“Las predicciones del mago Houellebecq: En 2015 pierdo mis dientes. En 2022, hago Ramadán”. Es lo que decía la caricatura de Michel Houellebecq en la portada de Charlie Hébdo del día en que asesinos yihadistas masacraban a la plantilla del semanario. El motivo de la portada, y la clave del chiste, era la aparición en Francia de esta novela, “Sumisión”, que situaba su acción en un hipotético 2022, cuando llega al poder en el país vecino un partido islámico, la Hermandad Musulmana, gracias al apoyo de los socialistas (y la derecha) para evitar, en segunda vuelta, el triunfo del Frente Nacional de Marine Le Pen.
La novela, estimable, sigue la peripecia de un profesor de la Sorbona II, François, especialista en Huysmans, desde las fechas previas al triunfo de los musulmanes hasta un tiempo después, tal vez un año. En primera persona, entrelaza el relato de los hechos políticos con su propia vida, marcada por relaciones personales inestables, su cese, con sueldo, en la universidad en razón de su no pertenencia a la religión imperante (por entonces, la Sorbona se ha convertido en una universidad islámica) y la preparación de una edición de las obras de Huysmans para la Biblioteca La Pléyade. Para ello, regresa a la abadía de Ligugé en la que Huysmans preparó su conversión al catolicismo, y desde esa distancia, esa calma, contempla cómo Francia se acerca a una guerra civil y la evita. El factor religioso, la conversión del autor sobre el que investiga, se erige en precedente de la conversión que se le ofrece a François si no quiere ser un marginado. La fe, en tiempo de mudanzas, puede ser, también, la única certeza, la única roca a la que aferrarse. Para sobrevivir, o para vivir en plenitud, François sólo tendrá que rendirse ante la trascendencia y ante las circunstancias. Para ellos, sólo es necesaria la Sumisión. Que en la novela se contempla como algo interior y exterior.
Más que una novela política, que no lo es del todo, nos encontramos con una ficción sobre el hecho religioso. La estabilidad, puede que la beatitud, que Huysmans encontró en el catolicismo, es algo que nuestro protagonista puede encontrar (todo es cuestión de proponérselo, de ser sumiso) en el Islam. La poligamia, admisible y recomendable para los fieles, es también un aliciente poderoso. La pérdida del amor, o puede que sólo sea del sexo no remunerado, a través de la huida a Israel de Myriam, una amiga con derecho a cama, combinado con la ausencia de fe, combinadas, acompañarán a François en su evolución. El refugio en la abadía, junto a la labor de proselitismo que ejerce su antiguo colega y ahora rector de la Sorbona, Robert Rediger, hacen el resto. Todos tenemos un precio. Y todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Tan simple como eso.
Me tropecé con don Rigoberto como un personaje
tangencial en las páginas de "El héroe discreto”, la más reciente novela
de Vargas Llosa. Era allí un libertino amable, un tipo correctísimo que
sublimaba el erotismo en conversaciones y confidencias de alcoba con su esposa.
Brillante, ingenioso, culto, con un humor fino. Recordé que tenía, desde hace
años, esta novela, sin leer, sobre el mismo personaje en mi biblioteca. Al
comenzar a leerla, descubrí que era, a su vez, continuación de “Elogio de la
madrastra” (que creía tener pero que no encuentro). No obstante, opté por la
lectura de esta entrega intermedia. Que insiste en lo mismo, en mostrar a don
Rigoberto como un personaje incorrecto y muy querible. A través de diversos
relatos sobre sus andanzas, unidos por las vicisitudes de la reconciliación con
doña Lucrecia mientras el hijastro de ésta, e hijo de Rigoberto, Fonchito, hace
de celestinesco doble del pintor Egon Schiele. Al final del libro, todo
este caleidoscopio de aventuras galantes cobra coherencia, aclarándose si los
episodios carnales relatados son realidades evocadas o calenturas que Rigoberto
escribe en su soledad por mitigar, acrecentándolo, el deseo. Aquí y allá, como
parte de los cuadernos, malévolas y sabrosas cartas que Rigoberto escribe en sus
cuadernos y nunca envía y que defienden la heterodoxia en una
afirmación gozosa del individuo. Es un libro menor de Vargas Llosa, pero tan
disfrutable como sus grandes obras. Aunque sólo sea por la curiosidad de ver
cómo resuelve el (sub)género de la literatura erótica el autor peruano, merece
la pena. Y deja el deseo de leer la primera novela del trío de marras y de que
sigan apareciendo sus personajes, al menos don Rigoberto, en sucesivas
ficciones.
Han pasado diez años desde que en Sur publiqué esta semblanza, este perfil, de Jorge Lindell. Este fin de semana nos dejó, con la misma discreción con que vivió. Era un artista grande, un músico con un pincel en la mano, un sabio entre nuestras calles ásperas. Un hombre bueno. A continuación, mi homenaje de entonces reafirmado, para siempre, ay, hoy:
Jorge Lindell (Málaga, 1930) es un chino. Él intenta que no se le note, y usa así una
cortesía sosegada y cálida que le delata. Según como se le mire, puede llegar a
aceptarse que su padre, aunque nacido en Málaga, fuera hijo de finlandeses, y
se comprende así esa delicada calma, teñida de imperturbabilidad luterana, tan
necesaria en este paisaje de atropellos al gusto y a la paciencia y al
silencio. Sabedor del dicho clásicode
“Aut tace aut loquor meliora silentio” (“calla a no ser que lo que digas sea mejor
que el silencio”), Lindell no es hombre de vociferante humanidad, ni un
publicista de sí mismo. Desde este punto de vista, no es, ya se ve, nada
mediterráneo. Ni falta que le hace. Como buen chino, Lindell es delicadamente
ceremonioso y gravemente cortés, de una sutilidad que hace creer que está
siempre escabulléndose del ruido y de la furia. De ahí tal vez su amor por la
mejor música, su oculta faceta de melómano, que mostraba en la más antigua de
las obras exhibidas en su gran antológica, 1950-1997, que le dedicó la
Fundación Picasso: un retrato del Cuarteto Vegh que equilibraba el estricto
realismo con una indisimulada voluntad de huida de las convenciones.
Jorge Lindell: Sin título (2006)
Óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm
Porque
Lindell es, desde los lejanos años cincuenta, el maestro de fugas, el que sabe
cómo zafarse de las consignas estéticas y proponer un sendero nuevo para
esquivar la cansada ortodoxia que insistimos empecinadamente en aceptar. Jorge,
con su escepticismo de chino sabio, sabe que la meta es el propio camino. Tal
vez por ello no ha incurrido, y tal vez nunca lo haga, en copiarse a sí mismo.
Quien conozca su obra sabe que no la conoce, o que ese conocimiento es
provisional y limitado a intuiciones. Porque Lindell se escabullirá de los
adjetivos que le pongamos y hará que su obra, libre por naturaleza, se trasmute
en otra.
Houdini con un
pincel con el que hurga veloz en la cerradura de lo cotidiano, Jorge Lindell
bebe por igual, por su biografía y aprendizaje, de las fuentes de Vázquez Díaz
y de Willi Baumaster. Y así, conocedor por igual de un postcubismo que podía
hacerse sumiso por indicaciones de la autoridad, y de la rebelión en que
germinaría más tarde el impulso furioso del grupo El Paso, Lindell será miembro
fundador, en 1949, de lo que se convertiría en
la Peña Montmartre. Con un personal expresionismo de juventud deudor de
Rouault, será a lo largo de los cincuenta, convertido en empleado de banca y
sin abandonar su magisterio entre los pintores que se incorporan al cenáculo
inconformista que en 1958 se convierte en Grupo Picasso, cuando vaya
recorriendo la pista de aterrizaje para, finalmente, volar en la década de los
sesenta, con una violenta abstracción, de tonos oscuros y arriesgada
investigación matérica. Durante los setenta, es el grabado la técnica que
merece la pasión creadora de Lindell, fundador en 1970 del taller “El pesebre”,
con el que se da a conocer en Alemania, Francia, Inglaterra e Irlanda. Su
activismo cultural se complementa en 1971 con su labor de cineclub desde la
Caja de Ahorros de Ronda. 1979 será otra fecha importante para él y el arte
malagueño al fundar el Colectivo Palmo, al calor de la situación política y sus
ideas de izquierda. Pero no, no se puede hablar de Lindell así, fijando etapas
en su vida, en su obra, cuando su obra ebulle sin dejar de hacer burbujitas. A
lo más, cabe decir que su paleta no ha hecho sino agrandarse, voraz y generosa.
Para explicar su obra habría que recurrir a un sabio chino. Y yo conozco a uno.
Al final, de todas las ilusiones
políticas, más o menos fugaces, más o menos amargas por lo tornadizas, por la
capacidad de las mismas para llevarte a la desilusión, la única que me acompaña
es el sionismo. Entendido como lo que es: el derecho del pueblo judío a
establecerse como nación. Sin que ello suponga expulsar a otro, negar otra
patria. Entendido como acto afirmativo, sin más. En este blog algo he escrito
de Israel y de mi fe en el judaísmo y en el sionismo. Este libro, breve y
conciso, de Joan B. Culla (autor del
modélico estudio “La tierra más disputada: El sionismo, Israel y el conflicto
de Palestina”) sirve para que quien, como suele pasar en nuestra áspera España,
habla sin saber termine sabiendo. Lo mínimo que se puede saber sobre el
sionismo está aquí expuesto, en forma más de recorrido por la gestación del
Estado de Israel desde las sucesivas “aliá” o emigraciones a partir del último
tercio del siglo XIX hasta el final de la guerra que siguió al establecimiento
de Israel en 1948.
Hoy, aquí, ay, decir sionismo es
nombrar una abominación. En cualquier foro al hilo de la noticia más nimia, los
cripto-nazis de derechas o de izquierdas se lanzan a utilizar el término
sionista como si dijeran hijo de puta o algo peor. Es lo que tiene la
ignorancia, lo que tiene el antisemitismo español de siempre, la arrogancia del
desconocimiento. Aunque es imparcial y frío en su exposición, Culla, en la
introducción a este manual, comienza con un tono apasionado que pronto abandona
pero que se hace necesario para denunciar lo que también yo denuncio:
“Sionismo”, “sionista”: para
muchos lectores de prensa de nuestro tiempo, tales conceptos arrastran una
carga profundamente negativa, riman con ocupación ilegal, con represión
implacable, con apartheid, con violencia y militarismo. En los ambientes más
politizados de eso que antes se llamaba la izquierda extraparlamentaria y hoy
designamos como movimientos antiglobalizadores o altermundialistas, las
referencias al “Estado sionista”, a la “política sionista” o al “lobby sionista”
conllevan la misma carga peyorativa y condenatoria que si estuvieran aludiendo
al nazismo hitleriano. De hecho, la equivalencia simbólica entre la estrella de
David y la esvástica nazi ha sido consagrada en viñetas seudo-humorísticas de
respetables diarios, y también en concurridas manifestaciones pacifistas.
Después de todo, ¿acaso una votación de la Asamblea General de las Naciones
Unidas, en noviembre de 1975, no condenó el sionismo como “una forma de racismo
y de discriminación racial”? ¿Qué importa que aquel acuerdo puramente
propagandístico fuese revocado por la misma Asamblea en diciembre de 1991…? ¡Ya
se encargó la tumultuosa “conferencia antirracista de Durban en 2001 de
ratificar la condena!”
El
sionismo (hagan una búsqueda somera en la red: verán cuántos lo demonizan desde
los extremos de la derecha y la izquierda) es simplemente la voluntad de los
judíos de volver a su hogar. Con medios pacíficos cuando fue posible, con
violencia cuando se le respondió con violencia. El recurso a la violencia
cuando no era consecuencia de una agresión propia tiene como manchas la matanza
de Deir Yasin, en abril de 1948, y la voladura del hotel Rey David en 1946. De
todo ello Culla da cumplida cuenta, relatando los orígenes y las consecuencias
de cada hito en la historia del sionismo y del nacimiento del estado de Israel,
sin obviar la torpeza empecinada de los líderes árabes y las maniobras de la
monarquía jordana para pescar en aguas revueltas y obrar en la sombra contra la
llamada causa palestina. En suma, una buena lectura casi obligada y un
aperitivo, si se desea, para abarcar la lectura del otro libro de Culla ya
mencionado.
Hoy es sábado y es
verano, momento para que un extremo de Extremo Oriente las familias sonrían
especialmente en la mañana en calma (es lo que significa Joseon, el nombre de
la dinastía que reinó en Corea desde el siglo XIII hasta comienzos del XX) y
sientan un orgullo especial porque en esta fecha la República de Corea cumple
70 años. Un periodo, el republicano, que se inició a la vez que la vieja Corea
se dividía en dos para acoger una democracia al modo occidental y una dictadura
al modo soviético. Un periodo que fue antecedido por una etapa de dominio
colonial japonés entre 1910 y 1945, que a su vez fue precedido por el reinado
de la dinastía Joseon entre 1392 y 1910, que a su vez nos lleva hasta el año
2333 antes de Cristo, cuando el mítico rey Dangun fundó el reino de Gojoseon
que se mantuvo hasta el 109 antes de Cristo. No es un resumen de historia de
Corea lo que quisiera escribir, sino una carta de amor a un país. Pero es
difícil, o está fuera de mi alcance, o al menos más allá de la capacidad del
lector para aguantar mi verborrea, dar la exacta imagen que tengo de ese país,
de su gente. Tuve la oportunidad, que después no se concretó, de hacerme
habitante de Corea del Sur, algo que nunca rechacé y que no rechazo. Mi
flechazo con Corea es de los que acaban en boda. Es un país que merece la
fidelidad y la devoción. El amor, que lo llaman.
Y
que ellos llaman Jeong. Una virtud que es una de las bases de la psique
colectiva coreana y que yo he disfrutado (y que practico, bajo otros nombres
–el concepto hebreo de tzedaká no
está lejos). En la web he encontrado una descripción del Jeong y que paso a
traducir:
“La noción de jeong es muy compleja, pero es básicamente la
idea de cuidar a los demás y anteponer a los demás antes que a uno
mismo. Los coreanos no expresan fácilmente sus sentimientos y emociones
hacia los demás hacia el exterior, sin embargo, es probable que sienta jeong
casi al instante a su llegada a Corea. Se dará cuenta de esto en
diferentes formas, tales como los nuevos amigos que se ofrecerán a acompañarle
personalmente al médico cuando esté enfermo, o recibir un nuevo par de guantes
porque la señora de su casa de huéspedes se dio cuenta de que no parece tener
ninguno, o a alguien más a pagar la factura cada vez que vaya a cenar.
Un viajero tenía sed, por
lo que se acercó a un pozo en la entrada de un pueblo. En ese momento, una
joven estaba lavando su ropa cerca del pozo. El viajero sediento
cortésmente le pidió un tazón de agua para beber. La joven tímidamente le
entregó un cuenco de agua sin mirarle directamente. El viajero encontró
una hoja de sauce llorón flotando en el interior del recipiente de agua, pero,
para no avergonzarla, bebió el agua lentamente, tratando de evitar la hoja. Lo
que no supo es que la mujer puso la hoja de allí a propósito, para evitar que
bebiera con demasiada precipitación consiguiendo que le sentara mal el líquido.
La preocupación y la atención mostrada por la dama es un buen ejemplo del
enfoque indirecto del pueblo coreano a ofrecer favores entre sí. Es un
sentimiento muy delicado pero complejo, que está bien resumido en la palabra
coreana jeong."
Hay
quien define (El Jeong desde un punto de vista psicoterapéutico)
el jeong como "El sentimiento, el
amor, el sentimiento, la pasión, la naturaleza humana, la simpatía, el corazón.
Aunque es complicado introducir un definición clara de jeong, parece incluir
todo lo anterior, así como los sentimientos más básicos, como el apego, la vinculación, la empatía o incluso la servidumbre”.
He
comenzado kennedyano con el título, pero la capacidad para resistir las
bravatas del Norte por parte de los coreanos del sur hace que se pueda adaptar
el discurso de Kennedy haciendo que siga siendo vigente: “Hace dos mil años el
alarde más orgulloso era “civis romanus
sum”. Hoy, en el mundo de la libertad, el alarde más orgulloso es
“Ich bin ein Koreaner”. ¡Agradezco a mi intérprete la traducción de mi alemán!
Hay mucha gente en el mundo que realmente no comprende, o dice que no
comprende, cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo
Comunista. Dejad que vengan a Seúl. Hay algunos que dicen que el Comunismo es
el movimiento del futuro. Dejad que vengan a Seúl. Y hay algunos pocos que
dicen que es verdad que el Comunismo es un sistema maligno pero que permite
nuestro progreso económico. Lasst
sie nach Seoul kommen. Dejad que vengan a Seúl”. Porque estar en Seúl
(o en Incheon, Suwon o Daegu, las otras ciudades que conozco) es captar cómo es
absurdo apostar por el modelo comunista del Norte, cómo, con sus desigualdades
(esas pensiones tan bajas de los jubilados), es la Corea del Sur una sociedad
dinámica, viva, que cree en el futuro. Y si a esa vitalidad se añade el Jeong,
poco más se puede pedir al pequeño país. La excelencia de su educación, su
reflejo no sólo en los saberes sino en los modales, aquello que llamábamos
urbanidad, la capacidad de los coreanos para ser excelentes en el trabajo y
ejemplares también en la diversión (noches de soju y noraebang tras jornadas
maratonianas de trabajo), aparte de su cultura varias veces milenaria, los
beneficios de una concepción confuciana de las relaciones, todo ello hace que
considere a Corea del Sur una segunda patria, y a que sean sus ciudadanos mis
compatriotas y esta celebración de hoy también mía. Porque, ante el muro que
separa las dos Coreas, también debo decir que yo también soy coreano.
No soy complaciente, no soy rápido en la ira, no me acomodo a lo que hay, no me resigno a algunas cosas. Pero la que más me fastidia es la estupidez cuando toma forma de mentira. No olvido la "Salutación angélica" de César Vallejo, con su lapidario "español de puro bestia", tengo muy presente a Machado con su certera y melancólica advocación a "Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora". Pues bien, son tiempos en que un ramillete de políticos estrictamente nacionalistas e inmarcesiblemente catalanes, definitivamente justiciables, planean una declaración unilateral de independencia de su región, estricta e inmarcesiblemente española. Con dos cojones. Per collons. Ellos, y sus corifeos, esgrimen un "derecho a decidir" y un ejercicio de democracia que se contradicen con la Constitución que todos aprobaron en referéndum en 1978 (en Cataluña con un grado de aprobación mayor que en el resto de España) y que yo, como funcionario, he jurado cumplir. Y que nuestros gobernantes juraron cumplir, respetar y defender. Y he aquí que, más allá de mis vinculaciones familiares catalanas (hay independentistas entre mi familia catalana, y hay gente que no olvida nuestra común patria), de lo desgraciada que mi esposa se siente porque un puñado de sus connaturales (no importan cuántos sean) quien cercenarle una parte de su identidad, que me encuentro con un viejo amigo de mi familia política. Un ejemplo de hasta qué extremo el fanatismo puede llegar. Un ostentador de la mentira.
No viene a cuento,
pero el gesto misterioso y ridículo
merece ser invocado aquí.
Con ustedes, Sebastià-Daniel Arbonés Subirats. En el siglo, Sebastià d'Arbò. Que en facebook (recomiendo echarle un vistazo, para echar unas risas y pillar un cabreo) comparte enlaces que incitan al odio, que los comenta luchando contra los españoles que tienen colonizada Cataluña. Esas cosas. Y que se define como "Periodista, Director de cine y televisión. Realizador de radio y televisión. Director de programas, guionista, productor. Editor de prensa y de libros". Impresiona, ¿verdad? Completaré sus méritos, justificaré su gloria: es director de alguna película (recomiendo pinchar en el enlace de abajo para acceder a la carátula del VHS de "Cena de asesinos", con tal de no ver denunciado mi blog como vehículo de imágenes más o menos sicalípticas) y productor de "Sin bragas y a lo loco". Pero hay más: fue, revestido de capa, juez de aquel show psicotrónico de Antena 3 "El castillo de las mentes prodigiosas". En el que escoltaba, parsimonioso, a la mismísima Aramís Fuster. Y después, años después, se queja de la telebasura. Él. El productor de las bragas, el director de los asesinos.
Pues sigo. El profesor d'Arbó (como lo llama algún incondicional) se dedica a sostener que España es mala, malísima, miserable, plena de ignorancia. Y acierta de pleno. Porque si España es así es porque lo son sus habitantes, lo son sus regiones. Cataluña misma. Andalucía también. Y si merece la pena España, que lo merece pese a sus notorias deficiencias, es porque acá y allá, compartidas a veces, hay virtudes. Y hay gente que sólo quiere, como en la tonadilla de Jarcha, tener la fiesta en paz. Que conste que estoy repartiendo leña, y miel, sobre las dos Españas, sobre las dos o múltiples facciones. Que señalo a los que en el facebook de d'Arbò entran en el insulto al resto de España o a los que allí mismo hacen chanzas sobre lo que el productor de cine y parapsicólogo sostiene. Allí, por ejemplo, comparte la noticia de que el grupo de rock, alemán, Scorpions mostró una gran bandera de España en un concierto en Barcelona. Y él, sabiendo que Barcelona y Cataluña están en España, presenta la noticia así:
SUPONGO QUE LO HIZO PROVOCAR.
Si todo el público presente se hubiera largado inmdiatamente, ya verías cono no lo harían nunca más en Catalunya
Y más adelante, él, tribuno del pueblo, oráculo del Baix Ebre, comenta, en el hilo de discusión surgido de esta misma noticia:
Es triste que siendo de una tierra colonizada (de esto la historia ya demuestra que no hay discusión) se les llame catetos a los que reivindican el derecho a decidir si quieren seguir siendo dependientes del imperio o independientes del mismo, esto realmente es ignominioso.
¿No es para cabraearse? ¿Y queréis más? Pues bien. Propone llevar a España ante el tribunal de La Haya (no lo he visto proponer lo mismo, por ejemplo, con el Estado Islámico) y lo hace de esta guisa:
YA HACE TIEMPO QUE OS DIJE QUE ESTE ES EL CAMINO QUE HAY QUE SEGUIR.
No perdáis el tiempo catalanes intentado dialogar con un estado imperialista que niega el derecho a decidir libremente el futuro de un pueblo y que solamente sabe amenazar y tomar medidas coercitivas y represivas contra estos ciudadanos que piden libertad.
Se supone que es adulto, que si fue capaz de dirigir alguna película, escribir otras y producir la de la lencería ausente, será capaz de distinguir entre la ignorancia y la infamia. Pero no, él lo mezcla todo. Con dos cojones. Y se queda tan pancho, con sus abracadabras y su vestuario de fantasía y misterioso, para sostener eso, que sólo él sabe, que los demás no nos enteramos. Léanse las palabras doctas del profesor:
Miguel Ángel, profundiza más en mis palabras y verás por donde vienen los tiros. Por ejemplo, si yo digo algo tan recurrente como "Hay que devolver Gibraltar a España" , ¿tu, cómo lo entenderás?. Cuantas dobles y triples lecturas hay en esta simple frase. Pues bien, en casi todo lo demás que escribo hay un mensaje oculto, lo que ocurre es que la gente, incculta sobre todo en historia, pican como moscas y quedan retratadas, que es de los que va este muro.
En fin, creo que bastante tiempo he desperdiciado con quien miente con tanta alegría solemne y misteriosa. Mientras, nuestros tontos de capirote siguen llamando a la masacre, mientras los tontos de barretina hacen lo mismo. Con el agravante de que estos últimos aducen hechos diferenciales quiméricos, fantasías históricas de ayer y hoy. Pero, claro, si creen que me han entendido se equivocan: puede que en casi todo lo que escribo hay un mensaje oculto, lo que ocurre que la gente, inculta sobre todo en historia...
En estos días de vacaciones y ocio he podido apreciar, simplemente leyendo los comentarios de los lectores en diversos medios, hasta qué punto España es un país antisemita. Con el matiz, chic y correcto, de remitirse machaconamente, al sionismo para tapar el rancio y vomitivo sabor del antisemitismo genocida de siempre. Es decir, en vez de escribir "judíos de mierda, criminales y ladrones" se escribe ahora "·sionistas de mierda, criminales y ladrones", y hasta se intenta hacer creer que escribiendo la enormidad de "ojalá os muráis todos los sionistas" se tapa que se está buscando repetir, corregido y aumentado, el Holocausto. En esas estamos. Ahora, aquí. En el siglo XXI y en Sefarad. Y hasta gente formada, o aparentemente con criterio, se dedica a difundir noticias mendaces, tirando la piedrecita al agua para que los patanes nazis de hoy, vociferando, formen las vistosas ondas que se ensanchan y ensanchan. Un horror. Viene todo esto a cuento para justificar por qué en loas siguientes días se reseñarán aquí libros sobre el conflicto árabe-israelí y el sionismo (yo, que me considero judío, también me considero sionista; por tanto, doblemente repudiable para el común de los opinantes). Y para poner en valor este notabilísimo libro de Dory Sontheimer.
Se trata de un testimonio familiar, de una crónica documentada de los avatares de una familia judía alemana (y quizás más alemana que judía) ordenados y comentados por la autora, barcelonesa y católica, que cuenta cómo sus padres, ya en la adolescencia, le comentaron de pasada que los Sontheimer eran judíos y que ninguno sobrevivió a la Shoah. Al fallecer la madre de la autora, descubre en siete cajas cuidadosamente guardadas, los documentos, fotografías y cartas que, una vez ordenados, cuentan el caso de una familia exterminada casi al completo. Sontheimer no es historiadora, no es escritora. Pero su libro es una formidable pieza de historia, que sin dramatismos (es sobresaliente su templanza, como la fue la de sus familiares asesinados), narra cómo fueron perdiendo los derechos hasta ser despojados del mayor de ellos, el de la vida. Las cartas cruzadas entre sus padres en Barcelona, donde se casaron en la nochevieja de 1936 para bautizarse y casarse nuevamente por la Iglesia a comienzos de la posguerra, con sus primos, padres y tíos en Alemania, Praga, Nueva York y diversos campos de concentración en Alemania y Francia, tienen la capacidad de ser conmovedoras, por mucho que se intente no alarmar al receptor de las misivas. Una gota más, pero de agua viva, en el océano amargo de los testimonios sobre el Holocausto. Por mucho que haya excelsos hijos de puta que sigan negando. Aquí y ahora.