lunes, 15 de junio de 2026

Lecturas: La historia de Lisey (Stephen King)

Hay novelas que uno pretende leer rápido. Es King, debe ser algo ligero, llamativo, seductor. Pero no. Esta vez se impone la lentitud gracias a un estilo denso, elaborado, pero también por miedo a que se acabe. O que King malogre el libro antes de terminar. Que algo de ello hay. La historia de Lisey es uno de esos libros en los que King, Sheherezade de Maine, despliega su trampa con una paciencia inusual en él, con una delicadeza y hondura que al principio desconcierta. ¿Qué es esto? ¿Dónde están los payasos, los niños con poderes, los monstruos que acechan en los sótanos? Aquí el horror es otro. Aquí el monstruo tiene cara de ausencia.

Lisey Landon acaba de perder a su marido, el escritor famoso Scott Landon, y la novela arranca dos años después de ese funeral, cuando Lisey empieza a ordenar la biblioteca del muerto. Ese gesto, tan cotidiano y tan devastador, es el eje sobre el que gira todo: lo que dejamos cuando nos vamos, lo que los que se quedan hacen con ello, y cuánto del difunto vive todavía en los objetos, en el lenguaje compartido, en esas palabras privadas, babyluv, dáliva, que solo tienen sentido entre dos personas y que de repente ya solo las entiende una. King lleva aquí décadas escribiendo sobre el miedo, y ha descubierto, un poco tarde quizás pero con admirable honestidad, que el miedo más hondo no es el del monstruo que espera en la oscuridad sino el del silencio que se instala cuando alguien que amábamos deja de hacer ruido.



El matrimonio de Lisey y Scott es de lo mejor que ha escrito King en mucho tiempo. No porque sea un matrimonio feliz ni infeliz en el sentido convencional sino porque es un matrimonio verdadero, con su idioma propio, con sus cicatrices, con esa intimidad tan específica que resulta al mismo tiempo universal. La manera en que King construye ese lenguaje compartido (las palabras inventadas, los rituales, las referencias que excluyen al mundo) es un prodigio técnico disfrazado de ternura. Uno empieza a comprender a Scott Landon a través de Lisey, y a comprender a Lisey a través de cómo recuerda a Scott, y en ese espejo doble está la mejor escritura que el señor de Maine nos ha dado en años.

Luego está Boo'ya Moon, ese espacio inventado al que Scott podía acceder y que acabará sirviendo a la trama como territorio del inconsciente, del trauma y de la creación artística. Es aquí donde la novela se juega más y también donde pierde algo. King no puede evitar ser King: la tentación del monstruo, del mal concreto y con dientes, es demasiado fuerte, y en la segunda mitad del libro la amenaza se corporiza, se vuelve exterior y acaba forzando a Lisey a una acción que resulta funcional pero que no alcanza la altura emocional de los capítulos de memoria y duelo. El peligro de Boo'ya Moon, sus bestias, la violencia que Lisey tiene que enfrentar: todo eso está bien ejecutado, King sabe hacer esto mejor que casi nadie, pero en esta novela concreta se siente como una concesión al género cuando el material más poderoso era el que venía de adentro. Y aquí está la debilidad de esta novela redonda, esa concesión que siempre achaco al difunto Peter Straub.

Hay también, subyacente a todo, una reflexión sobre la escritura y el escritor que es de las más lúcidas que King ha producido. Scott Landon no es un genio iluminado sino un hombre dañado que encontró en la ficción una forma de sobrevivirse a sí mismo. El origen de esa capacidad, el precio que pagó por ella y lo que le costó a Lisey pagarlo con él: todo eso está en el libro con una lucidez que en otros volúmenes de King se pierde en la mitología y el espectáculo.

La historia de Lisey no es perfecta. Los últimos tramos aceleran donde deberían demorarse, y hay un personaje secundario, el obseso literario que amenaza a Lisey, que funciona como motor de la trama pero que resulta plano al lado de la riqueza psicológica de los protagonistas. Son los defectos de un escritor que sabe contar de maravilla pero que todavía desconfía de sí mismo cuando la historia se queda quieta demasiado tiempo.

Pero cuando funciona -y funciona mucho- esto es la literatura de King que uno querría poder recomendar sin matices. El King que no necesita el circo. El King que escribe sobre el amor y la pérdida con la misma precisión con que otros escriben sobre el terror, porque ha entendido, por fin, que en el fondo son la misma cosa.

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