Como tantos, descubrí a Baricco con Seda. Con voracidad, disfruté con Tierras de cristal, Novecento, Océano mar, City. Y me cabreé soberanamente con Mr Wyn (aquí la reseña). El manierismo de Baricco (en la red he visto cómo aquí y allá habían quien tilda de sublime a la novela que nos ocupa y a su autor, como aquí) ha ido acentuándose, convirtiendo en ficciones de infladas páginas lo que hubiera quedado bastante mejor como un relato. Esta novela, esta historia, se lee con interés, pero con la sospecha de que al final nos la colará nuevamente, que todo quedará en una parábola sobredimensionada, en un ejercicio de estilo muy hábil pero que no será sino el vehículo de una decepción. Así es nuevamente. Una escritura admirable y a la vez una novela muy mala. No puede uno sino acordarse de lo que el airado poeta Almafuerte dijo de Leopoldo Lugones: "Quiere rugir y no ruge. Es un Almafuerte para señoras". Tal vez suceda como reconoció Borges, que no era yo el lector para este libro.
domingo, 20 de septiembre de 2015
viernes, 4 de septiembre de 2015
Lecturas: España y Cataluña. Historia de una pasión (Henry Kamen)
A sesenta centímetros de mí tengo un cartelito bajado de Internet, que unas manos amadas y catalanas (hoy las de mi esposa) pegaron hace unos años. En él, una cita firmada por Abraham Lincoln: Whatever you are, be a good one. Justo ahora me doy cuenta es justamente lo que intento con mi condición de español: ya que lo soy, intento ser un buen español. Porque, alguna vez lo he escrito, no soy especialmente patriota, no comulgo con los dioses de mi terreno, no acepto todo ese bagaje de la españolidad con alegría y bravura de soldado de los Tercios o de pícaro de la piel de toro. Hay mucho que me molesta de los ritos y de los mitos de mi país. Nunca aplaudiré el martirio de ningún animal para divertirme y batir palmas, nunca adoptaré la arrogancia como norma primera del carácter, nunca cultivaré la ignorancia. Todo eso. Todo lo que me hace, por muy español que sea, considerarme y sentirme, según el momento, coreano, argentino o inglés y hasta turco. Pero puesto a ser español, por ese azar que nos lleva a tomar carne y mente y espíritu en un lugar, una forma, un tiempo, intento ser un buen español. Depurado de vicios. Depurado, por español mismo, de pasiones.
Es justamente lo que propone, Henry Kamen. Al menos, el poso que te deja tras la lectura, en la que ahonda en la pasión del catalanismo y la pasión del españolismo, ahora mismo en trayectoria de colisión por decisión de una de las partes. Ya en 1647, buscando participar en el comercio con América encauzado por Sevilla, los mercaderes de Barcelona afirmaban en su escrito: "No hay ninguna duda de que Cataluña es España. España es todo lo que hay entre los Pirineos y los océanos. De ello se sigue que Cataluña es España, y y que los catalanes son españoles". Casi 400 años después, se nos quiere convencer de que nunca fue así, y para ello arguyen una historia construida de falsedades. Kamen las desmonta, sobre todo la ocurrida desde 1714, cuando los falsarios de hoy sitúan el fin de una nación que nunca existió. Lo hace Kamen, británico pero habitante de Barcelona, con herramientas de historiador. Podría, ya que lo hace, ser considerado un defensor de la unidad de España, también un buen español.
Pero nos ofrece una visión de España como un estado no fallido pero sí carente de una identidad nacional sólida. Tal vez no le falta razón. Mientras los catalanes (los políticos catalanes, algunos escritores catalanes) han acertado con forjar una épica nacional basada en el agravio constante (y en la mentira), en España no hemos sabido ofrecer un relato común, ni unos símbolos, que nos unan más allá de las provincias y las regiones, más allá de los antiguos reinos fundacionales: "El argumento que presento aquí es que, al contrario que España, Cataluña tuvo éxito -claramente- a la hora de autodefinirse. A diferencia de España, consiguió hacer de la retórica una especie de realidad. Aunque Prat de la Riba y muchos de sus seguidores no eran más que retórica y palabrería en sus argumentaciones, tuvieron la ventaja de contar con una sólida base histórica y cultural".
Ya en 1640 Baltasar Garcián
señalaba lo complicado que es unir a los españoles: "En la Monarquía de
España donde las provincias son
muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones
opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para
conservar, así mucha para unir". Desde entonces, y más a partir de la
recuperación y puesta en valor de los mitos catalanes desde la Renaixença,
la actuación combinada de políticos y publicistas puestos a su servicio, la
pasión de Cataluña ha ido ganando la partida a la de España. Pero no nos
engañemos. Como afirma Kamen en un artículo que inserta en este libro necesario
y razonante, "El separatismo no es ninguna respuesta a nada. Muchos
creen que en un mundo moderno como el nuestro no tiene cabida reducirse al
estrecho marco de una nación provinciana, y que el futuro está en integrarse
dentro de sociedades, economías, culturas y tecnologías más grandes y mejores,
en lugar de amadrigarse en un mundo más y más pequeño de horizontes limitados,
controlado por burócratas corruptos y élites burguesas que creen en ideologías
que pueden parecer reales arriba en la montaña, pero aquí abajo, en el llano,
no son nada más que el material del que están hechos los sueños".
domingo, 30 de agosto de 2015
Lecturas: Napoleón (Max Gallo)
Es difícil que no salga una novela pasable cuando el asunto es la vida de Napoleón, desde su inicio en una isla hasta su final en otra. Max Gallo lo consigue, sin necesidad de imaginar gran cosa. Acá y allá, párrafos en cursiva con el monólogo interior del personaje. Entre medias, los hechos históricos sin apenas adorno. Sorprende que la obra maestra táctica que fue la batalla de Austerlitz no sea narrada con más atención, o que el espanto del cruce del Beresina, en la retirada de Rusia, no sea descrito con mayor dramatismo. Tal vez porque sea un esfuerzo vano intentar competir con la magistral "Nevaba" de Patrick Rambaud (en cambio, la otra batalla que Rambaud noveló, Essling, sí es descrita con un tono dramático casi pesadillesco). Una buena lectura, pero sólo para los que amamos a Napoleón, el que acaba con la Revolución y el del regreso desde la isla de Elba.
Es inevitable no recordar, al leer este incómodo volumen (835 páginas en mi edición), a Hitler. Véase, puesto en boca de Napoleón pero que también hubiera suscrito ese otro extranjero convertido en dominador de otra nación y, por poco, del mundo, una opinión sobre Rusia: "Los rusos deben aparecer como un azote ante todos los pueblos. La guerra contra Rusia es una guerra pensada en beneficio de la vieja Europa y de la civilización. No debemos ver más que un enemigo en Europa. Y ese enemigo es el coloso ruso". Es, en definitiva, el Napoleón que nos presenta Gallo un esclavo de un destino mayor que la vida, y que por él se sacrifica y es sacrificado. En pos de su meta, llega a perder la sensibilidad: "No crea que mi corazón no es sensible. He necesitado un gran dominio sobre mi persona para no demostrar emoción. Desde mi adolescencia, me apliqué a apagar esa cuerda que en mí no da ya ningún sonido. Mi deber es seguir, actuar, avanzar". Con todo, hay grandeza innegable en el emperador, como cuando visita en plena noche y sin aviso a la familia de uno de sus más sacrificados y admirables generales, Oudinot:
"Acude a saludar a la familia del general en plena noche, mientras duerme, y parte tan rápidamente que recordarán su visita como si fuera un sueño.
Eso desea ser, el sueño de los hombres, confiesa mientras se inclina de nuevo sobre los mapas.
- Hago mis planes con los sueños de mis soldados dormidos".
François Rude:
Napoleón despertando a la inmortalidad
(1845-1847)
miércoles, 26 de agosto de 2015
Lecturas: Chulas y famosas (Terenci Moix)
El verano, para llevar a la
playa, impone lecturas leves. De ahí que optara por esta novela de Terenci Moix
que presumía liviana, cascabelera y mala. Por lo tanto, gato por gato. Nada que
objetar. La contraportada hablaba de que este tomo cerraba una trilogía
iniciada por “garras de astracán” y continuada por “Mujercísimas”. Como el
grosor de la primera desaconsejaba el acarreo playero y la segunda no la tengo.
Así pues, p’adelante y a la tumbona. El inicio del libro prometía, tras una
portadilla que presentaba el volumen entero como “Del diario privado de Miranda
Boronat y todo cuanto les ocorriuvo a sus ochenta mejores amigas y sus coleguis
tortilleros al amparo del mega-divino Niño Jesús de Praga”. El arranque de la
ficción dice así: “Hallábame yo pía y contrita en el entierro del honorable
Jordi Pujol, presidente que fue de la Généralité de Catralogne, y no salía de
maravilla al apreciar el estado de la momia, tan linda como lo fue en otro
tiempo la de Evita Perón, loa y prez de la Argentina. Pero ni los laureles
acumulados por el prócer local, ni la habilidad demostrada conseguían evitar
que algunas partes empezaran a descomponerse, proyectando sobre las montañas de
Montserrat un desagradable olor a marisco fermentado.”
Lo que pudo haber sido
(y no, no fue)
A partir de ahí, el diario sin
fechas de Boronat, lleno de descerebradas amigas, en las que la narradora
incurre en horrores gramaticales recurrentes al articular el pretérito pasado,
de forma que si el erróneo “andó” es anduvo, todo será pensuvo, agarruvo,
escribuvo y así. Seguiremos a esta pandilla de millonarias y burguesas en un
periplo que les lleva a Manila a buscar sirvientas, a Praga a curiosear a su
Niño Jesús y a Londres para rendirle honores a la difunta Diana de Gales. Lo
mejor del libro, que es revoltoso e insustancial, es que incluye a un
personaje, el Autor, que es el propio Moix, que se retrata sin complacencia y
que al final es señalado como inmisericorde plagiario de Boronat, de la que
reproduce tal cual el diario, que le había pedido prestado, para publicarlo tal
cual bajo el nombre propio del autor. En una maniobra pirandelliana, Miranda,
en las páginas finales, encuentra el libro en un escaparate de una tienda de librería
religiosa en Sevilla: “Allí, entre un sinfín de objetos religiosos, destacaba
un volumen de Chulas y famosas
situado entre unos modelitos de rosarios digitales y la última moda en
escapularios prêt à porter. Como el
libro acababa de salir no habrían tenido tiempo de comprobar el azufre que
destilaban sus páginas, fiándolo todo a la portada, que era como de Semana
Santa. A mí me encantó. Representaba a Myrna Lamour, guapísima, ataviada con
una mantilla plateada, antigua sin la menor duda. Las perlas del cuello y la
muñeca eran una divinidad. Sólo me extrañaba que mi íntima amiga tuviese expresión de mala hostia y, sobre todo, que
empuñase un cuchillo en lugar de un rosario. Vamos, que parecía una novela
policiaca. Lo cual me dio mala espina”.
Más adelante, transcribe el texto
de la contraportada, describe la foto del Autor del mismo sitio, menciona el
prólogo de Pere Gimferrer. Elementos todos que efectivamente se corresponden
con el libro físico, como es el caso de la edición de bolsillo que manejo, dos
años posterior a la edición primera en tapa dura. Con esto, se cumple un juego
autorial que sólo es estropeado, y cómo, por la última página y media del
libro, un dislate bobo que lo convierte en uno de los peores, e insustanciales,
finales de novela que recuerdo.
martes, 25 de agosto de 2015
Curso urgente de costura
No soy judío. Todavía no. Pero me siento
judío. Por lo tanto, soy judío, más allá de tribunales de conversión y
cirugías. Yo, Mario Virgilio Montañez Arroyo. Hijo de una familia católica más
o menos (más menos que más) practicante. Español, malagueño de los dos siglos.
Ello sirve, aquí, en mi áspera patria, para ser considerado un apestado. Para
ser perseguido, acosado, insultado. Como en la Alemania nazi. O como en los tweets del concejal Zapata, tan acordes con aquellos tiempos de camisas pardas (véase) No, no exagero,
no me dedico al victimismo. Basta con mirar el caso Matisyahu.
Cuando a un
judío, y sólo a un judío, por serlo, se le exige que comulgue con ciertas
ideas, con ciertos dogmas. Que abomine del sionismo. Vean las imágenes de este
comentario que quiero, que deseo, que necesito, breve. En la portada del
semanario nazi “Der Stürmer”, de 1934. El titular, traducido, pregunta “¿Quién
es el enemigo?” El artículo que lo sigue responde que el judío. El titular a
pie de página asegura “El judío es nuestra desgracia”. Las demás páginas, con
sus estereotipos, van en consonancia con el espíritu de estos días, cuando el
antisemitismo nuestro de cada día ha quedado en libertad durante varias
jornadas.
Matisyahu (a quien hace unos años
escuché en discos en los que lucía modos y mensajes jasídicos) es el enemigo.
El que nos representa a todos los que queremos creer en la fe de Abraham. No,
yo no he sido Charlie. Je ne sui pas
Charlie. Pero soy Matisyahu. Si eres ateo, o eres mormón, o católico, o
musulmán, te respetarán. Más o menos. Pero si eres judío te llevarán,
simplemente para hacer lo que sabes, a formular una autocrítica. A renegar de
tus convicciones políticas. Y después ya se verá. Si eres Capleton y eres
jamaicano y en tus letras dices cosas como
“Deberías saber que Capleton quema a los maricones, y que el mismo fuego
le pegaré a las lesbianas, a todos los
maricas y sodomitas yo mataré”, o bien "Quema a un marica, desangra a un
marica, los maricas están follando y chupando muchos coños”, o si eres
también jamaicano y negro y eres Jah Cure y has cumplido prisión por violación
tampoco te pasará nada (Véase).
Te admitirán en ese festival español. Si eres musulmán no te pedirán que aceptes al Estado de Israel, que abomines de las tropelías del llamado Estado Islámico, no, ¿para qué? Pero si eres judío y dices, como yo he
dicho, que amas a Israel serás entonces perseguido. Ya puedo, ya podemos todos
los que no comulguemos con las ideas totalitarias de los antisemitas de hoy,
estrictamente izquierdistas, ir
cosiéndonos la estrella amarilla.
lunes, 24 de agosto de 2015
Lecturas: El conflicto árabe-israelí (T. G. Fraser)
No me cansaré de decirlo. Hay que
saber de qué se habla para ponerse a hablar. En un país como el nuestro, donde
todo es prisa y arrogancia, todos (o casi todos) se lanzan a pontificar sobre
esto o lo otro, con actitud de “es lo que pienso, y lo que pienso es lo
correcto, así que los demás, todos, están equivocados”. Y esto sirve para la
política, el fútbol o lo que sea. Para los que pontifican sobre el conflicto
árabe-israelí, este libro puede servir para que tengan una idea general del
asunto. Es, por tanto, muy recomendable. Más aún, muy necesario. Y más cuando
se prohíbe actuar a un músico judío y estadounidense en un festival español, y
después se le permite pero entre gritos de “viva Palestina libre” (da para un
largo comentario en este blog este incidente), por no haber formulado un
compromiso con la causa palestina.
No
resumiré, pues ya lo he hecho aquí,
la historia del conflicto. Sólo invitaré a la lectura de este básico manual
señalando alguna obviedad que puede sorprender a los vociferantes de hoy:
1ª: La adscripción al nazismo del
líder de los palestinos en la época del nacimiento del estado de Israel, el
gran muftí de Jerusalén, Haj Amin (“Su viaje a Alemania, tras su bien anunciado
encuentro con Hitler, y los esfuerzos por reclutar a musulmanes bosnios para
las SS resultaron extraordinariamente nocivos para la causa palestina al vincularla
con un régimen genocida”). El nazi Haj Amin era tío de Yasser Arafat.
¿Qué hay de lo mío, de lo nuestro?
2ª El hecho de que la Unión
Soviética apoyó de forma inequívoca la creación del estado de Israel, por lo
que no fue “una maniobra de los americanos, convencidos por el lobby sionista”.
Es más, el presidente Truman estaba más bien en contra.
Cartel israelí. El texto:
Larga vida a la unión entre la URSS e Israel
3º 1948 fue la gran ocasión
perdida. Que no exista en 2015 un estado de Palestina es porque los políticos
palestinos no quisieron en 1948 proclamar el suyo. Prefirieron que seis
naciones invadieran a la vez el recién nacido Israel.
En la pancarta central, la clave. Puro 1948
4º Arafat rechazó, en la cumbre
de Camp David (julio de 2000) una propuesta que casi habría resuelto el
conflicto: “Desde la perspectiva israelí, las propuestas de Barak eran audaces
y de fran alcance; podría decirse que ningún líder israelí había llegado hasta
tan lejos. De hecho, ofreció a los palestinos una zona contigua que comprendía
más del 90% de Cisjordania, una capital palestina en Jerusalén, algún tipo de
soberanía compartida sobre la Explanada de las Mezquitas y el regreso de los
refugiados a un Estado palestino, pero no a Israel. Clinton, consciente de lo
mucho que había cedido Barak, se ofreció a abogar por ella e intentó atraer a
Arafat comprometiéndose a recaudar decenas de miles de millones para Palestina
[…] Pero el líder palestino demostró ser inmune al argumento de que sería la
mejor oferta que jamás recibiría. Llegados a ese punto, Clinton vio que no
tenía sentido seguir adelante. Dado que muy pronto estallaría la tragedia, la
cumbre de Camp David se ha considerado como una de las más claras oportunidades
desperdiciadas para resolver el conflicto. Que la responsabilidad de su fracaso
haya recaído sobre Arafat o sobre Barak y Clinton ha sido motivo de amargas
disputas. Sin embargo, el compromiso de Clinton y su equipo difícilmente puede
criticarse”.
5º Sigue olvidándose el gesto de
grandeza de Ariel Sharon al retirarse de Gaza en 2005: “Por consiguiente, a
finales de 2005 Israel evcuaría todas las ciudades y pueblos de la franja de
Gaza y replegaría sus fuerzas de las poblaciones de la frontera con Egipto, si
bien este último acto se rescindió posteriormente. La ausencia de tropas o
civiles israelíes supondría el fin de cualquier responsabilidad israelí hacia
sus habitantes, aunque en la redacción del plan se cuidó que no se perdiera el
derecho a la defensa preventiva y/o reactiva”. El resultado de esta retirada es
bien conocido: el uso de Gaza para desde ahí lanzar casi diariamente cohetes
contra Israel. Con el resultado de réplicas armadas por parte de Israel. De
este hecho, la opinión pública y los partidos de izquierda sólo ven los
contraataques israelíes. Nunca la agresión previa palestina.
viernes, 21 de agosto de 2015
Lecturas: Así empieza lo malo (Javier Marías)
La decimocuarta novela
(entendiendo la trilogía Tu rostro mañana
como tres títulos) de Javier Marías. De ellas, he leído ocho. O puede que
nueve, tan caprichosa es la memoria. Con gran placer en cinco casos, y con
creciente hastío en la serie tripartita ya citada. Aquí, en el título que
reseño, vuelve a la eficacia de Todas las
almas o Corazón tan blanco. Sin
renunciar a la frase laberíntica, los párrafos sin apenas interrupciones, a la
repulsa del abominable punto y aparte. Con la distancia habitual en sus
personajes, que cuentan habitualmente lo sucedido a otros, con peripecias que
sólo afectan, aparentemente, sólo de forma superficial al narrador, Marías, en
apuesta caprichosa, centra los hechos en los años ochenta del siglo pasado, en
los coletazos de la Transición. Son hechos que el narrador, ahora maduro y
entonces joven, narra con oculta melancolía y que se centran en la hostilidad
de su empleador, un productor de cine, hacia su esposa a la que repudia y
rechaza constantemente. Obviamente, el conflicto de pareja termina siendo un
problema triangular, al que se suman otros elementos tan necesarios a la trama
como enervantes. Entre ellos, en un procedimiento habitual en Marías, que gusta
de incluir cameos breves de amigos, deslumbra la presencia del académico
Francisco Rico, que comparece aquí pleno de ingenio, caprichoso y pedante, en
una creación cómica que sirve para contrapesar los elementos más tensos del
relato. También, aquí y allá, aparece la sombra de Jesús Franco, cineasta con
el que a veces colabora el productor y que era, además, tío materno del propio
Javier Marías Franco. El deseo, el engaño, la lealtad, el secreto, son los
elementos que combina esta ficción que se mantiene con notable consistencia
hasta un final dramático en el que lo malo llega y establece su reinado.
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