miércoles, 16 de abril de 2014

Lecturas: La hija del capitán y otros relatos (Aleksandr Pushkin)

El gran escritor ruso. No tanto, pero sí es el más respetado entre sus compatriotas. El más amado, el incontestable. Al que la muerte temprana, romántica dentro del Romanticismo de su tiempo, a pistola en un duelo con algunas horas de agonía, le sintió tan bien. Poeta pero también narrador. Desconozco su poesía, pero este volumen que reúne diversas ficciones sirve para dar una imagen apropiada del mito ruso: la novela de aventuras y amores "La hija del capitán", los cuentos de "Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin", la novelita "Dubrovski" y el relato "La dama de picas". 


Sorprende en Pushkin la parquedad del estilo, una concisión que en castellano identificamos con Josep Pla. Con ese lenguaje escueto, en el que apenas hay adjetivos, en el que se renuncia a todo artificio, que el libro deje un buen sabor de boca se debe a que es interesante siempre lo que cuenta, y que la voz de Pushkin es diestra, con una pizca de ironía acá y allá, sabe modularse para compensar al lector. Más moderno de lo que esperaríamos en un romántico, haciendo matar a personajes sin un ápice de sentimentalismo (en "La hija del capitán"), quizás la joya de esta recopilación son los apócrifos "Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin", que para un lector español vendrían a ser como las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer trufadas con el sarcasmo macabro de Ambrose Bierce. En la muy popular "Dubrovski", historia de un noble metido a justiciero, lo más notable puede ser la descripción de la servidumbre, en poco diferente a la esclavitud, en las aldeas rusas. En "La dama de picas" encontramos, con cierta crueldad y elementos bizarros, al jugador de Dostoievsky, empujado a la locura y tal vez al crimen. Muy recomendable.

martes, 15 de abril de 2014

Lecturas: Cristianismos perdidos (Bart D. Ehrman)

El subtítulo reza (sí, es chistoso el verbo) "Los credos proscritos del Nuevo Testamento". De su autor ya leí, y disfruté, "Jesús, el profeta apocalíptico judío", lleno de sagaces sugerencias. El sello de calidad se mantiene en este volumen al que pocos reparos pueden ponerse. La lectura, lenta y cuidadosa, pero nunca difícil, permite asomarse a los primeros siglos del Cristianismo para comprobar la abundancia de visiones contrapuestas que de la nueva fe, y de la figura misma de Cristo, confluyeron y lucharon. Las dos primeras partes del libro, "Falsificaciones y descubrimientos" y "Herejías y ortodoxias" se centran en la exposición de las diversas creencias. La tercera, más árida, "Vencedores y perdedores" relata cómo se impuso la ortodoxia que sigue rigiendo hoy día.
Ehrman, en su salsa

Ebionitas, marcionistas y gnósticos ocupan la mayor parte de la atención del autor, con capítulos que casi se convierten en una novela de misterio, como el que estudia el Evangelio Secreto de Marcos y su posible falsificación por Morton Smith. Sólo ese capítulo, en el que Ehrman no es tajante (en mi opinión, se trata de una falsificación ese evangelio que muestra un Cristo homoerótico), justifica la lectura del libro. En el que podemos hallar sentencias inquietantes, con magnífico estilo, como la que, camino de su martirio en Roma, formulara Ignacio de Antioquía: ""Porque si sólo en apariencia fueron hechas todas estas cosas por Nuestro Señor, luego también yo estoy cargado de cadenas en apariencia. ¿Por qué, entonces, me he entregado yo, muy entregado, a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras?". 

El grupo gnóstico de los fibionitas, a los que se acusó, quién sabe si con razón, de prácticas sexuales aberrantes y hasta de canibalismo, es quizás la más extrema demostración de hasta dónde podía llegarse, entre otros grupos en confrontación que aquí se muestran, en nombre del hombre que fue también Dios y que hoy, en efigie, pasea por las calles en este Martes que es Santo. 

lunes, 7 de abril de 2014

Lecturas: Cincuenta sombras liberadas (E. L. James)

Hastío. Grande, árido. Lento. Como si intentara repetir aquello de Luis Miguel Dominguín tras el revolcón con la diosa, uno ha aguantado la lectura de los tres abominables tochos sólo para contarlo. Para intentar saber qué, qué, Dios mío, ha visto tanta gente para poner estos tres libros por encima (e incluso en vez de) ningún otro. Yo los pondré (pongo a Dios por testigo) encima del contenedor de papel reciclado a las 7 y cuarto de la mañana. No lo he llegado a entender. Ni, francamente, entiendo por qué la editorial ha llegado a poner en la contraportada un llamativo reclama que, para algunos, será cierto: "TOTALMENTE ADICTIVA, ÉSTA ES UNA NOVELA QUE TE OBSESIONARÁ, TE POSEERÁ Y QUEDARÁ PARA SIEMPRE EN TU MEMORIA". Tal cual, con un par. La madre que. Por mi parte, ni adicción, ni obsesión ni memoria. Indiferencia, y un creciente rebote reaccionario que me convierte en casi un calvinista enlutado con ojeras y gesto torcido. 

Porque la diosa que lleva dentro la muchacha de los azotes y el señor Grey y su puta madre no merecen ni empatía, ni interés. Ni siquiera la rabia que saco, convertido en otro tiparraco con látigo, en esta reseña. Pero es que un libro tan malo, y tan extenso, es difícil de perdonar, de justificar. Entre los tres de "Sí, ésta es la trilogía de la que habla todo el mundo" (según blasonan las pegatinas de las cubiertas), éste es el más gordo, el más notoriamente malo. Ni las ternuras y zozobras, ni la debilísima trama criminal ni la sucesión fatigosa de coitos bastan para animar al lector, para sostener el esfuerzo, casi titánico, de no desesperarse y reciclar, ya, el libraco y sus hermanos. Eso será mañana, ya digo.

En este, además, se incluye un ridiculísimo epílogo, que en una sección muestra a la pareja con un retoño crecido y otro en camino disfrutando de un polvo silvestre con bartola y la parentela despistada entre los matojos, otra que retrata al niñato de las tundas en sus primeras navidades felices allá cuando infante, y finalmente el primer encuentro entre la pánfila y el baranda desde el punto de vista de éste, que sólo añade sutiles observaciones del tipo ya te pillaré, jamelga.

Como últimas palabras, en cursiva y centrada, toma la voz la autora y dice, la cabrona, 


Esto es todo... por ahora
Gracias, gracias, gracias por leer este libro.
E. L. James

Todo encantador, de "yo te hablo a ti, lectora o lector, y te agradezco, tan guay como soy, tu gasto en papel, tu desperdicio de tiempo, tu calentura colmada o no. A la mierda, señora E. L. James. Con todo cariño y tres veces, ¿vale?

Para dar al lector algo que merezca la pena en este comentario, le regalo otra sombra y otra piel. Júpiter e Io (1827), de Jean-Bastiste Regnault. Es que no es bueno acostarse cabreado, digo yo.



martes, 1 de abril de 2014

Lecturas: Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina (I) (José Pablo Feinmann)

Nunca me había interesado el peronismo hasta que en 1988 viví dos meses en Santos Lugares, Provincia de Buenos Aires. Las viejas pintadas de antes de la dictadura militar ("Isabel Conduce"), los anagramas misteriosos de la P sobre la V (¿Victoria Peronista?, ¿Perón vuelve?), escoltados por la PJ, la JP, del Partido Justicialista, la Juventud Peronista, todo eso, en fin, junto a las largas pláticas con mi tío por las tardes ("yo, sobrino, me vine huyendo de Franco y me encontré con Perón...") me hicieron volcarme con el enigma de aquel dictador argentino, añorado por muchos, y empezar a leer sobre él empezando con la biografía de Joseph Page y seguir con otros muchos títulos, incluyendo alguna primera edición del mismo Perón (entre ellas, un tesoro, "La hora de los pueblos" con dedicatoria autógrafa para alguien que entre los suyos incluye mi propio apellido). 


Poco a poco, fui construyéndome una imagen del general, del presidente, del político y del marido que me llevaba desde la fascinación hasta la repulsión. Dedicando a Eva Duarte un rincón lleno de respeto y compasión. Fue en Buenos Aires donde compré, en el ya lejanísimo 2010, en pleno bicentenario de la nación, el apetecido primer tomo del extenso serial que Feinmann fue publicando en el diario "Página 12" y que ya conocía, picoteándolos, por los PDF que alguien fue colgando en Internet. El resultado de mi interés por Perón (accedo al programa con el que he catalogado mi biblioteca; hago una búsqueda por materia. "Peronismo": 50 referencias), las ganas que le tenía a Feinmann y la lectura del primer tomo (salió otro posteriormente, que continúa el discurso cronológico de este volumen inicial, que se queda en el primer y fugaz regreso de Perón en 1972), resulta en una decepción.


El estilo literario de Feinmann es magnífico, sus razonamientos muchas veces son compartidos, excepto cuando se pone Kirchnerista (y algo peor: Cristinista), Hegeliano, antifoquista y mil zarandajas más que, para un cultureta español con sus pujos de casi argentino quedan muy lejanos, muy ajenos. Lo que fastidia (o directamente jode, usando el recio significado que damos en España y opuesto al que se le da en Argentina) es, por mucho que recalque que no apoya la violencia, que insista en comprender, en disculpar, a muchos de los que fueron asesinos políticos, esa "juventud maravillosa" que el viejo Perón también alentó y utilizó. Que esos asesinos fueran exterminados por otros asesinos no los convierte en víctimas, no les aporta honor. Por mucho que Feinmann intente concederles ternura. Por mucho que niegue que lo hace.


También se echa en falta que no sea verdaderamente una historia del peronismo, y que por tanto silencie nombres tan importantes como Cipriano Reyes (creo que lo nombra, de pasada, una sola vez) o Domingo Mercante, a quien omite directamente. A cambio, desmenuza apasionada y aburridamente el pensamiento de John William Cooke, los sucesos que Rodolfo Walsh narró en "Operación Masacre" o el asesinato, asqueroso e imperdonable (aunque no es tajante Feinmann en la condena), del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu.


A cambio, el anális de cómo Perón era, en sus años finales, un logrero que supo instrumentalizar a la muchachada revolucionaria, es sobresaliente. Aunque también, al tratar del Perón de los años 40 y 50, Feinmann, sin más,  sin razonarlo, rechaza que fuera un populista fascista. Por el testimonio de mi propia familia, que vivió sobre el terreno aquel decenio fascinante de las dos primeras presidencias de Perón, tengo fundamentos para sostener que sí lo fue. Pero esa visión de la Argentina peronista como "patria de la felicidad" que retrata en sus maravillosas pinturas Daniel Santoro (a quien también admira Feinmann) sirve para encubrir la sordidez y la brutalidad de ese régimen seductor, cutre y efectista. Las ilustraciones que uso en este comentario sirven para pintar qué fue ese primer peronismo en el poder.


Feinmann yerra, y erra, como yerro y erro yo. Su discurso no es honesto. Tampoco el mío. Al menos, yo lo reconozco.




lunes, 31 de marzo de 2014

Lecturas: De repente en lo profundo del bosque (Amos Oz)

La dedicatoria del libro, breve y en letra forzosamente grande, es "Para mis queridos y asombrosos Din, Nadav, Alon y Yael, que me ayudaron a contar esta historia y le aportaron algunas ideas y sorpresas". Al poco de iniciar la lectura, se instala en el lector la sospecha de que son nietos de Oz, y que el libro, esta fábula sobre una aldea de la que han desaparecido todos los animales, pequeños, grandes e ínfimos, es un cuento escrito para ellos y con ellos. Pero hay algo más. Aunque el tono es ingenuo, sencillo, desprovisto de artificios, claramente oral, es difícil rechazar, hasta muy avanzado el libro, la posibilidad de que es una metáfora sobre el Holocausto, y que todos esos ausentes son metáforas de las víctimas. También se instala en el lector un factor añadido que viene a reforzar la ambivalencia del relato más allá de la fábula infantil. Son los que no quieren olvidar, como la maestra Emmanuela o el pescador Almon, los que reclaman para el pueblo la plenitud del pasado. Los demás, prefieren habituarse al silencio sin grillos, al aire sin plumas, a las aguas sin escamas.




Será precisamente Emmanuela, una vez que los dos niños rebeldes y protagonistas, Maya y Mati, den con la vida ausente, quien otorgue justificación sentimental a los animales que antaño fueron reales: "La maestra Emmanuela explicó a la clase qué aspecto tiene un oso, cómo respiran los peces y qué sonidos emite la hiena por la noche. También colgó en la clase fotografías de animales. Casi todos los niños se burlaban de ella, porque en su vida habían visto un animal. La mayoría de los niños no se creía del todo que en el mundo existiesen esas criaturas. Al menos, no cerca de donde nosotros vivimos. Y además, decían, la maestra todavía no ha conseguido encontrar en todo el pueblo a nadie que quiera ser su pareja, y por eso, decían, tiene la cabeza llena de lobos, gorriones y todo tipo de fantasías que las personas sin pareja se inventan llevadas por la soledad." La capacidad de que la simpleza del planteamiento lleve a una diversidad de lecturas e interpretaciones minimiza la presunta vocación de cuento infantil de esta novelita y confirma la destreza de Oz.

Palabras para Puche



"Ocho años atrás, en la conclusión del primer tomo de Modern Painters, me aventuré a ofrecer el siguiente consejo a los jóvenes artistas de Inglaterra: “Deberían acercarse a la naturaleza con absoluta determinación de corazón, y caminar con ella laboriosa y confiadamente, sin pensar más que en la mejor manera de penetrar en su significado; sin rechazar nada, sin escoger nada y sin despreciar nada”. Un consejo que, fuera bueno o malo, entrañaba un esfuerzo y una humillación considerables para llevarlos a la práctica, por lo que fue. En consecuencia, mayormente rechazado”.


Son palabras de John Ruskin, escritas en 1851. Léanlas, miren la obra de Puche, la de ahora. Está claro. Puche a obrado como Ruskin dictó y como sólo William Holman Hunt y John Everett Millais se atrevieron a llevar a la práctica. Pero el siglo y medio transcurrido ha hecho que el resultado sea, lógicamente, muy distinto. Radicalmente distinto. Gozosamente diferente. Puche ha vuelto a los orígenes (aunque nunca se había marchado del todo). Al dibujo perfecto. A la mirada inocente, pura, nítida. A la concepción de la obra que en procura de la certidumbre, nada rechaza y todo lo acepta, haciendo que sus imágenes sean híbridas, complejas, combinando la ingenuidad (esto es, la nostalgia) de la infancia, con su imaginería modesta y fugaz, con sus artificios  industriales, con la ingenuidad (esto es, la pureza) de la naturaleza. Todo ello en un momento difícil, exasperante, impreciso, crispado. Desde sus pinturas y dibujos, las técnicas mixtas, con una sofisticación casi exasperante, se constituyen en parte del mensaje. El mismo carácter tienen las imágenes, que poseen no la materia shakesperiana de los sueños, sino del duermevela. Puche nos inquieta y a la vez nos calma. Nos acuna y turba para que seamos nosotros, ahora sí, desde dentro de los sueños, con su nostalgia y su pureza, accedamos a la complejidad con la que nos seduce y nos desafía.

José Luis Puche: No surprises (2013)
Grafito y acuarela líquida sobre papel


(Texto para el catálogo de una próxima exposición de José Luis Puche)

Lecturas: La verdadera (Saul Bellow)

La penúltima, y breve, novela de Saul Bellow. Antes de la última y también breve. Tal vez porque era un hombre cerca del adiós, y a los 82 de su edad era momento de no desperdiciar en melodías y adornos la voz que le quedaba. Tal vez por eso es breve esta novela. Tal vez por eso es certera, intensa, elegante, sentimental. Certera. Esencial. Algo así como una delicada pieza de cámara. 




La historia, sencilla, nos habla de Harry Trellman, que amó y perdió en su juventud a una mujer, Amy, que después tuvo dos bodas. Tras muchos años, se reencuentran al trabajar para un mismo y poderoso patrón. Y confluyen en el acto de exhumar el cuerpo del segundo marido de Amy, que fuera a su vez amigo de Harry, para trasladarlo a una segunda sepultura. Imaginamos la barrera de silencio, lo que quisieran decirse, lo que sintetizó inmejorablemente el argentino Enrique Molina en el arranque de su poema "Alta Marea": Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan, / se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo, / la errónea maravilla de sus noches de amor”. Todo eso. Pero en sutil disección de las obsesiones y los secretos. Una delicia.