miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lecturas: Arena (Miguel Ángel Oeste)

 Ya en su primera novela, Bobby Logan (2011), Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973), presentaba  sus coordenadas narrativas: juventud y personajes que se relacionan en los años 80-90 en los barrios de Pedregalejo-El Palo de Málaga. Tal vez porque es joven aún, adentrándose en una madurez personal y literaria que demostró en su segunda ficción, Far Leys (2014) que giraba en torno al cantautor maldito Nick Drake, vuelve a su lugar natural.

Aviso que es una novela que te deja sin aliento y con mal cuerpo. Y lleno de admiración , con ganas de aplaudir al autor y sacarlo a hombros. Por las playas de Pedregalejo, pero a hombros. Y de besar la cubierta del libro (una costumbre, la del beso en el libro, que mantengo sólo con los que merecen la pena). Admirando el ritmo sincopado del primer cuarto (aproximadamente) de la novela: frases cortas, secas. Trallazos. A lo, digamos, Palahniuk, como focos estroboscópicos hipnóticos en una discoteca destinada a hacer alucinar a los danzantes que vociferan. Aunque, como en el tango de Homero Manzi, parezca que La pista se ha poblado al ruido de la orquesta / se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín... Son enérgicas sus descripciones de sudor y alucinación, carne joven y desesperada, a las que se unen insertos de imágenes, metáforas, recuerdos, saltando como peces en el horizonte. Hay tanta verdad en Bruno, narrador en primera persona y protagonista absoluto, que el lector no puede dejar de empatizar con él, por muy dominado que esté por pulsiones que pueden ser nocivas y dejarse seducir por la voluble Reyes  y sentirse harto de la presencia del Manco, Pipo, el Bocina, los amigos de todos. Y atraído por ese Diógenes en su tinaja que es el Pérez, que es más un sabio estoico que un cínico.



Con todo, por mucho alcohol y porros y pastillas y coca, vive en Bruno, sobrevive, una lucha por la pureza, por la inocencia, por mucho que Bruno se sepa impuro, arrastrando sus heridas y su desaliento, por querer escapar de esas páginas y ese pasado. Bruno quiere sobrevivir, salir de ahí, de esas circunstancias, de esa historia, de esas páginas, aunque sea montado sobre una ola. Como dijo Rimbaud, “sé que la carne es triste, y yo he leído todos los libros”. Aunque no hace mucho alarde de saberes, más allá de la cultura popular, la alusión final a Tender is the night de nuestro padre y maestro Fitzgerald, nos sitúa, nos lo sitúa, en otro nivel. En alguien muy distinto al resto de la pandilla.

Más adelante, aunque la narración siga siendo veloz, la frase amansa su ritmo, pero sin caer en recovecos barrocos. Se hace, no sé, más barojiana. Y mantiene con maestría esa tensión que enmascara la memoria de sucesos de infancia en otro lugar de la costa malagueña, Calahonda, haciendo que vaya asomando el desastre vital de los padres, su capacidad de hacer infeliz a un inocente. Oeste nos presenta, en un visto y no visto, los aletazos de la memoria de un episodio del pasado, carnal y angustiante. Consigues que el olor a los cigarrillos y a la colonia Lacoste nos ponga en alerta desde los primeros capítulos, más adelante desaparece y nos deja con la duda de si el verdugo de esa inocencia casi olvidada es el padre o Albor. Y al final, el mazazo, la rendición. El lector cierra el libro con pena, desolación, estupor. Y admiración por el talento narrativo de Miguel Ángel Oeste.



¿Desean pruebas? ¿Quieren probar la mercancía antes de comprarla? Allá van.

Mientras culmina una fallida operación de narcotráfico en el Campo de Gibraltar, Bruno rememora:

Desde Calahonda dormía mal. Aquel fue el verano en que comenzaron las sombras. El olor a pieles mezcladas, un vaso con un líquido parduzco abandonado en la mesita de noche, orientarme en la mañana, aturdido, sin descifrar las causas, los detalles que cada mañana descubro en la nube por la que transita la cabeza, aceites, vaselina, cintas de cuero, un cenicero con colillas, blísteres metálicos arrugados y vacíos, retrocedo y corro hacia atrás, aunque me resulta más complicado que hacerlo hacia delante, y a medida que transcurren las horas, conforme el día avanza, parece que me recupero, que vuelvo a ser yo, con lo que eso signifique.

Y al fin golpes.

Sombras. Que invaden, que invaden. Un narrador que huye hacia atrás, arañando una memoria que desearía no tener, que intenta ser él mismo. Éste es el universo Oeste, del salvaje y dulce Oeste.

Algo más adelante, tras una escena de sexo chungo y angustiante:

Los sueños como rayas.

Los sueños que dejaban de brillar a medida que descendías por las grietas profundas.

Recuerdos o mentiras, me costaba diferenciar una cosa de otra.

Así es, en la conciencia alterada del joven Bruno se confunden mentiras, memoria, deseo.

A continuación hace un ejercicio magistral de descripción en collage de elementos objetivos y subjetivos:

Los gemidos, el olor, la presión, el sufrimiento, las ganas de vomitar para sentirme mejor, el terror en mitad de la noche y mi padreen la cama para arroparme, ¿o ya estaba allí?, las demás respiraciones, ¿o era la mía?, un golpe seco en el estómago, los gritos y los brazos moviéndose en un caos indescifrable, ¿dónde me encontraba?, un dolor en la mejilla, hincado de rodillas, la cara en el suelo, encogido, culebras traspasándome, entrando por los orificios, dando latigazos, perforando, reptando, la mano de mi padre en la frente, mi mano en la frente mientras con la otra me sostenía al inodoro y echaba a los polizones y escuchaba la ira de Reyes y a los demás y me derrumbaba, apagándome, fuera de mí, de foco, en algún sitio protegido de los recuerdos que infectaban los pensamientos diarios.

Es una novela que juega entre un presente fingido situado alrededor de 1982 que evoca Bruno desde un periodo posterior, que oscila entre las luces cegadoras de la violenta luz de Málaga, deslumbrante y salitrosa, y la noche de jadeos y reggae y discos y pirulas. Entre el inconfeso afán de recuperar la inocencia de antes de Calahonda. Pero no habrá misericordia. La realidad es así de cabrona y el final es desalentador. Entre ese montón de penas, y vuelvo a recurrir a Manzi, se puede decirle a Oeste que a pesar de la crueldad de la historia, La gente se te arrima con su montón de penas /y tú las acaricias casi con un temblor... / Te duele como propia la cicatriz ajena: / aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor. Y concluyendo esta reseña y el tango, miro a los ojos honestos de Miguel Ángel Oeste y sibilinamente le canto: ¿No ves que están bailando? /¿No ves que están de fiesta?/Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...

 


 

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