a Martín, niño bien limeño al fin y al cabo, escribir una novela real-socialista sobre sindicatos pesqueros. La nostalgia de Martín por la hondonada del colchón maltrecho que compartió con Inés, las promesas de un romance con Octavia de Cádiz, la fauna militante, la terrible patrona, los perros cagones, un viacrucis rectal, el magisterio vital y literario de Hemingway, las referencias a Alfredo Bryce Echenique que también pulula alrededor de su personaje, todo ello y muchísimo más dan para sorprender a los nuevos lectores y confirmar a los hipotéticos relectores como yo mismo, a buen seguro, lo seré. Estoy seguro que es de esos libros que seducen de manera distinta a quienes a él se acercan. Avisados quedan.


martes, 28 de abril de 2020

Lecturas: En el día de hoy (Jesús Torbado)

Ganó el Premio Planeta en 1976. Es decir, el primero tras la muerte de Franco. Con la recién estrenada libertad se abría el paso a propuestas alternativas, como la de preguntarse qué hubiera sucedido si la República hubiera ganado la Guerra Civil. De ahí que esta mala novela comience con un último parte de guerra alternativo: En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El presidente de la República, Azaña.  Madrid, 1 de abril de 1939.


He dicho que mala novela porque el autor no aporta una trama convincente, ni personajes creíbles, ni mínimamente interesantes. Todo lo contrario: hay un Hemingway de testigo hablando un español perfectísimo, hay un emboscado de los jesuitas que nada aporta, hay una descarriada con drama personal y bobo, hay un agente fascista italiano que urde un atentado contra la Pasionaria. Y todo así, plano y chato, y con una visión de la República idílica con Prieto en la jefatura del gobierno y Besteiro como presidente de la República. Una España en la que de pronto comunistas y anarquistas se llevan la mar de bien, en la que no se persigue y martiriza a los vencidos. En la que una taberna se llama La Colmena y la regenta doña Rosa, la misma que en el café de la novela homónima de Cela, y que incluso como aquella se arranca con un pues nos ha merengado. Tal cual. Todo de un buenismo idiota. Y narrada con un ritmo narrativo digamos que correcto. La gran ucronía de nuestras letras es un bluff. Una pena.  


 

lunes, 27 de abril de 2020

Lecturas: Totalidad sexual del cosmos (Juan Bonilla)

Hace unos años, pocos, cenando con Juan Bonilla en Málaga junto a otros amigos escritores, éstos le preguntaron qué estaba escribiendo. En una novela, adelantó. Al preguntarle por el título, dijo, sonriendo, que Totalidad sexual del cosmos. Hubo risas e incredulidad, Va, Juan, dinos el título de verdad, que ese no puede ser. Pero al final fue. Con ese título raro que suena a discurso alucinado, y que es título de un poemario de la protagonista del libro, nos cuenta, en dos historias independientes y concatenadas, quién fue la pintora y poetisa mexicana Carmen Mondragón, conocida como Nahui Olin, y su redescubrimiento. 


Mondragón/Olin fue una audaz artista, a la que se la encasilla entre los naif a falta de otra etiqueta. Más bien fue una artista libre, libérrima, en su obra y en su vida. Dotada de unos ojos verdes y una belleza electrizantes, sacó partida de su físico seductor posando para fotografías eróticas, a la vez que casada con un homosexual encontró en el Dr. Atl, un nombre capital de la pintura mexicana, 18 años mayor que ella, a un maestro en el arte y en la vida. La primera parte del libro, Carmen, recoge su vida entre México, San Sebastián y París, como joven rebelde dominada por la figura paterna y su matrimonio amañado. Es entonces una joven madre que ve morir a sus hijos en lo que pudo ser un accidente y entra en terrenos resbaladizos. En la segunda, Nahui, asistimos a su transformación en artista y en mito. Bonilla sabe adentrarse en la psicología compleja de su protagonista, basándose en una documentación sólida dando voz a Nahui en sus cartas a Atl o en los poemas que pretenden tener una ambición cosmogónica que no alcanza. Mondragón, o Hahui Olin, no fue una gran artista. Tampoco lo pretendió. Pero fue un personaje de primera magnitud para el que Bonilla sigue un procedimiento similar al de su novela sobre Maiakovsky, Prohibido entrar sin pantalones.



Nahui Olin: Nahui y Agacino frente a Manhattan (1933)


Finalmente, el libro cambia de registro en su última parte, Sin principio ni fin, en la que el narrador pasa a ser Tomás Zurián, un restaurador y experto mexicano en arte, a quien está dedicado el libro, que cuenta cómo dio con la pista de Olin, cómo se obsesionó con ella y la sacó del olvido con una exposición. El equivalente a esa ambición de sacarla de la tiniebla de la indiferencia, es la que Bonilla asume y consigue con este libro. San Google será el encargado de concedernos el don de contemplar las fotos de Carmen Mondragó encuerada y sus cuadros de una honestidad absoluta.  


Nahui Olin: Carlos Bardi en San Sebastián (1933)


lunes, 30 de marzo de 2020

Lecturas: A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Manuel Chaves Nogales)

España tiene algunos equivalentes al inmarcesible discurso de Gettysburg de Lincoln. El de Paz, piedad y perdón de Manuel Azaña (Barcelona, 18 de julio de 1938. disponible aquí) tal vez sea el más conocido. Sepultado ha quedado el del general Yagüe (Burgos, 19 de abril de 193.Disponible aquí), que con alguna exaltación antisemita elogia a los enemigos de entonces. El prólogo de Chaves Nogales a esta colección de relatos, escrito mucho antes que esos ejercicios de imparcialidad, menos o más verosímiles, tiene una grandeza que no ha hecho sino crecer. El libro, publicado en el exilio y redactado en los últimos meses de residencia de Chaves en la España republicana a la que había servido, es un ejercicio de honestidad sostenida en cada página. Se trata, por tanto, de una lectura que enfurecerá a los fascistas o neofascistas de ahora porque destapa la barbarie de los suyos. Una lectura que enfurecerá a los comunistas o antifascistas de ahora, porque denuncia la barbarie de los suyos. Yo, que soy por antifascista y anticomunista, porque sé ver los errores y el ánimo de opresión y exclusión que mueve a ambas ideologías totalitarias, ambas igualmente criminales, me declaro habitante de esa tercera España quimérica e inexistente que encarnó con ejemplar transparencia, Chaves Nogales. 


En el prólogo, Chaves se reconoce pequeñoburgués liberal, se retrata como alguien capaz de denunciar las carencias de ambas ideologías: Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Alguien que no tiene miedo a expresarse con palmaria claridad: Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguar daba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. 



En fin, alguien a quien elevar al santoral laico de quienes no quisieron cambiar ideas por ideología. Alguien que no quiso renunciar a la libertad para abrazar a la igualdad. Que no renunció a sus deseos de igualdad en nombre de una libertad que, lo sabemos, fue otra hipótesis que nunca se demostró, que no fructificó en la generación de nuestros padres y abuelos. Quien quiera amar a Chaves, lo puede hacer simplemente leyendo ese prólogo que destapa el terror rojo y el terror azul. Y que está disponible, íntegro, aquí.


¿Y los relatos? Pues son magistrales, situados a ambos lados de las trincheras. Crueles todos. En ¡Massacre, massacre! tenemos el Madrid bombardeado con sus periodistas extranjeros intentando narrar la tragedia, en La gesta de los caballistas tenemos a la aristocracia rural andaluza y fascista con su prosopeya mística y cerril. En Y a lo lejos, una lucecita asistimos a la persecución de los quintacolumnistas con métodos brutales. En La Columna de Hierro, acompañamos a un batallón irregular revolucionario con su justicia ciega y la crueldad desatada en la sangre y las palabras y el presunto pensamiento. Todo así, todo sin adornos pero con un pulso narrativo admirable. Si nos quitamos los lectores las anteojeras de las que no supieron liberarse los españoles de entonces, y tantísimos de ahora, encumbraremos este libro como una de las obras más singulares, y mejores, de nuestro sangriento siglo XX. Y una vacuna para este siglo XX en el que los herederos de unos y otros, hunos y hotros en términos unamunianos, quisieran repetir, con la suerte que menester fuera, aquel conflicto. Que San Manuel Chaves Nogales, en ese caso, nos pille confesados. Y con la maleta preparada.