domingo, 16 de octubre de 2011

Las afinidades electivas

En la inminencia del aniversario del nacimiento de Picasso, el Teatro Cervantes reúne a Toldrá, Brahms y la Sinfonía del Nuevo Mundo en una velada de sutiles matices
Hay momentos que llegan como ladrón en la noche, por usar una comparación evangélica, en los que se produce una conjunción de elementos, sin recurrir a la atolondrada comparación de los hechos planetarios. Momentos en los que coincide, dentro de unos días, el 130 aniversario del nacimiento de Picasso, del niño del Chupa y Tira que fue tan de aquí pero que tuvo talento y osadía para ser universal, cósmico, infinito, y en esas fechas la Orquesta Filarmónica de Málaga le dedica su concierto reglamentario, y resulta que las piezas de la velada se ajustan no sólo entre sí, como debe ser, sino que sirven para describir lo que Picasso representó. Y así nos encontramos con que el concierto de los días 21 y 22 de octubre del año 130 d. P. (después de Picasso) tendrá como director a un grande, Antoni Rios Marbá, y como solistas a Igmar Vineta Sareika al violín y Christian-Pierre La Marca al violonchelo, y en el programa confluyen el scherzo de “La filla del marxant”, de Eduard Toldrá, el Doble Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, opus 102, de Johannes Brahms y la Sinfonía nº 9 en mi menor, opus 95, “Del Nuevo Mundo” de Antonin Dvořák. El título unificador, “Vieja Europa ante un Mundo Nuevo”.
Los Dvorak, en New York

Un español de Cataluña, un alemán, un checo. Alguien que buscó ser cosmopolita sin renunciar a la cultura catalana en la que se desenvolvió, un alemán que quiso mantener los valores del clasicismo en un tiempo adverso, un checo que quiso proclamar, sin obviar cuáles eran sus raíces, un horizonte nuevo e inabarcable, un mañana que nos abarque y nos justifique. Algo que se ajusta, que describe y define, a Picasso. Pero si debemos ajustarnos a un elemento de la velada, deberemos obviar la pieza de la suite sinfónica concebida para acompañar un drama de Adriá Gual basado, a su vez, en una canción popular catalana (“La filla del marxant / diuen que es la més bella; / no es la més bella, no; / que altres n'hi ha sense ella”: “La hija del marchante / dicen que es la más bella, / no es la más bella, no, / que otras no hay como ella”). También, con gran dolor, el doble concierto de Brahms, una de sus piezas menos populares por su rareza y en la que no está ausente el elemento zíngaro y de notable lirismo que destaca junto al elevadísimo virtuosismo que su tercer tiempo permite. Lo que nos queda, lo que recordaremos, es la obra maestra de Dvořák.


Karajan. 4º movimiento

       El checo, que había compuesto un Te Deum para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, y que a la sazón era director del Conservatorio de Nueva York, tuvo un año más tarde, en 1893, el olfato que en ocasión tan señalada le faltó. Supo abrirse a los sonidos de esa América que a falta de grandes catedrales levantaba puentes y fábricas de titánica y angustiosa ambición y belleza. Las amplias praderas bajo el sol, la tensión de la hierba mecida por el viento entre postes de telégrafo, el amanecer o el crepúsculo sobre Monument Valley, la caldera bullente de las ciudades en las que se cruzaban eslavos, negros o irlandeses, todo eso, como profecía y dardo lanzado más a la emoción que al juicio, está ahí.  Quien estaba destinado a regentar una cervecería en Bohemia y vio en sí cumplido, en ambas orillas, su sueño americano y europeo, lo quiso describir de forma más modesta “Yo sólo he escrito los temas, amoldándolos a las particularidades de la música de los negros o de los pieles rojas y sirviéndome de estos temas como sujeto los he desarrollado por medio de los recursos del ritmo, de la armonía, del contrapunto y de los colores de la orquesta moderna”.
Artículo publicado en diario Sur el 15 de octubre de 2011

lunes, 10 de octubre de 2011

La rusa con botas

La zarzuela-opereta Katiuska, ambientada en la guerra civil rusa, lleva al Teatro Cervantes una obra maestra de juventud de Pablo Sorozábal
Llamamos rebeca a las chaquetillas de lana más o menos holgadas, y sin cuello, porque en una película de Hitchcock que así se llamaba las lucía Joan Fontaine. Llamamos katiuskas a las botas de goma que llegan casia la rodilla desde que Greta Garbo las lucía (garbosamente, y a juego con una gabardina) en la comedia “Ninotchka” y la gente, por aquello de que iba de rusos blancos y rusos rojos hizo la gracia de ponerle nombre de acuerdo con un éxito musical reciente: la zarzuela (puede que opereta) Katiuska, de Pablo Sorozábal. Ambos anécdotas de la cultura popular española, que mezclaba indumentaria, cine y música delata no sólo la popularidad de la oscura fábula cinematográfica (fácil es recordar aquello de “Anoche soñé que volvía a Manderley”) sino la capacidad de influir sobre los gustos populares de Sorozábal. Esa opereta (puede que zarzuela) llega al Teatro Municipal Miguel de Cervantes nada menos que el 12 de octubre, día de la Hispanidad pero también de la raza (léase y escríbase ahora con erre chica), en una producción de la meritoria compañía (por malagueña pero también por ser justos) del Teatro  Lírico Andaluz.

Mencionemos el necesario elenco para esta opereta (hay quien la llama zarzuela) en dos actos de Pablo Sorozábal con libreto de Emilio González del Castillo y Manuel Martí Alonso: Lourdes Martín, Ruth Terán, Antonio Torres, Luis Pacetti, Victoria Orti, Susana Galindo, Vicky Bravo, Pablo Prados, Miguel Guardiola, Francisco Labraka, José Truchado, Patricio Sánchez y Alberto Cerrada. La coreografía es de Aída Sánchez; la dirección escénica es de Pablo Prados, y de Arturo Díez Boscovich la musical. El coro y orquesta son los del propio Teatro Lírico Andaluz.  
No es Sorozábal un compositor raro en nuestra ciudad, pues el año pasado ya se representaron en el Cervantes “Los gavilanes” y “La tabernera del puerto”, y en la memoria sentimental de quien escribe hay, allí mismo y en los noventa, una arrebatadora puesta en escena de “La del manojo de rosas” con un Carlos Álvarez jovencito y ya magistral. Curiosa opereta ¿o era zarzuela? ésta. Escrita en 1930 (la primera composición para la escena de su autor), fue estrenada en el Teatro Victoria, de Barcelona, el 28 de enero de 1931 (la República enseñaba las orejas en el horizonte), siendo grabada en un disco que al día siguiente del estreno ya se anunciaba en los periódicos. La apuesta discográfica por una obra primeriza y exótica (titulada como “Katiuska, la mujer rusa” y ambientada en la guerra civil rusa, entre zaristas y bolcheviques) se debe a que en ella participaba el que la víspera del estreno la cartelera de Barcelona llamaba “el divo de divos” Marcos Redondo. Entre los atractivos de la zarzuela (así se la llama en la prensa en ese momento) se cuenta, con un lenguaje casi taurino, con “4 decoraciones nuevas 4, de los reputados escenógrafos Valera, Zabala y Campsaunas, 120 trajes de la Casa Peris Hnos, Muebles casa Piqué. 40 profesores de orquesta, 40. La obra será dirigida por su autor el maestro Pablo Sorozábal”. El éxito fue el esperado. Arrollador.
Los rojos no usaban sombrero (sí gorros de piel)

La ligereza de la música, llena de piezas tarareables, junto a la extrañeza de la ambientación, que se reparte entre la Rusia convulsa y el París de la nostalgia y los exiliados, hizo que le cayera inevitablemente la denominación de opereta. Federico Sopeña supo ver el acierto de esta zarzuela (u opereta): “El gran músico de teatro que es Sorozábal se ve aquí, en esta obra de juventud, pues a través de la romanza nos da personajes que no son títeres, sino personajes de carne y hueso. Hay en esas romanzas, que pronto se hicieron popularísimas, una gradación hábil e instintiva a la vez: la voz grave de barítono expresando una emoción no ruda, pero si resueltamente varonil, fácil a la violencia y la voz de Katiuska que, deseando como escaparse hacia la pajarería de las tiples ligeras, se centra en un lirismo ingenuo y hondo al mismo tiempo, mientras que el tenor, por el mundo caído que representa, se lo coloca en un cierto tono gris logradísimo musicalmente”.
Artículo publicado en diario Sur el 8 de octubre de 2011

Hombres y engranajes

Este título de un ensayo plenamente vigente de Ernesto Sabato, que habla de cómo nos convertimos en piececitas de una cosa monstruosa, tal y como en una escena de “Tiempos modernos” nos mostraba el insolente Charles Chaplin, viene a cuento de la sinfonía de Sergei Prokofiev que ocupa la mitad del programa que la Orquesta Filarmónica de Málaga, bajo la batuta de Jacques Lacombe, llevará a las tablas del Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 7 y 8 de octubre. Entonces, bajo el título genérico de “Introspección/Exhibición” se interpretará “Introspección I”, en su estreno absoluto, de Demián Luna, el Concierto para piano y orquesta en sol mayor, de Maurice Ravel, con Ingmar Schwindt al piano, y la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor. Si es cierto que para las obras de Luna y Ravel cabe usar el término de introspección y el de exhibición para Prokofiev, también lo es que, usando el binomio sabatiano, podemos identificar los engranajes con Prokofiev y, en cambio, el hombre con las piezas de Ravel y Luna.
La edad de la inocencia, o sea

Ya la temporada pasada estuvo presente en la programación de la OFM el compositor ruso con la música incidental para la película de Eisenstein “Iván el Terrible”, una creación que lo puso en el disparadero. Para terminar de dar el paso hacia la destrucción, hacia el abismo nuestro de cada día, sólo necesitó esta sinfonía quinta a pesar de que fuera un éxito absoluto. Expliquémonos: compuesta durante lo que los soviéticos llamaban, con no poca razón, “La Gran Guerra Patriótica” y nosotros conocemos más amplia y desapasionadamente como Segunda Guerra Mundial, su estreno tuvo lugar el 13 de enero de 1945, cuando el Ejército Ruso había pasado a la ofensiva final sobre lo que habían sido los dominios de los nazis. Aunque Prokofiev había dedicado esta sinfonía “a la grandeza del espíritu humano”. No lejana en su intención a la Quinta Sinfonía de Shostakovich, dedicada a Leningrado y estrenada bajo las bombas, la de Prokofiev se vio acompañada, antes de que empezara a sonar la orquesta, por un rítmico cañoneo que retumbaba no demasiado lejos y que celebraba que los soviéticos habían cruzado el Vístula en su avance sobre Polonia.

                             Bajo la alegría pueril, algo ominoso late

 En su último movimiento, “Allegro giocoso”, se encuentra lo que Alex Ross llama un “runrún de engranajes. Es posible que este pasaje se concibiera como un reflejo de la imagen que tenía Stalin de los ciudadanos soviéticos como dientes de una gran máquina, pero acaba dando lugar a una conclusión extrañamente gélida para la narración de una aparente victoria”. Esta sinfonía, convertida en la más grande, la más beethoveniana de su autor, en la más popular y perecedera, tuvo en su estreno la presencia del pianista soviético Sviatoslav Richter (permitan una acotación genealógica, anecdótica y prescindible: estaba emparentado con la que fue la esposa de Sabato, Matilde Kuminsky-Richter), que recordaba el momento de la apoteosis final, y terminal, del compositor: “Cuando Prokofiev se puso en pie parecía como si la luz cayera sobre él desde lo alto. Allí estaba, como un monumento sobre un pedestal”. Él, que aceptó regresar a la Unión Soviética para convertirse en poco menos que el compositor oficial del régimen, sufriría una rápida y terrible decadencia. Antes de que ese mes de enero, que viera su triunfo definitivo, un ataque de hipertensión lo derribará, causándole una conmoción cerebral de la que no se recuperará del todo. El 10 de enero de 1948, el Politburó le acusará, justificando esa repulsa de forma especial en esta quinta sinfonía, de “desviaciones formalistas y tendencias musicales antidemocráticas extrañas al pueblo soviético y a sus gustos artísticos”. Diez días después, su esposa será detenida y deportada a un campo de trabajo, al Gulag, acusada de espionaje por el simple hecho de enviar dinero a su madre, residente en España. La muerte definitiva de Prokofiev coincidió, separada por unas horas, de la de Stalin. Ante la importancia de la inmovilidad del gran y supremo engranaje, poca atención recibió la de ese hombre destrozado y solo entre los dientes de acero.

Artículo publicado en diario Sur el 1 de octubre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

Dinamita y relojes de cuco

Una historia del suizo Friedrich Dürrenmatt adaptada para la escena permite rescatar a un autor singular
Destino curioso el de Suiza, convertida en roca enclavada en el corazón del corazón de Europa en la que nunca pasa nada, a no ser una vaca, un alpinista, un banquero. Ni guerras mundiales ni euro, y si es miembro de las sacrosantas Naciones Unidas lo es tan sólo desde 2002. Suiza es demasiado aburrida, demasiado normal, como para necesitar que la metan en cintura, que le impongan dogales y normas, que la domestiquen. Pero ese lugar, en el que tantos españoles han trabajado en el tiempo de las maletas de cartón sin sentirse reconocidos en esa democracia de voz baja y cantones y Cruz Roja y cruz blanca sobre fondo rojo, el lugar que es tumba de Borges y cenizas de Servet (al dorso de esta página se agitan esas llamas), ha ido teniendo una literatura que ha hecho de la sofisticación y la tensión sus claves. Sirva de ejemplo esta historia del suizo Friedrich Dürrenmatt (fácil es suponer que escribió en alemán) que se adapta para la escena y que con el título de “La avería” sube a las tablas del Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 30 de septiembre y 1 de octubre. Con Emma Suárez y Asier Etxeandia (además de Daniel Grao, Fernando Soto, José Luis García-Pérez y José Luis Torrijo), dirigidos por Blanca Portillo, es una de esas fábulas que comienzan entre susurros y buen tono y termina en crimen y humor amargo y en la certidumbre de que bajo los quesos de bola, los relojes obsesivos y sumisos y el chocolate, anida la dinamita, la daga de los anarquistas, la sangre derramada de Sissi en Ginebra, a la orilla de un lago que cubrió el humo de las piras calvinistas y que no volvió a dar un espíritu libre y creativo hasta un siglo después, cuando surge Rousseau, que fue semilla de la Revolución Francesa y de nuestras democracias.  Tras él, un puñado de dinamiteros entre los que destacan Blaise Cendrars (por mucho que se reciclara en francés), el raro Robert Walser, el inconmensurable Max Frisch. Y Dürrenmatt.
                Podemos dejar a un lado los pormenores de esta adaptación escénica en la que un viajante de tejidos por mor de una avería acepta la hospitalidad de un correctísimo anciano. Baste con indicar que el viejecito encantador tiene amigos que comparten edad, modales y manteles y noche, y que el viajante aceptará participar en el juego de sobremesa que, auxiliados por el ama de llaves vetusta que aquí encarna Emma Suárez, los cuatro carcamales le proponen y que revive las profesiones que tuvieron: juez, fiscal, abogado... y verdugo. El invitado será el acusado. En el juego, la ley, la justicia, el destino. Un final que no puede ser, ay, feliz.
                Dürrenmatt, decíamos. Un escritor hondo, hábil. Más que recomendable. Que tenemos más asimilado de lo que creemos. Recuerden aquella obra maestra, seca y desnuda, en civilizadísimo blanco y negro que en 1958 dirigió Ladislao Vajda (sí, el mismo que hizo esa otra película de sutil terror en la que un niño dialoga en un desván entre mendrugos y jarras de vino). Hablamos de “El cebo”. La imagen del tierno asesino, tan encantador como terrible, agitando un hipnótico títere en un claro del bosque refleja a la perfección la literatura de Dürrenmatt, que es el responsable de ese guión.
...mi ritrovai in una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita
[...me encontré en una selva oscura
porque la recta vía era perdida ]


          Muerto en 1990, se mantienen como obras perennes el drama histórico “Rómulo el Grande” (1949), el drama filosófico “El matrimonio del señor Mississippi” (1952), la alegoría sobre la muerte y la justicia que es el drama “Un ángel enBabilonia” (1953), el drama paradójicamente inmortal que es “La visita de la vieja dama” (1958) y el extraño y agrio musical “Frank V”. Versado en filosofía (su tesis doctoral iba a versar sobre Kierkegaard) e hijo de un pastor anabaptista, la culpa es una constante en su literatura en la que argumentos históricos y policiacos son simples pretextos para hacer entrar en juego las ideas, la serpiente entre las flores, la dinamita entre los relojes de cuco.

Artículo publicado en diario Sur el 24 de septiembre de 2011

Miguel Servet: El fuego y la palabra

Se cumplen 500 años del nacimiento de Miguel Servet, hombre de fe y hombre de ciencia, hereje y rebelde, que fue perseguido y muerto por sus ideas incómodas y peligrosas

Medio milenio se cumple del nacimiento de uno de esos raros españoles que aspiraron a transformar su época y sucumbieron a ella. Miguel Servet, científico y hereje, que aspiró a ser especialista y docto en materias tan diversas como medicina, geografía, imprenta, teología y exégesis, ha quedado como lo que finalmente fue: una llama deslumbradora y trágica, una presencia incómoda e incomprendida. Un maldito que quiso ser un genio. Esta es su historia.
La forja
Nacer en Villanueva de Sigena (532 habitantes en 2004), en los Monegros de Huesca, el 29 de septiembre de 1511 supondrá para su pueblo la adjudicación del título de villa por parte de las autoridades de la Segunda República, en 1931, como reconocimiento al sabio y rebelde, y a éste le facilitará, cuando las cosas se pongan difíciles, el apellido que adoptará, Villeneuve, para ocultar el suyo. Hijo del notario de un monasterio y de una descendiente de conversos (el segundo apellido materno, Zaporta, delata el hecho), entró pronto como paje y secretario de Juan de Quintana, confesor de Carlos V, al que acompañará en sus andanzas europeas entre las que destaca la doble coronación del emperador en Bolonia en 1530. Asqueado por el boato, dos años más tarde escribirá sobre aquella ceremonia “El Papa se hace llevar en hombros ¡No se digna echar pie a tierra por no ensuciar su Santidad! Se hace llevar en hombros por los hombres y se hace adorar como si fuese Dios; cosa que ningún impío osó jamás hacer desde que el mundo es mundo [...] ¡Oh, Bestia, la más vil de las bestias, la más desvergonzada de las rameras!”. Las simpatías que empieza a abrigar en Bolonia hacia la Reforma protestante, que anhelaba la pureza y la renuncia al oropel, eran patentes. El paso hacia la heterodoxia era inevitable, y más tras conocer a los dirigentes reformistas Ecolampadio, Bucero y Schwenckfeld tras haber, en vano, intentado entrevistarse con Erasmo. Pero pronto sus puntos de vista disidentes respecto a la Reforma le convertirán en un hereje entre los herejes. Stefan Zweig, en un libro modélico y vibrante (a Enrique Castaños debo la recomendación del sumamente recomendable “Castellio contra Calvin. Conciencia contra violencia”) pinta un retrato no demasiado halagüeño de Servet, a quien le da el papel y mérito de víctima ejemplar: “Tampoco Miguel Servet se convirtió en una personalidad memorable en virtud de un genio extraordinario, sino únicamente gracias a su terrible final. En este hombre singular los talentos se mezclan de modo muy diverso, aunque sin un orden afortunado: un intelecto enérgico, despierto, curioso y tenaz, pero que con luz muy tenue divaga de un problema a otro; un genuino deseo de encontrar la verdad, aunque incapacitado para la transparencia creativa. Francotirador a un tiempo en la filosofía, la medicina y la teología, este espíritu fáustico no encaja plenamente en ninguna ciencia, aunque en todas se inmiscuye. Deslumbrante de cuando en cuando en algunas de sus audaces observaciones, con sus irreflexivas charlatanerías acaba por resultar enojoso”. 
Arde en las cosas un horror antiguo...

La ruta
Marcelino Menéndez y Pelayo, en su “Historia de los heterodoxos españoles” traza un retrato y un juicio de Servet de gran interés: “Entre todos los heresiarcas españoles ninguno vence a Miguel Servet en audacia y originalidad de ideas, en lo ordenado y consecuente del sistema, en el vigor lógico y en la trascendencia ulterior de sus errores. Como carácter, ninguno, si se exceptúa quizá el de Juan de Valdés, atrae tanto la curiosidad, ya que no la simpatía; ninguno es tan rico, variado y espléndido como el del unitario aragonés. Teólogo reformista, predecesor de la moderna exégesis racionalista, filósofo panteísta, médico, descubridor de la circulación de la sangre, geógrafo, editor de Tolomeo, astrólogo perseguido por la Universidad de París, hebraizante y helenista, estudiante vagabundo, controversista incansable, a la vez que soñador místico, la historia de su vida y opiniones excede a la más complicada novela. [...] Campeón de la libertad humana y de la eficacia de las obras, hirió de muerte el sistema antropológico de la Reforma. Aquella sombría tristeza de Witemberg no era para su alma, toda luz, vida y movimiento. Hábil en la disputa, más que paciente en la observación, corrieron sus años en el tumulto de las escuelas entre controversias, litigios y cuchilladas. Ardiente de cabeza y manso de corazón, generoso y leal con sus enemigos, hasta con el mismo Calvino, no fue ni pudo ser, sin embargo, como Tollin supone, un hombre pacífico, sabio y erudito, que prefiere el silencio de su gabinete a los ruidos de la plaza pública. Ese ideal bourgeois es el de un profesor o pastor alemán de nuestros días, pero en ninguna manera el de Miguel Servet, extremoso en todo, voluntario e inquieto, errante siempre, como el judío de la leyenda, espíritu salamandra, cuyo centro es el fuego”.
Calvino, o los peligros de virtud

En 1531 publica, en latín, un libro peligroso, “Los errores acerca de la Trinidad”, seguido al año siguiente de “Diálogos sobre la Trinidad” con los que logra enfurecer por igual a católicos y protestantes, por mucho que ensalzara la figura de Cristo como Salvador. Evangelista Vilanova expone que “según Servet, la doctrina trinitaria tal como la enseñaba la Iglesia era algo imaginario; era en último término, un producto de la filosofía griega, que destruye la verdad de la unidad de Dios. Esta doctrina, además, es responsable de que los judíos y los mahometanos se mantengan en la increencia y no acepten la verdad del cristianismo [...] Por  otra parte, Servet afirma que la doctrina trinitaria da lugar al “triteísmo”, que es una adoración atea de tres ídolos”.  Bucero desde el púlpito pide que “le arranquen las entrañas de su cuerpo en vida”. Con tales ideas, el rastro de Servet huele a humo. Considerado persona non grata en Basilea y Estrasburgo, huye y cambia su nombre por el de Michel de Villeneuve. En 1533 y 1534 estuvo en París, donde escucha a Calvino, hayando amparo y anonimato en Lyon, donde trabaja en la imprenta de los hermanos Trechsel.  En 1537 se instala en París, donde estudia Medicina y Astrología y descubre la circulación de la sangre (en la que, además estaba presente el alma). La comunicación del descubrimiento, más adelante, en un libro de Teología, quedará inadvertida excepto para unos pocos. Tras París seguirá la huida y el encubrimiento: Avignon, Montpellier, Lyon. Vienne-Dauphiné, Charlieu. En 1548, protegido por un arzobispo, se nacionaliza francés y trabaja en Vienne como médico. Nadie sabe que el doctor Villeneuve tiene una doble vida. Y comete el error trágico de enviar su nuevo libro en latín, “La restitución del Cristianismo”, que se publica falseando el impresor y lugar de impresión y firmado como M. S. V. (Miguel Servet Villanovus) al reformador Calvino, que domina Ginebra a rezos y fuego. Un lugar en el que no sólo la música, sino el mero sonido de las campanas, estaban prohibidos por frívolos.
La llama
Además del envío de una copia de su manuscrito, Servet mantiene una fatigosa correspondencia teológica con Calvino, cuya escasa paciencia mengua rápido. Desde Ginebra, hace que una tercera persona denuncie a Servet a Ias autoridades francesas y católicas descubriendo su identidad. Para entonces, Servet vive en palacio arzobispal de Vienne. Detenido, se evade. Es acusado en Vienne de herejía escandalosa, sedición, evasión y rebelión y condenado a morir en la hoguera rodeado de fardos de papel que representan sus libros. La condena es cumplida en efigie.

El lugar en el que busca refugio es Ginebra. Un error que le costará la vida. Allí, insensato, acude a la  iglesia de San Pedro, en la que predica Calvino, en la que es reconocido y a cuya puerta, tras el oficio, es detenido. Del 13 de agosto al 27 de octubre de 1553 transcurre el juicio, en el que Servet planta cara a sus acusadores mientras vive en un sórdido calabozo que hace dirigir un ruego a sus carceleros: “Os ruego, por el amor de Cristo, que no me neguéis lo que concederíais a un turco o a un criminal. De todo aquello que habéis ordenado para mi aseo, no se ha hecho nada. Estoy en un estado aún más lamentable que antes”.
Calvino y Servet. Theodor Pixis, 1861

En los interrogatorios participa, impasible, el propio Calvino. Zweig relata con patética concisión el desenlace: “El resto es espantoso. El 27 de octubre a las once de la mañana, el prisionero, vestido con sus harapos, es sacado del calabozo. Por primera vez en mucho tiempo, sus ojos ya desacostumbrados ven de nuevo la luz del cielo”.  Ante el Ayuntamiento se le lee la sentencia: “Te condenamos, Miguel Servet, a ser conducido encadenado hasta Champel y a ser quemado vivo en la hoguera, y contigo tanto el manuscrito de tu libro como el mismo impreso, hasta que tu cuerpo haya quedado reducido a cenizas. Así has de terminar tus días, para dar ejemplo a todos aquellos que se atrevan a cometer un delito semejante”. En la pira, alimentada con madera verde para una combustión lenta, se encomienda a Dios: “Oh Dios, salva mi alma. Oh Jesús, Hijo de Dios, ten puedad de mí”. Con las manos atadas al poste, susurra “Oh Dios, Dios mío”. Uno de sus perseguidores le reprocha: “¿No tienes nada más que decir?”. Servet replica “¿Qué otra cosa podría hacer sino hablar de Dios”.  Y así hará, ya arropado de llamas: “¡Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí!”. La respuesta será el silencio, el viento. Las cenizas.

Enseñanzas y epitafios
Marcelino Menéndez y Pelayo, pese a su afán de ortodoxia, guarda respeto por el aragonés, de quien llegará a decir que “El suplicio de Servet, ya lo dijo Voltaire, es mil veces más censurable que todas las hogueras de la Inquisición española, porque estas no abrasaron a un sólo sabio”, opinión que antes compartió Edward Gibbon, el historiador inglés del siglo XVIII, al afirmar que “Estoy mucho más profundamente escandalizado por el solo suplicio de Servet que por los cientos de personas inmoladas en los autos de fe de España y Portugal”. Voltaire, que no ahorró alusiones a Servet, sostenía que “La detención de Servet en Ginebra, donde no había publicado ni dogmatizado y donde en consecuencia, no podía ser entregado a la justicia, debe considerarse como una barbarie y un insulto al derecho de las naciones”. Pero la más atinada conclusión deducida de la muerte de Servet es la que formuló Sebastián Castellio, al que sólo la enfermedad libró de también perecer bajo la tiranía de Calvino y que, a su vez, son palabras sagradas: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. No se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe [...] Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”.


En el lugar donde se erigió la pira, ridículamente al lado de una carretera por la que pasan indiferentes los vehículos que atraviesan un falso túnel, un monolito de piedra, situado cuando se cumplían 350 años de la ejecución, rememora el hecho: “El 27 de octubre de 1553 murio en la hoguera en Champel Miguel Servet de Villanueva de Aragón nacido el 29 de septiembre de 1511”. Al dorso de la piedra, otra inscripción más extensa pretende, como estas páginas, hacerle una mínima justicia nombrando al asesino y omitiendo, a la vez que la honran, a la víctima:  “Hijos respetuosos y agradecidos de Calvino nuestro gran reformador pero condenando un error que lo fue de su siglo y firmemente ligados a la libertad de conciencia según los verdaderos principios de la Reforma y del Evangelio hemos erigido este monumento expiatorio el 27 de octubre de 1903”.

Artículo publicado en diario Sur el 24 de septiembre de 2011

Austrohúngaros

El rescate del compositor Ernö Dohnányi trae al Cervantes los sonidos de un momento de esplendor de la cultura occidental antes de la barbarie
                Hay una escena en una película inolvidable de Berlanga de cuyo título no me puedo acordar en la que un cochero arrea un latigazo rutinario a su mulo y lo conmina a la marcha con un poco entusiasta “¡arre, Austrohúngaro!”. Esa palabra, fetiche del director levantino, retrata un ámbito geográfico y político y cultural que fue gloria y fue catástrofe. Antes de los pistoletazos en Sarajevo y de las trincheras, antes de las cruces gamadas y el Danubio sanguinolento, en tiempos de Sissi emperatriz plena de desesperación y vigorexia, el ámbito austrohúngaro fue el que acogió a Freud, a Kafka, a Klimt o a Mahler. Un ejemplo. O a Dohnányi, Brahms y Kodaly, que son los que acapararán un interesante, y necesario, concierto de la Oquesta Filarmónica de Málaga en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Allí, el 23 y el 24 de septiembre Edmon Colomer, con la participación al violín solista de Graf Mourja, ofrecerá una velada con el imperativo título de “Descubre al compositor Ernö Dohnányi”. En el programa, el Concierto nº 1 para violín y orquesta en re menor, opus 27, de Dohnányi, las Danzas Húngaras 1, 3 y 10 de Johannes Brahms y y las Variaciones sobre un tema popular húngaro de Zoltan Kodaly.
Retrato de grupo explícitamente austrohúngaro

                 Dohnányi es el que protagoniza, y abre, el concierto. Un autor al que los otros dos contextualizan, sirviendo Brahms para señalar el lado germánico, austriaco, de su tradición musical, y Kodaly la parte eslava, hungárica, de autenticidad y folclore. Por mucho que Brahms también comparta aquí esa voluntad de terruño y atardecer dorado y festivo. Porque Dóhnányi, que nació en 1877 en la actual Eslovaquia y murió, por esas cosas de nazis, alaridos, en Nueva York dejando atrás, en Europa, dos hijos muertos, uno en combate y otro ejecutado en la desaforada represión del complot de von Stauffenberg. De este hijo saldrían otros dos Dóhanyi, uno que será alcalde de Hamburgo, y director de orquesta el otro (y padre de un actor). Un tipo íntegro el desconocido y primordial y protagonista aquí Dóhnányi, que en 1934 accedió a la dirección de la Academia de Música de Budapest y lo dejó en 1941 en protesta por las atrocidades contra el pueblo judío. Sea como sea, su tumba está bajo el sol de la capital de Florida (que no, que no es Miami) con su nombre grabado en la versión alemana, Ernst.
                Excelentísimo pianista (hay vídeos suyos que lo muestran mayor y con una energía asombrosa), su primer concierto para violín es óptimo para cadencias virtuosísticas, jugando sin red sobre un abismo a cuyos lados está, mirando serio y fumándose un puro, Brahms, y al otro un puñado de aldeanos brincando entre violines y jarras de cerveza de Pilsen. Una música adecuada para leer a ese austrohúngaro disidente que fue Bohumil Hrabal. Elegiaco y lírico, festivo y audaz. Tanto uno como otro. Escuchen a Dóhnányi, agradezcan a Colomer, o a quien sea, la iniciativa de rescatarlo, la oportunidad de la recomendación. Y a falta de discos accesibles, refúgiense en el reino de youtube, en el que no sólo hay pamplinadas.
Ernst von Dohnányi/Ernő Dohnányi
          Con Kodaly, de quien en la temporada pasada se ejecutaron sus danzas de Galanta, las variaciones populares no son tan inocentes como se puede creer. Basada en una canción popular titulada “El vuelo del pavo real” (un bicho que no vuela, sino que aletea con estilo y desgarbo) , se olvida que además de redundantemente pavonearse, esta ave simbolizaba la libertad cuando en 1939 se compuso estas variaciones, de vigoroso impresionismo, que se estrenaron en noviembre de 1939 cuando ya los alemanes de los berridos arrasaban Polonia escuchando otra música. Brahms, finalmente, pero precediendo a Kodaly en el concierto, nos ofrece una visión amable de esa Austrohungría amable y campesina, algo así como la versión Sorolla mientras que Kodaly y Dóhnanyi serían la visión expresionista, más como Oskar Kokoshka (por seguir con el club de los austrohúngaros ilustres). Sonidos de cuando aún no había sangre y humo entre los atardeceres de oro y las melancolías imperiales austrohúngaras.
Artículo publicado en diario Sur el 17 de septiembre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

La tercera comunión


Comienza la temporada musical en Málaga con una propuesta de máximos, una negación de lo imposible, una promesa de plenitud. Porque los días 16 y 17 reunirá en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes (con la fachada devuelta al que dicen el color de ese remoto 1870 en que se inauguró con música de Rossini) a la contralto Patricia Bardón con Orquesta Filarmónica de Málaga bajo la dirección de Edmon Colomer, el Coro de Ópera de Málaga que dirige Francisco Heredia y la Escolanía Santa María de la Victoria guiada por Narciso Pérez. En el programa, una sola y enorme obra, la Sinfonía nº3 en Re menor, de Gustav Mahler. Ante la apabullante importancia de esta sinfonía, que tampoco es la más renombrada de su autor, resulta prescindible señalar que esta velada recibe el título de “Espejos literarios I” y que en el segundo espejismo, ya en noviembre, también estará Mahler aunque ya acompañado.
         Lo de la literatura viene en esta ocasión por la presencia de Friedrich Nietzsche en Mahler, pues al filósofo (y compositor amateur: de él he oído algunos lieder indigestos) corresponden los textos que son cantados en el cuarto movimiento, mientras que la letra del quinto corresponde a la recolección romántica “"Des Knaben Wunderhorn" y que entre nosotros tendría una traducción fea que mezcla juventud, magia y cuerno. El texto nietzscheano, que en la primera edición de “Así habló Zaratustra” se titula “La canción del noctámbulo” y “La canción ebria” en las restantes por una corrección del sabio, dice (en la traducción de Andrés Sánchez Pascual): “¡Oh hombre! ¡Presta atención! /¿Qué dice la profunda medianoche?/ «Yo dormía, dormía, / de un profundo soñar me he despertado:/El mundo es profundo / y más profundo de lo que el día ha pensado. /Profundo es su dolor. / El placer es más profundo aún que el sufrimiento:/ El dolor dice: ¡Pasa!/ Mas todo placer quiere eternidad. / ¡Quiere profunda, profunda eternidad!”.

¿Qué dice la profunda medianoche?


         Mahler, que buscó en las formas sinfónicas conseguir los mismos efectos (muchas veces, superándolos) que las óperas de Wagner, aquí, en esta sinfonía que puede ser la menos difícil de seguir y a la que tituló en un comienzo “Un sueño de una noche de verano”, trasdesechar losde “La gaya ciencia” y “Pan”,  buscó, y logró, una identificación, una comunión, entre música y naturaleza. Como un panteísta que sabe ver lo divino en la creación,  a lo largo de seis movimientos (1. El despertar de Pan. El verano hace su entrada; 2. Lo que me cuentan las flores del campo; 3. Lo que me cuentan los animales del bosque; 4. Lo que me cuenta el hombre; 5. Lo que me cuentan los ángeles; y 6. Lo que me cuenta el amor), consigue que se convierta en algo más que una ocurrencia la anécdota de aquel paseo con su discípulo Bruno Walter, cuando paseando por un ameno paisaje campestre en Steinbach-am-Attersee, Mahler, viendo embelesado al amigo, le dijo: “Es inútil que mires el paisaje: ha pasado por entero a mi sinfonía”. En esta música hay paz, hay trascendencia, hay grandeza, hay pasajes de arrebatado lirismo como los pasajes para la contralto en el cuarto movimiento, uno de esos instantes que te hacen caer todas las barreras y saberte mortal y prescindible, asquerosamente imperfecto ante semejanza intangibilidad. Hay, pues, entre estos vislumbres de paraíso, la serpiente que se oculta entre las flores y hay también lágrimas que brotan en el quinto movimiento, y las voces infantiles proclaman que “será amando al buen Dios toda tu vida / que obtendrás la alegría celestial". Hay un ascenso y un descenso del alma por la belleza (la imagen y el concepto corresponden a Leopoldo Marechal), una gloria vencedora que nos abate, tan dulces y tan vencidos, tras esta sinfonía tercera que es una redención tercera, una tercera comunión. Y podremos ir en paz.

Artículo publicado en diario Sur el 10 de septiembre de 2011