lunes, 11 de mayo de 2015

Día de la Victoria

En un momento raro, y frenético, profesional, me tocó en suerte el pasado sábado ser el presentador, e incluso el ocasional rapsoda, en el acto en el que, en la Colección del Museo Ruso, celebramos el 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa (todavía queda un trecho para conmemorar el fogonazo inverosímil de Hiroshima) y por vez primera el Día de la Victoria. Fue un día peculiar. Sobre todo por el trabajo diplomático de hablar de la URSS sin nombrar el pacto Ribbentrop-Molotov. Y sin nombrar Katyn. Y sin nombrar el martirio injustificable de las mujeres de Berlín. Pero era otra cosa, no un ajuste de cuentas con Stalin ni el comunismo. La presencia emocionante de tres veteranos de guerra (dos británicos, con 91 y 104 años) y otro ruso bastan para justificar mi participación. Recuerdo el discurso del ruso, que comenzó reivindicando su naturaleza de ruso blanco expoliado por la Revolución y convertido en voluntario por defender su adversa patria. Y alguna confesión suya, "en esos días todos rezábamos, incluso los que no creían. Porque había que rezar para salvar la patria, para conseguir sobrevivir". Esas cosas.

El veterano Nikolai habla

Nikolai  (también) baila


Vayan aquí, por aprovechar y compartir los datos, mis tres textos que permitieron imágenes insospechadas como mi presencia ante símbolos tan opuestos. En primer lugar, la presentación del acto:


Eran las dos y diez de la noche en Moscú aquel miércoles de hoy hace 70 años. En la Plaza Roja una impresionante muchedumbre estaba concentrada, y preparados los fuegos artificiales, a la espera de un anuncio que se esperaba desde horas antes. Algunos, en la suave noche de primavera, en un ambiente que se prometía hacerse festivo, iban vestidos con los trajes de las grandes ocasiones; otros, casi con pijamas. A unos metros de distancia, el locutor Yuri Levitan, que se había dirigido al estudio de radio que Stalin tenía en el Kremlin ante las dificultades de llegar al que tenía previsto, se afanaba desde hacía 35 minutos, entre una gran agitación, para, con voz firme pero contenida, dirigirse a la nación y al mundo: "Moscú al habla. Alemania ha sido vencida por completo. El acuerdo militar de rendición incondicional ha sido firmado por las fuerzas alemanas: “Nosotros, los abajo firmantes, actuando en nombre del Alto Mando alemán, por la presente, declaramos la rendición incondicional de todas las fuerzas en tierra, mar y aire que estaban bajo control alemán al supremo alto mando del Ejército Rojo y simultáneamente al supremo comandante de la fuerza expedicionaria aliada. A todas las autoridades militares alemanas, de mar y del aire, y a todas las fuerzas bajo control alemán,  se ordena cesar las operaciones activas a las 23:01 horas, tiempo central europeo, del 8 de mayo de 1945, debiendo mantenerse en sus posiciones en ese momento y desarmándose completamente. Entregando sus armas y equipos a los mandos o comandantes aliados locales designados por los representantes del Supremo Alto Mando aliado. En caso de que el Alto Mando alemán o de fuerzas bajo su control no actuaran de acuerdo esta acta de rendición, el Mando Supremo de las Fuerza Expedicionaria Aliada y el Alto Mando soviético realizarán las acciones punitivas o de otra índole que consideren apropiadas. Firmado en Berlín el 8 de mayo de 1945. “Hemos transmitido el acta de rendición de Alemania.”

Nada más apagarse su voz, se iluminó la noche con los fuegos de artificio, los abrazos, las lágrimas, las canciones y los besos. Atrás quedaban, atrás nos quedan, 27 millones de muertos soviéticos. El 14 % de la población. Más allá de las cifras, este acto celebra la paz, el fin de una pesadilla; celebra y honra la memoria de los caídos. De todos los caídos. Y la supervivencia de una nación, Rusia, cuya cultura y tradición nosotros luchamos también por conservar y transmitir.


La asociación rusa “Nash Dom”, que significa “Nuestro hogar”, nos trae, a través de su agrupación Kalinka, la memoria sentimental de aquellos años de zozobra y de esperanza. Hay entre nosotros, honrándonos con su ejemplo, veteranos de aquella guerra. A ellos queremos dedicar este concierto con el que Málaga se une a las celebraciones globales para que no olvidemos la barbarie, para que nunca más a ella regresemos. En recuerdo a los que lucharon, a los que cayeron, a los que sobrevivieron, a los que no podemos olvidar, que suenen los versos y la música.


Después, mi momento favorito. La introducción y el recitado del poema "Espérame" de Kostantin Simónov. Usamos la versión realizada para la ocasión por una compañera rusa, lo que me impidió, rememorando la maravillosa película argentina de Juan José Jusid, comenzar diciendo "Espérame, que yo volveré. Pero espérame mucho". He aquí la explicación y el poema:
            
Hay un poema que salvó vidas, que acompañó a tantos miles de hombres en la muerte. Es un poema escrito por Konstantín Simónov en el verano de 1941, cuando los nazis avanzaban por Rusia  y escrito, de forma privada, para la actriz Valentina Serova con la que finalmente se casaría dos años después. Simónov se separó de ella para desplazarse al frente para informar como corresponsal de guerra. Ambas figuras eran populares y queridas en todo el país. Simónov, que vivía en barracones militares, pudo comprobar la alta efectividad de estos versos, al recitarlo a los soldados que lo animaban a publicarlos. Finalmente, en diciembre de 1941, cuando Simónov estaba de permiso en Moscú, fueron leídos varios poemas suyos por la radio y publicados en Pravda.  “Espérame” obtuvo la mayor resonancia. Fue copiado y circuló en millones de copias entre soldados y civiles, y también fue convertido en canción. Como un talismán que les asegurara el regreso, e incluso como última carta, último mensaje, los soldados entraban en combate llevando una copia en el bolsillo, sobre el corazón. El poema expresaba los pensamientos y emociones íntimas de millones de soldados y civiles que vinculaban su esperanza de sobrevivir a la idea de reunirse nuevamente con alguien a quien amaban. Más de setenta años después, “Espérame” conserva toda su capacidad de emoción.

“Espérame”, por Konstantin Simonov

Espérame que volveré.
Sólo que la espera será dura.

Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante
cuando los demás hayan dejado de esperar, olvidando su ayer.

Espera incluso cuando no te lleguen cartas desde lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre e hijo crean que ya no existo,
y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi memoria.

Espera.
No te apresures a brindar por mí, tú también.

Espera, porque volveré desafiando todas las muertes,
y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.

Nunca entenderán que en medio de la muerte,
tú, con tu espera, me salvaste.

Sólo tú y yo sabemos cómo sobreviví.
Es porque esperaste, y los otros no.



 Finalmente, la clausura del concierto incluyendo la canción de cierre, la vibrante "Día de la Victoria":

Aparte de aquel 9 de mayo, que fue, en la palabras del historiador británico Antony Beevor, “un día de gozo y alivio, al tiempo que de muchas lágrimas”, la primera celebración oficial del Día de la Victoria tuvo lugar un mes después, el 24 de junio de 1945, con un gran desfile en la Plaza Roja de Moscú. En él participarían un regimiento de cada uno de los frentes, así como uno de la armada y otro de la fuerza aérea soviética. Se hizo llegar la mítica bandera que había ondeado sobre el Reichstag así como un gran número de banderas capturadas al enemigo. La tradición rusa señalaba que los desfiles triunfales debería dirigirlos un hombre a caballo, por lo que fue el mariscal Zhukov, artífice de la conquista de Berlín, y no Stalin, quien encabezó el desfile, sobre un caballo blanco, en una lluviosa mañana. El punto culminante llegó cuando marcharon hasta el mausoleo de Lenin, sobre el que estaba ubicada la presidencia del acto, doscientos veteranos, uno detrás de otro, para arrojar a los pies de Stalin las banderas nazis que llevaban. Ese acto simbólico venía a mostrar la destrucción de la Alemania nazi y, más importante aún, la supervivencia de Rusia como nación.  
Pasaron veinte años sin actos oficiales, sin desfiles, para celebrar el día de la Victoria. Cuando éstos fueron retomados, resurgió el recuerdo de la gesta en canciones y en poemas. Pero fue al cumplirse treinta años del final de la guerra cuando la más popular de las expresiones de la memoria de aquellos hechos surgiría como canción. Compuesta por David Tukhmánov con letra de Vladimir Kharítonov, cierra este concierto:

Día de la Victoria, que lejos estaba de nosotros,
como una brasa escondida en una fogata apagada.
Recorrimos millas quemados y polvorientos
hicimos lo que pudimos por apresurar este día.

Este Día de la Victoria
con su fuerte olor a pólvora.

Esta fiesta,
con canas en nuestras sienes.

Esta alegría,
con lágrimas en nuestros ojos.

Día de la Victoria, Día de la Victoria.







lunes, 27 de abril de 2015

Lecturas: Trilogía de la Ocupación (Patrick Modiano)

            Es lo que pasa con tanto libro y tanta película: que el prólogo (esta vez titulado Chez Modiano y debido a José Carlos Llop, es, como un apabullante tráiler que mejora a la película, que mejora al libro. Pero tampoco nos engañemos. En este volumen, en cuanto trilogía, hay tres novelas. Muy mala la primera, muy buena la segunda, salvable la tercera. Dice Llop que cuanto se publica en el mundo, aunque sea en internet, acerca de Modiano termina en la red en el Diccionario Modiano que nada deja escapar. Un destino que no quisiera para este comentario.

            Porque la primera novela aquí incluida, El lugar de la estrella es una memez posmoderna de la que sólo salva que está datada en la proto-posmodernidad. Un ingenioso artilugio que te hace esforzarte, ser paciente, ponerte en modo lector automático. Un texto lleno de ruido y de furia, trufado de buscado antisemitismo para delatar la barbarie de esa actitud. Y poco más. Una novela que no lo es, que se convierte en un chiste largo y sin gracia, un sketch de José Mota para académicos esquizofrénicos. Algo malo, tramposo, desesperante. Estúpido. Lasciate ogni speranza


            La segunda, La ronda nocturna, habla del París ocupado y a punto de llegar los nazis, un mundo alucinado de arribistas, de traidores y de patriotas, una historia de identidades ocultas, de gente que se persigue a sí misma y de sí misma huye. Sobresaliente de estilo y de tensión, es lo único, o casi, que hace que conserve este libro en mi biblioteca, sabedor de que alguna vez volveré a sólo estas páginas.

Swing troubadour: 
una canción que suena eficazmente
en La ronda nocturna


            La tercera, Los caminos de circunvalación, se asemeja más a la anterior, pero no llega ser tan perfecta. Comparece aquí el padre judío del autor, convertido en personaje al que su hijo, narrador y autor, observa con lejana compasión. Sumergido en la pesadilla nazi, lo vemos disimular, simular y sobrevivir mientras vive en la inestable incertidumbre. No es una buena novela. Pero no es mala tampoco. No se pierde el tiempo, no se pierde la paciencia. Lo cual es mucho.

martes, 7 de abril de 2015

Falsificaciones literarias: Escribir con la letra de otro

Al cumplirse los 25 años de la más notoria y espectacular falsificación histórica, cuando en febrero de 1981 fueron hallados los presuntos diarios de Hitler, es buena ocasión para revisar algunos de los fraudes documentales más notorios de los últimos cien años, por no mencionar algunos más antiguos como los que dieron lugar al llamado “tubalismo” que pretendía un origen mítico para España como nación merced a un pretendido rey Túbal, nieto de Noé, que propiciaría fantasías vasco-iberistas para dar un soporte falsamente legítimo al nacionalismo vasco de Sabino Arana, a partir del libro de Andrés de Poza De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas (1587), cuyas fantasías son sabiamente desmontadas, no sin sarcasmo, por Julio Caro Baroja en su obra fundamental “Las falsificaciones de la Historia” (1996). Antes de entrar en las más llamativas, por lo populares, falsificaciones históricas del siglo XX, que no serían sino los diarios falsos de Jack el Destripador y de Adolf Hitler, conviene hacer un recorrido por otras que, si no tan conocidas, sí han producido a veces daños de gran alcance.

            Las mentiras antisemitas

            Los  autores del exterminio de los nazis hacia el pueblo judío justificaban sus actos citando el libro Protocolos de los sabios de Sión, que sigue siendo el credo, junto al autocomplaciente y delirante Mein Kampf, para los neonazis, y para no pocos fanáticos islamistas, que siguen creyendo la mentira, ya desmontada pieza por pieza por los historiadores, de esta presunta obra anónima según la cual un grupo de sabios hebreos trazaban un plan para adueñarse del mundo. Algo así como una obra de Dan Brown pasada por la esvástica antes de que los nazis surgieran. En concreto, este libro, que se sigue imprimiendo para uso de exaltados, apareció por entregas en un diario ruso en 1903 bajo el título Programa para la conquista del Mundo por los judíos. Basado en una obra historiográfica del clérigo francés Barruel sobre el jacobinismo, y en la novela Biarritz del alemán Hermann Goedsche y empapada del antisemitismo que propició las grandes matanzas de judíos en las décadas finales de ese siglo, la autoría de esta falsificación pertenece al agente zarista Serguei Nilus. El resultado, a la larga, se convertiría en 6 millones de muertos, además de tantos judíos perseguidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial.


            El Necronomicón

            No todas las falsificaciones han sido tan nocivas, ni buscado intereses políticos ni económicos. Entre las inocentes, pero inquietantes, está el celebérrimo “Necronomicón”, o “Libro de los nombres muertos”, invención de uno de los padres de la literatura de terror y fantástica moderna, H. P. Lovecraft, que menciona por vez primera esta obra en 1922, atribuyéndola a Abdul al-Hazred, El Ciego, autor persa de hacia el año 700. Esta obra, capaz de hacer comparecer a los demonios y destruir el mundo, ha sido buscada por legión de admiradores de Lovecraft, y hasta se han reproducido páginas de antiguas ediciones (se habla de una versión griega impresa en Italia en el siglo XVI, y de una edición inglesa de 1571 traducida por el mago John Dee). Fichas catalográficas de este libro perdido han sido halladas en la Biblioteca Nacional de Francia y en la British Library de Londres, pero se debe más a bromas de eruditos que a la existencia, nunca comprobada, de la obra. Resultado de lo sugerente del libro es que se han editado diversas versiones del libro, todas espurias, en las últimas décadas. Lovecraft, con su mirada extraña y magnética, sonreiría siniestramente al comprobar el resultado de su invención.

            Max Aub, el maestro

            El escritor español, más tarde nacionalizado mexicano, y cosmopolita, desarraigado y de orígenes frances y alemanes, judío y republicano, es en España el maestro de este género de la falsificación. Pero no es un falsificador. De hecho, a su obra más conocida adscribible al género, “Jusep Torres Campalans” (1958) fue considerada siempre por su autor como una novela, aunque se trate de una hábil biografía, profusamente ilustrada con fotografías y obras de Campalans, de un olvidado autor de la vanguardia plástica española, mezcla de Picasso y de Juan Gris, y que no tardó en ser creída cierta, hasta el punto que el interés por la obra de Campalans (realmente hecha por Aub) no tardó en despertar el interés de coleccionistas, galeristas y museos. Algo similar consiguió Aub en 1971 con su novela “Vida y obra de Luis Álvarez Petreña”, que recoge los avatares y textos de un escritor de tal nombre con tal verosimilitud que sólo la palabra “Novela” sobre la portada de la primera edición alertaba al lector que se encontraba ante otro juego literario del autor nacido en París en 1903. 

Un verdadero Torres Campalans 

            Falsos adioses

             Quizás de las falsificaciones recientes más exitosas sean las atribuidas a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez, ambas en forma de poemas en los que ambos autores, conscientes de la cercanía de “la postrera sombra que me llevare el blanco día”, en verso memorable de Quevedo, recapitulan sobre su vida. En el caso de Borges, el poema, titulado “Instantes”, comienza con “Si pudiera vivir nuevamente mi vida. / En la próxima trataría de cometer más errores. / No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. / Sería más tonto de lo que he sido, de hecho / tomaría muy pocas cosas con seriedad.” En todo caso, se trata de una pieza mediocre, sin afinidad ninguna con el espíritu ni el estilo del autor argentino, aunque se publicara en 1989 en la muy prestigiosa revista mexicana “Plural”, y debida a la pluma de la norteamericana Nadine Stair, que lo publicó en prosa en inglés en 1978 (8 años antes de la muerte de Borges), con el título “Si tuviera que vivir nuevamente”, y que es casi una versión exacta, previa y norteamericana, del apócrifo. Así pues, enigma borgiano resuelto.

            Similar es el caso de García Márquez. El poema circuló por las emisoras de radio colombianas en 1996 y por Internet. Titulado “La marioneta de trapo”, comenzaba diciendo “Lo dice una marioneta de trapo: / Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva pensaría todo lo que digo. / Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan...” En fin, algo muy apropiado para lectores de Jorge Bucay o de Paulo Coelho. No fueron pocos los que lo creyeron obra del Nobel colombiano, enfermo de cáncer, en la opinión de que se trataba de otro adiós a la vida. La autoría no tardó en desvelarse: se trataba de Johnny Welch, un ventrílocuo que incluyó ese poema, en el mismo 1996, en su libro “Lo que me ha enseñado la vida”. La reacción de Gabo al poema se concentra en una frase de una entrevista: “Lo que me mata es que crean que escribo así”.

            Falsos diarios

            Para terminar esta galería de despropósitos y engaños, examinemos someramente dos diarios falsos. El 18 de febrero de 1981, el escritor Gerd Heidemann ofreció a un grupo editorial alemán 62 volúmenes de unos diarios manuscritos de Hitler encontrado entre los restos de un avión derribado en la Segunda Guerra Mundial. Aunque los primeros peritos los dieron por falsos, la editora decidió apostar por su autenticidad y pagarle a Heidemann dos millones de dólares. El magnate de la prensa Rupert Murdoch compró los derechos, a su vez, por 3.750.000 dólares en 1983 y contrató a Hugh Trevor-Roper, serio historiador del nazismo, para que los autentificara. Y el historiador mordió el anzuelo. Dos semanas después de que la revista “Stern” publicara la primera entrega de los diarios con el artículo de Trevor-Roper que les daba credibilidad, los expertos científicos hallaron por la composición química de los productos usados que su elaboración era posterior a 1945. Heidemann no tardó en confesar: el falsificador era Konrad Kujau. En 1985 los dos urdidores fueron condenados a cuatro años de prisión por estafa.



            Mientras que la falsedad del diario de Hitler está demostrada, sigue discutiéndose la del presunto diario de Jack el Destripador, según el cual el asesino y diarista era James Maybrick, un comerciante de algodón asesinado por envenenamiento por su esposa en 1989, un año después de los crímenes de Jack. El “descubrimiento” se hizo en 1992. Creído como cierto, los expertos calígrafos de Scotland Yard no tardaron en dictaminar que la letra había sido alterada con florituras victorianas. También se puso en duda el tipo de tinta. Y también había contradicciones de detalle con los hechos del Destripador. Finalmente, en 1995, el hombre que apareció como el descubridor del diario de Maybrick, un comerciante del metal llamado Michael Barrett, admitió que él y su mujer Anne falsificaron el diario. Su actual propietario sigue batallando, en diversos libros y contra toda esperanza, por la autenticidad de su posesión. Y es que el que no se engaña es porque no quiere.


Artículo publicado en Diario Sur el 17 de febrero de 2006

Lecturas: El trauma alemán (Gitta Sereny)

La contraportada es casi cómica, cuando afirma que Sereny quedó cautivada por el rally de Nuremberg al que asistió en su niñez. Se trata del monstruoso mitin de Nuremberg, la reunión del partido nazi que filmó Leni Riefenstahl. Quitando ese espejismo de coches y cunetas, se trata de un libro estupendo. Construido por retazos de trabajos dispersos de quien fuera hijastra de Ludwig von Mises y que alternan recuerdos de juventud en la Viena anexionada por Hitler y de vivencias de guerra y posguerra junto a reflexiones, atinadas y hondas, sobre la imposibilidad y la necesidad del olvido entre los alemanes. En este cajón de sastre en torno a la experiencia nazi, destacan algunos trabajos, algunos de desesperante documentación y detalle, como los dedicados a la falsificación de los diarios de Hitler (en breve cuelgo un artículo mío en el que trato de pasada este particular entre otras falsedades), la baldía búsqueda del nazi Odilo Globocnik o los procesos contra John Demjanjuk, el presunto "Iván el Terrible" de Treblinka. Aunque Sereny se detiene en la absolución de Demjanjuk, una búsqueda en internet muestra cómo posteriormente será nuevamente juzgado con nuevas pruebas. Sólo la muerte le impidió llegar a ser condenado. 

Entre las semblanzas trufadas de análisis que hay aquí y allá, destacan las de Traudl Junge, la citada Riefenstahl y, sobre todo, Albert Speer. Sobre el que fuera Ministro de Armamento y Guerra durante la Segunda Guerra Mundial  destaca la incógnita sobre si era consciente o no del Holocausto. En su modélico artículo, basado en el trato directo con el personaje, se aporta un documento que honra al entrevistado al asumir, aunque no tuviera el conocimiento, la responsabilidad moral por aquel horror inabarcable. Siendo implacable, insobornable, Sereny, es capaz de mostrar empatía por Speer. Algo que también sentirá el lector. En otro lugar del libro, Sereny cuenta que una pregunta que ella solía hacer a los antiguos nazis que entrevistaba era qué hubieran hecho si Hitler hubiera conseguido escapar del búnker y hubiera llamado a la puerta una noche. La de Winnifred Wagner fue "abrazarlo". La de Speer, dura pero creíble, fue "llamar a la policía". 

Uno de los mejores libros para comprender la psique nazi y su supervivencia.  Disperso, errático. Pero excelente. 

viernes, 3 de abril de 2015

Lecturas: El jilguero (Donna Tartt)

Primero fue un rostro, en blanco y negro, en un anuncio de una novela, The Secret History, que en el metro de Londres me observaba en 1992 con exitosa insistencia. Reconozco que entonces fue el rostro, en esa foto que ahora orna esta reseña fugaz, el que me llevó al libro anunciado. Que sólo leí, en inglés, hasta la página ciento y algo dejándome, al cabo de tantos años, en el recuerdo un amplio y prometedor exordio y una sensación de tardes infinitas y vacías, de televisión y calor, que el protagonista evocaba en Texas. Después nada. Durante años. En los que compré una edición en español de lo que se titulada El secreto antes de que un libro idiota pasara a llamarse igual y vendiera lo suyo. 


Llega el momento de ahora en que opto por El jilguero después de leer una crítica casi entusiasta de Stephen King [aquí la crítica de King] y decidir darle la oportunidad truncada y pospuesta a la autora. Por una parte, todo lo que dice King es cierto. Es una novela notable y muy Dickens. También innecesariamente gruesa. Pero esa lectura es también gratificante. E incómoda. Por momentos parece una novela de Paul Auster, con ese mundo de anticuarios y porteros, de adolescentes sagaces y esquinas precisas. Más adelante, aparecen drogas y los personajes perfectos dejan de serlos, abriéndose una barrera de extrañamiento que sólo muy a la larga terminará rompiéndose. Por medio, y deslizándose a lo largo de toda la novela, esa misma sensación de tiempo paralizado, de tardes eternas, que ya vislumbré en El secreto y que esta vez tiene como marco geográfico una ciudad holandesa. Al final, la novela de un giro hacia el género negro y añade un epílogo moral. Una buena lectura pero sigue sin ser un libro perfecto cuando, a lo largo de todas páginas, Tartt nos ha ido demostrando que es capaz de conseguirlo pero que prefiere dejarlo para otra ocasión. Una pena. Pero también una promesa.


sábado, 31 de enero de 2015

Hoy, 28 (o 27 de octubre) de 1922



La muchachada acabando con la casta, ¿os suena?



Déja vu, al fin y al cabo. 



Aprovecho para ponerlo hoy, antes de que llegue 2015 y ya no quede democracia, libertad, para poder expresarme.






miércoles, 7 de enero de 2015

Lecturas: Condenada (Chuck Palahniuk)

El mal, el mal. Que es el tema secundario de este libro. Y es lo que sucede hoy en París. La barbarie de siempre, la estupidez de tantos siglos. De los que repiten eso del Corán 08:39 “Combatid contra ellos hasta que toda la oposición termina y todos se someten a Allah” Pero quiero llegar a viejo, aunque eso me llegue en el hipotético y quimérico Gulag español. Es lo que nos amenaza el destino: que te corten la cabeza, o cortarme la coleta de la libertad por no adorar la de la opresión. No comulgar con lo que el gran orate dice hoy en Twitter: "El Pentágono y la OTAN bombardean y destruyen países enteros, asesinan a millones, cada día.D verdad esperamos q no hagan nada?" Pero no quiero perecer, aún no, por no creer en falsos dioses, por no adorar falsos ídolos, por no renunciar a mi libertad aunque ahora tenga que hacerlo y contenerme.


Pues nada, vayamos a Palahniuk que me ha vuelto a asombrar (bueno, a entretener) con una ficción de las suyas, de barracón de feria y mugre y desdicha y tontería. Esta vez es la confesión de una pre-adolescente que desde sus eternos trece años nos cuenta cómo es la vida en el Infierno tan temido, donde los demonios de toda cultura ejercen de lo suyo y basta mearse en una piscina más de tres veces o cualquier otra memez para merecer habitar en el averno. Como siempre, habrá un giro más o menos sorprendente y macabro, nuevamente hay placer, un placer ligero, en la lectura. Un final en exceso ambiguo y abierto e insatisfactorio. Y una constancia que es más bien intuición: Palahniuk es un moralista, y de lo que siempre escribe es del bien y el mal y sus consecuencias. Que Dios (o Satanás) lo bendiga (o lo maldiga).